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La conocí para nunca olvidarla

Fue el 25 de septiembre de 2011 cuando por primera vez la saludé. Ese día no solo tuve el privilegio de conocer a una persona sino a una pariente que llegó a incrustarse en mi corazón durante los siguientes tres años. Puedo marcar la fecha porque nuestra familia, una de las ramas Castañeda, se reunió en Pachuca, Hidalgo, México. Laura hizo el viaje desde la ciudad de México, junto con su media hermana Elza[1] y otros familiares, para estar presente en este primer evento familiar.

Conforme el festejo se desarrollaba, muchos hacíamos rondas de mesa a mesa para presentarnos e identificarnos entre sí de manera apropiada. Una vez situados conforme nuestro linaje, Laura y yo nos situamos en una de las mesas que agrupó a la descendencia del licenciado Amador Castañeda Jaimes, mi bisabuelo. Laura y yo empezamos a conversar y definir nuestro propio nicho personal dentro de este núcleo.

Con la extensa familia agrupada por descendencia y elección personal, ella y yo platicamos e intercambiamos datos personales como si los dos hubiéramos llegado de diferentes planetas, pues hasta entonces nos conocimos. Dentro de la conversación, llegamos a entender que ella era prima hermana de mi padre Alberto Castañeda Bárcenas.

El momento más vívido dentro de nuestra plática ocurrió cuando le enseñé un cuaderno verde de tres anillos que yo había preparado para tener a la mano información sobre la familia en caso de que alguien me preguntara algo. Laura demostró interés, no por lo que escribí sino por los datos que el cuaderno contenía, y algo me impulsó a obsequiárselo. Lo aceptó después de vencer su resistencia inicial. Durante el resto del festejo la observé en varias ocasiones. Guardaba el cuaderno muy cerca de sí, a veces entre los brazos, como si fuese su hijo. Este comportamiento me reveló que adoraba el concepto de su familia.

Felipa Laura (“Chiquis”) Luna (Moon) Castañeda [2]

Según su propia versión y la del resto de la familia, Laura nació el 26 de mayo 1942 en Pachuca, Hidalgo. Hija de Aurelio Luna Hernández y Laura Soledad Castañeda Islas. Aún no he hallado el registro civil de su nacimiento ni su acta de bautizo, pero encontré el acta de defunción de su madre, la cual ayuda a verificar su fecha de nacimiento. La llamaron Felipa, como su bisabuela materna, y Laura, como su madre.

Laura Soledad Castañeda Islas, 1918-1942

Laura Soledad Castañeda Islas, 1918-1942, madre de Laura Elena y Elsa.

Trágicamente a la edad de veinticuatro años, Laura Soledad Castañeda Islas de Luna falleció el 26 de mayo de 1942 a las 22:45 horas en el hospital civil debido a una hemorragia puerperal. El acta refiere a Laura Soledad de Luna como casada e hija del licenciado Amador Castañeda Jaimes y Francisca Islas Montaño, viuda de Castañeda[3].

Conforme Laura Soledad sangró hacia la muerte y el padre caminó hacia su libertad, las medias hermanas huérfanas quedan separadas, a cargo de dos tías. Elena Laura se hizo cargo de Laura, y Esperanza María se ocupó de Elza. Ambas tías eran hermanas de Laura Soledad.

Elena Laura se separa de su esposo y se ve en necesidad de trabajar para sostener a sus propios hijos. Hay indicios de que Laura haya quedado a cargo de varios parientes, inclusive su padre. Finalmente Laura se cría con Francisca Montaño, su abuela, junto con Elza Rico Castañeda, su media hermana, y Roberto y Magda, sus primos hermanos, hijos de Elena Laura. Laura llegó a casa de Francisca cuando Elza, tres años mayor, ya estaba al cuidado de Francisca. No habrán permanecido mucho tiempo bajo el techo de su abuela porque falleció en 1950.

Con este tercer duro golpe que la vida le asestó antes que cumpliera ocho años, vinieron una serie de mudanzas de casa a casa. Si primero fue cuando su madre falleció y el segundo cuando el padre se liberó de la responsabilidad de criarla, el tercero ocurrió cuando su abuela falleció de cáncer.

Laura Luna y abuela Francisca Montaño Vda. de Castañeda

Laura Luna y abuela Francisca Islas Montaño Vda. de Castañeda

 

Laura Luna circa 4 años de edad.

Laura Luna circa 4 años de edad.

Progreso de nuestra relación

Como todo en la vida que tiene la costumbre de llegar a un final, así también término nuestra asamblea. Después de numerosos despidos y al cerrar las puertas, el salón quedo vacío y silencioso, pero dentro de unos de nosotros, aún resonaba el eco de querer saber más sobre la familia.

Conforme las búsquedas progresaron, Laura empezó a participar y aplicarse a esta tarea con mucho interés y energía. Desde el principio observé que; aparte de su teléfono celular, Laura no poseía aparatos tecnológicos, como computadoras, impresoras, Internet, wi-fi, y menos saber cómo operarlos.

Aún así, la luchadora y buscadora que ella era, le ayudo a encontrar maneras de cómo enviarme datos, fotos e historias de la familia. Aunque algunos envíos eran muy básicos, digamos, en forma de un dibujo o algo escrito en papel, estos fueron traspasados por familiares, amistades, vecinos y compañeros de trabajo, los cuales la querían mucho y hacían todo lo posible por ayudarla.

Aparte de otros miembros de la familia que también han contribuido y lo siguen haciendo, la colaboración de Laura fue esencial para saber más sobre la vida del Licenciado Amador Castañeda Jaimes, ex-gobernador interino del estado de Hidalgo en 1912, y su familia.

Nuestra propia relación la realizamos mediante llamadas telefónicas de larga distancia. Cuando dejábamos a un lado los temas de la investigación familiar, hablábamos de salud, gustos, trabajo, países, etc., etc. Todo dentro de una plática normal.

Siempre lista para ayudar

Por diseño natural ella siempre estaba lista para ayudar a su prójimo. El 29 de junio de 2012, mientras yo conducía unas tareas en casa, recibí el siguiente email por parte ella. Este email, el cual aún lo tengo en mis bancos de correos electrónicos dice lo siguiente:

“Hola Richard:

Espero estes bien.

Me gustararía saber si me puedes marcar a cualquiera de mis números, me URGE COMUNICARME contigo.

GRacias.

P.D. Te encuentras en México o en E.U.A. ?”

Con signos de interrogación en mi mente le marqué solo para saber que unos infames le demandaban una cantidad monetaria a cambio de mi libertad. Según entendió, le dijeron que me tenían secuestrado. En consecuencia, Laura comenzó frenéticamente a tratar de acumular el dinero y la manera de resolver la situación para satisfacer la demanda. Con buena suerte el resto de la familia le ayudó a comprender la falsedad de la noticia, que era un intento de extorsión de unos gusanos. Menciono este detalle para ilustrar la dedicación y lo preparada que ella estaba para hacer algo por los miembros de su familia.

Las tristes noticias

Fue el 22 de diciembre de 2014 cuando recibí una inesperada llamada telefónica de mi prima Laura Elena Fernández Mendoza en la cual ella tenía dificultades en expresarme unas noticias. Inmediatamente supe que algo estaba mal, pero nunca pensé que se refiriera a Laura “Moon”.

Ya compuesta, Laura Elena me pudo decir que Laura había fallecido, después de sufrir un desmayo, uno de los múltiples que siempre plagaron su vida debido a la baja presión.

Al expresar mutuamente nuestros sentimientos decidimos que sería digno reconocerla. Es por ello que le dedico este blog, junto con otros testimonios de quienes la quisimos, y la cronología de eventos en su vida.

Laura Luna, asamblea Castañeda 2012

Laura Luna, asamblea Castañeda 2012

Ricardo Castañeda Guzmán

 

Laura Luna Castañeda 1942-2014

Laura, luna cercana, luna distante

A Elizabeth y Guillermina, próximas a Laura,
cuyo corazón amaban y comprendían.

Le gustaba que la llamaran «Laura Moon». Así afirmaba su condición satelital respecto de su familia y del mundo. Como la luna, siempre se mantuvo cerca, aunque algo le impidiera integrarse plenamente. Como luna que muestra a la Tierra el mismo rostro, Laura enseñó su cara alegre y ocultó su tristeza original. El destino la marcó el día que comenzaron al mismo tiempo su vida y su orfandad: la madre murió tras el alumbramiento; el padre se desentendió de ella.

Desde que fue bebé rodó adonde le daban cobijo. De casa de una tía a la casa de otra iban Laura y su maletita. Durante su segunda niñez la crió su abuela Francisca, donde diluyó su condición de huérfana en compañía de Elza Rico Castañeda, su hermana materna, y de Roberto y Magda, sus primos. Pachita cuidó a sus cuatro nietos hasta que se le acabó la vida. Los primos emigraron a la Capital con Elena su madre, quien también llevó consigo a Elza. A Laura la dejaron en Pachuca.

Quedó al cuidado de sus tíos abuelos. Tayde, una de las hermanas de Pachita, enviudó poco después porque a Ignacio Arteaga, barretero jubilado, finalmente lo mató la silicosis, y Tayde se mudó con Laura a un departamento de la colonia Clavería, en la Ciudad de México, donde vivió con su hermana María.

Tayde tenía derecho a la añoranza, así que de vez en cuando viajaba a Real del Monte. Allí estuvo la casa en que tantos años vivió con Nacho. En uno de esos viajes cayó de una escalera y no sobrevivió. El departamento de la colonia Clavería lo heredó Elza, quien se hizo cargo de su hermana. Laura era ya una quinceañera.

Gracias a sus estudios secretariales Laura siguió el camino laboral de su hermana y sus tías. Elza, además, fue su compañera de empleo. Cuando Elza casó, Laura permaneció a su lado, de tal forma que conforme fueron naciendo, convivió con Arturo Eugenio, Elizabeth, Guillermina y Eréndira. Sus sobrinos fueron como sus hijos. Fueron además sus cómplices y compañeros de juegos.

1959 Laura Luna Certificado

1959 Laura Luna Certificado

“Mi mamá y mi tía Laura eran diferentes —dice Elizabeth—. Mi mamá, muy seria, muy tranquila. Vivimos juntas. Cuando salíamos a pasear mi tía Laura se volvía una de nosotros. Los domingos, por ejemplo, íbamos a Chapultepec. Mi mamá siempre se quedaba sentada, cuidándonos, y mi tía corría, brincaba, saltaba; se reía, jugaba al balón como niña. Siempre como muy contenta, muy entusiasta”.

“Como muy contenta”, como luna que esconde otro lado. Ajena desde el nacimiento al hogar que la recibía, Laura aprendió a granjearse el cariño de sus huéspedes. Esa circunstancia se repitió tantas veces que sometió su autoestima a la costumbre de servir, de darse a los demás a cambio de ser aceptada.

Conforme se hizo adulta, Laura pensó emanciparse, tener una casa y una familia estable, mas en el plano profundo no sólo buscaba un esposo; requería, además, una figura paterna. Al casarse con Sergio Ruiz, veinte años mayor que ella, tuvo casa propia y al año siguiente, descendencia: nació Aurelio Héctor, pero el matrimonio no prosperó, acabó la fugaz independencia y Laura volvió con Héctor a la casa de Elsa y sus sobrinos.

Laura atendía con igual cuidado materno a Héctor que a Guillermina y a Eréndira —Arturo y Elizabeth, los mayores, vivieron seis años con su padre—, los mimaba, les compraba juguetes, chucherías y baratijas de moda. Quizás los quisiera igual, pero era evidente que prefería a su sobrina menor.

“Mi hermana Ere era su adoración y no le importaba hacerlo patente —dice Guillermina—. A mí no me llevaba de paseo; a Ere sí. Decía cualquier cosa, lo que fuera, pero era muy contundente que Ere era su consentida. Todos los días le llevaba Chiccos —unos chocolates que ya no existen—, y a mi hermana Ere le encantaban”.

Es preciso destacar esta predilección para comprender el dolor que le causó la muerte de Eréndira cuando apenas tenía nueve años. De hecho fueron dos madres quienes perdieron a la misma hija: Elza y Laura.

Después de esa tragedia, Laura siguió deseando una familia y una casa, y en el segundo intento, un recóndito afán compensatorio la indujo a contraer nupcias con alguien que equivaliera a una figura filial. Jesús Rodríguez, veinte años menor, mostró tal disposición y generosidad al casarse con ella que dio su apellido a Aurelio Héctor. Laura tuvo por segunda vez casa aparte. Al año siguiente nació Jorge Armando, su segundo hijo.

Laura reanudó su vida laboral, pero se le hacía difícil el cuidado de Jorge Armando, y para aligerar su carga doméstica, confió el cuidado de Héctor a la familia de Jorge, su primo, hijo de su tío Fermín Jorge Castañeda.

La relación con Jesús era conflictiva. Constantemente se peleaban. Laura volvió entonces a la casa de Elza. “Mi mamá y mi tía compartían la maternidad para con nosotros —recuerda Guillermina—. Mi mamá era responsable, seria, y mi tía, consentidora, simpática con nosotros, como más niña. Nos consentía mucho, nos compraba cosas que nos gustaban. Sabía muy bien qué querían los niños. Podía gastar su sueldo en una noche o en dos días. Compraba, por ejemplo, unos dijes coleccionables que estaban de moda en ese momento. Cada semana salía uno diferente, entonces iba comprando la manzanita, el angelito o la estrella e íbamos rellenando unas gargantillas con esos dijes. Algo que recuerdo con mucho gusto fue que nos compró unas sombrillas transparentes en forma de hongo que eran distintas de las sombrillas normales, para la lluvia.

De repente, también podía ser impredecible. “Todos los 15 de septiembre llegaba con su bolsa de cohetes, y mi mamá se enojaba porque decía que eran peligrosos. —No le digan a su mamá pero les traje cohetes. Ese era el tipo de cosas que nos acercaba mucho a ella, su vitalidad, su capacidad de adaptarse.

Así transcurrió aproximadamente un decenio.

Laura, secretaria: Ganaba bien, pero siempre andaba con problemas económicos. Gastaba toda la quincena en dos días y al tercero, pedía prestado a Elza para los pasajes. —¡Cómo que para los pasajes! ¿Otra vez, Laura?, si cobraste hace tres días… No era previsora, pero no se le cerraba el mundo y se arreglaba muy bien. Le gustaba vestir bien y admiraba que la gente estuviera bien vestida. Le buscaba por mil lados y era feliz si se compraba unos zapatos o una playera en diez pesos. Se compraba pelucas.

Luna familiar: Según la recuerda Guillermina, Laura siempre luchó por tener un lugar estable dónde vivir y por pertenecer a una familia. Quería recibir afecto, pero no sabía cómo. No se sentía merecedora de él y le costaba trabajo que la gente le mostrara consideraciones. No las recibía tan fácilmente, se sentía incómoda.

“Para ella era fácil atender, pero no recibir atenciones tales como «A ver, yo te sirvo la comida». Le daba mucho gusto regalar. Si recibía un regalo, lo aceptaba, pero no atenciones. Era como si dijera «yo estoy para ayudar y ver las necesidades de otros, pero las mías no importan». Lo dijo varias veces: « Si yo me siento mal, con no poner atención se me quita».

“Pero de una manera velada había un reclamo —no muy claro, tampoco—, una clara mención de que eso era algo muy ansiado por ella, difícil de atender”. Por otra parte, no era fácil compartir con ella la vida cotidiana. En ocasiones Laura era complicada, dominante e intrusiva.

En medio de su ambivalencia hacia la familia, Laura y Jesús se reconciliaron. Probaron vivir juntos otra vez, pero nuevamente surgió el sino amargo y trágico de Laura para someterlos a una dura prueba: Jorge Armando, quien desde su nacimiento había padecido asma, a los catorce años sufrió una crisis que ameritó hospitalización. El asunto no parecía grave y llegó a internarse por su propio pie, pero una medicación errónea le produjo la muerte.

El golpe fue devastador para Laura y para el matrimonio. Jesús se fue de la ciudad. Laura nuevamente fue acogida en casa de Elza y sus sobrinos.

“Ya no quiero querer a nadie más, porque la gente a la que quiero se muere” —dijo, como si un poder siniestro condenara a sus seres cercanos, comenzando por Laura Soledad, de quien ni siquiera tuvo oportunidad de ser amamantada.

Pensaba y sentía en términos visuales. Si le dolía mucho la pérdida de alguien, Laura olvidaba el rostro, a pesar de haberlo idolatrado. “Ya no me acuerdo de la cara de Eréndira, de Jorge Armando, ni tampoco de Jorge el Griego” —jefe de su último trabajo asalariado—. Bloquear imágenes significaba disminuir, así fuera parcialmente, el dolor que sentía cuando se acordaba de los seres queridos y perdidos para siempre.

Para conservar la memoria icónica, empezó a recuperar fotos y a fotografiar la gente que quería. En su celular conservaba una imagen de Jorge Armando.

Vivía aún el duelo de Jorge Armando cuando debió afrontar nuevos cambios en su vida: cuarenta días después de la muerte de su hijo menor se casó Héctor. Laura pretendió vivir cerca de la pareja recién formada, mas el aspecto dominante de su carácter produjo el efecto contrario.

Laura Luna e hijo Aurelio Héctor, 2014

Laura Luna e hijo Aurelio Héctor, 2014

Optó entonces por vivir sola y alquiló un departamento, experiencia que la sometió a otro aprendizaje que también resultó conflictivo: el trato con caseros y vecinos. En un tiempo relativamente corto debió cambiar de residencia. Desde entonces se mudó alrededor de diez veces. Sus departamentos tenían cada vez menos servicios o eran más chicos y eso le disgustaba.

Cada mudanza le costaba trabajo. Detestaba los cambios, pero sus problemas económicos y personales finalmente la obligaban. El trabajo físico y emocional de dejar una casa le pesaba en proporción inversa al entusiasmo que sentía por habilitar y decorar la siguiente. En ese sentido era muy optimista.

Vivió de manera independiente a pesar de que sufría en soledad. Evitar estar sola. En los fines de semana salía de casa. Si no visitaba a Elsa y a sus sobrinas en Cuernavaca, iba a Ciudad Satélite con su tía Elena y sus primas, o donde tuviera parientes. Aun a sabiendas de no estar en familia, se adaptaba y bromeaba.

En la última etapa de su vida se mantuvo a sí misma, pero había indicios de que no lo podría hacer por mucho tiempo. Supo que padecía glaucoma y sintió cómo avanzaba la enfermedad. Dejó de salir de noche. En su departamento caminaba a la luz de una lamparita, o apoyada de las paredes. Su fuerza disminuía y Laura lo sabía. Olvidaba el nombre de los objetos de uso común. Aumentaron sus temores. Sabía que resistiría las enfermedades, pero no las pérdidas. Consideró que no toleraría una pérdida más, la separación definitiva o la muerte de alguno de sus familiares cercanos.

Educada en atención de otros y no de ser atendida, no quiso depender de nadie. La conciencia de que no podría trabajar y mantenerse a sí misma la indujo a no llegar a ese punto y a finales de 2014 su corazón se encargó de precipitar el final.

Rafael Rodríguez Castañeda

Laura, la Chiquis, Moon

Ericka, Laura Elena y Magda

Fuiste una mujer con virtudes y defectos como todo ser humano. Fuiste una mujer sufrida desde tu nacimiento, pero también fuiste valerosa porque siempre te enfrentaste a las adversidades de la vida y seguiste siempre adelante.

Un ser humano que supo conservar sus amistades a través de los años. Por eso tu funeral fue tan concurrido de todos nosotros, que te queremos y que quisimos despedirte.

Fuiste una mujer tenaz, luchona, muy trabajadora, industriosa y servicial.

Tu mejor virtud fue ser dadivosa, ya que diste de ti para con todos a quienes podías ayudar. Ayudabas incondicionalmente.

Siempre estarás en nuestro corazón y ya te extrañamos.

¡Nos vemos en la resurrección!

Buscaba el bienestar de los demás

Elizabeth Barrera Rico

Laura, la mujer que no tuvo infancia —le decíamos. O tal vez la disfrutó tanto que nunca la dejó del todo. Disfrutaba como una niña las cosas simples de la vida. Gozaba jugar, ver películas de comedia; sobre todo reír. Reía junto con todos y cuando todos terminábamos de reír, ella seguía riendo y con sus carcajadas contagiaba a los demás, que volvían a reír junto con ella.

Era incansable. Una persona siempre dispuesta a echar la mano. Buscaba en todo momento procurar el bienestar de los demás a su alrededor aun a costa del bienestar propio.

Mi mamá postiza, presente en todas las etapas de mi vida. Y no solo conmigo: después, con mis hijas y mis nietas. Sé del amor que me tenía y demostraba en cada acción.

Tía Laura, gracias. Te quiero mucho.

Siempre mi compañera en las alegrías y en las penas

Elza Rico Castañeda

Laura, mi hermana menor, pero siempre mi compañera. Primero de juegos, de travesuras, de aventuras, y luego mi compañera inseparable de vida. A mi lado en las alegrías, en las celebraciones, igual que en las penas y las desgracias. Atenta a mis necesidades, deseos y sueños. Cómplice completa de mi vida.

Tu presencia inundaba mi vida de tranquilidad, seguridad y confianza. No sé cómo hubiera sido mi vida sin ti. Sé que contigo, mi vida a tu lado fue más divertida, sencilla y feliz. Agradezco tu presencia, apoyo y compañía. Laura, gracias por todo.

 

Laura Luna Cronología

1942, 26 Mayo Nace en Pachuca, y horas después muere Laura Soledad Castañeda, su madre, de hemorragia puerperal.

1942—1950 Tras la muerte de Laura Soledad, las medias hermanas huérfanas quedan separadas, a cargo de dos tías. Elena se hizo cargo de Laura, y Esperanza se ocupó de Elza.

1944—1950 Elena se separa de su esposo y se ve en necesidad de trabajar para sostener a sus hijos. Hay indicios de que Laura haya quedado a cargo de varios parientes, inclusive su padre. Finalmente Laura se cría con Francisca Montaño, su abuela, junto con Elza Rico Castañeda, su media hermana, más Roberto y Magda, sus primos. Elsa había estado a cargo de la abuela, probablemente, desde que Laura Soledad casó con Aurelio Luna.

1949 Dos accidentes pusieron en peligro la vida de los cuatro niños. El primero fue la explosión de un tanque de gas, ocasionada por el choque de un camión repartidor de cilindros contra uno de los pilares de la casa. El segundo fue la inundación del 24 de junio, a causa del desbordamiento del río de las Avenidas sobre las calles aledañas. Hidalgo, la calle de la casa abolengo, colindaba con el río.

1950 23 Ago. Muere Francisca Montaño. Elza, Roberto y Magda van a vivir a México, con Elena, Esperanza y Oscar Castañeda Islas. A Laura la recogen Ignacio Arteaga y Tayde Montaño, hermana de Francisca. A la muerte de Ignacio, minero jubilado, Tayde se muda con su hermana María a México, a la calle de Cairo, colonia Clavería, y lleva consigo a Laura.

1956—57 Elza y Laura van a vivir con su tía Elena y sus primos. Elza, tres años mayor, es en cierta medida responsable de cuidar a su hermana.

1959, 30 Nov. Concluye la primaria en la Escuela Casa Amiga de la Obrera.

1961, tal vez Casamiento de Elza Rico con Eugenio Barrera.

1961, 5 Dic. Nacimiento de Arturo Eugenio Barrera Rico.

1962, 7 Nov. Nacimiento de Elizabeth Barrera Rico.

1964, 25 Jun. Nacimiento de Guillermina Barrera Rico.

1967 28 Ene. Nacimiento de Eréndira Barrera Rico.

1968, tal vez Casamiento con Sergio Ruiz, veinte años mayor que Laura.

1969, 18 Abr. Nacimiento de Aurelio Héctor, hijo de Laura y de Sergio Ruiz. Separación de Sergio. Laura y Aurelio Héctor se van a vivir con Elsa, en Cairo, col. Clavería.

1968 ó 1969 Arturo y Elizabeth van a vivir con su padre.

1974 ó 1975 Arturo y Elizabeth regresan a casa de Elsa, su madre. Convivencia y trato frecuente de Laura con sus cuatro sobrinos.

Elsa y Laura trabajan en la misma empresa, llamada Secretarias Temporales. Salen de casa y regresan juntas. Permanecen allí muchos años, hasta el cierre la empresa.

1976, 31 Mar. Muerte de Eréndira Barrera Rico, su sobrina consentida.

1977 o 1978 Casamiento con Jesús Rodríguez, veinte años menor que Laura.

1979, 8 Oct. Nacimiento de Jorge Armando, hijo de Laura y de Jesús Rodríguez.

1980, aprox. Mientras trabaja, deja a Héctor al cuidado de Jorge Castañeda, su primo.

1993, 14 Oct. Muerte de Jorge Armando. Separación de Laura y Jesús, quien se va a vivir a Xalapa.

1993, 24 Nov. Casamiento de Aurelio Héctor con Olivia Fonseca. Distanciamiento entre Laura y Héctor.

1994 Laura ingresa a trabajar a una firma de contadores públicos y comienza a vivir sola, aunque en trato frecuente con Elsa, sus sobrinas y otros familiares. Cada dos semanas pasa tres días con Elsa y con Guillermina. Cocinaba para que ellas tuvieran alimentos toda la semana y este trabajo constituía una de sus fuentes de ingreso.

2004 aprox. Laura vive sola en departamentos alquilados. Sufre alrededor de diez mudanzas, cada vez a lugares con menos servicios o más chicos. Los motivos de mudanza son sus dificultades económicas y problemas de trato con vecinos y caseros.

2011 Progresivo deterioro de sus salud y sus capacidades. Un glaucoma le impone limitaciones. Deja de salir de noche por dificultades visuales. En su departamento se desplaza con una lámpara o apoyándose en las paredes.

2014, 22 Dic. Muerte de Laura Luna.


[1] Laura Soledad Castañeda Islas fue madre de Laura con Aurelio Luna y de Elza con Mario Rico

[2]. Aparte de su nombre, ‘Chiquis’ y ‘Moon’ eran los términos con los cuales se refería a sí misma. En inglés ‘moon’ significa luna.

[3]. Amador Castañeda Jaimes falleció el 1o de julio 1934

Comentarios en: "Felipa Laura Luna Castañeda 1942-2014" (5)

  1. Guillermina Barrera dijo:

    Gracias

    Gracias Tía, por tu incondicional disposición, por ayudarme en mis mudanzas que tú tanto sufriste, por consentirme en la comida, que tanto me gusta, por meter todo en bolsas para que no se perdiera, por buscar incansablemente lo que queríamos aunque fuera absurdo, por darme masaje, aunque tú hicieras más trabajo físico que yo. Mi cuello y yo, te extrañamos.

    Podría seguir agradeciéndote y sería largo… Gracias por querer a Ere y darle “chicos”, y llorar con nosotros su pérdida. ¿Te acuerdas de lo que escribimos en su lápida? Gracias por las risas y las imprudencias que nos daban vida. Gracias por acompañar a mi mamá en Clavería, en las bicis de Chapultepec, con lluvia y camiones que nos llevaban de regreso a casa, contentos. Por llegar antes que ella del trabajo, en ocasiones para ver la tele, otras para contravenir las instrucciones de mi mamá y otras más para regañarnos.

    Gracias por tus idas y regresos.

    Gracias por tus historias sobre el Griego, la Sra. Vicky, Andrea, Ariadna, Héctor y Olivia, Agapita, Lis y el Sr. Ricardo y todos los que formaban parte de tu vida.

    Gracias por haber compartido tu vida conmigo y con mi familia… y como tú decías siempre: ¡Gracias por todo!

    Los personajes de mi Tía Laura

    El día del velorio de mi tía Laura conocí a todas las personas de las que me habló durante años y que yo recreaba en mi imaginación. En los últimos años, mi tía visitaba varias casas de familiares y amigos y contaba historias sobre sus conocidos y si, como creo, en todos los contextos hacía lo mismo, ella generó historias y personajes casi míticos que llenaban de curiosidad a los que la escuchábamos.
    “El Griego”, Agapita, “la niña de abajo”, la Sra. Vicky eran algunos de sus personajes. Me tardé en entender que la veracidad de las historias que nos contaba mi tía no era lo más importante. A veces me desgastaba cuestionándola sobre la posibilidad de que el Griego en un día trabajara 15 horas, cocinara para sus amigos, se fuera de fiesta y al otro día viajara a Canadá a visitar a su papá y regresara dos días después para dirigir una junta en la que se ponían en juego millones de pesos, todo esto además vistiendo como “dandy” y conquistando a tres mujeres guapísimas. Lo más cercano al personaje de “El Griego” en mi imaginación, era James Bond.
    Las capacidades de su otra jefa también parecían impresionantes: Daba clases, dirigía un despacho contable en donde casi nadie trabajaba, viajaba a España y a todo México para dar conferencias, hacía de comer para su familia extensa los domingos, vestía impecablemente y se peinaba en el salón de belleza todos los días. Trabajaba y se estresaba tanto, que mi tía tenía que ayudarle poniéndole la mano sobre la computadora para que siguiera tecleando.
    El Sr. Ricardo, amigo entrañable, tenía la capacidad de curar casi cualquier mal a través de sus masajes. Sus manos y ojo clínico le daban la facultad de aliviar el estrés, el dolor de espalda o de cabeza, la celulitis, etc. Cualquier dolencia sucumbía ante los masajes de su gran amigo al que acompañó tan solidariamente en la muerte de su hijo Pablo.
    Y así podría seguir con Agapita, Liz, la Sra. Cruz y otras personas. Mi tía Laura tendía a exaltar las capacidades y características positivas de la gente que quería, así que muchas de ellas resultaban ser inteligentes, trabajadoras, con buen gusto, ricas, capaces, nobles, generosas, admiradas y queridas por sus colegas y amigos, etc. etc.
    Dentro de este grupo de personas excepcionales había un subgrupo que compartía casi todas las características que mencioné, excepto por los recursos económicos. Eran personas que, como ella, luchaban cotidianamente para subsistir y me parece que eso las hermanaba, ellos eran sus pares, con los que contaba y a los que también apoyaba incansablemente. “Era como mi hermana”, me dijo Agapita y Liz comentó que consideraba a mi tía su media hermana.
    Hasta hace poco me di cuenta que no importaba si las cuentas arrojaban más de 24 horas en un día o la altura de la persona “super alta” resultaba ser realmente el promedio en nuestro país. Mi tía lo veía así y no había manera de confrontarla, entendí que su percepción duplicaba o disminuía los ceros en las cuentas de banco; aumentaba o desaparecía tallas; multiplicaba el número de conferencias, comensales, llamadas telefónicas, países visitados, amigos, etc. Las personas se convertían en seres míticos, accesibles sólo a través de los ojos de mi tía. En su velorio, alguien comentó sorprendido: ¿Fue “El Griego”? ¿Entonces, si existe? Y sí, si existía “El Griego”, a quien tanto quiso mi tía y a quien tanto protegió, a pesar de que lo veía como un ser destacado en casi todo lo que emprendía.
    Al lado de estos personajes idealizados casi siempre convivía otra persona con características opuestas: abusiva, inepta, tonta, floja, etc. que se aprovechaba y vivía a expensas de su contraparte. Así era el mundo de mi tía Laura, como las películas antiguas, llenas de personajes buenos-buenos y malos-malos. Así era y no había duda alguna, todo lo que sucedía cotidianamente confirmaba su visión, no había fractura, ni resquicio que permitiera pensar lo contrario.
    Todos tenemos una forma de recortar y construir nuestra realidad, me parece, que esta era la manera en que mi tía lo hacía con la suya.
    En gran medida, mi tía vivía a través de los otros y creo que esta forma idealizada y satanizada de ver a las personas le permitía acceder a sus anhelos y alejar lo que a ella le disgustaba. Además, creo que ella demostraba cariño “regalando” matices positivos a quien quería, y la verdad, era generosa. Me pregunto si “El Griego”, la Sra. Vicky, Liz, tendrían conciencia de la imagen que teníamos de ellos gracias a las historias de mi tía. Podría asegurar que no. Lo que si creo es que ellos también escuchaban las historias míticas de los demás y se sorprendían como yo de sus anécdotas.
    Hay personas que regalan relojes, ropa, adornos; si mi tía te quería, te regalaba atributos. Lo único malo es que su generosidad no le alcanzaba para hacer lo mismo consigo misma. Hubiera sido bueno que se atreviera a verse con la misma lupa con la que veía a sus seres queridos, que se sintiera alguna vez una “ejecutivaza”, capaz, inteligente, sobre todo, merecedora de cariño sólo porque era ella y no por lo que hacía… me hubiera gustado que volteara los reflectores hacia si misma y se diera cuenta que era valiosa aunque no corriera a resolver nada, eso me habría gustado a mi, pero estoy pensando en otra persona, no en mi tía.
    Guillermina Barrera, enero 2015

  2. Virginia Ríos dijo:

    Gracias, Señor Rodríguez, por ese merecido homenaje a nuestra querida SRA. LAURITA.
    A poco más de un mes de su partida, no me puedo resignar a no tenerla cerca de mi.
    La conocí en el salón de belleza. Ella era clienta. Altiva, erguida, guapa. Sólo nos saludábamos. El tiempo pasó y supe de la muerte de Jorge Armando, lo que le transformó y se alejó de todo. Cuado la volvimos a ver, trataba de ayudar a quien podía, obteniendo algunos ingresos por encargos que hacía, vendía ropa interior, que le conseguía su amiga Agapita, vendía ropa de mujer, algunas chucherías alusivas a los festejos de temporada.
    Vino después una época en que se veía sumamente feliz, trabajando con el Griego, consintiéndole y admirándole. Entonces nació mi primer nieto y le pedí ayuda para cuidarlo antes de que se lo llevaran a vivir a Australia. Fueron 11 meses de cariño y mimos para Gabriel, que creó un vínculo perpetuo entre los dos; tanto, que cuando Gabriel supo de su deceso, no podía dejar de llorar desconsolado.
    Le ofrecí que me fuera a auxiliar a mi despacho, en las tardes, en labores de oficina. Era como mi mamá, preocupada siempre por mi comida, mi casa, recordándome los pagos pendientes, conseguiendo lo que necesitara o se me antojara, sin parar nunca, incansable, entregada. Mi mejor amigo me dijo: Ella realmente te quería, parecía tu mamá.
    Conocí por sus pláticas a su familia, a sus amigas, sus tristezas y sus alegrías. Siempre dispuesta a ayudar, incondicional, preocupada por todos, menos por ella. Dando lo mejor, a quienes quería e intolerante con la gente que a sus ojos era abusiva.
    No le gustaba mucho demostrar su afecto. Se refería a sus nietas, sus más grandes cariños, como “mis monstruos”.
    ¡Que feliz regresó de la Convención Familia Castañeda! A todos nos enseñaba sus fotografías, pidió que le ayudaran a enviar correos, fotografías y hasta quería aprender computación.
    Quisiera decir tantas cosas de ella, pero me limito a decir: ¡Que privilegiados fuimos de tenerla!
    ¡La extraño tanto! Ahora siento que junto con mi mamá, me cuida y protege desde el cielo.
    Virginia Ríos

    • Salud, Virginia:

      Soy yo quien le agradece, en primer término, su cordial lectura de nuestro homenaje y enseguida, sus impresiones y recuerdos sobre Laura, tan llenos de emoción, cariño y gratitud.

      Sus palabras confirman y amplían con ejemplos luminosos la imagen que conservamos de Ella. Al leer respuestas como la suya, Ricardo y yo compartimos la íntima satisfacción de estar propiciando, mediante este portal, la oportunidad para que familiares y amigos expresemos y compartamos nuestras impresiones sobre Laura.

      Con la participación de personas como usted conformaremos, como un gran fresco integrado por múltiples mosaicos, un acervo de testimonios sobre Laura cuya lectura alivie el duelo que su ausencia nos ha dejado.

      Rafael Rodríguez Castañeda

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