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Archivo para julio, 2014

Cartelera de tres cines

Treinta años en Pachuca (1945-1975)

De mi primera matiné sabatina salí levitando. Como en mis sueños recurrentes, a los once años casi volaba al correr en una exultación que potenciaron varios elementos: el permiso para que asistiera solo a la función; la fascinación de Tres lanceros de Bengala; el contraste entre la oscuridad de la sala y el cielo azul (habitualmente abandonábamos el cine cuando ya era de noche); el alegre cruce de la plaza Independencia a la una de la tarde y sobre todo, la persistencia del deslumbramiento cinematográfico. Así se produjo tal regocijo de libertad.

Era costumbre que algún plantel en apuros recaudara fondos mediante matinés cinematográficas. Un par de mujeres, a quienes mentalmente identificaba como “las señoritas Iracheta” visitaba la escuela para exhortarnos, aula por aula, a asistir a la función, que usualmente ocurría en el Reforma o en el Pineda, las salas de mayor cupo. Me quedó la imagen de la más sonriente de ellas. Tras sus gruesos anteojos nos miraba al hablar maravillas de tres películas de aventuras. Repartía programas impresos en tiras de colores y vendía boletos. Cuarenta centavos en luneta; veinticinco en anfiteatro y veinte o quince —no recuerdo— en galería. Mi tía Rosita, que era maestra, seguramente comprendía que aquella publicidad me despertaba un entusiasmo estéril. Si acaso llevaba dinero para el recreo, mis recursos no pasaban de cinco centavos y solo de vez en cuando circulaban por mis bolsillos opacas monedas de a diez, acuñadas con níquel, o las que valían el doble. La teotihuacana pirámide del sol troquelada en cobre. Seguramente fue mi tía quien compró el boleto para esa matiné.

Antes que mi asistencia al cine se volviera una práctica más o menos frecuente, el alucinante vuelo entre realidad y ensueño al término de la función, lo repitieron Chaplin, el Gordo y el Flaco, Palillo Vargas Heredia y una película heroica que concluía con la marcha de Pompa y circunstancia.

Cuatro años después comenzó otra etapa: constantemente la cartelera me producía la tentación de desafiar a la autoridad religiosa. A casa llegaba una revista católica cuya sección más atractiva era el índice expurgatorio de películas. De las sucesivas ediciones surgían graves advertencias debido a títulos escandalosos, sobre todo si incluían adjetivos reprobantes o palabras tales como ‘deseo’, ‘vicio’, ‘mujer’ y sus sinónimos. Eso me parecía razonable, pero que vetaran también los nuevos episodios de héroes insospechables me indujo a cuestionar el criterio censor. Una tarde, por fin, corrí el riesgo: El bruto, de Buñuel, me sirvió para soltar amarras de los remordimientos y pagar el enganche de mi liberación.

ElBruto53.jpg

Tras la irrupción del rock en 1954 llegó un torrente de películas cuyos protagonistas eran jóvenes de nuestra edad. El Reforma exhibía las extranjeras, en inglés y con subtítulos; el Alameda proyectaba cinematografía nacional. Filmaciones hechas a la carrera con actores y grupos juveniles cuya calidad o talento era lo de menos. Había exceso de copetes y chamarras de cuero; presumían modas imitables, desinhibidos pasos de baile, navajas de muelle más automóviles descapotados y motos, que estaban fuera del alcance de la gran mayoría. De cualquier manera, el alud de desplantes de rebeldía contra las convenciones que vimos en las pantallas del Alameda —antes llamado ‘Pineda’—, el Iracheta y el Reforma, poco a poco influyó nuestro comportamiento.

No todo se centraba en la función como espectáculo: el atractivo dejó de radicar sólo en las películas y los domingos por la tarde importaba también el acto presencial en alguna de esas tres salas cinematográficas, sub-universos de una ciudad como Pachuca, donde los estudiantes constituíamos, si no un estrato, al menos una categoría temporal. Nos clasificaban los escasos años y el desparpajo antes, durante y después de la función. Al ingresar a la sala, corríamos por los pasillos al abordaje de las butacas centrales o cerca de donde estuvieran sentados los cuates; nos distinguíamos por echar relajo, burlarnos de las escenas lacrimógenas de argumentos pretendidamente sentimentales y declarar ruidosamente nuestro amor por actrices que casi siempre desempeñaban papeles estelares. Resultábamos detestables para las personas mayores y las familias que asistían a la misma función.

En el caso individual de cada estudiante, tal comportamiento se transformó en seriedad casi solemne si invitaba a su novia o le interesaba encontrar entre las múltiples jovencitas a una en particular. Era frecuente que el estudiante en cuestión llegara al cine de saco y corbata. A diferencia de las ciudades donde muchachos y muchachas coquetean a la ronda del jardín central, los vientos vespertinos de Pachuca estropean el disfrute de cualquier paseo e imponen al cortejo juvenil escenarios a resguardo del frío. Por aquellos años, tales escenarios fueron las salas cinematográficas. Para cualquier interesado, los minutos de espera antes de la función y los intermedios servían para buscar con la mirada, y tras el contacto visual, para enviar sonrientes saludos y al final, con buena suerte, abandonar el asiento entre los cuates para acercarse y saludarla.

Este ejercicio —digamos— sentimental, no desplazaba del todo el interés por la película. Como ante cualesquiera de las artes, la mayoría se quedaba en la superficie, es decir, en la historia fílmica. Esta percepción evolucionaba poco a poco cuando comenzaba a identificar a actrices y actores por su nombre, a apreciar la música, distinguir el estilo de la dirección y finalmente, razonar sobre lo que hoy se llama el paradigma del argumento.

Cine Reforma.  Matamoros y Plaza Independencia, Ca. 1950

 

Si hablo de cultura cinematográfica, de una actitud consciente y crítica ante las películas que los cines de Pachuca exhibieron en mis años de estudiante, debo reconocer que durante mucho tiempo fui un espectador unilineal y atento a medias, hasta que oí a mis compañeros de butaca pronunciar con familiaridad y soltura el nombre de los actores secundarios, en los que de otro modo nunca me hubiera fijado. En High society, por ejemplo —filme donde solamente tuve ojos para Grace Kelly y oídos para Satchmo—, aprendí a identificar a un par de actores y cantantes cuyos nombres eran Bing Crosby y Frank Sinatra. 1-3High-Society-Poster

Según el tiempo que podía dedicar a la cinematografía, la cartelera de tres cines me ofreció opciones suficientes para asistir, en el curso de un año, exactamente a cien funciones.

Este es el momento y el lugar para hacer una digresión y rendir homenaje a los Trejo Anaya, mis amigos y vecinos, cuyo padre desempeñó por entonces el cargo de síndico del Municipio. Como tal, recibió un pase de cortesía para dos personas a los cines de Pachuca. Estoy seguro que fui el mayor usufructuario de ese pase.

Era usual que los domingos Raúl y yo presenciáramos dos funciones. En el Reforma, a las cuatro de la tarde, dos películas, y a las ocho, en el Iracheta, veíamos al menos la de estreno. Durante la semana hábil, las horas libres del horario escolar vespertino daban ocasión de que me escapara al cine. Cualquier sala distaba, si mucho, cuatro cuadras, inclusive la plaza del Reloj, que cruzaba oblicuamente en menos de treinta segundos.

Cine Iracheta.  Esquina de Guerrero y Doria. Ca. 1942.  Foto: F. Rivemar

 

Un año de cien funciones no significa que haya visto ciento cincuenta películas. Era capaz de volver el segundo y el tercer día a la misma función cuando alguna película me gustaba particularmente. Un analista dijo que ir al cine con tanta frecuencia obedece al deseo subconsciente de evadir la realidad. Nunca lo creí. En mi caso fue tal vez la ávida expectación adolescente por la desnudez femenina y la insinuación de tramas carnales —por entonces no estaba permitido más—; la búsqueda de novedades o un genuino interés por el séptimo arte, cuyos argumentos condensaban datos y noticias que no encontraba en otra parte.

Pasó el tiempo y dejé de ser cinéfilo asiduo. El discurso cinematográfico de hoy es otro. Engolosinado por la tecnología, ha dejado de lado la gramática de aquellos realizadores, que no precisaban de efectos especiales para revelar la índole humana, sus sueños y obsesiones. El cinematógrafo de entonces me ofreció incesantes novedades. Hoy, salvo excepciones, muestra con alarde tecnológico aburridas variaciones sobre los mismos temas.

Tampoco existe ya ninguno de aquellos cines. Al multiplicarse la producción fílmica, aquellos cines resultaban claramente insuficientes. Con tan diversa y abundante oferta industrial en sus manos, los empresarios trocaron la concepción de la gran sala, a la usanza de los teatros y las casas de ópera, por cuchitriles infames. Durante algunos años fue común que convirtieran elegantes paraninfos en seis u ocho cajoncitos de exhibición, cada cual con una pequeña pantalla y un ambiente asfixiante. Hoy, en lugar de una cómoda butaca, mi asiento es —lo digo con una especie de vergüenza— la nostalgia.

2007 Plafon Cine Iracheta

2007 Plafón Cine Iracheta.  Foto por Rafael Rodríguez Castañeda

Todo recuerdo apela a los sentidos que lo registraron. La vista y el oído en el caso de filmes memorables; la visita al lugar, si se trata de evocar el sitio preciso donde estuvo el escenario de tantas emociones juveniles. En Pachuca, para mí esos lugares se reducen a aire, comercio y ruinas: es posible que me ubique en un punto de la plaza Independencia y diga: “Aquí estuvo el Reforma”. Si me ubicare entre ciertos anaqueles que expenden ropa y aparatos, diría: “Esto fue el Pineda, convertido en cenizas y luego, en cine Alameda y Variedades”. Sólo en el caso del Iracheta existen vestigios para imaginar su discreto decoro estético. En la modesta nave, hoy convertida en estacionamiento, queda el plafón escarapelado y sucio, así como la herrumbrosa estructura de lo que fue techo del foro —si se puede llamar ‘foro’ al sitio donde colgaba la pantalla.

A la congoja frente a tales ruinas le queda el consuelo de saber que no es la única antigua sala cinematográfica del planeta cuyo cascarón sirve hoy como paradero de automobiles a quienes van al centro historico de una ciudad.  Lo mismo ocurrió, por ejemplo, con el teatro Michigan de Detroit, según el testimonio que nos da la escalofriante foto de Stan Douglas.

Michigan Theatre de Detroit. 1999. Foto de Stan Douglas.

Lo demás son fantasmas, imágenes borrosas, disolvencia.

 

Rafael Rodríguez Castañeda

Edición: Ricardo Castañeda Guzmán

 

MÁS SOBRE LOS CINES DE PACHUCA:

Cine Iracheta
http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2626921.htm
Cine Reforma
http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2269070.htm
Cine Alameda
http://www.cronistadehidalgo.com.mx/index.php/articulos/77-los-cines-de-mi-pachuca

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