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Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte Final

JFCP Parte Final

11 de agosto de 2015

Conclusión.

…Nuestro presidente [probablemente se refiere a Guadalupe Ordóñez, el minero que dirigía el trabajo colectivo] ordenó que a cada uno de los tres nos tocaría una semana desempeñar el trabajo de cocineros; faltaba que a él le tocara, [luego, se las debía arreglar con los víveres que había comprado].

Juan, mayor de 68 años de edad, después de 1884

Hay casos en que una historia se explica mejor si se cuenta a partir del final. Tal es el caso del siguiente relato que Juan escribió:

“Este episodio, bien se ve que es bastante simple, que no tiene ningún chiste; pero la primera vez que lo referí, fue porque en efecto me pasó. … Hoy lo escribo por haberme encarado escribir aún lo mas insípido é insignificante que me haya pasado”.

Durante ese tiempo Juan ejercía su profesión de azoguero en la hacienda de arrastras[1] nombrada Nombre de Dios, cual pertenecía a Montúfar, Ayala y socios.

Imagen Google

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La hacienda distaba legua y media (6.3 Km) de su hogar en Zacualpan. Un lunes en que regresaba a su trabajo después que cayó un diluvio, encontró que el río de Chontalpa se había ensanchado, corrían aguas turbias y arrastraban cuanto hallaban a su paso, inclusive palos y basura que había en las ampliadas márgenes.

Juan consideró el cruce con precaución. La situación le pareció grave. Si la corriente era voluminosa y rápida —pensó— lo podía arrastrar en el intento de cruzarlo. Bien sabía que no era el mismo muchacho que nadaba, hacía maromas y clavados en la gran poza llamada El Salto. Sabía nadar, pero decidió sentarse al pie de un sabino[2] a esperar que alguien pasara a caballo para que lo llevara hacia la otra orilla. También pensó que si tal samaritano venía a pie, entonces lo ayudaría tomándolo del brazo. El apoyo de dos personas resistiría la fuerza de la corriente y así serían capaces de alcanzar la otra orilla.

El siguiente párrafo que escribe es un deleite porque me ubica dentro de su mente cuando su imaginación corre al decir:

Cuando ya me haya pasado, le preguntaré “¿Cuánto le debo?” Y al mismo tiempo meteré mano a mi bolsa, y tal vez me dirá: “No es nada, don Juanito” —porque con este diminutivo me nombran casi todos los que me conocen—. Se los agradezco. Y si no me dice esto que espero, le diré: “Hombre o amigo, no tengo nada en la bolsa”. (Porque en efecto, estaba yo a raja). “Pero en la primera vez que nos veamos le pagaré a usted bajo palabra de honor”.

Cuando “Juanito” dice “estaba yo a raja” nos da a entender que aún seguía en bancarrota. No contaba con caballo, y aunque la distancia a su trabajo era relativamente corta, prefería recorrerla a pie una vez a la semana. Se presentaba el lunes para regresar el sábado.

Vio pasar la corriente por un buen tiempo, y comprendió que tendría que hacer algo, pues se estaba haciendo tarde y no aparecía nadie que lo ayudara cruzar el río.

La fuerza de la corriente generaba torbellinos, saltos y brincos. Juan se dijo:

“Si me tumba el agua y salgo antes que me lleve hasta donde este río se junta con el otro que se reúne con éste a las treinta o cuarenta varas, ya me salvé; pero si antes no salgo, ya no cuento el cuento”

“¡No hay remedio! ¡arriesgar el todo por el todo!”

Juan se consiguió un bordón, hecho de una rama del sabino. Para probar su resistencia intentó quebrarlo en la horqueta de otro palo. El improvisado bastón resistió. Era sólido y fuerte:

“Con éste cuento”.

Juan envolvió su ropa y pertenencias en su sarape, junto con su pistolón de chispa —pues tenía cuentas no liquidadas con un enemigo—, aseguró el bulto con su cinturón, formando un corto mecapal que se ajustó en la cabeza; lo aseguró con la falda de la camisa y desnudo, con sólo la camisa encima, se dispuso a cruzar.

Antes de internarse en la corriente, con mucha devoción se persignó, rezó un credo, hizo un acto de contrición y pidió perdón a su Dios por todos sus pecados.

Tembloroso y pálido dio el primer paso. A cada paso que avanzaba que daba sobre el cauce fangoso bandeaba con el palo, en busca de alguna inesperada profundidad. No encontró irregularidades peligrosas y llegó a la otra orilla sin que el agua le cubriera arriba de la media espinilla. El área del río que cruzó era ancha pero no profunda.

Después de tanto anhelar que alguien lo ayudara a cruzar el río, ahora deseaba que nadie viniera y lo viera en tan triste figura, pues seguramente se reirían de las condiciones en que se encontraba.

Esa noche en la hacienda contó a todos los presentes —inclusive a Feliz Díaz, la señora de la casa, su aventura de aquella mañana. La mujer le dijo:

—Juan de mi alma: Y cuando estabas al pie del sabino, ¿que pensabas?

—Qué había de pensar —le respondí—, que quién sabe si aquel era el último de mis días. Y lo que mas me apuraba era que he sido muy poco bueno. “En toda mi vida nada bueno has sido; ya que hubieras sido siquiera un poco”.

Algunos le hicieron preguntas; otros describían cómo lo imaginaban al pasar el río, lo compadecían o se reían de él.

Escribir sobre la vida de Juan siempre ha sido cosa seria, no sólo porque es mi re tatarabuelo, sino porque lo considero como un libro abierto dentro de un antiguo México. Pero debo admitir que esta historia me hace reír cuando lo imagino en actitud de espera, con ansiedad y preocupación, y después, cruzar desnudo, apoyado en su bastón, con su bulto a espaldas sólo para enterarse que lo pudo cruzar sin ningún problema. No me río, de él, sino con él.

Al siguiente día don Gertrudis Ayala, su esposa, dos de sus hijas y don Ignacio Ayala, su hermano, llegaron a la hacienda. Mandó por Juan. Y don Gertrudis le pidió que repitiera la historia:

—He mandado llamar a usted para que nos refiera todo lo que le pasó a usted ayer cuando venía, en el río de Chontalpa.

Juan vaciló por un instante, inhibido por la presencia de las hijas de Gertrudis. Eran tan bellas que le parecieron “un pedazo de cielo estrellado, y que oyeran todo lo que me había pasado, no dejaba de ser para mí muy penoso”.

—Señor, para hablar sinvergüenzadamente necesito de tomarme una copita de mezcal, porque ella me quitará el temor y la vergüenza.

Sin un momento que perder, le dieron su copita y Juan empezó a contarles su historia, la que manifestaron agradarles, riéndose en ciertos puntos más que otros.

Retrospectivamente Juan escribió:

“Este episodio, bien se ve que es bastante simple, que no tiene ningún chiste; pero la primera vez que lo referí, fue porque en efecto me pasó. Y para hacer ver por qué motivo había llegado tarde. La segunda por que así me lo pidió uno de mis patrones. Lo festejaron tanto; sería mas bien por simpatía hacia mí y alguna especialidad o entusiasmo al expresarme. Hoy lo escribo por haberme encarado escribir aún lo mas insípido é insignificante que me haya pasado”.

Edad de Juan y año no conocidos

Juan escribió su última aventura sin especificar el año, pero sí nos dice que vivía en Temascaltepec. Esa estancia pudo ser alrededor de 1868 cuando su hijo Gonzalo nació en esa localidad. Los demás hijos de sus dos matrimonios nacieron en Zacualpan.

Ciertas noches don Juan Castañeda se reunía con varios amigos, entre quienes estaban el vicario Néstor Fernández; el médico don Juan Macedo; el preceptor don Francisco Ayón y otros más. Charlaban, cantaban, tocaban y jugaban conquián[3].

Después de una de estas reuniones, Juan se dirigía a su casa, cerca de la Hacienda Doña Rosa, y a las diez de la noche, al pasar por la plaza, una voz de hombre desde la oscuridad dijo:

—¿Quién vive? —Juan respondió:

—El mismo.

Desde la oscuridad se repitió la pregunta y Juan confirmó su respuesta:

—El mismo.

El hombre se fue sobre Juan con violencia, pero él se dispuso a enfrentarlo con una piedra en una mano y su navaja en la otra.

El hombre se detuvo.

—¿Quién es usted? —y le respondí con energía:

—Me llamo Juan Castañeda, ¿por qué lo quiere saber?

—¡Oh!, usted es don Juanito.

—Sí, señor Legorreta —yo respondí—, el mismo.

—…porque creí que alguien se quería divertir conmigo. Usted dispense.

Don Legorreta era el juez conciliador, quien le pregunto qué andaba haciendo y de dónde venia. Juan le contestó reconociendo su autoridad. Con la situación controlada, don Legorreta se explicó un poco más.

—Pues me va usted a dar auxilio —me dijo.

—Sí señor, con mucho gusto. Pero si es a aprehender a algún criminal solos los dos; [a] usted no le conviene levantar la mano por ser Juez, yo estoy desarmado. Con tal motivo el negocio está de parte del que tengamos que aprehender.

—No: esos ya irán lejos, sin embargo; aguárdeme usted aquí, voy a traer a dos celadores y a que despierten al Secretario. Y sé que van [mancha en el manuscrito] de prisa.

Mientras esperaba en la plaza, Juan vio a un hombre bajo la luz en una esquina. Se acercó poco a poco y vio que era don Miguel Díaz, hombre trigueño, no muy alto y barrigón. Juan le preguntó qué le pasaba.

—¿Qué no ve usted que estoy herido en la cara?

—Sí señor. Solo eso sé por lo que lo veo, no se más.

—Pues señor —me dijo—, me han asaltado en mi casa y me han herido.

—Pero señor, ¿cómo ha estado eso? —le pregunté.

—Pues señor —me respondió—, estando yo sentado como a las diez de la mañana, en el mostrador de la tienda de don Víctor Segura, llegó un individuo, y dice a dicho don Víctor: “¡Señor! deme usted razón a quien veré yo para que defienda a un hermano mío, que traen por ahí en el camino; preso por unas heridas que dio, y él también viene herido”. Y dice don Miguel:

—Como es notorio que yo me ocupo de defender criminales y siempre en negocios de Juzgado, respondió don Víctor: “Al Señor que esta presente, él podrá encargarse de ese negocio”. Y me dijo don Miguel:

—La verdad, don Juan, no tenía yo mucha gana de encargarme del fatal negocio, porque vi a aquel hombre con huaraches, en calzón blanco, su camisa rota, una manguita azul, vieja, y un sombrero lo mismo; pero dije para mí: “Éste parece ser muy pobre; pero su hermano puede que tenga con qué pagarme”.

El hombre con huaraches y calzón blanco le respondió a don Miguel;

—Pues bien, señor —dijo el otro—. Mi hermano debe llegar hoy, y yo quisiera que hablara con usted antes que entre a la cárcel. ¿A dónde vive usted para ir a avisarle cuando llegue? —Venga conmigo. Le enseñare mi casa —dijo don Miguel.

Don Miguel llevó al de la manga azul a su casa, donde el hombre descansó para después pedirle a don Miguel que le guardara una pequeña bolsa que contenía de doce a quince pesos.

Don Miguel llevó el bulto hacia una pieza adjunta donde tenía un ropero. Además de ropa, en ese armario también tenía un tompiate con ochenta pesos pertenecientes al Ayuntamiento debido a que también era el tesorero. Junto a esa pequeña canasta puso el encargo de su nuevo cliente.

Aparentemente después de descansar, el hombre se fue y durante el resto del día el hombre ni el herido, su hermano, le hicieron visita a don Miguel. Al caer la noche, movido por el hambre, don Miguel siendo soltero, le dijo a su ayuda de casa que si lo buscaban, los hiciera entrar y que regresaría pronto. Se fue a cenar.

Momentos después, el de manga azul llegó acompañado de otro individuo y preguntó por don miguel. El sirviente dio el recado y les pidió que pasaran y por favor esperaran, pues don Miguel no debería de tardar. En efecto, guiado por la luz de un farolito, don Miguel regresó. Después de las formalidades, el de manga azul le dijo:

—Mi hermano viene muy malo, por lo que no pudo llegar hoy; pero mañana sí; estará acá temprano. Qué, ¿nos podrá usted dar licencia para que pasemos acá esta noche? porque nosotros acá no conocemos a nadie, no tenemos en donde ir a dormir.

—Sí, con mucho gusto, pasen ustedes.

Pasó el de la manga azul, y el otro se quedó en la puerta. Con disimulo pidió al sirviente de don Miguel que les hiciera unas tortillas, que no habían comido. Cuando don Miguel estaba a solas en el interior de la casa con manga azul; éste sacó un hermoso puñal, y con el extremo de la cacha dio un fuerte golpe en la cara a don Miguel, que cayó al suelo. Y le dijo:

—Si das voces te mato.

A ese mismo tiempo llegó el compañero con otro puñal. A don Miguel le mandaron tenderse boca abajo. El primer ladrón ordenó al segundo que le pusiese el puñal en la espalda y que si hacia voces lo pasara contra el suelo, mientras se dirigía al ropero que estaba en la pieza contigua. Abrió con la llave que exigió a don Miguel, sacó la red que le había dado a guardar en la mañana, el tompiate con los ochenta pesos, y toda la ropa que allí guardaba.

—Ya nos vamos, pero en el zaguán nos vamos a estar el tiempo que queramos, y si quieres salir allí, te matamos —le dijeron.

Pasó un corto rato, salió don Miguel, preguntó al sirviente indígena, quien estaba con su familia, si no había observado lo que le había pasado. El sirviente nada había oído; tampoco su mujer, que les hacía tortillas. Don Miguel lo mandó a que con precaución se asomara al zaguán y viera quien estaba. Al saber que no había alguien, se dirigió Miguel a la autoridad a dar cuenta de lo que le había acontecido.

El juez tomó algunas providencias a fin de averiguar quiénes fueron los ladrones; pero todo lo que hizo fue en vano. Nunca se consiguió saber algo de manga azul, su cómplice o del herido hermano.

Juan dice que el principio de este pasaje histórico se lo refirió el señor Díaz; y todo lo demás se lo declaró al Juez, y que el fue testigo de causa.

Al finalizar su historia Juan recomienda lo siguiente;

De este ingenio raro puede sacar ventaja quien se tome la molestia de leer lo que he escrito, pues puede tal vez servirle de experiencia en cabeza ajena, y no aguardar que lo experimente en la propia.

FIN

Juan Francisco Castañeda Popoca

Juan a los 80 años, después de haber escrito sus memorias (hacia 1896)

En el Mineral del Monte, el 9 noviembre 1895, el doctor Gonzalo Castañeda Escobar registró civilmente a una niña que había nacido el 30 de octubre: hija legitima de su matrimonio con María Teresa Olea Gómez Daza. Le puso María Teresa Catalina, Durante esta presentación fueron testigos Amador y Manuel Castañeda Jaimes, sus sobrinos.

Copia digital mejorada máximo, registro civil María Teresa Castañeda Olea 9 noviembre 1895 cortesía https://familysearch.org

Para esta fecha, el matrimonio de Gonzalo y María Teresa probablemente ya había pedido a Juan y a Gabina, padres de Gonzalo, que les hicieran el honor de ser padrinos en el bautizo de su hija María Teresa Catalina.

Pocos días antes de convertirse en octogenario, Juan Castañeda, su esposa Gabina Escobar, tal vez con la ayuda de uno o los tres hijos; Bernardino, Maximiliana y Gonzalo —si fue por ellos— viajaron durante el invierno de Zacualpan a Real del Monte, Hidalgo. No hay duda de que pasaron por Pachuca, mi tierra natal, donde seguramente descansaron y dieron unos pasos antes de llegar al Real del Monte.

La ceremonia religiosa ocurrió en la parroquia de Real del Monte en 10 de enero 1896, y fue el presbítero Mariano Cruz y García quien solemnemente bautizó a María Teresa Catalina e hizo constar que Juan Castañeda y Gabina Escobar fueron sus padrinos.

Copia digital bautizo María Teresa Castañeda Olea, 10 enero 1895, cortesía https://familysearch.org

Copia digital bautizo María Teresa Castañeda Olea, 10 enero 1896, cortesía https://familysearch.org

Los días 10 de enero el doctor Gonzalo Castañeda celebraba con entusiasmo su propio cumpleaños, aunque según la partida civil nació el 9 de enero y fue registrado el 11 del mismo mes. Tal vez fue bautizado el 10, pero no existe el acta correspondiente. Debido a la peculiaridad de esta fecha, ese 10 de enero de 1896, día del bautizo de su hija, seguramente hubo un doble festejo.

Sé que a mis ancestros les gustaba la fotografía, luego me pregunto; ¿Habrá algunas fotos de este evento familiar y si las hay, donde estarán?

No sabemos cuanto tiempo permanecieron Juan y Gabina en el Real del Monte, pero pienso que no fue por mucho tiempo, porque en el libro de defunciones del Registros Civil de Zacualpan consta que a las 05:30 horas del 5 de octubre 1898, Juan Castañeda falleció de bronquitis a la edad 82 años, dejando viuda a Gabina Escobar. Juan nació el 20 de enero 1816

Registro civil defunción e inhumación de Juan Castañeda, 5 octubre 1898, cortesía http://familysearch.org

Registro civil defunción e inhumación de Juan Castañeda, 5 octubre 1898, cortesía http://familysearch.org

Por todo lo que Juan fue e hizo en su vida, seguramente llegó al corazón de muchos de sus familiares y contemporáneos, porque en el acta de defunción el Presidente Municipal, Inocente González, escribe;

…cuya inhumación se verificará en el campo mortuorio de este mineral en un lugar especial.

Al revisar numerosas actas de inhumación muy pocas dicen “en un lugar especial”.

Juan 30 años después de su muerte (1928)

Ignoramos los detalles y trámites que debió hacer el doctor Gonzalo Castañeda Escobar, último hijo sobreviviente de Juan Castañeda y Gabina Escobar, pero consiguió reunir los restos de sus padres y hermanos para inhumarlos en el interior de la iglesia La Inmaculada Concepción en Zacualpan.

Alrededor de 2011 mis primos Abraham Cárdenas Castañeda, Rafael y Miguel Rodríguez Castañeda hicieron un viaje a Zacualpan, donde conocieron la lápida que se encuentra sobre el pasillo central de la iglesia, ligeramente cargada hacia la derecha, más o menos a medio camino de la entrada hacia el altar. Cuando Rafael me envió una foto de esta lápida dijo que esta evidencia los dejó boquiabiertos.

Aquí foto de la lapida.

Foto lápida restos de juan Castañeda cortesía Rafael Rodríguez

Foto lápida restos de juan Castañeda cortesía Rafael Rodríguez, 21 octubre 2011

Restos de

Juan Castañeda

Gavina Escobar

y de sus hijos

Bernardino y Maximiliana

1928

Subsecuentemente hemos hecho varios viajes a Zacualpan. Cada vez que voy, presento mis respetos a mis ancestros, y Juan Francisco Castañeda Popoca es uno de los principales. Fue quien nos dejó el más amplio y detallado testimonio sobre su vida, su familia y su tiempo en un tesoro familiar de tinta sobre papel.

Han pasado ciento noventa y nueve años desde que Juan nació y alrededor de ciento veinte desde que finalizó su manuscrito.

Ha sido para mí un honor saber de él y tener la oportunidad de escribir sobre su vida. Doy gracias a todos los que ayudaron a enriquecer y ampliar su testimonio con otros datos, quienes son muy numerosos para mencionarlos individualmente.

Seattle, WA, a 22 de agosto de 2015

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1] Método antiguo por el cual se extraía el metal precioso.

[2] También conocido como ahuehuete.

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Conquián

Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte III

 

Continuación.

“Hasta se puso a rezar sin estar en la iglesia…”

Al leer el relato de la vida de Juan sería muy difícil negar el humor que destila en algunos pasajes. Refiere, por ejemplo, el siguiente episodio que tituló Otro Chasco, y que considero como una breve obra de teatro.

Antes de seguir adelante debo decir que durante esas épocas no era raro que criaturas, muertas o vivas, aparecieran en el portón de la iglesia o en casas particulares. Este tipo de abandono está anotado en varios registros de bautizo y fallecimiento de la iglesia católica.

Recuerdo un acta donde el cura menciona a una enferma cuyo esposo, un minero de otro pueblo, la dejó abandonada. Se fue a trabajar a minas distantes y posiblemente no podía o no quería cuidarla. Decidió encargársela a la iglesia sin mayores explicaciones.

Juan a los 27-29 años de edad

Una noche oscura, Juan, su madre y una molendera dormían en paz. De repente, su madre lo despertó angustiada:

—¡Juan, Juan!, ¡despierta y levántate porque han venido a tirarnos una criatura! Anda, que por su llanto debe ser recién nacida y temo que uno de los perros o puercos se la coman, o por lo menos que la maten.

Juan se levantó sin vestirse, descalzo y cubierto con sólo una cobija, él para acompañar a su madre. Se dirigieron con cautela a la parte trasera de la casa. Silenciosamente, a punta de pie espantaron a los puercos y perros con el propósito de sorprender a los irresponsables que abandonaban una criatura, si todavía estuvieran ahí.

En esos tiempos no existían estos palitos cubiertos de fosforo rojo en un extremo, que Carl Lundstrom inventó en Suecia hasta el año de 1855, de manera que solamente se iluminaban con el tenue resplandor de la luna. Buscaron el envoltorio que esperaban ver entre los animales sueltos, por arriba, abajo y entre las matas con la esperanza de encontrar el origen del llanto.

Nada encontraron, a pesar de la búsqueda minuciosa, y con cierto alivio pensaron que tal vez los que fueron a tirar la criatura sintieron remordimiento y se arrepintieron.

Decididos a completar una noche de sueños volvieron a acostarse, pero a los pocos minutos su madre despertó nuevamente a Juan. Más allá de toda duda seguía oyendo llorar a una criatura y definitivamente debían de encontrarla.

Su madre le ordenó que buscara en el mismo sitio mientras ella hacía luz, probablemente encendiendo un palo de ocote en el rescoldo del brasero.

Juan se ubicó en el sitio y aplicó todos sus sentidos, toda su atención para localizar el origen del lastimoso llanto, pero no puso el dedo en el sitio.

Llegó su madre con un hachón. La luz y el viento movían las sombras de sus rostros. Se embarcaron una nueva búsqueda que seguramente se prolongó una buena cantidad de tiempo. Nada encontraron. Cansados y decepcionados regresaron a casa. Después de renovar sus respiros, sentados su madre le dijo:

— ¿Sabes Juan?…, ahora sé que el lamento del nene que yo oía, en realidad era el maldito ronquido de la molendera, que hasta parecía que se ahogaba.

—El favor de Dios ha de estar con nosotros —contestó Juan—, porque fuimos con toda intención de hacer una obra de caridad.

A la mañana siguiente, y a la luz del día, contaron el episodio a cuanta gente encontraron y en lugar de pasar momentos de angustia y suspenso, lo festejaron y se rieron.

En una reflexión retrospectiva, Juan escribió que estaba consciente del ronquido de la molendera, pero no pensó que el ruido de su gaznate le sonara a su madre como el llanto de una criatura.

Este chasco me remontó al año de 1984, cuando vivíamos en California. Al llegar a mi hogar casi a medianoche, los faros de mi camioneta iluminaron a mi esposa, quien buscaba algo afuera con la ayuda de una lámpara.

—¿Qué estás haciendo?, ¿que buscas? —le pregunté al estacionarme.

Buscaba a nuestros puercos porque los vecinos me dijeron andaban sueltos.

Su frustración y la manera en que la expresó significaba que los había buscado por un buen tiempo sin resultados.

¿Cómo habrá sido posible que se escaparan —me pregunté—, si los tenía bien acorralados?

Antes de sumarme a la búsqueda, decidí investigar cómo habían escapado de su jaula. Cuando llegué frente al redil, los “fugados” brincaron, resoplando y bufando, expectantes de que les diera más comida.

Mi esposa llegó y comprendió lo inútil de su esfuerzo. Había buscado frenéticamente los cerdos de algún otro vecino, porque hasta ese día sabíamos que no existían puercos fantasmas.

Igual que mi ancestro y su madre, mi esposa y yo nos reímos. Todavía hoy, mi esposa cuenta la historia de aquella noche en que anduvo buscando puercos con una lámpara.

Juan a los 29 años de edad

Mi quinta abuela y madre de Juan, María Antonia Josefa Popoca Sáez, viuda de Castañeda, falleció el 10 de junio 1845. El padre Rafael Zavala consignó en la partida de defunción que murió de pulmonía, a la edad de cuarenta y ocho años, y ordenó su sepultura en el campo mortuorio. Siete años antes había muerto Alejandro Marcos Castañeda De Gama, su esposo, de manera que Juan, sin padres, comenzó a gobernarse por sí mismo a los 29 años.

1845 10 jun reg. ecl. def. Ma Antonia Josefa Popoca Sáez

10 jun 1845 registro eclesiástico defunción María Antonia Josefa Popoca Sáez  https://familyserch.org/

 

Juan a los 34 años de edad

En el año de 1850 hubo una fiesta en una Hacienda llamada San Juan, donde dos mujeres se pelearon por un hombre. Una de ellas era hija de la comadre, a quien Juan tenía presente por un episodio ocurrido con anterioridad, sobre una peña en El Salto, un lugar específico del río que corría al final de la cañada donde se encuentra la cuadrilla de Santiago. La otra otra mujer que intervino en aquel pleito era vecina de Juan.

El episodio inolvidable ocurrió un día en que Juan y su amigo Mariano Ramírez andaban de cacería y caminaban sobre unos peñascos peligrosos, de treinta a cuarenta metros de altura. Desde ese sitio se veía El Salto, donde observaron a una mujer que se bañaba en el río.

Las siguientes fotos instantáneas fueron duplicadas de un video de 2014, y enseñan el tipo de terreno y peñascos los cuales están alrededor del sitio que Juan menciona en su manuscrito.  El video puede ser visto en https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/10/16/el-salto-zacualpan-edo-de-mexico-mexico-mayo-de-2014/

Snapshot 1 (4-13-2015 2-50 PM)

Foto una ladera de El Salto, que corre por el Río del Barrio de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

 

Snapshot 2 (4-13-2015 2-56 PM)

Foto dos ladera de El Salto, que corre por el Río del Barrio de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

 

Snapshot 4 (4-13-2015 3-02 PM)

Foto tres  ladera de El Salto, que corre por el río del Barrio de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

 

Desconocemos cuánto tiempo les tomó descender de los peñascos y acercarse a El Salto, pero cuando volvieron a verla, a menor distancia, la mujer vestía ya unas enaguas blancas, limpias, y un rebozo negro. Juan y su amigo la observaban de cerca mientras se cepillaba el cabello, que le cubría el rostro.

La imposibilidad de identificarla les causó reacciones diferentes. La de Juan fue de atracción. Supuso que se trataba de una voluptuosa y encantadora mujer, como la que se veía bailar en Chalma. Pero su camarada pensó que no era mujer, sino una representación del diablo, llegada para complementar el conjunto de muertos que espantaban durante el día.

Para no quedar mal con su masculinidad, Juan se propuso identificarla y pidió a su amigo que se escondiera y observara, mientras él se aproximaba no tanto para sorprenderla sino para entablar conversación.

Juan se aproximó con discreción mientras ella, de rodillas, se escobeteaba el cabello.

“¿Qué diablos contendrá? —pensó Juan—. Solamente sabré si le pregunto. Pero… ¿si es el diablo? Entonces me echa de la barranca, me lleva a su casa y Mariano dará cuenta de lo que pasó”.

La mujer cambió de sitio, pero seguía con la cara cubierta al peinarse. Animado por Cupido, Juan la saludó:

—Buenos días, chula. ¿Cómo le va a usted?

Ella lo ignoró.

—Doñita, ¿Por qué no quiere responderme los buenos días?

Ella siguió ignorándolo sin quebrar su silencio, pero Juan persistió siendo más agresivo.

—Preciosa, ¿qué no quiere darme un beso?

Esta pregunta la hizo prácticamente a espaldas de ella, porque la acompañó con palmaditas sobre el hombro de la mujer.

Fastidiada, se descubrió la cara y le dijo con mucho enojo:

—¡Compadre!, ¿Por qué es tan curioso que a fuerza quiere conocerme? Vaya, vea usted quién soy.

—Vaya qué, eso se queda para mí.

—Ande, vea, que soy mujer, pero no para usted que tiene rotos los calzones de tanto que quiere conocerme.

Juan comprendió que su avance de enamorador le había fallado, entonces cambió de tema:

—Comadrita, usted dispense, porque al verla, mi amigo y yo creíamos que nos espantaba el diablo.

Al escuchar esa frase ella también cambio de talante. No era el diablo, pero al menos tuvo la impresión de ser de unos de sus subalternos.

—¡Ja, ja, ja! ¡Ah, qué mi compadrito!, si ando por aquí es que ando buscando un remedio para curar un enfermo.

La encantadora mujer era curandera y partera. Había bautizado a una criatura que nació ahogada, de la cual las malas lenguas dijeron que era hija de Juan, y por ese detalle se compadreaban.

Al despedirse Juan le preguntó:

—¿Por qué se le ocurrió escobetearse sobre las peñas?

—Para sorprenderlos, pero parece que ustedes fueron los que me jugaron.

Al partir caminos, Juan se fue pensando “aquí se debe de encontrar la belladona, la cual causa efectos, porque muchos dicen que mi comadre y su hija son brujas, hechiceras y envenenadoras, y al mismo saben cómo, cuándo y con qué aliviar a sus escogidos”.

Pues bien, durante la medianoche, unos días después de la fiesta que hubo en la Hacienda de San Juan, una vecina llegó a despertar a Juan y su esposa pidiéndoles que la acompañaran porque su vecina se estaba muriendo a consecuencia de un hechizo.

Juan firmemente decidió no ir, considerando que la vecina los estaba “haciendo guajes”, es decir, que pretendía embaucarlos. La mujer se retiró.

Después de tres horas volvió a tocarles a la puerta. Esta vez los conminó a que se vistieran y fueran a ver cómo su vecina agonizaba. Les rogó caridad, porque la afligida moribunda arrojaba violentamente por la boca manojitos de cabello junto con otras porquerías.

Juan se rió y dijo a la suplicante:

—Tía, esa enferma les está haciendo huero.

Al decirlo, Juan se arrepintió tal vez, el caso fue que modificó su postura y agregó que irían a verla por la mañana, pero la mujer le replicó que, entre otras cosas, él era bueno para leer y escribir, pero no para tener caridad y creencia en lo que ellas presenciaban, pues ni si quiera quería ir para desengañarse.

Juan insistió en que irían por la mañana.

La mujer se marchó rezongando.

Entonces María De Jesús, su esposa, le pidió licencia —como en esos tiempos se acostumbraba— para visitar a la vecina, quien era una buena persona.

—Pues anda, mira la prestidigitación —le respondió Juan.

A los pocos minutos, María de Jesús volvió muy espantada. La vecina moribunda vomitaba manojitos de hoja de maíz amarradas con cabello y quería ver al Cura. Juan le respondió:

—Mira mujer, voy a ir, pero si descifro el engaño, a patadas la saco de la cama.

—No vas a hacer nada, verás que todo es verdad.

Juan se vistió y se dirigió a la casa de la hechizada:

— ¿Qué tiene usted?, ¿de qué se está muriendo? Según me dicen, del estómago.

— ¡Ay Juanito!, me dan las horribles ganas de vomitar y siento que me voy a ahogar. Vomito muchas cosas raras.

Haciéndose cargo de la situación, Juan pidió a las preocupadas acompañantes que le llevaran una luz y un jarro de agua.

Cuando le alumbró la cara, retrocedió con espanto, porque vio una cara cadavérica. Como si le hubieran extraído la vida, estaba pálida, tenía la nariz afilada con los ojos tristes y la vista quebrada. Sus ojeras estaban hundidas y azuladas. Abrumado por la gravedad, quiso investigar un poco más.

—¡Toma!, toma agua y enjuágate la boca bien.

La mujer obedeció.

—Abra la boca y alce la lengua.

Juan no vio nada. Al mismo tiempo una de las mujeres presentes le dijo que cuando vomitaba, la porquería no venía de la boca, sino del estomago, en turnos y sin dilatarse.

De repente, la vecina dijo con angustia:

— ¡Me muero! ¡Guá – guá y guáá!, aquí me acabo, guááá. Ayúdame, Dios mío.

Mientras holgaba, la que explicó que la basca venía del estomago, de repente metió su mano en la garganta para sacarle lo que provocaba aquella náusea. Para estar seguro de que no fuera un chanchullo, Juan le pidió ver su mano antes de explorar la boca de la moribunda y verificó que nada tenía.

Juan atestiguó que la mujer extrajo un manojito de cabellos, del que quedaron hebras en la garganta de la moribunda, lo que con seguridad le provocaría el siguiente acceso de náusea.

Juan pensó: “¡Horror, gravedad, no lo puedo creer! ¿Me habrán hipnotizado estas mujeres? ¿Serán ilusiones?” y salió de la habitación para recuperar sus sentidos. Desde afuera oyó nuevos gritos y quejidos:

— ¡Qué venga Juan a verla!, ¡le regresa el vómito!

Al ver la siguiente arcada se convenció de que arrojaba algo que tenía en el estómago. La enferma clamaba por el Cura para confesarse y Juan, el único hombre presente, decidió ir a buscarlo porque la mujer estaba por perder el alma.

Pero había un problema: el Cura Suárez y él no se llevaban bien debido a que “las malas lenguas” habían esparcido falsedades que los distanciaron. Aún así, la gravedad de la situación indujo a Juan a ir por el Cura.

Juan llegó a la iglesia y saludó al cura. Me respondió —escribe Juan— no con sangre fría, sino algo caliente: — ¿Qué se le ofrece? —pregunto el Cura.

— Vengo a decirle que mi vecina se está muriendo y quiere confesarse.

— Pues no voy, no tengo lugar.

— Pues en eso usted sabe si va o no —le respondió— Sólo he querido que lo sepa usted.

— Suponga usted que fuera —dijo—. Usted ha de ir por la calle corriendo y con su capote por delante de mí. Yo a caballo, usted a pie.

—Yo no he de ir corriendo ni con mi capote ni sin él —contestó Juan—. Yo sólo he querido ponerlo en conocimiento de lo que pasa.

—Entonces, ¿Cómo sé dónde está la casa? Yo no sé adivinar.

—Si usted quiere ir —contestó Juan—, puede pasar a mi casa, que ésa bien la sabe usted, pues allá pasó la fiesta de carnes tolendas. La enferma está allí, viviendo muy cerca; mi mujer le enseñará la casa o [lo] llevará a usted a ella.

—Pues ya dije a usted: no tengo lugar.

—Pues punto concluido —respondió Juan—: Adiós.

Juan cruzaba la plaza cuando oyó aplausos para llamar la atención. Volteó con disimulo. Era el Cura, quien cambió de actitud. Le dijo que visitaría a la enferma.

Llegó el Cura a casa de la moribunda, la confesó y preguntó gentilmente;

—De, ¿qué se está muriendo? Nadie pudo responderle. Para satisfacer su pregunta lo único que una mujer hizo fue enseñarle lo que había regurgitado y con horror, disgustado y con asco el exclamo:

—¡No, no, no quiero ver eso! Creo que ella no va a llegar más de las ocho de esta noche.

Al separarse les pidió que por favor no creyeran en esas cosas.

Juan reflexionó: “Creer es tener sin ver, pero ver no es apropiado para creer en lo que estábamos viendo”.

El Cura se había retirado cuando la mujer que previamente ayudó a sacar manojos de la garganta de la hechizada les dijo:

— Si quieren puedo hacer un remedio que es bueno para que eche todo para afuera.

Nadie se sorprendió porque se decía que ella estaba al tanto de los bienes y males de la belladona y estuvieron de acuerdo que era preciso hacer algo lo más pronto posible. Aunque la alquimista no pidió patas de rana, jugo de hongos podridos o polvo de alas de murciélago, requirió albácar, contrahierba, aceite para cocinar, leche, polvo de hueso y numerosos ingredientes de cocina, que mezcló.

Después, sin recurrir a algún encanto y ni invocar a Satanás, dispensó él elixir a la desesperada vecina. Momentos después, arrojó todo por la boca hasta que le quedó vacío el estomago y la dejó desmayada. La médica sin diploma pidió que dejaran dormir a la enferma. Conforme los días pasaron, la vecina lentamente se recuperó.

La hechicera aparentemente estaba al tanto de las virtudes de la belladona, porque un día que Juan tenía una mazorquita de esa temible planta, el propio hijo de esa mujer le dijo que no jugara con ella porque contenía propiedades medicinales que con exceso resultan venenosas.

Cuando fue por el cura mientras la emergencia se desarrollaba, Juan se detuvo a ver a su compadre José Antonio Romero para contarle cada detalle, desde el fandango de la Hacienda San Juan. Conforme José escuchaba, de vez en cuando se reía, entonces Juan le dijo:

— No se ría, compadre, porque todo lo que le digo es cierto. Nada gano si nadie me lo cree o no cree porque ni gano ni pierdo, y aquí he concluido.

— Compadre, muy extraño que esas mujeres lo hayan hecho creer. Yo he visto a un brujo hacer a un individuo vomitar dinero, lumbre, listones y muchas otras cosas, lo que pasa es que a usted lo hicieron p…

— A mí no me hicieron p…, los que vomitaron dinero y otras cosas no estaban vivos, ya estaban muertos. Compadre, quedamos cada uno con su razón.

— No hemos concluido, ¿Por qué con tanta energía?, ¿Tiene usted negocio aquí?

— No, el que tenía ya concluyó.

— Pues bien, váyase para su casa, y si su vecina todavía sigue enferma mándeme un muchacho que yo le pagaré y estaré ahí inmediatamente.

Cuando Juan regresó al lado de la enferma, aún se encontraba postrada. Mandó entonces un recado para que su compadre viniera a atestiguar el caso por sí mismo. Pero éste contestó diciéndole que lo lamentaba, pero que tenía mucho trabajo.

Durante esa temporada había frecuentes reuniones de amigos. Después del episodio del hechizo tocó a José, el compadre de Juan, recibirlos en su casa. Entre los asistentes estaban el alcalde, un regidor, el secretario, el administrador, unos azogueros y otras personas. Se divertían tocando la guitarra, cantando y jugando la baraja, conquián o chilitos, es decir, albures.

Lo que le ocurrió a Juan era un acontecimiento reciente, de manera que José sacó a colación el tema de las brujerías y hechicerías y pidió a Juan que abriera la conversación. Todos los presentes estuvieron de acuerdo. Juan narró los hechos con el estilo que conocemos mediante sus memorias.

Uno de los concurrentes, don Abundio Galán, ex secretario del Juzgado de Letras del pueblo de Teloloapan, no perdió un minuto para decir:

—Y cómo las hay, sí señores: hay hechicerías y los indios las practican en regularidad. ¿Verdad don Angelito?

Don Angelito, que era tan instruido como don Abundio, respondió:

—Las leyes imponían penas muy severas a los hechiceros por los horrores que causaban, pero eso era en tiempos muy remotos, y es antiguo.

—No señor; hoy en el presente hay hechiceros. Yo por saber de Teloloapan, hay muchas quejas. Pero muchas, sí señor, muchas quejas.

—Se presentó un indígena en el juzgado de mi hermano Francisco Galán, quien fue a demandar a un Fulano porque era brujo y hechicero, el cual hechizó a su hija, la que se estaba muriendo. También le dijo que había visto al Alcalde pero no le quiso creer por miedo que a él también lo embrujaría. Por eso estoy aquí con usted. Mi hermano le dijo:

—Pero hombre, ¿Qué cosas son las que llamas hechicerías?

—Hechicerías es cuando los hechiceros les dan hierba a los que quieren hechizar. Vomitan regurgitando cabellos, muñequitos de trapo y otras cosas, llegando a un punto que empiezan a morirse.

— ¿Puedes dar prueba a esto?

—Cómo no señor, todos los que estábamos ahí, veíamos las porquerías. Y todos sabemos que es hechicero. A mi hijo le dijo que se iba a acordar de él debido a que mi hijo lo superó en una pelea.

El Juez don Angelito dijo “¡Basta!” Y sin tomar providencia, remitió al individuo con el alcalde. Pero por la tarde don Angelito pasó a ver al alcalde para consultarlo sobre el asunto. El alcalde le dijo que muy bien se sabía que la madre y abuela del referido hechicero también lo eran.

Para concluir, don Abundio dijo:

—De esos casos se ofrecieron varios. Yo los he visto, pues estuve escribiendo con mi hermano, muchos años; y como he dicho, que como he visto algunas quejas ante la autoridad; no dudo que hay personas envenenadores a los que les llaman con el nombre de hechiceros, y creo también que el secreto ha venido traduciéndose [1] desde antes de la Conquista por los españoles, porque quienes lo saben son los indios.

Juan a los 39 años de edad

María de Jesús, hija de padres no conocidos,[2] originaria de la cuadrilla de Santiago, esposa de Juan durante veintiún años, madre de ocho hijos y re tatarabuela mía, falleció el 22 de agosto 1855. El Cura Agustín Gómez mandó dar sepultura a su cadáver al campo mortuorio del Mineral de Zacualpan. Juan Castañeda quedó viudo a los 39 años.

1855 23 ago reg. ec. def.  Ma de Jesús Ríos de Castañeda

23 agosto 1855 registo eclesiástico defunción María De Jesús de padres no conocidos.  Unas veces apedillada Ríos y otras veces Ronces   https://familysearch.org/

 

Continuará

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición: Rafael Rodríguez Castañeda


[1]. Transmitiéndose, probablemente.

[2]. Unas veces apellidada Ríos y otras veces Ronces

Como difunto insepulto, Un cementerio en Zacualpan, Edo. De México, Mex.

Una de las varias hondonadas que se encuentran en Zacualpan, Edo. De México, Mex.

Hondonada

Desde cualquier lugar de Zacualpan, es posible disfrutar de una vista panorámica portentosa. Los fundadores del pueblo eligieron la estratégica cima de un cerro dominante. La gran hondonada que la naturaleza zanjó al oriente magnifica todavía más la sensación humana de poseer con la mirada un vasto territorio bajo un celaje limpio, o con nubes impecables. Una infinita gama de verdes reviste aquí y allá el azul de las montañas.

Hacia el oriente, al fondo del irregular oleaje de la orografía, antes de los tiempos de la contaminación la gente podía mirar todos los días la cumbre nevada del Popocatépetl. Hacia el poniente la mirada se topa con un cerro demasiado cercano, donde se asienta el barrio de la Vera Cruz, una de las más antiguas cuadrillas del pueblo. Este contraste destaca las distancias. Hacia el sur, la vista se detiene en un prominente cerro y se pierde en la lejanía de la Sierra Madre Occidental.

Oleaje de la orografia

Oleaje de la orografía

Al norte, entre el amplio horizonte y la suave pendiente que se volvió calle principal, perfilada por techos donde predomina el rojo de las tejas, a escasa distancia hay una loma suave que los zacualpenses convirtieron en campo mortuorio.

Esta loma se reparte en dos cementerios contiguos, el cercano, visible desde Zacualpan, y el que está más al norte, en el declive opuesto de la loma. Los separan alrededor de 300 metros.  Para ir de uno al otro basta caminar un  poco.

A reserva de documentar la conjetura, es posible que el cementerio original lo hayan construido entre el siglo vxiii y el xix los emprendedores de la minería a gran escala. Es probable también que se haya tratado de un cementerio de acceso selectivo. Sabemos que en ese campo mortuorio había secciones que distinguían hasta cuatro clases y que en la cuarta clase, por ejemplo, fue enterrado un jornalero que “no testó por pobre”. Por otra parte, había muertos que eran sepultados “en un lugar especial”.

El asunto es que el campo mortuorio de la sección norte de la loma, cuyo ligero declive hacia el horizonte la volvía invisible desde Zacualpan, comenzó a caer en desuso. Por razones que desconocemos, los zacualpenses prefirieron inhumar a los muertos de este lado, en la pendiente sur, de manera que las tumbas ––o más bien, los monumentos erigidos sobre ellas–– se ven desde Zacualpan.

Cementerio desde Zacualpan

Cementerio desde Zacualpan

Fue tan grande la preferencia por este cementerio cercano que las tumbas se han densificado en la breve superficie de la loma, a tal grado que no hay siquiera una calle recta, y los estrechos pasillos se vuelven laberínticos, interrumpidos a los pocos pasos por la caprichosa disposición de sepulcros y capillas. No obstante, allí nadie se pierde: un laberinto es obligatoriamente horizontal y carente de perspectiva, y por angostos que sean algunos pasadizos; por saturados que estén los sepulcros en cada recoveco, la pendiente ofrece siempre la vista del pueblo a partir del eje de la calle principal. Y la perspectiva es recíproca: como si los zacualpenses quisieran ver desde su casa el paradero de sus muertos, gran parte del pueblo contempla su panteón.

Zacualpan desde Cementerio

Zacualpan desde Cementerio

Del cementerio original se habían olvidado. No es casualidad que ante la escasez de lugar para más fosas, contradictoriamente hablen ahora del panteón nuevo y caminen un poco más para reutilizarlo.

El panteón nuevo ––el antiguo, en realidad–– es una de las maravillas de Zacualpan. La crecida hierba indica que recibe escasos visitantes. Las tumbas son, comparativamente, pocas. Hay soledad y silencio. Se oyen tan sólo los insectos y el susurro del viento a través del follaje. El tiempo y la intemperie borraron las inscripciones labradas sobre sus lápidas centenarias para dejar constancia de la erosión. No es posible saber quién estuvo sepultado bajo cada montículo. Fueron muertos cuyos deudos también dejaron de existir y a quienes nadie conserva en la memoria. Algunas lápidas fueron removidas y quedaron allí, desubicadas. ¿Quiénes se tomaron el trabajo de desplazarlas?, ¿qué buscaban? ¿Encontraron restos óseos o simplemente polvo?

Arbol y muro

Arbol y muro, panteón nuevo

Entre los sepulcros centenarios se distinguen, escasos, los recientes. Difieren el color y el material. La fecha visible sobre la lápida de algunos data apenas de hace un cuarto de siglo.

En medio del llamado panteón nuevo y al lado de una docena de enormes árboles cuyas copas son tan altas que se ven desde Zacualpan existe un involuntario monumento al tiempo: es un elevado muro de piedra, vestigio principal de lo que tal vez haya sido una capilla. La antigua pared rectangular se yergue ocho metros a partir del suelo. Hacia el sur, al canto de la piedra lo cubre una pilastra de tabiques rojos ensamblada a soga y tizón.

Muro,  restos capilla panteón nuevo

Muro, restos capilla panteón nuevo

El centro de este oscuro paredón lo ilumina un vano donde acaso hubo un vitral con arco de medio punto. Tanto las dovelas como los bordes de este hueco, libre paso del viento, son también de ladrillos rojos. Hoy la esbelta ventana vertical es el arco del triunfo a la desconocida historia del Zacualpan de otros siglos. Hasta ahora, el muro se sobrepone a la intemperie, que no ha conseguido desmoronar el borde superior; recto labio donde han crecido yerbas y parejos cactus.

El panorama desde este cementerio es el mismo que ofrece la vista de Zacualpan, tal vez a menor altura, pero depurado de elementos distractivos para apreciar el horizonte azul y verde. El panteón nuevo es una de las más bellas obras del olvido. Gran número de zacualpenses desconoce su existencia.

Muro

Muro de antigua capilla con vista de ventana vertical

Este artículo es un elogio, pero también una profanación: temo que despierte la curiosidad de un número mayor de visitantes al antiguo cementerio. ¿Sabe acaso el municipio que debe protegerlo? Cuando en el “viejo” cementerio, de suyo saturado,  ya no quepan más tumbas, lo más sabio será construir un novísimo campo mortuorio en otro cerro y preservar este lugar entre los atractivos con magia de un pueblo obligado a cuidar su patrimonio.

Autor: Rafael Rodríguez Castañeda

Revisión y Montaje: Ricardo Castañeda Guzmán

14 de Julio de 2013 y 18 de febrero 2014

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