Just another WordPress.com site

Entradas etiquetadas como ‘Santiago’

Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte III

 

Continuación.

“Hasta se puso a rezar sin estar en la iglesia…”

Al leer el relato de la vida de Juan sería muy difícil negar el humor que destila en algunos pasajes. Refiere, por ejemplo, el siguiente episodio que tituló Otro Chasco, y que considero como una breve obra de teatro.

Antes de seguir adelante debo decir que durante esas épocas no era raro que criaturas, muertas o vivas, aparecieran en el portón de la iglesia o en casas particulares. Este tipo de abandono está anotado en varios registros de bautizo y fallecimiento de la iglesia católica.

Recuerdo un acta donde el cura menciona a una enferma cuyo esposo, un minero de otro pueblo, la dejó abandonada. Se fue a trabajar a minas distantes y posiblemente no podía o no quería cuidarla. Decidió encargársela a la iglesia sin mayores explicaciones.

Juan a los 27-29 años de edad

Una noche oscura, Juan, su madre y una molendera dormían en paz. De repente, su madre lo despertó angustiada:

—¡Juan, Juan!, ¡despierta y levántate porque han venido a tirarnos una criatura! Anda, que por su llanto debe ser recién nacida y temo que uno de los perros o puercos se la coman, o por lo menos que la maten.

Juan se levantó sin vestirse, descalzo y cubierto con sólo una cobija, él para acompañar a su madre. Se dirigieron con cautela a la parte trasera de la casa. Silenciosamente, a punta de pie espantaron a los puercos y perros con el propósito de sorprender a los irresponsables que abandonaban una criatura, si todavía estuvieran ahí.

En esos tiempos no existían estos palitos cubiertos de fosforo rojo en un extremo, que Carl Lundstrom inventó en Suecia hasta el año de 1855, de manera que solamente se iluminaban con el tenue resplandor de la luna. Buscaron el envoltorio que esperaban ver entre los animales sueltos, por arriba, abajo y entre las matas con la esperanza de encontrar el origen del llanto.

Nada encontraron, a pesar de la búsqueda minuciosa, y con cierto alivio pensaron que tal vez los que fueron a tirar la criatura sintieron remordimiento y se arrepintieron.

Decididos a completar una noche de sueños volvieron a acostarse, pero a los pocos minutos su madre despertó nuevamente a Juan. Más allá de toda duda seguía oyendo llorar a una criatura y definitivamente debían de encontrarla.

Su madre le ordenó que buscara en el mismo sitio mientras ella hacía luz, probablemente encendiendo un palo de ocote en el rescoldo del brasero.

Juan se ubicó en el sitio y aplicó todos sus sentidos, toda su atención para localizar el origen del lastimoso llanto, pero no puso el dedo en el sitio.

Llegó su madre con un hachón. La luz y el viento movían las sombras de sus rostros. Se embarcaron una nueva búsqueda que seguramente se prolongó una buena cantidad de tiempo. Nada encontraron. Cansados y decepcionados regresaron a casa. Después de renovar sus respiros, sentados su madre le dijo:

— ¿Sabes Juan?…, ahora sé que el lamento del nene que yo oía, en realidad era el maldito ronquido de la molendera, que hasta parecía que se ahogaba.

—El favor de Dios ha de estar con nosotros —contestó Juan—, porque fuimos con toda intención de hacer una obra de caridad.

A la mañana siguiente, y a la luz del día, contaron el episodio a cuanta gente encontraron y en lugar de pasar momentos de angustia y suspenso, lo festejaron y se rieron.

En una reflexión retrospectiva, Juan escribió que estaba consciente del ronquido de la molendera, pero no pensó que el ruido de su gaznate le sonara a su madre como el llanto de una criatura.

Este chasco me remontó al año de 1984, cuando vivíamos en California. Al llegar a mi hogar casi a medianoche, los faros de mi camioneta iluminaron a mi esposa, quien buscaba algo afuera con la ayuda de una lámpara.

—¿Qué estás haciendo?, ¿que buscas? —le pregunté al estacionarme.

Buscaba a nuestros puercos porque los vecinos me dijeron andaban sueltos.

Su frustración y la manera en que la expresó significaba que los había buscado por un buen tiempo sin resultados.

¿Cómo habrá sido posible que se escaparan —me pregunté—, si los tenía bien acorralados?

Antes de sumarme a la búsqueda, decidí investigar cómo habían escapado de su jaula. Cuando llegué frente al redil, los “fugados” brincaron, resoplando y bufando, expectantes de que les diera más comida.

Mi esposa llegó y comprendió lo inútil de su esfuerzo. Había buscado frenéticamente los cerdos de algún otro vecino, porque hasta ese día sabíamos que no existían puercos fantasmas.

Igual que mi ancestro y su madre, mi esposa y yo nos reímos. Todavía hoy, mi esposa cuenta la historia de aquella noche en que anduvo buscando puercos con una lámpara.

Juan a los 29 años de edad

Mi quinta abuela y madre de Juan, María Antonia Josefa Popoca Sáez, viuda de Castañeda, falleció el 10 de junio 1845. El padre Rafael Zavala consignó en la partida de defunción que murió de pulmonía, a la edad de cuarenta y ocho años, y ordenó su sepultura en el campo mortuorio. Siete años antes había muerto Alejandro Marcos Castañeda De Gama, su esposo, de manera que Juan, sin padres, comenzó a gobernarse por sí mismo a los 29 años.

1845 10 jun reg. ecl. def. Ma Antonia Josefa Popoca Sáez

10 jun 1845 registro eclesiástico defunción María Antonia Josefa Popoca Sáez  https://familyserch.org/

 

Juan a los 34 años de edad

En el año de 1850 hubo una fiesta en una Hacienda llamada San Juan, donde dos mujeres se pelearon por un hombre. Una de ellas era hija de la comadre, a quien Juan tenía presente por un episodio ocurrido con anterioridad, sobre una peña en El Salto, un lugar específico del río que corría al final de la cañada donde se encuentra la cuadrilla de Santiago. La otra otra mujer que intervino en aquel pleito era vecina de Juan.

El episodio inolvidable ocurrió un día en que Juan y su amigo Mariano Ramírez andaban de cacería y caminaban sobre unos peñascos peligrosos, de treinta a cuarenta metros de altura. Desde ese sitio se veía El Salto, donde observaron a una mujer que se bañaba en el río.

Las siguientes fotos instantáneas fueron duplicadas de un video de 2014, y enseñan el tipo de terreno y peñascos los cuales están alrededor del sitio que Juan menciona en su manuscrito.  El video puede ser visto en https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/10/16/el-salto-zacualpan-edo-de-mexico-mexico-mayo-de-2014/

Snapshot 1 (4-13-2015 2-50 PM)

Foto una ladera de El Salto, que corre por el Río del Barrio de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

 

Snapshot 2 (4-13-2015 2-56 PM)

Foto dos ladera de El Salto, que corre por el Río del Barrio de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

 

Snapshot 4 (4-13-2015 3-02 PM)

Foto tres  ladera de El Salto, que corre por el río del Barrio de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

 

Desconocemos cuánto tiempo les tomó descender de los peñascos y acercarse a El Salto, pero cuando volvieron a verla, a menor distancia, la mujer vestía ya unas enaguas blancas, limpias, y un rebozo negro. Juan y su amigo la observaban de cerca mientras se cepillaba el cabello, que le cubría el rostro.

La imposibilidad de identificarla les causó reacciones diferentes. La de Juan fue de atracción. Supuso que se trataba de una voluptuosa y encantadora mujer, como la que se veía bailar en Chalma. Pero su camarada pensó que no era mujer, sino una representación del diablo, llegada para complementar el conjunto de muertos que espantaban durante el día.

Para no quedar mal con su masculinidad, Juan se propuso identificarla y pidió a su amigo que se escondiera y observara, mientras él se aproximaba no tanto para sorprenderla sino para entablar conversación.

Juan se aproximó con discreción mientras ella, de rodillas, se escobeteaba el cabello.

“¿Qué diablos contendrá? —pensó Juan—. Solamente sabré si le pregunto. Pero… ¿si es el diablo? Entonces me echa de la barranca, me lleva a su casa y Mariano dará cuenta de lo que pasó”.

La mujer cambió de sitio, pero seguía con la cara cubierta al peinarse. Animado por Cupido, Juan la saludó:

—Buenos días, chula. ¿Cómo le va a usted?

Ella lo ignoró.

—Doñita, ¿Por qué no quiere responderme los buenos días?

Ella siguió ignorándolo sin quebrar su silencio, pero Juan persistió siendo más agresivo.

—Preciosa, ¿qué no quiere darme un beso?

Esta pregunta la hizo prácticamente a espaldas de ella, porque la acompañó con palmaditas sobre el hombro de la mujer.

Fastidiada, se descubrió la cara y le dijo con mucho enojo:

—¡Compadre!, ¿Por qué es tan curioso que a fuerza quiere conocerme? Vaya, vea usted quién soy.

—Vaya qué, eso se queda para mí.

—Ande, vea, que soy mujer, pero no para usted que tiene rotos los calzones de tanto que quiere conocerme.

Juan comprendió que su avance de enamorador le había fallado, entonces cambió de tema:

—Comadrita, usted dispense, porque al verla, mi amigo y yo creíamos que nos espantaba el diablo.

Al escuchar esa frase ella también cambio de talante. No era el diablo, pero al menos tuvo la impresión de ser de unos de sus subalternos.

—¡Ja, ja, ja! ¡Ah, qué mi compadrito!, si ando por aquí es que ando buscando un remedio para curar un enfermo.

La encantadora mujer era curandera y partera. Había bautizado a una criatura que nació ahogada, de la cual las malas lenguas dijeron que era hija de Juan, y por ese detalle se compadreaban.

Al despedirse Juan le preguntó:

—¿Por qué se le ocurrió escobetearse sobre las peñas?

—Para sorprenderlos, pero parece que ustedes fueron los que me jugaron.

Al partir caminos, Juan se fue pensando “aquí se debe de encontrar la belladona, la cual causa efectos, porque muchos dicen que mi comadre y su hija son brujas, hechiceras y envenenadoras, y al mismo saben cómo, cuándo y con qué aliviar a sus escogidos”.

Pues bien, durante la medianoche, unos días después de la fiesta que hubo en la Hacienda de San Juan, una vecina llegó a despertar a Juan y su esposa pidiéndoles que la acompañaran porque su vecina se estaba muriendo a consecuencia de un hechizo.

Juan firmemente decidió no ir, considerando que la vecina los estaba “haciendo guajes”, es decir, que pretendía embaucarlos. La mujer se retiró.

Después de tres horas volvió a tocarles a la puerta. Esta vez los conminó a que se vistieran y fueran a ver cómo su vecina agonizaba. Les rogó caridad, porque la afligida moribunda arrojaba violentamente por la boca manojitos de cabello junto con otras porquerías.

Juan se rió y dijo a la suplicante:

—Tía, esa enferma les está haciendo huero.

Al decirlo, Juan se arrepintió tal vez, el caso fue que modificó su postura y agregó que irían a verla por la mañana, pero la mujer le replicó que, entre otras cosas, él era bueno para leer y escribir, pero no para tener caridad y creencia en lo que ellas presenciaban, pues ni si quiera quería ir para desengañarse.

Juan insistió en que irían por la mañana.

La mujer se marchó rezongando.

Entonces María De Jesús, su esposa, le pidió licencia —como en esos tiempos se acostumbraba— para visitar a la vecina, quien era una buena persona.

—Pues anda, mira la prestidigitación —le respondió Juan.

A los pocos minutos, María de Jesús volvió muy espantada. La vecina moribunda vomitaba manojitos de hoja de maíz amarradas con cabello y quería ver al Cura. Juan le respondió:

—Mira mujer, voy a ir, pero si descifro el engaño, a patadas la saco de la cama.

—No vas a hacer nada, verás que todo es verdad.

Juan se vistió y se dirigió a la casa de la hechizada:

— ¿Qué tiene usted?, ¿de qué se está muriendo? Según me dicen, del estómago.

— ¡Ay Juanito!, me dan las horribles ganas de vomitar y siento que me voy a ahogar. Vomito muchas cosas raras.

Haciéndose cargo de la situación, Juan pidió a las preocupadas acompañantes que le llevaran una luz y un jarro de agua.

Cuando le alumbró la cara, retrocedió con espanto, porque vio una cara cadavérica. Como si le hubieran extraído la vida, estaba pálida, tenía la nariz afilada con los ojos tristes y la vista quebrada. Sus ojeras estaban hundidas y azuladas. Abrumado por la gravedad, quiso investigar un poco más.

—¡Toma!, toma agua y enjuágate la boca bien.

La mujer obedeció.

—Abra la boca y alce la lengua.

Juan no vio nada. Al mismo tiempo una de las mujeres presentes le dijo que cuando vomitaba, la porquería no venía de la boca, sino del estomago, en turnos y sin dilatarse.

De repente, la vecina dijo con angustia:

— ¡Me muero! ¡Guá – guá y guáá!, aquí me acabo, guááá. Ayúdame, Dios mío.

Mientras holgaba, la que explicó que la basca venía del estomago, de repente metió su mano en la garganta para sacarle lo que provocaba aquella náusea. Para estar seguro de que no fuera un chanchullo, Juan le pidió ver su mano antes de explorar la boca de la moribunda y verificó que nada tenía.

Juan atestiguó que la mujer extrajo un manojito de cabellos, del que quedaron hebras en la garganta de la moribunda, lo que con seguridad le provocaría el siguiente acceso de náusea.

Juan pensó: “¡Horror, gravedad, no lo puedo creer! ¿Me habrán hipnotizado estas mujeres? ¿Serán ilusiones?” y salió de la habitación para recuperar sus sentidos. Desde afuera oyó nuevos gritos y quejidos:

— ¡Qué venga Juan a verla!, ¡le regresa el vómito!

Al ver la siguiente arcada se convenció de que arrojaba algo que tenía en el estómago. La enferma clamaba por el Cura para confesarse y Juan, el único hombre presente, decidió ir a buscarlo porque la mujer estaba por perder el alma.

Pero había un problema: el Cura Suárez y él no se llevaban bien debido a que “las malas lenguas” habían esparcido falsedades que los distanciaron. Aún así, la gravedad de la situación indujo a Juan a ir por el Cura.

Juan llegó a la iglesia y saludó al cura. Me respondió —escribe Juan— no con sangre fría, sino algo caliente: — ¿Qué se le ofrece? —pregunto el Cura.

— Vengo a decirle que mi vecina se está muriendo y quiere confesarse.

— Pues no voy, no tengo lugar.

— Pues en eso usted sabe si va o no —le respondió— Sólo he querido que lo sepa usted.

— Suponga usted que fuera —dijo—. Usted ha de ir por la calle corriendo y con su capote por delante de mí. Yo a caballo, usted a pie.

—Yo no he de ir corriendo ni con mi capote ni sin él —contestó Juan—. Yo sólo he querido ponerlo en conocimiento de lo que pasa.

—Entonces, ¿Cómo sé dónde está la casa? Yo no sé adivinar.

—Si usted quiere ir —contestó Juan—, puede pasar a mi casa, que ésa bien la sabe usted, pues allá pasó la fiesta de carnes tolendas. La enferma está allí, viviendo muy cerca; mi mujer le enseñará la casa o [lo] llevará a usted a ella.

—Pues ya dije a usted: no tengo lugar.

—Pues punto concluido —respondió Juan—: Adiós.

Juan cruzaba la plaza cuando oyó aplausos para llamar la atención. Volteó con disimulo. Era el Cura, quien cambió de actitud. Le dijo que visitaría a la enferma.

Llegó el Cura a casa de la moribunda, la confesó y preguntó gentilmente;

—De, ¿qué se está muriendo? Nadie pudo responderle. Para satisfacer su pregunta lo único que una mujer hizo fue enseñarle lo que había regurgitado y con horror, disgustado y con asco el exclamo:

—¡No, no, no quiero ver eso! Creo que ella no va a llegar más de las ocho de esta noche.

Al separarse les pidió que por favor no creyeran en esas cosas.

Juan reflexionó: “Creer es tener sin ver, pero ver no es apropiado para creer en lo que estábamos viendo”.

El Cura se había retirado cuando la mujer que previamente ayudó a sacar manojos de la garganta de la hechizada les dijo:

— Si quieren puedo hacer un remedio que es bueno para que eche todo para afuera.

Nadie se sorprendió porque se decía que ella estaba al tanto de los bienes y males de la belladona y estuvieron de acuerdo que era preciso hacer algo lo más pronto posible. Aunque la alquimista no pidió patas de rana, jugo de hongos podridos o polvo de alas de murciélago, requirió albácar, contrahierba, aceite para cocinar, leche, polvo de hueso y numerosos ingredientes de cocina, que mezcló.

Después, sin recurrir a algún encanto y ni invocar a Satanás, dispensó él elixir a la desesperada vecina. Momentos después, arrojó todo por la boca hasta que le quedó vacío el estomago y la dejó desmayada. La médica sin diploma pidió que dejaran dormir a la enferma. Conforme los días pasaron, la vecina lentamente se recuperó.

La hechicera aparentemente estaba al tanto de las virtudes de la belladona, porque un día que Juan tenía una mazorquita de esa temible planta, el propio hijo de esa mujer le dijo que no jugara con ella porque contenía propiedades medicinales que con exceso resultan venenosas.

Cuando fue por el cura mientras la emergencia se desarrollaba, Juan se detuvo a ver a su compadre José Antonio Romero para contarle cada detalle, desde el fandango de la Hacienda San Juan. Conforme José escuchaba, de vez en cuando se reía, entonces Juan le dijo:

— No se ría, compadre, porque todo lo que le digo es cierto. Nada gano si nadie me lo cree o no cree porque ni gano ni pierdo, y aquí he concluido.

— Compadre, muy extraño que esas mujeres lo hayan hecho creer. Yo he visto a un brujo hacer a un individuo vomitar dinero, lumbre, listones y muchas otras cosas, lo que pasa es que a usted lo hicieron p…

— A mí no me hicieron p…, los que vomitaron dinero y otras cosas no estaban vivos, ya estaban muertos. Compadre, quedamos cada uno con su razón.

— No hemos concluido, ¿Por qué con tanta energía?, ¿Tiene usted negocio aquí?

— No, el que tenía ya concluyó.

— Pues bien, váyase para su casa, y si su vecina todavía sigue enferma mándeme un muchacho que yo le pagaré y estaré ahí inmediatamente.

Cuando Juan regresó al lado de la enferma, aún se encontraba postrada. Mandó entonces un recado para que su compadre viniera a atestiguar el caso por sí mismo. Pero éste contestó diciéndole que lo lamentaba, pero que tenía mucho trabajo.

Durante esa temporada había frecuentes reuniones de amigos. Después del episodio del hechizo tocó a José, el compadre de Juan, recibirlos en su casa. Entre los asistentes estaban el alcalde, un regidor, el secretario, el administrador, unos azogueros y otras personas. Se divertían tocando la guitarra, cantando y jugando la baraja, conquián o chilitos, es decir, albures.

Lo que le ocurrió a Juan era un acontecimiento reciente, de manera que José sacó a colación el tema de las brujerías y hechicerías y pidió a Juan que abriera la conversación. Todos los presentes estuvieron de acuerdo. Juan narró los hechos con el estilo que conocemos mediante sus memorias.

Uno de los concurrentes, don Abundio Galán, ex secretario del Juzgado de Letras del pueblo de Teloloapan, no perdió un minuto para decir:

—Y cómo las hay, sí señores: hay hechicerías y los indios las practican en regularidad. ¿Verdad don Angelito?

Don Angelito, que era tan instruido como don Abundio, respondió:

—Las leyes imponían penas muy severas a los hechiceros por los horrores que causaban, pero eso era en tiempos muy remotos, y es antiguo.

—No señor; hoy en el presente hay hechiceros. Yo por saber de Teloloapan, hay muchas quejas. Pero muchas, sí señor, muchas quejas.

—Se presentó un indígena en el juzgado de mi hermano Francisco Galán, quien fue a demandar a un Fulano porque era brujo y hechicero, el cual hechizó a su hija, la que se estaba muriendo. También le dijo que había visto al Alcalde pero no le quiso creer por miedo que a él también lo embrujaría. Por eso estoy aquí con usted. Mi hermano le dijo:

—Pero hombre, ¿Qué cosas son las que llamas hechicerías?

—Hechicerías es cuando los hechiceros les dan hierba a los que quieren hechizar. Vomitan regurgitando cabellos, muñequitos de trapo y otras cosas, llegando a un punto que empiezan a morirse.

— ¿Puedes dar prueba a esto?

—Cómo no señor, todos los que estábamos ahí, veíamos las porquerías. Y todos sabemos que es hechicero. A mi hijo le dijo que se iba a acordar de él debido a que mi hijo lo superó en una pelea.

El Juez don Angelito dijo “¡Basta!” Y sin tomar providencia, remitió al individuo con el alcalde. Pero por la tarde don Angelito pasó a ver al alcalde para consultarlo sobre el asunto. El alcalde le dijo que muy bien se sabía que la madre y abuela del referido hechicero también lo eran.

Para concluir, don Abundio dijo:

—De esos casos se ofrecieron varios. Yo los he visto, pues estuve escribiendo con mi hermano, muchos años; y como he dicho, que como he visto algunas quejas ante la autoridad; no dudo que hay personas envenenadores a los que les llaman con el nombre de hechiceros, y creo también que el secreto ha venido traduciéndose [1] desde antes de la Conquista por los españoles, porque quienes lo saben son los indios.

Juan a los 39 años de edad

María de Jesús, hija de padres no conocidos,[2] originaria de la cuadrilla de Santiago, esposa de Juan durante veintiún años, madre de ocho hijos y re tatarabuela mía, falleció el 22 de agosto 1855. El Cura Agustín Gómez mandó dar sepultura a su cadáver al campo mortuorio del Mineral de Zacualpan. Juan Castañeda quedó viudo a los 39 años.

1855 23 ago reg. ec. def.  Ma de Jesús Ríos de Castañeda

23 agosto 1855 registo eclesiástico defunción María De Jesús de padres no conocidos.  Unas veces apedillada Ríos y otras veces Ronces   https://familysearch.org/

 

Continuará

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición: Rafael Rodríguez Castañeda


[1]. Transmitiéndose, probablemente.

[2]. Unas veces apellidada Ríos y otras veces Ronces

Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte II

Continuación.

“El infrascrito cura hace notar que el oficio de Juan es escribiente…”[1]

Cuando don Juan se sentó a escribir sus memorias, a avanzada edad, seguramente su agudeza visual había menguado, y debido a la artritis, sus manos acusaban limitaciones de movimiento, pues igual que su padre, trabajó con minerales y metales por muchos años.

Considerando estas limitantes y a sabiendas de que es imposible micro detallar cada fecha, lugar y persona, observo que involuntariamente en sus recuerdos, don Juan omitió la cronología así como muchos detalles. Aun así, dejó valiosísima información para que un descendiente interesado contara con una plataforma desde donde lanzar investigaciones para saber más sobre sus ancestros.

Juan entre los 18 y 20 años

Lo que relata mi re tatarabuelo sobre su vida en ciertas ocasiones, no es muy diferente que a la mía: Recién casado, acompañaba a mi esposa a la lavandería. Ella juntaba la ropa, el jabón y el blanqueador, y yo los metía en la cajuela del carro. Íbamos a la lavandería con suficientes pesetas para no quedar cortos al usar las máquinas de lavar y secar. Eran los años de 1970-72, y todavía no había llegado la cigüeña. Mientras la ropa se lavaba y secaba, yo me entretenía con un libro o iba a comprar algo para que comiéramos, mientras ella atendía el proceso de la lava y seca.

Juan menciona que una vez él y su esposa Jesús fueron a lavar al río que corre al lado del barrio de Santiago. Aunque no menciona la temporada, por la manera en que explica los detalles, pienso que fue poco después de que contrajeron matrimonio, y antes de que empezaran a procrear.

La Poza ahora conocida como La Tambora, vista rio arriba y principio de El Salto por caer diez a doce metros. Foto cortesía Rafael Rodríguez Castañeda

Nos dice que llegaron al rio donde existe una poza[2] como a diez o doce metros de un salto de agua, llamado precisamente El Salto.

Conforme ella empezó a lavar, él se desnudó y saltó a la poza. Se sambutía, nadaba, maromeaba y seguramente se echaba sus buenos clavados. Naturalmente, después de tanto jugar y casi desfalleciendo, con poca fuerza le pidió a [María de] Jesús[3] una sábana para recostarse. Todo muy bien para un joven lleno de vitalidad y energía, ajeno a las preocupaciones domésticas, pero no para un jovencita de dieciséis a dieciocho años, quien creía en los espantos.

María de Jesús descendía de una familia humilde y supersticiosa, con temores a lo sobrenatural. Creía en duendes, fantasmas y cualquier otro mal o forma de espanto que pudiera salir del sobaco del demonio.

Cuando vio a su joven marido exhausto y jadeante se afligió mucho, temiendo lo peor: pensaba que el duende que vivía en la poza había salido azotar a su esposo.

Al verla tan afligida por él y casi en lágrimas, Juan se dejó ayudar para tenderse a la sombra. La preocupación de María de Jesús era tal que no acabó de lavar la ropa. Después de un buen descanso volvieron a casa, donde ella preparó una comida que debido a su agotamiento, Juan dejó de lado hasta que se recuperó.

Aun hoy hay vecinos del barrio de Santiago que afirman haber visto u oído al duende que sale de esa poza y otras más que existen en ese río, no obstante, Juan siempre descreyó de lo súper natural y de las brujerías que atemorizaban a sus familiares y vecinos durante esos tiempos.

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2012/10/26/los-duendes-de-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

Juan a los veinte años de edad

A partir de lo que don Juan escribió sobre su primera familia, infiero que solamente tuvo tres hijos con María De Jesús. Pero —¡sorpresa!—: llegué a enterarme que tuvieron ocho en total. La iglesia de La Inmaculada Concepción fue incendiada por los liberales en 1859, pero en los registros que sobrevivieron al fuego encontré en https://familysearch.org/ las actas de bautizo pertenecientes a cada uno de ellos. ¡Qué fortuna!

Antes de revelar la información sobre los ocho primeros hijos, es importante aclarar que María De Jesús es reconocida por la iglesia en las actas de matrimonio con Juan, como hija de “padres no conocidos”. Este detalle es muy importante porque los apellidos paternos y maternos definen el linaje.

En el caso de María De Jesús, fue laborioso descifrar que fue madre de los ocho hijos que tuvo con Juan. Puedo asegurar que fueron ocho los hijos legítimos de Juan y María de Jesús fundado en las siguientes consideraciones:

1. Estamos hablando de hace dos siglos, y, aunque fueron muchos los párrocos que asentaron actas en la iglesia de La Inmaculada Concepción, sus múltiples obligaciones los afectaban por igual, lo que con frecuencia les impedía escribir las actas completas al instante del bautizo. Así se explica que cometieran numerosos errores en las entradas por imprecisiones de la memoria.

2. Supongo con firmeza que María De Jesus nunca estuvo presente durante el bautizo de sus hijos, y que si estuvo no se preocupó en que las partidas la identificaran propiamente. Todos sus hijos fueron bautizados no más de dos días después de haber nacido y es probable que con tan poco tiempo después del parto no haya estado en condiciones de asistir a la iglesia. También existe el caso de que Juan o la misma partera envolvieran al infante, comprometieran a los padrinos o que en la iglesia pidieran el bautizo a cualquiera de los párrocos presentes. En esos tiempos de tan alta mortandad infantil era imperativo administrar el sacramento del bautizo lo antes posible.

3. Unas actas registran a María con el apellido Ríos; otras la apellidan Ronces, y en varios casos consignan su nombre sin apellido. A diferencia de Ronces, Ríos no es un apellido común en el barrio de Santiago. Por esa asociación, pienso que los párrocos de la iglesia preferían utilizar Ronces, sobre todo si conocían a las familias del barrio. Lo que consta de manera regular es que los padres de ambos eran de la cuadrilla de Santiago, y durante la temporada en que procrearon hijos no hay otros contemporáneos con los mismos nombres de Juan Castañeda y María De Jesús Ronces dentro de la cuadrilla de Santiago. Surgen homónimos después del año 1860. Para ese entonces María ya había fallecido.

4. Juan Y María contrajeron matrimonio en 1834 y después de que el primogénito nació en 1836, los demás hijos nacieron en 1838, 1840, 1842, 1846, 1849, 1852 y 1855. Hubo por lo menos dos años entre cada hijo.

5. En su manuscrito Juan nos deja saber que tuvo por compadre a una persona llamada José Antonio Romero. Dos actas de bautizo nos dicen que fue padrino de sendos hijos.

6. Una de las hijas es nombrada Sixta. Este detalle es muy importante porque ella fue la sexta hija que nació en 1849.

Estas observaciones y otras más que mencionaré al anotar el nombre de cada hijo serán más que suficiente para substanciar que estos ocho hijos son en realidad de Juan y María. Los hijos son:

José Pablo Maximino: Es bautizado por el infrascrito cura José Julián Villegas en la Parroquia de Santa María Zacualpan el miércoles, 8 de junio 1836, a un día de nacido, hijo legitimo de Juan Castañeda y María De Jesús (apellido paterno no incluido). Los padrinos fueron Urbano Reynoso y Antonia Loria.

José Manuel Ascensión: Es bautizado por el fray Anastasio Delgado en la Parroquia de Santa María Zacualpan el viernes, 24 mayo 1838 a dos días de nacido, hijo legitimo de Juan Castañeda y María De Jesús Ronces. El padrino fue Don Ignacio Díaz.

José Manuel se casó con Josefa Jaimes circa 1858, de ascendencia irlandesa y originaria de Temascaltepec. Hay registros bautismales que indican el nacimiento del primer hijo de la pareja en 1860, a quien nombró Félix Andrés. Félix falleció durante la infancia. Después nacieron Manuel (hijo) 1866, Justiniano 1869, Amador 1871 y Víctor 1873. Por linaje paterno, Manuel (padre) es mi tatarabuelo.

Conforme mis investigaciones y corazonadas, soy del pensamiento de que mucha información sobre Manuel y Josefa debería de estar en los registros de la iglesia de Temascaltepec, pero se me informó recientemente que los registros eclesiásticos fueron quemados por tropas zapatistas durante la Revolución.

En su manuscrito, Juan demuestra el cariño de un padre por su hijo, cuando lo extrae de las fuerzas liberales gracias a sus gestiones ante el general Tapia durante las batallas de Ayutla.

María Josefa Bonifacia: Es bautizada por el cura Luis G. Suárez en la Parroquia de Santa María, Zacualpan el jueves, 5 de junio 1840 a un día de nacida, hija legitima de Juan Castañeda y María de Jesús Ríos, vecinos de Santiago. Los padrinos fueron Mariano Popoca y Guadalupe Gómez.

María Josefa acompañó a su padre Juan en la localización y rescate de su hijo Manuel. Aunque era menor que Manuel, por cariño se refería a él como su “hermanito”. María Josefa contrajo matrimonio con Pragedis Díaz el 8 de abril 1860.

Juan menciona al cura Luis G. Suarez en varias ocasiones durante sus memorias.

José Antonio De Jesús Esteban: Es bautizado por el cura Luis G. Suárez en la parroquia de Santa María, Zacualpan, el viernes 2 de septiembre 1842 a dos días de nacido, hijo legitimo de Juan Castañeda y Jesús Ronces, vecinos de Santiago. Los padrinos fueron Don José Antonio Romero y Doña Rita Gai___ (apellido ilegible).

En su manuscrito Juan detalla que tuvo un compadre a quien llamaba don José Antonio Romero. Con esta acta de bautizo y otra posterior se confirma que don José apadrinó a dos de sus hijos.

José Antonio falleció en 30 de junio 1844, y el acta de defunción de la Parroquia de Santa María de Zacualpan, suscrita por el licenciado Rafael Zavala, nos dice que se mandó dar sepultura a este niño al campo mortuorio, hijo legítimo de Juan Castañeda y Jesús Ronces.

Antonia Ramona: Es bautizada por el Licenciado Rafael Zavala en la Parroquia del Mineral de Zacualpan el sábado 28 de febrero 1846, hija legítima de Juan Castañeda y Jesús Ronces. Ambos de la cuadrilla de Santiago. El padrino fue Felipe Suárez.

El caso de Ramona es muy interesante porque en un par de ocasiones Juan menciona tener una hija llamada Romana. La edad de esta hija coincide con la edad de Antonia Ramona. Estoy seguro que Romana y Ramona son la misma persona e hija de Juan y María. Siendo humanos, los párrocos de la iglesia cometían errores y supongo que a la hora de asentar los nombres, anotó Ramona y no Romana.

Otro dato interesante es que dentro de la familia, ni los familiares más cercanos tienen datos para explicar cómo es que el Dr. Reynaldo Escobar Castañeda era sobrino del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar. Romana y el Dr. Gonzalo fueron medios hermanos por parte de padre, hijos, respectivamente, de dos matrimonios de Juan Castañeda. Entre uno y otro hay una diferencia de veintidós años. Romana nació en 1846 y Gonzalo en 1868. Ambos Doctores nacieron en Temascaltepec, Edo. De México. Hace poco, encontré la información matrimonial de Reynaldo Escobar Castañeda. El acta dice que sus padres fueron Juan Escobar y Romana Castañeda. Interesado en saber más sobre Romana y la relación familiar entre estos dos doctores, no abandonaré mis búsquedas.

María Sista: Es bautizada por el Licenciado Rafael Zavala el jueves 29 de marzo 1849 a dos días de nacida, hija legitima de Juan Castañeda y María Ronces. Los padrinos fueron Felipe Suárez y María López Cárdenas.

La coincidencia de que ésta, la sexta hija, fuera llamada Sixta, refuerza la idea de que María, de padres no conocidos, así se apellide Ríos y Ronces, es la misma.

María Antonia Quirina Trinidad: Es bautizada por el infrascrito cura Luis Huerta en la Parroquia del Mineral de Zacualpan, el viernes 4 de junio 1852 a dos días de nacida, hija legitima de don Juan Castañeda y Doña Jesús Ronces. Los padrinos fueron don José Antonio Romero y Doña María Montoya.

Niño sin nombre: En el curato del Mineral de Zacualpan y en 23 de agosto 1855, el cura Agustín Gómez mandó dar sepultura a un niño mal nacido que fue bautizado en caso de necesidad. Hijo legitimo de don Juan Castañeda y doña Jesús Ríos, vecinos de Santiago.

Nota de fallecimiento: En esta partida consta que mi re tatarabuela, María De Jesús Ríos, fallece de Hidropesía el mismo día que su hijo sin nombre. El cura Agustín Gómez mandó darle sepultura en el campo santo de la Parroquia del Mineral de Zacualpan. ¿Los habrán enterrado juntos?

Ignoro la cantidad de hijos que vivían cuando Juan Castañeda quedó viudo a los 39 años, pero si considero que solamente dos habían fallecido hacia el año de 1855, entonces las edades de los restantes deberían de ser entre los tres y diecinueve años de edad.

Con la muerte de madre e hijo concluye la progenie que Juan Castañeda tuvo con su primera esposa cuando él tenía veinte años de edad.

Juan a los 21 años de edad

Después de haber sido abuelo por primera vez, Alejandro Marcos De Castañeda De Gama, padre de Juan, y quinto abuelo mío por línea paterna, falleció de dolores de cascado [4] el 27 de octubre 1837, dejando viuda a María Antonia Josefa Popoca Sáez.  https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/09/16/los-padrones-de-la-inmaculada-concepcion-1834-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

Juan a los 22 años de edad y dos espantos en 1838

Me acuerdo del día en que mi padre me dijo: “No tengas miedo de los muertos, tenlo de los vivos”. La posibilidad existe que ese pensamiento, junto con mis propias experiencias, fundó mi propia base de creer solamente en lo físico y no lo metafísico.

A la media noche de un día, Juan se había separado de un baile que hubo en el barrio de la Veracruz [5] , y como yo lo hubiera hecho, estoy seguro que él habrá consumido unas que otras copitas de tequila o vasos de pulque [6] . En camino a su casa, pasó por una huerta donde vio a lo que él se refiere como un perro “prieto y lanudo” de quien no hizo caso. Al no ponerle atención a este busca huesos, el pensó que si otra persona lo hubiera visto, seguramente hubieran pensado que el diablo los había visitado.

En ese momento oyó el sonido de cadenas. Mientras el trataba de discernir el origen, el ruido del metal se repetía, lo que aumentaba el suspenso y lo obligaba a voltear por todos lados.¿De veras existe el diablo —se preguntó—, o será un preso que se fugó de la cárcel?, al cual, si lo ayudo, entonces seré culpable de su escape.

A solas en la oscuridad, con un perro y un fugitivo cercanos y el diablo en mente, Juan empezó a temblar. Decidido a afrontar lo que fuera, cogió una piedra y con valor se la lanzó al perro que se escondía. El ruido de las cadenas se alejó conforme el perro corría.

Los nervios se le calmaron al comprender que el perro de don Juan Gallegos andaba suelto con todo y cadena, pero el susto fue inolvidable.

Durante otra noche de 1838, hacia la una de la mañana Juan caminaba bajo un cielo nublado y sin luna hacia la Hacienda San José, donde trabajaba como azoguero a las órdenes de Roque Díaz.

Al pasar por El Socavón del agua, sitio a la entrada de Zacualpan, vio un bulto blanquisco, del tamaño de un hombre, algo retrasado de su camino. Juan se agachó y entrecerró los ojos en un esfuerzo por identificar esa anomalía. Se convenció de que era un hombre que blandía una espada o bordón.

Foto cazahuate latente cortesía imágenes Google.

Al estar cerca decidió saludarlo, pero el ente no le respondió. Juan pensó que tal vez el acto de mala educación era de un Don Juan, atento a sus negocios amorosos. También era posible que fuera un abigeo, y como él tenía caballos y vacas, lo mejor era identificarlo y caer sobre el individuo, si alguno de sus animales le faltaba.

Consciente de que estaba armado de un machete, en el afán de identificarlo caminó hacia él y con calor le pregunto: —Amigo; ¿tiene usted lumbre para fumarnos un cigarro? —El desconocido se quedó callado, Juan pensó que se estaba burlando de él. Ofendido, lo acometió con el machete, frente a frente, pero lo que tomó por un hombre era en realidad un tronco seco de cazahuate, blanco por un lado, y lo que creyó una espada era un varejón desprendido que el mecía el viento.  http://es.wikipedia.org/wiki/Ipomoea_arborescens

En nuestro cómodo presente, no consideramos el futuro y olvidamos el pasado. Nos cuesta trabajo imaginar el entorno y el ambiente en que ocurrieron episodios como éste. ¿Cómo nos comportaríamos en la soledad de lo oscuro, a la una de la mañana, a pie y en camino hacia el trabajo donde cada silueta vegetal tiende a tomar forma de espectro?

Otro espanto en 1843 a los 27 años de edad

Después de asistir a la boda de su hermano Felipe Neri, quien se casó con María Dolores Morales Nájera en Taxco de Alarcón, Guerrero, Juan y su esposa María De Jesús regresaban a caballo hacia Zacualpan.

Acta matrimonial Felipe Castañeda con Dolores Morales, Taxco, Guerrero, México, 27 febrero 1843. Juan Castañeda fue padrino.  Cortesía http://familysearch.org/

El caballo que montaba la tumbó, y María de Jesús decidió seguir el viaje a pie. Sin ser los únicos que hacían ese viaje, se rezagaron del resto. Les oscureció en el camino y como a las nueve de la noche, al pasar cerca de la Hacienda de San Juan, María voltea y le dice a Juan:

──Juan, oigo pasos detrás de mí.

── No es nada ──le respondió Juan.

──Los oigo perfectamente, ¿Qué, no los oyes?

──No, ¡no oigo nada!

──No has de oír, porque vienen detrás de mí. Tengo mucho miedo.

Juan le sugirió que se adelantara. Al caminar delante de él, ella dijo que entonces los pasos venían detrás de él. Juan le respondió que había quedado temerosa y espantada tras caer del caballo, pero María no se tranquilizaba y empezó a llorar.

──Vamos rezando mientras caminamos y verás que los pasos no vendrán más detrás de ti —le dijo Juan.

Al cruzar por el barrio de Memetla, María le dijo:

──Juan, los pasos que venían detrás de mí y después en frente, cuando te pasé, eran los golpes que daban las suelas descocidas de tus zapatos, que daban un segundo golpe cada vez que dabas un paso.

¡Qué momento tan angustioso para los dos!

Una vez superada la tensión se empezaron a reír con mucha gana. En medio de las carcajadas, Juan reconoció que empezaba a creer en los duendes, y que la vio tan afligida que hasta se puso a rezar, sin estar en la iglesia.

Ricardo Castañeda

Edición Rafael Rodríguez Castañeda

Continuará…


[1]. https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-13735-51011-92?cc=1837908&wc=MGLC-PTL:166998101,166998102,169037001

[2]. Ahora conocida como la tambora.

[3]. En sus memorias, Juan la llama simplemente ‘Jesús’.

[4] Significa enfermedad profesional asociada con el polvo respirado por los mineros.

[5] El barrio de la Veracruz es parte del municipio de Zacualpan como lo es el barrio de Santiago.

[6] Una bebida alcohólica original a México, poco gruesa y dulce hecha del jugo del agave o maguey. El pulque era una bebida sagrada que era ofrecida por los Aztecas a sus dioses.

Don Juan Francisco Castañeda Popoca 1816-1898, Parte I

La realidad de Don Juan

Don Juan Francisco Castañeda Popoca, 1816-1898

Don Juan Francisco Castañeda Popoca, 1816-1898, Cortesía Elena Laura Castañeda Islas

Muchos no saben quién fue Juan Francisco Castañeda Popoca, y menos, que él escribió un manuscrito hacia los últimos días de su larga vida.

Juan es un personaje más que significativo para mí en dos aspectos. En primer término, es mi re tatarabuelo[1] por línea directa, y en segundo porque sus memorias no sólo me han revelado muchos detalles sobre su propia vida,

Una Página manuscrito de Juan Castañeda. Cortesia Claudia Infante Castañeda

Una Página manuscrito de Juan Castañeda. Cortesia Claudia Infante Castañeda

sino también cómo coexistió al lado de sus contemporáneos durante el siglo XIX en Zacualpan, Estado de México, su tierra natal

.

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2012/10/12/titulos-linea-paterna-y-materna-12-octubre-2012/

Sin disminuir el valor de la primera razón, la segunda ─la crónica que hace sobre pasajes de su vida─ me da suficiente información para buscar documentos históricos que la pongan en contexto y de esta forma, ampliar el panorama para situar a numerosos ancestros Castañeda hasta el año 1750.

Mi encuentro con este manuscrito tiene su propia historia. ¿Fue este documento el que me salió al paso y me dio la pista para entender el universo de mis ancestros o fui yo quien lo halló? Por ahora dejaré de lado esa historia; lo importantees que así fue.

Para poner en perspectiva el valor de los detalles que se encuentran en el manuscrito de don Juan, puedo decir que la información que yo poseía sobre mi familia era tan limitada como una celda de prisión, pero como un libro derrumba los muros de la ignorancia, este documento me liberó de esas paredes para iluminar mi camino hacia un amplio horizonte de información detallada y hacia el conocimiento sobre mis orígenes.

Nacimiento de Juan

Juan nació el 20 de enero de 1816 y fue bautizado tres días después en la Parroquia del Real de Minas[2] de Zacualpan, Edo. De México. El párroco José De León lo bautizo con el nombre de Juan Francisco, mestizo del paraje al cual le llamaban Nacuachirrapa, hijo legítimo de Marcos Castañeda (Alejandro Marcos De Castañeda De Gama) y Antonia Popoca (María Josefa Antonia Popoca Sáez), vecinos de la Cuadrilla de Santiago[3].

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/09/16/los-padrones-de-la-inmaculada-concepcion-1834-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

A la hora de asentar las partidas de bautismo durante los siglos anteriores, los padres de la iglesia Católica abreviaban mucho. Este detalle se puede notar en el mismo nombre de Juan Francisco cuando a primera vista parece decir Juan Franco[4]. Sus padrinos fueron Juan Francisco Mazare y María Josefa Castañeda[5].

Los nombres de los padrinos han sido muy valiosos. Ayudan a triangular, verificar y solidificar muchas actas. En el caso del nombre de mi Tata Juan Francisco me pregunto; ¿habrá elegido Marcos, su padre, asignarle ese nombre en honor a su compadre? Pienso que sí.

httpsfamilysearch.orgpalMM9.3.1TH-1-14048-37630-95cc=1837908&wc=MGL1-YW5166998101,166998102,1671952011816 23 ene. reg. ec. bau. Juan Francisco Castañeda Popoca

Bautizo Juan Francisco Castañeda Popoca 23 enero 1816, https://familysearch.org

El matrimonio de Alejandro Marcos y María Antonia tuvo cuatro hijos. En orden de nacimiento ellos fueron: María Guadalupe 1808-1811, María Tomaza Eutimia 1810-    , Juan Francisco 1816-1898 y Felipe Neri 1820-1881. La información disponible hasta el día de hoy sobre estos cuatro hermanos nos dice que solamente Juan y Felipe tuvieron descendencia.

Existe la posibilidad de que Juan tuviera más hermanos, porque en 1880, cuando Juan y Gabina, su segunda esposa, estaban por realizar un viaje a Tetecala, Morelos, México, considerando la cercanía de Tetecala con Cuernavaca le pide a Gabina: “Llévame a ver a mi hermano y hermanas”.

Mientras no se encuentren más registros que demuestren que Alejandro Marcos y María Antonia tuvieron más hijos, permanecerá esta incógnita. Algo que también se puede considerar es que Juan se refería a quienes estimaba mucho como primos hermanos.

A los diez años de edad

El talento de Juan para escribir con fluidez se reveló desde su infancia. El primer indicio de esta habilidad surge cuando Juan tiene diez años. Nos dice que mientras él escribía su plana en el año de 1826, unos niños cortaban flores frente a la Hacienda Santa Ifigenia, donde una compañía Alemana beneficiaba metales. Su padre Alejandro operaba de azoguero y un don Gustavo Epstein era el administrador.

Entre las flores que cortaron se hallaba una con figura de una pequeña mazorca de maíz, como de dos pulgadas, del color de un colorín. Su padre Alejandro revisó esta extraña mazorquita, y como no pudo identificarla se la mostró a don Epstein. Don Epstein, de origen europeo, le dijo que esa planta, aunque no muy común en esa zona, crecía mucho en su tierra y que era venenosa, al punto de que en Italia muchos buscaban maneras de cómo dársela a sus enemigos.

Juan se refiere a esta hierba como la belladona. En el curso de su vida habría de tener otros encuentros con esta maligna flor.

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2012/11/18/haciendas-y-minas-de-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

A los diecisiete años de edad

En 1834, la Parroquia de Santa María Zacualpan, ahora conocida como la iglesia De La Inmaculada Concepción realizó un censo parroquial[6] que incluyó su cabecera, cuadrillas, barrios, rancherías, haciendas y pueblos bajo su tutela.

En la página diecisiete, referente a la cuadrilla[7] de Santiago se pueden ver los nombres de la familia Castañeda Popoca en el lugar número treinta y seis, la cual integraban Marcos Castañeda, cabeza del hogar, de 54 años; Josefa Popoca, dama del hogar, de 46, e hijos Juan y Felipe Castañeda de 17 y 14, respectivamente.

Las hijas mayores, hermanas de Juan no fueron registradas en estos censos. María Guadalupe había fallecido en 1811 y de María Tomaza Eutimia no se sabe si era difunta, había contraído matrimonio, o simplemente vivía en otro hogar.

Al revisar la página opuesta es posible ver con el número 26 los nombres de Julián Reynoso, 50 años de edad, Ma. Castañeda, 48; y Juana Reynoso, 22. El nombre completo de Ma. Castañeda era María Siriaca De Las Nieves. Ella fue hermana de Marcos Castañeda. Ambos, María Siriaca y Marcos, eran hijos legítimos del matrimonio de Nicolás De Castañeda y María Antonia De Gama.

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/11/20/jos-nicols-de-castaeda-n-____-m-1786/

A los diecisiete o dieciocho años de edad

Era un domingo, y al ver que los zapatos de su hijo estaban muy desgastados, Marcos le dio seis reales para que fuera a comprar un nuevo par. A pesar de que su padre era muy estricto, Juan se gastó el dinero en otra cosa. Al poco tiempo su padre lo vio sentado en las gradas del cementerio con los mismos zapatos. Le preguntó enérgicamente por qué no se había comprado unos nuevos.

Con timidez, Juan le dijo que los vendedores aún no habían entrado a la plaza.

── ¡Como de que no!, si los manojos yo he visto.

──Pero, no hay unos que me vengan.

──Venga usted conmigo, ¡Como de que no ha de haber un par que te vengan!

Tras comprar los zapatos, los cuales el padre tuvo que pagar a doble costo, Juan sintió dolor en una de sus orejas, hecho que explica cómo es posible llegar a tener orejas de burro.

Al llegar a casa Juan confesó cómo gasto esos seis reales. Muy bien podemos imaginar el castigo que habrá recibido.

Este episodio ocurrió cuando Juan tenía, según nos dice, diecisiete o dieciocho años. Lo interesante es que no solamente recibe un buen castigo a esta edad, sino que poco después, en noviembre de 1834, tres meses antes de cumplir diecinueve años, el mismo padre que corregía al hijo, le da permiso para contraer matrimonio.

¡Un adolescente que, por un lado recibe castigos, pero por otro es suficientemente adulto para poder contraer matrimonio!

A los diecinueve años de edad

Al principio de su manuscrito y con solamente catorce palabras en la primera oración, mi re tatarabuelo Juan me ayuda inmensamente cuando escribe:

“Mi primera mujer se llamaba Jesús, de la cuadrilla de Santiago (mi tierra natal)”.

Después de cuatro años de búsqueda, encontré tres valiosos datos: el registro matrimonial y las actas de matrimonio y velación de Juan y María De Jesús, su primera esposa.

La presentación de los contrayentes tomó lugar en el curato de Zacualpan el veinticuatro de octubre de 1834. Durante este evento se refieren a Juan Castañeda como soltero de dieciocho años de edad, hijo legitimo de Marcos Castañeda y María Antonia Popoca, y a María de Jesús, doncella de dieciséis años hija de padres no conocidos. Ambos originarios de la cuadrilla de Santiago.

El casamiento y velación tomo lugar en la sacristía de la parroquia de Zacualpan el seis de noviembre de 1834. Pedro Reynoso y María Sánchez fueron los padrinos.

Presentación e información matrimonial de los contrayentes Juan Francisco Castañeda Popoca y María De Jesús (padres no conocidos), 24 octubre 1834. Página 1,  https://familysearch.org/

 

Presentación e información matrimonial de los contrayentes Juan Francisco Castañeda Popoca y María De Jesús (padres no conocidos), 24 octubre 1834.  Página 2,  https://familysearch.org/

 

Matrimonio y velación de Juan Francisco Castañeda Popoca y María De Jesús (padres no conocidos) 6 noviembre 1834.https://familysearch.org/

Dato fascinante: Durante la presentación de los contrayentes, el infrascrito cura hace notar que el oficio de Juan es escribiente.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           Continuará

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1]. Cuarto abuelo.

[2]. Ahora conocida como la iglesia de La Inmaculada Concepción.

[3]. La cuadrilla de Santiago es un barrio que pertenece al municipio de Zacualpan, Edo. De México, Mex.

[4]. Una representación tipográfica de la palabra manuscrita sería ésta: Franco.

[5]. Se ignora su parentesco a Juan.

[6]. Ver blog previamente mencionado sobre los padrones de Zacualpan

[7]. El término “cuadrilla” equivale a lo que ahora se conoce como barrio en Zacualpan.

Los Padrones de La Inmaculada Concepción, 1834, Zacualpan, Edo. de México, México

Premisa personal

Las siguientes reflexiones parten de un reconocimiento: ante la existencia de información ancestral hay reacciones diversas. Unos la ven con indiferencia, a otros nos despierta una profunda curiosidad.

La Curiosidad

En el curso del tiempo ocurren múltiples eventos en el universo. Dentro de estos eventos cuentan nuestra propia vida, las de nuestros ancestros y nuestros descendientes.

Todo acontecimiento humano está sujeto a dos coordenadas: tiempo y lugar. Es decir, cada evento personal ocurre en un momento cronológico y en un sitio geográfico. Mi propia existencia, por ejemplo, está determinada, en principio, por mi nacimiento en 1948 y en la ciudad de Pachuca, Hidalgo, México.

Si estuviera ante una maquina de tiempo, con los suficientes registros eclesiásticos y civiles en mano, me transportaría a Zacualpan en 1781, año y sitio donde comenzó la vida de unos de mis ancestros, quien vivió por lo menos hasta el año de 1837.

Enseguida presento el registro bautismal de Alejandro Marcos De Castañeda De Gama, mi quinto abuelo [  http://wp.me/p1ta3l-8o ] , quien nació el 23 de abril 1781 y recibió las aguas bautismales cinco días después en la Iglesia Parroquial del Real y Cabecera de Santa María, Zacualpan de Minas. Este registro ignora el apellido de su madre, pero otros documentos disponibles informan que su apellido era De Gama [1]:  Sus padrinos fueron Manuel De Nava y Januaria Martínez, su “mujer” —referencia del sacerdote—; ambos, vecinos de El Cortijo, otro pueblo dentro del municipio de Zacualpan.

 

Gracias a los hábitos seculares de la Iglesia Católica y a la monumental tarea de rescate y difusión de la iglesia The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints (LDS), actualmente disponemos de gran cantidad de registros antiguos, principalmente partidas de bautizo, matrimonio y fallecimiento. Por otra parte, los padrones del Registro Civil, que se instituyó conforme el poder civil se diferenció del poder del clero, incluyen actas de nacimiento, matrimonio y defunción, así como los censos generales de población. Desde mediados del siglo XX, la iglesia LDS también se dedicó a adquirir este enorme acervo de información civil por los cinco continentes mediante el recurso de la microfilmación, y a partir de la revolución tecnológica de la computación y del Internet, los digitalizó y puso a disposición del público vía su sitio de Internet. A través de este puente virtual cualquier persona está en posibilidad de investigar cualesquiera de los registros disponibles en el monumental acervo de FamilySearch, de LDS con solo visitar su sitio de Internet, https://familysearch.org Una vez aprendiendo cómo navegar este sitio, todo visitante o investigador puede encontrar información sobre sus propios ancestros o sobre la gente de su interés. No es necesario profesar una religión en particular para usar este servicio. Es gratis.

Me vuelvo a referir al caso de mi quinto abuelo: El nombre correcto del templo en que Alejandro fue registrado ha sido motivo de debate entre la gente de la localidad a través del tiempo. Actualmente lo conozco como la Iglesia de La Inmaculada Concepción, Zacualpan, Estado de México, México.

Durante siglos el origen racial fue un asunto importante para la sociedad novohispana. Algunos curas de la iglesia católica calificaban a los párvulos a partir del color de la piel, ojos, pelo y del estatus socioeconómico y político de los padres, especialmente del padre. Al asentar el bautismo de Alejandro Marcos De Castañeda, el sacerdote lo calificó como español [   http://wp.me/p1ta3l-ha   ], originario de Santiago porque sus padres, Nicolás De Castañeda [2]: y María Antonia (De Gama) radicaban en la cuadrilla de Santiago, un barrio rural del municipio de Zacualpan. Encuentro muy interesante que en el caso de los hermanos de Alejandro Marcos, los curas que los bautizaron no especificaran la raza en las respectivas actas bautismales.

Montado en mi hipotética máquina de tiempo me dirigí al 22 de febrero de 1808. Este día Alejandro Marcos contrajo matrimonio con Antonia Josefa Popoca, doncella de dieciocho años de edad, hija legitima de José Manuel Popoca e Ygnacia Josefa Sáez.

Cuando Alejandro casó con Ma. Antonia, Nicolás De Castañeda, su padre, ya había fallecido y el apellido de su madre fue anotado erróneamente. Escribieron “De Labra”. Su apellido debió ser De Gama. No aparece el nombre de la iglesia, pero por la mención de Real de Minas y Zacualpan deduzco que fue la iglesia Parroquial de Zacualpan. El registro menciona que Alejandro tiene veinticinco años de edad, pero según su acta de bautizo, debió tener veintisiete años. Ignoro la razón por la cual este escrito le restó dos años. A María Antonia, su esposa, también le quitaron dos años.[3]:

22 febrero 1808, Matrimonio Alejandro Marcos De Castañeda con Antonia Josefa Popoca. https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-13735-47334-27?cc=1837908&wc=MGLC-PTL:166998101,166998102,169037001

Pg. 2 matrimonio Alejandro De Castañeda De Gama con Antonia Josefa Popoca. https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-13735-47780-31?cc=1837908&wc=MGLC-PTL:166998101,166998102,169037001

 

Después de revisar innumerables registros y considerar varios detalles sé que en esa época muchos de los habitantes no sabían leer, escribir y/o hacer uso de la matemática básica. Hay indicios de que muchos desconocían el año en que nacieron.

Una de las primeras ayudas educativas para el indígena de las Américas en esta región de México vino de la Iglesia https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-13747-22171-98?cc=1837908&wc=MGLV-2NL:166998101,166998102,167039101  -ver imagenes 424 y 425- y no del Reino.

Los Padrones

Existe un documento referente a Zacualpan fechado en 1834 llamado “Los padrones”. Consta de cuarenta y nueve páginas en total. Dos notas introductorias repiten el título y el año de 1834, y cuarenta y siete más muestran los nombres de los habitantes agrupados por familia dentro de cada barrio, cuadrilla o ranchería. Conforme se revisan las páginas es posible ver la cantidad de familias u hogares dentro de cada comunidad, el nombre de quien encabeza la familia, edad y si es casado o soltero. Después los nombres y edades de los demás integrantes. En muchos casos aparecen el nombre y la edad del cónyuge y los hijos. En la última página —número cuarenta y siete— está el índice de las agrupaciones municipales que este padrón cubre.

La familia número 36 de la página 17 es de los Castañeda, cuyos integrantes son Marcos Castañeda, de 54 años, Antonia -abreviada- Popoca de 46, Juan Castañeda 17 y Felipe Trinidad 14 años.

 

Sé que este Marcos Castañeda es mi quinto abuelo porque fue bautizado en 1781. Aparentemente permaneció en la Cuadrilla de Santiago, se casó con una Antonia Popoca y tuvieron a cuatro hijos.

Gracias a los registros bautismales sé que Alejandro y Antonia tuvieron por lo menos cuatro hijos: María Guadalupe en 1808, María Tomasa en 1810, Juan Francisco en 1816 y Felipe Neri en 1820. En 1834 Ma. Guadalupe ya había fallecido, Ma. Tomasa tendría 24 años y si no murió, muy bien pudo haber contraído matrimonio. Juan Francisco y Felipe, todavía adolecentes, habitaban en casa, pero pocos años después Juan empezaría a tener su propia familia, en la cual ocurre una serie de eventos de los cuales proviene mi propia existencia y descendencia.

Hasta hoy hemos identificado por lo menos a cuatrocientos integrantes de nuestra familia Castañeda provenientes de un solo tronco familiar, diseminados por todo el mundo. El tronco lo funda Alejandro Marcos Castañeda De Gama, quien nació en 1781.

¿Cuántos lectores de este blog —me pregunto— revisarán los padrones que hago accesibles en Words y PDF y buscarán después a sus propios ancestros?, ¿cuanta gente que puebla nuestro globo podrá decir que sus orígenes están en Zacualpan, Edo. De México, México en el año de 1834?

Padrones Parroquia de Santa María, 1834 Zacualpan PDF

Padrones Parroquia de Santa María, 1834, Zacualpan Words

Los registros bautismales informan que Alejandro Marcos y Ma. Antonia Popoca tuvieron por lo menos cuatro hijos.

Otro dato muy valioso que aparece en la misma página está en la familia número 26, correspondiente a un Julián Reynoso, de 50 años, una Ma. Castañeda de 48 años y una Juana Reynoso de 22 años. Al cotejar fechas de nacimiento con las de los matrimonios, y estos nombres con sus edades, puedo deducir que esta Ma. Castañeda en realidad es hermana de Marcos, quien nació en agosto de 1784 y cuyos padres son Nicolás de Castañeda y María Antonia De Gama. La nombraron María Siriaca De Las Nieves. Esta María Siriaca contrajo matrimonio con Julián Reynoso en 1804 y en 1809 tuvieron por lo menos a una hija, llamada Juana Agustina.

Tres años después

Alejandro falleció el 27 de octubre 1837 “de dolores de cascado” —minero con silicosis—. Dejó viuda a mi quinta abuela, y huérfanos a Juan y Felipe, quienes todavía eran hijos de familia. Tendrían veinte y 17, respectivamente.

La pérdida de registros

En 1859, a consecuencia de las pugnas entre el clero y los liberales mexicanos, la iglesia de la Inmaculada Concepción fue incendiada. Después de imaginar la cantidad de documentos que se perdieron en ese incendio, pondero el valor de los registros que subsistieron, donde por fortuna, hay datos sobre nuestros ancestros.

¿Cuánto ignoraríamos si esas actas se hubieran convertido en cenizas? Pensar en esas vicisitudes y a pesar de ellas, en la existencia de información a nuestro alcance, tal vez modifique la actitud de algunos familiares y reconsidere la posibilidad de saber sobre ellos.

 

Ricardo Castañeda Guzmán

Rafael Rodríguez Castañeda edición texto

 

*Nota: WordPress no facilitó el uso de notas de pie –foot notes– para este artículo.

[1]: De Gama pudo haber sido Da Gama, un apellido de origen portugués. Durante la invasión y conquista de México, el reino de España solo reconocía apellidos españoles, y muchos extranjeros ajustaron sus apellidos para tomar parte en el saqueo de recursos naturales, principalmente los minerales que existían en México.

[2]: Nicolás De Castañeda y Ma. Antonia De Gama tuvieron por lo menos seis otros hijos más aparte de Alejandro. Espero tener contabilidad sobre ellos no más tardar hacia el fin de 2014.

[3]: Usando la matemática notando su edad que se encuentra en los padrones.

 

 

Nube de etiquetas