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Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte V

Continuación.

“…que ni a Manuel ni a su padre Juan fueran molestados, que habían prestado servicios de consideración a la causa que defendían ellos…”

Juan a la edad de 54 años, 1870

1859 fue significativo en la vida de Juan Castañeda. Fue el año en que nació el primer hijo de su segundo matrimonio y en que vivió la aventura que lo llevó a participar, así fuera indirectamente, en la Guerra de Reforma después que Marcelo Popoca, su tío, erróneamente le informara que su hijo Manuel había fallecido en Temascaltepec.

Para saber más sobre Marcelo Popoca busqué datos extra sobre él en las actas eclesiásticas y los registros civiles de Zacualpan, pero sin éxito. En ambas entidades hay libros de registros faltantes.

La familia Popoca Sáez fue muy extensa. Tuvo varios hijos, de los cuales la mayoría falleció a temprana edad. Entre los que sobrevivieron estuvo Marcelo. José Manuel Popoca y María Ignacia Josefa Sáez fueron abuelos maternos de Juan Castañeda, quien tuvo una relación cercana con su tío Marcelo.

Deduzco que Marcelo era mayor que Juan, a quien seguramente Marcelo contaba cuentos e historias si Juan estaba en casa de sus abuelos o cuando Marcelo visitaba a su hermana María Antonia Josefa Popoca, madre de Juan. Supongo también que entre ellos hubo un trato frecuente a lo largo de su vida. Cuando ambos fueron adultos, coincidían en la plaza de Zacualpan. Sabemos que instalaban sus puestos uno al lado del otro.

En muchos casos, cuando niños, escuchamos historias que nos impresionan y en lugar de “entrar por un oído y salir por el otro”, se atoran en nuestra memoria para siempre. Considero que esto ocurrió con uno de los relatos que Marcelo contó a Juan, quien al final de su manuscrito, escribe tres párrafos con el sabor de los recuerdos de un tío a quien conoció durante su vida y admiró entre las buenas y las malas.

Lo que Juan describe se refiere a la participación de su tío Marcelo en un episodio de la lucha de Pedro Ascencio Alquisiras (1778-1821), guerrillero de sangre indígena pura[1]. Aunque lo más probable es que mezcle dos momentos diferentes de la larga lucha por la Independencia. Uno, donde intervino Filisola, ocurrido hacia 1812, y el segundo, donde el protagonista fue Ascencio, hacia 1820.

La narración de Juan comienza con una frase que probablemente dijo el comandante Vicente Filisola[2] a Marcelo Popoca. Las palabras anteriores que debieron explicarnos esto no existen porque el pliego original del manuscrito subsiste roto. Se perdió la parte superior de la hoja que contiene esta historia, de tal forma que faltan las dos primeras líneas del texto:

—Quedarás agregado a mi fuerza.

A los dos ó tres días se supo en Coatepec que en la Goleta, había sido derrotada la fuerza del Gobierno nombrada regimiento de Santo Domingo; y con tal noticia el comandante Filisola emprendió su marcha para el sur con su tropa, y con ella, mi tío Marcelo de clarín; que llegaron a un punto al pie de la Goleta en donde encontraron una numerosa y horrorosa osamenta de cadáveres humanos, como de caballo de los primeros.

Había muchos [cadáveres] enteros porque las aves carnívoras no daban basto a comerlos; pues supieron por algunos de los que escaparon que de los quinientos que eran, solo trece habían salido de los que iban en lo último, a retaguardia; y por algunos de estos supieron que don Pedro Ascencio los fue llamando, hasta llevarlos a una cuesta o barranco para subir al plan o cima de la Goleta.

Y habiendo la fuerza del Gobierno tomado el camino, que era un callejón cerrado, y barranca por encima y por abajo, Ascencio con treinta indios comenzó a rodarles piedras. Como el camino estaba cerrado, comenzaban a matar desde los primeros hasta los últimos. Que en esa acción se hizo don Pedro de muchas armas, y qué a él le mataron dos hombres, que esto se supo porque encontraron dos sepulturas en donde estaban las piedras que echaron a rodar: y que ellos no corrieron la suerte que los de Santo Domingo porque a los insurgentes les llamaron la atención por otra entrada que entonces la Goleta tenía, pues entonces solo por las entradas se subía a ese punto, y que estando ya encima las dos fuerzas del Gobierno no vieron ya a nadie, pues dizque ese cerro tiene encima grandes planes montuosos y muchas barrancas.

La amplia ayuda que hemos recibido de la familia Castañeda, así como de amigos y conocidos, para recopilar información genealógica la hemos integrado mi primo Rafael Rodríguez Castañeda y yo, quienes hemos buscado, además, la mayor información histórica posible para poner en contexto el devenir de nuestra rama familiar Castañeda.

Hace dos años Rafael me envió la copia digitalizada de un testamento escrito en mayo de 1870. El testamento, dictado por Marcelo Popoca, consideró entre sus legatarios a Juan Castañeda, y es precisamente en la etapa de que se ocupa este capítulo cuando resulta propio y oportuno mencionarlo. Aunque Juan no habla de esto en su manuscrito, nos ilustra sobre la trama familiar en que ambos se desenvolvieron.

Quise saber más sobre este documento y pregunté a Rafael los detalles pertinentes. Como en muchos casos, más que responder, Rafael hizo una presentación completa y transcribió el testamento que ahora conserva. Presento el texto resultante, que hace referencia a Juan Castañeda:

Marcelo Popoca Sáez no sabía escribir. No obstante, cuando sintió próxima su muerte, dispuso la repartición de su patrimonio en un pliego testamentario elaborado con elegancia y esmero profesionales por don Hipólito Patiño, quien firmó al calce de este documento “por sí y por el testador”. Otras seis personas también lo firmaron como testigos.

¿Cómo y en manos de quién fue posible que se conservara durante tanto tiempo? No lo sabemos, pero podemos suponerlo: la primera persona en tenerlo fue Sotera Popoca Soria, única hija superviviente de Marcelo, la albacea, quien recibió la mayor parte de la herencia.

De Sotera Popoca, el pliego pasó como mero recuerdo a manos de su hija, Margarita Porcayo Popoca (1859-193#), nieta de Marcelo. Fue Margarita quien lo llevó consigo entre su menaje de Zacualpan, Edo. De México a Pachuca, Hidalgo y durante varias mudanzas, hasta que lo depositó con otros documentos en un ropero, en la casa que adquirió para ella su hijo Austreberto, y que fue su última morada. Cuando murió, sus pertenencias las conservó Rosario Castañeda Porcayo, Rosita (1891-1975), su hija.

Tocó a Miguel Rodríguez Castañeda revisar el legado documental de su tía Rosita. Entre cartas, fotografías y otros recuerdos, en un sobre común encontró el testamento que dictó su retatarabuelo más de cien años atrás. Con enorme generosidad, Miguel entregó el testamento a Rafael, su hermano.

Descripción del documento.  La subsistencia de este documento, 145 años después de la fecha en que fue escrito, es un portento. Se trata de un frágil pliego de 44 por 32.5 cm de un papel parecido al que hoy llamamos de China, doblado por la mitad, de manera que resultaran cuatro caras, de las cuales el redactor o amanuense utilizó tres. El texto fue manuscrito a tinta. Las páginas 1 y 2 ocupan el anverso y reverso de la primera mitad, y la página 3 una cara del otro medio pliego.

Notas sobre esta transcripción.  El siguiente texto respeta puntualmente la grafía del manuscrito original: carencia de puntuación, acentos en desuso sobre palabras monosílabas, así como faltas ortográficas.

Los números fuera del margen no aparecen en el original; indican el contenido de cada una de las tres caras escritas en el pliego.

RRC

Gracias al envío del Testamento de Marcelo Popoca Sáez digitalizado por Rafael Rodríguez Castañeda, lo adjunto forma PDF  y Words.

Testamento Marcelo Popoca Sáez PDF

Testamento Marcelo Popoca Sáez Words

Testamento

1. En el nombre de Dios todopoderoso, uno en esencia y trino en personas. Yo Marcelo Popoca natural y vecino de este Mineral hijo legítimo de Don José Manuel Popoca y de María Ignacia Josefa Saez difuntos, naturales de Coatepec Harinas, hallandome enfermo en cama de la enfermedad que Dios nuestro Señor se ha servido enviarme, pero en mi entero juicio y cabal memoria; creyendo, como firmemente creo, todos los misterios de nuestra santa fé católica, en cuya fé y creencia quiero y protesto vivir y morir, y esperando en que la Divina misericordia me perdonará mis culpas y pecados por la intersesión de María Santísima Nuestra Señora, á cuyo patrocinio me acojo, para que con el Santo Angel de mi guarda, santo de mi nombre y demas santos de mi devoción me amparen y favorescan en el trance de mi muerte; hago, otorgo y ordeno este mi testamento en la forma siguiente:

Primeramente encomiendo mi alma a Dios, que la crió de la nada y mi cuerpo á la tierra de que fue formado.

Que su entierro se verifique sin pompa alguna.

Que fue casado de primeras nupcias con María Soria natural de este Mineral y ya difunta, que ningún capital poseían ambos al tiempo de su enlace.

Que en nuestro matrimonio tubimos nueve hijos en el orden siguiente: Rafael, María, Víctor, Francisca, Cresencio, Epigmenia, Secundina, Zeferina, Juan ya difuntos y Sotera

Que Don Sabino Hernandez de Pilcalla me es deudor de siete pesos y medio

2. saldo de la cera labrada que le dí quedando ya pagado de dos pesos que yo le debía á dicho Sr. de una poca de azúcar y las demas personas que constan en la adjunta lista y que forman un total de treinta y seis pesos veinticinco cent: advirtiendo que de los doce pesos que adeuda Hilario Hernandez se deben dar seis en el orden siguiente: tres a Pedro Reynoso y tres a Juan Castañeda. Que sus intereces consisten en la casa de su habitacion que posee sin gravamen alguno, en un caballo colorado ensillado y enfrenado, de cuyos objetos deja las constancias necesarias a su albacea.

Que de todo lo que forman mis intereses ya dichos declaro por mi única heredera á mi hija Sotera Popoca.

Que nombro por testamentaria, albacea y ejecutora de mi testamento á mi referida hija Sotera e insólidum le doy la de mi poder cumplido, cuanto en derecho se requiere para que pueda entrar y entre en todos mis bienes y los venda y remate en pública almoneda ó fuera de ella segun le paresca conveniente, para que cumpla mis disposiciones dentro del término legal ó el mas tiempo que necesite, pues al efecto se los prorrogo y le doy facultad para que pueda sustituir sus oficios y subrogar otros en su lugar que lo lleven á debida ejecución, a los cuales doy por nombrados, y les concedo la misma facultad y potestad que á la espresada.

Y por el presente, revoco y anulo cualquiera protestamento o testamentos, codicilo o codicilos que

3. yo haya hecho y otorgado, para que no valgan ni tengan efecto alguno en juicio ó fuera de él, ahora ni en tiempo alguno que paresca y sea mostrado, aunque tenga clausulas derogatorias, y palabras particulares de que haya que hacer especial mension, de las que al presente no me acuerdo y doy por espresadas literalmente; y quiero y mando que el presente se cumpla y ejecute como mi última y deliberada voluntad, en la forma y modo que mejor lugar haya en derecho. Así lo otorgo firmando por mí por no saberlo hacer uno de los testigos presentes.

Zacualpan, Mayo 6 de 1870

Por sí y por el testador

Hipólito Patiño Mariano Chimalpopoca

José D Uribe Antonino Sotelo

Miguel Ocampo Jesús Ocampo

Melesio Ocampo

Juan a los 57 años de edad

Aparte de sus maneras de ser, las cuales todas fueron positivas, Juan fue una persona de alta inteligencia. Esta capacidad se demuestra párrafo por párrafo a través de su manuscrito en como deshebra la vida positivamente, siempre sin sentirse víctima.

Saber que uno mantiene un alto nivel de inteligencia causa orgullo personal. Este sentimiento es evidente cuando Juan nos relata los siguientes episodios que ocurrieron durante la época que su hijo Gonzalo empieza sus estudios.

Antes de hablar de Gonzalo, Juan nos narra cómo él mismo fue ganador de un premio de doce pesos que le brindaron sus conocimientos de aritmética, seguramente cuando era niño o adolescente.

Los signos de añadir y substraer fueron introducidos por el alemán Johann Widman en el siglo XV. Según Juan, aun no se los habían enseñado para el siglo XIX cuando un comisionado del Honorable Ayuntamiento de Zacualpan puso Juan a sumar, restar, multiplicar y partir (dividir). El resultante de esta prueba o concurso fue el premio de doce pesos.

Juan no menciona el año en que incrementó sus posesiones con tal cantidad, pero si suponemos que fue durante su adolescencia, entonces el hecho debió ocurrir alrededor de 1830. En sí misma, la cantidad de doce pesos habrá sido una buena suma.

En otro caso, cuando Juan era niño, tuvo un compañero de escuela llamado Francisco Ramírez con quien seguramente lo mismo jugaba que se peleaba.

Aunque Juan ganaba las peleas, no le gustaban tales enfrentamientos porque su padre lo castigaba por ser pendenciero, sin que importara si había ganado o perdido un pleito.

Un viernes en que convivían en buenos términos, decidieron irse de pinta (absentismo escolar) para no tener que dar cuenta por oraciones y la doctrina de Ripalda[3]. Nunca sabían los artículos de la fe, “las bienaventuranzas ni la doctrina”; el maestro los amolaba y le tenían miedo.

Para no ser detectados, se metieron a un bosque donde se encontraron con una grande culebra. Pensando que era castigo del Dios por haberse servido una libertad no autorizada, volvieron inmediatamente a la escuela. Al regresar, el maestro ya enojado porque nadie sabia la lección y ellos tampoco, los azotó como a bestias de carga.

Al final de ese relato, Juan afirma algo que permanece vigente hasta este día con mucha verdad.

Casi en todas las escuelas me pasaba lo mismo porque no sabían los maestros enseñar ni los discípulos aprender”.

“[Gonzalo] era muy travieso y llorón”. Tal es la primera aseveración de Juan sobre su hijo Gonzalo, quien llegaría a ser un gran médico en la historia de México.

Corría 1873. Gonzalo tenía cinco años. Era, por tanto, muy chico para la escuela, pero con tal de que no los molestara en casa, Juan decidió mandarlo al colegio con Bernardino, su hermano mayor, quien para este tiempo tenía catorce años de edad.

Juan y Gabina solamente tuvieron dos o tres días de descanso, porque el preceptor Miguel Ocampo lo regresó con un recado: con sus travesuras, Gonzalo le quitaba el tiempo y debido a su tierna edad no se le podía dar castigo corporal.

Pasó el tiempo y llegó el momento en que fue enviado a la escuela. Gabina avisó a Juan que Gonzalo no quería ir.

Con lágrimas en los ojos de Gonzalo, Juan lo tomó de un brazo:

—¡Marche para la escuela!

Juan lo llevaba, Gonzalo se escapaba y Juan lo regresaba. Después de ofrecerle un tlaco y otros estímulos, Gonzalo perdió el miedo y atendió a sus clases.

El mundo de la educación se abrió y Gonzalo corrió con ella tan aceleradamente que su maestro lo nombró su caballo de batalla porque le ayudaba a enseñar. Era también el niño a quien comisionaba para tomar la palabra en nombre de los alumnos para saludar a las autoridades políticas y educativas que visitaban la escuela.

Una vez en un discurso que pronunció Gonzalo, dijo al gobernador: “Ojala, señor, que usted tuviera a bien darme un lugar en el Instituto Literario”. Pero como en muchos casos, palabras caen en oídos que nunca oyen.

El gobernador habrá tenido audiencia selectiva, pero Gonzalo no consideró ese detalle de manera que siguió adelante, calificando bien en sus exámenes, los cuales le generaban carpetas con moños y monedas de plata.

Un día Juan y Gabina recibieron la sorpresa de una visita del alcalde, don Jesús Lechuga, y de un regidor. Juan se preguntó, a qué se debía tal visita.

En representación del Ayuntamiento, los visitantes expresaron con agrado la razón de su visita. Iban a felicitarlos por el adelanto de Gonzalo en la escuela, así como la expectativa de quienes lo examinaron de que en el futuro siguiera aplicándose con el mismo entusiasmo.

Juan se sobrepuso a la emoción que le anudó la garganta y les dio las gracias por el honor que les hacían a Gabina y a él.

“Dios quisiera que mi joven siguiera con el empeño que hasta entonces tenía —reflexionó Juan—, y que acaso llegaría el día que fuera útil no solo a sus padres, si no a su patria, y por fin, a la sociedad”. La realidad es que sus fervientes deseos se realizaron: Gonzalo llegó a ser una eminencia en la Medicina, satisfizo a sus padres, honró a su patria y benefició a la sociedad.

Don Mariano Sotelo no sólo era preceptor de la escuela municipal; también promovía la participación de los alumnos en actividades teatrales. Representaban comedias y sainetes, y Gonzalo era el actor preferido para los papeles principales. De estas pequeñas obras de teatro escolares, Juan menciona dos.

En una de sus actuaciones, asignaron a Gonzalo el papel de un amante que gritaba con enfado el nombre de su novia, y ella el de él. Juan abandonó la representación porque consideró inmoral el sainete, impropio para un niño de nueve años de edad. Este episodio debió ocurrir en 1877.

En otra ocasión en que Gonzalo debía actuar, todo su vestuario estaba listo, menos los zapatos, porque el zapatero no cumplió.

La víspera de la representación, en medio de su angustia y su llanto, Gonzalo pidió a Juan que fuera a casa de su compadre don Zenón porque sabía que Lolita, la hija de Zenón, tenía dos pares de zapatos, uno de los cuales le venían bien.

En casa del compadre Juan sólo encontró a Lolita, se entendió con ella y el asunto quedó arreglado.

Quienes presenciaron aquel número aplaudieron la actuación de Gonzalo, particularmente su habilidad para bailar, de tal manera que cuando Gabina, Bernardino y Gonzalo iban a un baile, los asistentes le pedían a Gonzalo que bailara el jarabe, pues lo hacia muy bien, especialmente con Lolita Suárez.

Sin cesar, Gonzalo buscaba la forma de continuar sus estudios. A pesar de las estrecheces de la familia, esa inquietud se la planteaba a su padre, a quien le revelaba sus deseos mediante interrogatorios cuya intención Juan entendía claramente. Las siguientes preguntas, según mis cálculos, procedían por lo menos de un muchacho de catorce años de edad. Juan tenía entonces sesenta y seis. El año era 1882.

—¿Cuánto es lo que se paga en un colegio porque entre uno a estudiar?, ¿qué pasos se dan para entrar en un colegio? ¿Cuánto se pagará en un navío por ir a Francia o a España o a otra parte que vaya uno en un navío?

Juan respondió:

—En los colegios que paga el Gobierno no se paga nada y se enseña; pero estos necesitan de tener proporción para poder sus padres subsistir en México, y si sus padres viven fuera, necesitan tener para mantenerlos y vestirlos.

Juan agregó, considerando su pobreza:

—Que casi nunca es el que remiten el de más aplicación e inteligencia tiene, sino el hijo del Alcalde, del más rico o del de más influencia, aunque éste, por quien dan su voto, sea un burro. [Así proceden], menospreciando al pobre aunque, sea más adelantado e inteligente que los demás.

Juan ignoraba el costo de un pasaje a España, Francia e Inglaterra, pero explicó a su hijo que la situación económica del pasajero dictaba su comodidad durante el viaje y que el pobre comía los desperdicios que el rico dejaba.

Las ambiciones de Gonzalo por avanzar escolarmente eran grandes y a Juan lo mortificaban. Carecía de los medios. Lo único que si podía hacer, era pedirle a su Dios.

Con grandes esfuerzos y con la ayuda de familiares, Gonzalo llegó a Cuernavaca para avanzar en sus estudios en plena adolescencia. Hubo un momento en que allí se reunieron Juan y dos de sus hijos, Bernardino y Gonzalo. Ese momento quedó capturado en la siguiente fotografía, que conocemos gracias a la gentileza de Claudia Infante Castañeda, nieta del Dr. Gonzalo Castañeda.

De izq. a der., Bernardino Castañeda Escobar, Juan Francisco Castañeda Popoca y Gonzalo Castañeda Escobar. Foto gracias a la generosidad de Claudia Infante Castañeda, nieta del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Más de medio siglo después, el 28 de enero de 1941, el doctor Gonzalo Castañeda explicó en una carta dirigida al Sr. Rodolfo González Hurtado algunos detalles acerca de su niñez.

Continuara…

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1]. http://guerrero.gob.mx/articulos/alquisiras-pedro-ascencio/

[2]. Vicente Filisola. (Riveli, Nápoles, 1785-México, 1850) Militar mexicano de origen napolitano. Luchó en el ejército realista contra los insurgentes. Es probable que el episodio que narra Juan Castañeda haya ocurrido hacia septiembre de 1812 en las inmediaciones de Sultepec, Amatepec, Tejupilco, Temascaltepec e Ixtapan de la Sal. V. Gaceta del gobierno de México, Volumen 4. Ed. Imp. de Arizpe. Original de la Universidad Complutense de Madrid digitalizado en enero de 2009. (Gaceta del Gobierno de México del sábado 31 de octubre de 1812. Tomo iii. Núm. 309. pp 1143 y ss.)

https://books.google.com.mx/books?id=7W4OOxaCV5gC&pg=PA1147&lpg=PA1147&dq=comandante+filisola&source=bl&ots=SL8prHlK5P&sig=8ERuKnS-Mt1yiIW35wr5y7ympIw&hl=es&sa=X&ei=6kZuVdO8L8-OyATKoYKQCQ&ved=0CCgQ6AEwAg#v=onepage&q=comandante%20filisola&f=false

[3]. Jerónimo Martínez de Ripalda (Teruel, 1536 – Toledo, 1618) Jesuita español, autor de un famoso Catecismo (1618). Provista con las novedades del Concilio de Trento, la obra de Ripalda pasó a Hispanoamérica. Se tradujo a las lenguas indígenas. Del de Ripalda se hicieron traducciones cuando menos en náhuatl, otomí, tarasco, zapoteco y maya. (Fuente: Wikipedia).

Centenaria Castañeda, un siglo personal (1914-2014)

Cien años

Existen momentos en los cuales uno desearía vivir por una eternidad y en otros, no existir un segundo más.

Aunque cien años no sean una eternidad, a mí me parecen un largo término para una vida, considerando que a mis 66 años les falta todavía sumar otra mitad para acercarme al centenario.

Para que alguien marque su edad con el primer número de tres dígitos es condición indispensable que se cumplan satisfactoriamente muchas variables. Las esenciales son salud, familia, finanzas, estado mental, elección espiritual, nutrición, cuidado médico y no sumarse a la estadística de la mala suerte; no estar en un sitio donde ocurran desgracias ni vivir en medio de conflictos humanos graves, como los que desembocan en guerras.

Realizar una existencia

En 2010, durante una visita a Pachuca, Hidalgo, mi primo hermano Jesús me hizo saber que aún vivía una de los trece hijos que tuvieron mis bisabuelos Amador y Francisca. Se refirió a ella como “la tía Elena”, quien tenía entonces 96 años y vivía por Ciudad Satélite en Naucalpan, estado de México. En respuesta a mi interés por conocerla me ofreció indagar si sería posible visitarla, y después de un par de llamadas telefónicas, concertó la visita.

Mi tía abuela, como puedo referirme a la hermana de mi difunto abuelo, se llama Elena Laura Castañeda Islas y nació en Pachuca, Hidalgo, el 18 de agosto 1914 a las dos de la tarde. Fue hija legítima del licenciado Amador Castañeda Jaimes y de María Sabas Francisca Islas Montaño.

En la siguiente foto, tomada en 1931, aparece Elena con sus padres, Lic. Amador Castañeda 1 y Francisca “Pachita” Islas, más siete de sus hermanos.

 

De izquierda a derecha Laura, Elena, Esperanza, Oscar, “Pachita”, Amador, Jorge (camisa blanca), Carlos, Raúl y Enrique.

***

1935 Ene 20 Elena original (1) - Copy

Elena el 20 enero 1935

Llegamos a su casa y después de intercambiar las formalidades del primer saludo, nos sentamos alrededor de la mesa. En la consecuente plática comprendí el valor de su presencia. Tía Elena representa un nexo familiar con el pasado; con mis ancestros.

Tía Elena fue la novena de una familia de trece hijos. A la edad de veintidós, dos años después de la muerte de mi bisabuelo, ocurrida en 1934, contrajo matrimonio con Jesús Mendoza Roldán. En los años siguientes nacieron Roberto, David y Magda, sus hijos. David murió a temprana edad.

Jesús y Elena 20 julio 1937

Un día tía Elena supo que su marido era mujeriego, pero la gota que derramó la copa fue la noticia de que se había vuelto a casar sin haberse divorciado de ella. Tras la separación, encargó a sus dos hijos con mi bisabuela para ganar con qué sostenerlos y entró a trabajar como secretaria a la agencia estatal de Recursos Hidráulicos en Pachuca.

Al poco tiempo se mudó a la Ciudad de México para trabajar en el despacho de Raúl Remigio, su hermano, quien era abogado. Luego ingresó a Teléfonos de México. El empleo estable le dio oportunidad de rehacer su familia, casó con Alfonso Pliego. La pareja alquiló una casa en la calle de Villalongín de la colonia Cuauhtémoc, a pocas cuadras de su trabajo, y ella llevó consigo a sus hijos. El matrimonio con Alfonso tuvo altibajos. En uno de los momentos críticos se divorciaron… para volver a casarse tiempo después. Vivieron en pareja alrededor de cinco años.

En la cotidiana lucha por satisfacer las exigencias familiares y ajustarse al horario de su trabajo transcurrió casi un tercio de la vida de Elena Castañeda Islas. Fueron treinta años, tiempo en que sus hijos se volvieron adultos, la Ciudad de México se transformó en metrópolis y la empresa creció en el esfuerzo por cubrir la incesante demanda de servicio telefónico en la Capital y en el país. Después de cumplir una vida laboral ininterrumpida obtuvo su jubilación.

Elena Castañeda Islas con Roberto y Magda, sus hijos, 11 mayo de 2014.

Los ahorros de su retiro los invirtió en la compra de una casa por el rumbo de Ciudad Satélite; y la energía de trabajadora recién pensionada la dedicó en buena medida a colaborar en la organización de las actividades sociales y recreativas en el recién abierto Parque Naucalli, donde además se inscribió en los cursos de inglés. Tía Elena participó tan activamente que en plena tercera edad la eligieron por simpatía como reina en los festejos anuales de los clubes para adultos mayores del Naucalli.

En la misma casa, cercana al Naucalli, vive actualmente con Magda, Elena y Ericka, hija, nieta y bisnieta, respectivamente. Roberto 2, su hijo, la visita con frecuencia. Este 18 de agosto 2014 significa un cumpleaños singular: mi tía Elena se convierte en centenaria. Este acontecimiento nos induce a comprender el valor de la longevidad de una vida plena, mientras disfrutamos de su presencia.

Elena Laura Castañeda Islas celebra su centésimo cumpleaños rodeada de sus dos hijos, seis nietos, diez bisnietos e innumerables familiares consanguíneos y políticos.

De izquierda a derecha; bisnieta Ericka, centenaria Elena, nieta Elena e hija Magda en mayo 2014

El centenario la sorprende también convaleciente de una fractura en la cadera que sufrió el año pasado a consecuencia de un resbalón, y que gracias a los cuidados y el cariño de su familia inmediata, así como a la atención de su doctora, supera poco a poco.

Longevidad

Dentro de nuestra familia existieron varios nonagenarios que no cumplieron los cien años, pero el reconocimiento a la larga vida de mi tía Elena me da la oportunidad de mencionar a otros longevos como Alva Castañeda Lara, quien ahora disfruta de sus 102 años de edad; a Antonio, Margarita (Margo) y Petra, quienes están en buena marcha para llegar a esta meta cronológica.

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Alva Castañeda Lara, n. 20 abril 1912. Actualmente tiene 102 años. Alva y Elena son primas hermanas, hijas, respectivamente, de los hermanos Justiniano y Amador Castañeda Jaimes.

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Dr. Antonio Castañeda García n. 17 enero 1921, 93 años

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Magos Sept 2011

Margarita (Mago) Castañeda Rivera, n. 14 abril 1921, 93 años. Cortando el pastel de la asamblea Castañeda 2011.

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Petra Castañeda Gómez, n. 1923. Actualmente tiene 91 años.

 Petra Castañeda Gómez  3

 

Ricardo Castañeda
Edición: Rafael Rodríguez

Cartelera de tres cines

Treinta años en Pachuca (1945-1975)

De mi primera matiné sabatina salí levitando. Como en mis sueños recurrentes, a los once años casi volaba al correr en una exultación que potenciaron varios elementos: el permiso para que asistiera solo a la función; la fascinación de Tres lanceros de Bengala; el contraste entre la oscuridad de la sala y el cielo azul (habitualmente abandonábamos el cine cuando ya era de noche); el alegre cruce de la plaza Independencia a la una de la tarde y sobre todo, la persistencia del deslumbramiento cinematográfico. Así se produjo tal regocijo de libertad.

Era costumbre que algún plantel en apuros recaudara fondos mediante matinés cinematográficas. Un par de mujeres, a quienes mentalmente identificaba como “las señoritas Iracheta” visitaba la escuela para exhortarnos, aula por aula, a asistir a la función, que usualmente ocurría en el Reforma o en el Pineda, las salas de mayor cupo. Me quedó la imagen de la más sonriente de ellas. Tras sus gruesos anteojos nos miraba al hablar maravillas de tres películas de aventuras. Repartía programas impresos en tiras de colores y vendía boletos. Cuarenta centavos en luneta; veinticinco en anfiteatro y veinte o quince —no recuerdo— en galería. Mi tía Rosita, que era maestra, seguramente comprendía que aquella publicidad me despertaba un entusiasmo estéril. Si acaso llevaba dinero para el recreo, mis recursos no pasaban de cinco centavos y solo de vez en cuando circulaban por mis bolsillos opacas monedas de a diez, acuñadas con níquel, o las que valían el doble. La teotihuacana pirámide del sol troquelada en cobre. Seguramente fue mi tía quien compró el boleto para esa matiné.

Antes que mi asistencia al cine se volviera una práctica más o menos frecuente, el alucinante vuelo entre realidad y ensueño al término de la función, lo repitieron Chaplin, el Gordo y el Flaco, Palillo Vargas Heredia y una película heroica que concluía con la marcha de Pompa y circunstancia.

Cuatro años después comenzó otra etapa: constantemente la cartelera me producía la tentación de desafiar a la autoridad religiosa. A casa llegaba una revista católica cuya sección más atractiva era el índice expurgatorio de películas. De las sucesivas ediciones surgían graves advertencias debido a títulos escandalosos, sobre todo si incluían adjetivos reprobantes o palabras tales como ‘deseo’, ‘vicio’, ‘mujer’ y sus sinónimos. Eso me parecía razonable, pero que vetaran también los nuevos episodios de héroes insospechables me indujo a cuestionar el criterio censor. Una tarde, por fin, corrí el riesgo: El bruto, de Buñuel, me sirvió para soltar amarras de los remordimientos y pagar el enganche de mi liberación.

ElBruto53.jpg

Tras la irrupción del rock en 1954 llegó un torrente de películas cuyos protagonistas eran jóvenes de nuestra edad. El Reforma exhibía las extranjeras, en inglés y con subtítulos; el Alameda proyectaba cinematografía nacional. Filmaciones hechas a la carrera con actores y grupos juveniles cuya calidad o talento era lo de menos. Había exceso de copetes y chamarras de cuero; presumían modas imitables, desinhibidos pasos de baile, navajas de muelle más automóviles descapotados y motos, que estaban fuera del alcance de la gran mayoría. De cualquier manera, el alud de desplantes de rebeldía contra las convenciones que vimos en las pantallas del Alameda —antes llamado ‘Pineda’—, el Iracheta y el Reforma, poco a poco influyó nuestro comportamiento.

No todo se centraba en la función como espectáculo: el atractivo dejó de radicar sólo en las películas y los domingos por la tarde importaba también el acto presencial en alguna de esas tres salas cinematográficas, sub-universos de una ciudad como Pachuca, donde los estudiantes constituíamos, si no un estrato, al menos una categoría temporal. Nos clasificaban los escasos años y el desparpajo antes, durante y después de la función. Al ingresar a la sala, corríamos por los pasillos al abordaje de las butacas centrales o cerca de donde estuvieran sentados los cuates; nos distinguíamos por echar relajo, burlarnos de las escenas lacrimógenas de argumentos pretendidamente sentimentales y declarar ruidosamente nuestro amor por actrices que casi siempre desempeñaban papeles estelares. Resultábamos detestables para las personas mayores y las familias que asistían a la misma función.

En el caso individual de cada estudiante, tal comportamiento se transformó en seriedad casi solemne si invitaba a su novia o le interesaba encontrar entre las múltiples jovencitas a una en particular. Era frecuente que el estudiante en cuestión llegara al cine de saco y corbata. A diferencia de las ciudades donde muchachos y muchachas coquetean a la ronda del jardín central, los vientos vespertinos de Pachuca estropean el disfrute de cualquier paseo e imponen al cortejo juvenil escenarios a resguardo del frío. Por aquellos años, tales escenarios fueron las salas cinematográficas. Para cualquier interesado, los minutos de espera antes de la función y los intermedios servían para buscar con la mirada, y tras el contacto visual, para enviar sonrientes saludos y al final, con buena suerte, abandonar el asiento entre los cuates para acercarse y saludarla.

Este ejercicio —digamos— sentimental, no desplazaba del todo el interés por la película. Como ante cualesquiera de las artes, la mayoría se quedaba en la superficie, es decir, en la historia fílmica. Esta percepción evolucionaba poco a poco cuando comenzaba a identificar a actrices y actores por su nombre, a apreciar la música, distinguir el estilo de la dirección y finalmente, razonar sobre lo que hoy se llama el paradigma del argumento.

Cine Reforma.  Matamoros y Plaza Independencia, Ca. 1950

 

Si hablo de cultura cinematográfica, de una actitud consciente y crítica ante las películas que los cines de Pachuca exhibieron en mis años de estudiante, debo reconocer que durante mucho tiempo fui un espectador unilineal y atento a medias, hasta que oí a mis compañeros de butaca pronunciar con familiaridad y soltura el nombre de los actores secundarios, en los que de otro modo nunca me hubiera fijado. En High society, por ejemplo —filme donde solamente tuve ojos para Grace Kelly y oídos para Satchmo—, aprendí a identificar a un par de actores y cantantes cuyos nombres eran Bing Crosby y Frank Sinatra. 1-3High-Society-Poster

Según el tiempo que podía dedicar a la cinematografía, la cartelera de tres cines me ofreció opciones suficientes para asistir, en el curso de un año, exactamente a cien funciones.

Este es el momento y el lugar para hacer una digresión y rendir homenaje a los Trejo Anaya, mis amigos y vecinos, cuyo padre desempeñó por entonces el cargo de síndico del Municipio. Como tal, recibió un pase de cortesía para dos personas a los cines de Pachuca. Estoy seguro que fui el mayor usufructuario de ese pase.

Era usual que los domingos Raúl y yo presenciáramos dos funciones. En el Reforma, a las cuatro de la tarde, dos películas, y a las ocho, en el Iracheta, veíamos al menos la de estreno. Durante la semana hábil, las horas libres del horario escolar vespertino daban ocasión de que me escapara al cine. Cualquier sala distaba, si mucho, cuatro cuadras, inclusive la plaza del Reloj, que cruzaba oblicuamente en menos de treinta segundos.

Cine Iracheta.  Esquina de Guerrero y Doria. Ca. 1942.  Foto: F. Rivemar

 

Un año de cien funciones no significa que haya visto ciento cincuenta películas. Era capaz de volver el segundo y el tercer día a la misma función cuando alguna película me gustaba particularmente. Un analista dijo que ir al cine con tanta frecuencia obedece al deseo subconsciente de evadir la realidad. Nunca lo creí. En mi caso fue tal vez la ávida expectación adolescente por la desnudez femenina y la insinuación de tramas carnales —por entonces no estaba permitido más—; la búsqueda de novedades o un genuino interés por el séptimo arte, cuyos argumentos condensaban datos y noticias que no encontraba en otra parte.

Pasó el tiempo y dejé de ser cinéfilo asiduo. El discurso cinematográfico de hoy es otro. Engolosinado por la tecnología, ha dejado de lado la gramática de aquellos realizadores, que no precisaban de efectos especiales para revelar la índole humana, sus sueños y obsesiones. El cinematógrafo de entonces me ofreció incesantes novedades. Hoy, salvo excepciones, muestra con alarde tecnológico aburridas variaciones sobre los mismos temas.

Tampoco existe ya ninguno de aquellos cines. Al multiplicarse la producción fílmica, aquellos cines resultaban claramente insuficientes. Con tan diversa y abundante oferta industrial en sus manos, los empresarios trocaron la concepción de la gran sala, a la usanza de los teatros y las casas de ópera, por cuchitriles infames. Durante algunos años fue común que convirtieran elegantes paraninfos en seis u ocho cajoncitos de exhibición, cada cual con una pequeña pantalla y un ambiente asfixiante. Hoy, en lugar de una cómoda butaca, mi asiento es —lo digo con una especie de vergüenza— la nostalgia.

2007 Plafon Cine Iracheta

2007 Plafón Cine Iracheta.  Foto por Rafael Rodríguez Castañeda

Todo recuerdo apela a los sentidos que lo registraron. La vista y el oído en el caso de filmes memorables; la visita al lugar, si se trata de evocar el sitio preciso donde estuvo el escenario de tantas emociones juveniles. En Pachuca, para mí esos lugares se reducen a aire, comercio y ruinas: es posible que me ubique en un punto de la plaza Independencia y diga: “Aquí estuvo el Reforma”. Si me ubicare entre ciertos anaqueles que expenden ropa y aparatos, diría: “Esto fue el Pineda, convertido en cenizas y luego, en cine Alameda y Variedades”. Sólo en el caso del Iracheta existen vestigios para imaginar su discreto decoro estético. En la modesta nave, hoy convertida en estacionamiento, queda el plafón escarapelado y sucio, así como la herrumbrosa estructura de lo que fue techo del foro —si se puede llamar ‘foro’ al sitio donde colgaba la pantalla.

A la congoja frente a tales ruinas le queda el consuelo de saber que no es la única antigua sala cinematográfica del planeta cuyo cascarón sirve hoy como paradero de automobiles a quienes van al centro historico de una ciudad.  Lo mismo ocurrió, por ejemplo, con el teatro Michigan de Detroit, según el testimonio que nos da la escalofriante foto de Stan Douglas.

Michigan Theatre de Detroit. 1999. Foto de Stan Douglas.

Lo demás son fantasmas, imágenes borrosas, disolvencia.

 

Rafael Rodríguez Castañeda

Edición: Ricardo Castañeda Guzmán

 

MÁS SOBRE LOS CINES DE PACHUCA:

Cine Iracheta
http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2626921.htm
Cine Reforma
http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2269070.htm
Cine Alameda
http://www.cronistadehidalgo.com.mx/index.php/articulos/77-los-cines-de-mi-pachuca

Higiene Minera, Dr. Gonzalo Castañeda Escobar (1868-1947)

A Carmen Castañeda Olea en el centenario de su nacimiento 22 abril 1914 – 8 noviembre 2012.

Presentación

La tecnología progresa como si estuviera bajo la influencia de una inyección de esteroides. No nos da respiro para absorber completamente su última invención. La velocidad de los cambios es mayor que nuestra capacidad para asimilarlos.

En mi experiencia personal nada substituirá la sensación de tomar un libro, sopesarlo, sentir la textura de sus hojas y tener la satisfacción de leer desde la primera hasta la última página.

A través de los siglos el libro ha sido una de los soportes más prácticos y eficientes para expresar y transferir información —textos, dibujos o fotografías— sin tener que articularla y expresarla en persona. Pero ahora, dentro del mundo virtual, los avances tecnológicos metamorfosean a este viejo amigo en soportes más asequibles que en inglés conocemos como ebook[1] y su primo, el blog[2].

Mis primos Claudia Infante Castañeda, Rafael Rodríguez Castañeda y yo deseamos compartir con los lectores de este blog un documento que Claudia editó en una revista académica en 1990[3] y Rafael y yo conocimos en forma de e-book digitalizado por Google. Me refiero a un memorial sobre la higiene en los trabajos mineros subterráneos elaborado en 1896, cuyo autor fue el doctor Gonzalo Castañeda Escobar [4]. Ahora presentamos nueva información y profundizamos el análisis.

 

El encuentro

Soy originario de Pachuca, Hidalgo, ciudad mexicana de larga tradición minera cuyo subsuelo cruzan numerosos túneles que se extienden por largas distancias. Por esta razón no solamente soy referido como pachuqueño, sino también como tuzo. Por tanto, me identifico con la metáfora del tuzo[5], mamífero roedor que cava en la oscuridad en busca de raíces. He tenido que excavar en los archivos para encontrar información sobre nuestros ancestros Castañeda.

El 30 de diciembre de 2013 recibí el comentario de una investigadora de la UNAM sobre la biografía publicada aquí en marzo de 2013, quien preguntaba si existía una versión más amplia del trabajo del Dr. Castañeda cuyo título original fue Higiene Minera Subterránea.

La pregunta me reveló una carencia en mis archivos. De inmediato consulté a mis primos Claudia Infante Castañeda y Rafael Rodríguez Castañeda. Claudia es doctora en Ciencias de la Salud y nieta del Dr. Gonzalo Castañeda; Rafael ha reunido amplia información sobre la familia Castañeda. Simultáneamente encontré en Internet Memorias: Transacciones, Volumen 2, un e-book de Google que es posible revisar en línea gratuitamente.

Página cortesia Claudia Infante Castañeda

El siguiente documento aparece en la página 753 de este e-book:

Higiene que debe observarse

En los

TRABAJOS MINEROS SUBTERRANEOS

Por el

Dr. Gonzalo Castañeda

Para facilitar la lectura del facsímil publicado en 1898 con una tipografía difícilmente legible, el documento original fue transcrito a un archivo PDF y a un archivo en Words para su acceso.

Dr. Gonzalo, Higiene minera Congreso médico pan-americano 1898

Dr. Gonzalo, Higiene minera Congreso médico pan-americano Words 1898

 

El autor

Gonzalo Castañeda nació en Temascaltepec, México, Mex. Fue hijo de Juan Francisco Castañeda Popoca y de María Gabina de Jesús Escobar Mojica. Lo llamaron Julián Gonzalo de Jesús. El registro civil ocurrió a las diez de la mañana el once de enero de 1868. Nació a las nueve de la mañana del día nueve del mismo mes.

Sorprende que su nombre estuviera tan detallado tanto en el registro civil cuanto en el eclesiástico. Por lo general los registros civiles de esos tiempos eran escuetos. Solían anotar un solo nombre de pila. A nuestro autor pudieron llamarlo Julián o Gonzalo a secas. La manera en que lo nombraron es un indicio de que sus padres solamente repitieron su nombre cristiano al registrarlo civilmente.

La primera fotografía que conocemos de Gonzalo data del 11 de enero de 1884, cuando se retrató con su padre y Bernardino, su hermano mayor, en los estudios de Luis Veraza, en la Ciudad de México.

De izquierda a derecha, Feliz Bernardino Castañeda Escobar, 25 años, Juan Francisco Castañeda Popoca, el padre y Gonzalo, a la edad de 16 años.

Suponemos que Gonzalo Castañeda se refiere al año de 1894 cuando dice en su autobiografía:

 “Ya recibido me fui a mi tierra, después me salió un empleo en Guerrero, y aún me sorprende hoy, cómo a pesar de mi ignorancia e inexperiencia pasaba por buen médico. Después, un señor poderoso: D. José Landero y Cos que me había conocido de estudiante, me llamó de Pachuca para nombrarme médico-cirujano de las minas de Real del Monte, con un buen sueldo; allí me hice riquito y ya con dinero se me ocurrió y decidí irme a Europa”.

Antes de trasladarse a Hidalgo debió contraer matrimonio con Basílides Antonia Teresa de Jesús Olea Gómez-Daza porque el recién recibido Dr. Gonzalo Castañeda y su esposa Teresa vieron nacer en Real del Monte a su primera hija el 30 de octubre 1895, a quien bautizaron en la Parroquia de la Asunción, de Pachuca, Hidalgo, el diez de enero 1896 como María Teresa Catalina.

Acta de bautizo María Teresa Catalina Castañeda Olea, 10 enero 1896

Juan Castañeda y Gabina Escobar, padres de Gonzalo, no solo asistieron al bautizo; fueron padrinos de su nieta a la edad de 80 y 62 años, respectivamente. Los abuelos y padrinos hicieron el viaje desde Zacualpan, Edo. de México a Real del Monte, Hidalgo, México. Tanto los datos civiles como los eclesiásticos sugieren que este bautizo fue un acontecimiento familiar.

Todo esto ocurrió a principios de 1896. En noviembre del mismo año Gonzalo presentó el trabajo que ganó reconocimiento internacional.

 

Relevancia del texto

El siguiente documento fue escrito y presentado en noviembre de 1896, en el segundo Congreso Médico Panamericano, ocurrido en México. Lo divulgamos en atención a su gran valor histórico visto desde varios enfoques, todos ellos de gran trascendencia. Hasta donde sabemos es el primer testimonio sobre las condiciones de salud laboral de los mineros en México. Y leerlo hoy nos hace reflexionar. A pesar de los fuertes cambios tecnológicos, científicos y en seguridad social, a casi 120 años de que Gonzalo Castañeda concluyera esta exposición con un proyecto de reformas para proteger la salud de los mineros, sabemos que en el país aún no se cumplen cabalmente muchas de sus propuestas.

Gonzalo Castañeda fue un médico que se autodefinió como clínico y no como científico ni salubrista. Sin embargo, su agudeza analítica y el rigor de su estudio sobre la situación de los mineros cumple los requisitos del análisis científico de un problema de salud pública: observa y vincula meticulosamente los factores asociados a cada enfermedad, daño y lesión de un grupo poblacional, los tres mil barreteros que observó durante dos años. Además demuestra de manera técnicamente sobresaliente cómo los mecanismos “del proceso social del trabajo” minero los llevaba al “perpetuo desequilibrio orgánico y fisiológico” hasta llegar a la muerte. Las defunciones registradas en Real del Monte durante el tiempo en que estuvo allí son indicativas de la gravedad del caso.

El mayor mérito sociológico de este trabajo tal vez no sea identificar los factores sociales que afectaban la salud de los mineros sino describir cómo las precarias condiciones en que habitaban, trabajaban y se alimentaban, determinaban una pésima calidad de vida y la exponían al riesgo de múltiples enfermedades, a la discapacidad y con demasiada frecuencia, debido a accidentes, a la muerte temprana.

El trabajo supera la visión médico-biologicista que por un lado ve como causas a los agentes etiológicos inmediatos de enfermedades y accidentes, y por otro, en forma aislada, ve los factores sociales que los rodean. A la hora de preparar su estudio, Castañeda explica el engranaje de las condiciones que determinan el proceso salud-desgaste-enfermedad-muerte: “…multiplíquese este diario déficit fisiológico por diez o veinte años y sorprenderá la espantosa quiebra que a la postre sufre el organismo”.

Al apreciar la forma en que Gonzalo Castañeda analiza cómo interactúan los “factores de riesgo” con las condiciones sociales de los mineros, comprendemos su posición como médico social y políticamente comprometido. Éste es precisamente el tercer aspecto relevante: como estudio de salud minera, este memorial es único, pionero, pero lo excepcional es que el mismo autor, médico al servicio de los obreros cuyas condiciones de trabajo describe, también presente las reformas indispensables para resolver tal problemática.

Ignoramos cómo llegó al Congreso con este trabajo; no obstante, él reconocía la importancia del médico en la política. En la ponencia clama por que se escuche a los mineros a través de su voz. A pesar del dominio de sus herramientas médicas y después de plasmar en el documento el dolor con que día a día observó y atendió enfermos y accidentados, no es difícil imaginar la palpitación de sus humildes orígenes mineros en el pódium de un Congreso Internacional al levantar su voz para denunciar la situación de vida, trabajo y salud del gremio y exhortar a la acción para modificarla: “Si estos preceptos… los tomara alguna vez el legislador y con su mano reformadora los llevara al fondo de las minas, no sería yo el que viviera reconocido y grato, sino el imponente gremio de barreteros de la República”.

El documento que aquí reproducimos muestra también el riguroso análisis médico, clínico y sociológico que realiza el Dr. Gonzalo Castañeda a partir de una concepción de ciencia aplicada. Son notables su visión sobre el papel que correspondía desempeñar a la salud pública en la salud laboral y el bienestar de la población en general, y su posición política sobre las obligaciones del Estado al respecto. Estas características de su trabajo se resumen en la lúcida síntesis del párrafo que antecedió a su propuesta de reformas, donde vincula estupendamente los resultados de su estudio con las recomendaciones consecuentes:

“Nunca el médico cumple mejor su elevada misión que cuando el mal que descubre y el remedio que aconseja abarcan a extenso grupo de sus semejantes. En este caso particular de que me ocupo, no será seguramente a las Compañías mineras a las que pueden proponerse modificaciones … tampoco quizá al gremio barretero, cuya ignorancia no alcanza a comprenderlas… sino aconsejar las reformas que se juzguen benéficas a los Gobiernos, que son la entidad a quien está encomendado el papel de velar por la salud pública y de interesarse por el bienestar general, y para concluir, señores, nuestros estudios más formales y completos no vengan a resolver el problema en cuestión: [en] «la higiene que debe observarse en los trabajos mineros subterráneos» propongo en el sentido que antes dije, el siguiente proyecto …”

“La medicina es una ciencia social y la política no es más que la medicina en una escala más amplia” decía en la segunda mitad del siglo XIX Rudolf Virshow (1821-1902), eminente patólogo alemán. Sorprende la coincidencia de posiciones entre el Alemán y el Mexicano. Y en ello radica un cuarto aspecto relevante de este documento histórico, originado en un pueblo minero mexicano a finales del siglo XIX, muy distante del capital científico europeo.

Existe un evidente paralelismo de pensamiento tanto en el análisis cuanto en la posición política entre Gonzalo Castañeda y el movimiento higienista, y el de la medicina social iniciado a mitad del siglo XIX en Europa. Los académicos fácilmente pueden pensar que observaciones similares con sistematización y rigor científico llegan a conclusiones parecidas. Efectivamente, así son la lógica y la ciencia. Eso es relevante pero no excepcional en la historia; lo que destaca es la coincidencia de la construcción del problema de salud, bajo la perspectiva de la medicina social y la posición política análoga en dos ámbitos completamente diferentes en términos sociales y de recursos científicos. ¿Por qué?

El documento se titula “Higiene que debe observarse en los trabajos mineros subterráneos”. Aunque el título sugiere un enfoque higienista de la salud pública para describir las riesgosas condiciones a que estaban expuestos los mineros, que en teoría se podían modificar, pero cuya “ignorancia no alcanzaba a comprenderlas”, en el fondo, el trabajo documenta una denuncia orientada a cambiar la política pública sobre tales condiciones de trabajo.

Por otra parte muestra cómo transformar el concepto de la higiene orientada a modificar conductas o hábitos individuales asociados a riesgos a la salud para adoptar un enfoque colectivo cuyo propósito es cambiar los determinantes sociales y económicos de esas condiciones de salud. En tal cambio interviene el compromiso de los médicos para sustentar clínicamente la causalidad social de los procesos de salud–enfermedad laboral.

Conviene aclarar que la higiene pública es un concepto surgido en Francia en el siglo XIX (Foucault, 1977) que abarca lo que posteriormente siguió denominándose «medicina social», e inicialmente se refería a la forma como se “controlaban” los elementos del medio material que afectan a la salud. Según Foucault[6], la higiene pública constituye una “variación refinada de la cuarentena derivada de las epidemias que debió afrontar la gran medicina urbana del siglo XVIII en Francia” (Op. Cit. p 14). Por ‘salubridad’ se entiende sólo el estado de las cosas y del medio sin intervención alguna. En la forma de concebir los determinantes de la salud y los mecanismos para modificarlos cuenta no sólo la ciencia, sino también la posición política.

Ahí está la importancia de los elementos arriba mencionados, el doble enfoque de este documento: científico y político. Por un lado, el análisis científico de Gonzalo Castañeda articula los determinantes sociales, con la etiología del desgaste y proceso de enfermedad-muerte del minero en cuanto a la práctica de su oficio “que abrevia su vida o se suicida con su propia ignorancia … sin una voz inteligente y salvadora que los detenga[7], bajan a los tiros a matarse materialmente o a abreviar los días de su vida porvenir; registrándose sin cesar desgracias accidentales de unos, notoria agravación de otros, muerte rápida en muchos”.

Por otro, muestra el resultado, es decir, la forma en que están construidas las condiciones de vida-trabajo-desgaste-sobrevivencia-muerte de los mineros “…después de una velada de pesada labor, al siguiente día que debieran dedicar al reposo o a resarcir el sueño, por causas de orden vario, sólo duermen un promedio de cuatro horas y según ellos mismos lo enseñan, con un sueño interrumpido y no reparador”.  

Como conclusión ineludible, propuso cambios en tales condiciones de trabajo, algo más ambicioso que el control de agentes etiológicos (posición de la medicina biologicista). Más aun, los cambios que propuso apuntaban a mejorar las condiciones de trabajo y de vida en la comunidad de mineros: un enfoque desde la perspectiva de la medicina social mexicana. Es decir, no sólo fue pionero en la salud pública sino que fijó la posición crítica de la medicina social, a finales del siglo XIX en nuestro país.

Es indispensable referir un quinto aspecto valioso de este documento en el contexto mexicano. El proyecto de reformas que Gonzalo Castañeda propone fue insólito durante el porfiriato (1876-1911), régimen en que no hubo la menor previsión legal que protegiera a los trabajadores.

En su multifacética labor médica, como clínico, maestro y autor de diversos libros así como de líder gremial, durante toda su vida a Gonzalo Castañeda lo caracterizó una forma de concebir y ejercer la medicina: la protección a los pobres en el sentido en que Virchow concebía a la medicina social. Una de las responsabilidades de los trabajadores de la salud era fungir como médicos de pobres. Después que se desempeñó como médico de la compañía minera de Real del Monte, Gonzalo Castañeda viajó a Europa para especializarse como cirujano y obstetra. Su fuerte fue siempre la clínica. De regreso en México fue director del Hospital de Jesús durante 30 años, mismos que trabajó sin salario. Renunció a esa retribución porque se trataba de un hospital para pobres. También jugó un papel fundamental en el liderazgo de la Academia Nacional de Medicina y para conformar y fundar la Academia de Cirugía; fue maestro de muchas generaciones en la Escuela de Medicina (Universidad Nacional) y en el Colegio Médico Militar.

Antes de reproducir este documento, conviene ver hasta dónde han mejorado las condiciones de vida y de trabajo de los mineros en nuestro país en 120 años.

Como lo refiere la cita de su autobiografía que presentamos arriba, el doctor Gonzalo Castañeda llegó al estado de Hidalgo en 1894 contratado para atender a los mineros. Lo invitó a desempeñar este puesto don José Landero y Cos, a la sazón, gerente de la Compañía Real del Monte y Pachuca. Conviene advertir que fue su primer empleo formal, después derecibirse, en julio de 1893. Al joven médico de 26 años le resultó familiar el medio donde trabajaría porque Zacualpan, donde vivió su infancia hasta el día en que salió para continuar sus estudios medios y superiores, era también un pueblo minero. Su propio abuelo paterno entregó su vida a la minería. Según su acta de defunción “falleció de dolores de cascado”[8]. Su padre trabajó en la minería como azoguero cuando el beneficio de patio era el procedimiento común para extraer la plata[9], Sabemos que de niño, Gonzalo, curioso y agudo, pedía permiso en la escuela para llevar a su padre el desayuno o el almuerzo. Desde entonces conoció la vida cotidiana de los mineros, dentro y fuera de las minas. Cuando llegó a Real del Monte su misión era ser médico clínico: atender a los mineros enfermos o lesionados. Pronto se dio cuenta de que era un proceso sin fin porque los determinantes sociales que producían los daños a la salud permanecían intactos.

Penetrante y fino observador, ese desafío lo llevó a aplicar la medicina como instrumento para descifrar esa trama. Caso por caso, paciente tras paciente, documentó la problemática de ese grupo laboral y concluyó que era producto de las condiciones infrahumanas de sobrevivencia, de las patologías y patrones de morbilidad derivados de sistemas de trabajodesconsiderados, que también causaban alta mortalidad temprana. Más de un siglo después, esa labor analítica sigue siendo técnica y socialmente compleja para los científicos actuales.

Hacia el fin del siglo XIX en el país no existía legislación laboral que reconociera derechos a los trabajadores; mucho menos que los protegiera con medidas de higiene y de seguridad. Toda la vida económicamente activa de nosotros, lectores en el siglo XXI, ha transcurrido bajo la vigencia de la Ley Federal del Trabajo. Por tanto, nos cuesta trabajo ponderar esta noción, pero en el contexto que tocó vivir a Gonzalo Castañeda su memorial sobre la situación de los obreros en los establecimientos industriales cobra mayor relevancia: eran condiciones de esclavitud, aunque no se llamara así.

Visto únicamente desde el punto de vista informativo, este documento sería un reportaje extraordinario sobre la vida cotidiana de los mineros en México. Sabemos que fue más que eso porque propuso preceptos que con las mismas palabras o con otras, más tarde aparecieron en las leyes.

Dentro de la obligada brevedad de un texto que leería ante un congreso, la ponencia de Gonzalo Castañeda refirió los siguientes rasgos de los barreteros —rango elemental dentro del gremio minero—: las edades a las que comienzan a trabajar —8 a 12 años— y a la que aún continúan —60 años—, su nula escolaridad, las bárbaras jornadas —hasta 36 horas ininterrumpidas— día y noche sin que su cuerpo tuviera ni la luz del día como referencia biológica; sin alivio físico más allá de la tolerancia al agotamiento, al hambre, al daño y a las lesiones; la falta de oxígeno y la incomunicación; las cargas que transportan sobre la espalda; el calor subterráneo, la deshidratación, la insoportable sed y la forma común de calmarla: pulque y agua contaminada.

…hasta hoy la Higiene no ha penetrado suficientemente al interior de las minas a observar las condiciones en que trabaja esa aglomeración de hombres, que pasan la vida entregados a las rudas labores subterráneas…

Su descripción penetra la profundidad a que descienden y desde la que tienen que subir tras haber trabajado; el tiempo del ascenso; el polvo y los gases tóxicos que respiran; el olor, difícilmente soportable de las minas; la combustión de petróleo para calentar comida e iluminar los socavones; los consecuentes óxidos de carbono; la cercanía del trabajo a sus defecaciones, así como el volumen acumulado de materia excrementicia; oscuridad, goteras y humedad; el trabajo en el fango; las enfermedades respiratorias y dermatológicas a que se exponen; falta de normas de seguridad para efectuar las detonaciones; ausencia de cascos protectores, golpes en la cabeza; precarias escaleras y puentes de paso. En suma, la vida en peligro cada minuto y finalmente, el cómputo de lo que entonces se registraba sin pruebas clínicas: lesiones por accidente y muertes.

Gonzalo Castañeda no se limitó a describir el infierno que había en la profundidad de las minas: tanto el análisis como el enfoque de su estudio contribuyeron a que empresarios, legisladores, autoridades médicas y laborales entendieran que el trabajo de los mineros —una actividad no conceptualizada claramente como tal— era un problema de salud pública que demandaba, obligatoriamente, una política pública.

Como trabajo científico identificó con precisión los factores de riesgo cotidianos que conducían a los mineros a la muerte. Las causas eran evitables y prevenibles. Ese fue elnúcleo de su denuncia médica.Identificó los aspectos donde había que intervenir para proteger la salud y vida de los mineros, principalmente aquellos que concernían a la legislación laboral. Como ponencia política, es excepcional para su época: concluye recomendando 24 propuestas concretas. Ese fue el núcleo de su denuncia política y laboral.

En su ponencia, Gonzalo Castañeda revela el compromiso social que el médico clínico y el sanitarista deben poseer, y que pocas veces encontramos en la actualidad. El médico clínico dedica su poco tiempo a identificar síndromes, pasando por alto o asumiendo como obvios, inevitables o fuera de su competencia factores de índole social. Cree que no conciernen a los médicos. Es así como se orienta a diagnosticar y prescribir medicamentos. Con tales límites justifica y acota sus responsabilidades profesionales —ya rebasadas por la realidad.

Actualmente el “profesionalismo” se entiende como sinónimo de “competencia clínica individual” y el compromiso social —como si lo social fuera sinónimo de ‘público’— se delega a los epidemiólogos, a los investigadores cuyo profesionalismo se orienta al cumplimiento de la metodología científica para analizar las poblaciones. A su vez, es frecuente que los investigadores reduzcan sus análisis a indicadores que técnicamente denominan factores de riesgo, aún cuando a menudo se refieran a ellos como “determinantes sociales de la salud”.

Estos conjuntos de indicadores pasan a ser denominados “estilos de vida” sin comprender las causas últimas estructurales que los determinan. Castañeda hace una nítida descripción etnográfica del contexto en que los mineros vivían, del desgaste humano cotidiano y la patología que los lleva inevitablemente a una muerte precoz. Además, sistematiza la incidencia de las patologías, de sus interrelaciones, describe sus causas inmediatas (“factores de riesgo”), su cadena causal y sus determinantes. Los análisis que expone atraviesan —o más bien, rasgan— los órdenes, de la escala micro social y microbiológica hasta la escala macro social y política.

Desde una perspectiva histórica este trabajo es un clásico de la salud pública. A Gonzalo Castañeda también se le atribuye el mérito de haber identificado al organismo causante de la anemia entre los mineros, el parásito Anquilostoma duodenalis (1904). Sin embargo esto no fue así. Ahora sabemos que los egipcios ya lo reconocían en un papiro desde 1600 aC. En 1843 Angelo Dubini describió y denominó al organismo y a finales del siglo XIX Arthur Loss describió su ciclo de vida: larva que penetra por la piel, usualmente a través de los pies, que pisan heces fecales de personas que padecen la enfermedad. Que Castañeda haya identificado independientemente este organismo es posible, y si ocurrió así fue después de haber escrito el documento que aquí presentamos, donde refiere que los barreteros se quejaban constantemente de la llamada anemia minera y describe con especial detalle el gravísimo problema sanitario de los excrementos en las minas: “…noto en sus trabajos tantas deficiencias desde el punto de vista higiénico, que adivino fácilmente las peores condiciones en que vivirán los operarios de otros centros mineros del país”.

Desde el siglo XIX la minería había alcanzado progresos técnicos espectaculares. Existían equipos de perforación, ademe, iluminación y ventilación de tiros y túneles totalmente mecanizados que se movían a base de vapor. Muchas operaciones riesgosas se ejecutaban a control remoto. Ahora existen técnicas y equipos aún más eficaces y seguros, así como normas de seguridad personal que los mineros de hace 120 años jamás hubieran imaginado.

El problema de entonces no era la tecnología ni la seguridad mineras, sino la aplicación de tales estándares del progreso en las minas del país. Ciertamente, las inversiones para instalar ese tipo de maquinaria y los sistemas de protección de los mineros constituyen un obstáculo. Pero la resistencia de los empresarios mineros a modificar sus prácticas de extracción mineral sin dejar de implicar la explotación humana, es todavía mayor. Antes faltaban conocimientos, tecnología y normatividad. Ahora los hay, pero se les pasa por alto. Al menos en México, prácticamente no existe mejora material gratuita en las minas; la gran mayoría surgieron como conquista laboral, lo cual implicó largas luchas sindicales y tensiones entre los intereses de los mineros y sus patrones. Otras mejoras han surgido de los escándalos cuando los medios documentan accidentes en las minas y surge la presión pública, las más de las veces paliativa y temporal.

Antes de dar paso a la lectura del memorial del doctor Gonzalo Castañeda conviene citar unos cuantos ejemplos de lo ocurrido en las minas de México a partir de 1896, el año de este estudio, para contar con una mínima perspectiva histórica.

1906: Las minas de cobre de Cananea empleaban a seis mil mineros mexicanos y alrededor de seiscientos norteamericanos. A los mexicanos les pagaban la mitad de lo que ganaban los extranjeros. En protesta, el 31 de mayo los mineros del tercer turno pararon labores. La respuesta de la empresa y de las autoridades gubernamentales fueron la represión, el asesinato de líderes y el cerco de hambre a la población. Por algo esa huelga cuenta entre los antecedentes de la Revolución de 1910. En un caso de estos, en búsqueda de justicia y mejoramiento para el minero, Abraham Castañeda Hidalgo, un ancestro nuestro, perdió su vida después de haber sido golpeado y dejado a su propio destino en los cerros del Real del Monte.

No obstante, interesa destacar un paso adelante de los mineros: su toma de conciencia y la articulación de sus motivos, como lo revela la carta que José Ma. Carrasco, vecino de Cananea, dirigió al gobernador Rafael Izábal, el 4 de junio de 1906, al cuarto de huelga:

“Respetando su alto lugar que guarda me concreto a decirle a usted en nombre del pueblo lo que sigue. Sr., acordaos de la desnudes, del ambre y de otras necesidades que sufre toda la gente umilde de pocas proporciones y de poco ynteligencia, hay días que solamente dos veces comen porque tienen numerosa familia o algún enfermo. 3 pesos es un miserable sueldo para comprar leña a 16 pesos y una casa pocilga de una pieza a 15 pesos, doctor a 3 pesos, agua a 5 pesos, un mal calsado a 6 pesos… y otras tantas cosas que sería imposible enumerar. Ah, pero tenemos que humillarnos los mexicanos porque si levantamos la voz nos la calla nuestro gobierno con sus ballonetas sostenidas por su mismo pueblo. Ved, alzad la vista y bereos la desnudes en todo el pueblo. Procurad contentar al pueblo de alguna manera y no tratarlo mal porque el pueblo tiene ambre y más tarde más y si no se proporciona algo tendrá que arrojarse contra las despensas y almacenes de este lugar resueltos a morir. Que bien cierto de que no ará Ud. aprecio de esto, pero tendrá más tarde que lamentarlo”.

1920. 10 de marzo. Al darse cuenta que la mina El Bordo se había incendiado, J. F. Berry, John B. Silbert y Alan Ross, clausuraron la boca de los tiros de El Bordo y La Luz con planchas de madera, acero y concreto para sofocar el fuego. Les importó más su inversión que la vida de alrededor de 80 mineros que quedaron sepultados.

El Bordo, al norte de Pachuca, formaba parte de la Compañía Santa Gertrudis. Para clausurar los túneles, los señores empresarios contaron con la anuencia de Ernesto Castillo, gobernador interino; de Ignacio Segovia, alcalde de Pachuca, y del Juez de Distrito.

Foto Mina Santa Gertrudes, Pachuca, Hidalgo, México por el fotógrafo José Bustamante Valdés

Las minas El Bordo y La Luz estaban interconectadas con las de Santa Úrsula y Santa Ana, pero la Compañía Real del Monte y Pachuca también ordenó tapar esos túneles. La presión social hizo posible que una brigada de salvamento destapara Santa Ana. Hallaron a tres mineros, muertos por asfixia.

Los tiros permanecieron sellados seis días. Al reabrirlos hallaron más de 68 cadáveres en distintos niveles. Quienes consiguieron llegar hasta los accesos taponados dejaron signos de desesperación: uñas y dedos clavados sobre las tapas de madera. Lo demás era, según un testigo, “barbacoa humana”. Diez días después descubrieron siete sobrevivientes en un túnel cercano a Sacramento.

1934. Fundación del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM). El sindicato minero se afilió a la naciente Confederación de Trabajadores de México (CTM).

1935. 17 de noviembre. Los mineros al servicio de The Cananea Consolidated Copper Company S.A., entonces agrupados en el Gran Sindicato Mártires de 1906, se adhirieron a la organización nacional y formaron la sección 65 del Sindicato Industrial de Trabajadores Mineros Metalúrgicos y Similares de la Republica Mexicana, hoy sindicato nacional.

1965. En la mina Purísima de Real del Monte, el 8 de mayo a las 2 de la tarde con 10 minutos una jaula —llamada ‘calesa’— con 30 mineros a bordo se precipitó del nivel 400 al 550. Era sábado. Los trabajadores del nivel 400 que habían laborado el primer turno se acomodaron en los dos pisos dela jaula que habría de llevarlos a la superficie. En vez de subir, de repente comenzaron a descender a gran velocidad. La caída dio en el fondo del tiro. 27 mineros murieron ahogados, tres sobrevivieron. A pesar de las piernas fracturadas, lograron asirse al travesaño de la calesa. Los rescataron horas después.

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Foto Hacienda de Beneficio, “Purisima Grande”, Pachuca, Hidalgo, México por el fotógrafo José Bustamane Valdés

El desastre se debió a una distracción del calesero. Descuidó el ascenso y en cuestión de segundos, la velocidad descendente fue incontrolable. Los perros, ganchos dispuestos en los costados de la jaula que en la emergencia debieron abrirse y aprisionar las guías de madera por donde se desliza la jaula, tampoco se activaron.

1969. El 31 de marzo de 1969 en el poblado de Barroterán, municipio de Múzquiz, Coahuila, se produjeron dos explosiones. El pueblo escuchó las fuertes detonaciones debidas a la acumulación de gas metano en las minas dos y tres de Guadalupe. Decenas de trabajadores que se encontraban laborando en el segundo turno quedaron atrapados. 153 murieron.

Las explosiones de Barroterán cuentan entre las mayores tragedias mineras en la historia, no sólo de la región carbonífera de Coahuila, sino del mundo.

2006: El 19 de febrero, en un pocito de Pasta de Conchos, una de las 600 minas de la región carbonífera coahuilense, 63 mineros murieron sepultados tras una explosión. Nuevamente la causa fueron las precarias condiciones de seguridad: la detonante fue una chispa surgida de los arreglos eléctricos improvisados y/o de equipos de soldadura impropios para un ambiente gasificado y lleno de polvo de carbón, tan explosivo como la pólvora. En cuestión de horas, la empresa hizo desaparecer bitácoras, planos, estudios geológicos y mediciones de gas que hubieran puesto en evidencia la criminal irresponsabilidad del Grupo México.

En 120 años la higiene en las minas ha cambiado radicalmente; también las condiciones de seguridad subterránea. Hay normas que rigen la minería. El problema es que hay minas donde no se aplican o que aparentemente se aplican.

He aquí gracias a Rafael Rodríguez Castañeda, la ponencia transcrita con la ortografía vigente y en una tipografía fácilmente legible.

Higiene Minera por el Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Bibliografía

Infante-Castañeda Claudia. Clásicos en Salud Pública. Presentación. Higiene que debe observarse en los Trabajos Mineros Subterráneos. Gonzalo Castañeda. Salud Pública de México 1990; 32 (3): 364-365.

Más fotos por el fotógrafo J. Bustamante Valdés pueden ser vistas visitando https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2013/10/21/fotos-antano-pachuca-hidalgo-mex/

 

Claudia Infante Castañeda

Rafael Rodríguez Castañeda

Ricardo Castañeda Guzmán

 

 

[1]. ‘e-book’ sintetiza dos palabras: electronic y book (libro electrónico).

[2]. Blog es el compuesto de dos palabras también en el idioma inglés, web y log (bitácora digital).

[3]. Salud Pública de México. Jul-Ago de 1990. Vol. 32, Núm. 3. Pp. 366-372

http://bvs.insp.mx/rsp/articulos/articulo.php?id=001749.

[4]. Este documento se complementa con el artículo biográfico que publicó este blog el 19 de marzo 2013, y que es posible encontrar en el siguiente enlace:

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2011/05/09/dr-gonzalo-castaneda-ecobar-1869-1947/

Aunque este trabajo esté antecedido por otras notas introductorias, en esta publicación lo relacionamos con la vida personal y profesional de su autor.

[5]. El nombre original del roedor es ‘tuza’, pero el léxico deportivo lo ha generalizado como sustantivo masculino.

[6]. Foucault, Michel. Historia de la medicalización. Educación Médica y Salud 1977; 11 (1).

[7]. La actitud de los mineros y de la población que el doctor Castañeda conoció en Real del Monte a fines del siglo XIX contrasta con la que existió dos siglos atrás, según el siguiente antecedente histórico: “En el verano de 1766 los mineros de Real del Monte… desarrollaron una importante huelga industrial sin sindicato ni ideología política que los sostuviera. Fue la primera huelga en la historia laboral mexicana y la primera huelga en América del Norte. La palabra ‘huelga’ fue reconocida oficialmente en los diccionarios del español hasta 1884 y los trabajadores de Real del Monte nunca la utilizaron. Sus esfuerzos representaron luchas que implicaban su trabajo, su modo de vida y sus decepciones… Fue posible que se inconformaran así gracias al consejo y las medidas que tomó gente amistosa y con reconocimiento social en el pueblo”. Doris M. Ladd. The making of a Strike. Mexican Silver Workers’ Struggles in Real Del Monte 1766-1775. University of Nebraska Press. 1988.

[8]. ‘Cascado’ era la denominación coloquial para quienes padecían silicosis.

[9]. Los metales preciosos se obtenían mediante la mezcla del mineral pulverizado con agua, sal, mercurio y otros compuestos. El azoguero determinaba la proporción de sustancias en la mezcla, según las propiedades de una muestra del mineral por beneficiar.

 

 

 

Los números de 2013

Recuento de 2013

El blog y mi gratitud

¿Qué significa bloguear?  Para mí significa la posibilidad de escribir sobre temas y experiencias de mi interés y compartirlos con quienes espero y deseo que encuentren información interesante. Significa también el deseo de difundir conocimientos sobre mi familia y establecer contacto con personas o familiares que pudieran ampliarlos y extenderlos.

Con ese propósito pedí a mi nieta que me ayudara a  establecer un sitio en Internet, y gracias a su ayuda instauré el sitio titulado ancestroscastaneda en WordPress.com

Han pasado un poco más de tres años desde la implantación del sitio y a través de ese tiempo aprecio que la información de cada artículo en el blog solo pudo ser puesta ahí con la ayuda de muchas personas. Son demasiadas para intentar nombrarlas en una página.  Esa ayuda asume formas específicas. Soy capaz de identificar el tiempo que cada colaborador tomó fuera de sus ocupaciones para añadir información, datos específicos, cuentos y fotos vía teléfono, correo e Internet. Más que nada, reconozco la disposición de distraerse de sus propios compromisos para atender mis peticiones de datos. A ancestroscastaneda lo conocen como mi blog, pero la realidad es que yo solo he transferido esa ayuda a una pantalla blanca con letras negras.

Debo destacar los casos en que dos de mis primos fueron los autores. Por ejemplo, el artículo Como difunto insepulto, Un Cementerio en Zacualpan, Edo. De México, Mex. lo escribió Rafael Rodríguez Castañeda y otro, titulado Carmen Castañeda Olea (1914-2012) es obra de Claudia Infante Castañeda y Rafael Rodríguez Castañeda.

Cada fin de año WordPress.com me envía estadísticas que presentan de manera sencilla el tráfico que a través del año se mantuvo en ancestroscastaneda y he tomado la opción que WordPress me da para compartirlo en blog mediante este nuevo artículo.  Espero que 2014 sea otro fructífero año con las nuevas historias que serán publicadas.

Para información del lector, la tercera edición del Manuscrito de mi re tatarabuelo Juan Francisco Castañeda Popoca, junto con el Diccionario Castañeda y los resultados de mi YADN está siendo publicada.  A quienes interese este libro pueden adquirirlo con solo hacer contacto con la Imprenta Castañeda, Allende 107, Centro Histórico, Pachuca, Hgo., México.  (771) 715 53 34 y 50, o i_castaneda@prodigy.net.mx

Entre otros episodios de su vida, Juan Castañeda, mi re tatarabuelo, cuenta cómo rescató a Manuel, su primer hijo y mi tatarabuelo de las fuerzas liberales alrededor de 1860. No obstante el carácter —digamos— personal de estos episodios, en mi opinión, con sus narraciones, don Juan abre una ventana hacia el pasado rural de un pueblo mexicano y nos pinta imágenes sobre la vida cotidiana en México durante el siglo xix.

Vivimos en una época en la cual la tecnología nos facilita el contacto con otros, por remoto que sea el sitio donde se encuentren. Basta que tengan acceso a Internet y sepan usar sus herramientas.

Detallar las vidas de mis antepasados ha sido como bajar una cubeta a un pozo cronológico

Cuando uno busca el agua indispensable para la vida, no importa lo oscuro o profundo que sea el pozo. Así imagino el descenso al pasado, sobre todo si la cubeta sube llena de información con datos sobre la biografía de mis antepasados. Sus vidas me ayuden a entender mí propia vida.

Gracias a todos por ser y tomar parte en ancestroscastaneda.wordpress.com

Ricardo Castañeda Guzmán

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 6.200 veces en 2013. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 5 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

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