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Su mirada fue lo que más me impresionó. La llevaré en mí por siempre.

Desde el día en que la conocí y hasta la tercera visita, última vez que la vi sana y activa, esos ojos que no eran verdes ni de color canela, sino de oliva, se grabaron en mi memoria.

Petra Castañeda Gómez, 2014

Estoy seguro que ella siempre disfrutó de las visitas que le hicimos diferentes miembros de la familia en el curso de seis años. A raíz de nuestra inquietud por conocer descendientes de las ramas familiares de los Castañeda que han permanecido en Zacualpan desde el siglo xviii, su mirada curiosa observó a siete parientes que estuvimos con ella: Abraham Cárdenas, Rafael y Miguel Rodríguez Castañeda, yo mismo, Claudia Infante, Daniela Tello y Jesús Castañeda.  A Olivia Hernández, quien fue con nosotros en la visita de mayo, ya no la conoció.

Abraham Cárdenas Castañeda y Petra

 

 

i. a d., Claudia Infante Castañeda, Daniela Tello y Petra

Era una persona humilde, reservada y sin mucho qué decir, pero sus ojos me lo decían todo, especialmente durante sus profundos respiros. El conjunto de sus miradas me decían sin decirlo que Petra añoraba tiempos ya muy distantes, fuera de su alcance.

Esos anhelos pulverizaban imágenes del pasado que llegó a conocer muy bien; imágenes de seres que nosotros quisiéramos ver, por lo menos en un comino de información.

Al verla, siempre me daba la impresión de que la habitaban recuerdos fantasmales, benefactores e indelebles, que la vida imprimió en su memoria; imágenes que se convertían en preguntas para su cuñada Ernestina: ¿Cuándo van a venir los parientes? Ya casi no vienen. ¡Hace mucho que no nos visitan!

Si soy realista, no creo que Petra se refiriera a nosotros, los parientes del presente, sino a quienes trató durante su niñez, y después, en su juventud y su vida adulta. Familiares Castañeda como su propio padre Arturo, sus hermanos, su abuelo Bernardino, su tío, el doctor Gonzalo Castañeda (quien ayudó a curarla de una mordida de un perro rabioso, durante una estancia inolvidable en la Ciudad de México, entre la casa de su tío Gonzalo y el hospital donde la inyectaban); sus primos; el general Austreberto Castañeda y los hermanos Manuel, Justiniano, Amador y Víctor Castañeda Jaimes. Definitivamente existieron muchos más parientes dentro de su larga vida. Cito apenas unos pocos ejemplos.

Desde el principio de la humanidad, muchos eligen migrar en busca de otra vida, mientras otros permanecen en el mismo sitio. Nuestra familia es un ejemplo: yo radico en los Estados Unidos; Petra, salvo breves viajes, vivió toda su vida en Zacualpan. Amador Castañeda Jaimes, mi bisabuelo, ex gobernador interino del estado de Hidalgo en 1912, fue originario de Zacualpan y primo hermano de Arturo Castañeda López, padre de Petra.

De pies a cabeza, con la sola mirada Petra me decía que el tiempo no la afectó ni cambió en lo mínimo. Calzaba sandalias sin medias ni calcetas; cuidaba su limpio vestido con un delantal; prendas que no se dejaron afectar por la moda; mostraba con dignidad aretes y trenzas.

Mediante mis breves conversaciones con Petra llegué a entender que no contrajo matrimonio ni tuvo descendencia. Su elección e interés fue ver y cuidar por su familia; cinco hermanos y una media hermana por parte de su madre.

Yo y Petra, 2014

En la foto me encuentro en casa de Petra. Le muestro fotos familiares que llevaba en mi iPad. También le enseñé las fotos que instantes antes le había tomado. En ocasiones como ésa, nuestros parientes de edad avanzada se asombran, se quedan sin qué decir. Ella no dijo mucho. Era una mujer callada y discreta.

La inquietud por investigar mis raíces me llevó a conocerla durante mi primera visita a Zacualpan, cuando fui con Rafael y Miguel Rodríguez Castañeda, mis primos. Fue como un aperitivo para mí: tres días después disfrutaría el encuentro con muchos familiares a quienes saludé por primera vez, durante la primera asamblea Castañeda en septiembre de 2011. A Zacualpan fuimos el jueves 22 de septiembre; la asamblea fue el domingo 25.

En Tezicapan frente iglesia San Lorenzo

i. a d., Hnos. Miguel y Rafael Rodríguez Castañeda, 2011

Durante esta visita pudimos obtener dos fotografías de fotos y una del comprobante de acta de nacimiento de Petra: verifica que nació el 01 de agosto de 1921.

La primer foto es de su abuelo Bernardino Castañeda Escobar y la segunda de su padre Arturo Castañeda López.

clip_image010

Bernardino Castañeda Escobar (1859, ca. 1918)

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Arturo Castañeda López (1887-1984)

Ella recordaba la singular visita de Jesús Castañeda Téllez Girón, nuestro primo, quien nos acompañó en mayo de 2014. Esa fue mi tercera visita y Rafael también se encontraba con nosotros. —¿Cuándo va a venir el pariente que nos hacia reír tanto? —le preguntaba a Ernestina, cuñada y compañera de Petra durante los últimos lustros de su vida.

Yo (menos anteojos) con Jesús (Chucho) en el restaurante del

Hotel Minero, Zacualpan.

Tristemente durante nuestra última visita, el doce de mayo, Petra no tenía ya energía ni ganas de reír. Estaba en cama. Con el propósito de alegrarla, Ernestina nos llevó a su recámara mientras nos explicaba que tenía tres días sin comer. Solamente la nutrían con suero.

Petra Castañeda Gómez y su cuñada Ernestina Romero, viuda de su hermano Margarito, se acompañaban mutuamente y se cuidaban entre sí. —Pues si no entre nosotras, ¿entonces, quién? —decía Ernestina.

Ernestina y Petra

—Mira, Petra, ¡aquí están tus primos! —le dijo Ernestina, pero con un ademán pidió que la dejáramos en paz. Lo hizo con una resignación que espero tener durante mis últimos días.

Sería una injusticia decir que no la llegué a conocer durante las pocas veces que la visité y los breves momentos que estuve a su lado. Me impresionó que fuera una persona tan dedicada a su familia; elección de la cual estaba satisfecha. En su vida no buscó otro fin más que ése.

Ricardo Castañeda Guzmán

 

Si te mueres, vienes por mí

A Ernestina y a Maribel

 

El panorama desde la casa donde vivió Petra es el horizonte. La casa está en la parte elevada de Zacualpan, de modo que se aprecian la amplitud de la cañada y diferentes tonalidades del azul de cerros y montañas. Y en las mañanas con aire limpio en torno al Valle de México —cada vez más escasos— se alcanzan a ver el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl.

Vista desde la terraza, casa de Petra y Ernestina (Tina)

Este fue el espectáculo cotidiano de Petra cuando salía al corral, para alimentar a sus gallinas; una rutina que se modificó lentamente, conforme aumentaron sus años y sus preocupaciones. Una de ellas la ocasionó Juan Castañeda Romero (1962-2017), su sobrino consentido, ocurrida en febrero.

Juan era hijo de Margarito, hermano menor de Petra, muerto hace varios años. Fue el sobrino que entonces prometió hacerse cargo de Ernestina, su madre, y de su tía Petra.

Vivían en casas contiguas en el mismo predio del callejón de Hermenegildo Galeana. Juan, con Maribel, su esposa, Juana María y María de Lourdes, sus hijas. Petra, con Ernestina, su cuñada, compañera y amiga. A su vez, para Ernestina, Petra fue todo eso, pero además fue como su hermana, y en cierto sentido, una suegra para ella. Ambas se cuidaban entre sí y Juan, a su vez, veía por ellas. Entre ese mundo familiar, que Petra compartía con otros sobrinos y sobrinos nietos, le ganó un gran cariño a Juan. Si se sentía mal, era quien la llevaba al médico. También la llevaba de paseo.

—Tía Petra, vamos a Chalma… —le proponían.

—Voy si va Juan; si no, no.

A Petra le preocupó Juan desde que comenzó a tomar. Le daba consejos de buen comportamiento; lo procuraba para que la cruda se le pasara pronto. Pero la salud de la tía y el sobrino se fue deteriorando. A Petra le pesaban los años; a Juan, los efectos del alcohol.

—Tía, tienes que echarle ganas. Imagínate, ¿qué voy a hacer si tú te mueres? —le dijo Juan, en medio de una reunión familiar en que Petra no tenía apetito.

—Ay, hijo, no. Ya me siento cansada. De todos modos, si yo me muero, vengo por ti.

—Tía, no sabemos. No tenemos la vida comprada. ¿Qué tal si en una de ésas me muero primero yo?

—Pues si te mueres, vienes por mí.

—Bueno, y yo, ¿qué?—protestó Maribel—. Y mis hijas, ¿qué?

—Ustedes aguantan mucho —contestó Petra—; nosotros, ya no.

El 1º de enero de 2017, última vez que Petra salió del pueblo, Juan la llevó al santuario del señor de Zacualpilla, donde dieron gracias por haber comenzado el año con vida.

Parroquia de Zacualpilla

Juan murió el 9 de febrero en un hospital de Toluca, y el acontecimiento produjo efectos devastadores en la familia. Dejó viuda, hijas y nieta; dejó a su madre y a su tía Petra. Maribel Rosales enviudó después de 31 años de matrimonio. Junto con su hijo, Ernestina perdió también un apoyo anímico esencial. Pero esta pena irremediable no ha sido la única para ella; a la vez que luchaba contra la depresión de Petra, debía cuidar a Pachita, su hermana enferma. Esta última tarea es ahora, al mismo tiempo, un motivo para sacar fuerzas de sí misma. Petra solo sobrevivió a Juan 103 días.

 

Rafael Rodríguez Castañeda

 

*Fotos gracias al archivo de Rafael Rodríguez Castañeda

 

Comentarios en: "Petra Castañeda Gómez (1921-2017)" (1)

  1. Claudia Infante Castañeda dijo:

    Petra era una mujer muy bella, sus lindos ojos y la serenidad de su delicada cara eran el reflejo de una mujer plena y feliz. En su mirada extraordinaria se podía ver el infinito, reflejaba lo que ella vió toda su vida: ese panorama que observamos en la fotografía desde su terraza que capturó la cámara de Rafael y que afortunadamente incluye dentro de la narración.

    Recuerdo muy bien nuestra visita. En la fotografía que tomó Rafael en donde está ella, Daniela y yo (Claudia) nos está explicando un documento que insistió en que viéramos. Era una receta médica viejísima y correspondía a su tratamiento de inyecciones que le pusieron para la rabia en la Ciudad de México. Quiso mostrárnosla cuando Rafael le dijo que yo era la nieta del Dr. Gonzalo Castañeda. Recuerdo que se me quedó viendo profundamente – como si dentro de mis ojos la llevaran a tiempos muy lejanos con mi abuelo, y me dijo “él me curó del perro, él me curó del perro”. No entendíamos pero ella se apresuró para ir a buscar la receta para que la viéramos. Con placer nos contó que ella había estado en casa de mi abuelo mientras la “curaba del perro”. A mi me impresionó que hubiera guardado por tantísimos años esa receta y aún más, que la tuviera tan a la mano. Por supuesto, también fue muy grato descubrir el cariño y el vívido recuerdo que tenía de mi abuelo.

    Claudia Infante Castañeda

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