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Diccionario Castañeda

Cuarta edición del Diccionario Castañeda

Mayo 2017

Después de cuatro años, en que publicamos el libro titulado y-adn Castañeda. Manuscrito de don Juan Castañeda, Diccionario Castañeda 2013, y casi dos desde que presenté en este blog el más reciente artículo, dedicado a la historia de Bertha Castañeda Zagal (1909-1951), llegó la hora de cumplir dos inquietudes a la vez: lanzar la cuarta edición del diccionario y anunciar en este blog cuál es su contenido.

Igual que nosotros, seres humanos con progenie, la primera edición del Diccionario Castañeda, que salió de los talleres de la Imprenta Castañeda en 2011, ha tenido descendencia: La segunda edición vio la luz en 2012 y la tercera, en 2013. La cuarta, que estará disponible para todos los interesados en mayo de 2017, viene a ser bisnieta de la inicial.

Investigar y reunir numerosos datos familiares e imprimirlos no es una tarea sencilla. Hemos requerido muchas horas de revisión en archivos, viajes a sitios ancestrales, y la participación de los descendientes de innumerables ramas de la familia.

Salvo mejor opinión de ustedes, me considero el afortunado Castañeda que encontró dentro de nuestro núcleo familiar a dos parientes sin cuya colaboración francamente admito que el Diccionario Castañeda no existiría. Jesús Castañeda Téllez Girón y Rafael Rodríguez Castañeda.

En orden del proceso de gestación, primero encontramos a Rafael. De su experiencia editorial y dominio del lenguaje surgió la idea de crear el Diccionario Castañeda. Como a una cuenta bancaria se le agrega dinero para hacerla valiosa, así él ha depositado todos los datos que recibe para acumular el tesoro familiar al cual tenemos acceso.

Jesús, por su parte, heredero del oficio de impresor y del prestigio de la Imprenta Castañeda de Pachuca, Hidalgo, ha producido las cuatro ediciones. Hay al respecto un detalle que quiero referir: Durante mi juventud aprendí la imprenta, arte que ya no practico, pero cuando oí, por virtud de encontrar a familiares, que él, un primo mío con mucho empeño se prestaría a publicar nuestro diccionario, pues francamente quedé boquiabierto.

Puedo decir que me tocó en suerte hallar centenares de registros genealógicos que ahora forman parte del Diccionario; hablé y visité a muchos familiares, pero si no fuera por la pura realidad de que hay un escritor y un impresor como ellos dentro de la familia, sin que importara la cantidad de información que hubiera reunido en mi ordenador y estuviera digitalmente en mi poder, el diccionario no existiría.

El diccionario no solo ofrece un volumen de casi 600 fichas familiares, sino también un manuscrito del siglo XIX, obra de Juan Francisco Castañeda Popoca, originario y natural de Zacualpan, Edo. De México.

Don Juan Francisco está en mi mente como mi propio Don Quijote. No solamente merece mi reconocimiento por la amena forma de contar sus aventuras y mostrar la vida cotidiana de un poblado rural del México decimonónico. Es para mí un orgullo personal que Juan Francisco sea mi re tatarabuelo. Hasta este día, el es ancestro más interesante, al que yo hubiera querido conocer.

He analizado su manuscrito palabra por palabra; lo he diseccionado con el afán de entender lo que subyace en lo que nos está diciendo. Es decir, el mensaje profundo de las historias que nos cuenta, sus creencias y valores.

Se dice que dentro de cada individuo hay un libro. Lo malo es que muy pocos lo escriben. De su puño y letra, Juan escribió un manuscrito de 53 páginas que son un muestrario de su larga vida.

Conforme el diccionario se ha amplificado, también hemos incluido los primeros resultados del y-adn: los míos, que aparecen en la tercera edición y ahora presento nuevamente, junto con los resultados Autosomal DNA. Tal vez en el futuro estas pruebas, que ahora son costosas y fuera del alcance de muchos, se vuelvan simples y asequibles. Quiero suponer que en el futuro toda persona interesada fácilmente sea capaz de comparar sus resultados con los míos y verificar el parentesco que existe entre nosotros.

En la cuarta edición también actualizamos la sección que se llama Ancestros y su descendencia, cuyo propósito es que los lectores encuentren un esquema que explica quiénes son los hijos de los Castañeda nacidos en los siglos xviii y xix. Esta relación, presentada en forma de listas, incluye los nombres de ambos padres, así como las fechas y lugares de nacimiento. Esa generación, la siguiente, está formada por gente más cercana a nosotros.

Uno de los aspectos más significativos de la conquista espiritual de México, que estuvo a cargo de los frailes de diferentes órdenes de la iglesia católica, fue el establecimiento de registros de la población, asociado a tres sacramentos: el bautismo, el matrimonio y la extrema unción. Hasta las más recónditas parroquias del medio rural llevaron rigurosos libros de bautismos, bodas y defunciones. Esas fuentes nos han servido para verificar nuestro linaje desde el siglo xviii.

En el otro extremo, el presente, nuestro blog,

www.ancestroscastaneda.wordpress.com

que gracias a su simple y sencilla disponibilidad desde cualquier sitio del planeta nos ha servido para dar noticia en la Internet sobre nuestros ancestros, también a servido para que nos descubran descendientes del mismo tronco familiar.

A continuación presento algunos mensajes cruzados a partir del blog entre 2013 y el presente, que han sido el principio del mutuo descubrimiento. Los datos de las personas que establecieron contacto por medio del blog también han incrementado los registros del Diccionario Castañeda. Cito sus propias palabras y mis respuestas. Esos breves encuentros abrieron las puertas a una correspondencia más extensa, a llamadas telefónicas y en ciertos casos, a visitas personales.

Encuentros:

Ivonne Yadira Benítez

16 noviembre, 2016

Buenas tardes, mi nombre es Ivonne Benítez. Vivo en Chicago y soy nieta del Luis Castañeda Salgado. Su abuelo paterno fue Bernardino Castañeda que nació de Juan Castañeda y de Gabina Escobar. De los comentarios e podido agregar personas a el árbol genealógico que estoy registrando en Ancestry.com.
Somos una familia muy unida y nos encantaría conocer a mas descendientes de Juan Castañeda.

Re: Ricardo Castañeda

16 noviembre, 2016

Saludos Ivonne; Me alegra que nos hayas encontrado y dejado un comentario. Durante las siguientes horas del día, te corresponderé en un correo más extenso, pues lo que comentas es muy significante. Yo vivo en Seattle, WA. Hasta pronto, Ricardo Castañeda

Leopoldo Castañeda Rodríguez

25 septiembre, 2016

Fabuloso así me parece de mis familiares, soy Leopoldo Castañeda Rodríguez. Mi nombre de pila fue Leopoldo Gonzalo y ya después me registraron solo como Leopoldo, soy hijo de Leopoldo Castañeda Jasso y actualmente soy médico y tengo 70 años y gracias a Dios me siento al 100 porciento y sigo trabajando en un sanatorio junto con mi hijo que también es medico, heredamos la profesión de nuestro tío abuelo Don Gonzalo Castañeda, Don Hermilo y Antonio Castañeda. Somos una familia de longevos y me da mucho gusto saber que tengo mucha familia por parte de mi papá, pero con los únicos con los que he tenido y tengo contacto fue con mi tío Hermilo q.e.p.d., y con Mi tío Antonio, pero aquí estoy y me gustaría conocer a mi tía Elena y a toda su familia y pronto voy a ir a visitar a mi tío Toño que lo he dejado de ver pero si le habló por teléfono. Estuve trabajando con él en la SSA y fue muy bonito ya que aprendí mucho en la administración de la salud, me trató como un hijo y yo lo quiero como si fuera mi padre fue una experiencia inolvidable pero si fue muy exigente en el trabajo y eso me gustó mucho. Ojalá tenga la oportunidad de acercarme a mi familia aunque sea por este medio. Muchas felicidades y un abrazo cariñoso a todos ustedes ya vi las fotos de la tía, hijos, nietos y me emocioné mucho. Espero algún día conocerlos y estoy a sus órdenes. Atte. Polo . Siento mucho el fallecimiento de la tía Elena mi más sentido pésame a toda la familia aunque sea tiempo después.

Re: Ricardo Castañeda

25 septiembre, 2016

Saludos Polo; Mi nombre es Ricardo Castañeda Guzmán, administrador de este blog. Por ahora no solo respondo con este corte mensaje de agradecimiento por tu comentario, pero también para decirte que te enviaré un correo más extenso, pues tengo mucho que decirte, platicarte, y con esperanzas, poder preguntarte. Igualmente te enviaré mi numero de teléfono con la esperanza de que podamos hacer contacto por ese medio. Me puse en contacto con Rafael Rodríguez Castañeda para platicarle sobre tu contacto. Recibirás correo de el también. Reconozco tus dos comentarios en este correo. Gracias y estaremos en contacto. Ricardo.

María Guadalupe Castañeda López

1 febrero, 2015

Hola soy María Guadalupe Castañeda López hija de Carlos Carmelo Castañeda Rivera y estoy agradecida por la investigación que hiciste Del abuelo Austreberto.

Re: Ricardo Castañeda

2 febrero, 2015

Hola María Guadalupe; Me alegro en saber de tu agradecimiento sobre la investigación y publicación de tu abuelo el general Austreberto. Fue un trabajo de ambos Rafael Rodríguez Castañeda y yo, pero también incluye toda la información que nos fue aportada gracias a varios descendientes de su familia. Le pasare estas noticias a Rafael. Gracias y saludos a la familia. Ricardo.

Juanita Marrodán Aréchiga

26 agosto de 2013

Mi nombre es Juanita Marrodán Aréchiga, me encantó encontrar varios artículos sobre los ancestros Castañeda, quiero comentar que mi bisabuelo fue Manuel Castañeda Jaimes, hermano de Amador, sus hijos fueron según recuerdo José, Manuel, Horacio, hombres y hortensia, Lucrecia y Elvira. Oh, Elvira mi abuela atoradísima, que fue como la madre de mí, mis hermanos y mía, se casó con el caballero español, riojano por cierto, don Orancio Marrodán Saenz, y tuvieron cinco hijos que fueron nietos de Manuel Castañeda: mi padre, Orancio Antonio, mis tíos José Manuel, Gumersindo, Hortensia y Pedro Marrodán y Castañeda, a mí me pusieron Juanita por mi bisabuela Juana Castañeda, a quien mi padre quiso mucho, mi abuela se llamó Elvira Emilia Castañeda Castañeda, así quien sea Castañeda y lea este mensaje, aunque ya no llevo el apellido en mi persona, lo llevo en mi corazón, pues mi abuela Elvira “mi madre ” al quedar viudo mi padre, nos amo como nadie a mis hermanos y a mi, la mayor soy yo juanita, después Elvira, Gilberto Antonio y Martha Patricia, a quienes mi abuela recibió con todo su amor como hijos 8, 7, 4, años y 2 meses de edad, no omito que mi abuela era hermosísima, ah, pero con el carácter Castañeda, estoy orgullosa que me haya criado una Castañeda, ya que ella y yo nos adoramos, hasta la fecha no hay día que no la recuerde, también recuerdo mi bisabuelo Manusquiel (papa Manuel) güero con ojos azules, quien nos daba 20 centavos de domingo, bueno parientes, si les sirve de algo esto datos lo hice con gusto.-

Re: Ricardo Castañeda

26 agosto 2013

Saludos Juanita;

¡Seguro que sí nos sirven los datos!

Pero más que nada, gracias por haber hecho contacto. Gracias a que soy el administrador de este sitio, tengo acceso al origen de tu correo electrónico.

Te escribiré un correo con las esperanzas de hacer más contacto contigo porque tengo mucho que más que decirte y preguntarte sobre esta familia.

Gracias,

R…

Pérdidas:

Me es difícil abordar este tema por la simple razón de no saber cómo.

El gran porcentaje de mis encuentros han sido por buscar nacimientos y matrimonios, y no defunciones. ¿Será porque la mayor parte de nuestra alegría esta en la nueva vida o el festejo de la unión conyugal, pero no en la tristeza del fallecimiento?

Las actas o registros de defunción están escritas en papel pero siempre me han causado instantes de reflexión y tristeza. ¿Cómo habrá sido, o estado la situación familiar durante los momentos finales de aquel ser querido o familiar? Seguramente habrá sido muy triste y dolorosa.

Sin diferencia alguna, durante la temporada a la cual me he estando refiriendo en este artículo, nuestra rama Castañeda perdió seres queridos a quienes reconozco con gran respeto y pésame en este artículo.

Que En Paz Descansen

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Felipa Laura Luna Castañeda (1942-2014)

Felipa Laura Luna Castañeda, hija de Aurelio Luna Hernández y Laura Soledad Castañeda Islas, falleció el 22 de diciembre 2014. Laura Luna se refería a sí misma como Laura “Moon” y era hermana de Elsa Rico Castañeda por parte de su madre Laura Soledad. Se puede saber más sobre ella por medio del siguiente link;

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2015/01/05/felipa-laura-luna-castaeda-1942-2014-2/

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Elena Laura Castañeda Islas (1914-2015)

Elena Laura Castañeda Islas, Hija del Lic. Amador Castañeda Jaimes y Francisca Islas Montaño, falleció el 25 de mayo de 2015. El siguiente link nos informa sobre ella y de cuando cumplió su centenario.

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/08/16/centenaria-castaneda-un-siglo-personal-1914-2014/

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Elsa Rico Castañeda (1939-2015)

Elsa Rico Castañeda, hija de Laura Soledad Castañeda Islas y de Mario Rico, falleció el 11 de septiembre de 2015. Hermana de Felipa Laura Luna Castañeda por parte de su madre Laura Soledad.

Con mucho cariño sus hijas Elizabeth y Guillermina Barrera Rico escribieron los siguientes recordatorios.

Mamá;

Alguna vez escuché que las personas privilegiadas mueren de paro cardiaco, racionalmente estaba de acuerdo, pero hasta que falleciste pude realmente sentirlo. Para ti fue un día más, sin miedo, sin despedidas, sin tristeza. Cuando llegué a tu casa todavía estaban las migajas del pan de la mañana con tu café. Las frutas y verduras que compraste el día anterior estaban esperando a que las guardaras en el refrigerador. Blanquita daba vueltas tratando de animarte. Todo, como en un día normal. Por eso, para nosotros fue muy difícil asimilarlo, porque muchas cosas quedaron sin hacer y decir, aunque muchas otras se repitieron tanto, que ahora, que no estás, nos dan cobijo.

Aunque pareció que habías bloqueado la ida de mi tía Laura, no te pudiste separar de ella, te fuiste a encontrarla, para seguir juntas, como siempre. Seguro sabrás que nada en mi vida me ha dolido como tu partida, pero me consuela muchísimo saber que te fuiste como todos querríamos irnos, ¡Te lo merecías!

Te extrañamos todos los días, hablamos de ti, te recordamos con tristeza y con alegría también. Lo que quedó por decir lo he dicho muchísimas veces ya. Gracias por repetirme que  debía vivir sin que se me cerrara el mundo, esa frase me ha servido toda la vida y me ha permitido aceptar tu ausencia.

Creo que lo sabes, pero dejaste huella en muchísimas personas a quienes diste tu cariño y cuidado, todos ellos, te piensan también.

Te quiero y extraño… siempre.

Guille

*

Mi:

A un año de tu muerte quiero decirte que si, te extraño mucho, pienso en ti todos los días, a veces con tristeza, a veces con nostalgia, otras con ternura y otras más con gusto, pero siempre, siempre pienso en ti con gratitud. Agradecimiento hacia Dios porque hayas sido tu mi madre, gratitud a ti por todo lo que me diste, me enseñaste, compartiste, acompañaste en estos casi 53 años.  Este año ha sido el más triste de mi vida, a veces me cuesta trabajo continuar, la verdad es que la vida sin ti no es la misma.  Compartirla contigo la hacía interesante, hermosa y divertida.  Quiero recordar lo que te escribí en una tarjeta: “Porque las mejores cosas de mi vida me las diste tu y lo mejor que tengo como persona lo aprendí de ti. Gracias.”

A pesar de ser una persona poco expresiva, que no demostrabas tu amor con caricias, besos o abrazos, tu amor inundaba con acciones, con palabras y con tu incondicional acompañamiento y escucha a las personas que querías.  Eras una persona que siempre, siempre estaba presente y pendiente.

Mi, fuiste generosa, compasiva, silenciosa, inteligente, noble, con una fortaleza extraordinaria, y hermosa, hermosa por dentro y por fuera.  Y si, una de tus grandes virtudes fue tu fortaleza, que te hizo levantarte a pesar de tantos problemas, tantas angustias, tantas pérdidas, sin embargo, la última parece que si doblegó tu espíritu, la muerte de tu hermana Laura, tu compañera de toda la vida.  Me consuela saber que están juntas otra vez.

Sé que quienes te conocimos guardaremos en el corazón un poco de ti, y que tu, a donde quiera que sea que estés, te llevaste en el corazón un poco de cada uno de nosotros.

Leí en un libro algo que ilustra cómo me siento con tu partida: “La vida no nos dio tiempo, nos cambió los libretos y ahora, no hace actuar la obra con un personaje menos”…

Te quiero y te extraño Mi.

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Hermanas Elsa Rico Castañeda y Laura Luna Castañeda

Rubén Mendoza Ayala, (ca.1961-2016), hijo de Roberto Mendoza Castañeda y Nora Bertha Ayala, falleció el 17 de abril de 2016.

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Foto Crónica.com.mx

Recuerdo escrito por su padre Roberto Mendoza Castañeda:

Hijo mío, tu recuerdo es infinito para toda la familia, tu bondad, tu visión, tu amistad, tu vida, Dios Jesucristo te llamó y estás en el cielo, con paz y libertad.

Gracias por tenerte con nosotros.

Amén.

Tu padre Mendo

Bertha Castañeda Zagal, (1909-1951)

Al rescate de sí misma

 

A la memoria de Esperanza, Jesús, Francisca y Soledad.

Sobre la vida de Bertha hay más interrogantes que certezas, así que el intento de biografiarla se arriesga a naufragar en demasiadas conjeturas. La escasez de noticias sobre ella se debe, acaso, a que a temprana edad se independizó de su familia postiza y fue excluida de su familia consanguínea; a que sólo vivió cuatro decenios; a su lejano deceso, ocurrido hace 64 años; a su inesperado fin: un balazo accidental en su propia casa. O acaso a que fue hija de en medio y oveja negra.

Bertha fue la tercera de los cinco hermanos que convivieron durante su infancia hasta que quedaron abandonados y al poco tiempo, huérfanos: Esperanza y Jesús eran mayores; Francisca y Soledad, menores que ella; de manera que será preciso considerar su complejidad psicológica de hija sandwich. ¿Hija? ¿En plena orfandad?

Nació en Tezicapán, estado de México, como a las 6:30 de la mañana del lunes 24 de mayo de 1909. Ocho días después que vio la luz, Bernardino Castañeda Escobar, su padre, la presentó ante el Registro Civil de Zacualpan y declaró que Susana —primer nombre asignado a Bertha— había nacido en su casa. Le puso por nombre Susana y por apellido, Zagal, hija natural de Guadalupe Zagal, soltera. Como si fuera hija de la criada.

Acta de nacimiento de Susana —primer nombre asignado a Bertha.

Acta de nacimiento de Susana —primer nombre asignado a Bertha.

¿Por qué Bernardino se deslindó de esa niña, si era la quinta de los siete hijos que tuvo con la misma mujer? ¿Sería por el prurito de haber declarado al juez civil que era casado (con otra Guadalupe, Jaso) y que la madre de Bertha era soltera? No obstante, Bertha no fue la única de quien Bernardino evadió la paternidad. Había hecho lo mismo con Esperanza en 1905 y seguramente lo hizo con Jesús en 1907, como lo haría con Francisca tres años después, en 1912.

Soledad fue la única hija de la pareja que oficialmente obtuvo el apellido paterno, excepción atribuible a las escasas instrucciones que dieron al empleado que la llevó al Registro Civil el 25 de junio de 1914. Éste declaró que Ninfa —primer nombre asignado a Soledad— era hija natural de Bernardino Castañeda y que había nacido el 11 de junio. Al día siguiente lo contradijeron: al bautizarla sus padres declararon que María Ninfa Soledad Juana nació el 27 de febrero de 1914. Casi cuatro meses de diferencia.

Iglesia parroquial de Tezicapán

Iglesia parroquial de Tezicapán

Si bien el único apellido oficialmente registrado de Bertha, Esperanza, Francisca y Jesús fue Zagal, a final de cuentas, la paternidad de aquellos niños quedó identificada: en las partidas de bautismo de las tres menores consta que eran hijas de Bernardino.

Así como las actas prueban que Bernardino fue un padre esquivo, los hechos demostraron que también fue un esposo ausente. La infancia de los cinco, a cargo de su madre, pasó por momentos atroces, particularmente para los tres mayores, quienes comprendían las desavenencias conyugales. Esperanza y Jesús las reprimieron u olvidaron, pero Bertha no: en su adultez refería episodios que presenció de niña y cuyo significado comprendió muy pronto, como los prolongados abandonos de su padre y los encuentros nocturnos de su madre y el galán con quién huyó hacia 1915.

Bernardino resintió la fuga inesperada de la soltera que vivió con él en unión libre alrededor de once años. Fue demoledor verse solo en medio de cinco hijos, quienes lo rodeaban, hacían preguntas y pedían de comer. Además, ante vecinos y amigos se desmoronó su prestigio de seductor, ganado a lo largo de treinta años, en que conquistó seis mujeres y les hizo en total quince hijos. Murió poco después y los parientes cercanos no sólo lamentaron su condición de esposo abandonado; una lógica difícil de explicar vio a Bernardino como víctima y no como causante de su propia suerte. Bertha y sus hermanos quedaron en plena orfandad.

En medio del luto y la responsabilidad indeseada de decidir qué harían de aquellos huérfanos, lo primero que decretó el concilio familiar fue castigar a la madre biológica: les cambió el Zagal por el Escobar, apellido de su abuela. Esa determinación originó un grave conflicto existencial para cuatro de ellos, quienes nunca aclararon por qué se apellidaban igual que su padre. En cambio, Bertha, desde que estuvo en edad de presentarse a sí misma, se rebeló contra aquella consigna y a pesar de todo reconoció apellidarse Castañeda Zagal.

El destino de los huérfanos se resolvió así: a Esperanza se la llevó a México el entonces coronel Austreberto Castañeda Porcayo, uno de sus medios hermanos, para que viviera con su familia y concluyera la primaria. A los cuatro restantes, Jesús, Bertha, Francisca y Soledad, los enviaron a Orizaba con doña Guadalupe Jaso, esposa legal del recién fallecido Bernardino.

El traslado de Tezicapán a Orizaba estuvo a cargo de Virginia y Ascensión, Chonita, dos jóvenes hermanas, tías de aquellos niños. Aún no hallamos ese vínculo de parentesco; tampoco sabemos si para realizar aquel viaje eligieron la ruta de Cuernavaca o la de Toluca. Sólo tenemos noticia de que salieron del pueblo a lomo de bestia, en medio de la llora constante de los niños a causa del frío invernal que les calaba los huesos y estuvo a punto de matar a Soledad, a pesar de que viajaba en brazos, envuelta en un rebozo, y de que su tía trataba de calentarla con el vaho de su boca.

Los motivos de la oveja

Los niños fueron depositados en una tranquila casa orizabeña que habitaban tres personas: doña Guadalupe Jaso Aguirre viuda de Castañeda; Guadalupe, su hija solterona, y Leopoldo Castañeda Jaso, hijo adoptivo.

La casa era amplia. Contaba con portales adornados con macetas, un patio y un surtidor de agua para lavar ropa y regar plantas y flores. Uno de los predios contiguos era un solar baldío, indicio de que estaba a la orilla de Orizaba, que entonces tenía aproximadamente 45 mil habitantes, siete fábricas textiles, la Cervecería Moctezuma y un tranvía urbano tirado por mulas, que por ese tiempo electrificaron[1]. Del otro lado, la propiedad colindaba con la casa de doña Sotera, una viejecita solitaria que descendía de familias de abolengo, creía fervientemente en la nobleza de estirpe y vivía de sus recuerdos.

Cuando enviudó y los deudos de Bernardino la convirtieron en madrastra, doña Guadalupe Jaso Aguirre tenía alrededor de 55 años. Lupita, su hija mayor, era treintañera. Entre las dos mantenían su hogar en el orden, decencia y convenciones de la clase media de Orizaba. Sus medios de subsistencia eran tal vez las rentas del patrimonio que doña Guadalupe había heredado de sus padres, terratenientes en el estado de Hidalgo, y el salario que su hija ganaba como profesora de instrucción primaria. Entre ambas criaban a Leopoldo, un niño que a la sazón tenía once años, hijo adoptivo de doña Guadalupe, quien lo admitió con abnegación y entereza cuando supo que Bernardino lo había engendrado en el vientre de una muchacha por lo menos veinte años menor que él, en Tezicapán. El Leopoldo adoptivo fue gemelo de otro varón, que murió a temprana edad.

La señora Guadalupe Jaso conocía bien Tezicapán, pueblo donde ella y Bernardino establecieron su segunda morada después de casarse en el Mineral de El Chico, Hidalgo, en 1885, y de vivir allí hasta que nació su primogénito. Se mudaron a Tezicapán porque allí estaba la fuente de ingresos de Bernardino como comerciante de minerales y azoguero. Vivieron juntos al menos un par de años. En Tezicapán nacieron Guadalupe, en 1887 y Leopoldo Castañeda Jaso, en 1888. Leopoldo, el tercer hijo de la pareja, murió a los dos meses. Fue en memoria de este niño que alrededor de diecisiete años después, doña Guadalupe rebautizó al hijo de su marido como ‘Leopoldo’ y le puso los mismos apellidos que al primero.

Tezicapán, calle arriba

Tezicapán, calle arriba

 

En 1903, cuando Bernardino llevó a registrar a los gemelos que tuvo fuera de matrimonio, los llamó respectivamente Erminio (sic) y Marcos, pero al año exacto (1904), a la hora de bautizarlos, él o la madre les cambiaron el nombre y les pusieron Juan Aurelio y Ricardo Adulfo, de manera que cuando Erminio, lactante aún, llegó con doña Guadalupe, recibió un cuarto nombre y un segundo apellido materno.

Desconocemos las circunstancias en que fueron separados Erminio-Juan-Aurelio-Leopoldo y su madre para darlo en adopción a la esposa legítima de Bernardino, hecho que debió ocurrir entre 1904 y 1905. Es probable que esa separación haya aligerado la carga que significaba criar gemelos para la muchacha, madre soltera y primeriza; pero es probable también que lo haya vivido como un desgarramiento. La madre biológica de aquellos gemelos era precisamente Guadalupe Zagal Caballero, con quien Bernardino tuvo después otros cinco hijos, precisamente los que prefería negar.

En Orizaba vieron a los cuatro huérfanos como advenedizos. Por el trato que recibieron sabemos que Guadalupe Jaso se hizo cargo de sus hijastros a regañadientes, por mucho que sus creencias religiosas la indujeran a admitirlos como acto piadoso y a soportarlos como sacrificio para ganar indulgencias.

Los huérfanos quedaron sujetos al doble imperio de las Guadalupes, madre e hija. Al orden doméstico que la madre imponía se sumó la disciplina que la hija practicaba en su papel de profesora, de modo que sus hermanastros obedecieran en casa reglas tan estrictas como las que aplicaba a sus alumnos en el aula.

Los trataron según su edad. A Soledad todavía tuvieron que alimentarla con biberón, de manera que se adaptó a la crianza de la madrastra. Francisca, de tres años, desde su cautelosa timidez se avino a las nuevas circunstancias y a las rutinas que le dictaron. Hasta allí no hubo complicaciones. En cambio, Bertha, cuyos seis años fueron suficientes para que le asignaran tareas tales como el cuidado de sus hermanas y la lava de pañales de Soledad, demandaba vigilancia; igual que Jesús, quien entonces rondaba los ocho años y fue, en la práctica, el mozo de la casa.

Para evitar el trato constante de los niños intrusos, durante el día los tenían horas metidos en la pileta, de modo que al mismo tiempo se refrescaban y jugaban, sin molestar ni desordenar las habitaciones. Por las tardes los enviaban a la casa vecina con el pretexto de que cuidaran a doña Soterita, eufemismo que significaba exactamente lo contrario. La anciana aprovechaba la compañía de los niños para contarles su recuerdo estelar y timbre de orgullo: fue dama de compañía de la emperatriz Carlota; experiencia que debió ocurrir en 1866, durante el mes y medio que la pareja imperial vivió en Orizaba, mientras Maximiliano dudaba entre volver a Europa o enfrentar la oposición de la República a su pretendido imperio.

Otro recurso para mantenerlos lejos consistió en internarlos, y como Bertha respondía a la autoridad escolar con el patrón de comportamiento que las Guadalupes le enseñaron, en clase fue también una niña reacia a las lecciones, situación que vino como anillo al dedo a madrastra y a hermanastra, porque el escaso aprovechamiento se castigaba con la anulación del permiso para salir del internado los fines de semana.

Un viernes que repartieron boletas de calificación, Bertha comprendió que estaba condenada a quedarse adentro sábado y domingo. La solución fue robar la boleta a una compañera de clase y alterar el nombre para alcanzar la calle.

No hay indicios para saber si la coartada de la escuela servía también para deshacerse de Jesús, al menos durante las horas de clase; sólo la certeza de que cuando crecieron, Francisca y Soledad vivieron internas en una escuela salesiana que atendían religiosas de la congregación de Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, donde las niñas encontraron durante varios años un sucedáneo del amor materno.

Leopoldo también trató a los hermanastros con hostilidad y desprecio sin saber —oh, ironía— que en realidad eran sus hermanos carnales. Jesús no olvidó las afrentas, desafíos y humillaciones que padeció ante aquel niño engreído, cuatro años mayor que él.

Cuando incumplían sus deberes, Jesús y Bertha fueron tratados según moldes disciplinarios donde los castigos corporales eran costumbre. Jesús oponía una resistencia taimada a sus obligaciones cotidianas, pero Bertha se plantó en pie de guerra. Su temperamento altanero chocó frontalmente contra el autoritarismo de las Guadalupes. La biografía de Jesús Castañeda[2] narra su decisión extrema ante los azotes con varas de membrillo; instrumentos de tortura tan comunes que se vendían en las tiendas igual que estropajos o manteca. A Jesús y a Bertha los mandaban a comprar las varas que a la siguiente desobediencia les dejaría verdugones en las piernas.

Jesús guardaba el rencor del maltrato, pero Bertha respondía con rezongos y represalias. Se indignaba tanto que comenzó a vengarse: en vez de lavar la ropa de sus hermanas, dio en esconderla entre las macetas, de manera que al día siguiente no aparecía limpia ni sucia.

Un día la ausencia de ropa fue notoria. El aire arisco de Bertha dio fundamento a la sospecha. En consecuencia, además de azotes recibió la amenaza de peores castigos humanos y divinos, hasta que confesara. La doblegó tal exceso de violencia, mas para desquitar su rabia, Bertha sacó, llenos de tierra y poblados de cochinillas, los calcetines, camisetas y calzones que había escondido y los arrojó a los pies de la madrastra y la hermanastra.

—Ahí está uno; aquí hay otros, para que los laven.

Descargaron sobre ella otra azotaína, pero en vez de pedir clemencia, la niña tuvo arrestos para contraatacar.

—¡Ni te atrevas! ¡Te va a castigar Dios. Se te secará la mano!

La encerraron.

Bertha lloró como lloran los niños, restregándose ojos y nariz contra el brazo desnudo. Fue un llanto inconsolable de impotencia, miedo y rencor, hasta que el agotamiento, el sueño y la oscuridad del cuarto la vencieron. Mientras se recuperó, lágrimas y mocos se le secaron sobre la piel. Al despertar, sintió una costra que le iba desde la mano hasta el antebrazo. Horrorizada, creyó que el castigo divino se cumplía y se le secaba la mano. De ese pavor se enteraron las Guadalupes, así que sobre el escarnio padeció la burla.

Años después Bertha solía reír de sus travesuras y venganzas con una risa cuya carga de malicia daba la medida de la satisfacción que le causaban. Reía y miraba con fiereza. Y si en aquella ocasión se rió de sí misma tras el susto que le produjo aquella costra, hubo otros episodios en que le infligieron castigos ajenos a cualquier móvil de diversión: No sabemos si fue la madrastra, la hermanastra o las dos, pero le quemaban el dorso de las manos.

Imaginamos que Bertha, rebelde por naturaleza, opuso toda la resistencia de que era capaz una niña de su edad. Imaginamos también que la sujetaron para apagarle encima colillas de cigarro. De otra manera no se entiende que la hayan sometido a tal vejación. No le secaron las manos que intentó levantar en contraataque, como se lo vaticinaban, pero le dejaron cicatrices indelebles. Varios lustros después, quienes veían a Bertha en las reuniones sociales con guantes lo interpretaban como gesto elegante o extravagancia. Se los ponía para ocultar aquellas marcas.

Rescate a cualquier precio

Si nos reconocemos en una fotografía donde aparecemos entre otras personas de inmediato calificamos nuestro aspecto: nos satisface o desagrada. Pero una foto no es como el espejo, que brinda la ocasión de componer el gesto, arreglarse el cabello o la corbata. La imagen congelada es irremediable. Ante una mala foto las reacciones van de la indiferencia a la pasión: hay quienes simplemente se desentienden de ella y la olvidan; otros la destruyen. Algunos sólo rayan o bloquean con tinta su efigie, como si a posteriori se retiraran de la escena y dejaran solos a los demás.

Bertha reaccionó al revés: hay vestigios de su imagen recortada. Tomó la tijera y desechó el resto de las fotografías. No le importaron lugares, ocasiones ni la demás gente. Acaso hubiera preferido no aparecer retratada o estar en otra parte. Lo esencial fue rescatarse y salir, como lo hizo en la adolescencia, cuando huyó de su madrastra para seguir viva, sin más afrentas ni maltratos, y a contrapelo de los aires de decencia familiares.

Se fue con la parvada de saltimbanquis de un circo que dio funciones en Orizaba.

Tres recortes

Conjeturas y ostracismo familiar

¿Quién escapó primero de la casa de doña Guadalupe, Jesús o Bertha? ¿Quién dio el ejemplo a quién? Es decir, de los dos hermanos, ¿cuál fue el primero en evadirse? No sabemos. ¿Qué edad tendría Bertha cuando huyó? Si suponemos que Jesús tomó la delantera y que al momento de huir tenía catorce años, a Bertha le nació la inquietud de seguir el mismo camino a los doce o trece años.

Ignoramos cómo vivió su adolescencia. Si hubo una figura materna o paterna a la cual se acogiera para sobrevivir y formarse como persona; si alguien se compadeció de ella o si por el contrario, la sometieron a otro orden de maltrato en su condición de muchacha desamparada de cualquier protección familiar.

Obligada a dar aviso de la desaparición, la madrastra debió hacerlo con sordina, si es que fue consciente de los motivos que Bertha tuvo para huir. De eso tampoco tenemos indicios. Sólo sabemos que treinta años después, Guadalupe hija, en una visita que hizo a sus medias hermanas en Pachuca, como simbólico acto de contrición les llevó de regalo membrillos. Frutos, no varas.

Un día supieron de Bertha. Ella misma se comunicó con su hermana Esperanza, quien a su vez quiso tranquilizar a la familia con la noticia. El problema fue que conocer su paradero produjo un efecto ambivalente: de la incertidumbre —en el grado que la hayan sentido— los parientes mayores pasaron a la indignación, porque Bertha les hizo saber que no volvería, que se independizaba de toda autoridad familiar para dedicarse al baile.

La idea de que hubiera una bailarina en la familia, más que inconcebible era intolerable. Provocó vergüenza e ira. Bertha cometía a la vez un desafío y una afrenta. En la escala de valores de la clase media, católica y recatada, la profesión de bailarina de carpas y teatros era execrable. Solamente una cualquiera, sin ética ni pudor, era capaz de elegir esa forma de vida.

La condenaron al destierro. Ofendidos parientes le enviaron mensajes reprobatorios y la advertencia de que no se atreviera a acercarse a los Castañeda, quienes se consideraban decentes. El tío Gonzalo, hermano de su padre, cuya autoridad todos reconocían lo mismo en materia de Medicina que en asuntos familiares, le hizo saber que estaba proscrita. Bien podía suprimir de su nombre el apellido paterno.

…Y recomencé a luchar aquí, a me defender y a me alimentar

                                                                                                         Rubén Darío

Transcurrieron alrededor de ocho años de incomunicación. Poco a poco Bertha construyó otro mundo para sí, hecho de bailarinas y amigos de la farándula. Pero es comprensible que esos esfuerzos no satisficieran su temprana orfandad. Trató de compensar esa laguna mediante sus creencias religiosas con una fe tan sincera como desamparada.

Bertha ca. 1930

Bertha ca. 1930

 

Desde entonces se hizo acompañar de estampas del santoral católico. No sabemos si eran sólo amuletos o si en ciertos momentos rezaba con igual fervor que sus hermanas. En la cartera del final de sus días, junto con su dinero portaba doce figuras con oraciones impresas al reverso: al Espíritu Santo, a San Alejo, San Antonio, San Pedro, al Señor Santiago, a la Santa Cruz de Caravaca, a Santa Bárbara, Santa Cecilia, patrona de los músicos y por extensión, de los artistas; a Santa Elena, Santa Eduviges, Nuestra Señora del Sagrado Corazón y a la Virgen María. No llevaba consigo una imagen ni una oración a la Virgen de Guadalupe.

Su mundo emotivo mejoró gradualmente. Al principio mediante discretos contactos clandestinos con sus hermanos, quienes se reunían con ella desafiando la reprobación de los mayores. Poco a poco la admitieron familiares que originalmente se habían sumado al rechazo; comportamiento al que Bertha guardaba rencor.

Conforme Bertha se consolidaba como persona independiente y como artista, antes y después de las funciones en teatros de revista amplió a su favor la admisión familiar, que tanto le importaba. Comenzaron a llegarle invitaciones de quienes inicialmente acataron la consigna de cortar lazos con ella. Bertha les demostraba quién era: por una parte, una mujer dispuesta a dar y recibir afecto; por otra, un ser de trato difícil, presto a manifestar asperezas y a agredir.

Una de las tías que cambió de actitud la alojó en Pachuca durante una noche, pero en aquella ocasión Bertha debió sentir algún doblez o hipocresía, porque al día siguiente la tía encontró las paredes de la habitación manchadas de amarillo: después de comer mangos, Bertha las tapizó de cáscaras.

Su infancia le dejó una aversión indomable a las tareas domésticas: Un fin de semana en que fue a Pachuca para visitar a Esperanza y a Rosario, su media hermana, llegó cuando se disponían a salir. Como Bertha prefirió quedarse a descansar, le encargaron el cuidado y alimentación de los pájaros. Debía poner alpiste a los canarios, picar plátano macho para el ruiseñor, servirles agua limpia y cambiar el papel periódico que servía de piso a las jaulas. Para ahorrarse esas molestias Bertha abrió las rejas y los dejó escapar.

Esperanza y Bertha en Pachuca, 1934

Esperanza (i) y Bertha (d) en Pachuca, 1934

 

Hacia 1934 culminó la reconciliación entre Bertha y sus hermanos. Ocurrió una excepcional reunión de los cinco, en Pachuca. Bertha viajó desde México; Soledad llegó de Orizaba con su esposo, Antonio Arana, y Teresita, la primogénita de la pareja; Esperanza, Francisca y Jesús radicaban allí.

Los cinco hermanos Castañeda–Zagal, 1934

 

Bajo reflectores

A falta de noticias durante el decenio de los ’30, nos queda el recurso de sintetizar la carrera profesional de Bertha en una pálida fotografía impresa en alguna revista de la época, donde aparece entre un grupo de bailarines, con los trajes que probablemente vistieron para ejecutar una polka o un son jalisciense.

Bertha, la tercera de izquierda a derecha

Bertha, la tercera de izquierda a derecha

 

Contamos también con el inconfundible estereotipo de imaginarla en medio del foro, en fila con otra veintena de coristas, uniformadas de shorts, mallas y tacones altos, en el momento de levantar todas la misma pierna, mientras la orquesta toca algo festivo como el can-can de Offenbach.

Nos queda, además, su fugaz presencia como extra cinematográfica en Águila o sol, película rodada en 1937, en una escena donde aparece con Teresa Villalta, su gran amiga y compañera. Al fondo, ambas bailarinas platican a la puerta de su camerino mientras en el primer plano, un abatido Cantinflas asimila una decepción amorosa.[3]

La fama de Bertha trascendió entre la familia y desde luego, cuando se presentaba la oportunidad, hermanos y demás parientes asistían a las funciones en que bailaba. Una tarde, en el curso de su actuación, Bertha reconoció entre el público la presencia de las Lupes —así las llamaba—. Es preciso imaginar su asombro. Y más que asombro, su intriga por los motivos que las condujeron a la función. ¿Morbosidad?, ¿mala conciencia?, ¿residuos de envidia? Lo que se quiera, pero a nadie se le ocurre pensar que asistieron ingenuamente, con el puro afán de divertirse.

Acaso fue en el intermedio o al término de la función, pero Bertha se les plantó enfrente. Las Lupes, desconcertadas, no supieron qué hacer.

—Qué, ¿no me conocen? —dijo Bertha. Las Lupes fingieron ignorancia. —¿De veras no me reconocen? —insistió, mientras la tensión y su ira iban en aumento. Se quitó los guantes y las encaró al dorso de ambas manos.

—Miren, ¡esto me lo hicieron ustedes!

Como bailarina, la trayectoria de Bertha vivió su plenitud entre 1937 y 1947. Fue la época anterior a la televisión, cuando todas las artes exaltaban la cultura nacional lo mismo en los muros, el teatro, la radio, las películas o las actuaciones en escuelas y plazas. Bertha realizó varios viajes a Centroamérica como integrante del ballet de Chelo La Rue, compañía que hacía giras por el país y el extranjero, y además actuaba en la mayoría de las películas mexicanas donde había secuencias de baile, ya fueran jarabes y zapateados, sones y sandungas o algún ritmo de moda.

Esos contratos en el extranjero, que cobró en divisas, permitieron a Bertha ahorrar y comprarse una casa en la naciente colonia Industrial, agregada en 1926 a la trama de una Ciudad de México que apenas tenía un millón de habitantes, para alojar a la nueva clase media urbana en predios de 157 metros cuadrados. En la calle La Vencedora adquirió la casa contigua a la de Julieta Castañeda de Valdespino, una prima suya recién casada. Su flamante morada constaba de sala-estancia, comedor, recámara, baño, cocina y patio posterior como área de servicio.

Una reja metálica daba acceso a la cochera. La entrada a la casa era por la sala, al fondo del garaje, hacia la izquierda. Al golpe de vista se apreciaba el orden y las preferencias de Bertha. Mullidos sillones adornados con varias muñecas que adquirió durante sus giras.

Destacaba un atractivo muñeco alemán cuya cabeza y extremidades eran delicadas piezas de porcelana cosidas sobre la pequeña almohada que formaba el cuerpecito. Cubría las costuras un ropaje de bebé. Al girar la cabeza, el muñeco movía la lengua tras los dos dientecitos superiores que mostraba en su perenne sonrisa. Cerraba los ojos cuando lo acostaban y los abría si lo sentaban. Los rasgos faciales y el aspecto del pelo; la delicadeza de manos y pies daban la impresión de que era un niño real. Bertha bautizó a ese muñeco como Casiano.

Al lado de la sala puso una cantina que adornó con su colección de máscaras procedentes de diferentes lugares de la República, y donde además de botellas, copas y vasos, tenía varias pistolas; unas, de utilería; otras, auténticas.

Seguía una amplia recámara: cama matrimonial, tocador con gran espejo —imprescindible para una bailarina—, cajones repletos de cosméticos y un taburete en cuyo fondo, en una pequeña bolsa disimulada entre el forro y los resortes, Bertha ocultaba alhajas cuya posesión pretendía compensar su explicable oquedad afectiva: anillos, aretes, arracadas, collares, dijes, pulseras, prendedores y esclavas, de las cuales usualmente se ponía una al tobillo.

En esa recámara fue atesorando diversos objetos, y como aparte del sincero gusto por vestir a la moda su profesión le exigía disponer de un vasto guardarropa para ser considerada de inmediato en cualquier coreografía, con el tiempo Bertha llenó tres baúles donde abundaba gran variedad de prendas teatrales: Faldas largas, acampanadas, de bombasí y etamina, adornadas con guipures ondulados, para los bailables regionales; otras cortas, elásticas y vistosas, con pliegues tableados y botonaduras de fantasía, para las coreografías convencionales del cuerpo de baile. La maestría de la costura y la diversidad de los colores contaban entre los atractivos de aquel vestuario. Blusas de encaje, insólitos corpiños de lentejuela y trajes satinados; chalecos, capas, penachos, moños, mallas, gorros, sombreros y piezas cortas y ajustadas, propias de los bailes de moda.

Cuando la visitaban sus sobrinas, niñas aún, uno de sus juegos familiares preferidos consistía en mostrarles su parafernalia teatral y vestirlas con las prendas que ellas mismas elegían. Si era Bertha quien visitaba a sus hermanas, siempre pensaba en sus sobrinos, a quienes consintió con sobrecargas de afecto, mimos y regalos de ropa y juguetes.

¿Soltera, casada?

Entre múltiples giras para actuar en las ciudades de la República y del extranjero Bertha debió conocer a mucha gente, esencialmente personas del sexo masculino, a quienes atraía el encanto escénico de las bailarinas.

En medio de la ignorancia sobre su vida emotiva surgen datos aislados que configuran, así sea tenuemente, una conjetura más: la boda de Bertha. En orden cronológico, los datos son los siguientes:

1. Cuatro registros donde Bertha usó el apellido Irman: tres ingresos a los Estados Unidos, uno por la garita de Nogales, en 1939, otro por Laredo, en enero de 1940, y el tercero, el 4 de diciembre de 1940, a San Ysidro. El cuarto registro, a once años de distancia del primero, es la carta que la acreditó como inspectora de mercados.

2. Hay también un dato intermedio, sin fecha precisa, pero ubicable hacia 1948, cuando a la vuelta de un viaje por Estados Unidos llegó a México acompañada de Charles, el norteamericano a quien presentó como su esposo.

Tarjeta–pasaporte 27898. Firma B. Irman

Tarjeta–pasaporte 27898. Firma B. Irman

 

Supongamos que se trató de Charles Samuel Irman, nacido en Amarillo, Potter, Texas, quien en 1939 tenía 24 años.

¿Qué sentido tiene fijarse en alguien para fundar una hipótesis? Explicar provisionalmente, en tanto surgen datos más sólidos y comprobables, por qué Bertha se registró en la forma migratoria para ingresar a Estados Unidos por Nogales, el 31 de julio de 1939, como Bertha Castaneda de Irman, y por Laredo, el 13 de enero de 1940, como Bertha Castaneda Irman. Finalmente, para destacar el uso alterno de los apellidos Castañeda e Irman a la hora de firmar, como lo hizo en la tarjeta-pasaporte y en la visa adosada, que obtuvo cuatro días después.

No hay indicios de la fecha ni del lugar donde conoció a Charles, de cómo progresó esa relación ni de cuándo la legalizaron —si es que se casaron. Los datos disponibles consignan simplemente que una mujer llamada —en inglés— Bertha Castaneda de Irman cruzó por Nogales en julio de 1939, que dio la referencia de una hija llamada Esperanza y dijo ser originaria de México, D. F. Sabemos también que en esos años no era preciso disponer de pasaporte para ingresar a territorio norteamericano y que era posible inventar datos que no había forma de verificar.

Durante el segundo semestre de 1940 Bertha cumplió una temporada de actuaciones en Tijuana. Quiso cruzar la frontera y el 29 de noviembre, en la Jefatura de Población llenó un cuestionario para obtener una tarjeta-pasaporte. En esa ocasión dio informes sobre sí misma con una veracidad casi completa: Nombre: Bertha Castañeda Zagal. Lugar de nacimiento: Tezicapán, Gro. (sic). Fecha de nacimiento: 24 de mayo de 1912 (se restó tres años). Ocupación: Artista bailarina. Estado civil: Soltera. (No obstante, la firma legible en este documento es B. Irman, aunque cuatro días después, en el Consulado donde consiguió la visa para ingresar a San Ysidro, firmó como Bertha Castañeda). En cuanto a su estado civil cabe la posibilidad de que Bertha y Charles mantuvieran una relación intermitente, estando o no legalmente casados.

Vida adosada al pasaporte 27898. Firma B. Castañeda

Vida adosada al pasaporte 27898. Firma B. Castañeda

 

Aquellas giras por el norte del país, así como por el extranjero, tuvieron positivas repercusiones entre su familia: aumentaban la estima y admiración hacia Bertha y acrecían su independencia y prestigio.

En esa etapa procuró acercar su mundo laboral con el familiar. La persona a quien introdujo con mayor éxito fue Teresa Vilalta —o Villalta— Quiñones, una amiga bailarina que se granjeó el afecto de sus hermanos, cuñados y sobrinos. Teresa llevó a confirmar a Margarita, una de sus sobrinas pachuqueñas, a quien Bertha bautizó en octubre de 1943, ceremonia que festejó en su propia casa, a la cual invitó, entre otros amigos, al actor Joaquín Pardavé y a María Antonia del Carmen Peregrino, Toña La Negra.

Sus temporadas de actuación fuera de la Ciudad se volvieron tan frecuentes que hacia 1944 alquiló su casa a la familia de Esperanza —hermana, esposo y cuatro hijos—. Meses después, allí nació su sobrino Alejandro, el menor de los Cárdenas Castañeda.

Volvió a Tijuana a fines de 1944 y el 4 de diciembre ingresó al país vecino por la garita de San Ysidro, que entonces era aún un pueblo diferente de San Diego y el acceso terrestre por excelencia para quienes se dirigían a Los Ángeles y a San Francisco.

Bertha estuvo por lo menos en cuatro ocasiones más en Estados Unidos. A los dos años estuvo nuevamente en Tijuana y el 4 de diciembre de 1946 entró por San Ysidro. Su destino fue Los Ángeles, cuya población latina hacía rentables los espectáculos con artistas mexicanos. Como esa visita fue más larga, debió dar como referencia a un familiar en México. Bertha designó a Esperanza Castañeda de Cárdenas, su hermana afectivamente más próxima y eje de su vida familiar.

Por esos años aparecen nuevos indicios de la relación entre Bertha y Charles Irman. Suponemos que por razones migratorias o laborales, alternativamente se encontraban y dejaban de ver. Charles compartió con ella unos meses en México en una época en que Bertha, además de allegarse el afecto de alguien que la respaldara como pareja, se consiguió una perrita faldera que llevaba consigo a todas partes, y que en un descuido se ahogó en un pozo, el día en que Charles y ella visitaron a Esperanza y su familia en la colonia Granjas Modernas.

El 5 de febrero de 1947 se afilió a la Asociación Nacional de Actores (anda) que recién se había consolidado bajo el liderazgo de Jorge Negrete. La anda acreditó a Bertha como segunda tiple [en los cuerpos de baile]. Esa credencial debió servirle cinco días después allende la frontera para conseguir un contrato en condiciones más ventajosas.

1947. Segunda tiple

1947. Segunda tiple

 

En junio de 1948, volvió a Estados Unidos en compañía de Leticia Bernal y Bertha Sosa. Acaso para promoverse entre los empresarios de Los Ángeles, Bertha y dos muchachas que probablemente sean Bernal y Sosa, se hicieron retratar en un estudio fotográfico ejecutando una sencilla acrobacia.

Imagen de estudio como carta de presentación

Imagen de estudio como carta de presentación

El 13 de junio de 1949, última vez que ingresó a Estados Unidos por Nogales, anotó como referencia de llegada al señor y a la señora Esta, una pareja que tal vez formaba parte del círculo de amigos de Charles.

La edad como enemiga

Proyectar una imagen atractiva era condición esencial para ser bailarina. Este asunto preocupaba a Bertha, quien cuidaba aspectos tales como la edad y la apariencia física. En 1940, cuando tenía 31 años y obtuvo su tarjeta-pasaporte, declaró una fecha de nacimiento que suponía tres años menos. Su media filiación fue la siguiente: Estatura, 1.51 m; color moreno; ojos cafés; pelo castaño; señas particulares, lunar en la cara.

No se fotografiaba si no estaba debidamente maquillada. Labios y cejas subrayados con bilet y lápiz delineador. Sin embargo, la imagen que plasmó en los retratos disponibles es variable. Alternativamente se dejaba crecer el cabello y se lo hacía cortar.

Bertha ca. 1948

 

En 1949, cuando entró a Estados Unidos por Nogales con destino a Tucson y a Phoenix, Arizona, donde tal vez ocurrió su última temporada bajo los reflectores, para causar mejor impresión a los empresarios declaró como fecha de nacimiento el 26 de mayo de 1915. Es decir, se restó seis años.

A medida que su edad aumentaba, disminuían las oportunidades de que la contrataran. Poco después de cumplir cuarenta años debió suspender su carrera artística y a partir de enero de 1950 de plano buscó un trabajo de otra índole.

Corría entonces el cuarto año del sexenio del Cachorro de la Revolución, época que José Emilio Pacheco retrata en Las Batallas en el Desierto con las siguientes pinceladas:

“La cara del Señor presidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada…

“El presidente inauguraba enormes monumentos inconclusos a sí mismo. Horas y horas bajo el sol sin movernos ni tomar agua […] esperando la llegada de Miguel Alemán. Joven, sonriente, simpático, brillante, saludando a bordo de un camión de redilas con su comitiva.

“Aplausos, confeti, serpentinas, flores, muchachas, soldados (todavía con sus cascos franceses), pistoleros (aún nadie los llamaba guaruras), la eterna viejecita que rompe la valla militar y es fotografiada cuando entrega al Señor presidente un ramo de rosas…

“… Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda”.

Fue entonces cuando Bertha consiguió empleo, nada menos que en la Jefatura del Estado Mayor Presidencial, como supervisora del surtimiento de víveres en los mercados del Distrito Federal. Única ocasión en que sustituyó sus apellidos y se hizo llamar Bertha Irman.

Bertha Irman, nuevamente

Bertha Irman, nuevamente

 

Verse obligada a abandonar la profesión que tanto la gratificó, que la vistió de trajes atractivos, le retribuyó aplausos, buenos ingresos y respeto familiar le amargó el carácter. Se volvió agresiva, propensa a tomar en exceso y a discutir con vehemencia. Gastaba bromas pesadas hasta a sus sobrinos. Sus alteraciones terminaban en pleitos, lo mismo en su casa que de visita. En medio de ese clima conflictivo e inestable ocurrió el incidente en que perdió la vida.

El fin

 

Bertha murió el martes 17 de abril de 1951. He aquí la crónica que publicó el diario La Prensa al día siguiente.[4]

Bertha muere, 1951

Bertha muere, 1951

 

Una artista teatral fue muerta a

Tiros por el hijo de un comodoro

–– Información en las paginas 14 y 23 ––

Sumario de la primera plana, a la izquierda de las fotografías

¿crimen o accidente? ——— En circunstancias misteriosas perdió la vida la ex—artista teatral e inspectora de mercados Bertha Irma Castañeda Zagal al dispararse una pistola que le hirió en el vientre. Está detenido por el homicidio el joven Héctor Meixueiro, hijo del comandante naval de la zona de Guaymas. La señora Emilia K. de Meixueiro, madre de Héctor, da versión de accidente, en tanto una de las criadas (arriba, derecha) [en referencia a una de las fotos de la primera plana] dice que no hay tal.

Título repartido entre las páginas 14 y 23

Ex Artista e Inspectora de

Mercados, Muerta a Tiros

Página 23. Subtítulo

Se encuentra detenido por ello

El hijo de un comodoro[5]

[La señora] Bertha Irma Castañeda Zagal, ex artista teatral y últimamente inspectora de Mercados murió a consecuencia de un balazo en el costado derecho, a la altura de la última costilla. Por su muerte se encuentra detenido Héctor Meixueiro Kuntzy, hijo del comodoro

[ ]mbre, actual comandante naval de la

[zona de Guay]mas Sonora.

[Tanto el] muchacho detenido, como la autora de

[sus días decla]araron que la hoy occisa se mató

[accidentalmente] al caérsele al suelo una pistola y dis

pararse el] arma. Pero como el caso tiene muchos

[aspect]os, las autoridades judiciales ahondan

[las investigac]iones para saber si se trata de un cri

[men o de un]a muerte accidental.

[La tragedi]a ocurrió en el patio de la casa núme

[ro 37 de las c]alles La Vencedora, colonia Industrial

[donde vivía] la infortunada mujer. Se decía emplea

[da de la Pre]sidencia de la República y acababa de

[regresar de Los] Pinos, adonde había ido a informar

[sobre sus acti]vidades, según dijo, cuando, después de

[tomarse unas] cervezas, retornó a su casa, pasando

[al pati]o acompañada del joven Meixueiro. Al

[poco rato se] escucharon dos detonaciones y Bertha

[corrió h]asta la calle, mortalmente herida, di

[ciendo “Ya] me mataste… Julieta, Julieta… Julieta.

[ ] del muchacho y éste, rápidamente la

[subió a u]n automóvil y fueron en busca de un

[medico, pero no pud]o encontrar a nadie que curara a la

[herida con] la rapidez que ellos querían, enfilaron

[hacia un hos]pital de la Cruz Roja; pero antes de

[llegar a u]n establecimiento asistencial, la herida

[murió.]

[decla]ra la madre del detenido

[La señora E]milia Kuntzy de Meixueiro, de 44 años

[de edad, dom]iniciada en las calles de La Vencedora

[##, man]ifestó ante el agente investigador de

[la deleg]ación que, a las 17 horas, se encontraba

[en su casa] acompañada de su hijo Héctor, cuando

[llegó] su vecina, la señora Bertha Irma Cas

[tañeda,] quien le dijo que tenía urgencia de ir

[a Los Pinos] con el fin de informar de sus activida-

[des y dio] a entender que tenía una misión confi-

[dencial].

[“Pidió] que la llevara en mi automóvil Ford

[—dijo la] testigo—, porque no quería viajar en

[camión y] estaba algo enferma. Yo le respondí

[que no,] no tenía gasolina y que, además, en

[marte]s tenía mucho quehacer en la casa y

[no podía] complacerla: Entonces me dijo que

[si n]o podía manejar mi hijo Héctor, y a

[ ]dí que mi muchacho no tenía licencia

[de manejar.] Ella insistió, diciéndome que era em

[pleada de la] Presidencia de la República, teniendo varias

[influe]ncias, de tal manera que mi hijo Héc-

[tor podía ma]nejar el vehículo, sin riesgo a nada”.

el viaje a los pinos

[Siguió] diciendo la señora Emilia Kuntzy de

[Meixueiro que] ante la terquedad de su vecina, ter-

[minó por acce]der a su ruego: “Las tres subimos al (sigue en la pagina veintiseis)

Recorte periodístico muerte de Bertha

Recorte periodístico muerte de Bertha

(viene de la pag. veintitres) automóvil, mismo que manejaba mi hijo Héctor. En el camino a Los Pinos, Berta (sic)[6] me manifestó que tenía cinco días de no rendir informe en la Presidencia y, estaba temerosa que le llamaran la atención. Iba a llegar con el pretexto de que su pistola estaba descompuesta y necesitaba que alguien se la arreglara. Ella me mostró el arma que llevaba en su bolso y luego guardó”.

Dijo además la testigo que llegaron a Los Pinos, donde Berta se bajó, en tanto que ella quedaba en el vehículo con su hijo Héctor. Más de media hora esperaron. Por fin, salió de la residencia presidencial y fué (sic)) hacia ellos. Subió al coche y enfilaron hacia el centro de la ciudad.

 BERTA TENÍA GANAS DE EMBRIAGARSE

“Al pasar frente al cine “Cosmos” —agregó—, Berta nos dijo que bajáramos un rato, para tomarnos una cervezas. Me daba la impresión que tenía ganas de embriagarse. Luego, más tarde, al pasar por la Alameda de Santa María, insistió para que estacionáramos el carro un rato pues dijo que estaba deseosa de tirar al blanco, para ver cómo andaba su puntería. Yo me opuse a esto, argumentando que en la casa tenía mucho trabajo, urgiéndome llegar a ella”.

Siguió declarando la señora Kuntzy de Meixueiro que llegaron a su casa, bajándose los tres del vehículo. En seguida Berta insistió para que se tomaran unas cervezas. “Yo le dije que iba a preparar alimentos para mis hijos pequeños —dijo la testigo—; entonces Berta se fué a su casa llevando casi a jalones a mi hijo Héctor, quien se resistía a acompañarla porque no es afecto a tomar bebidas embriagantes”.

 DOS DETONACIONES Y GRITOS DE LA MUJER

Prosiguió relatando la testigo que minutos más tarde encontrándose en la cocina de su casa, escuchó una detonación, y tras ésta, otra. Se alarmó, porque los balazos provenían precisamente de la casa de su vecina Berta. Y como antes viera una pistola en su bolso de mano, en seguida pensó que algo trágico había ocurrido.

Dejó el trabajo y salió corriendo a las puertas de su casa. Al ver hacia la habitación de su vecina, ésta salió también a la calle gritando: “¡Me maté!”

“Berta, apretándose el vientre, caminó hacia mi casa y derecho fue hacia donde estaba estacionado mi automóvil y subió. Comprendí que estaba herida y subí también al vehículo. Mi hijo Héctor se puso al volante y dispuse que fuéramos en busca de un médico. Ya arriba del coche, mi hijo me platicó que estaba nen el patio de la casa, cuando a Bertha se le ocurrió tirar al blanco. Primero hizo un disparo al aire, luego pasó el arma al muchacho; luego, éste la regresó, y al hacer tal operación, estando ya el arma en manos de ella, se le cayó al suelo, escuchándose a continuación un tiro. Casi al mismo tiempo, según me dijo Héctor, Bertha se llevó las manos al vientre y dijo “¡Ya me maté!”

Terminó diciendo la madre del joven detenido que, cansados de buscar un médico, resolvieron llevar a Bertha a la Cruz Roja, y cuando pasaban por las calles de Ribera de San Cosme, la infortunada mujer falleció.

 LO QUE DECLARARA UNA SIRVIENTE

En la misma 13ª Delegación compareció la señora Ramona Gómez Reséndiz, de 29 años de edad, quien, según dijo, desde el año de 1949 trabajaba en calidad de sirvienta con la hoy occisa.

Refiriéndose a lo sucedido, un tanto nerviosa, dijo que a las 20 horas, aproximadamente, llegó su patrona acompañada del joven Héctor Meixueiro Kuntzy. Casi sin detenerse en ningún lado —agregó—, ambos pasaron hasta el patio. En un momento dado Héctor dijo a la señora Bertha: “¿Probamos la pistola?” A esto, mi patrona respondió afirmativamente, sacando de su bolso de mano la pistola, misma que entregó a Héctor. Éste, al tener el arma en sus manos, disparó un balazo al aire. En seguida mi patrona le dijo: “Dame ya la pistola”. Yo no me pude dar cuenta de si Héctor le dio o no la pistola a mi patrona. Y fue en esos momentos cuando se escuchó la detonación. La señora dijo entonces: “¡Ya me mataste!” A esto, Héctor respondió: “No, yo no te maté”. Finalmente mi patrona salió del patio y fue a la puerta, gritando a Julieta, que es una amiga suya”.

Como se ve, en lo declarado por la madre del muchacho detenido y en lo dicho por la sirvienta, hay algunas contradicciones. Estas serán aclaradas por las autoridades que están conociendo del misterioso caso.

 LA VERSION DE PRESUNTO HOMICIDA

Por su parte, el joven detenido refirió ante el mismo funcionario, después de relatar todo lo referente al viaje hecho a Los Pinos, que en el trayecto de regreso la hoy occisa le insistió mucho para que se tomaran unas cervezas. Luego le indicó que tenía deseos de tirar al blanco, y cuando llegaron a su casa y ambos se encontraban en el patio, a proposición de ella convinieron en tirar al blanco.

“Teniendo ella la pistola en la mano, quizá se le resbaló y el arma, al caer al suelo se disparó. El proyectil fue a incrustarse en su cuerpo y esa herida es causa de su muerte, muerte que fue accidental”, terminó diciendo Héctor.

Terminadas las diligencias en la Delegación, el agente investigador determinó enviar al joven Héctor Meixueiro Kuntzy a la guardia de agentes de la Policía Judicial, a fin de que en esta dependencia prosigan las averiguaciones.

El cadáver de la infortunada mujer fué remitido al Hospital Juárez, para la autopsia de rigor.

*

La muerte de Bertha se difundió con la eficacia propia de las malas noticias. Además de sus hermanos, primos y sobrinos mayores, entre las primeras en enterarse estuvo Teresa Vilalta, quien esa misma noche dio aviso a la Presidencia de la República y contrató los servicios funerarios de la agencia de inhumaciones Tangassi, eligió el ataúd y avisó a los amigos de Bertha la ubicación de la capilla ardiente en que fue velada. Sobre la madrugada del día 18 ordenó cuatro cirios que fueron colocados en torno al féretro de su amiga, y en el curso de la mañana gestionó en la anda que Bertha fuera sepultada en la sección de actores del Panteón Jardín de México, en una tumba a perpetuidad.

Muchos familiares y amigos la acompañaron a su última morada. Como ocurre en el medio de las artes escénicas, el sepelio tuvo un inesperado sabor de fiesta —fiesta amarga, si se quiere—: sus ex-compañeros contrataron un mariachi que estuvo tocando las canciones que le gustaban hasta que su cuerpo quedó inhumado y cubierto de flores.

*

Reconocimientos

Todo lo sabemos entre todos.

       JEP

Debo este ensayo biográfico a las invaluables aportaciones de mis hermanos Margarita, Miguel Fernando y Ernestina Rodríguez Castañeda; a las de mis primos Abraham y Alejandro Cárdenas Castañeda, Adela Rodríguez Amaya, Jesús Castañeda Téllez Girón, Ricardo Castañeda Guzmán, Virginia Elaine Gonzales Fraijo, María de los Dolores Báez Vda. de Cárdenas y Margarita Castañeda Rivera, quien además de sus extraordinarios testimonios me ofreció su colección de fotografías y documentos sobre mi tía Bertha.

Naucalpan, agosto de 2015


[1]. Enrique Rajchenberg. Tradición e identidad. La clase obrera de Orizaba 1900-1920.

http://codex.colmex.mx:8991/exlibris/aleph/a18_1/apache_media/MCG7CDXVBPUSRFI9CPPF75UR46R8M9.pdf

[2]. Ver https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/02/ febrero de 2014.

[3]. Águila o sol. 1937. Arcady Boytler, director, con Mario Moreno Cantinflas. Minuto 28.

[4]. Esta información procede de la Hemeroteca Nacional de la unam, cuya colección agrupa este diario encuadernado en volúmenes que contienen una quincena. La edición del día 18 es la tercera del volumen que reúne los ejemplares del 16 al 30 de abril, cosidos de tal manera que no es posible leer completas las columnas próximas al margen.

Los primeros párrafos de esta crónica se encuentran en la columna de la izquierda de la página 23. Como la costura impide leerla completa, la transcripción presenta entre corchetes parte de las palabras, palabras completas o bien, espacios en blanco donde sería aventurado suponer las palabras invisibles.

[5]. Sin citarlo por su nombre, la nota se refiere a quien a la sazón era comodoro y posteriormente fue ascendido a almirante. En 1958, tras la renuncia del almirante Roberto Gómez Maqueo como Secretario de Marina y en vista de que el subsecretario del ramo, ingeniero Alfonso Poiré Ruelas, cumplía una comisión fuera del territorio Nacional, el presidente Ruiz Cortines nombró como Secretario de Marina al Almirante C.G. Héctor Meixueiro Alexandres del 1º de abril al 15 de septiembre de 1958.

[6]. La transcripción respeta la grafía original. En varios casos dice ‘Berta’ en vez de ‘Bertha’, aparecen monosílabos como ‘fue’ con acento y en otro más, la separación de las palabras no es la correcta.

Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte Final

JFCP Parte Final

11 de agosto de 2015

Conclusión.

…Nuestro presidente [probablemente se refiere a Guadalupe Ordóñez, el minero que dirigía el trabajo colectivo] ordenó que a cada uno de los tres nos tocaría una semana desempeñar el trabajo de cocineros; faltaba que a él le tocara, [luego, se las debía arreglar con los víveres que había comprado].

Juan, mayor de 68 años de edad, después de 1884

Hay casos en que una historia se explica mejor si se cuenta a partir del final. Tal es el caso del siguiente relato que Juan escribió:

“Este episodio, bien se ve que es bastante simple, que no tiene ningún chiste; pero la primera vez que lo referí, fue porque en efecto me pasó. … Hoy lo escribo por haberme encarado escribir aún lo mas insípido é insignificante que me haya pasado”.

Durante ese tiempo Juan ejercía su profesión de azoguero en la hacienda de arrastras[1] nombrada Nombre de Dios, cual pertenecía a Montúfar, Ayala y socios.

Imagen Google

Imagen Google

La hacienda distaba legua y media (6.3 Km) de su hogar en Zacualpan. Un lunes en que regresaba a su trabajo después que cayó un diluvio, encontró que el río de Chontalpa se había ensanchado, corrían aguas turbias y arrastraban cuanto hallaban a su paso, inclusive palos y basura que había en las ampliadas márgenes.

Juan consideró el cruce con precaución. La situación le pareció grave. Si la corriente era voluminosa y rápida —pensó— lo podía arrastrar en el intento de cruzarlo. Bien sabía que no era el mismo muchacho que nadaba, hacía maromas y clavados en la gran poza llamada El Salto. Sabía nadar, pero decidió sentarse al pie de un sabino[2] a esperar que alguien pasara a caballo para que lo llevara hacia la otra orilla. También pensó que si tal samaritano venía a pie, entonces lo ayudaría tomándolo del brazo. El apoyo de dos personas resistiría la fuerza de la corriente y así serían capaces de alcanzar la otra orilla.

El siguiente párrafo que escribe es un deleite porque me ubica dentro de su mente cuando su imaginación corre al decir:

Cuando ya me haya pasado, le preguntaré “¿Cuánto le debo?” Y al mismo tiempo meteré mano a mi bolsa, y tal vez me dirá: “No es nada, don Juanito” —porque con este diminutivo me nombran casi todos los que me conocen—. Se los agradezco. Y si no me dice esto que espero, le diré: “Hombre o amigo, no tengo nada en la bolsa”. (Porque en efecto, estaba yo a raja). “Pero en la primera vez que nos veamos le pagaré a usted bajo palabra de honor”.

Cuando “Juanito” dice “estaba yo a raja” nos da a entender que aún seguía en bancarrota. No contaba con caballo, y aunque la distancia a su trabajo era relativamente corta, prefería recorrerla a pie una vez a la semana. Se presentaba el lunes para regresar el sábado.

Vio pasar la corriente por un buen tiempo, y comprendió que tendría que hacer algo, pues se estaba haciendo tarde y no aparecía nadie que lo ayudara cruzar el río.

La fuerza de la corriente generaba torbellinos, saltos y brincos. Juan se dijo:

“Si me tumba el agua y salgo antes que me lleve hasta donde este río se junta con el otro que se reúne con éste a las treinta o cuarenta varas, ya me salvé; pero si antes no salgo, ya no cuento el cuento”

“¡No hay remedio! ¡arriesgar el todo por el todo!”

Juan se consiguió un bordón, hecho de una rama del sabino. Para probar su resistencia intentó quebrarlo en la horqueta de otro palo. El improvisado bastón resistió. Era sólido y fuerte:

“Con éste cuento”.

Juan envolvió su ropa y pertenencias en su sarape, junto con su pistolón de chispa —pues tenía cuentas no liquidadas con un enemigo—, aseguró el bulto con su cinturón, formando un corto mecapal que se ajustó en la cabeza; lo aseguró con la falda de la camisa y desnudo, con sólo la camisa encima, se dispuso a cruzar.

Antes de internarse en la corriente, con mucha devoción se persignó, rezó un credo, hizo un acto de contrición y pidió perdón a su Dios por todos sus pecados.

Tembloroso y pálido dio el primer paso. A cada paso que avanzaba que daba sobre el cauce fangoso bandeaba con el palo, en busca de alguna inesperada profundidad. No encontró irregularidades peligrosas y llegó a la otra orilla sin que el agua le cubriera arriba de la media espinilla. El área del río que cruzó era ancha pero no profunda.

Después de tanto anhelar que alguien lo ayudara a cruzar el río, ahora deseaba que nadie viniera y lo viera en tan triste figura, pues seguramente se reirían de las condiciones en que se encontraba.

Esa noche en la hacienda contó a todos los presentes —inclusive a Feliz Díaz, la señora de la casa, su aventura de aquella mañana. La mujer le dijo:

—Juan de mi alma: Y cuando estabas al pie del sabino, ¿que pensabas?

—Qué había de pensar —le respondí—, que quién sabe si aquel era el último de mis días. Y lo que mas me apuraba era que he sido muy poco bueno. “En toda mi vida nada bueno has sido; ya que hubieras sido siquiera un poco”.

Algunos le hicieron preguntas; otros describían cómo lo imaginaban al pasar el río, lo compadecían o se reían de él.

Escribir sobre la vida de Juan siempre ha sido cosa seria, no sólo porque es mi re tatarabuelo, sino porque lo considero como un libro abierto dentro de un antiguo México. Pero debo admitir que esta historia me hace reír cuando lo imagino en actitud de espera, con ansiedad y preocupación, y después, cruzar desnudo, apoyado en su bastón, con su bulto a espaldas sólo para enterarse que lo pudo cruzar sin ningún problema. No me río, de él, sino con él.

Al siguiente día don Gertrudis Ayala, su esposa, dos de sus hijas y don Ignacio Ayala, su hermano, llegaron a la hacienda. Mandó por Juan. Y don Gertrudis le pidió que repitiera la historia:

—He mandado llamar a usted para que nos refiera todo lo que le pasó a usted ayer cuando venía, en el río de Chontalpa.

Juan vaciló por un instante, inhibido por la presencia de las hijas de Gertrudis. Eran tan bellas que le parecieron “un pedazo de cielo estrellado, y que oyeran todo lo que me había pasado, no dejaba de ser para mí muy penoso”.

—Señor, para hablar sinvergüenzadamente necesito de tomarme una copita de mezcal, porque ella me quitará el temor y la vergüenza.

Sin un momento que perder, le dieron su copita y Juan empezó a contarles su historia, la que manifestaron agradarles, riéndose en ciertos puntos más que otros.

Retrospectivamente Juan escribió:

“Este episodio, bien se ve que es bastante simple, que no tiene ningún chiste; pero la primera vez que lo referí, fue porque en efecto me pasó. Y para hacer ver por qué motivo había llegado tarde. La segunda por que así me lo pidió uno de mis patrones. Lo festejaron tanto; sería mas bien por simpatía hacia mí y alguna especialidad o entusiasmo al expresarme. Hoy lo escribo por haberme encarado escribir aún lo mas insípido é insignificante que me haya pasado”.

Edad de Juan y año no conocidos

Juan escribió su última aventura sin especificar el año, pero sí nos dice que vivía en Temascaltepec. Esa estancia pudo ser alrededor de 1868 cuando su hijo Gonzalo nació en esa localidad. Los demás hijos de sus dos matrimonios nacieron en Zacualpan.

Ciertas noches don Juan Castañeda se reunía con varios amigos, entre quienes estaban el vicario Néstor Fernández; el médico don Juan Macedo; el preceptor don Francisco Ayón y otros más. Charlaban, cantaban, tocaban y jugaban conquián[3].

Después de una de estas reuniones, Juan se dirigía a su casa, cerca de la Hacienda Doña Rosa, y a las diez de la noche, al pasar por la plaza, una voz de hombre desde la oscuridad dijo:

—¿Quién vive? —Juan respondió:

—El mismo.

Desde la oscuridad se repitió la pregunta y Juan confirmó su respuesta:

—El mismo.

El hombre se fue sobre Juan con violencia, pero él se dispuso a enfrentarlo con una piedra en una mano y su navaja en la otra.

El hombre se detuvo.

—¿Quién es usted? —y le respondí con energía:

—Me llamo Juan Castañeda, ¿por qué lo quiere saber?

—¡Oh!, usted es don Juanito.

—Sí, señor Legorreta —yo respondí—, el mismo.

—…porque creí que alguien se quería divertir conmigo. Usted dispense.

Don Legorreta era el juez conciliador, quien le pregunto qué andaba haciendo y de dónde venia. Juan le contestó reconociendo su autoridad. Con la situación controlada, don Legorreta se explicó un poco más.

—Pues me va usted a dar auxilio —me dijo.

—Sí señor, con mucho gusto. Pero si es a aprehender a algún criminal solos los dos; [a] usted no le conviene levantar la mano por ser Juez, yo estoy desarmado. Con tal motivo el negocio está de parte del que tengamos que aprehender.

—No: esos ya irán lejos, sin embargo; aguárdeme usted aquí, voy a traer a dos celadores y a que despierten al Secretario. Y sé que van [mancha en el manuscrito] de prisa.

Mientras esperaba en la plaza, Juan vio a un hombre bajo la luz en una esquina. Se acercó poco a poco y vio que era don Miguel Díaz, hombre trigueño, no muy alto y barrigón. Juan le preguntó qué le pasaba.

—¿Qué no ve usted que estoy herido en la cara?

—Sí señor. Solo eso sé por lo que lo veo, no se más.

—Pues señor —me dijo—, me han asaltado en mi casa y me han herido.

—Pero señor, ¿cómo ha estado eso? —le pregunté.

—Pues señor —me respondió—, estando yo sentado como a las diez de la mañana, en el mostrador de la tienda de don Víctor Segura, llegó un individuo, y dice a dicho don Víctor: “¡Señor! deme usted razón a quien veré yo para que defienda a un hermano mío, que traen por ahí en el camino; preso por unas heridas que dio, y él también viene herido”. Y dice don Miguel:

—Como es notorio que yo me ocupo de defender criminales y siempre en negocios de Juzgado, respondió don Víctor: “Al Señor que esta presente, él podrá encargarse de ese negocio”. Y me dijo don Miguel:

—La verdad, don Juan, no tenía yo mucha gana de encargarme del fatal negocio, porque vi a aquel hombre con huaraches, en calzón blanco, su camisa rota, una manguita azul, vieja, y un sombrero lo mismo; pero dije para mí: “Éste parece ser muy pobre; pero su hermano puede que tenga con qué pagarme”.

El hombre con huaraches y calzón blanco le respondió a don Miguel;

—Pues bien, señor —dijo el otro—. Mi hermano debe llegar hoy, y yo quisiera que hablara con usted antes que entre a la cárcel. ¿A dónde vive usted para ir a avisarle cuando llegue? —Venga conmigo. Le enseñare mi casa —dijo don Miguel.

Don Miguel llevó al de la manga azul a su casa, donde el hombre descansó para después pedirle a don Miguel que le guardara una pequeña bolsa que contenía de doce a quince pesos.

Don Miguel llevó el bulto hacia una pieza adjunta donde tenía un ropero. Además de ropa, en ese armario también tenía un tompiate con ochenta pesos pertenecientes al Ayuntamiento debido a que también era el tesorero. Junto a esa pequeña canasta puso el encargo de su nuevo cliente.

Aparentemente después de descansar, el hombre se fue y durante el resto del día el hombre ni el herido, su hermano, le hicieron visita a don Miguel. Al caer la noche, movido por el hambre, don Miguel siendo soltero, le dijo a su ayuda de casa que si lo buscaban, los hiciera entrar y que regresaría pronto. Se fue a cenar.

Momentos después, el de manga azul llegó acompañado de otro individuo y preguntó por don miguel. El sirviente dio el recado y les pidió que pasaran y por favor esperaran, pues don Miguel no debería de tardar. En efecto, guiado por la luz de un farolito, don Miguel regresó. Después de las formalidades, el de manga azul le dijo:

—Mi hermano viene muy malo, por lo que no pudo llegar hoy; pero mañana sí; estará acá temprano. Qué, ¿nos podrá usted dar licencia para que pasemos acá esta noche? porque nosotros acá no conocemos a nadie, no tenemos en donde ir a dormir.

—Sí, con mucho gusto, pasen ustedes.

Pasó el de la manga azul, y el otro se quedó en la puerta. Con disimulo pidió al sirviente de don Miguel que les hiciera unas tortillas, que no habían comido. Cuando don Miguel estaba a solas en el interior de la casa con manga azul; éste sacó un hermoso puñal, y con el extremo de la cacha dio un fuerte golpe en la cara a don Miguel, que cayó al suelo. Y le dijo:

—Si das voces te mato.

A ese mismo tiempo llegó el compañero con otro puñal. A don Miguel le mandaron tenderse boca abajo. El primer ladrón ordenó al segundo que le pusiese el puñal en la espalda y que si hacia voces lo pasara contra el suelo, mientras se dirigía al ropero que estaba en la pieza contigua. Abrió con la llave que exigió a don Miguel, sacó la red que le había dado a guardar en la mañana, el tompiate con los ochenta pesos, y toda la ropa que allí guardaba.

—Ya nos vamos, pero en el zaguán nos vamos a estar el tiempo que queramos, y si quieres salir allí, te matamos —le dijeron.

Pasó un corto rato, salió don Miguel, preguntó al sirviente indígena, quien estaba con su familia, si no había observado lo que le había pasado. El sirviente nada había oído; tampoco su mujer, que les hacía tortillas. Don Miguel lo mandó a que con precaución se asomara al zaguán y viera quien estaba. Al saber que no había alguien, se dirigió Miguel a la autoridad a dar cuenta de lo que le había acontecido.

El juez tomó algunas providencias a fin de averiguar quiénes fueron los ladrones; pero todo lo que hizo fue en vano. Nunca se consiguió saber algo de manga azul, su cómplice o del herido hermano.

Juan dice que el principio de este pasaje histórico se lo refirió el señor Díaz; y todo lo demás se lo declaró al Juez, y que el fue testigo de causa.

Al finalizar su historia Juan recomienda lo siguiente;

De este ingenio raro puede sacar ventaja quien se tome la molestia de leer lo que he escrito, pues puede tal vez servirle de experiencia en cabeza ajena, y no aguardar que lo experimente en la propia.

FIN

Juan Francisco Castañeda Popoca

Juan a los 80 años, después de haber escrito sus memorias (hacia 1896)

En el Mineral del Monte, el 9 noviembre 1895, el doctor Gonzalo Castañeda Escobar registró civilmente a una niña que había nacido el 30 de octubre: hija legitima de su matrimonio con María Teresa Olea Gómez Daza. Le puso María Teresa Catalina, Durante esta presentación fueron testigos Amador y Manuel Castañeda Jaimes, sus sobrinos.

Copia digital mejorada máximo, registro civil María Teresa Castañeda Olea 9 noviembre 1895 cortesía https://familysearch.org

Para esta fecha, el matrimonio de Gonzalo y María Teresa probablemente ya había pedido a Juan y a Gabina, padres de Gonzalo, que les hicieran el honor de ser padrinos en el bautizo de su hija María Teresa Catalina.

Pocos días antes de convertirse en octogenario, Juan Castañeda, su esposa Gabina Escobar, tal vez con la ayuda de uno o los tres hijos; Bernardino, Maximiliana y Gonzalo —si fue por ellos— viajaron durante el invierno de Zacualpan a Real del Monte, Hidalgo. No hay duda de que pasaron por Pachuca, mi tierra natal, donde seguramente descansaron y dieron unos pasos antes de llegar al Real del Monte.

La ceremonia religiosa ocurrió en la parroquia de Real del Monte en 10 de enero 1896, y fue el presbítero Mariano Cruz y García quien solemnemente bautizó a María Teresa Catalina e hizo constar que Juan Castañeda y Gabina Escobar fueron sus padrinos.

Copia digital bautizo María Teresa Castañeda Olea, 10 enero 1895, cortesía https://familysearch.org

Copia digital bautizo María Teresa Castañeda Olea, 10 enero 1896, cortesía https://familysearch.org

Los días 10 de enero el doctor Gonzalo Castañeda celebraba con entusiasmo su propio cumpleaños, aunque según la partida civil nació el 9 de enero y fue registrado el 11 del mismo mes. Tal vez fue bautizado el 10, pero no existe el acta correspondiente. Debido a la peculiaridad de esta fecha, ese 10 de enero de 1896, día del bautizo de su hija, seguramente hubo un doble festejo.

Sé que a mis ancestros les gustaba la fotografía, luego me pregunto; ¿Habrá algunas fotos de este evento familiar y si las hay, donde estarán?

No sabemos cuanto tiempo permanecieron Juan y Gabina en el Real del Monte, pero pienso que no fue por mucho tiempo, porque en el libro de defunciones del Registros Civil de Zacualpan consta que a las 05:30 horas del 5 de octubre 1898, Juan Castañeda falleció de bronquitis a la edad 82 años, dejando viuda a Gabina Escobar. Juan nació el 20 de enero 1816

Registro civil defunción e inhumación de Juan Castañeda, 5 octubre 1898, cortesía http://familysearch.org

Registro civil defunción e inhumación de Juan Castañeda, 5 octubre 1898, cortesía http://familysearch.org

Por todo lo que Juan fue e hizo en su vida, seguramente llegó al corazón de muchos de sus familiares y contemporáneos, porque en el acta de defunción el Presidente Municipal, Inocente González, escribe;

…cuya inhumación se verificará en el campo mortuorio de este mineral en un lugar especial.

Al revisar numerosas actas de inhumación muy pocas dicen “en un lugar especial”.

Juan 30 años después de su muerte (1928)

Ignoramos los detalles y trámites que debió hacer el doctor Gonzalo Castañeda Escobar, último hijo sobreviviente de Juan Castañeda y Gabina Escobar, pero consiguió reunir los restos de sus padres y hermanos para inhumarlos en el interior de la iglesia La Inmaculada Concepción en Zacualpan.

Alrededor de 2011 mis primos Abraham Cárdenas Castañeda, Rafael y Miguel Rodríguez Castañeda hicieron un viaje a Zacualpan, donde conocieron la lápida que se encuentra sobre el pasillo central de la iglesia, ligeramente cargada hacia la derecha, más o menos a medio camino de la entrada hacia el altar. Cuando Rafael me envió una foto de esta lápida dijo que esta evidencia los dejó boquiabiertos.

Aquí foto de la lapida.

Foto lápida restos de juan Castañeda cortesía Rafael Rodríguez

Foto lápida restos de juan Castañeda cortesía Rafael Rodríguez, 21 octubre 2011

Restos de

Juan Castañeda

Gavina Escobar

y de sus hijos

Bernardino y Maximiliana

1928

Subsecuentemente hemos hecho varios viajes a Zacualpan. Cada vez que voy, presento mis respetos a mis ancestros, y Juan Francisco Castañeda Popoca es uno de los principales. Fue quien nos dejó el más amplio y detallado testimonio sobre su vida, su familia y su tiempo en un tesoro familiar de tinta sobre papel.

Han pasado ciento noventa y nueve años desde que Juan nació y alrededor de ciento veinte desde que finalizó su manuscrito.

Ha sido para mí un honor saber de él y tener la oportunidad de escribir sobre su vida. Doy gracias a todos los que ayudaron a enriquecer y ampliar su testimonio con otros datos, quienes son muy numerosos para mencionarlos individualmente.

Seattle, WA, a 22 de agosto de 2015

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1] Método antiguo por el cual se extraía el metal precioso.

[2] También conocido como ahuehuete.

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Conquián

Don Juan Francisco Castañeda Popoca, (1816-1898) Parte VI

Continuación.

Más de medio siglo después, el 28 de enero de 1941, el doctor Gonzalo Castañeda explicó en una carta dirigida al doctor Rodolfo González Hurtado algunos detalles acerca de su niñez:

A los ocho años era yo todavía un salvajito, no conocía las letras porque no había aún pisado la Escuela; mi tierra era un pueblo apenas semi-civilizado. Cuando mi padre me llevó con el maistro, por primera vez, sentí vergüenza y tristeza al ver que unos niños menores que yo, pronunciaban palabras que no entendía, decían decámetro, hectómetro, miriámetro; esto me estimuló para apurarme y alcanzarlos. Después de un tiempo ocupé los primeros lugares.

De jovencito era yo acólito y cantor en el coro de la iglesia; les gusté para sacerdote a unos Padres misioneros que fueron por allá; yo encantado porque me iban a traer al Seminario de México; pero sobrevino un hecho que cambió mi destino y salvó a las gentes de un curita malo.

En los exámenes de ese fin de año escolar, obtuve como premio una beca o pensión para ir a estudiar al Instituto Científico Literario de Toluca; pero esa designación no tuvo efecto porque las Autoridades del Municipio prefirieron a otro escolar, hijo de un influyente del pueblo; mi familia era pobre y no figuraba. Sentido y molesto mi padre por esa alcaldada, me expatrió y me llevó a Cuernavaca con unos tíos, con la idea de que estudiara allí para maestro de Escuela. Tal vez notó en mi cara que eso me parecía poco, porque agregó: sí, hijo, pero de una Escuela grande.

He aquí las deducciones esenciales:

1. Gonzalo ingresó a la escuela en 1876, cuando Juan, su padre, tenía 60 años.

2. Por precaria que haya sido la enseñanza elemental en Zacualpan, podemos suponer que los niños estudiaban hasta el 4º grado. Luego, terminó en 1880, cuando Gonzalo se consideraba un jovencito —doce años— y su padre tenía 64 años.

3. “…mi familia era pobre y no figuraba”. —escribe Gonzalo.

Ante la injusticia que cometieron contra los méritos escolares de su hijo, en quien cifraba grandes esperanzas, Juan, en un contrariado arresto de dignidad lo expatrió a Cuernavaca con unos tíos, para que siguiera estudiando.

4. La vida de Juan comenzaba a declinar.

Para apreciar el grado de envejecimiento de las personas lo usual es que, en primer término, nos remitamos al dato objetivo de la edad cronológica: 70, 75, 80… En segundo término, aunque no tan conscientemente, observamos el aspecto físico y la actividad que despliegan. Y como telón de fondo, aunque no pensemos en ello, tomamos en cuenta la esperanza de vida de la época y la sociedad a la que pertenecen.

Pablo Picasso (1881- 1973), por ejemplo, a los 90 años continuaba la obra creativa que realizó durante más de 75 años: dibujaba y pintaba. “Se necesita mucho tiempo para aprender a ser joven” —dijo. Entre nuestros ancestros, Carmen Castañeda Olea (1914-2012), después de los 90 años aún practicaba yoga, viajaba sola en medios de transporte público y —toda proporción guardada— se concentraba frente al lienzo con paleta y pinceles; sensibilidad artística, aguda visión y un dominio notable de las técnicas del óleo y la acuarela.

En cambio, nuestro personaje, abuelo de Carmen, JFCP (1816-1898), se consideró y se comportó como viejo después de los 60 años. No declinaron su lucidez ni sus capacidades intelectuales, como lo prueban las memorias que escribió hacia los últimos años de su vida, pero es probable que lo hayan afectado grandemente el abandono del oficio de azoguero, que practicó desde que fue joven, y el hecho de verse obligado a vivir únicamente del pequeño comercio, que desde hacía tiempo practicaba como actividad suplementaria.

Es preciso tomar en cuenta, además, la esperanza de vida del país durante el Porfiriato, que apenas llegaba a los 30 años, así como el contexto cultural de Zacualpan en el siglo xix, donde la convención social consideraba viejos a quienes rondaban los 50.

Juan a los 58 años de edad, año de 1874

Un ejemplo cercano a Juan, de quienes morían antes de los 30 años, fue el caso de Eulalio Castañeda Morales (1850-1874), su sobrino, que para Juan fue una experiencia dolorosa. A la una de la tarde del 9 septiembre de 1874 tuvo que presentarse ante el Registro Civil de Zacualpan para dar cuenta de que lo habían matado.

Entre los sobrinos y nietos que Juan tenía entonces contaba Eulalio, hijo legitimo de su hermano, Felipe Neri Castañeda Popoca, y de Dolores Morales Mojica, quien había fallecido en mayo del mismo año de 1874.

Eulalio vivía en Gama, comunidad perteneciente al municipio de Zacualpan. Era panadero y estaba casado con Genoveva Nava, una muchacha a quien dejó viuda y con un hijo pequeño a los veintidós años de edad.

El acta de defunción de Eulalio informa que murió de un balazo al corazón. Su cuerpo fue sepultado en el campo mortuorio de Zacualpan.[1]

Acta defunción, homicicio  Eulalio Castañeda Morales 9 sep 1874

Acta defunción, homicidio Eulalio Castañeda Morales 9 sep 1874 https://familysearch.org

Juan a los 64 años de edad, año de 1880

El propio Juan nos deja saber que a esta edad ya no ejercía su oficio de azoguero con regularidad. En el siguiente episodio, sus palabras denotan, más que los efectos de la edad, la percepción que tenía de sí mismo como hombre de fuerza física e iniciativa menguadas.

Durante este tiempo su esposa Gabina, contaba con cuarenta y seis años y como buena comerciante, siempre buscaba cómo generar dinero para la subsistencia cotidiana de la pareja. Vendía carbón, zacate, jabón, etc. Probablemente lo hacía junto con Juan, en el puesto que él ponía en la plaza.

Aparte de este esfuerzo constante, un panadero le fiaba pan que ella vendía en las ferias de los pueblos cercanos. Ese negocio le rendía dos reales de ganancia por cada peso de pan. Con anterioridad a esta fecha, era su hijo Bernardino quien viajaba a las ferias con ella, donde habitualmente le iba muy bien. En 1880 Bernardino tenía veintiún años de edad y estaba empleado, de manera que no contaba con él para que la acompañara.

Se acercaba el último domingo de ese año y Gabina le recordó a Juan la proximidad de la feria de Tonatico[2] Gabina quería asistir. Eso dio motivo al siguiente diálogo:

—Ya llega la feria de Tonatico. Y dime si he de ir, para comenzar a arreglar tal ida.

—Pero hoy —le respondí— no hay quien te acompañe, porque Bernardino está empleado, y yo, sabes que soy muy inútil para desempeñar esa clase de empresas.

—Solamente quiero —me dijo— que me acompañes, que yo me entenderé con todo.

—Pues bien, te acompañaré —le dije—, y has cuenta que tú me mandaras como si fuera tu mozo, ó me llevaras de mozo, y haré cuanto me mandes y que yo sea capaz de hacer.

—Lo primero que tengo que hacer es —me respondió—, ver al panadero, si me ha de fiar la cantidad de pan que me entrega cada año, que arreglado eso, todo lo demás ya es fácil arreglarlo.

—¿A dónde vamos a pasar?, eso es lo que me tiene con cuidado.

—Pues no lo tengas, que tengo una familia conocida muy cariñosa ella, lo mismo que su hija y su marido.

Gabina y Juan salieron de Zacualpan aproximadamente el último domingo de febrero hacia Tonatico.[3]

Al llegar a Tonatico Gabina hizo contacto con el Regidor que asignaba los puestos en la feria, quien le concedió el que ella quiso.

Con anterioridad, Juan nos ha referido ya la práctica que tenía en montar puestos comerciales en plazas públicas. En eso se ocupaban cuando llegó otro regidor del Ayuntamiento y les advirtió que ese sitio se lo había apartado a un morcillero. Gabina se quejó con el Regidor. Ambos munícipes se disgustaron entre sí y discutieron en el afán de imponer su autoridad.

Al percibir que se imponía la autoridad del segundo munícipe, Juan medió en la discusión con espíritu conciliador y sugirió que les asignaran otro sitio para colocar su puesto. Gabina no quería convenir, hasta que “por fin le dieron un lugar que no tenía las varas” —es decir, que no estaba apartado—, donde finalmente se instalaron.

En este año la feria estuvo mal, con poca concurrencia. De los cincuenta pesos de pan que llevaban solamente vendieron dieciocho. Considerando los dos reales de ganancia por cada peso de venta, Juan y Gabina se hallaban en situación difícil.

No sabemos hasta dónde Gabina tomó al pie de la letra el ofrecimiento de Juan, de comportarse como si [él] fuera su mozo. En todo caso, era su esposo y en consecuencia lo respetaba como tal, por su edad y experiencia —además. Gabina preguntó:

—¿Ahora qué hacemos? —Y yo le respondí con su misma pregunta, añadiendo en seguida.

—Yo soy tu mozo, tú dispón y yo obedeceré. —Y dijo:

—Si nos vamos para Zacualpan, me debe dar mucha vergüenza volverme con mi pan.

El dueño de la casa donde se hospedaban se compadeció de ellos y para ayudarlos les propuso invitar a sus amigos a jugar tecomatillo[4] con apuestas de pan. El plan era que vendieran más.

Llegó la noche, y conforme ganaban o perdían en el juego, los invitados compraron “cuanto pan querían o podían”. La regla del dueño de la casa fue simple: quien perdía tenía que comprar más pan. No valía que lo revendieran entre ellos.

Juan y Gabina no sólo vendieron tres pesos más; también se divirtieron viendo cómo las piezas de pan cambiaban de mano a mano sin que ese trafique les causara asco.

Como todavía les quedaron veintinueve pesos de pan por vender, al día siguiente su anfitrión en Tonatico les sugirió que fueran a Las Salinas, lugar cercano, donde podrían cambiar el pan por sal.

Sin otra alternativa, Juan cargó el caballo con una porción del pan remanente y se dirigieron a Salinas, lugar cercano, donde hicieron el trueque por sal y tal vez otros comestibles.

Esa noche Gabina le dijo:

—Hoy me han dicho que en Tetecala se hace una grande fiesta que puede llamarse feria. Si quieres, como nos habíamos de ir para Zacualpan, a ver si en las rancherías cambiábamos por maíz, frijol, etcétera. Vámonos para Tetecala. Quizás allá, caro o barato, lo acabaremos.

Caro o barato, había vender el resto del pan. Decidieron salir para Tetecala, lo cual significaba andar una distancia un poco mayor de la que caminaron entre Zacualpan y Tonatico.

Al narrar el resto de esta aventura comercial, Juan nos dice que ya no es capaz de montar caballo a cuestas. Gabina buscó un arriero, quien calculó que para transportar el pan y los demás los bultos que llevaban —sal, maíz y frijol que cambiaron en Las Salinas, más su menaje personal— se necesitaban cuatro jacales y dos caballos.

Cargaron a las bestias, y para hacer la travesía, Juan y Gabina se alternaban el único caballo con cual contaban. Iban tan despacio que el arriero se adelantó “y ni modo de decirle espéranos ”.

Cuando finalmente llegaron, el arriero los esperaba en la orilla de Tetecala. Ya había conseguido posada para ellos, pero los recibió con la mala noticia de que uno de los caballos se cayó en el río Santa Teresa; a un jacal le entró agua y parte del pan se había mojado.

—Ya puede ser, pero ha de ser poco —le dijo Gabina.

Con esa, la última respuesta de Gabina, Juan suspende el relato de esta aventura. Lo deja inconcluso; no aporta más detalles, pero refiere un viaje muy interesante del cual quisiera saber más.

Por ejemplo: Si para llevarlos de Tonatico a Tetecala el arriero calculó que necesitaba cuatro jacales para transportar el resto del pan más la carga adicional, ¿con cuántos bultos o jacales llenos de pan, inclusive una maleta de enseres personales, salieron originalmente Juan y Gabina de Zacualpan? ¿A cuántas piezas de pan equivalía cada peso? ¿De Zacualpan habrán emprendido el viaje con más de dos caballos, o solamente uno con la carga y ellos dos a pie? Juan solamente menciona un caballo.

Desde el punto de vista económico pienso que esta aventura les resultó costosa pues seguramente tuvieron que pagar más de una noche de hospedaje, por mucho que solamente se hubieran alimentado del pan que llevaban. ¿Cuánto les habrá costado contratar al arriero con dos caballos, y comprar o canjear —tal vez con pan— cuatro jacales? ¿Lograron vender todo el pan, y cómo lo pagaron al panadero que se los fio?

Este viaje se extendió inesperadamente por lo menos una semana, y en aquella época, las tahonas no usaban sustancias conservadoras. ¿Cuánto tiempo habrá durado el pan sin endurecerse ni echarse a perder?

Me hubiera gustado recibir más información sobre esta interesante historia. Sólo me resuena el eco de la respuesta que Gabina dio al arriero sobre el pan que se mojó:

—Ya puede ser, pero ha de ser poco.

Gabina, conductora de esta aventura, siempre optimista como Juan, por encima de toda adversidad.

Juan a los 68 años de edad en 1884

En sus memorias, uno de los pocos episodios que Juan fechó —en 1884— fue tal vez una de las últimas oportunidades que tuvo para ejercer su oficio de azoguero. Se trata de una narración particularmente interesante porque allí despliega con naturalidad la terminología usual de la minería de entonces.

Al presentarla aquí, alternamos la narración de Juan con la glosa respectiva, para facilitar la comprensión de lo que cuenta.

Una época en el Mineral de Tlatlaya año 84

Hubo un nombrado Juan de Dios, que andando por aquel lugar tuvo noticia de una mina nombrada la Trinidad, y que tenía buenos metales; pero que tenía agua; y que era tan poca que podía desaguarse con botas en cinco o seis días. Dispuso entre él y otros desaguarla. (Tendría de profundidad cosa de doce metros).

Juan se enteró de que un buscador de metales preciosos, conocido como Juan de Dios, recibió noticias de una mina nombrada La Trinidad en las cercanías de Tlatlaya. Supo también que la mina contaba con una proporción considerable de metal explotable, pero por otra parte estaba anegada de agua, aunque aquella profundidad de doce metros podía desaguarse con botas[5] en cinco o seis días. Juan de Dios emprendió esa tarea con un grupo de jornaleros.

En efecto, ya desaguada encontró en el plan un clavo de metal que tenía una vara en círculo, pues era redondo. Dispuso desmotarlo bien, y después dar un cohete del puro metal, del que logró que cayera una piedra de seis arrobas[6] de peso, con dicha piedra marchó a México, a buscar avío.

Una vez desaguada la mina, Juan de Dios halló un clavo de metal —es decir, un trozo de gran pureza— de forma cilíndrica, que medía cerca de 84 cm. Después de desmotarlo hizo detonar una carga de dinamita con la cual logró que se desprendiera una piedra de alrededor de [80] kilos, muestra suficiente para llevarla a México con el propósito de conseguir financiamiento para explotarla.

Allá encontró a don Guadalupe Antolín, y este señor le habló a don Matías Elías del negocio que Juan de Dios llevaba, y entre Antolín y Elías hablaron a un español nombrado don Lucas de la Tijera, haciendo mención de dicha piedra, y diciéndole que todo el plan de la mina era de aquella clase de metal, y que tenía de ley quince marcos de plata por carga, pues Juan de Dios ya lo tenía ensayado.

En México Juan de Dios habló con Guadalupe Antolín quien a su vez, le planteó a Matías Elías la posibilidad de explotar esa mina. Juntos, Antolín y Elías le propusieron el negocio Lucas de la Tijera, un inversionista español, a quien le hablaron de la muestra y le dijeron que de esa mina era posible obtener un rendimiento de quince marcos[7] de plata por carga, según la prueba de ensayo que Juan de Dios había realizado.

Don Lucas mandó se ensayara en la casa del Apartado[8] y positivamente era de dicha ley. Luego se arreglaron en el avío, no sé bajo qué condiciones.

Para verificar la calidad del metal que la piedra contenía, don Lucas de la Tijera ordenó un nuevo ensayo en la casa del Apartado. Cuando comprobó que contenía le ley que le habían indicado decidió invertir y entregó recursos.

 

Antolín se vino para Zacualpan y me dijo todo lo que había pasado en este negocio, y que él estaba dispuesto a que debía recibir la posesión, por la Diputación de Sultepec, con una carta particular a don Higinio Goroztieta (diputado) y obra poder, para que a nombre de los interesados recibiera la posesión.

Guadalupe Antolín regresó a Zacualpan y expuso a Juan todos los detalles del negocio (evidentemente, tras invitarlo a tomar parte de este proyecto). Le dijo, además, que estaba dispuesto a recibir posesión de tal mina mediante la diputación de Sultepec, con una carta particular dirigida al diputado don Higinio Goroztieta.

Marché a Sultepec a pie, así lo requerían mis circunstancias; entregué mis cartas; y veinte pesos. Habíamos dispuesto salir para Tlatlaya al día siguiente; pero en la tarde que esto dispusimos, supimos de cosa cierta que Tijera debía llegar a aquel Mineral, el mismo siguiente día por lo que dispusimos no verificar la marcha como lo habíamos dispuesto; y como de tal venida del señor Tijera, ni Antolín ni nadie sabía nada, dispuse poner un correo a Antolín a Zacualpan.

Con un lacónico eufemismo, Juan refiere su estrechez económica por ese tiempo: carecía de dinero siquiera para alquilar una bestia de carga. No obstante, se fue a pie hasta Sultepec, como escala intermedia entre Zacualpan y Tlatlaya. Al día siguiente, cuando se disponían salir para Tlatlaya Juan se enteró de que estaba por llegar don Lucas de la Tijera. Juan detuvo la salida del grupo y envió un mensaje a Guadalupe Antolín, que estaba en Zacualpan.

Al siguiente día, a pocas hora de haber llegado Antolín a Sultepec, llegó don Lucas, y se dispuso que al otro día debíamos salir para Tlatlaya, como lo verificamos. Entre tanto me dijo don Higinio:

—Usted, por fin, ¿va a qué?

Esto fue ya casi para salir. Le respondí:

—Si señor, yo llegaré al pueblo después de ustedes; pero he de llegar.

—¡Qué bárbaro es usted!

—Voy a conseguir un caballo, y si usted no puede pagar el flete o no quiere, yo lo pagaré.

No se consiguió el caballo; pero consiguió un macho, y ahí nos tienen todos a caballo.

El Diputado se previno, para caminar, de un huacal de pan, café, azúcar, carne cecina, vino, etcétera, para él, su sirviente y dos mozos. Don Lucas solo llevaba una botella de vino, y Antolín y yo nada. Pero como Tijera, cuando bebía su vino hacía gestos, hacía que quería voltear el estómago, y nos decía:

—Ah, qué medicina tan endemoniada —por no convidarnos, (porque no ha de haber habido en el mundo un hombre tan miserable como él).

En el principio se lo creíamos; pero en una oportunidad que hubo, probé de su botella, y dije a los compañeros:

—Qué medicina ni talega: esto es vino y muy bueno que está.

Tenté las cantinas y les dije:

—Aquí lleva más.

—Pues ahora —dijo don Higinio—, comerá… No le hemos de convidar de nada supuesto que él es tan mezquino.

A Antolín y a mí sí nos daban a todas horas; pero para comer en el camino eran los veinte pesos que les entregué con las cartas.

Don Lucas observaría que no se le quiso dar nada de comer; pero aguantó ese día que llegamos a Amatepec. El siguiente a Tlatlaya, de paso para la Mina, que distaba una legua de dicho Pueblo, llevaba ya de Sultepec un minero de nombre Guadalupe Ordóñez, y éste, un hijo Remigio, y otros individuos, con objeto de trabajar. Probó el minero su gente: barreteros, dos paradas de día y dos de noche, desaguadores etcétera.

A la hora que fue de almorzar; le dice don Lucas al minero:

—¿Qué aguarda usted que no manda a estos a trabajar?

—Señor, tengo costumbre de dejarles para almorzar y que reposen una hora.

—Qué hora ni que… Más de dos llevan ya, y si me vuelve usted a responder con tanta altanería, lo agarro del braguero y lo aviento a esta barranca.

El pobre viejo se espantó y ya no habló una palabra. Yo dije en mi interior: “Qué malo le veo el ojo muerto a la vieja”, en fin: Dios dirá.

Luego que se arreglaron los trabajos, recibió Antolín la posesión de la mina; y el Diputado con los que lo acompañaban se dirigió a Tlatlaya, para que al otro día salieran para Sultepec.

Antolín dijo a Tijera:

—Le traigo a usted un azoguero que ha servido a don Roque Díaz, y azoguero ha sido toda su vida. Ese es su oficio.

—¿Y qué prueba es esa? —respondió—. También un burro toda su vida cargó castañas de vino, y jamás supo a qué sabía, pues nunca lo probó.

—Esa es una chirigota de usted —dijo Antolín— y estamos tratando en cosa seria.

—Vamos. ¿Cuánto ha de ganar?

—Cinco pesos semanarios.

—Por ahora es mucho dinero ése —respondió Tijera.

—Pues se volverá conmigo; pero con él se sabrían las leyes de los metales y se sabría la piedra que debe tirarse. —Esto respondió Antolín.

—Pues que se quede —dijo el otro.

Se bajaron los dos [don Lucas de la Tijera y el Diputado] ese día al Pueblo de Santa Ana, pues allí le pareció vivir mejor que en Tlatlaya. Al otro día subieron a la mina, y [Guadalupe Ordóñez] el minero procuró que saliera algún metal; y me dijo Antolín, delante de Tijera:

—Escójame usted unas piedritas de las mas vistosas, que quiero llevar a Zacualpan. —Y responde Tijera, encolerizado.

—¡No hay piedritas! Estaba yo fresco con gastar mi dinero para que usted se lleve el metal.

Antolín dijo:

—Era por solo curiosidad, no por llevar.

—Pues no, señor.

—Pues arreglados.

Al despedirnos Antolín y yo, le dije.

—Qué mal olor observan mis narices en la mina La Trinidad. Yo no aguanto acá mucho.

—Téngale usted paciencia a este cachupín, como yo se la he tenido. Que trabaje la mina, que gaste su dinero, si hay algo en ella después veremos. También a mí me tiene como una ascua, y si hay algo en ella, a usted lo he de tener presente.

Todos los días subía [de la Tijera] a visitar la mina, y antes de llegar comenzaba con un sermón. Un día, como a cincuenta varas antes de llegar, dijo muy recio:

—Esta oreja apuesto contra medio real a que todos ustedes se han echado a dormir, y el metal se lo han robado, porque desde aquí veo que ese no es todo el que debe haber salido en la noche.

El minero [Guadalupe Ordóñez] se disculpó como pudo. Yo tenía ya de amigo a uno de los que trajo Ordóñez y se ocupaba de pepenar; a quien supliqué que cuando llegara el amo y preguntara por mí, le dijera que no oía yo los golpes de los barreteros y que había dicho, que me iba con ellos porque si no, no hacían nada.

Como en efecto, [de la Tijera] preguntó por mí, el minero dijo no sabía dónde estaba; pero Moratilla cumplió con mi encargo y quedé por las nubes, es decir, muy alto. Pero yo me fui con los barreteros por evitarme de preguntas y respuestas.

Así, lo seguí haciendo; pero llegó la vez que cuando quise evadir el cuerpo ya no fue tiempo, pues don Lucas llegó más temprano que de costumbre. Entonces le recibí el caballo, le saludé con mucha atención, deseándole muy buena Salud; diciéndole que aunque salía poco metal que era muy bueno, que la mina era cata, que le faltaba rango y que entonces se encontraría bastante metal; que ¿cómo en una veta, nomás aquel clavo había de haber?: y me dice él:

Con ese ardid seguí evitando encuentros con don Lucas, pero en una ocasión me quedé sin oportunidad de hacerlo: don Lucas llegó más temprano que de costumbre. Entonces le recibí el caballo, le saludé con mucha atención, deseándole muy buena salud. Le informé que aunque salía poco metal, era muy bueno, que la mina era de prueba, de muestra, para reconocer la proporción de plata que probablemente se extraería, que faltaba profundizarla y explorar; que entonces se encontraría bastante metal. No era posible que únicamente se hubiera hallado aquel trozo cilíndrico de plata de gran pureza. Y me dice él:

—Aunque es poco el que ha salido esta semana, estoy contento, porque mire usted: con cuatro paradas habrán salido carga y media de quince marcos. Son veintidós y medio, y a ocho pesos nomás, son 187 pesos. La raya importará los 87. Desde la semana entrante, voy a dar orden al minero, que pueble ocho paradas, por consiguiente saldrá doble cantidad de metal y doble será la utilidad.

—Aunque es poco el metal que ha salido esta semana, estoy contento, porque mire usted: con cuatro puntos de extracción habrán salido carga y media de quince marcos. Son veintidós y medio [marcos], y a ocho pesos nomás, son 187 pesos. Calculo que el monto de lo que habrá que pagar a los trabajadores importará los 87 pesos a la semana, así que desde la semana entrante ordenaré al minero que coloque gente en ocho puntos de extracción, por consiguiente saldrá doble cantidad de metal y doble será la utilidad.

“Todo eso sucederá (dije en mi interior) como yo lloro por ella”.

“Todo eso sucederá —me dije, incrédulo— como las lágrimas que derramaré por esa utilidad”.

Ahora me ocuparé [de contar] cómo me fue con el minero, su hijo Remigio y Moratilla, el pepenador y amigo mío: Comenzaré con que el viejo [don Lucas de la Tijera] era déspota, decidor y muy amigo de contradecir.

Un domingo me quedé solo en la mina. Les encargué me llevaran de Tlatlaya cecina, queso, chiles, etcétera, pues tortillas había quedado una ranchera de tres o cuatro casas que por allí había, a llevármelas a todas horas de comer. Pero cuando llegaron mis compañeros, me dijo el viejo:

—No le traemos aparte nada; comeremos juntos todo él, pero con [lo] que usted encargó lo gastamos.

—Qué menos puede usted hacer de gasto —yo dije—. Amen. Pero mi[s] encargos no pasaban de cinco reales. Nuestro presidente ordenó que a cada uno de los tres nos tocaba una semana de cocineros: el quedaba ===.

—No podía usted haber gastado menos —dije—. Amén. El costo de lo que yo había encargado no pasaba de cinco reales. Nuestro presidente [probablemente se refiere a Guadalupe Ordóñez, el minero que dirigía el trabajo colectivo] ordenó que a cada uno de los tres nos tocaría una semana desempeñar el trabajo de cocineros; faltaba que a él le tocara, [luego, se las debía arreglar con los víveres que había comprado].

Continuara…

Ricardo Castañeda Guzmán y Rafael Rodríguez Castañeda,

Con la colaboración de Miguel Fernando Rodríguez Castañeda


[1]. Fuente: https://familysearch.org

[2]. Pueblo del estado de México entre Zacualpan e Ixtapan de la Sal, a 153 Km de la Ciudad de México. ‘Tonatiuhco’ en Náhuatl significa lugar del sol.

https://en.wikipedia.org/wiki/Tonatico Se puede escoger la lectura en español.

[3]. Juan escribió literalmente “y en un día de la semana antes del primer domingo de enero, salimos con dirección a Tonatico…”, pero más adelante informa que “Muy raros fueron los que vinieron … del Valle de Toluca porque creyeron que la feria sería al siguiente domingo, porque el sábado 28 de febrero cayó en ese domingo, que creían era la feria”. Probablemente se equivocó al citar la primera fecha. No es creíble que un viaje tan corto a un pueblo cercano, y portando mercancía perecedera, hayan durado dos meses.

[4]. Juego que consiste en sacudir un trasto con tres medios reales y al hacerlos caer sobre la mesa, ver si el lado visible de las monedas son dos águilas y un resplandor, o viceversa.

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Medio_real_de_Guanajuato_de_1856_(anverso_y_reverso).JPG

[5]. Barril de 516 litros

[6]. 11.5 Kg @ arroba española.

[7]. 230 g marco de Castilla. Durante esa época el marco era diferente en otros países europeos.

[8]. La antigua Casa del Apartado, antecesora de la Casa de Moneda, funcionó desde el Siglo XVII. Se construyó para realizar el “apartado”, un proceso industrial mediante el cual se separaba el oro que venía asociado a la plata extraída de las minas novohispanas.

Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte V

Continuación.

“…que ni a Manuel ni a su padre Juan fueran molestados, que habían prestado servicios de consideración a la causa que defendían ellos…”

Juan a la edad de 54 años, 1870

1859 fue significativo en la vida de Juan Castañeda. Fue el año en que nació el primer hijo de su segundo matrimonio y en que vivió la aventura que lo llevó a participar, así fuera indirectamente, en la Guerra de Reforma después que Marcelo Popoca, su tío, erróneamente le informara que su hijo Manuel había fallecido en Temascaltepec.

Para saber más sobre Marcelo Popoca busqué datos extra sobre él en las actas eclesiásticas y los registros civiles de Zacualpan, pero sin éxito. En ambas entidades hay libros de registros faltantes.

La familia Popoca Sáez fue muy extensa. Tuvo varios hijos, de los cuales la mayoría falleció a temprana edad. Entre los que sobrevivieron estuvo Marcelo. José Manuel Popoca y María Ignacia Josefa Sáez fueron abuelos maternos de Juan Castañeda, quien tuvo una relación cercana con su tío Marcelo.

Deduzco que Marcelo era mayor que Juan, a quien seguramente Marcelo contaba cuentos e historias si Juan estaba en casa de sus abuelos o cuando Marcelo visitaba a su hermana María Antonia Josefa Popoca, madre de Juan. Supongo también que entre ellos hubo un trato frecuente a lo largo de su vida. Cuando ambos fueron adultos, coincidían en la plaza de Zacualpan. Sabemos que instalaban sus puestos uno al lado del otro.

En muchos casos, cuando niños, escuchamos historias que nos impresionan y en lugar de “entrar por un oído y salir por el otro”, se atoran en nuestra memoria para siempre. Considero que esto ocurrió con uno de los relatos que Marcelo contó a Juan, quien al final de su manuscrito, escribe tres párrafos con el sabor de los recuerdos de un tío a quien conoció durante su vida y admiró entre las buenas y las malas.

Lo que Juan describe se refiere a la participación de su tío Marcelo en un episodio de la lucha de Pedro Ascencio Alquisiras (1778-1821), guerrillero de sangre indígena pura[1]. Aunque lo más probable es que mezcle dos momentos diferentes de la larga lucha por la Independencia. Uno, donde intervino Filisola, ocurrido hacia 1812, y el segundo, donde el protagonista fue Ascencio, hacia 1820.

La narración de Juan comienza con una frase que probablemente dijo el comandante Vicente Filisola[2] a Marcelo Popoca. Las palabras anteriores que debieron explicarnos esto no existen porque el pliego original del manuscrito subsiste roto. Se perdió la parte superior de la hoja que contiene esta historia, de tal forma que faltan las dos primeras líneas del texto:

—Quedarás agregado a mi fuerza.

A los dos ó tres días se supo en Coatepec que en la Goleta, había sido derrotada la fuerza del Gobierno nombrada regimiento de Santo Domingo; y con tal noticia el comandante Filisola emprendió su marcha para el sur con su tropa, y con ella, mi tío Marcelo de clarín; que llegaron a un punto al pie de la Goleta en donde encontraron una numerosa y horrorosa osamenta de cadáveres humanos, como de caballo de los primeros.

Había muchos [cadáveres] enteros porque las aves carnívoras no daban basto a comerlos; pues supieron por algunos de los que escaparon que de los quinientos que eran, solo trece habían salido de los que iban en lo último, a retaguardia; y por algunos de estos supieron que don Pedro Ascencio los fue llamando, hasta llevarlos a una cuesta o barranco para subir al plan o cima de la Goleta.

Y habiendo la fuerza del Gobierno tomado el camino, que era un callejón cerrado, y barranca por encima y por abajo, Ascencio con treinta indios comenzó a rodarles piedras. Como el camino estaba cerrado, comenzaban a matar desde los primeros hasta los últimos. Que en esa acción se hizo don Pedro de muchas armas, y qué a él le mataron dos hombres, que esto se supo porque encontraron dos sepulturas en donde estaban las piedras que echaron a rodar: y que ellos no corrieron la suerte que los de Santo Domingo porque a los insurgentes les llamaron la atención por otra entrada que entonces la Goleta tenía, pues entonces solo por las entradas se subía a ese punto, y que estando ya encima las dos fuerzas del Gobierno no vieron ya a nadie, pues dizque ese cerro tiene encima grandes planes montuosos y muchas barrancas.

La amplia ayuda que hemos recibido de la familia Castañeda, así como de amigos y conocidos, para recopilar información genealógica la hemos integrado mi primo Rafael Rodríguez Castañeda y yo, quienes hemos buscado, además, la mayor información histórica posible para poner en contexto el devenir de nuestra rama familiar Castañeda.

Hace dos años Rafael me envió la copia digitalizada de un testamento escrito en mayo de 1870. El testamento, dictado por Marcelo Popoca, consideró entre sus legatarios a Juan Castañeda, y es precisamente en la etapa de que se ocupa este capítulo cuando resulta propio y oportuno mencionarlo. Aunque Juan no habla de esto en su manuscrito, nos ilustra sobre la trama familiar en que ambos se desenvolvieron.

Quise saber más sobre este documento y pregunté a Rafael los detalles pertinentes. Como en muchos casos, más que responder, Rafael hizo una presentación completa y transcribió el testamento que ahora conserva. Presento el texto resultante, que hace referencia a Juan Castañeda:

Marcelo Popoca Sáez no sabía escribir. No obstante, cuando sintió próxima su muerte, dispuso la repartición de su patrimonio en un pliego testamentario elaborado con elegancia y esmero profesionales por don Hipólito Patiño, quien firmó al calce de este documento “por sí y por el testador”. Otras seis personas también lo firmaron como testigos.

¿Cómo y en manos de quién fue posible que se conservara durante tanto tiempo? No lo sabemos, pero podemos suponerlo: la primera persona en tenerlo fue Sotera Popoca Soria, única hija superviviente de Marcelo, la albacea, quien recibió la mayor parte de la herencia.

De Sotera Popoca, el pliego pasó como mero recuerdo a manos de su hija, Margarita Porcayo Popoca (1859-193#), nieta de Marcelo. Fue Margarita quien lo llevó consigo entre su menaje de Zacualpan, Edo. De México a Pachuca, Hidalgo y durante varias mudanzas, hasta que lo depositó con otros documentos en un ropero, en la casa que adquirió para ella su hijo Austreberto, y que fue su última morada. Cuando murió, sus pertenencias las conservó Rosario Castañeda Porcayo, Rosita (1891-1975), su hija.

Tocó a Miguel Rodríguez Castañeda revisar el legado documental de su tía Rosita. Entre cartas, fotografías y otros recuerdos, en un sobre común encontró el testamento que dictó su retatarabuelo más de cien años atrás. Con enorme generosidad, Miguel entregó el testamento a Rafael, su hermano.

Descripción del documento.  La subsistencia de este documento, 145 años después de la fecha en que fue escrito, es un portento. Se trata de un frágil pliego de 44 por 32.5 cm de un papel parecido al que hoy llamamos de China, doblado por la mitad, de manera que resultaran cuatro caras, de las cuales el redactor o amanuense utilizó tres. El texto fue manuscrito a tinta. Las páginas 1 y 2 ocupan el anverso y reverso de la primera mitad, y la página 3 una cara del otro medio pliego.

Notas sobre esta transcripción.  El siguiente texto respeta puntualmente la grafía del manuscrito original: carencia de puntuación, acentos en desuso sobre palabras monosílabas, así como faltas ortográficas.

Los números fuera del margen no aparecen en el original; indican el contenido de cada una de las tres caras escritas en el pliego.

RRC

Gracias al envío del Testamento de Marcelo Popoca Sáez digitalizado por Rafael Rodríguez Castañeda, lo adjunto forma PDF  y Words.

Testamento Marcelo Popoca Sáez PDF

Testamento Marcelo Popoca Sáez Words

Testamento

1. En el nombre de Dios todopoderoso, uno en esencia y trino en personas. Yo Marcelo Popoca natural y vecino de este Mineral hijo legítimo de Don José Manuel Popoca y de María Ignacia Josefa Saez difuntos, naturales de Coatepec Harinas, hallandome enfermo en cama de la enfermedad que Dios nuestro Señor se ha servido enviarme, pero en mi entero juicio y cabal memoria; creyendo, como firmemente creo, todos los misterios de nuestra santa fé católica, en cuya fé y creencia quiero y protesto vivir y morir, y esperando en que la Divina misericordia me perdonará mis culpas y pecados por la intersesión de María Santísima Nuestra Señora, á cuyo patrocinio me acojo, para que con el Santo Angel de mi guarda, santo de mi nombre y demas santos de mi devoción me amparen y favorescan en el trance de mi muerte; hago, otorgo y ordeno este mi testamento en la forma siguiente:

Primeramente encomiendo mi alma a Dios, que la crió de la nada y mi cuerpo á la tierra de que fue formado.

Que su entierro se verifique sin pompa alguna.

Que fue casado de primeras nupcias con María Soria natural de este Mineral y ya difunta, que ningún capital poseían ambos al tiempo de su enlace.

Que en nuestro matrimonio tubimos nueve hijos en el orden siguiente: Rafael, María, Víctor, Francisca, Cresencio, Epigmenia, Secundina, Zeferina, Juan ya difuntos y Sotera

Que Don Sabino Hernandez de Pilcalla me es deudor de siete pesos y medio

2. saldo de la cera labrada que le dí quedando ya pagado de dos pesos que yo le debía á dicho Sr. de una poca de azúcar y las demas personas que constan en la adjunta lista y que forman un total de treinta y seis pesos veinticinco cent: advirtiendo que de los doce pesos que adeuda Hilario Hernandez se deben dar seis en el orden siguiente: tres a Pedro Reynoso y tres a Juan Castañeda. Que sus intereces consisten en la casa de su habitacion que posee sin gravamen alguno, en un caballo colorado ensillado y enfrenado, de cuyos objetos deja las constancias necesarias a su albacea.

Que de todo lo que forman mis intereses ya dichos declaro por mi única heredera á mi hija Sotera Popoca.

Que nombro por testamentaria, albacea y ejecutora de mi testamento á mi referida hija Sotera e insólidum le doy la de mi poder cumplido, cuanto en derecho se requiere para que pueda entrar y entre en todos mis bienes y los venda y remate en pública almoneda ó fuera de ella segun le paresca conveniente, para que cumpla mis disposiciones dentro del término legal ó el mas tiempo que necesite, pues al efecto se los prorrogo y le doy facultad para que pueda sustituir sus oficios y subrogar otros en su lugar que lo lleven á debida ejecución, a los cuales doy por nombrados, y les concedo la misma facultad y potestad que á la espresada.

Y por el presente, revoco y anulo cualquiera protestamento o testamentos, codicilo o codicilos que

3. yo haya hecho y otorgado, para que no valgan ni tengan efecto alguno en juicio ó fuera de él, ahora ni en tiempo alguno que paresca y sea mostrado, aunque tenga clausulas derogatorias, y palabras particulares de que haya que hacer especial mension, de las que al presente no me acuerdo y doy por espresadas literalmente; y quiero y mando que el presente se cumpla y ejecute como mi última y deliberada voluntad, en la forma y modo que mejor lugar haya en derecho. Así lo otorgo firmando por mí por no saberlo hacer uno de los testigos presentes.

Zacualpan, Mayo 6 de 1870

Por sí y por el testador

Hipólito Patiño Mariano Chimalpopoca

José D Uribe Antonino Sotelo

Miguel Ocampo Jesús Ocampo

Melesio Ocampo

Juan a los 57 años de edad

Aparte de sus maneras de ser, las cuales todas fueron positivas, Juan fue una persona de alta inteligencia. Esta capacidad se demuestra párrafo por párrafo a través de su manuscrito en como deshebra la vida positivamente, siempre sin sentirse víctima.

Saber que uno mantiene un alto nivel de inteligencia causa orgullo personal. Este sentimiento es evidente cuando Juan nos relata los siguientes episodios que ocurrieron durante la época que su hijo Gonzalo empieza sus estudios.

Antes de hablar de Gonzalo, Juan nos narra cómo él mismo fue ganador de un premio de doce pesos que le brindaron sus conocimientos de aritmética, seguramente cuando era niño o adolescente.

Los signos de añadir y substraer fueron introducidos por el alemán Johann Widman en el siglo XV. Según Juan, aun no se los habían enseñado para el siglo XIX cuando un comisionado del Honorable Ayuntamiento de Zacualpan puso Juan a sumar, restar, multiplicar y partir (dividir). El resultante de esta prueba o concurso fue el premio de doce pesos.

Juan no menciona el año en que incrementó sus posesiones con tal cantidad, pero si suponemos que fue durante su adolescencia, entonces el hecho debió ocurrir alrededor de 1830. En sí misma, la cantidad de doce pesos habrá sido una buena suma.

En otro caso, cuando Juan era niño, tuvo un compañero de escuela llamado Francisco Ramírez con quien seguramente lo mismo jugaba que se peleaba.

Aunque Juan ganaba las peleas, no le gustaban tales enfrentamientos porque su padre lo castigaba por ser pendenciero, sin que importara si había ganado o perdido un pleito.

Un viernes en que convivían en buenos términos, decidieron irse de pinta (absentismo escolar) para no tener que dar cuenta por oraciones y la doctrina de Ripalda[3]. Nunca sabían los artículos de la fe, “las bienaventuranzas ni la doctrina”; el maestro los amolaba y le tenían miedo.

Para no ser detectados, se metieron a un bosque donde se encontraron con una grande culebra. Pensando que era castigo del Dios por haberse servido una libertad no autorizada, volvieron inmediatamente a la escuela. Al regresar, el maestro ya enojado porque nadie sabia la lección y ellos tampoco, los azotó como a bestias de carga.

Al final de ese relato, Juan afirma algo que permanece vigente hasta este día con mucha verdad.

Casi en todas las escuelas me pasaba lo mismo porque no sabían los maestros enseñar ni los discípulos aprender”.

“[Gonzalo] era muy travieso y llorón”. Tal es la primera aseveración de Juan sobre su hijo Gonzalo, quien llegaría a ser un gran médico en la historia de México.

Corría 1873. Gonzalo tenía cinco años. Era, por tanto, muy chico para la escuela, pero con tal de que no los molestara en casa, Juan decidió mandarlo al colegio con Bernardino, su hermano mayor, quien para este tiempo tenía catorce años de edad.

Juan y Gabina solamente tuvieron dos o tres días de descanso, porque el preceptor Miguel Ocampo lo regresó con un recado: con sus travesuras, Gonzalo le quitaba el tiempo y debido a su tierna edad no se le podía dar castigo corporal.

Pasó el tiempo y llegó el momento en que fue enviado a la escuela. Gabina avisó a Juan que Gonzalo no quería ir.

Con lágrimas en los ojos de Gonzalo, Juan lo tomó de un brazo:

—¡Marche para la escuela!

Juan lo llevaba, Gonzalo se escapaba y Juan lo regresaba. Después de ofrecerle un tlaco y otros estímulos, Gonzalo perdió el miedo y atendió a sus clases.

El mundo de la educación se abrió y Gonzalo corrió con ella tan aceleradamente que su maestro lo nombró su caballo de batalla porque le ayudaba a enseñar. Era también el niño a quien comisionaba para tomar la palabra en nombre de los alumnos para saludar a las autoridades políticas y educativas que visitaban la escuela.

Una vez en un discurso que pronunció Gonzalo, dijo al gobernador: “Ojala, señor, que usted tuviera a bien darme un lugar en el Instituto Literario”. Pero como en muchos casos, palabras caen en oídos que nunca oyen.

El gobernador habrá tenido audiencia selectiva, pero Gonzalo no consideró ese detalle de manera que siguió adelante, calificando bien en sus exámenes, los cuales le generaban carpetas con moños y monedas de plata.

Un día Juan y Gabina recibieron la sorpresa de una visita del alcalde, don Jesús Lechuga, y de un regidor. Juan se preguntó, a qué se debía tal visita.

En representación del Ayuntamiento, los visitantes expresaron con agrado la razón de su visita. Iban a felicitarlos por el adelanto de Gonzalo en la escuela, así como la expectativa de quienes lo examinaron de que en el futuro siguiera aplicándose con el mismo entusiasmo.

Juan se sobrepuso a la emoción que le anudó la garganta y les dio las gracias por el honor que les hacían a Gabina y a él.

“Dios quisiera que mi joven siguiera con el empeño que hasta entonces tenía —reflexionó Juan—, y que acaso llegaría el día que fuera útil no solo a sus padres, si no a su patria, y por fin, a la sociedad”. La realidad es que sus fervientes deseos se realizaron: Gonzalo llegó a ser una eminencia en la Medicina, satisfizo a sus padres, honró a su patria y benefició a la sociedad.

Don Mariano Sotelo no sólo era preceptor de la escuela municipal; también promovía la participación de los alumnos en actividades teatrales. Representaban comedias y sainetes, y Gonzalo era el actor preferido para los papeles principales. De estas pequeñas obras de teatro escolares, Juan menciona dos.

En una de sus actuaciones, asignaron a Gonzalo el papel de un amante que gritaba con enfado el nombre de su novia, y ella el de él. Juan abandonó la representación porque consideró inmoral el sainete, impropio para un niño de nueve años de edad. Este episodio debió ocurrir en 1877.

En otra ocasión en que Gonzalo debía actuar, todo su vestuario estaba listo, menos los zapatos, porque el zapatero no cumplió.

La víspera de la representación, en medio de su angustia y su llanto, Gonzalo pidió a Juan que fuera a casa de su compadre don Zenón porque sabía que Lolita, la hija de Zenón, tenía dos pares de zapatos, uno de los cuales le venían bien.

En casa del compadre Juan sólo encontró a Lolita, se entendió con ella y el asunto quedó arreglado.

Quienes presenciaron aquel número aplaudieron la actuación de Gonzalo, particularmente su habilidad para bailar, de tal manera que cuando Gabina, Bernardino y Gonzalo iban a un baile, los asistentes le pedían a Gonzalo que bailara el jarabe, pues lo hacia muy bien, especialmente con Lolita Suárez.

Sin cesar, Gonzalo buscaba la forma de continuar sus estudios. A pesar de las estrecheces de la familia, esa inquietud se la planteaba a su padre, a quien le revelaba sus deseos mediante interrogatorios cuya intención Juan entendía claramente. Las siguientes preguntas, según mis cálculos, procedían por lo menos de un muchacho de catorce años de edad. Juan tenía entonces sesenta y seis. El año era 1882.

—¿Cuánto es lo que se paga en un colegio porque entre uno a estudiar?, ¿qué pasos se dan para entrar en un colegio? ¿Cuánto se pagará en un navío por ir a Francia o a España o a otra parte que vaya uno en un navío?

Juan respondió:

—En los colegios que paga el Gobierno no se paga nada y se enseña; pero estos necesitan de tener proporción para poder sus padres subsistir en México, y si sus padres viven fuera, necesitan tener para mantenerlos y vestirlos.

Juan agregó, considerando su pobreza:

—Que casi nunca es el que remiten el de más aplicación e inteligencia tiene, sino el hijo del Alcalde, del más rico o del de más influencia, aunque éste, por quien dan su voto, sea un burro. [Así proceden], menospreciando al pobre aunque, sea más adelantado e inteligente que los demás.

Juan ignoraba el costo de un pasaje a España, Francia e Inglaterra, pero explicó a su hijo que la situación económica del pasajero dictaba su comodidad durante el viaje y que el pobre comía los desperdicios que el rico dejaba.

Las ambiciones de Gonzalo por avanzar escolarmente eran grandes y a Juan lo mortificaban. Carecía de los medios. Lo único que si podía hacer, era pedirle a su Dios.

Con grandes esfuerzos y con la ayuda de familiares, Gonzalo llegó a Cuernavaca para avanzar en sus estudios en plena adolescencia. Hubo un momento en que allí se reunieron Juan y dos de sus hijos, Bernardino y Gonzalo. Ese momento quedó capturado en la siguiente fotografía, que conocemos gracias a la gentileza de Claudia Infante Castañeda, nieta del Dr. Gonzalo Castañeda.

De izq. a der., Bernardino Castañeda Escobar, Juan Francisco Castañeda Popoca y Gonzalo Castañeda Escobar. Foto gracias a la generosidad de Claudia Infante Castañeda, nieta del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Más de medio siglo después, el 28 de enero de 1941, el doctor Gonzalo Castañeda explicó en una carta dirigida al Sr. Rodolfo González Hurtado algunos detalles acerca de su niñez.

Continuara…

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1]. http://guerrero.gob.mx/articulos/alquisiras-pedro-ascencio/

[2]. Vicente Filisola. (Riveli, Nápoles, 1785-México, 1850) Militar mexicano de origen napolitano. Luchó en el ejército realista contra los insurgentes. Es probable que el episodio que narra Juan Castañeda haya ocurrido hacia septiembre de 1812 en las inmediaciones de Sultepec, Amatepec, Tejupilco, Temascaltepec e Ixtapan de la Sal. V. Gaceta del gobierno de México, Volumen 4. Ed. Imp. de Arizpe. Original de la Universidad Complutense de Madrid digitalizado en enero de 2009. (Gaceta del Gobierno de México del sábado 31 de octubre de 1812. Tomo iii. Núm. 309. pp 1143 y ss.)

https://books.google.com.mx/books?id=7W4OOxaCV5gC&pg=PA1147&lpg=PA1147&dq=comandante+filisola&source=bl&ots=SL8prHlK5P&sig=8ERuKnS-Mt1yiIW35wr5y7ympIw&hl=es&sa=X&ei=6kZuVdO8L8-OyATKoYKQCQ&ved=0CCgQ6AEwAg#v=onepage&q=comandante%20filisola&f=false

[3]. Jerónimo Martínez de Ripalda (Teruel, 1536 – Toledo, 1618) Jesuita español, autor de un famoso Catecismo (1618). Provista con las novedades del Concilio de Trento, la obra de Ripalda pasó a Hispanoamérica. Se tradujo a las lenguas indígenas. Del de Ripalda se hicieron traducciones cuando menos en náhuatl, otomí, tarasco, zapoteco y maya. (Fuente: Wikipedia).

Don Juan Francisco Castañeda Popoca, (1816-1898) Parte IV

Continúa.

Juan Castañeda quedó viudo a los 39 años…

Nota del autor:

Durante la elaboración de esta serie de artículos, una y otra vez me he referido al manuscrito de Juan Castañeda, fuente esencial para documentar su vida y escribir este ensayo biográfico. Debo aclarar que por un escrúpulo personal, salvo la cita de frases indispensables, me he abstenido de copiar literalmente el texto del manuscrito. Tanto mi investigación histórica como mi afán de difundir la biografía de don Juan están ajenas al propósito de ganar notoriedad o compensación monetaria. Mi interés fundamental ha sido conocer más sobre su vida. Para ello he buscado el contexto histórico y he intentado llenar las lagunas informativas entre los episodios que el propio manuscrito narra con fechas, nombres y acontecimientos que no solo aclaran, sino también ayudan a entender la fascinante vida de este ancestro mío, también ancestro común de cientos de descendientes. Conservo la íntima satisfacción de realizar este rescate. De no hacerlo, supongo que permanecería en las catacumbas de la oscuridad por muchos años adelante.

RCG

Una reliquia de Juan sin fecha precisa, ca. 1850-1855

En septiembre de 2011, en la ciudad de Pachuca, Hidalgo, México, los Castañeda celebramos una reunión a la que ha asistido el mayor número de familiares en la historia.

Durante este evento, Gonzalo Juan Infante Castañeda, bisnieto de don Juan Francisco presentó una reliquia de familia. El pequeño tesoro es un daguerrotipo de Juan Castañeda que se ha preservado durante más de siglo y medio en una cajita que mide aproximadamente 12 por 18 cm.

Daguerrotipo 1845-1850 probablemente en Toluca, México

Daguerrotipo de Juan Francisco Castañeda Popoca.  Foto cortesía Gonzalo Juan Infante Castañeda.

El daguerrotipo, invento precursor de la fotografía, se dio a conocer en París en enero de 1839 y rápidamente se divulgó por el mundo. En febrero de 1840 un periódico mexicano anunciaba la rifa de un ejemplar del aparato que diseñó el inventor francés Louis Jacques Daguerre.

El ejemplar que contiene la imagen del joven Juan es una placa de cobre recubierta de plata pulida. La imagen nítida y detallada, es pieza única e irrepetible. Fuera de su estuche o caja de protección es frágil. Si se tocara, se dañaría irreversiblemente. Se debe conservar bajo temperatura y humedad regulada, como los negativos de película.

Los daguerrotipos se utilizaron hasta 1860. Fueron sustituidos por placas negativas de colodión húmedo y positivos en papel de albúmina. Los superó la fotografía, invento de 1880. Se conjetura que Juan Castañeda se hizo retratar en México, Toluca o Cuernavaca entre 1850 y 1855 poco antes o después del fallecimiento de su esposa María De Jesús. Este daguerrotipo pasó a manos de su hijo Gonzalo, nacido de su segundo matrimonio, y sucesivamente, a su nieta Carmen y a Gonzalo Juan Infante Castañeda, su bisnieto.

Juan es el único familiar de quien conocemos un daguerrotipo. El siguiente enlace ilustra el proceso para obtener una sola imagen y cómo los sujetos debían permanecer inmóviles mientras la imagen era capturada. Así se obtenía una sola imagen.

http://photohistory-sussex.co.uk/dagprocess.htm

En sus memorias, Juan no mencionó la experiencia de sentarse y mantenerse quieto entre quince y treinta minutos mientras se capturaba su imagen. No obstante, esta reliquia concuerda con otras aseveraciones que sí escribió, y que lo revelan como un hombre inquieto y alerta, interesado en las novedades que surgían en la ciencia y el progreso tecnológico del siglo xix.

El avance de la fotografía no fue ajeno a muchos de nuestros ancestros, a quienes les gustaba fotografiarse. Gracias a esta afición tenemos imágenes de otros ancestros.

¿Cuántos pesos mexicanos le habrá costado a Juan obtener ese retrato entonces? En 1842 un daguerrotipo costaba entre $ 2.50 y $ 4.00 dólares, según el lugar de los Estados Unidos donde uno estuviera. Ese rango de precios equivalía a $ 82.00 y a $ 200.00 dólares de hoy.

Juan a los cuarenta años

Después de haber permanecido viudo catorce meses, nuestro autobiógrafo contrajo matrimonio casi un mes antes de cumplir los cuarenta y un años, el 26 de diciembre 1856. Su segundo matrimonio fue con María Gabina De Jesús Escobar Mojica.

En el acta de matrimonio, el Cura Juan Francisco Domínguez subscribe que después de haber practicado todas las diligencias, estar satisfecho según las testaciones y no haber algún impedimento, casó y veló a Juan Castañeda y María De Jesús Gabina Escobar.

Gabina, doncella de veintidós años de edad, originaria de la Gavia Chica, era hija legítima de Manuel Escobar, difunto, y de Margarita De Jesús Mojica, originaria también de la Gavia Chica.

Hasta la fecha no hemos encontrado el acta de nacimiento de Gabina.

Los padrinos fueron don Ignacio Ocampo González —cura escribe Gonsales—y su esposa, doña María De La Luz Figueroa, ciudadanos de Tetipac.

El acta matrimonial de los contrayentes no dice mucho más que los nombres de los testigos, quienes fueron Guadalupe Zamino de veintiséis años y Alvino Salinas de veintinueve.

27 diciembre 1856 Acta matrimonial Juan Francisco Castañeda Popoca con María Gabina De Jesús Escobar Mojica. Cortesía https://familysearch.org

 

Se sabía que Gabina sobrevivió a Juan, pero no por cuantos años. Mi búsqueda por varios registros fructificó con el hallazgo de su acta de defunción. Gracias a las fichas digitalizadas por familysearch.org entre los registros civiles de Zacualpan asentados entre los años 1900-1903 llegué a saber que Gabina permaneció viuda hasta el 2 de octubre 1902, cuando falleció de litiasis renal y complicación uremia.

Juan y Gabina tuvieron tres hijos; dos barones y una mujer. Sus nombres, fechas e información general son:

Feliz Bernardino. Bautizado por el cura Agustín Gómez en la Parroquia de la Purísima Concepción de Zacualpan el martes 20 de mayo 1859 a los tres días de nacido. Hijo legítimo de Juan Castañeda y María Gabina De Jesús Escobar. Los padrinos fueron don Guadalupe Sámano y doña María Figueroa, vecinos de la Hacienda Nájera.

Como su padre, Bernardino fue azoguero. También fue comerciante de materiales de minería, actividades que lo llevaron al Estado de Hidalgo. Estuvo en el Real Del Monte, en Omitlán y en el Mineral de El Chico. Tuvo numerosa descendencia. Su acta de fallecimiento aún no se encuentra.

Julián Gonzalo de Jesús: Fue registrado civilmente en Temascaltepec, Edo. de México por el juez Bernardino Rodríguez, el viernes 10 de Enero 1868 a un día de haber nacido. Hijo legítimo de Juan Castañeda y Gabina Escobar. Los testigos fueron los ciudadanos Julio De Noria y Juan Escobar. Su nombre eclesiástico nos dice que seguramente fue bautizado, pero existe la posibilidad de que su acta de bautizo se haya convertido en cenizas durante los incendios de parroquias que fueron causados por tropas zapatistas durante la Revolución.

La historia nos dice que un día Gonzalo le pidió a su padre Juan que le contara sobre su vida. Juan le contestó “Voy a hacer algo mejor: te la voy a escribir”. Así fue como nació el manuscrito de Juan Castañeda.

En el primer párrafo, de la página 23 del prólogo al libro Manuscrito de don Juan Castañeda/Diccionario Castañeda 2013, Claudia Infante Castañeda —poseedora de este manuscrito— y su madre, Carmen Castañeda Olea, escriben:

“El manuscrito y la cadena de circunstancias que permite retenerlo hoy en nuestras manos transmiten la emoción con que mi abuelo pidió a su padre que le hablara de su infancia y su pueblo, así como la energía de don Juan Castañeda al escribirlo y el celo extremo que mi abuelo y mi madre pusieron en cuidarlo. Naturalmente el significado personal que tenga para cada uno de los que pertenecemos a la familia Castañeda constituye un capitulo adicional en nuestras vidas que cada uno guardará en su corazón”.

Gonzalo casó sucesivamente con las hermanas Teresa, Carmen y María Luisa Olea. Los tres hijos que tuvo con su primera esposa fallecieron a temprana edad. En cambio, Carmen Castañeda Olea, hija de su segunda esposa, fue la más longeva (1914—2012). Tuvo otros descendientes fuera sus matrimonios.

Después de una ilustre carrera como médico cirujano y maestro de Medicina en la UNAM, memorable hasta este día en la Republica Mexicana y en el mundo, el doctor Gonzalo Castañeda Escobar falleció en la Ciudad de México el 14 de enero 1947, cinco días después de cumplir setenta y nueve años.

Dionisia Pilar Maximiliana: Es bautizada por el presbítero José Ma. Arellano en la Parroquia de Zacualpan el sábado 12 de Octubre 1872, a los cuatro días de nacida. Hija legítima de Juan Castañeda y Gabina Escobar. Los padrinos fueron Antonio Sotelo y Nemesia López.

Dionisia, la menor de sus hijas, nació cuando Juan tenía cincuenta y seis años de edad. Fue profesora de instrucción primaria. Permaneció soltera hasta el día de su muerte en Zacualpan a la edad de treinta y cinco años, el 2 de septiembre 1907. Falleció de neumonía. Como a otros de sus hijos, Juan no la menciona en su manuscrito.

Algo que tal vez nunca llegaré a saber es si Dionisia Pilar Maximiliana y Gabina, su madre, vivieron juntas hasta que Gabina falleció. Otra hipótesis es que Maximiliana viviera a solas o con su sobrino Víctor F. Castañeda quién asentó su fallecimiento en el Registros Civil.

Familia Castañeda Escobar: Sentados iz.a der. Juan Francisco Castañeda Popoca y esposa María Gabina De Jesús Escobar Mojica. De pie iz. a der. Feliz Bernardino, Dionisia Pilar Maximiliana y Julián Gonzalo De Jesús (Dr. Gonzalo Castañeda Escobar). Todos Castañeda Escobar. Foto cortesía Elena Laura Castañeda Islas.  Imagen capturada probablemente entre 1890 y 1898.

Juan a la edad de 43 años

Juan escribió:

“El año 1859 vivía yo en Zacualpan con mi familia, y mi hijo Manuel en Temascaltepec, con su esposa y un niño como de un año. Yo comerciaba acá con mercería que iba a traer a México”.

Cuando Juan dice; con mi familia, se refiere a su nueva esposa Gabina y a los hijos menores de su primer matrimonio. Bernardino, el primer hijo de Juan y Gabina, nació en mayo de ese año. Mi hijo Manuel es José Manuel Ascensión (n. 1838) segundo hijo que tuvo con María de Jesús, su primera esposa. Y, un niño como de un año, nos dice que Manuel y su esposa Josefa Jaimes ya tenían un hijo —registro aún no encontrado— antes que Félix Andrés, quien nació el 29 de noviembre 1960. Félix Andrés habrá fallecido porque los únicos hijos de ese matrimonio que llegaron a la adultez fueron Manuel junior, n. 1867, Justiniano, n.1869, Amador, n. 1871 y Víctor, n. 1973.

En ese corto párrafo Juan dice también que era comerciante aparte de ser azoguero, porque un domingo cuando se disponía a establecer su puesto en la Plaza para vender su mercancía, Marcelo Popoca, su tío, le dijo que no la tendiera porque los pronunciados[1] de la revolución de Ayutla habían entrado a Temascaltepec.

Esta información afectó mucho a Juan porque Manuel Castañeda[2] estaba empleado como administrador de rentas en esa localidad.

Su tío Marcelo le preguntó que si tenía el valor para recibir malas noticias. Más muerto que vivo, Juan le pregunto:

—¿Y qué?, ¿Manuel ha muerto?

—Sí —respondió Marcelo, y agregó:

—Porque Amador Chimalpopoca pasó por Coatepec, y traía una carta de él para ti, un fresadero, y en Malinaltenango le quitó la carta Lagunas, el Jefe de los reaccionarios, y que a él con trabajos lo dejó pasar.

—A este correo yo no lo he visto.

—Pero eso que te digo se lo dijo a Juan Pablo, y éste me lo dijo a mí, y me dijo, que de Manuel se lo había dicho de palabra en Coatepec.

Juan se quedó como un loco y le dijo:

—Ya me voy a Temascaltepec, usted levante la varilla o déjela tirada.

Antes de dirigirse a su casa en Santiago, Juan fue a la iglesia para pedirle a Dios que todo fuera una mentira.

Al proceder con el resto de su historia, Juan hace referencia a la Revolución de Ayutla, reformada en Acapulco, pero este evento ocurrió en 1854. Si Juan nos llama la atención al año de 1859, pienso que los revueltos políticos, guerras y conflictos de los cuales el escribe pertenecen a la Guerra de Tres Años, o Guerra de Reforma que ocurrió entre 1858-1861.

http://www.si-educa.net/basico/ficha624.html

Ensilló su yegua y tomó el camino, pero una de sus hijas, María Josefa —María Josefa Bonifacia, n. 1840 quien contrajo matrimonio con Pragedis Díaz en abril 1860— lo siguió a pie, llorando.

Juan hizo todo lo posible porque ella se regresara a casa, pero fue más fuerte la determinación de la muchacha por saber de Manuel, su hermano.

—No lo dejo ir solo por mas que usted me diga o me haga.

Ya estando un poco lejos, Juan cambió de actitud, se desmontó y abrazando a su hija, juntos empezaron a llorar. Fue un momento tan emotivo que Juan jura que hasta su yegua, al voltear su cabeza hacia ellos, se compadecía también de lo que sufrían.

Manteniendo una conversación al trote de la yegua se preguntaron:

—¿Qué no te da el corazón que esto sea una falsedad?

—Mi corazón está muy triste—me respondió—; yo me conformaría, me consolaría, con que a mi hermanito (de cariño, no de edad) lo hubieran hecho prisionero, o nomás lo encontráramos herido.

Al sentir que yo también camino con ellos, llegaron a los llanos de Jaltepec donde se encontraron con gente que habían ido al tianguis de Almoloya. Juan pregunto si se podría pasar hasta Temascaltepec porque ahí tenía a un hijo con su familia, y le habían dicho que hubo guerra, y que los federales habían tomado a Temascaltepec.

Un individuo le dijo que sí hubo guerra y que había dejado heridos, pero de la toma de Temascaltepec, nada sabía.

Al seguir su viaje y llegar a Texcaltitlán otra persona más informada le dijo:

—De los pronunciados murieron siete. Heridos traen varios; y de Temascaltepec, murieron tres.

—Pues qué, ¿salieron los de allí o los otros entraron?

—Ni los de allí —me respondió— salieron ni los otros entraron, pero las balas de los de afuera, entraron por las claraboyas, y murió don Esteban Ríos, don Felipe Berrueta y el Sargento Salinas.

—¿Y no sabe usted de otro?

—No, me lo hubiera dicho un amigo que está al tanto de lo que pasó.

Con esta noticia, los corazones de Juan y su hija se alumbraron con mucha esperanza. Manuel vivía. Al llegar a Almoloya menos desesperados, decidieron comer algo pues iban en ayunas.

Ninguno de los dos tenía hambre, pero ambos aceptaron comer porque les preocupaba que el otro se alimentara.

Las horas marcharon con ellos hasta llegar a Texcaltitlán, al atardecer, donde Juan propuso que pasaran la noche. Ella le respondió:

—No padre, aunque ande yo de espaldas en la bajada en la noche y aunque llueva no nos hemos de quedar en Texcaltitlán.

—En ese caso, vamos pasando por el pueblo, ahí tengo amigos. Conseguiré un farol de vidrio, compraré velas, cerillos, ocote y tejamanil; no hay luna y en oscuras no hemos de andar exponiéndonos a una caída.

—Eso sí haremos —respondió Josefa.

Pasaron al pueblo y al entrar a la tienda de un conocido Juan pidió por un farol. Su amigo comerciante le dijo que no creía que los hubiera en el pueblo. Ni siquiera él tenía uno.

—Pues deme tanto, de cerillos (ya comercializados), velas, ocote. Y ¿me proporcionará tejamanil? Si es viejo, mejor.

Cuando Juan atendía sus pedidos, Josefa le exclamó:

—¡Padre!, Ahí pasa don Simón Díaz.

Don Simón Díaz, paisano y buen amigo de Juan, entró a la tienda donde Juan y su hija se encontraban. Después de un cordial saludo, Juan preguntó sobre su hijo Manuel. Don Simón le respondió:

—No caminen con la noche. Manuel esta sin novedad.

Entusiasmada, Josefa le preguntó a don Simón:

—¿Cómo lo sabe?

—Porque lo he visto bueno y sano, aunque no le hablé.

—¿Pues qué vestido tiene?

—Una gorra alemana, usada, un pantalón rayado, en pechos de camisa, y ésta es de indiana color de rosa.

—Esto es cierto, padre —me dijo mi hija—; pues ahora con mas razón nos pasamos, porque con esta noticia tenemos gusto y fuerzas para andar. —Y les dijo don Simón:

—La verdad, Manuel aquí está en el pueblo. Se ha venido con nosotros, es soldado.

Probablemente fue Josefa quien exclamó: —¡Bendito sea Dios y alabado!, porque al transcurrir esta conversación, Juan estaba en estado de incredibilidad preguntándose, diciéndose y contestándose; “¿Qué lo que me pasa es un sueño? ¿Qué me habré vuelto loco? ¿No estaré en mis sentidos cabales?” No. Lo que me pasó en Zacualpan en esta mañana, lo que me dijeron fue falso; lo que me dice don Simón es cierto. Me dice que aquí está”.

Josefa expresó deseos de hablar o por lo menos ver a Manuel. Al pasar un oficial cerca de ellos, don Simón le preguntó que si conocía a Manuel Castañeda y en cuál cuartel se encontraba. El oficial apuntó hacia una pieza alta que estaba frente de ellos.

Josefa, entusiasmada, inmediatamente quiso verlo, pero don Simón le dijo:

—No niña, no conviene que tú vayas al cuartel.

Sin hacer caso de lo que don Simón advertía, Josefa agarró a su padre del brazo y con violencia y propósito se dirigieron al cuartel, donde preguntaron:

—¿Está por ahí Manuel Castañeda

—Aquí estoy, ¿quién me busca?

—¡Yo y mi padre, hermanito!, —le respondió Josefa

Sólo nos queda imaginar este reencuentro porque Juan no lo describe; simplemente alude al ánimo sereno y relajado de Manuel, cuyo primer comentario fue qué tan buen rifle tenía y cómo lo limpiaba. Al igual mencionó que tenía hambre y quería comer. Como genios de una lámpara mágica su padre y hermana le consiguieron la cena.

Durante la comida, Manuel explicó como llegó a ser del partido que estaba contra las fuerzas del Gobierno de Santa Anna. Los pronunciados llegaron a Temascaltepec, armaron a los vecinos, entre ellos estaba Manuel.

A diferencia de Manuel, entusiasmado por sus ideas revolucionarias, Juan tenía otras. La primera y más inmediata era extraerlo de las fuerzas militares para que no se sumara a la estadística de los muertos.

Lo primero que hizo fue ir a Temascaltepec por Josefa Jaimes, esposa de Manuel y a dejar a su hija Josefa con el padrino de su esposa Gabina.

Es preciso que haga una digresión para referirme al matrimonio del hijo mayor de Juan.

Josefa Jaimes, esposa de Manuel, era descendiente de irlandeses. Originalmente suponía que Manuel y Josefa contrajeron matrimonio en el año de 1860, pero ahora sé que Manuel, mi tatarabuelo nació en 1838, trabajaba como administrador de rentas en Temascaltepec en 1859 y ya tenía un hijo como de un año. Luego, deduzco que en realidad; Manuel y Josefa contrajeron matrimonio entre 1856 y 1857, cuando Manuel tendría dieciocho o diecinueve años. Hasta mayo de 2015 no he encontrado acta de nacimiento de Josefa Jaimes.

Si Manuel trabajaba y vivía con su familia en Temascaltepec, existe la posibilidad de que haya contraído matrimonio en esa localidad, donde los registros eclesiásticos se perdieron en la quema que los zapatistas hicieron durante la Revolución. Este hecho explica mi dificultad para encontrar su acta de matrimonio.

También ignoro el lugar y fecha de defunción de Manuel; sólo sé que Josefa permaneció viuda hasta que falleció en Zacualpan el 8 de abril 1903. El registro correspondiente dice que tenía cincuenta y tres, dato del que desconfío porque las actas fundadas en declaraciones de terceras personas en esos tiempos contenían errores de diferentes tipos, especialmente cronológicos. Si mi tatarabuela nació hacia 1840 y falleció a la edad de sesenta y cuatro, calculo que tendría dieciséis a diecisiete años cuando se casó con Manuel, edad propia para que una doncella contrajera matrimonio durante esa época.

Licenciado Amador Castañeda Jaimes 1902.  Foto cortesía Elena Laura Castañeda Islas

Licenciado Amador Castañeda Jaimes, nieto de Juan Castañeda,  1902. Foto cortesía Elena Laura Castañeda Islas

Dedicatoria Licenciado Amador Castañeda Jaimes, nieto de Juan Castañeda a su madre Josefa Jaimes septiembre 1902. Foto Cortesía Elena Laura Castañeda Islas.

Un dato interesante es que Manuel Castañeda, mi tatarabuelo paterno, fue medio hermano —aunque treinta años mayor— del doctor Gonzalo Castañeda Escobar. Este parentesco explica por qué el Doctor Gonzalo Castañeda Escobar fue tío del licenciado Amador Castañeda Jaimes, gobernador interino del Estado de Hidalgo en 1912, aunque ambos tenían casi la misma edad. Amador Castañeda fue hijo de Manuel Castañeda y Josefa Jaimes.

En 1902 el licenciado Amador Castañeda le envió una foto a su madre Josefa fechada ese mismo año, y los registros después de 1903 reconocen a Josefa ya difunta.

En sus memorias, Juan no mencionó que hubiera llevado consigo a Josefa, su nuera, pero sí que regresó por Texcaltitlán. Esta vez viajó con Josefa y con Romana, otra de las hijas de su primer matrimonio[3] quien entonces tenía trece años de edad.

Verifica la edad de Romana el siguiente episodio que Juan cuenta:

Cuando volví a Texcaltitlán con Josefa y mi hija Romana, ya la tropa se había ido a Sultepec, en la mañana de ese día. Luego nos pasamos en seguimiento de ella. En el punto nombrado la Boca del Viento se había quedado atrás Romana, y como gritaba una chachalaca tan fuertemente, y mi hija no las había oído gritar ni las conocía, ni sabía que existían tales aves, se espantó, y me grito:

—¡Padre!

Me volví a encontrarla y le pregunte qué sucedía, y me respondió:

—¿Qué no oye usted?

—No te espantes, en una chachalaca. ¿Tú qué pensabas que era?

—Yo pensé que era el diablo.

Nos reímos algo por la respuesta.

Al llegar a Sultepec Juan pidió a unas señoras alojamiento para sus hijas. No le negaron el favor, y con ese alivio, procedió en busca del general Santiago Tapia para suplicarle que le volviera su hijo Manuel pues en Texcaltitlán ya les habían ofrecido entregarlo a don Simón y a él, una vez que hubiera quien lo reemplazara.

No lo encontró donde se alojaba, pero al volver con sus hijas, María Josefa le preguntó:

—¿Usted no encontró al general?, yo hasta ya le hablé.

—¿Y lo paraste en la calle? Qué mal has hecho.

Josefa respondió que el general no era un déspota y que le dijo que les iba entregar a Manuel porque lo que prometía, lo cumplía.

Al siguiente día Juan buscó nuevamente al general. Le permitieron entrar a una pieza donde descansaba acostado. En esa situación, informal y relajada, Juan sentado y el General, acostado, hablaron sobre varios asuntos.

Pienso que el general interrogó a Juan con preguntas estratégicas sobre cómo la gente de ciertos pueblos visitaba a otros, para discernir la relación entre quienes eran liberales y quienes eran reaccionarios. Juan respondió al General todo lo que le preguntaba y ni siquiera tuvo que preguntar acerca de la liberación de su hijo Manuel.

Una vez más Juan regresó al siguiente día determinado a preguntarle sobre el asunto de su hijo y el siguiente intercambio ocurre entre Juan y el general Tapia:

Le dije que Manuel no era posible fuese soldado, que tenía madre y que la apreciaba como todo buen hijo. Era casado y no hacia mucho tiempo: y que si se había presentado a las filas de los liberales, era por el mucho entusiasmo que tenía en favor de la causa que defendían, y que prueba de ella era que [a] los reaccionarios les había tirado en la cara el fusil que le habían confiado. Tampoco había hecho caso perder su destino que tenía en la Administración de rentas de Temascaltepec, teniendo familia; por dos hombres.

Sobre esta presentación el general Tapia me pregunto y respondió:

—¿Por qué?

—Porque en los contrarios hay uno menor, y en los de usted uno más.

—Ojalá, señor, y así fueran siquiera cincuenta —positivamente fue su respuesta—. Pues mire usted, ya le oí a usted; ahora óigame usted. Déjemelo usted, lo veo contento, escribe bien, ha simpatizado con mis ayudantes, y Vesco lo ocupa en escribir. No le paga lo que debiera pagarle, porque los pronunciados estamos pobres. Cuando tenemos consideración a Manuel se le pasan dos y medio reales, mientras a mis soldados los conformo con uno y medio reales. Vesco (un ayudante) lo considera bien, duermen en una pieza, le ha regalado una grande zalea; tiene libertad para pasear, cuando no haya que escribir, y mis soldados todos quedan encuartelados. Déjemelo usted, puede hacer carrera, y pronto la causa que defendemos estoy seguro ha de triunfar. Ahora, si antes llega la muerte, ésta llega al soldado y al que no lo es.

Juan nos dice que durante las conversaciones que tuvo con el general Tapia, él le daba entender que tenía negocio en Taxco, pero Juan se hacia el desentendido. hasta que llegó el momento en que Juan le preguntó directamente:

—Señor General, dos veces me ha preguntado usted sobre si habrá un conducto para Taxco, eso me hace entender tener usted un negocio allí. Entrégueme a mi hijo y mande lo que guste, iré a Taxco. Positivamente tengo un negocio.

—Si usted tiene disposición de ir, venga usted a verme a las doce para entregarle una carta.

Juan regresó más tarde y el general Tapia le entregó una carta y le preguntó cuando regresaría con una respuesta. Juan le dijo:

—Dentro de ocho días.

—Pues bien, vuelva usted y le entregaré a Manuel.

Con adrenalina corriendo por sus venas Juan se puso de pie y con un saludo militar le dijo a Tapia:

—Señor general: Soy muy hombre y cuente con mi palabra, tengo honor y poseo la delicadeza. Solo que muera yo no volveré.

—Pues entonces tome este peso, los liberales estamos pobres, por eso no le doy más. Tenga cuidado.

La carta del general Tapia era para el general Peña.

Por lo que Juan narra en sus memorias se deduce la confianza que le inspiró al general Tapia, quien le regresó a su hijo Manuel antes de que cumpliera la promesa de entregar la carta. Juan dice “Llegamos a Zacualpan muy contentos y con razón: venía Manuel con nosotros”.

Al volver a Zacualpan Juan supo que la carta que Manuel le había enviado y que embargaron en Malinaltenango llegó cuando apenas habían andado tres leguas. Allí Manuel le contaba que había fallecido su hijo, el primer nieto de Juan. También supo que a su tío Marcelo lo reprendió su esposa por haberse precipitado en darle la infundada noticia de que Manuel había muerto.

Juan recibió visitas, a quienes les narró las aventuras y riesgos que él, su hija y sus familiares vivieron en el proceso de des enlistar a Manuel de la lucha armada. Allí lo enteraron de que Vitelo, un caudillo con fama de asesino, controlaba Taxco. Contra el consejo de varios familiares de que no viajara a Taxco a entregar la carta de la que era portador, Juan respondió que cumpliría con su promesa topara lo que topara.

Gabina le preguntó:

—¿Cuál es tu plan?

—Mañana saldremos de Tetipac para Taxco con mi canasta de mercería con el propósito de ir a pedirle al general Peña por un documento que me permita pasar con mi mercancía sin ser molestado a Iguala y otros pueblos.

Esto ocurrió probablemente en el segundo semestre de 1859. Para este entonces ya había nacido Feliz Bernardino, primogénito de Juan y Gabina.

Juan, con su canasta de mercería, llevando a su esposa Gabina montada en una yegua, quien cargaba a una criatura (Bernardino), salió de Zacualpan con el propósito de cumplir su promesa.

Al llegar a Tetipac notaron que Bernardino tenía calentura, motivo por la cual Gabina se quedó con sus familiares. Juan procedió a solas.

En su camino debió responder muchas preguntas, tales como: ¿De que partido es usted?, ¿A que viene y cual es su propósito? Siguiendo al pie de la letra el plan que había concebido, Juan fue consistente en sus respuestas: buscaba al señor general para pedirle un salvoconducto.

Finalmente llegó a la casa del general Peña, lo saludó, puso su canasta en el suelo y empezó a ofrecer su mercancía.

En medio de su actividad comercial, Juan deslizó la carta del general Tapia entre las páginas de un calendario del Negrito Poeta y se la ofreció al general Peña, quien entendió el ardid y se guardó la carta. Ante la presencia de terceros, el General le compró “algunas frioleras” y en lenguaje clandestino dijo a Juan que regresara a las dos de la tarde porque seguramente las señoras quisieran comprarle tijeras o agujas de las que ofrecía en venta.

Juan se presentó puntualmente a la cita. El general Peña lo recibió a solas y le entregó una carta de respuesta para el general Tapia. Aparte de unos detalles para asegurar su regreso, el negocio entre Juan y el general Peña había concluido.

Juan se reunió con su esposa en Tetipac. Bernardino había mejorado y al día siguiente regresaron a Zacualpan, de donde Juan partió camino a Sultepec.

En Sultepec, desde los altos de una casa, el general Tapia lo reconoció y lo llamó con aplausos.

—Mucho cuidado ha tenido por el tiempo que ha dilatado usted para volver.

—¿No dije a usted que solo que yo muriera no volvería?

—Si; pero mi cuidado ha sido no porque desconfiaba que no volvería, si no porque pensaba que no le hubiera sucedido alguna desgracia. Conque no la tuvo usted; viene usted con bien.

—Sí señor —le respondí—, no la tuve.

—Siéntese usted —me dijo, y comenzó a darle lectura a su carta, y cuando concluyo, me dio las gracias, y me encargó que cuando lo volviera a ver, en cualquier lugar, y aunque estuviera con personas de cualquiera clase que fueran, que le hablara, que no tuviera ninguna vergüenza de hablarle; que él apreciaba a las personas por su carácter [y] honradez, aunque sean pobres y no por que las acompañe la fortuna. Que desde la primera visita que tuve con él, le había yo simpatizado; y que cuando llegara la vez que nos volviéramos a ver, que era probable no me conociera; pero con que le dijera mi nombre y que era el padre de Manuel Castañeda, con eso bastaba, pues a Manuel, como lo había acompañado, lo conocía perfectamente.

Sacó de la bolsa dos pesos y me los dio, diciéndome.

—Esto es nomás para mostrarle mi gratitud, no es lo que vale el servicio que ha prestado a la justa causa que defendemos. Ese servicio vale mucho más; pero andamos muy pobres.

—Ahora, señor General, suplico a usted que haga otro nuevo favor, y es que mande usted un documento en que se sirva usted ordenar que a mi hijo Manuel no sea molestado por algún jefe de los liberales, creyendo que ha sido desertado, pues puede suceder que haya quien por tal, lo denunciare.

—Sí, con mucho gusto —me respondió, y mandó escribir un documento dictado por él, en que a los de su mando ordenaba, y a los que no estaban bajo sus órdenes suplicando que ni a Manuel ni a su padre Juan fueran molestados, que habían prestado servicios de consideración a la causa que defendían ellos.

Continuará…

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1] Aquellos que pronunciaron en favor del Plan de Ayutla

[2] Manuel Castañeda fue mi tatarabuelo.

[3]. La partida matrimonial del Dr. Reynaldo Escobar Castañeda con Guillermina Aldasoro dice que sus padres fueron Juan Escobar y Romana Castañeda. El Dr. Reynaldo Escobar Castañeda fue sobrino del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar porque Romana fue media hermana de Gonzalo veintidós años mayor.  Por otra parte, una persona llamada Juan Escobar fue testigo en el Registro Civil de nacimiento del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar.

Don Juan Francisco Castañeda Popoca 1816-1898, Parte I

La realidad de Don Juan

Don Juan Francisco Castañeda Popoca, 1816-1898

Don Juan Francisco Castañeda Popoca, 1816-1898, Cortesía Elena Laura Castañeda Islas

Muchos no saben quién fue Juan Francisco Castañeda Popoca, y menos, que él escribió un manuscrito hacia los últimos días de su larga vida.

Juan es un personaje más que significativo para mí en dos aspectos. En primer término, es mi re tatarabuelo[1] por línea directa, y en segundo porque sus memorias no sólo me han revelado muchos detalles sobre su propia vida,

Una Página manuscrito de Juan Castañeda. Cortesia Claudia Infante Castañeda

Una Página manuscrito de Juan Castañeda. Cortesia Claudia Infante Castañeda

sino también cómo coexistió al lado de sus contemporáneos durante el siglo XIX en Zacualpan, Estado de México, su tierra natal

.

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2012/10/12/titulos-linea-paterna-y-materna-12-octubre-2012/

Sin disminuir el valor de la primera razón, la segunda ─la crónica que hace sobre pasajes de su vida─ me da suficiente información para buscar documentos históricos que la pongan en contexto y de esta forma, ampliar el panorama para situar a numerosos ancestros Castañeda hasta el año 1750.

Mi encuentro con este manuscrito tiene su propia historia. ¿Fue este documento el que me salió al paso y me dio la pista para entender el universo de mis ancestros o fui yo quien lo halló? Por ahora dejaré de lado esa historia; lo importantees que así fue.

Para poner en perspectiva el valor de los detalles que se encuentran en el manuscrito de don Juan, puedo decir que la información que yo poseía sobre mi familia era tan limitada como una celda de prisión, pero como un libro derrumba los muros de la ignorancia, este documento me liberó de esas paredes para iluminar mi camino hacia un amplio horizonte de información detallada y hacia el conocimiento sobre mis orígenes.

Nacimiento de Juan

Juan nació el 20 de enero de 1816 y fue bautizado tres días después en la Parroquia del Real de Minas[2] de Zacualpan, Edo. De México. El párroco José De León lo bautizo con el nombre de Juan Francisco, mestizo del paraje al cual le llamaban Nacuachirrapa, hijo legítimo de Marcos Castañeda (Alejandro Marcos De Castañeda De Gama) y Antonia Popoca (María Josefa Antonia Popoca Sáez), vecinos de la Cuadrilla de Santiago[3].

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/09/16/los-padrones-de-la-inmaculada-concepcion-1834-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

A la hora de asentar las partidas de bautismo durante los siglos anteriores, los padres de la iglesia Católica abreviaban mucho. Este detalle se puede notar en el mismo nombre de Juan Francisco cuando a primera vista parece decir Juan Franco[4]. Sus padrinos fueron Juan Francisco Mazare y María Josefa Castañeda[5].

Los nombres de los padrinos han sido muy valiosos. Ayudan a triangular, verificar y solidificar muchas actas. En el caso del nombre de mi Tata Juan Francisco me pregunto; ¿habrá elegido Marcos, su padre, asignarle ese nombre en honor a su compadre? Pienso que sí.

httpsfamilysearch.orgpalMM9.3.1TH-1-14048-37630-95cc=1837908&wc=MGL1-YW5166998101,166998102,1671952011816 23 ene. reg. ec. bau. Juan Francisco Castañeda Popoca

Bautizo Juan Francisco Castañeda Popoca 23 enero 1816, https://familysearch.org

El matrimonio de Alejandro Marcos y María Antonia tuvo cuatro hijos. En orden de nacimiento ellos fueron: María Guadalupe 1808-1811, María Tomaza Eutimia 1810-    , Juan Francisco 1816-1898 y Felipe Neri 1820-1881. La información disponible hasta el día de hoy sobre estos cuatro hermanos nos dice que solamente Juan y Felipe tuvieron descendencia.

Existe la posibilidad de que Juan tuviera más hermanos, porque en 1880, cuando Juan y Gabina, su segunda esposa, estaban por realizar un viaje a Tetecala, Morelos, México, considerando la cercanía de Tetecala con Cuernavaca le pide a Gabina: “Llévame a ver a mi hermano y hermanas”.

Mientras no se encuentren más registros que demuestren que Alejandro Marcos y María Antonia tuvieron más hijos, permanecerá esta incógnita. Algo que también se puede considerar es que Juan se refería a quienes estimaba mucho como primos hermanos.

A los diez años de edad

El talento de Juan para escribir con fluidez se reveló desde su infancia. El primer indicio de esta habilidad surge cuando Juan tiene diez años. Nos dice que mientras él escribía su plana en el año de 1826, unos niños cortaban flores frente a la Hacienda Santa Ifigenia, donde una compañía Alemana beneficiaba metales. Su padre Alejandro operaba de azoguero y un don Gustavo Epstein era el administrador.

Entre las flores que cortaron se hallaba una con figura de una pequeña mazorca de maíz, como de dos pulgadas, del color de un colorín. Su padre Alejandro revisó esta extraña mazorquita, y como no pudo identificarla se la mostró a don Epstein. Don Epstein, de origen europeo, le dijo que esa planta, aunque no muy común en esa zona, crecía mucho en su tierra y que era venenosa, al punto de que en Italia muchos buscaban maneras de cómo dársela a sus enemigos.

Juan se refiere a esta hierba como la belladona. En el curso de su vida habría de tener otros encuentros con esta maligna flor.

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2012/11/18/haciendas-y-minas-de-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

A los diecisiete años de edad

En 1834, la Parroquia de Santa María Zacualpan, ahora conocida como la iglesia De La Inmaculada Concepción realizó un censo parroquial[6] que incluyó su cabecera, cuadrillas, barrios, rancherías, haciendas y pueblos bajo su tutela.

En la página diecisiete, referente a la cuadrilla[7] de Santiago se pueden ver los nombres de la familia Castañeda Popoca en el lugar número treinta y seis, la cual integraban Marcos Castañeda, cabeza del hogar, de 54 años; Josefa Popoca, dama del hogar, de 46, e hijos Juan y Felipe Castañeda de 17 y 14, respectivamente.

Las hijas mayores, hermanas de Juan no fueron registradas en estos censos. María Guadalupe había fallecido en 1811 y de María Tomaza Eutimia no se sabe si era difunta, había contraído matrimonio, o simplemente vivía en otro hogar.

Al revisar la página opuesta es posible ver con el número 26 los nombres de Julián Reynoso, 50 años de edad, Ma. Castañeda, 48; y Juana Reynoso, 22. El nombre completo de Ma. Castañeda era María Siriaca De Las Nieves. Ella fue hermana de Marcos Castañeda. Ambos, María Siriaca y Marcos, eran hijos legítimos del matrimonio de Nicolás De Castañeda y María Antonia De Gama.

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/11/20/jos-nicols-de-castaeda-n-____-m-1786/

A los diecisiete o dieciocho años de edad

Era un domingo, y al ver que los zapatos de su hijo estaban muy desgastados, Marcos le dio seis reales para que fuera a comprar un nuevo par. A pesar de que su padre era muy estricto, Juan se gastó el dinero en otra cosa. Al poco tiempo su padre lo vio sentado en las gradas del cementerio con los mismos zapatos. Le preguntó enérgicamente por qué no se había comprado unos nuevos.

Con timidez, Juan le dijo que los vendedores aún no habían entrado a la plaza.

── ¡Como de que no!, si los manojos yo he visto.

──Pero, no hay unos que me vengan.

──Venga usted conmigo, ¡Como de que no ha de haber un par que te vengan!

Tras comprar los zapatos, los cuales el padre tuvo que pagar a doble costo, Juan sintió dolor en una de sus orejas, hecho que explica cómo es posible llegar a tener orejas de burro.

Al llegar a casa Juan confesó cómo gasto esos seis reales. Muy bien podemos imaginar el castigo que habrá recibido.

Este episodio ocurrió cuando Juan tenía, según nos dice, diecisiete o dieciocho años. Lo interesante es que no solamente recibe un buen castigo a esta edad, sino que poco después, en noviembre de 1834, tres meses antes de cumplir diecinueve años, el mismo padre que corregía al hijo, le da permiso para contraer matrimonio.

¡Un adolescente que, por un lado recibe castigos, pero por otro es suficientemente adulto para poder contraer matrimonio!

A los diecinueve años de edad

Al principio de su manuscrito y con solamente catorce palabras en la primera oración, mi re tatarabuelo Juan me ayuda inmensamente cuando escribe:

“Mi primera mujer se llamaba Jesús, de la cuadrilla de Santiago (mi tierra natal)”.

Después de cuatro años de búsqueda, encontré tres valiosos datos: el registro matrimonial y las actas de matrimonio y velación de Juan y María De Jesús, su primera esposa.

La presentación de los contrayentes tomó lugar en el curato de Zacualpan el veinticuatro de octubre de 1834. Durante este evento se refieren a Juan Castañeda como soltero de dieciocho años de edad, hijo legitimo de Marcos Castañeda y María Antonia Popoca, y a María de Jesús, doncella de dieciséis años hija de padres no conocidos. Ambos originarios de la cuadrilla de Santiago.

El casamiento y velación tomo lugar en la sacristía de la parroquia de Zacualpan el seis de noviembre de 1834. Pedro Reynoso y María Sánchez fueron los padrinos.

Presentación e información matrimonial de los contrayentes Juan Francisco Castañeda Popoca y María De Jesús (padres no conocidos), 24 octubre 1834. Página 1,  https://familysearch.org/

 

Presentación e información matrimonial de los contrayentes Juan Francisco Castañeda Popoca y María De Jesús (padres no conocidos), 24 octubre 1834.  Página 2,  https://familysearch.org/

 

Matrimonio y velación de Juan Francisco Castañeda Popoca y María De Jesús (padres no conocidos) 6 noviembre 1834.https://familysearch.org/

Dato fascinante: Durante la presentación de los contrayentes, el infrascrito cura hace notar que el oficio de Juan es escribiente.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           Continuará

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1]. Cuarto abuelo.

[2]. Ahora conocida como la iglesia de La Inmaculada Concepción.

[3]. La cuadrilla de Santiago es un barrio que pertenece al municipio de Zacualpan, Edo. De México, Mex.

[4]. Una representación tipográfica de la palabra manuscrita sería ésta: Franco.

[5]. Se ignora su parentesco a Juan.

[6]. Ver blog previamente mencionado sobre los padrones de Zacualpan

[7]. El término “cuadrilla” equivale a lo que ahora se conoce como barrio en Zacualpan.

Una historia de vida se escribe día con día

Dr. Luis Camilo Ríos Castañeda, 1959 al presente

Luis Camilo Ríos Castañeda es familiar nuestro. Hijo de Celia Castañeda Hidalgo, nieto de Víctor Castañeda Hernández, bisnieto de Justiniano Castañeda Jaimes, tataranieto de Manuel Castañeda Ríos y chozno de don Juan Castañeda Popoca, tronco familiar del que descendemos. Nació en 1959. Es, por tanto, nuestro contemporáneo y no un ancestro.

¿Por qué, entonces, ancestroscastaneda publica un artículo sobre Luis Camilo? Para celebrar en familia los más recientes reconocimientos que ha acumulado en su fructífera trayectoria. Por la simple satisfacción que sentimos en reconocerlo.

La ficha que aparece en la tercera edición del Diccionario Castañeda sobre Luis Camilo, —ingeniero químico, farmacólogo y neurólogo—, alcanzó a informar que mereció el premio Doctor Manuel Velasco Suárez 2013 al Mérito en Neurología y Neurocirugía, por su destacada trayectoria en el área de las neurociencias. A ese premio le han seguido nuevas distinciones:

 

El doctor Luis Camilo Ríos Castañeda, profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), recibió el Premio Doctor Manuel Velasco Suárez 2013 – Ver más en: http://campusmexico.mx/2013/04/25/doctor-manuel-velasco-premiado-por-la-uam/#sthash.TDArDBlQ.dpuf

En 2013 ingresó a la Academia Nacional de Medicina de México como académico en el área de Bioquímica.

En octubre del año pasado obtuvo el Premio Hidalgo en Ciencia, Tecnología e Innovación 2014 en la categoría Investigación Científica, con el informe científico Tecnología para recolectar células dañadas después de contusiones. El de Luis Camilo fue uno de los 52 proyectos participantes en ese concurso.

Dr. Luis Camilo Ríos Castañeda ante la asamblea.  Foto adquirida en: énfasis, el centro de la noticia, Hidalgo.

El Gobernador del Estado de Hidalgo, Lic. Francisco Olvera, entregó en la misma ceremonia reconocimientos a Luis Camilo Ríos Castañeda, a Daniel Robles Camarillo, a Héctor Enrico y a Marco Antonio Escamilla Acosta por sus aportaciones a la investigación científica, innovación y al desarrollo tecnológico.

Premio Hidalgo 2014

Los premiados.  Foto adquirida en: énfasis, el centro de la noticia, Hidalgo.

Hay una breve reseña del acto de premiación en el siguiente enlace:

http://www.revistaenfasis.com.mx/2014/10/24/entregan-premio-hidalgo-2014-a-investigaci%C3%B3n-cient%C3%ADfica/

El artículo señala que en Hidalgo ha crecido el rubro de la investigación científica, y que los galardonados son claro ejemplo de las posibilidades que ofrece la innovación local en un mundo globalizado para atender problemas sociales.

El perfil profesional más completo de Luis Camilo Ríos Castañeda lo elaboró en 2011 Olivia Soria Arteche, integrante de la División de Ciencias Biológicas y de la Salud de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, cuando Luis Camilo se hizo acreedor del Premio Nacional de Química Andrés Manuel del Río 2011 en Investigación. A continuación lo reproducimos:

El doctor Ríos Ríos nació en la Ciudad de Pachuca, Hidalgo, el 25 de Agosto de 1959. Se tituló como Químico, con Mención honorífica, en la Facultad de Química de la Universidad Nacional Autónoma de México en 1983. Después de cursar la Especialidad en Estadística Aplicada en el Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas de la propia Universidad, el doctor Ríos realizó los estudios de maestría en Investigación Biomédica Básica, bajo la tutoría del Dr. Ricardo Tapia. En 1994 obtuvo el doctorado en Ciencias en la Especialidad de Farmacología, en el CINVESTAV, bajo la tutoría del Dr. Alonso Fernández-Guasti.

Como docente e investigador, el doctor Ríos ha realizado su labor en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, donde ha sido Profesor Titular “C” desde 1989 y en el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía como Investigador, Jefe del Departamento de Neuroquímica (1990-2011) y Director de Investigación (2000-2003).

El trabajo de investigación científica del Dr. Ríos se refleja en los más de 170 artículos publicados en revistas científicas internacionales y los cuales han recibido más de 2,500 citas. El doctor Ríos es Investigador Nacional Nivel 3, del Sistema Nacional de Investigadores desde 2005.

Ha sido miembro del Comité Editorial de las revistas Toxicology Letters y de la Revista Mexicana de Ciencias Farmacéuticas y es Co-Editor de la Revista de Investigación Clínica , órgano oficial de los Institutos Nacionales de Salud de México. Ha sido miembro de las comisiones de proyectos científicos y de evaluación del Sistema Nacional de Investigadores del CoNaCyT.

La investigación del doctor Ríos ha sido pionera en el estudio de la Química del cerebro en nuestro país. Está centrada en la búsqueda de los mecanismos de daño neuronal por metales y radicales libres, y ha logrado la aplicación de conocimiento en bien de la salud a través del desarrollo de nuevas terapias y acciones de prevención que han beneficiado a miles de personas. Un ejemplo de esto es la Norma Oficial Mexicana que regula las concentraciones de plomo en sangre de los niños, en cuya elaboración participó el doctor Ríos. En fechas recientes el doctor Ríos y su grupo de trabajo encontraron el efecto dañino del manganeso sobre el coeficiente intelectual de niños expuestos ambientalmente a este metal. Asimismo, desarrollaron la aplicación de un fármaco como antídoto contra la intoxicación por Talio, un elemento químico con potencial neurotóxico utilizado para la guerra química. Como resultado de este desarrollo, el Instituto Mexicano de Protección Industrial de México les otorgó la patente para este producto.

Gracias a sus investigaciones sobre los mecanismos de daño cerebral por radicales libres, el doctor Ríos ha desarrollado un fármaco neuroprotector que ha sido empleado con éxito en pacientes con infarto cerebral. Con este descubrimiento se podrá reducir el daño neuronal y la discapacidad física asociada con este padecimiento, la tercera causa de muerte y la primera de discapacidad en el mundo. Para proseguir con este desarrollo, el doctor Ríos ha recibido el registro oficial de la Secretaria de Salud para el uso del medicamento (NeuroProd®) y actualmente ha registrado un ensayo clínico fase 3 para el medicamento. El doctor Ríos es titular de ocho patentes nacionales y dos internacionales. Una de estas se encuentra licenciada para su aprovechamiento comercial a una empresa farmacéutica nacional (NeuroProd®)

Bajo la dirección del doctor Ríos se han graduado 16 maestros y 17 doctores en Ciencias en los diversos programas de posgrado de excelencia de la Universidad Autónoma Metropolitana, de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Centro de Investigación y Estudios Avanzados.

Tres de estas tesis han sido premiadas como “Mejor Tesis de Doctorado” por los Institutos Nacionales de Salud, en los años 2005, 2008 y 2009.

En reconocimiento a su labor científica, el doctor Ríos ha sido acreedor de diversos premios nacionales e internacionales de investigación, como el Premio Gen (en dos ocasiones), el Premio Glaxo-Wellcome (en dos ocasiones), el Premio de la Coordinación de los Institutos Nacionales de Salud (en cuatro ocasiones), así como el Premio de la Western Pharmacology Society. En esta ocasión, por su trayectoria y aportaciones a la investigación científica, se hizo merecedor al Premio Nacional de Química “Andrés Manuel del Rio” 2011 que otorga la Sociedad Química de México.

Fuente: Bol. Soc. Quím. Mex. 2011, 5(2-3), 46. © 2011, Sociedad Química de México. ISSN 1870-1809

¿Cómo es posible acumular tantos conocimientos y ganar tal número de distinciones? Mediante la constancia. Luis Camilo asiste cotidianamente a su trabajo: ingresa al laboratorio, donde sus proyectos de investigación progresan metódicamente; da clases o dirige a otros investigadores. Eso explica que bajo su dirección 33 científicos jóvenes de tres instituciones distintas hayan obtenido grados de Maestría y Doctorado y que tres de ellos recibieran un reconocimiento especial a la calidad de sus tesis de doctorado.

La suya es una vida profesional dedicada a la Ciencia. No nos cabe la menor duda de que Luis Camilo seguirá cosechando premios y distinciones en el futuro; de que seguirá dando lustre a su historia.

 

Rafael Rodríguez Castañeda

Edición; Ricardo Castañeda Guzmán

Gracias a ustedes, aquí los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 9.900 veces en 2014. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 4 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

Felipa Laura Luna Castañeda 1942-2014

La conocí para nunca olvidarla

Fue el 25 de septiembre de 2011 cuando por primera vez la saludé. Ese día no solo tuve el privilegio de conocer a una persona sino a una pariente que llegó a incrustarse en mi corazón durante los siguientes tres años. Puedo marcar la fecha porque nuestra familia, una de las ramas Castañeda, se reunió en Pachuca, Hidalgo, México. Laura hizo el viaje desde la ciudad de México, junto con su media hermana Elza[1] y otros familiares, para estar presente en este primer evento familiar.

Conforme el festejo se desarrollaba, muchos hacíamos rondas de mesa a mesa para presentarnos e identificarnos entre sí de manera apropiada. Una vez situados conforme nuestro linaje, Laura y yo nos situamos en una de las mesas que agrupó a la descendencia del licenciado Amador Castañeda Jaimes, mi bisabuelo. Laura y yo empezamos a conversar y definir nuestro propio nicho personal dentro de este núcleo.

Con la extensa familia agrupada por descendencia y elección personal, ella y yo platicamos e intercambiamos datos personales como si los dos hubiéramos llegado de diferentes planetas, pues hasta entonces nos conocimos. Dentro de la conversación, llegamos a entender que ella era prima hermana de mi padre Alberto Castañeda Bárcenas.

El momento más vívido dentro de nuestra plática ocurrió cuando le enseñé un cuaderno verde de tres anillos que yo había preparado para tener a la mano información sobre la familia en caso de que alguien me preguntara algo. Laura demostró interés, no por lo que escribí sino por los datos que el cuaderno contenía, y algo me impulsó a obsequiárselo. Lo aceptó después de vencer su resistencia inicial. Durante el resto del festejo la observé en varias ocasiones. Guardaba el cuaderno muy cerca de sí, a veces entre los brazos, como si fuese su hijo. Este comportamiento me reveló que adoraba el concepto de su familia.

Felipa Laura (“Chiquis”) Luna (Moon) Castañeda [2]

Según su propia versión y la del resto de la familia, Laura nació el 26 de mayo 1942 en Pachuca, Hidalgo. Hija de Aurelio Luna Hernández y Laura Soledad Castañeda Islas. Aún no he hallado el registro civil de su nacimiento ni su acta de bautizo, pero encontré el acta de defunción de su madre, la cual ayuda a verificar su fecha de nacimiento. La llamaron Felipa, como su bisabuela materna, y Laura, como su madre.

Laura Soledad Castañeda Islas, 1918-1942

Laura Soledad Castañeda Islas, 1918-1942, madre de Laura Elena y Elsa.

Trágicamente a la edad de veinticuatro años, Laura Soledad Castañeda Islas de Luna falleció el 26 de mayo de 1942 a las 22:45 horas en el hospital civil debido a una hemorragia puerperal. El acta refiere a Laura Soledad de Luna como casada e hija del licenciado Amador Castañeda Jaimes y Francisca Islas Montaño, viuda de Castañeda[3].

Conforme Laura Soledad sangró hacia la muerte y el padre caminó hacia su libertad, las medias hermanas huérfanas quedan separadas, a cargo de dos tías. Elena Laura se hizo cargo de Laura, y Esperanza María se ocupó de Elza. Ambas tías eran hermanas de Laura Soledad.

Elena Laura se separa de su esposo y se ve en necesidad de trabajar para sostener a sus propios hijos. Hay indicios de que Laura haya quedado a cargo de varios parientes, inclusive su padre. Finalmente Laura se cría con Francisca Montaño, su abuela, junto con Elza Rico Castañeda, su media hermana, y Roberto y Magda, sus primos hermanos, hijos de Elena Laura. Laura llegó a casa de Francisca cuando Elza, tres años mayor, ya estaba al cuidado de Francisca. No habrán permanecido mucho tiempo bajo el techo de su abuela porque falleció en 1950.

Con este tercer duro golpe que la vida le asestó antes que cumpliera ocho años, vinieron una serie de mudanzas de casa a casa. Si primero fue cuando su madre falleció y el segundo cuando el padre se liberó de la responsabilidad de criarla, el tercero ocurrió cuando su abuela falleció de cáncer.

Laura Luna y abuela Francisca Montaño Vda. de Castañeda

Laura Luna y abuela Francisca Islas Montaño Vda. de Castañeda

 

Laura Luna circa 4 años de edad.

Laura Luna circa 4 años de edad.

Progreso de nuestra relación

Como todo en la vida que tiene la costumbre de llegar a un final, así también término nuestra asamblea. Después de numerosos despidos y al cerrar las puertas, el salón quedo vacío y silencioso, pero dentro de unos de nosotros, aún resonaba el eco de querer saber más sobre la familia.

Conforme las búsquedas progresaron, Laura empezó a participar y aplicarse a esta tarea con mucho interés y energía. Desde el principio observé que; aparte de su teléfono celular, Laura no poseía aparatos tecnológicos, como computadoras, impresoras, Internet, wi-fi, y menos saber cómo operarlos.

Aún así, la luchadora y buscadora que ella era, le ayudo a encontrar maneras de cómo enviarme datos, fotos e historias de la familia. Aunque algunos envíos eran muy básicos, digamos, en forma de un dibujo o algo escrito en papel, estos fueron traspasados por familiares, amistades, vecinos y compañeros de trabajo, los cuales la querían mucho y hacían todo lo posible por ayudarla.

Aparte de otros miembros de la familia que también han contribuido y lo siguen haciendo, la colaboración de Laura fue esencial para saber más sobre la vida del Licenciado Amador Castañeda Jaimes, ex-gobernador interino del estado de Hidalgo en 1912, y su familia.

Nuestra propia relación la realizamos mediante llamadas telefónicas de larga distancia. Cuando dejábamos a un lado los temas de la investigación familiar, hablábamos de salud, gustos, trabajo, países, etc., etc. Todo dentro de una plática normal.

Siempre lista para ayudar

Por diseño natural ella siempre estaba lista para ayudar a su prójimo. El 29 de junio de 2012, mientras yo conducía unas tareas en casa, recibí el siguiente email por parte ella. Este email, el cual aún lo tengo en mis bancos de correos electrónicos dice lo siguiente:

“Hola Richard:

Espero estes bien.

Me gustararía saber si me puedes marcar a cualquiera de mis números, me URGE COMUNICARME contigo.

GRacias.

P.D. Te encuentras en México o en E.U.A. ?”

Con signos de interrogación en mi mente le marqué solo para saber que unos infames le demandaban una cantidad monetaria a cambio de mi libertad. Según entendió, le dijeron que me tenían secuestrado. En consecuencia, Laura comenzó frenéticamente a tratar de acumular el dinero y la manera de resolver la situación para satisfacer la demanda. Con buena suerte el resto de la familia le ayudó a comprender la falsedad de la noticia, que era un intento de extorsión de unos gusanos. Menciono este detalle para ilustrar la dedicación y lo preparada que ella estaba para hacer algo por los miembros de su familia.

Las tristes noticias

Fue el 22 de diciembre de 2014 cuando recibí una inesperada llamada telefónica de mi prima Laura Elena Fernández Mendoza en la cual ella tenía dificultades en expresarme unas noticias. Inmediatamente supe que algo estaba mal, pero nunca pensé que se refiriera a Laura “Moon”.

Ya compuesta, Laura Elena me pudo decir que Laura había fallecido, después de sufrir un desmayo, uno de los múltiples que siempre plagaron su vida debido a la baja presión.

Al expresar mutuamente nuestros sentimientos decidimos que sería digno reconocerla. Es por ello que le dedico este blog, junto con otros testimonios de quienes la quisimos, y la cronología de eventos en su vida.

Laura Luna, asamblea Castañeda 2012

Laura Luna, asamblea Castañeda 2012

Ricardo Castañeda Guzmán

 

Laura Luna Castañeda 1942-2014

Laura, luna cercana, luna distante

A Elizabeth y Guillermina, próximas a Laura,
cuyo corazón amaban y comprendían.

Le gustaba que la llamaran «Laura Moon». Así afirmaba su condición satelital respecto de su familia y del mundo. Como la luna, siempre se mantuvo cerca, aunque algo le impidiera integrarse plenamente. Como luna que muestra a la Tierra el mismo rostro, Laura enseñó su cara alegre y ocultó su tristeza original. El destino la marcó el día que comenzaron al mismo tiempo su vida y su orfandad: la madre murió tras el alumbramiento; el padre se desentendió de ella.

Desde que fue bebé rodó adonde le daban cobijo. De casa de una tía a la casa de otra iban Laura y su maletita. Durante su segunda niñez la crió su abuela Francisca, donde diluyó su condición de huérfana en compañía de Elza Rico Castañeda, su hermana materna, y de Roberto y Magda, sus primos. Pachita cuidó a sus cuatro nietos hasta que se le acabó la vida. Los primos emigraron a la Capital con Elena su madre, quien también llevó consigo a Elza. A Laura la dejaron en Pachuca.

Quedó al cuidado de sus tíos abuelos. Tayde, una de las hermanas de Pachita, enviudó poco después porque a Ignacio Arteaga, barretero jubilado, finalmente lo mató la silicosis, y Tayde se mudó con Laura a un departamento de la colonia Clavería, en la Ciudad de México, donde vivió con su hermana María.

Tayde tenía derecho a la añoranza, así que de vez en cuando viajaba a Real del Monte. Allí estuvo la casa en que tantos años vivió con Nacho. En uno de esos viajes cayó de una escalera y no sobrevivió. El departamento de la colonia Clavería lo heredó Elza, quien se hizo cargo de su hermana. Laura era ya una quinceañera.

Gracias a sus estudios secretariales Laura siguió el camino laboral de su hermana y sus tías. Elza, además, fue su compañera de empleo. Cuando Elza casó, Laura permaneció a su lado, de tal forma que conforme fueron naciendo, convivió con Arturo Eugenio, Elizabeth, Guillermina y Eréndira. Sus sobrinos fueron como sus hijos. Fueron además sus cómplices y compañeros de juegos.

1959 Laura Luna Certificado

1959 Laura Luna Certificado

“Mi mamá y mi tía Laura eran diferentes —dice Elizabeth—. Mi mamá, muy seria, muy tranquila. Vivimos juntas. Cuando salíamos a pasear mi tía Laura se volvía una de nosotros. Los domingos, por ejemplo, íbamos a Chapultepec. Mi mamá siempre se quedaba sentada, cuidándonos, y mi tía corría, brincaba, saltaba; se reía, jugaba al balón como niña. Siempre como muy contenta, muy entusiasta”.

“Como muy contenta”, como luna que esconde otro lado. Ajena desde el nacimiento al hogar que la recibía, Laura aprendió a granjearse el cariño de sus huéspedes. Esa circunstancia se repitió tantas veces que sometió su autoestima a la costumbre de servir, de darse a los demás a cambio de ser aceptada.

Conforme se hizo adulta, Laura pensó emanciparse, tener una casa y una familia estable, mas en el plano profundo no sólo buscaba un esposo; requería, además, una figura paterna. Al casarse con Sergio Ruiz, veinte años mayor que ella, tuvo casa propia y al año siguiente, descendencia: nació Aurelio Héctor, pero el matrimonio no prosperó, acabó la fugaz independencia y Laura volvió con Héctor a la casa de Elsa y sus sobrinos.

Laura atendía con igual cuidado materno a Héctor que a Guillermina y a Eréndira —Arturo y Elizabeth, los mayores, vivieron seis años con su padre—, los mimaba, les compraba juguetes, chucherías y baratijas de moda. Quizás los quisiera igual, pero era evidente que prefería a su sobrina menor.

“Mi hermana Ere era su adoración y no le importaba hacerlo patente —dice Guillermina—. A mí no me llevaba de paseo; a Ere sí. Decía cualquier cosa, lo que fuera, pero era muy contundente que Ere era su consentida. Todos los días le llevaba Chiccos —unos chocolates que ya no existen—, y a mi hermana Ere le encantaban”.

Es preciso destacar esta predilección para comprender el dolor que le causó la muerte de Eréndira cuando apenas tenía nueve años. De hecho fueron dos madres quienes perdieron a la misma hija: Elza y Laura.

Después de esa tragedia, Laura siguió deseando una familia y una casa, y en el segundo intento, un recóndito afán compensatorio la indujo a contraer nupcias con alguien que equivaliera a una figura filial. Jesús Rodríguez, veinte años menor, mostró tal disposición y generosidad al casarse con ella que dio su apellido a Aurelio Héctor. Laura tuvo por segunda vez casa aparte. Al año siguiente nació Jorge Armando, su segundo hijo.

Laura reanudó su vida laboral, pero se le hacía difícil el cuidado de Jorge Armando, y para aligerar su carga doméstica, confió el cuidado de Héctor a la familia de Jorge, su primo, hijo de su tío Fermín Jorge Castañeda.

La relación con Jesús era conflictiva. Constantemente se peleaban. Laura volvió entonces a la casa de Elza. “Mi mamá y mi tía compartían la maternidad para con nosotros —recuerda Guillermina—. Mi mamá era responsable, seria, y mi tía, consentidora, simpática con nosotros, como más niña. Nos consentía mucho, nos compraba cosas que nos gustaban. Sabía muy bien qué querían los niños. Podía gastar su sueldo en una noche o en dos días. Compraba, por ejemplo, unos dijes coleccionables que estaban de moda en ese momento. Cada semana salía uno diferente, entonces iba comprando la manzanita, el angelito o la estrella e íbamos rellenando unas gargantillas con esos dijes. Algo que recuerdo con mucho gusto fue que nos compró unas sombrillas transparentes en forma de hongo que eran distintas de las sombrillas normales, para la lluvia.

De repente, también podía ser impredecible. “Todos los 15 de septiembre llegaba con su bolsa de cohetes, y mi mamá se enojaba porque decía que eran peligrosos. —No le digan a su mamá pero les traje cohetes. Ese era el tipo de cosas que nos acercaba mucho a ella, su vitalidad, su capacidad de adaptarse.

Así transcurrió aproximadamente un decenio.

Laura, secretaria: Ganaba bien, pero siempre andaba con problemas económicos. Gastaba toda la quincena en dos días y al tercero, pedía prestado a Elza para los pasajes. —¡Cómo que para los pasajes! ¿Otra vez, Laura?, si cobraste hace tres días… No era previsora, pero no se le cerraba el mundo y se arreglaba muy bien. Le gustaba vestir bien y admiraba que la gente estuviera bien vestida. Le buscaba por mil lados y era feliz si se compraba unos zapatos o una playera en diez pesos. Se compraba pelucas.

Luna familiar: Según la recuerda Guillermina, Laura siempre luchó por tener un lugar estable dónde vivir y por pertenecer a una familia. Quería recibir afecto, pero no sabía cómo. No se sentía merecedora de él y le costaba trabajo que la gente le mostrara consideraciones. No las recibía tan fácilmente, se sentía incómoda.

“Para ella era fácil atender, pero no recibir atenciones tales como «A ver, yo te sirvo la comida». Le daba mucho gusto regalar. Si recibía un regalo, lo aceptaba, pero no atenciones. Era como si dijera «yo estoy para ayudar y ver las necesidades de otros, pero las mías no importan». Lo dijo varias veces: « Si yo me siento mal, con no poner atención se me quita».

“Pero de una manera velada había un reclamo —no muy claro, tampoco—, una clara mención de que eso era algo muy ansiado por ella, difícil de atender”. Por otra parte, no era fácil compartir con ella la vida cotidiana. En ocasiones Laura era complicada, dominante e intrusiva.

En medio de su ambivalencia hacia la familia, Laura y Jesús se reconciliaron. Probaron vivir juntos otra vez, pero nuevamente surgió el sino amargo y trágico de Laura para someterlos a una dura prueba: Jorge Armando, quien desde su nacimiento había padecido asma, a los catorce años sufrió una crisis que ameritó hospitalización. El asunto no parecía grave y llegó a internarse por su propio pie, pero una medicación errónea le produjo la muerte.

El golpe fue devastador para Laura y para el matrimonio. Jesús se fue de la ciudad. Laura nuevamente fue acogida en casa de Elza y sus sobrinos.

“Ya no quiero querer a nadie más, porque la gente a la que quiero se muere” —dijo, como si un poder siniestro condenara a sus seres cercanos, comenzando por Laura Soledad, de quien ni siquiera tuvo oportunidad de ser amamantada.

Pensaba y sentía en términos visuales. Si le dolía mucho la pérdida de alguien, Laura olvidaba el rostro, a pesar de haberlo idolatrado. “Ya no me acuerdo de la cara de Eréndira, de Jorge Armando, ni tampoco de Jorge el Griego” —jefe de su último trabajo asalariado—. Bloquear imágenes significaba disminuir, así fuera parcialmente, el dolor que sentía cuando se acordaba de los seres queridos y perdidos para siempre.

Para conservar la memoria icónica, empezó a recuperar fotos y a fotografiar la gente que quería. En su celular conservaba una imagen de Jorge Armando.

Vivía aún el duelo de Jorge Armando cuando debió afrontar nuevos cambios en su vida: cuarenta días después de la muerte de su hijo menor se casó Héctor. Laura pretendió vivir cerca de la pareja recién formada, mas el aspecto dominante de su carácter produjo el efecto contrario.

Laura Luna e hijo Aurelio Héctor, 2014

Laura Luna e hijo Aurelio Héctor, 2014

Optó entonces por vivir sola y alquiló un departamento, experiencia que la sometió a otro aprendizaje que también resultó conflictivo: el trato con caseros y vecinos. En un tiempo relativamente corto debió cambiar de residencia. Desde entonces se mudó alrededor de diez veces. Sus departamentos tenían cada vez menos servicios o eran más chicos y eso le disgustaba.

Cada mudanza le costaba trabajo. Detestaba los cambios, pero sus problemas económicos y personales finalmente la obligaban. El trabajo físico y emocional de dejar una casa le pesaba en proporción inversa al entusiasmo que sentía por habilitar y decorar la siguiente. En ese sentido era muy optimista.

Vivió de manera independiente a pesar de que sufría en soledad. Evitar estar sola. En los fines de semana salía de casa. Si no visitaba a Elsa y a sus sobrinas en Cuernavaca, iba a Ciudad Satélite con su tía Elena y sus primas, o donde tuviera parientes. Aun a sabiendas de no estar en familia, se adaptaba y bromeaba.

En la última etapa de su vida se mantuvo a sí misma, pero había indicios de que no lo podría hacer por mucho tiempo. Supo que padecía glaucoma y sintió cómo avanzaba la enfermedad. Dejó de salir de noche. En su departamento caminaba a la luz de una lamparita, o apoyada de las paredes. Su fuerza disminuía y Laura lo sabía. Olvidaba el nombre de los objetos de uso común. Aumentaron sus temores. Sabía que resistiría las enfermedades, pero no las pérdidas. Consideró que no toleraría una pérdida más, la separación definitiva o la muerte de alguno de sus familiares cercanos.

Educada en atención de otros y no de ser atendida, no quiso depender de nadie. La conciencia de que no podría trabajar y mantenerse a sí misma la indujo a no llegar a ese punto y a finales de 2014 su corazón se encargó de precipitar el final.

Rafael Rodríguez Castañeda

Laura, la Chiquis, Moon

Ericka, Laura Elena y Magda

Fuiste una mujer con virtudes y defectos como todo ser humano. Fuiste una mujer sufrida desde tu nacimiento, pero también fuiste valerosa porque siempre te enfrentaste a las adversidades de la vida y seguiste siempre adelante.

Un ser humano que supo conservar sus amistades a través de los años. Por eso tu funeral fue tan concurrido de todos nosotros, que te queremos y que quisimos despedirte.

Fuiste una mujer tenaz, luchona, muy trabajadora, industriosa y servicial.

Tu mejor virtud fue ser dadivosa, ya que diste de ti para con todos a quienes podías ayudar. Ayudabas incondicionalmente.

Siempre estarás en nuestro corazón y ya te extrañamos.

¡Nos vemos en la resurrección!

Buscaba el bienestar de los demás

Elizabeth Barrera Rico

Laura, la mujer que no tuvo infancia —le decíamos. O tal vez la disfrutó tanto que nunca la dejó del todo. Disfrutaba como una niña las cosas simples de la vida. Gozaba jugar, ver películas de comedia; sobre todo reír. Reía junto con todos y cuando todos terminábamos de reír, ella seguía riendo y con sus carcajadas contagiaba a los demás, que volvían a reír junto con ella.

Era incansable. Una persona siempre dispuesta a echar la mano. Buscaba en todo momento procurar el bienestar de los demás a su alrededor aun a costa del bienestar propio.

Mi mamá postiza, presente en todas las etapas de mi vida. Y no solo conmigo: después, con mis hijas y mis nietas. Sé del amor que me tenía y demostraba en cada acción.

Tía Laura, gracias. Te quiero mucho.

Siempre mi compañera en las alegrías y en las penas

Elza Rico Castañeda

Laura, mi hermana menor, pero siempre mi compañera. Primero de juegos, de travesuras, de aventuras, y luego mi compañera inseparable de vida. A mi lado en las alegrías, en las celebraciones, igual que en las penas y las desgracias. Atenta a mis necesidades, deseos y sueños. Cómplice completa de mi vida.

Tu presencia inundaba mi vida de tranquilidad, seguridad y confianza. No sé cómo hubiera sido mi vida sin ti. Sé que contigo, mi vida a tu lado fue más divertida, sencilla y feliz. Agradezco tu presencia, apoyo y compañía. Laura, gracias por todo.

 

Laura Luna Cronología

1942, 26 Mayo Nace en Pachuca, y horas después muere Laura Soledad Castañeda, su madre, de hemorragia puerperal.

1942—1950 Tras la muerte de Laura Soledad, las medias hermanas huérfanas quedan separadas, a cargo de dos tías. Elena se hizo cargo de Laura, y Esperanza se ocupó de Elza.

1944—1950 Elena se separa de su esposo y se ve en necesidad de trabajar para sostener a sus hijos. Hay indicios de que Laura haya quedado a cargo de varios parientes, inclusive su padre. Finalmente Laura se cría con Francisca Montaño, su abuela, junto con Elza Rico Castañeda, su media hermana, más Roberto y Magda, sus primos. Elsa había estado a cargo de la abuela, probablemente, desde que Laura Soledad casó con Aurelio Luna.

1949 Dos accidentes pusieron en peligro la vida de los cuatro niños. El primero fue la explosión de un tanque de gas, ocasionada por el choque de un camión repartidor de cilindros contra uno de los pilares de la casa. El segundo fue la inundación del 24 de junio, a causa del desbordamiento del río de las Avenidas sobre las calles aledañas. Hidalgo, la calle de la casa abolengo, colindaba con el río.

1950 23 Ago. Muere Francisca Montaño. Elza, Roberto y Magda van a vivir a México, con Elena, Esperanza y Oscar Castañeda Islas. A Laura la recogen Ignacio Arteaga y Tayde Montaño, hermana de Francisca. A la muerte de Ignacio, minero jubilado, Tayde se muda con su hermana María a México, a la calle de Cairo, colonia Clavería, y lleva consigo a Laura.

1956—57 Elza y Laura van a vivir con su tía Elena y sus primos. Elza, tres años mayor, es en cierta medida responsable de cuidar a su hermana.

1959, 30 Nov. Concluye la primaria en la Escuela Casa Amiga de la Obrera.

1961, tal vez Casamiento de Elza Rico con Eugenio Barrera.

1961, 5 Dic. Nacimiento de Arturo Eugenio Barrera Rico.

1962, 7 Nov. Nacimiento de Elizabeth Barrera Rico.

1964, 25 Jun. Nacimiento de Guillermina Barrera Rico.

1967 28 Ene. Nacimiento de Eréndira Barrera Rico.

1968, tal vez Casamiento con Sergio Ruiz, veinte años mayor que Laura.

1969, 18 Abr. Nacimiento de Aurelio Héctor, hijo de Laura y de Sergio Ruiz. Separación de Sergio. Laura y Aurelio Héctor se van a vivir con Elsa, en Cairo, col. Clavería.

1968 ó 1969 Arturo y Elizabeth van a vivir con su padre.

1974 ó 1975 Arturo y Elizabeth regresan a casa de Elsa, su madre. Convivencia y trato frecuente de Laura con sus cuatro sobrinos.

Elsa y Laura trabajan en la misma empresa, llamada Secretarias Temporales. Salen de casa y regresan juntas. Permanecen allí muchos años, hasta el cierre la empresa.

1976, 31 Mar. Muerte de Eréndira Barrera Rico, su sobrina consentida.

1977 o 1978 Casamiento con Jesús Rodríguez, veinte años menor que Laura.

1979, 8 Oct. Nacimiento de Jorge Armando, hijo de Laura y de Jesús Rodríguez.

1980, aprox. Mientras trabaja, deja a Héctor al cuidado de Jorge Castañeda, su primo.

1993, 14 Oct. Muerte de Jorge Armando. Separación de Laura y Jesús, quien se va a vivir a Xalapa.

1993, 24 Nov. Casamiento de Aurelio Héctor con Olivia Fonseca. Distanciamiento entre Laura y Héctor.

1994 Laura ingresa a trabajar a una firma de contadores públicos y comienza a vivir sola, aunque en trato frecuente con Elsa, sus sobrinas y otros familiares. Cada dos semanas pasa tres días con Elsa y con Guillermina. Cocinaba para que ellas tuvieran alimentos toda la semana y este trabajo constituía una de sus fuentes de ingreso.

2004 aprox. Laura vive sola en departamentos alquilados. Sufre alrededor de diez mudanzas, cada vez a lugares con menos servicios o más chicos. Los motivos de mudanza son sus dificultades económicas y problemas de trato con vecinos y caseros.

2011 Progresivo deterioro de sus salud y sus capacidades. Un glaucoma le impone limitaciones. Deja de salir de noche por dificultades visuales. En su departamento se desplaza con una lámpara o apoyándose en las paredes.

2014, 22 Dic. Muerte de Laura Luna.


[1] Laura Soledad Castañeda Islas fue madre de Laura con Aurelio Luna y de Elza con Mario Rico

[2]. Aparte de su nombre, ‘Chiquis’ y ‘Moon’ eran los términos con los cuales se refería a sí misma. En inglés ‘moon’ significa luna.

[3]. Amador Castañeda Jaimes falleció el 1o de julio 1934

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