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Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte Final

JFCP Parte Final

11 de agosto de 2015

Conclusión.

…Nuestro presidente [probablemente se refiere a Guadalupe Ordóñez, el minero que dirigía el trabajo colectivo] ordenó que a cada uno de los tres nos tocaría una semana desempeñar el trabajo de cocineros; faltaba que a él le tocara, [luego, se las debía arreglar con los víveres que había comprado].

Juan, mayor de 68 años de edad, después de 1884

Hay casos en que una historia se explica mejor si se cuenta a partir del final. Tal es el caso del siguiente relato que Juan escribió:

“Este episodio, bien se ve que es bastante simple, que no tiene ningún chiste; pero la primera vez que lo referí, fue porque en efecto me pasó. … Hoy lo escribo por haberme encarado escribir aún lo mas insípido é insignificante que me haya pasado”.

Durante ese tiempo Juan ejercía su profesión de azoguero en la hacienda de arrastras[1] nombrada Nombre de Dios, cual pertenecía a Montúfar, Ayala y socios.

Imagen Google

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La hacienda distaba legua y media (6.3 Km) de su hogar en Zacualpan. Un lunes en que regresaba a su trabajo después que cayó un diluvio, encontró que el río de Chontalpa se había ensanchado, corrían aguas turbias y arrastraban cuanto hallaban a su paso, inclusive palos y basura que había en las ampliadas márgenes.

Juan consideró el cruce con precaución. La situación le pareció grave. Si la corriente era voluminosa y rápida —pensó— lo podía arrastrar en el intento de cruzarlo. Bien sabía que no era el mismo muchacho que nadaba, hacía maromas y clavados en la gran poza llamada El Salto. Sabía nadar, pero decidió sentarse al pie de un sabino[2] a esperar que alguien pasara a caballo para que lo llevara hacia la otra orilla. También pensó que si tal samaritano venía a pie, entonces lo ayudaría tomándolo del brazo. El apoyo de dos personas resistiría la fuerza de la corriente y así serían capaces de alcanzar la otra orilla.

El siguiente párrafo que escribe es un deleite porque me ubica dentro de su mente cuando su imaginación corre al decir:

Cuando ya me haya pasado, le preguntaré “¿Cuánto le debo?” Y al mismo tiempo meteré mano a mi bolsa, y tal vez me dirá: “No es nada, don Juanito” —porque con este diminutivo me nombran casi todos los que me conocen—. Se los agradezco. Y si no me dice esto que espero, le diré: “Hombre o amigo, no tengo nada en la bolsa”. (Porque en efecto, estaba yo a raja). “Pero en la primera vez que nos veamos le pagaré a usted bajo palabra de honor”.

Cuando “Juanito” dice “estaba yo a raja” nos da a entender que aún seguía en bancarrota. No contaba con caballo, y aunque la distancia a su trabajo era relativamente corta, prefería recorrerla a pie una vez a la semana. Se presentaba el lunes para regresar el sábado.

Vio pasar la corriente por un buen tiempo, y comprendió que tendría que hacer algo, pues se estaba haciendo tarde y no aparecía nadie que lo ayudara cruzar el río.

La fuerza de la corriente generaba torbellinos, saltos y brincos. Juan se dijo:

“Si me tumba el agua y salgo antes que me lleve hasta donde este río se junta con el otro que se reúne con éste a las treinta o cuarenta varas, ya me salvé; pero si antes no salgo, ya no cuento el cuento”

“¡No hay remedio! ¡arriesgar el todo por el todo!”

Juan se consiguió un bordón, hecho de una rama del sabino. Para probar su resistencia intentó quebrarlo en la horqueta de otro palo. El improvisado bastón resistió. Era sólido y fuerte:

“Con éste cuento”.

Juan envolvió su ropa y pertenencias en su sarape, junto con su pistolón de chispa —pues tenía cuentas no liquidadas con un enemigo—, aseguró el bulto con su cinturón, formando un corto mecapal que se ajustó en la cabeza; lo aseguró con la falda de la camisa y desnudo, con sólo la camisa encima, se dispuso a cruzar.

Antes de internarse en la corriente, con mucha devoción se persignó, rezó un credo, hizo un acto de contrición y pidió perdón a su Dios por todos sus pecados.

Tembloroso y pálido dio el primer paso. A cada paso que avanzaba que daba sobre el cauce fangoso bandeaba con el palo, en busca de alguna inesperada profundidad. No encontró irregularidades peligrosas y llegó a la otra orilla sin que el agua le cubriera arriba de la media espinilla. El área del río que cruzó era ancha pero no profunda.

Después de tanto anhelar que alguien lo ayudara a cruzar el río, ahora deseaba que nadie viniera y lo viera en tan triste figura, pues seguramente se reirían de las condiciones en que se encontraba.

Esa noche en la hacienda contó a todos los presentes —inclusive a Feliz Díaz, la señora de la casa, su aventura de aquella mañana. La mujer le dijo:

—Juan de mi alma: Y cuando estabas al pie del sabino, ¿que pensabas?

—Qué había de pensar —le respondí—, que quién sabe si aquel era el último de mis días. Y lo que mas me apuraba era que he sido muy poco bueno. “En toda mi vida nada bueno has sido; ya que hubieras sido siquiera un poco”.

Algunos le hicieron preguntas; otros describían cómo lo imaginaban al pasar el río, lo compadecían o se reían de él.

Escribir sobre la vida de Juan siempre ha sido cosa seria, no sólo porque es mi re tatarabuelo, sino porque lo considero como un libro abierto dentro de un antiguo México. Pero debo admitir que esta historia me hace reír cuando lo imagino en actitud de espera, con ansiedad y preocupación, y después, cruzar desnudo, apoyado en su bastón, con su bulto a espaldas sólo para enterarse que lo pudo cruzar sin ningún problema. No me río, de él, sino con él.

Al siguiente día don Gertrudis Ayala, su esposa, dos de sus hijas y don Ignacio Ayala, su hermano, llegaron a la hacienda. Mandó por Juan. Y don Gertrudis le pidió que repitiera la historia:

—He mandado llamar a usted para que nos refiera todo lo que le pasó a usted ayer cuando venía, en el río de Chontalpa.

Juan vaciló por un instante, inhibido por la presencia de las hijas de Gertrudis. Eran tan bellas que le parecieron “un pedazo de cielo estrellado, y que oyeran todo lo que me había pasado, no dejaba de ser para mí muy penoso”.

—Señor, para hablar sinvergüenzadamente necesito de tomarme una copita de mezcal, porque ella me quitará el temor y la vergüenza.

Sin un momento que perder, le dieron su copita y Juan empezó a contarles su historia, la que manifestaron agradarles, riéndose en ciertos puntos más que otros.

Retrospectivamente Juan escribió:

“Este episodio, bien se ve que es bastante simple, que no tiene ningún chiste; pero la primera vez que lo referí, fue porque en efecto me pasó. Y para hacer ver por qué motivo había llegado tarde. La segunda por que así me lo pidió uno de mis patrones. Lo festejaron tanto; sería mas bien por simpatía hacia mí y alguna especialidad o entusiasmo al expresarme. Hoy lo escribo por haberme encarado escribir aún lo mas insípido é insignificante que me haya pasado”.

Edad de Juan y año no conocidos

Juan escribió su última aventura sin especificar el año, pero sí nos dice que vivía en Temascaltepec. Esa estancia pudo ser alrededor de 1868 cuando su hijo Gonzalo nació en esa localidad. Los demás hijos de sus dos matrimonios nacieron en Zacualpan.

Ciertas noches don Juan Castañeda se reunía con varios amigos, entre quienes estaban el vicario Néstor Fernández; el médico don Juan Macedo; el preceptor don Francisco Ayón y otros más. Charlaban, cantaban, tocaban y jugaban conquián[3].

Después de una de estas reuniones, Juan se dirigía a su casa, cerca de la Hacienda Doña Rosa, y a las diez de la noche, al pasar por la plaza, una voz de hombre desde la oscuridad dijo:

—¿Quién vive? —Juan respondió:

—El mismo.

Desde la oscuridad se repitió la pregunta y Juan confirmó su respuesta:

—El mismo.

El hombre se fue sobre Juan con violencia, pero él se dispuso a enfrentarlo con una piedra en una mano y su navaja en la otra.

El hombre se detuvo.

—¿Quién es usted? —y le respondí con energía:

—Me llamo Juan Castañeda, ¿por qué lo quiere saber?

—¡Oh!, usted es don Juanito.

—Sí, señor Legorreta —yo respondí—, el mismo.

—…porque creí que alguien se quería divertir conmigo. Usted dispense.

Don Legorreta era el juez conciliador, quien le pregunto qué andaba haciendo y de dónde venia. Juan le contestó reconociendo su autoridad. Con la situación controlada, don Legorreta se explicó un poco más.

—Pues me va usted a dar auxilio —me dijo.

—Sí señor, con mucho gusto. Pero si es a aprehender a algún criminal solos los dos; [a] usted no le conviene levantar la mano por ser Juez, yo estoy desarmado. Con tal motivo el negocio está de parte del que tengamos que aprehender.

—No: esos ya irán lejos, sin embargo; aguárdeme usted aquí, voy a traer a dos celadores y a que despierten al Secretario. Y sé que van [mancha en el manuscrito] de prisa.

Mientras esperaba en la plaza, Juan vio a un hombre bajo la luz en una esquina. Se acercó poco a poco y vio que era don Miguel Díaz, hombre trigueño, no muy alto y barrigón. Juan le preguntó qué le pasaba.

—¿Qué no ve usted que estoy herido en la cara?

—Sí señor. Solo eso sé por lo que lo veo, no se más.

—Pues señor —me dijo—, me han asaltado en mi casa y me han herido.

—Pero señor, ¿cómo ha estado eso? —le pregunté.

—Pues señor —me respondió—, estando yo sentado como a las diez de la mañana, en el mostrador de la tienda de don Víctor Segura, llegó un individuo, y dice a dicho don Víctor: “¡Señor! deme usted razón a quien veré yo para que defienda a un hermano mío, que traen por ahí en el camino; preso por unas heridas que dio, y él también viene herido”. Y dice don Miguel:

—Como es notorio que yo me ocupo de defender criminales y siempre en negocios de Juzgado, respondió don Víctor: “Al Señor que esta presente, él podrá encargarse de ese negocio”. Y me dijo don Miguel:

—La verdad, don Juan, no tenía yo mucha gana de encargarme del fatal negocio, porque vi a aquel hombre con huaraches, en calzón blanco, su camisa rota, una manguita azul, vieja, y un sombrero lo mismo; pero dije para mí: “Éste parece ser muy pobre; pero su hermano puede que tenga con qué pagarme”.

El hombre con huaraches y calzón blanco le respondió a don Miguel;

—Pues bien, señor —dijo el otro—. Mi hermano debe llegar hoy, y yo quisiera que hablara con usted antes que entre a la cárcel. ¿A dónde vive usted para ir a avisarle cuando llegue? —Venga conmigo. Le enseñare mi casa —dijo don Miguel.

Don Miguel llevó al de la manga azul a su casa, donde el hombre descansó para después pedirle a don Miguel que le guardara una pequeña bolsa que contenía de doce a quince pesos.

Don Miguel llevó el bulto hacia una pieza adjunta donde tenía un ropero. Además de ropa, en ese armario también tenía un tompiate con ochenta pesos pertenecientes al Ayuntamiento debido a que también era el tesorero. Junto a esa pequeña canasta puso el encargo de su nuevo cliente.

Aparentemente después de descansar, el hombre se fue y durante el resto del día el hombre ni el herido, su hermano, le hicieron visita a don Miguel. Al caer la noche, movido por el hambre, don Miguel siendo soltero, le dijo a su ayuda de casa que si lo buscaban, los hiciera entrar y que regresaría pronto. Se fue a cenar.

Momentos después, el de manga azul llegó acompañado de otro individuo y preguntó por don miguel. El sirviente dio el recado y les pidió que pasaran y por favor esperaran, pues don Miguel no debería de tardar. En efecto, guiado por la luz de un farolito, don Miguel regresó. Después de las formalidades, el de manga azul le dijo:

—Mi hermano viene muy malo, por lo que no pudo llegar hoy; pero mañana sí; estará acá temprano. Qué, ¿nos podrá usted dar licencia para que pasemos acá esta noche? porque nosotros acá no conocemos a nadie, no tenemos en donde ir a dormir.

—Sí, con mucho gusto, pasen ustedes.

Pasó el de la manga azul, y el otro se quedó en la puerta. Con disimulo pidió al sirviente de don Miguel que les hiciera unas tortillas, que no habían comido. Cuando don Miguel estaba a solas en el interior de la casa con manga azul; éste sacó un hermoso puñal, y con el extremo de la cacha dio un fuerte golpe en la cara a don Miguel, que cayó al suelo. Y le dijo:

—Si das voces te mato.

A ese mismo tiempo llegó el compañero con otro puñal. A don Miguel le mandaron tenderse boca abajo. El primer ladrón ordenó al segundo que le pusiese el puñal en la espalda y que si hacia voces lo pasara contra el suelo, mientras se dirigía al ropero que estaba en la pieza contigua. Abrió con la llave que exigió a don Miguel, sacó la red que le había dado a guardar en la mañana, el tompiate con los ochenta pesos, y toda la ropa que allí guardaba.

—Ya nos vamos, pero en el zaguán nos vamos a estar el tiempo que queramos, y si quieres salir allí, te matamos —le dijeron.

Pasó un corto rato, salió don Miguel, preguntó al sirviente indígena, quien estaba con su familia, si no había observado lo que le había pasado. El sirviente nada había oído; tampoco su mujer, que les hacía tortillas. Don Miguel lo mandó a que con precaución se asomara al zaguán y viera quien estaba. Al saber que no había alguien, se dirigió Miguel a la autoridad a dar cuenta de lo que le había acontecido.

El juez tomó algunas providencias a fin de averiguar quiénes fueron los ladrones; pero todo lo que hizo fue en vano. Nunca se consiguió saber algo de manga azul, su cómplice o del herido hermano.

Juan dice que el principio de este pasaje histórico se lo refirió el señor Díaz; y todo lo demás se lo declaró al Juez, y que el fue testigo de causa.

Al finalizar su historia Juan recomienda lo siguiente;

De este ingenio raro puede sacar ventaja quien se tome la molestia de leer lo que he escrito, pues puede tal vez servirle de experiencia en cabeza ajena, y no aguardar que lo experimente en la propia.

FIN

Juan Francisco Castañeda Popoca

Juan a los 80 años, después de haber escrito sus memorias (hacia 1896)

En el Mineral del Monte, el 9 noviembre 1895, el doctor Gonzalo Castañeda Escobar registró civilmente a una niña que había nacido el 30 de octubre: hija legitima de su matrimonio con María Teresa Olea Gómez Daza. Le puso María Teresa Catalina, Durante esta presentación fueron testigos Amador y Manuel Castañeda Jaimes, sus sobrinos.

Copia digital mejorada máximo, registro civil María Teresa Castañeda Olea 9 noviembre 1895 cortesía https://familysearch.org

Para esta fecha, el matrimonio de Gonzalo y María Teresa probablemente ya había pedido a Juan y a Gabina, padres de Gonzalo, que les hicieran el honor de ser padrinos en el bautizo de su hija María Teresa Catalina.

Pocos días antes de convertirse en octogenario, Juan Castañeda, su esposa Gabina Escobar, tal vez con la ayuda de uno o los tres hijos; Bernardino, Maximiliana y Gonzalo —si fue por ellos— viajaron durante el invierno de Zacualpan a Real del Monte, Hidalgo. No hay duda de que pasaron por Pachuca, mi tierra natal, donde seguramente descansaron y dieron unos pasos antes de llegar al Real del Monte.

La ceremonia religiosa ocurrió en la parroquia de Real del Monte en 10 de enero 1896, y fue el presbítero Mariano Cruz y García quien solemnemente bautizó a María Teresa Catalina e hizo constar que Juan Castañeda y Gabina Escobar fueron sus padrinos.

Copia digital bautizo María Teresa Castañeda Olea, 10 enero 1895, cortesía https://familysearch.org

Copia digital bautizo María Teresa Castañeda Olea, 10 enero 1896, cortesía https://familysearch.org

Los días 10 de enero el doctor Gonzalo Castañeda celebraba con entusiasmo su propio cumpleaños, aunque según la partida civil nació el 9 de enero y fue registrado el 11 del mismo mes. Tal vez fue bautizado el 10, pero no existe el acta correspondiente. Debido a la peculiaridad de esta fecha, ese 10 de enero de 1896, día del bautizo de su hija, seguramente hubo un doble festejo.

Sé que a mis ancestros les gustaba la fotografía, luego me pregunto; ¿Habrá algunas fotos de este evento familiar y si las hay, donde estarán?

No sabemos cuanto tiempo permanecieron Juan y Gabina en el Real del Monte, pero pienso que no fue por mucho tiempo, porque en el libro de defunciones del Registros Civil de Zacualpan consta que a las 05:30 horas del 5 de octubre 1898, Juan Castañeda falleció de bronquitis a la edad 82 años, dejando viuda a Gabina Escobar. Juan nació el 20 de enero 1816

Registro civil defunción e inhumación de Juan Castañeda, 5 octubre 1898, cortesía http://familysearch.org

Registro civil defunción e inhumación de Juan Castañeda, 5 octubre 1898, cortesía http://familysearch.org

Por todo lo que Juan fue e hizo en su vida, seguramente llegó al corazón de muchos de sus familiares y contemporáneos, porque en el acta de defunción el Presidente Municipal, Inocente González, escribe;

…cuya inhumación se verificará en el campo mortuorio de este mineral en un lugar especial.

Al revisar numerosas actas de inhumación muy pocas dicen “en un lugar especial”.

Juan 30 años después de su muerte (1928)

Ignoramos los detalles y trámites que debió hacer el doctor Gonzalo Castañeda Escobar, último hijo sobreviviente de Juan Castañeda y Gabina Escobar, pero consiguió reunir los restos de sus padres y hermanos para inhumarlos en el interior de la iglesia La Inmaculada Concepción en Zacualpan.

Alrededor de 2011 mis primos Abraham Cárdenas Castañeda, Rafael y Miguel Rodríguez Castañeda hicieron un viaje a Zacualpan, donde conocieron la lápida que se encuentra sobre el pasillo central de la iglesia, ligeramente cargada hacia la derecha, más o menos a medio camino de la entrada hacia el altar. Cuando Rafael me envió una foto de esta lápida dijo que esta evidencia los dejó boquiabiertos.

Aquí foto de la lapida.

Foto lápida restos de juan Castañeda cortesía Rafael Rodríguez

Foto lápida restos de juan Castañeda cortesía Rafael Rodríguez, 21 octubre 2011

Restos de

Juan Castañeda

Gavina Escobar

y de sus hijos

Bernardino y Maximiliana

1928

Subsecuentemente hemos hecho varios viajes a Zacualpan. Cada vez que voy, presento mis respetos a mis ancestros, y Juan Francisco Castañeda Popoca es uno de los principales. Fue quien nos dejó el más amplio y detallado testimonio sobre su vida, su familia y su tiempo en un tesoro familiar de tinta sobre papel.

Han pasado ciento noventa y nueve años desde que Juan nació y alrededor de ciento veinte desde que finalizó su manuscrito.

Ha sido para mí un honor saber de él y tener la oportunidad de escribir sobre su vida. Doy gracias a todos los que ayudaron a enriquecer y ampliar su testimonio con otros datos, quienes son muy numerosos para mencionarlos individualmente.

Seattle, WA, a 22 de agosto de 2015

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1] Método antiguo por el cual se extraía el metal precioso.

[2] También conocido como ahuehuete.

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Conquián

Don Juan Francisco Castañeda Popoca, (1816-1898) Parte IV

Continúa.

Juan Castañeda quedó viudo a los 39 años…

Nota del autor:

Durante la elaboración de esta serie de artículos, una y otra vez me he referido al manuscrito de Juan Castañeda, fuente esencial para documentar su vida y escribir este ensayo biográfico. Debo aclarar que por un escrúpulo personal, salvo la cita de frases indispensables, me he abstenido de copiar literalmente el texto del manuscrito. Tanto mi investigación histórica como mi afán de difundir la biografía de don Juan están ajenas al propósito de ganar notoriedad o compensación monetaria. Mi interés fundamental ha sido conocer más sobre su vida. Para ello he buscado el contexto histórico y he intentado llenar las lagunas informativas entre los episodios que el propio manuscrito narra con fechas, nombres y acontecimientos que no solo aclaran, sino también ayudan a entender la fascinante vida de este ancestro mío, también ancestro común de cientos de descendientes. Conservo la íntima satisfacción de realizar este rescate. De no hacerlo, supongo que permanecería en las catacumbas de la oscuridad por muchos años adelante.

RCG

Una reliquia de Juan sin fecha precisa, ca. 1850-1855

En septiembre de 2011, en la ciudad de Pachuca, Hidalgo, México, los Castañeda celebramos una reunión a la que ha asistido el mayor número de familiares en la historia.

Durante este evento, Gonzalo Juan Infante Castañeda, bisnieto de don Juan Francisco presentó una reliquia de familia. El pequeño tesoro es un daguerrotipo de Juan Castañeda que se ha preservado durante más de siglo y medio en una cajita que mide aproximadamente 12 por 18 cm.

Daguerrotipo 1845-1850 probablemente en Toluca, México

Daguerrotipo de Juan Francisco Castañeda Popoca.  Foto cortesía Gonzalo Juan Infante Castañeda.

El daguerrotipo, invento precursor de la fotografía, se dio a conocer en París en enero de 1839 y rápidamente se divulgó por el mundo. En febrero de 1840 un periódico mexicano anunciaba la rifa de un ejemplar del aparato que diseñó el inventor francés Louis Jacques Daguerre.

El ejemplar que contiene la imagen del joven Juan es una placa de cobre recubierta de plata pulida. La imagen nítida y detallada, es pieza única e irrepetible. Fuera de su estuche o caja de protección es frágil. Si se tocara, se dañaría irreversiblemente. Se debe conservar bajo temperatura y humedad regulada, como los negativos de película.

Los daguerrotipos se utilizaron hasta 1860. Fueron sustituidos por placas negativas de colodión húmedo y positivos en papel de albúmina. Los superó la fotografía, invento de 1880. Se conjetura que Juan Castañeda se hizo retratar en México, Toluca o Cuernavaca entre 1850 y 1855 poco antes o después del fallecimiento de su esposa María De Jesús. Este daguerrotipo pasó a manos de su hijo Gonzalo, nacido de su segundo matrimonio, y sucesivamente, a su nieta Carmen y a Gonzalo Juan Infante Castañeda, su bisnieto.

Juan es el único familiar de quien conocemos un daguerrotipo. El siguiente enlace ilustra el proceso para obtener una sola imagen y cómo los sujetos debían permanecer inmóviles mientras la imagen era capturada. Así se obtenía una sola imagen.

http://photohistory-sussex.co.uk/dagprocess.htm

En sus memorias, Juan no mencionó la experiencia de sentarse y mantenerse quieto entre quince y treinta minutos mientras se capturaba su imagen. No obstante, esta reliquia concuerda con otras aseveraciones que sí escribió, y que lo revelan como un hombre inquieto y alerta, interesado en las novedades que surgían en la ciencia y el progreso tecnológico del siglo xix.

El avance de la fotografía no fue ajeno a muchos de nuestros ancestros, a quienes les gustaba fotografiarse. Gracias a esta afición tenemos imágenes de otros ancestros.

¿Cuántos pesos mexicanos le habrá costado a Juan obtener ese retrato entonces? En 1842 un daguerrotipo costaba entre $ 2.50 y $ 4.00 dólares, según el lugar de los Estados Unidos donde uno estuviera. Ese rango de precios equivalía a $ 82.00 y a $ 200.00 dólares de hoy.

Juan a los cuarenta años

Después de haber permanecido viudo catorce meses, nuestro autobiógrafo contrajo matrimonio casi un mes antes de cumplir los cuarenta y un años, el 26 de diciembre 1856. Su segundo matrimonio fue con María Gabina De Jesús Escobar Mojica.

En el acta de matrimonio, el Cura Juan Francisco Domínguez subscribe que después de haber practicado todas las diligencias, estar satisfecho según las testaciones y no haber algún impedimento, casó y veló a Juan Castañeda y María De Jesús Gabina Escobar.

Gabina, doncella de veintidós años de edad, originaria de la Gavia Chica, era hija legítima de Manuel Escobar, difunto, y de Margarita De Jesús Mojica, originaria también de la Gavia Chica.

Hasta la fecha no hemos encontrado el acta de nacimiento de Gabina.

Los padrinos fueron don Ignacio Ocampo González —cura escribe Gonsales—y su esposa, doña María De La Luz Figueroa, ciudadanos de Tetipac.

El acta matrimonial de los contrayentes no dice mucho más que los nombres de los testigos, quienes fueron Guadalupe Zamino de veintiséis años y Alvino Salinas de veintinueve.

27 diciembre 1856 Acta matrimonial Juan Francisco Castañeda Popoca con María Gabina De Jesús Escobar Mojica. Cortesía https://familysearch.org

 

Se sabía que Gabina sobrevivió a Juan, pero no por cuantos años. Mi búsqueda por varios registros fructificó con el hallazgo de su acta de defunción. Gracias a las fichas digitalizadas por familysearch.org entre los registros civiles de Zacualpan asentados entre los años 1900-1903 llegué a saber que Gabina permaneció viuda hasta el 2 de octubre 1902, cuando falleció de litiasis renal y complicación uremia.

Juan y Gabina tuvieron tres hijos; dos barones y una mujer. Sus nombres, fechas e información general son:

Feliz Bernardino. Bautizado por el cura Agustín Gómez en la Parroquia de la Purísima Concepción de Zacualpan el martes 20 de mayo 1859 a los tres días de nacido. Hijo legítimo de Juan Castañeda y María Gabina De Jesús Escobar. Los padrinos fueron don Guadalupe Sámano y doña María Figueroa, vecinos de la Hacienda Nájera.

Como su padre, Bernardino fue azoguero. También fue comerciante de materiales de minería, actividades que lo llevaron al Estado de Hidalgo. Estuvo en el Real Del Monte, en Omitlán y en el Mineral de El Chico. Tuvo numerosa descendencia. Su acta de fallecimiento aún no se encuentra.

Julián Gonzalo de Jesús: Fue registrado civilmente en Temascaltepec, Edo. de México por el juez Bernardino Rodríguez, el viernes 10 de Enero 1868 a un día de haber nacido. Hijo legítimo de Juan Castañeda y Gabina Escobar. Los testigos fueron los ciudadanos Julio De Noria y Juan Escobar. Su nombre eclesiástico nos dice que seguramente fue bautizado, pero existe la posibilidad de que su acta de bautizo se haya convertido en cenizas durante los incendios de parroquias que fueron causados por tropas zapatistas durante la Revolución.

La historia nos dice que un día Gonzalo le pidió a su padre Juan que le contara sobre su vida. Juan le contestó “Voy a hacer algo mejor: te la voy a escribir”. Así fue como nació el manuscrito de Juan Castañeda.

En el primer párrafo, de la página 23 del prólogo al libro Manuscrito de don Juan Castañeda/Diccionario Castañeda 2013, Claudia Infante Castañeda —poseedora de este manuscrito— y su madre, Carmen Castañeda Olea, escriben:

“El manuscrito y la cadena de circunstancias que permite retenerlo hoy en nuestras manos transmiten la emoción con que mi abuelo pidió a su padre que le hablara de su infancia y su pueblo, así como la energía de don Juan Castañeda al escribirlo y el celo extremo que mi abuelo y mi madre pusieron en cuidarlo. Naturalmente el significado personal que tenga para cada uno de los que pertenecemos a la familia Castañeda constituye un capitulo adicional en nuestras vidas que cada uno guardará en su corazón”.

Gonzalo casó sucesivamente con las hermanas Teresa, Carmen y María Luisa Olea. Los tres hijos que tuvo con su primera esposa fallecieron a temprana edad. En cambio, Carmen Castañeda Olea, hija de su segunda esposa, fue la más longeva (1914—2012). Tuvo otros descendientes fuera sus matrimonios.

Después de una ilustre carrera como médico cirujano y maestro de Medicina en la UNAM, memorable hasta este día en la Republica Mexicana y en el mundo, el doctor Gonzalo Castañeda Escobar falleció en la Ciudad de México el 14 de enero 1947, cinco días después de cumplir setenta y nueve años.

Dionisia Pilar Maximiliana: Es bautizada por el presbítero José Ma. Arellano en la Parroquia de Zacualpan el sábado 12 de Octubre 1872, a los cuatro días de nacida. Hija legítima de Juan Castañeda y Gabina Escobar. Los padrinos fueron Antonio Sotelo y Nemesia López.

Dionisia, la menor de sus hijas, nació cuando Juan tenía cincuenta y seis años de edad. Fue profesora de instrucción primaria. Permaneció soltera hasta el día de su muerte en Zacualpan a la edad de treinta y cinco años, el 2 de septiembre 1907. Falleció de neumonía. Como a otros de sus hijos, Juan no la menciona en su manuscrito.

Algo que tal vez nunca llegaré a saber es si Dionisia Pilar Maximiliana y Gabina, su madre, vivieron juntas hasta que Gabina falleció. Otra hipótesis es que Maximiliana viviera a solas o con su sobrino Víctor F. Castañeda quién asentó su fallecimiento en el Registros Civil.

Familia Castañeda Escobar: Sentados iz.a der. Juan Francisco Castañeda Popoca y esposa María Gabina De Jesús Escobar Mojica. De pie iz. a der. Feliz Bernardino, Dionisia Pilar Maximiliana y Julián Gonzalo De Jesús (Dr. Gonzalo Castañeda Escobar). Todos Castañeda Escobar. Foto cortesía Elena Laura Castañeda Islas.  Imagen capturada probablemente entre 1890 y 1898.

Juan a la edad de 43 años

Juan escribió:

“El año 1859 vivía yo en Zacualpan con mi familia, y mi hijo Manuel en Temascaltepec, con su esposa y un niño como de un año. Yo comerciaba acá con mercería que iba a traer a México”.

Cuando Juan dice; con mi familia, se refiere a su nueva esposa Gabina y a los hijos menores de su primer matrimonio. Bernardino, el primer hijo de Juan y Gabina, nació en mayo de ese año. Mi hijo Manuel es José Manuel Ascensión (n. 1838) segundo hijo que tuvo con María de Jesús, su primera esposa. Y, un niño como de un año, nos dice que Manuel y su esposa Josefa Jaimes ya tenían un hijo —registro aún no encontrado— antes que Félix Andrés, quien nació el 29 de noviembre 1960. Félix Andrés habrá fallecido porque los únicos hijos de ese matrimonio que llegaron a la adultez fueron Manuel junior, n. 1867, Justiniano, n.1869, Amador, n. 1871 y Víctor, n. 1973.

En ese corto párrafo Juan dice también que era comerciante aparte de ser azoguero, porque un domingo cuando se disponía a establecer su puesto en la Plaza para vender su mercancía, Marcelo Popoca, su tío, le dijo que no la tendiera porque los pronunciados[1] de la revolución de Ayutla habían entrado a Temascaltepec.

Esta información afectó mucho a Juan porque Manuel Castañeda[2] estaba empleado como administrador de rentas en esa localidad.

Su tío Marcelo le preguntó que si tenía el valor para recibir malas noticias. Más muerto que vivo, Juan le pregunto:

—¿Y qué?, ¿Manuel ha muerto?

—Sí —respondió Marcelo, y agregó:

—Porque Amador Chimalpopoca pasó por Coatepec, y traía una carta de él para ti, un fresadero, y en Malinaltenango le quitó la carta Lagunas, el Jefe de los reaccionarios, y que a él con trabajos lo dejó pasar.

—A este correo yo no lo he visto.

—Pero eso que te digo se lo dijo a Juan Pablo, y éste me lo dijo a mí, y me dijo, que de Manuel se lo había dicho de palabra en Coatepec.

Juan se quedó como un loco y le dijo:

—Ya me voy a Temascaltepec, usted levante la varilla o déjela tirada.

Antes de dirigirse a su casa en Santiago, Juan fue a la iglesia para pedirle a Dios que todo fuera una mentira.

Al proceder con el resto de su historia, Juan hace referencia a la Revolución de Ayutla, reformada en Acapulco, pero este evento ocurrió en 1854. Si Juan nos llama la atención al año de 1859, pienso que los revueltos políticos, guerras y conflictos de los cuales el escribe pertenecen a la Guerra de Tres Años, o Guerra de Reforma que ocurrió entre 1858-1861.

http://www.si-educa.net/basico/ficha624.html

Ensilló su yegua y tomó el camino, pero una de sus hijas, María Josefa —María Josefa Bonifacia, n. 1840 quien contrajo matrimonio con Pragedis Díaz en abril 1860— lo siguió a pie, llorando.

Juan hizo todo lo posible porque ella se regresara a casa, pero fue más fuerte la determinación de la muchacha por saber de Manuel, su hermano.

—No lo dejo ir solo por mas que usted me diga o me haga.

Ya estando un poco lejos, Juan cambió de actitud, se desmontó y abrazando a su hija, juntos empezaron a llorar. Fue un momento tan emotivo que Juan jura que hasta su yegua, al voltear su cabeza hacia ellos, se compadecía también de lo que sufrían.

Manteniendo una conversación al trote de la yegua se preguntaron:

—¿Qué no te da el corazón que esto sea una falsedad?

—Mi corazón está muy triste—me respondió—; yo me conformaría, me consolaría, con que a mi hermanito (de cariño, no de edad) lo hubieran hecho prisionero, o nomás lo encontráramos herido.

Al sentir que yo también camino con ellos, llegaron a los llanos de Jaltepec donde se encontraron con gente que habían ido al tianguis de Almoloya. Juan pregunto si se podría pasar hasta Temascaltepec porque ahí tenía a un hijo con su familia, y le habían dicho que hubo guerra, y que los federales habían tomado a Temascaltepec.

Un individuo le dijo que sí hubo guerra y que había dejado heridos, pero de la toma de Temascaltepec, nada sabía.

Al seguir su viaje y llegar a Texcaltitlán otra persona más informada le dijo:

—De los pronunciados murieron siete. Heridos traen varios; y de Temascaltepec, murieron tres.

—Pues qué, ¿salieron los de allí o los otros entraron?

—Ni los de allí —me respondió— salieron ni los otros entraron, pero las balas de los de afuera, entraron por las claraboyas, y murió don Esteban Ríos, don Felipe Berrueta y el Sargento Salinas.

—¿Y no sabe usted de otro?

—No, me lo hubiera dicho un amigo que está al tanto de lo que pasó.

Con esta noticia, los corazones de Juan y su hija se alumbraron con mucha esperanza. Manuel vivía. Al llegar a Almoloya menos desesperados, decidieron comer algo pues iban en ayunas.

Ninguno de los dos tenía hambre, pero ambos aceptaron comer porque les preocupaba que el otro se alimentara.

Las horas marcharon con ellos hasta llegar a Texcaltitlán, al atardecer, donde Juan propuso que pasaran la noche. Ella le respondió:

—No padre, aunque ande yo de espaldas en la bajada en la noche y aunque llueva no nos hemos de quedar en Texcaltitlán.

—En ese caso, vamos pasando por el pueblo, ahí tengo amigos. Conseguiré un farol de vidrio, compraré velas, cerillos, ocote y tejamanil; no hay luna y en oscuras no hemos de andar exponiéndonos a una caída.

—Eso sí haremos —respondió Josefa.

Pasaron al pueblo y al entrar a la tienda de un conocido Juan pidió por un farol. Su amigo comerciante le dijo que no creía que los hubiera en el pueblo. Ni siquiera él tenía uno.

—Pues deme tanto, de cerillos (ya comercializados), velas, ocote. Y ¿me proporcionará tejamanil? Si es viejo, mejor.

Cuando Juan atendía sus pedidos, Josefa le exclamó:

—¡Padre!, Ahí pasa don Simón Díaz.

Don Simón Díaz, paisano y buen amigo de Juan, entró a la tienda donde Juan y su hija se encontraban. Después de un cordial saludo, Juan preguntó sobre su hijo Manuel. Don Simón le respondió:

—No caminen con la noche. Manuel esta sin novedad.

Entusiasmada, Josefa le preguntó a don Simón:

—¿Cómo lo sabe?

—Porque lo he visto bueno y sano, aunque no le hablé.

—¿Pues qué vestido tiene?

—Una gorra alemana, usada, un pantalón rayado, en pechos de camisa, y ésta es de indiana color de rosa.

—Esto es cierto, padre —me dijo mi hija—; pues ahora con mas razón nos pasamos, porque con esta noticia tenemos gusto y fuerzas para andar. —Y les dijo don Simón:

—La verdad, Manuel aquí está en el pueblo. Se ha venido con nosotros, es soldado.

Probablemente fue Josefa quien exclamó: —¡Bendito sea Dios y alabado!, porque al transcurrir esta conversación, Juan estaba en estado de incredibilidad preguntándose, diciéndose y contestándose; “¿Qué lo que me pasa es un sueño? ¿Qué me habré vuelto loco? ¿No estaré en mis sentidos cabales?” No. Lo que me pasó en Zacualpan en esta mañana, lo que me dijeron fue falso; lo que me dice don Simón es cierto. Me dice que aquí está”.

Josefa expresó deseos de hablar o por lo menos ver a Manuel. Al pasar un oficial cerca de ellos, don Simón le preguntó que si conocía a Manuel Castañeda y en cuál cuartel se encontraba. El oficial apuntó hacia una pieza alta que estaba frente de ellos.

Josefa, entusiasmada, inmediatamente quiso verlo, pero don Simón le dijo:

—No niña, no conviene que tú vayas al cuartel.

Sin hacer caso de lo que don Simón advertía, Josefa agarró a su padre del brazo y con violencia y propósito se dirigieron al cuartel, donde preguntaron:

—¿Está por ahí Manuel Castañeda

—Aquí estoy, ¿quién me busca?

—¡Yo y mi padre, hermanito!, —le respondió Josefa

Sólo nos queda imaginar este reencuentro porque Juan no lo describe; simplemente alude al ánimo sereno y relajado de Manuel, cuyo primer comentario fue qué tan buen rifle tenía y cómo lo limpiaba. Al igual mencionó que tenía hambre y quería comer. Como genios de una lámpara mágica su padre y hermana le consiguieron la cena.

Durante la comida, Manuel explicó como llegó a ser del partido que estaba contra las fuerzas del Gobierno de Santa Anna. Los pronunciados llegaron a Temascaltepec, armaron a los vecinos, entre ellos estaba Manuel.

A diferencia de Manuel, entusiasmado por sus ideas revolucionarias, Juan tenía otras. La primera y más inmediata era extraerlo de las fuerzas militares para que no se sumara a la estadística de los muertos.

Lo primero que hizo fue ir a Temascaltepec por Josefa Jaimes, esposa de Manuel y a dejar a su hija Josefa con el padrino de su esposa Gabina.

Es preciso que haga una digresión para referirme al matrimonio del hijo mayor de Juan.

Josefa Jaimes, esposa de Manuel, era descendiente de irlandeses. Originalmente suponía que Manuel y Josefa contrajeron matrimonio en el año de 1860, pero ahora sé que Manuel, mi tatarabuelo nació en 1838, trabajaba como administrador de rentas en Temascaltepec en 1859 y ya tenía un hijo como de un año. Luego, deduzco que en realidad; Manuel y Josefa contrajeron matrimonio entre 1856 y 1857, cuando Manuel tendría dieciocho o diecinueve años. Hasta mayo de 2015 no he encontrado acta de nacimiento de Josefa Jaimes.

Si Manuel trabajaba y vivía con su familia en Temascaltepec, existe la posibilidad de que haya contraído matrimonio en esa localidad, donde los registros eclesiásticos se perdieron en la quema que los zapatistas hicieron durante la Revolución. Este hecho explica mi dificultad para encontrar su acta de matrimonio.

También ignoro el lugar y fecha de defunción de Manuel; sólo sé que Josefa permaneció viuda hasta que falleció en Zacualpan el 8 de abril 1903. El registro correspondiente dice que tenía cincuenta y tres, dato del que desconfío porque las actas fundadas en declaraciones de terceras personas en esos tiempos contenían errores de diferentes tipos, especialmente cronológicos. Si mi tatarabuela nació hacia 1840 y falleció a la edad de sesenta y cuatro, calculo que tendría dieciséis a diecisiete años cuando se casó con Manuel, edad propia para que una doncella contrajera matrimonio durante esa época.

Licenciado Amador Castañeda Jaimes 1902.  Foto cortesía Elena Laura Castañeda Islas

Licenciado Amador Castañeda Jaimes, nieto de Juan Castañeda,  1902. Foto cortesía Elena Laura Castañeda Islas

Dedicatoria Licenciado Amador Castañeda Jaimes, nieto de Juan Castañeda a su madre Josefa Jaimes septiembre 1902. Foto Cortesía Elena Laura Castañeda Islas.

Un dato interesante es que Manuel Castañeda, mi tatarabuelo paterno, fue medio hermano —aunque treinta años mayor— del doctor Gonzalo Castañeda Escobar. Este parentesco explica por qué el Doctor Gonzalo Castañeda Escobar fue tío del licenciado Amador Castañeda Jaimes, gobernador interino del Estado de Hidalgo en 1912, aunque ambos tenían casi la misma edad. Amador Castañeda fue hijo de Manuel Castañeda y Josefa Jaimes.

En 1902 el licenciado Amador Castañeda le envió una foto a su madre Josefa fechada ese mismo año, y los registros después de 1903 reconocen a Josefa ya difunta.

En sus memorias, Juan no mencionó que hubiera llevado consigo a Josefa, su nuera, pero sí que regresó por Texcaltitlán. Esta vez viajó con Josefa y con Romana, otra de las hijas de su primer matrimonio[3] quien entonces tenía trece años de edad.

Verifica la edad de Romana el siguiente episodio que Juan cuenta:

Cuando volví a Texcaltitlán con Josefa y mi hija Romana, ya la tropa se había ido a Sultepec, en la mañana de ese día. Luego nos pasamos en seguimiento de ella. En el punto nombrado la Boca del Viento se había quedado atrás Romana, y como gritaba una chachalaca tan fuertemente, y mi hija no las había oído gritar ni las conocía, ni sabía que existían tales aves, se espantó, y me grito:

—¡Padre!

Me volví a encontrarla y le pregunte qué sucedía, y me respondió:

—¿Qué no oye usted?

—No te espantes, en una chachalaca. ¿Tú qué pensabas que era?

—Yo pensé que era el diablo.

Nos reímos algo por la respuesta.

Al llegar a Sultepec Juan pidió a unas señoras alojamiento para sus hijas. No le negaron el favor, y con ese alivio, procedió en busca del general Santiago Tapia para suplicarle que le volviera su hijo Manuel pues en Texcaltitlán ya les habían ofrecido entregarlo a don Simón y a él, una vez que hubiera quien lo reemplazara.

No lo encontró donde se alojaba, pero al volver con sus hijas, María Josefa le preguntó:

—¿Usted no encontró al general?, yo hasta ya le hablé.

—¿Y lo paraste en la calle? Qué mal has hecho.

Josefa respondió que el general no era un déspota y que le dijo que les iba entregar a Manuel porque lo que prometía, lo cumplía.

Al siguiente día Juan buscó nuevamente al general. Le permitieron entrar a una pieza donde descansaba acostado. En esa situación, informal y relajada, Juan sentado y el General, acostado, hablaron sobre varios asuntos.

Pienso que el general interrogó a Juan con preguntas estratégicas sobre cómo la gente de ciertos pueblos visitaba a otros, para discernir la relación entre quienes eran liberales y quienes eran reaccionarios. Juan respondió al General todo lo que le preguntaba y ni siquiera tuvo que preguntar acerca de la liberación de su hijo Manuel.

Una vez más Juan regresó al siguiente día determinado a preguntarle sobre el asunto de su hijo y el siguiente intercambio ocurre entre Juan y el general Tapia:

Le dije que Manuel no era posible fuese soldado, que tenía madre y que la apreciaba como todo buen hijo. Era casado y no hacia mucho tiempo: y que si se había presentado a las filas de los liberales, era por el mucho entusiasmo que tenía en favor de la causa que defendían, y que prueba de ella era que [a] los reaccionarios les había tirado en la cara el fusil que le habían confiado. Tampoco había hecho caso perder su destino que tenía en la Administración de rentas de Temascaltepec, teniendo familia; por dos hombres.

Sobre esta presentación el general Tapia me pregunto y respondió:

—¿Por qué?

—Porque en los contrarios hay uno menor, y en los de usted uno más.

—Ojalá, señor, y así fueran siquiera cincuenta —positivamente fue su respuesta—. Pues mire usted, ya le oí a usted; ahora óigame usted. Déjemelo usted, lo veo contento, escribe bien, ha simpatizado con mis ayudantes, y Vesco lo ocupa en escribir. No le paga lo que debiera pagarle, porque los pronunciados estamos pobres. Cuando tenemos consideración a Manuel se le pasan dos y medio reales, mientras a mis soldados los conformo con uno y medio reales. Vesco (un ayudante) lo considera bien, duermen en una pieza, le ha regalado una grande zalea; tiene libertad para pasear, cuando no haya que escribir, y mis soldados todos quedan encuartelados. Déjemelo usted, puede hacer carrera, y pronto la causa que defendemos estoy seguro ha de triunfar. Ahora, si antes llega la muerte, ésta llega al soldado y al que no lo es.

Juan nos dice que durante las conversaciones que tuvo con el general Tapia, él le daba entender que tenía negocio en Taxco, pero Juan se hacia el desentendido. hasta que llegó el momento en que Juan le preguntó directamente:

—Señor General, dos veces me ha preguntado usted sobre si habrá un conducto para Taxco, eso me hace entender tener usted un negocio allí. Entrégueme a mi hijo y mande lo que guste, iré a Taxco. Positivamente tengo un negocio.

—Si usted tiene disposición de ir, venga usted a verme a las doce para entregarle una carta.

Juan regresó más tarde y el general Tapia le entregó una carta y le preguntó cuando regresaría con una respuesta. Juan le dijo:

—Dentro de ocho días.

—Pues bien, vuelva usted y le entregaré a Manuel.

Con adrenalina corriendo por sus venas Juan se puso de pie y con un saludo militar le dijo a Tapia:

—Señor general: Soy muy hombre y cuente con mi palabra, tengo honor y poseo la delicadeza. Solo que muera yo no volveré.

—Pues entonces tome este peso, los liberales estamos pobres, por eso no le doy más. Tenga cuidado.

La carta del general Tapia era para el general Peña.

Por lo que Juan narra en sus memorias se deduce la confianza que le inspiró al general Tapia, quien le regresó a su hijo Manuel antes de que cumpliera la promesa de entregar la carta. Juan dice “Llegamos a Zacualpan muy contentos y con razón: venía Manuel con nosotros”.

Al volver a Zacualpan Juan supo que la carta que Manuel le había enviado y que embargaron en Malinaltenango llegó cuando apenas habían andado tres leguas. Allí Manuel le contaba que había fallecido su hijo, el primer nieto de Juan. También supo que a su tío Marcelo lo reprendió su esposa por haberse precipitado en darle la infundada noticia de que Manuel había muerto.

Juan recibió visitas, a quienes les narró las aventuras y riesgos que él, su hija y sus familiares vivieron en el proceso de des enlistar a Manuel de la lucha armada. Allí lo enteraron de que Vitelo, un caudillo con fama de asesino, controlaba Taxco. Contra el consejo de varios familiares de que no viajara a Taxco a entregar la carta de la que era portador, Juan respondió que cumpliría con su promesa topara lo que topara.

Gabina le preguntó:

—¿Cuál es tu plan?

—Mañana saldremos de Tetipac para Taxco con mi canasta de mercería con el propósito de ir a pedirle al general Peña por un documento que me permita pasar con mi mercancía sin ser molestado a Iguala y otros pueblos.

Esto ocurrió probablemente en el segundo semestre de 1859. Para este entonces ya había nacido Feliz Bernardino, primogénito de Juan y Gabina.

Juan, con su canasta de mercería, llevando a su esposa Gabina montada en una yegua, quien cargaba a una criatura (Bernardino), salió de Zacualpan con el propósito de cumplir su promesa.

Al llegar a Tetipac notaron que Bernardino tenía calentura, motivo por la cual Gabina se quedó con sus familiares. Juan procedió a solas.

En su camino debió responder muchas preguntas, tales como: ¿De que partido es usted?, ¿A que viene y cual es su propósito? Siguiendo al pie de la letra el plan que había concebido, Juan fue consistente en sus respuestas: buscaba al señor general para pedirle un salvoconducto.

Finalmente llegó a la casa del general Peña, lo saludó, puso su canasta en el suelo y empezó a ofrecer su mercancía.

En medio de su actividad comercial, Juan deslizó la carta del general Tapia entre las páginas de un calendario del Negrito Poeta y se la ofreció al general Peña, quien entendió el ardid y se guardó la carta. Ante la presencia de terceros, el General le compró “algunas frioleras” y en lenguaje clandestino dijo a Juan que regresara a las dos de la tarde porque seguramente las señoras quisieran comprarle tijeras o agujas de las que ofrecía en venta.

Juan se presentó puntualmente a la cita. El general Peña lo recibió a solas y le entregó una carta de respuesta para el general Tapia. Aparte de unos detalles para asegurar su regreso, el negocio entre Juan y el general Peña había concluido.

Juan se reunió con su esposa en Tetipac. Bernardino había mejorado y al día siguiente regresaron a Zacualpan, de donde Juan partió camino a Sultepec.

En Sultepec, desde los altos de una casa, el general Tapia lo reconoció y lo llamó con aplausos.

—Mucho cuidado ha tenido por el tiempo que ha dilatado usted para volver.

—¿No dije a usted que solo que yo muriera no volvería?

—Si; pero mi cuidado ha sido no porque desconfiaba que no volvería, si no porque pensaba que no le hubiera sucedido alguna desgracia. Conque no la tuvo usted; viene usted con bien.

—Sí señor —le respondí—, no la tuve.

—Siéntese usted —me dijo, y comenzó a darle lectura a su carta, y cuando concluyo, me dio las gracias, y me encargó que cuando lo volviera a ver, en cualquier lugar, y aunque estuviera con personas de cualquiera clase que fueran, que le hablara, que no tuviera ninguna vergüenza de hablarle; que él apreciaba a las personas por su carácter [y] honradez, aunque sean pobres y no por que las acompañe la fortuna. Que desde la primera visita que tuve con él, le había yo simpatizado; y que cuando llegara la vez que nos volviéramos a ver, que era probable no me conociera; pero con que le dijera mi nombre y que era el padre de Manuel Castañeda, con eso bastaba, pues a Manuel, como lo había acompañado, lo conocía perfectamente.

Sacó de la bolsa dos pesos y me los dio, diciéndome.

—Esto es nomás para mostrarle mi gratitud, no es lo que vale el servicio que ha prestado a la justa causa que defendemos. Ese servicio vale mucho más; pero andamos muy pobres.

—Ahora, señor General, suplico a usted que haga otro nuevo favor, y es que mande usted un documento en que se sirva usted ordenar que a mi hijo Manuel no sea molestado por algún jefe de los liberales, creyendo que ha sido desertado, pues puede suceder que haya quien por tal, lo denunciare.

—Sí, con mucho gusto —me respondió, y mandó escribir un documento dictado por él, en que a los de su mando ordenaba, y a los que no estaban bajo sus órdenes suplicando que ni a Manuel ni a su padre Juan fueran molestados, que habían prestado servicios de consideración a la causa que defendían ellos.

Continuará…

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1] Aquellos que pronunciaron en favor del Plan de Ayutla

[2] Manuel Castañeda fue mi tatarabuelo.

[3]. La partida matrimonial del Dr. Reynaldo Escobar Castañeda con Guillermina Aldasoro dice que sus padres fueron Juan Escobar y Romana Castañeda. El Dr. Reynaldo Escobar Castañeda fue sobrino del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar porque Romana fue media hermana de Gonzalo veintidós años mayor.  Por otra parte, una persona llamada Juan Escobar fue testigo en el Registro Civil de nacimiento del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar.

Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte II

Continuación.

“El infrascrito cura hace notar que el oficio de Juan es escribiente…”[1]

Cuando don Juan se sentó a escribir sus memorias, a avanzada edad, seguramente su agudeza visual había menguado, y debido a la artritis, sus manos acusaban limitaciones de movimiento, pues igual que su padre, trabajó con minerales y metales por muchos años.

Considerando estas limitantes y a sabiendas de que es imposible micro detallar cada fecha, lugar y persona, observo que involuntariamente en sus recuerdos, don Juan omitió la cronología así como muchos detalles. Aun así, dejó valiosísima información para que un descendiente interesado contara con una plataforma desde donde lanzar investigaciones para saber más sobre sus ancestros.

Juan entre los 18 y 20 años

Lo que relata mi re tatarabuelo sobre su vida en ciertas ocasiones, no es muy diferente que a la mía: Recién casado, acompañaba a mi esposa a la lavandería. Ella juntaba la ropa, el jabón y el blanqueador, y yo los metía en la cajuela del carro. Íbamos a la lavandería con suficientes pesetas para no quedar cortos al usar las máquinas de lavar y secar. Eran los años de 1970-72, y todavía no había llegado la cigüeña. Mientras la ropa se lavaba y secaba, yo me entretenía con un libro o iba a comprar algo para que comiéramos, mientras ella atendía el proceso de la lava y seca.

Juan menciona que una vez él y su esposa Jesús fueron a lavar al río que corre al lado del barrio de Santiago. Aunque no menciona la temporada, por la manera en que explica los detalles, pienso que fue poco después de que contrajeron matrimonio, y antes de que empezaran a procrear.

La Poza ahora conocida como La Tambora, vista rio arriba y principio de El Salto por caer diez a doce metros. Foto cortesía Rafael Rodríguez Castañeda

Nos dice que llegaron al rio donde existe una poza[2] como a diez o doce metros de un salto de agua, llamado precisamente El Salto.

Conforme ella empezó a lavar, él se desnudó y saltó a la poza. Se sambutía, nadaba, maromeaba y seguramente se echaba sus buenos clavados. Naturalmente, después de tanto jugar y casi desfalleciendo, con poca fuerza le pidió a [María de] Jesús[3] una sábana para recostarse. Todo muy bien para un joven lleno de vitalidad y energía, ajeno a las preocupaciones domésticas, pero no para un jovencita de dieciséis a dieciocho años, quien creía en los espantos.

María de Jesús descendía de una familia humilde y supersticiosa, con temores a lo sobrenatural. Creía en duendes, fantasmas y cualquier otro mal o forma de espanto que pudiera salir del sobaco del demonio.

Cuando vio a su joven marido exhausto y jadeante se afligió mucho, temiendo lo peor: pensaba que el duende que vivía en la poza había salido azotar a su esposo.

Al verla tan afligida por él y casi en lágrimas, Juan se dejó ayudar para tenderse a la sombra. La preocupación de María de Jesús era tal que no acabó de lavar la ropa. Después de un buen descanso volvieron a casa, donde ella preparó una comida que debido a su agotamiento, Juan dejó de lado hasta que se recuperó.

Aun hoy hay vecinos del barrio de Santiago que afirman haber visto u oído al duende que sale de esa poza y otras más que existen en ese río, no obstante, Juan siempre descreyó de lo súper natural y de las brujerías que atemorizaban a sus familiares y vecinos durante esos tiempos.

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2012/10/26/los-duendes-de-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

Juan a los veinte años de edad

A partir de lo que don Juan escribió sobre su primera familia, infiero que solamente tuvo tres hijos con María De Jesús. Pero —¡sorpresa!—: llegué a enterarme que tuvieron ocho en total. La iglesia de La Inmaculada Concepción fue incendiada por los liberales en 1859, pero en los registros que sobrevivieron al fuego encontré en https://familysearch.org/ las actas de bautizo pertenecientes a cada uno de ellos. ¡Qué fortuna!

Antes de revelar la información sobre los ocho primeros hijos, es importante aclarar que María De Jesús es reconocida por la iglesia en las actas de matrimonio con Juan, como hija de “padres no conocidos”. Este detalle es muy importante porque los apellidos paternos y maternos definen el linaje.

En el caso de María De Jesús, fue laborioso descifrar que fue madre de los ocho hijos que tuvo con Juan. Puedo asegurar que fueron ocho los hijos legítimos de Juan y María de Jesús fundado en las siguientes consideraciones:

1. Estamos hablando de hace dos siglos, y, aunque fueron muchos los párrocos que asentaron actas en la iglesia de La Inmaculada Concepción, sus múltiples obligaciones los afectaban por igual, lo que con frecuencia les impedía escribir las actas completas al instante del bautizo. Así se explica que cometieran numerosos errores en las entradas por imprecisiones de la memoria.

2. Supongo con firmeza que María De Jesus nunca estuvo presente durante el bautizo de sus hijos, y que si estuvo no se preocupó en que las partidas la identificaran propiamente. Todos sus hijos fueron bautizados no más de dos días después de haber nacido y es probable que con tan poco tiempo después del parto no haya estado en condiciones de asistir a la iglesia. También existe el caso de que Juan o la misma partera envolvieran al infante, comprometieran a los padrinos o que en la iglesia pidieran el bautizo a cualquiera de los párrocos presentes. En esos tiempos de tan alta mortandad infantil era imperativo administrar el sacramento del bautizo lo antes posible.

3. Unas actas registran a María con el apellido Ríos; otras la apellidan Ronces, y en varios casos consignan su nombre sin apellido. A diferencia de Ronces, Ríos no es un apellido común en el barrio de Santiago. Por esa asociación, pienso que los párrocos de la iglesia preferían utilizar Ronces, sobre todo si conocían a las familias del barrio. Lo que consta de manera regular es que los padres de ambos eran de la cuadrilla de Santiago, y durante la temporada en que procrearon hijos no hay otros contemporáneos con los mismos nombres de Juan Castañeda y María De Jesús Ronces dentro de la cuadrilla de Santiago. Surgen homónimos después del año 1860. Para ese entonces María ya había fallecido.

4. Juan Y María contrajeron matrimonio en 1834 y después de que el primogénito nació en 1836, los demás hijos nacieron en 1838, 1840, 1842, 1846, 1849, 1852 y 1855. Hubo por lo menos dos años entre cada hijo.

5. En su manuscrito Juan nos deja saber que tuvo por compadre a una persona llamada José Antonio Romero. Dos actas de bautizo nos dicen que fue padrino de sendos hijos.

6. Una de las hijas es nombrada Sixta. Este detalle es muy importante porque ella fue la sexta hija que nació en 1849.

Estas observaciones y otras más que mencionaré al anotar el nombre de cada hijo serán más que suficiente para substanciar que estos ocho hijos son en realidad de Juan y María. Los hijos son:

José Pablo Maximino: Es bautizado por el infrascrito cura José Julián Villegas en la Parroquia de Santa María Zacualpan el miércoles, 8 de junio 1836, a un día de nacido, hijo legitimo de Juan Castañeda y María De Jesús (apellido paterno no incluido). Los padrinos fueron Urbano Reynoso y Antonia Loria.

José Manuel Ascensión: Es bautizado por el fray Anastasio Delgado en la Parroquia de Santa María Zacualpan el viernes, 24 mayo 1838 a dos días de nacido, hijo legitimo de Juan Castañeda y María De Jesús Ronces. El padrino fue Don Ignacio Díaz.

José Manuel se casó con Josefa Jaimes circa 1858, de ascendencia irlandesa y originaria de Temascaltepec. Hay registros bautismales que indican el nacimiento del primer hijo de la pareja en 1860, a quien nombró Félix Andrés. Félix falleció durante la infancia. Después nacieron Manuel (hijo) 1866, Justiniano 1869, Amador 1871 y Víctor 1873. Por linaje paterno, Manuel (padre) es mi tatarabuelo.

Conforme mis investigaciones y corazonadas, soy del pensamiento de que mucha información sobre Manuel y Josefa debería de estar en los registros de la iglesia de Temascaltepec, pero se me informó recientemente que los registros eclesiásticos fueron quemados por tropas zapatistas durante la Revolución.

En su manuscrito, Juan demuestra el cariño de un padre por su hijo, cuando lo extrae de las fuerzas liberales gracias a sus gestiones ante el general Tapia durante las batallas de Ayutla.

María Josefa Bonifacia: Es bautizada por el cura Luis G. Suárez en la Parroquia de Santa María, Zacualpan el jueves, 5 de junio 1840 a un día de nacida, hija legitima de Juan Castañeda y María de Jesús Ríos, vecinos de Santiago. Los padrinos fueron Mariano Popoca y Guadalupe Gómez.

María Josefa acompañó a su padre Juan en la localización y rescate de su hijo Manuel. Aunque era menor que Manuel, por cariño se refería a él como su “hermanito”. María Josefa contrajo matrimonio con Pragedis Díaz el 8 de abril 1860.

Juan menciona al cura Luis G. Suarez en varias ocasiones durante sus memorias.

José Antonio De Jesús Esteban: Es bautizado por el cura Luis G. Suárez en la parroquia de Santa María, Zacualpan, el viernes 2 de septiembre 1842 a dos días de nacido, hijo legitimo de Juan Castañeda y Jesús Ronces, vecinos de Santiago. Los padrinos fueron Don José Antonio Romero y Doña Rita Gai___ (apellido ilegible).

En su manuscrito Juan detalla que tuvo un compadre a quien llamaba don José Antonio Romero. Con esta acta de bautizo y otra posterior se confirma que don José apadrinó a dos de sus hijos.

José Antonio falleció en 30 de junio 1844, y el acta de defunción de la Parroquia de Santa María de Zacualpan, suscrita por el licenciado Rafael Zavala, nos dice que se mandó dar sepultura a este niño al campo mortuorio, hijo legítimo de Juan Castañeda y Jesús Ronces.

Antonia Ramona: Es bautizada por el Licenciado Rafael Zavala en la Parroquia del Mineral de Zacualpan el sábado 28 de febrero 1846, hija legítima de Juan Castañeda y Jesús Ronces. Ambos de la cuadrilla de Santiago. El padrino fue Felipe Suárez.

El caso de Ramona es muy interesante porque en un par de ocasiones Juan menciona tener una hija llamada Romana. La edad de esta hija coincide con la edad de Antonia Ramona. Estoy seguro que Romana y Ramona son la misma persona e hija de Juan y María. Siendo humanos, los párrocos de la iglesia cometían errores y supongo que a la hora de asentar los nombres, anotó Ramona y no Romana.

Otro dato interesante es que dentro de la familia, ni los familiares más cercanos tienen datos para explicar cómo es que el Dr. Reynaldo Escobar Castañeda era sobrino del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar. Romana y el Dr. Gonzalo fueron medios hermanos por parte de padre, hijos, respectivamente, de dos matrimonios de Juan Castañeda. Entre uno y otro hay una diferencia de veintidós años. Romana nació en 1846 y Gonzalo en 1868. Ambos Doctores nacieron en Temascaltepec, Edo. De México. Hace poco, encontré la información matrimonial de Reynaldo Escobar Castañeda. El acta dice que sus padres fueron Juan Escobar y Romana Castañeda. Interesado en saber más sobre Romana y la relación familiar entre estos dos doctores, no abandonaré mis búsquedas.

María Sista: Es bautizada por el Licenciado Rafael Zavala el jueves 29 de marzo 1849 a dos días de nacida, hija legitima de Juan Castañeda y María Ronces. Los padrinos fueron Felipe Suárez y María López Cárdenas.

La coincidencia de que ésta, la sexta hija, fuera llamada Sixta, refuerza la idea de que María, de padres no conocidos, así se apellide Ríos y Ronces, es la misma.

María Antonia Quirina Trinidad: Es bautizada por el infrascrito cura Luis Huerta en la Parroquia del Mineral de Zacualpan, el viernes 4 de junio 1852 a dos días de nacida, hija legitima de don Juan Castañeda y Doña Jesús Ronces. Los padrinos fueron don José Antonio Romero y Doña María Montoya.

Niño sin nombre: En el curato del Mineral de Zacualpan y en 23 de agosto 1855, el cura Agustín Gómez mandó dar sepultura a un niño mal nacido que fue bautizado en caso de necesidad. Hijo legitimo de don Juan Castañeda y doña Jesús Ríos, vecinos de Santiago.

Nota de fallecimiento: En esta partida consta que mi re tatarabuela, María De Jesús Ríos, fallece de Hidropesía el mismo día que su hijo sin nombre. El cura Agustín Gómez mandó darle sepultura en el campo santo de la Parroquia del Mineral de Zacualpan. ¿Los habrán enterrado juntos?

Ignoro la cantidad de hijos que vivían cuando Juan Castañeda quedó viudo a los 39 años, pero si considero que solamente dos habían fallecido hacia el año de 1855, entonces las edades de los restantes deberían de ser entre los tres y diecinueve años de edad.

Con la muerte de madre e hijo concluye la progenie que Juan Castañeda tuvo con su primera esposa cuando él tenía veinte años de edad.

Juan a los 21 años de edad

Después de haber sido abuelo por primera vez, Alejandro Marcos De Castañeda De Gama, padre de Juan, y quinto abuelo mío por línea paterna, falleció de dolores de cascado [4] el 27 de octubre 1837, dejando viuda a María Antonia Josefa Popoca Sáez.  https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/09/16/los-padrones-de-la-inmaculada-concepcion-1834-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

Juan a los 22 años de edad y dos espantos en 1838

Me acuerdo del día en que mi padre me dijo: “No tengas miedo de los muertos, tenlo de los vivos”. La posibilidad existe que ese pensamiento, junto con mis propias experiencias, fundó mi propia base de creer solamente en lo físico y no lo metafísico.

A la media noche de un día, Juan se había separado de un baile que hubo en el barrio de la Veracruz [5] , y como yo lo hubiera hecho, estoy seguro que él habrá consumido unas que otras copitas de tequila o vasos de pulque [6] . En camino a su casa, pasó por una huerta donde vio a lo que él se refiere como un perro “prieto y lanudo” de quien no hizo caso. Al no ponerle atención a este busca huesos, el pensó que si otra persona lo hubiera visto, seguramente hubieran pensado que el diablo los había visitado.

En ese momento oyó el sonido de cadenas. Mientras el trataba de discernir el origen, el ruido del metal se repetía, lo que aumentaba el suspenso y lo obligaba a voltear por todos lados.¿De veras existe el diablo —se preguntó—, o será un preso que se fugó de la cárcel?, al cual, si lo ayudo, entonces seré culpable de su escape.

A solas en la oscuridad, con un perro y un fugitivo cercanos y el diablo en mente, Juan empezó a temblar. Decidido a afrontar lo que fuera, cogió una piedra y con valor se la lanzó al perro que se escondía. El ruido de las cadenas se alejó conforme el perro corría.

Los nervios se le calmaron al comprender que el perro de don Juan Gallegos andaba suelto con todo y cadena, pero el susto fue inolvidable.

Durante otra noche de 1838, hacia la una de la mañana Juan caminaba bajo un cielo nublado y sin luna hacia la Hacienda San José, donde trabajaba como azoguero a las órdenes de Roque Díaz.

Al pasar por El Socavón del agua, sitio a la entrada de Zacualpan, vio un bulto blanquisco, del tamaño de un hombre, algo retrasado de su camino. Juan se agachó y entrecerró los ojos en un esfuerzo por identificar esa anomalía. Se convenció de que era un hombre que blandía una espada o bordón.

Foto cazahuate latente cortesía imágenes Google.

Al estar cerca decidió saludarlo, pero el ente no le respondió. Juan pensó que tal vez el acto de mala educación era de un Don Juan, atento a sus negocios amorosos. También era posible que fuera un abigeo, y como él tenía caballos y vacas, lo mejor era identificarlo y caer sobre el individuo, si alguno de sus animales le faltaba.

Consciente de que estaba armado de un machete, en el afán de identificarlo caminó hacia él y con calor le pregunto: —Amigo; ¿tiene usted lumbre para fumarnos un cigarro? —El desconocido se quedó callado, Juan pensó que se estaba burlando de él. Ofendido, lo acometió con el machete, frente a frente, pero lo que tomó por un hombre era en realidad un tronco seco de cazahuate, blanco por un lado, y lo que creyó una espada era un varejón desprendido que el mecía el viento.  http://es.wikipedia.org/wiki/Ipomoea_arborescens

En nuestro cómodo presente, no consideramos el futuro y olvidamos el pasado. Nos cuesta trabajo imaginar el entorno y el ambiente en que ocurrieron episodios como éste. ¿Cómo nos comportaríamos en la soledad de lo oscuro, a la una de la mañana, a pie y en camino hacia el trabajo donde cada silueta vegetal tiende a tomar forma de espectro?

Otro espanto en 1843 a los 27 años de edad

Después de asistir a la boda de su hermano Felipe Neri, quien se casó con María Dolores Morales Nájera en Taxco de Alarcón, Guerrero, Juan y su esposa María De Jesús regresaban a caballo hacia Zacualpan.

Acta matrimonial Felipe Castañeda con Dolores Morales, Taxco, Guerrero, México, 27 febrero 1843. Juan Castañeda fue padrino.  Cortesía http://familysearch.org/

El caballo que montaba la tumbó, y María de Jesús decidió seguir el viaje a pie. Sin ser los únicos que hacían ese viaje, se rezagaron del resto. Les oscureció en el camino y como a las nueve de la noche, al pasar cerca de la Hacienda de San Juan, María voltea y le dice a Juan:

──Juan, oigo pasos detrás de mí.

── No es nada ──le respondió Juan.

──Los oigo perfectamente, ¿Qué, no los oyes?

──No, ¡no oigo nada!

──No has de oír, porque vienen detrás de mí. Tengo mucho miedo.

Juan le sugirió que se adelantara. Al caminar delante de él, ella dijo que entonces los pasos venían detrás de él. Juan le respondió que había quedado temerosa y espantada tras caer del caballo, pero María no se tranquilizaba y empezó a llorar.

──Vamos rezando mientras caminamos y verás que los pasos no vendrán más detrás de ti —le dijo Juan.

Al cruzar por el barrio de Memetla, María le dijo:

──Juan, los pasos que venían detrás de mí y después en frente, cuando te pasé, eran los golpes que daban las suelas descocidas de tus zapatos, que daban un segundo golpe cada vez que dabas un paso.

¡Qué momento tan angustioso para los dos!

Una vez superada la tensión se empezaron a reír con mucha gana. En medio de las carcajadas, Juan reconoció que empezaba a creer en los duendes, y que la vio tan afligida que hasta se puso a rezar, sin estar en la iglesia.

Ricardo Castañeda

Edición Rafael Rodríguez Castañeda

Continuará…


[1]. https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-13735-51011-92?cc=1837908&wc=MGLC-PTL:166998101,166998102,169037001

[2]. Ahora conocida como la tambora.

[3]. En sus memorias, Juan la llama simplemente ‘Jesús’.

[4] Significa enfermedad profesional asociada con el polvo respirado por los mineros.

[5] El barrio de la Veracruz es parte del municipio de Zacualpan como lo es el barrio de Santiago.

[6] Una bebida alcohólica original a México, poco gruesa y dulce hecha del jugo del agave o maguey. El pulque era una bebida sagrada que era ofrecida por los Aztecas a sus dioses.

Higiene Minera, Dr. Gonzalo Castañeda Escobar (1868-1947)

A Carmen Castañeda Olea en el centenario de su nacimiento 22 abril 1914 – 8 noviembre 2012.

Presentación

La tecnología progresa como si estuviera bajo la influencia de una inyección de esteroides. No nos da respiro para absorber completamente su última invención. La velocidad de los cambios es mayor que nuestra capacidad para asimilarlos.

En mi experiencia personal nada substituirá la sensación de tomar un libro, sopesarlo, sentir la textura de sus hojas y tener la satisfacción de leer desde la primera hasta la última página.

A través de los siglos el libro ha sido una de los soportes más prácticos y eficientes para expresar y transferir información —textos, dibujos o fotografías— sin tener que articularla y expresarla en persona. Pero ahora, dentro del mundo virtual, los avances tecnológicos metamorfosean a este viejo amigo en soportes más asequibles que en inglés conocemos como ebook[1] y su primo, el blog[2].

Mis primos Claudia Infante Castañeda, Rafael Rodríguez Castañeda y yo deseamos compartir con los lectores de este blog un documento que Claudia editó en una revista académica en 1990[3] y Rafael y yo conocimos en forma de e-book digitalizado por Google. Me refiero a un memorial sobre la higiene en los trabajos mineros subterráneos elaborado en 1896, cuyo autor fue el doctor Gonzalo Castañeda Escobar [4]. Ahora presentamos nueva información y profundizamos el análisis.

 

El encuentro

Soy originario de Pachuca, Hidalgo, ciudad mexicana de larga tradición minera cuyo subsuelo cruzan numerosos túneles que se extienden por largas distancias. Por esta razón no solamente soy referido como pachuqueño, sino también como tuzo. Por tanto, me identifico con la metáfora del tuzo[5], mamífero roedor que cava en la oscuridad en busca de raíces. He tenido que excavar en los archivos para encontrar información sobre nuestros ancestros Castañeda.

El 30 de diciembre de 2013 recibí el comentario de una investigadora de la UNAM sobre la biografía publicada aquí en marzo de 2013, quien preguntaba si existía una versión más amplia del trabajo del Dr. Castañeda cuyo título original fue Higiene Minera Subterránea.

La pregunta me reveló una carencia en mis archivos. De inmediato consulté a mis primos Claudia Infante Castañeda y Rafael Rodríguez Castañeda. Claudia es doctora en Ciencias de la Salud y nieta del Dr. Gonzalo Castañeda; Rafael ha reunido amplia información sobre la familia Castañeda. Simultáneamente encontré en Internet Memorias: Transacciones, Volumen 2, un e-book de Google que es posible revisar en línea gratuitamente.

Página cortesia Claudia Infante Castañeda

El siguiente documento aparece en la página 753 de este e-book:

Higiene que debe observarse

En los

TRABAJOS MINEROS SUBTERRANEOS

Por el

Dr. Gonzalo Castañeda

Para facilitar la lectura del facsímil publicado en 1898 con una tipografía difícilmente legible, el documento original fue transcrito a un archivo PDF y a un archivo en Words para su acceso.

Dr. Gonzalo, Higiene minera Congreso médico pan-americano 1898

Dr. Gonzalo, Higiene minera Congreso médico pan-americano Words 1898

 

El autor

Gonzalo Castañeda nació en Temascaltepec, México, Mex. Fue hijo de Juan Francisco Castañeda Popoca y de María Gabina de Jesús Escobar Mojica. Lo llamaron Julián Gonzalo de Jesús. El registro civil ocurrió a las diez de la mañana el once de enero de 1868. Nació a las nueve de la mañana del día nueve del mismo mes.

Sorprende que su nombre estuviera tan detallado tanto en el registro civil cuanto en el eclesiástico. Por lo general los registros civiles de esos tiempos eran escuetos. Solían anotar un solo nombre de pila. A nuestro autor pudieron llamarlo Julián o Gonzalo a secas. La manera en que lo nombraron es un indicio de que sus padres solamente repitieron su nombre cristiano al registrarlo civilmente.

La primera fotografía que conocemos de Gonzalo data del 11 de enero de 1884, cuando se retrató con su padre y Bernardino, su hermano mayor, en los estudios de Luis Veraza, en la Ciudad de México.

De izquierda a derecha, Feliz Bernardino Castañeda Escobar, 25 años, Juan Francisco Castañeda Popoca, el padre y Gonzalo, a la edad de 16 años.

Suponemos que Gonzalo Castañeda se refiere al año de 1894 cuando dice en su autobiografía:

 “Ya recibido me fui a mi tierra, después me salió un empleo en Guerrero, y aún me sorprende hoy, cómo a pesar de mi ignorancia e inexperiencia pasaba por buen médico. Después, un señor poderoso: D. José Landero y Cos que me había conocido de estudiante, me llamó de Pachuca para nombrarme médico-cirujano de las minas de Real del Monte, con un buen sueldo; allí me hice riquito y ya con dinero se me ocurrió y decidí irme a Europa”.

Antes de trasladarse a Hidalgo debió contraer matrimonio con Basílides Antonia Teresa de Jesús Olea Gómez-Daza porque el recién recibido Dr. Gonzalo Castañeda y su esposa Teresa vieron nacer en Real del Monte a su primera hija el 30 de octubre 1895, a quien bautizaron en la Parroquia de la Asunción, de Pachuca, Hidalgo, el diez de enero 1896 como María Teresa Catalina.

Acta de bautizo María Teresa Catalina Castañeda Olea, 10 enero 1896

Juan Castañeda y Gabina Escobar, padres de Gonzalo, no solo asistieron al bautizo; fueron padrinos de su nieta a la edad de 80 y 62 años, respectivamente. Los abuelos y padrinos hicieron el viaje desde Zacualpan, Edo. de México a Real del Monte, Hidalgo, México. Tanto los datos civiles como los eclesiásticos sugieren que este bautizo fue un acontecimiento familiar.

Todo esto ocurrió a principios de 1896. En noviembre del mismo año Gonzalo presentó el trabajo que ganó reconocimiento internacional.

 

Relevancia del texto

El siguiente documento fue escrito y presentado en noviembre de 1896, en el segundo Congreso Médico Panamericano, ocurrido en México. Lo divulgamos en atención a su gran valor histórico visto desde varios enfoques, todos ellos de gran trascendencia. Hasta donde sabemos es el primer testimonio sobre las condiciones de salud laboral de los mineros en México. Y leerlo hoy nos hace reflexionar. A pesar de los fuertes cambios tecnológicos, científicos y en seguridad social, a casi 120 años de que Gonzalo Castañeda concluyera esta exposición con un proyecto de reformas para proteger la salud de los mineros, sabemos que en el país aún no se cumplen cabalmente muchas de sus propuestas.

Gonzalo Castañeda fue un médico que se autodefinió como clínico y no como científico ni salubrista. Sin embargo, su agudeza analítica y el rigor de su estudio sobre la situación de los mineros cumple los requisitos del análisis científico de un problema de salud pública: observa y vincula meticulosamente los factores asociados a cada enfermedad, daño y lesión de un grupo poblacional, los tres mil barreteros que observó durante dos años. Además demuestra de manera técnicamente sobresaliente cómo los mecanismos “del proceso social del trabajo” minero los llevaba al “perpetuo desequilibrio orgánico y fisiológico” hasta llegar a la muerte. Las defunciones registradas en Real del Monte durante el tiempo en que estuvo allí son indicativas de la gravedad del caso.

El mayor mérito sociológico de este trabajo tal vez no sea identificar los factores sociales que afectaban la salud de los mineros sino describir cómo las precarias condiciones en que habitaban, trabajaban y se alimentaban, determinaban una pésima calidad de vida y la exponían al riesgo de múltiples enfermedades, a la discapacidad y con demasiada frecuencia, debido a accidentes, a la muerte temprana.

El trabajo supera la visión médico-biologicista que por un lado ve como causas a los agentes etiológicos inmediatos de enfermedades y accidentes, y por otro, en forma aislada, ve los factores sociales que los rodean. A la hora de preparar su estudio, Castañeda explica el engranaje de las condiciones que determinan el proceso salud-desgaste-enfermedad-muerte: “…multiplíquese este diario déficit fisiológico por diez o veinte años y sorprenderá la espantosa quiebra que a la postre sufre el organismo”.

Al apreciar la forma en que Gonzalo Castañeda analiza cómo interactúan los “factores de riesgo” con las condiciones sociales de los mineros, comprendemos su posición como médico social y políticamente comprometido. Éste es precisamente el tercer aspecto relevante: como estudio de salud minera, este memorial es único, pionero, pero lo excepcional es que el mismo autor, médico al servicio de los obreros cuyas condiciones de trabajo describe, también presente las reformas indispensables para resolver tal problemática.

Ignoramos cómo llegó al Congreso con este trabajo; no obstante, él reconocía la importancia del médico en la política. En la ponencia clama por que se escuche a los mineros a través de su voz. A pesar del dominio de sus herramientas médicas y después de plasmar en el documento el dolor con que día a día observó y atendió enfermos y accidentados, no es difícil imaginar la palpitación de sus humildes orígenes mineros en el pódium de un Congreso Internacional al levantar su voz para denunciar la situación de vida, trabajo y salud del gremio y exhortar a la acción para modificarla: “Si estos preceptos… los tomara alguna vez el legislador y con su mano reformadora los llevara al fondo de las minas, no sería yo el que viviera reconocido y grato, sino el imponente gremio de barreteros de la República”.

El documento que aquí reproducimos muestra también el riguroso análisis médico, clínico y sociológico que realiza el Dr. Gonzalo Castañeda a partir de una concepción de ciencia aplicada. Son notables su visión sobre el papel que correspondía desempeñar a la salud pública en la salud laboral y el bienestar de la población en general, y su posición política sobre las obligaciones del Estado al respecto. Estas características de su trabajo se resumen en la lúcida síntesis del párrafo que antecedió a su propuesta de reformas, donde vincula estupendamente los resultados de su estudio con las recomendaciones consecuentes:

“Nunca el médico cumple mejor su elevada misión que cuando el mal que descubre y el remedio que aconseja abarcan a extenso grupo de sus semejantes. En este caso particular de que me ocupo, no será seguramente a las Compañías mineras a las que pueden proponerse modificaciones … tampoco quizá al gremio barretero, cuya ignorancia no alcanza a comprenderlas… sino aconsejar las reformas que se juzguen benéficas a los Gobiernos, que son la entidad a quien está encomendado el papel de velar por la salud pública y de interesarse por el bienestar general, y para concluir, señores, nuestros estudios más formales y completos no vengan a resolver el problema en cuestión: [en] «la higiene que debe observarse en los trabajos mineros subterráneos» propongo en el sentido que antes dije, el siguiente proyecto …”

“La medicina es una ciencia social y la política no es más que la medicina en una escala más amplia” decía en la segunda mitad del siglo XIX Rudolf Virshow (1821-1902), eminente patólogo alemán. Sorprende la coincidencia de posiciones entre el Alemán y el Mexicano. Y en ello radica un cuarto aspecto relevante de este documento histórico, originado en un pueblo minero mexicano a finales del siglo XIX, muy distante del capital científico europeo.

Existe un evidente paralelismo de pensamiento tanto en el análisis cuanto en la posición política entre Gonzalo Castañeda y el movimiento higienista, y el de la medicina social iniciado a mitad del siglo XIX en Europa. Los académicos fácilmente pueden pensar que observaciones similares con sistematización y rigor científico llegan a conclusiones parecidas. Efectivamente, así son la lógica y la ciencia. Eso es relevante pero no excepcional en la historia; lo que destaca es la coincidencia de la construcción del problema de salud, bajo la perspectiva de la medicina social y la posición política análoga en dos ámbitos completamente diferentes en términos sociales y de recursos científicos. ¿Por qué?

El documento se titula “Higiene que debe observarse en los trabajos mineros subterráneos”. Aunque el título sugiere un enfoque higienista de la salud pública para describir las riesgosas condiciones a que estaban expuestos los mineros, que en teoría se podían modificar, pero cuya “ignorancia no alcanzaba a comprenderlas”, en el fondo, el trabajo documenta una denuncia orientada a cambiar la política pública sobre tales condiciones de trabajo.

Por otra parte muestra cómo transformar el concepto de la higiene orientada a modificar conductas o hábitos individuales asociados a riesgos a la salud para adoptar un enfoque colectivo cuyo propósito es cambiar los determinantes sociales y económicos de esas condiciones de salud. En tal cambio interviene el compromiso de los médicos para sustentar clínicamente la causalidad social de los procesos de salud–enfermedad laboral.

Conviene aclarar que la higiene pública es un concepto surgido en Francia en el siglo XIX (Foucault, 1977) que abarca lo que posteriormente siguió denominándose «medicina social», e inicialmente se refería a la forma como se “controlaban” los elementos del medio material que afectan a la salud. Según Foucault[6], la higiene pública constituye una “variación refinada de la cuarentena derivada de las epidemias que debió afrontar la gran medicina urbana del siglo XVIII en Francia” (Op. Cit. p 14). Por ‘salubridad’ se entiende sólo el estado de las cosas y del medio sin intervención alguna. En la forma de concebir los determinantes de la salud y los mecanismos para modificarlos cuenta no sólo la ciencia, sino también la posición política.

Ahí está la importancia de los elementos arriba mencionados, el doble enfoque de este documento: científico y político. Por un lado, el análisis científico de Gonzalo Castañeda articula los determinantes sociales, con la etiología del desgaste y proceso de enfermedad-muerte del minero en cuanto a la práctica de su oficio “que abrevia su vida o se suicida con su propia ignorancia … sin una voz inteligente y salvadora que los detenga[7], bajan a los tiros a matarse materialmente o a abreviar los días de su vida porvenir; registrándose sin cesar desgracias accidentales de unos, notoria agravación de otros, muerte rápida en muchos”.

Por otro, muestra el resultado, es decir, la forma en que están construidas las condiciones de vida-trabajo-desgaste-sobrevivencia-muerte de los mineros “…después de una velada de pesada labor, al siguiente día que debieran dedicar al reposo o a resarcir el sueño, por causas de orden vario, sólo duermen un promedio de cuatro horas y según ellos mismos lo enseñan, con un sueño interrumpido y no reparador”.  

Como conclusión ineludible, propuso cambios en tales condiciones de trabajo, algo más ambicioso que el control de agentes etiológicos (posición de la medicina biologicista). Más aun, los cambios que propuso apuntaban a mejorar las condiciones de trabajo y de vida en la comunidad de mineros: un enfoque desde la perspectiva de la medicina social mexicana. Es decir, no sólo fue pionero en la salud pública sino que fijó la posición crítica de la medicina social, a finales del siglo XIX en nuestro país.

Es indispensable referir un quinto aspecto valioso de este documento en el contexto mexicano. El proyecto de reformas que Gonzalo Castañeda propone fue insólito durante el porfiriato (1876-1911), régimen en que no hubo la menor previsión legal que protegiera a los trabajadores.

En su multifacética labor médica, como clínico, maestro y autor de diversos libros así como de líder gremial, durante toda su vida a Gonzalo Castañeda lo caracterizó una forma de concebir y ejercer la medicina: la protección a los pobres en el sentido en que Virchow concebía a la medicina social. Una de las responsabilidades de los trabajadores de la salud era fungir como médicos de pobres. Después que se desempeñó como médico de la compañía minera de Real del Monte, Gonzalo Castañeda viajó a Europa para especializarse como cirujano y obstetra. Su fuerte fue siempre la clínica. De regreso en México fue director del Hospital de Jesús durante 30 años, mismos que trabajó sin salario. Renunció a esa retribución porque se trataba de un hospital para pobres. También jugó un papel fundamental en el liderazgo de la Academia Nacional de Medicina y para conformar y fundar la Academia de Cirugía; fue maestro de muchas generaciones en la Escuela de Medicina (Universidad Nacional) y en el Colegio Médico Militar.

Antes de reproducir este documento, conviene ver hasta dónde han mejorado las condiciones de vida y de trabajo de los mineros en nuestro país en 120 años.

Como lo refiere la cita de su autobiografía que presentamos arriba, el doctor Gonzalo Castañeda llegó al estado de Hidalgo en 1894 contratado para atender a los mineros. Lo invitó a desempeñar este puesto don José Landero y Cos, a la sazón, gerente de la Compañía Real del Monte y Pachuca. Conviene advertir que fue su primer empleo formal, después derecibirse, en julio de 1893. Al joven médico de 26 años le resultó familiar el medio donde trabajaría porque Zacualpan, donde vivió su infancia hasta el día en que salió para continuar sus estudios medios y superiores, era también un pueblo minero. Su propio abuelo paterno entregó su vida a la minería. Según su acta de defunción “falleció de dolores de cascado”[8]. Su padre trabajó en la minería como azoguero cuando el beneficio de patio era el procedimiento común para extraer la plata[9], Sabemos que de niño, Gonzalo, curioso y agudo, pedía permiso en la escuela para llevar a su padre el desayuno o el almuerzo. Desde entonces conoció la vida cotidiana de los mineros, dentro y fuera de las minas. Cuando llegó a Real del Monte su misión era ser médico clínico: atender a los mineros enfermos o lesionados. Pronto se dio cuenta de que era un proceso sin fin porque los determinantes sociales que producían los daños a la salud permanecían intactos.

Penetrante y fino observador, ese desafío lo llevó a aplicar la medicina como instrumento para descifrar esa trama. Caso por caso, paciente tras paciente, documentó la problemática de ese grupo laboral y concluyó que era producto de las condiciones infrahumanas de sobrevivencia, de las patologías y patrones de morbilidad derivados de sistemas de trabajodesconsiderados, que también causaban alta mortalidad temprana. Más de un siglo después, esa labor analítica sigue siendo técnica y socialmente compleja para los científicos actuales.

Hacia el fin del siglo XIX en el país no existía legislación laboral que reconociera derechos a los trabajadores; mucho menos que los protegiera con medidas de higiene y de seguridad. Toda la vida económicamente activa de nosotros, lectores en el siglo XXI, ha transcurrido bajo la vigencia de la Ley Federal del Trabajo. Por tanto, nos cuesta trabajo ponderar esta noción, pero en el contexto que tocó vivir a Gonzalo Castañeda su memorial sobre la situación de los obreros en los establecimientos industriales cobra mayor relevancia: eran condiciones de esclavitud, aunque no se llamara así.

Visto únicamente desde el punto de vista informativo, este documento sería un reportaje extraordinario sobre la vida cotidiana de los mineros en México. Sabemos que fue más que eso porque propuso preceptos que con las mismas palabras o con otras, más tarde aparecieron en las leyes.

Dentro de la obligada brevedad de un texto que leería ante un congreso, la ponencia de Gonzalo Castañeda refirió los siguientes rasgos de los barreteros —rango elemental dentro del gremio minero—: las edades a las que comienzan a trabajar —8 a 12 años— y a la que aún continúan —60 años—, su nula escolaridad, las bárbaras jornadas —hasta 36 horas ininterrumpidas— día y noche sin que su cuerpo tuviera ni la luz del día como referencia biológica; sin alivio físico más allá de la tolerancia al agotamiento, al hambre, al daño y a las lesiones; la falta de oxígeno y la incomunicación; las cargas que transportan sobre la espalda; el calor subterráneo, la deshidratación, la insoportable sed y la forma común de calmarla: pulque y agua contaminada.

…hasta hoy la Higiene no ha penetrado suficientemente al interior de las minas a observar las condiciones en que trabaja esa aglomeración de hombres, que pasan la vida entregados a las rudas labores subterráneas…

Su descripción penetra la profundidad a que descienden y desde la que tienen que subir tras haber trabajado; el tiempo del ascenso; el polvo y los gases tóxicos que respiran; el olor, difícilmente soportable de las minas; la combustión de petróleo para calentar comida e iluminar los socavones; los consecuentes óxidos de carbono; la cercanía del trabajo a sus defecaciones, así como el volumen acumulado de materia excrementicia; oscuridad, goteras y humedad; el trabajo en el fango; las enfermedades respiratorias y dermatológicas a que se exponen; falta de normas de seguridad para efectuar las detonaciones; ausencia de cascos protectores, golpes en la cabeza; precarias escaleras y puentes de paso. En suma, la vida en peligro cada minuto y finalmente, el cómputo de lo que entonces se registraba sin pruebas clínicas: lesiones por accidente y muertes.

Gonzalo Castañeda no se limitó a describir el infierno que había en la profundidad de las minas: tanto el análisis como el enfoque de su estudio contribuyeron a que empresarios, legisladores, autoridades médicas y laborales entendieran que el trabajo de los mineros —una actividad no conceptualizada claramente como tal— era un problema de salud pública que demandaba, obligatoriamente, una política pública.

Como trabajo científico identificó con precisión los factores de riesgo cotidianos que conducían a los mineros a la muerte. Las causas eran evitables y prevenibles. Ese fue elnúcleo de su denuncia médica.Identificó los aspectos donde había que intervenir para proteger la salud y vida de los mineros, principalmente aquellos que concernían a la legislación laboral. Como ponencia política, es excepcional para su época: concluye recomendando 24 propuestas concretas. Ese fue el núcleo de su denuncia política y laboral.

En su ponencia, Gonzalo Castañeda revela el compromiso social que el médico clínico y el sanitarista deben poseer, y que pocas veces encontramos en la actualidad. El médico clínico dedica su poco tiempo a identificar síndromes, pasando por alto o asumiendo como obvios, inevitables o fuera de su competencia factores de índole social. Cree que no conciernen a los médicos. Es así como se orienta a diagnosticar y prescribir medicamentos. Con tales límites justifica y acota sus responsabilidades profesionales —ya rebasadas por la realidad.

Actualmente el “profesionalismo” se entiende como sinónimo de “competencia clínica individual” y el compromiso social —como si lo social fuera sinónimo de ‘público’— se delega a los epidemiólogos, a los investigadores cuyo profesionalismo se orienta al cumplimiento de la metodología científica para analizar las poblaciones. A su vez, es frecuente que los investigadores reduzcan sus análisis a indicadores que técnicamente denominan factores de riesgo, aún cuando a menudo se refieran a ellos como “determinantes sociales de la salud”.

Estos conjuntos de indicadores pasan a ser denominados “estilos de vida” sin comprender las causas últimas estructurales que los determinan. Castañeda hace una nítida descripción etnográfica del contexto en que los mineros vivían, del desgaste humano cotidiano y la patología que los lleva inevitablemente a una muerte precoz. Además, sistematiza la incidencia de las patologías, de sus interrelaciones, describe sus causas inmediatas (“factores de riesgo”), su cadena causal y sus determinantes. Los análisis que expone atraviesan —o más bien, rasgan— los órdenes, de la escala micro social y microbiológica hasta la escala macro social y política.

Desde una perspectiva histórica este trabajo es un clásico de la salud pública. A Gonzalo Castañeda también se le atribuye el mérito de haber identificado al organismo causante de la anemia entre los mineros, el parásito Anquilostoma duodenalis (1904). Sin embargo esto no fue así. Ahora sabemos que los egipcios ya lo reconocían en un papiro desde 1600 aC. En 1843 Angelo Dubini describió y denominó al organismo y a finales del siglo XIX Arthur Loss describió su ciclo de vida: larva que penetra por la piel, usualmente a través de los pies, que pisan heces fecales de personas que padecen la enfermedad. Que Castañeda haya identificado independientemente este organismo es posible, y si ocurrió así fue después de haber escrito el documento que aquí presentamos, donde refiere que los barreteros se quejaban constantemente de la llamada anemia minera y describe con especial detalle el gravísimo problema sanitario de los excrementos en las minas: “…noto en sus trabajos tantas deficiencias desde el punto de vista higiénico, que adivino fácilmente las peores condiciones en que vivirán los operarios de otros centros mineros del país”.

Desde el siglo XIX la minería había alcanzado progresos técnicos espectaculares. Existían equipos de perforación, ademe, iluminación y ventilación de tiros y túneles totalmente mecanizados que se movían a base de vapor. Muchas operaciones riesgosas se ejecutaban a control remoto. Ahora existen técnicas y equipos aún más eficaces y seguros, así como normas de seguridad personal que los mineros de hace 120 años jamás hubieran imaginado.

El problema de entonces no era la tecnología ni la seguridad mineras, sino la aplicación de tales estándares del progreso en las minas del país. Ciertamente, las inversiones para instalar ese tipo de maquinaria y los sistemas de protección de los mineros constituyen un obstáculo. Pero la resistencia de los empresarios mineros a modificar sus prácticas de extracción mineral sin dejar de implicar la explotación humana, es todavía mayor. Antes faltaban conocimientos, tecnología y normatividad. Ahora los hay, pero se les pasa por alto. Al menos en México, prácticamente no existe mejora material gratuita en las minas; la gran mayoría surgieron como conquista laboral, lo cual implicó largas luchas sindicales y tensiones entre los intereses de los mineros y sus patrones. Otras mejoras han surgido de los escándalos cuando los medios documentan accidentes en las minas y surge la presión pública, las más de las veces paliativa y temporal.

Antes de dar paso a la lectura del memorial del doctor Gonzalo Castañeda conviene citar unos cuantos ejemplos de lo ocurrido en las minas de México a partir de 1896, el año de este estudio, para contar con una mínima perspectiva histórica.

1906: Las minas de cobre de Cananea empleaban a seis mil mineros mexicanos y alrededor de seiscientos norteamericanos. A los mexicanos les pagaban la mitad de lo que ganaban los extranjeros. En protesta, el 31 de mayo los mineros del tercer turno pararon labores. La respuesta de la empresa y de las autoridades gubernamentales fueron la represión, el asesinato de líderes y el cerco de hambre a la población. Por algo esa huelga cuenta entre los antecedentes de la Revolución de 1910. En un caso de estos, en búsqueda de justicia y mejoramiento para el minero, Abraham Castañeda Hidalgo, un ancestro nuestro, perdió su vida después de haber sido golpeado y dejado a su propio destino en los cerros del Real del Monte.

No obstante, interesa destacar un paso adelante de los mineros: su toma de conciencia y la articulación de sus motivos, como lo revela la carta que José Ma. Carrasco, vecino de Cananea, dirigió al gobernador Rafael Izábal, el 4 de junio de 1906, al cuarto de huelga:

“Respetando su alto lugar que guarda me concreto a decirle a usted en nombre del pueblo lo que sigue. Sr., acordaos de la desnudes, del ambre y de otras necesidades que sufre toda la gente umilde de pocas proporciones y de poco ynteligencia, hay días que solamente dos veces comen porque tienen numerosa familia o algún enfermo. 3 pesos es un miserable sueldo para comprar leña a 16 pesos y una casa pocilga de una pieza a 15 pesos, doctor a 3 pesos, agua a 5 pesos, un mal calsado a 6 pesos… y otras tantas cosas que sería imposible enumerar. Ah, pero tenemos que humillarnos los mexicanos porque si levantamos la voz nos la calla nuestro gobierno con sus ballonetas sostenidas por su mismo pueblo. Ved, alzad la vista y bereos la desnudes en todo el pueblo. Procurad contentar al pueblo de alguna manera y no tratarlo mal porque el pueblo tiene ambre y más tarde más y si no se proporciona algo tendrá que arrojarse contra las despensas y almacenes de este lugar resueltos a morir. Que bien cierto de que no ará Ud. aprecio de esto, pero tendrá más tarde que lamentarlo”.

1920. 10 de marzo. Al darse cuenta que la mina El Bordo se había incendiado, J. F. Berry, John B. Silbert y Alan Ross, clausuraron la boca de los tiros de El Bordo y La Luz con planchas de madera, acero y concreto para sofocar el fuego. Les importó más su inversión que la vida de alrededor de 80 mineros que quedaron sepultados.

El Bordo, al norte de Pachuca, formaba parte de la Compañía Santa Gertrudis. Para clausurar los túneles, los señores empresarios contaron con la anuencia de Ernesto Castillo, gobernador interino; de Ignacio Segovia, alcalde de Pachuca, y del Juez de Distrito.

Foto Mina Santa Gertrudes, Pachuca, Hidalgo, México por el fotógrafo José Bustamante Valdés

Las minas El Bordo y La Luz estaban interconectadas con las de Santa Úrsula y Santa Ana, pero la Compañía Real del Monte y Pachuca también ordenó tapar esos túneles. La presión social hizo posible que una brigada de salvamento destapara Santa Ana. Hallaron a tres mineros, muertos por asfixia.

Los tiros permanecieron sellados seis días. Al reabrirlos hallaron más de 68 cadáveres en distintos niveles. Quienes consiguieron llegar hasta los accesos taponados dejaron signos de desesperación: uñas y dedos clavados sobre las tapas de madera. Lo demás era, según un testigo, “barbacoa humana”. Diez días después descubrieron siete sobrevivientes en un túnel cercano a Sacramento.

1934. Fundación del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM). El sindicato minero se afilió a la naciente Confederación de Trabajadores de México (CTM).

1935. 17 de noviembre. Los mineros al servicio de The Cananea Consolidated Copper Company S.A., entonces agrupados en el Gran Sindicato Mártires de 1906, se adhirieron a la organización nacional y formaron la sección 65 del Sindicato Industrial de Trabajadores Mineros Metalúrgicos y Similares de la Republica Mexicana, hoy sindicato nacional.

1965. En la mina Purísima de Real del Monte, el 8 de mayo a las 2 de la tarde con 10 minutos una jaula —llamada ‘calesa’— con 30 mineros a bordo se precipitó del nivel 400 al 550. Era sábado. Los trabajadores del nivel 400 que habían laborado el primer turno se acomodaron en los dos pisos dela jaula que habría de llevarlos a la superficie. En vez de subir, de repente comenzaron a descender a gran velocidad. La caída dio en el fondo del tiro. 27 mineros murieron ahogados, tres sobrevivieron. A pesar de las piernas fracturadas, lograron asirse al travesaño de la calesa. Los rescataron horas después.

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Foto Hacienda de Beneficio, “Purisima Grande”, Pachuca, Hidalgo, México por el fotógrafo José Bustamane Valdés

El desastre se debió a una distracción del calesero. Descuidó el ascenso y en cuestión de segundos, la velocidad descendente fue incontrolable. Los perros, ganchos dispuestos en los costados de la jaula que en la emergencia debieron abrirse y aprisionar las guías de madera por donde se desliza la jaula, tampoco se activaron.

1969. El 31 de marzo de 1969 en el poblado de Barroterán, municipio de Múzquiz, Coahuila, se produjeron dos explosiones. El pueblo escuchó las fuertes detonaciones debidas a la acumulación de gas metano en las minas dos y tres de Guadalupe. Decenas de trabajadores que se encontraban laborando en el segundo turno quedaron atrapados. 153 murieron.

Las explosiones de Barroterán cuentan entre las mayores tragedias mineras en la historia, no sólo de la región carbonífera de Coahuila, sino del mundo.

2006: El 19 de febrero, en un pocito de Pasta de Conchos, una de las 600 minas de la región carbonífera coahuilense, 63 mineros murieron sepultados tras una explosión. Nuevamente la causa fueron las precarias condiciones de seguridad: la detonante fue una chispa surgida de los arreglos eléctricos improvisados y/o de equipos de soldadura impropios para un ambiente gasificado y lleno de polvo de carbón, tan explosivo como la pólvora. En cuestión de horas, la empresa hizo desaparecer bitácoras, planos, estudios geológicos y mediciones de gas que hubieran puesto en evidencia la criminal irresponsabilidad del Grupo México.

En 120 años la higiene en las minas ha cambiado radicalmente; también las condiciones de seguridad subterránea. Hay normas que rigen la minería. El problema es que hay minas donde no se aplican o que aparentemente se aplican.

He aquí gracias a Rafael Rodríguez Castañeda, la ponencia transcrita con la ortografía vigente y en una tipografía fácilmente legible.

Higiene Minera por el Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Bibliografía

Infante-Castañeda Claudia. Clásicos en Salud Pública. Presentación. Higiene que debe observarse en los Trabajos Mineros Subterráneos. Gonzalo Castañeda. Salud Pública de México 1990; 32 (3): 364-365.

Más fotos por el fotógrafo J. Bustamante Valdés pueden ser vistas visitando https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2013/10/21/fotos-antano-pachuca-hidalgo-mex/

 

Claudia Infante Castañeda

Rafael Rodríguez Castañeda

Ricardo Castañeda Guzmán

 

 

[1]. ‘e-book’ sintetiza dos palabras: electronic y book (libro electrónico).

[2]. Blog es el compuesto de dos palabras también en el idioma inglés, web y log (bitácora digital).

[3]. Salud Pública de México. Jul-Ago de 1990. Vol. 32, Núm. 3. Pp. 366-372

http://bvs.insp.mx/rsp/articulos/articulo.php?id=001749.

[4]. Este documento se complementa con el artículo biográfico que publicó este blog el 19 de marzo 2013, y que es posible encontrar en el siguiente enlace:

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2011/05/09/dr-gonzalo-castaneda-ecobar-1869-1947/

Aunque este trabajo esté antecedido por otras notas introductorias, en esta publicación lo relacionamos con la vida personal y profesional de su autor.

[5]. El nombre original del roedor es ‘tuza’, pero el léxico deportivo lo ha generalizado como sustantivo masculino.

[6]. Foucault, Michel. Historia de la medicalización. Educación Médica y Salud 1977; 11 (1).

[7]. La actitud de los mineros y de la población que el doctor Castañeda conoció en Real del Monte a fines del siglo XIX contrasta con la que existió dos siglos atrás, según el siguiente antecedente histórico: “En el verano de 1766 los mineros de Real del Monte… desarrollaron una importante huelga industrial sin sindicato ni ideología política que los sostuviera. Fue la primera huelga en la historia laboral mexicana y la primera huelga en América del Norte. La palabra ‘huelga’ fue reconocida oficialmente en los diccionarios del español hasta 1884 y los trabajadores de Real del Monte nunca la utilizaron. Sus esfuerzos representaron luchas que implicaban su trabajo, su modo de vida y sus decepciones… Fue posible que se inconformaran así gracias al consejo y las medidas que tomó gente amistosa y con reconocimiento social en el pueblo”. Doris M. Ladd. The making of a Strike. Mexican Silver Workers’ Struggles in Real Del Monte 1766-1775. University of Nebraska Press. 1988.

[8]. ‘Cascado’ era la denominación coloquial para quienes padecían silicosis.

[9]. Los metales preciosos se obtenían mediante la mezcla del mineral pulverizado con agua, sal, mercurio y otros compuestos. El azoguero determinaba la proporción de sustancias en la mezcla, según las propiedades de una muestra del mineral por beneficiar.

 

 

 

Dr. Gonzalo Castañeda Escobar 1869-1947

2a   Edición y revisión, 19 marzo 2013,

Ricardo Castañeda Guzmán

 

El doctor Gonzalo Castañeda Escobar es el integrante de la familia que alcanzó mayor fama profesional en el siglo XX. Fue reconocido como médico y como académico de la Medicina lo mismo en la Universidad que en las instituciones donde ejerció su profesión.

En el ámbito familiar, lo que puedo agregar sobre él es fruto de mi investigación genealógica.  Tengo la íntima satisfacción de haber sido el descendiente que primero dio con su acta de nacimiento; documento que pone fin a una larga disputa entre Temascaltepec y Zacualpan. Ambos pueblos se atribuían el orgullo de ser el lugar de nacimiento del doctor Castañeda.

Ahora tenemos pruebas fehacientes de que nació en Temascaltepec, y por solo hacer clic en el link, pueden ver este registro civil.  https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1942-21766-37567-47?cc=1916244&wc=12874672

El mérito de haber sido el pueblo donde se crió y al que volvió de visita toda vez que pudo fue Zacualpan, cuna de sus padres.  Gracias a la generosidad de Claudia Infante Castañeda, nieta de Gonzalo podemos ver las siguientes fotos que fueron tomadas cuando el visito Zacualpan en 1928.  Las fotos son de tamaño chico y con poca resolución, pero es lo que tenemos.  Traté de mejorarlas lo más posible.  De ahí, se empiezan a distorsionar.

Zacualpan, Edo de México 1928-1Gonzalo Castañeda fue hermano menor por la línea paterna de Manuel Castañeda, mi tatarabuelo.

Zacualpan, Edo de México 1928-2

Nuestro ancestro común es Juan Francisco Castañeda Popoca, su padre. El doctor Castañeda fue, por tanto, tío del licenciado Amador Castañeda Jaimes, mi bisabuelo. La madre de Gonzalo fue María de Jesús Gabina Escobar.

Mi afán por descubrir la genealogía familiar me deparó la suerte de conocer y dialogar con algunos de sus descendientes, principalmente con Carmen Castañeda Olea    hf102b   (1914–2012) su hija, y Claudia Infante Castañeda, la menor de sus nietas.

La autobiografía del doctor Gonzalo Castañeda que aquí presento es un documento poco divulgado.Apareció en una revista médica en los años ‘40 del siglo anterior. La complementan el editorial de la misma publicación, escrito por un colega suyo; una posdata con datos familiares, que escribió Rafael, uno de sus sobrinos-nietos, y un episodio de las memorias de su padre, que él mismo subtituló:  Cómo comenzó mi hijo Gonzalo sus estudios.

Zacualpan, Edo de México 1928-3

Confío en que estos documentos arrojen más luz sobre la vida de este Ancestro Castañeda.

 

Zacualpan, Edo de México 1928-4

 

 

 

 

 

 

Nota Autobiográfica del Dr. Gonzalo Castañeda

Publicada bajo el título de Datos biográficos del Maestro Castañeda en la revista Cirugía y Cirujanos, Órgano oficial de la Academia Mexicana de Cirugía, Año 9, número 1, el 31 de enero de 1941.[1]

                                                                                                                                                                                                                                      México, D. F., enero 28 de 1941

Sr. Dr. Rodolfo González Hurtado

Presente.

 

Estimado Rodolfo:

 

Para complacer su amable deseo de conocer algunos hechos o acontecimientos de mi vida íntima o privada que hubieran, quizá, trascendido en mi actuación pública o externa, en forma de charla o de conversación sencilla y natural, paso a escribir las siguientes notas, a medida que acudan a mí recuerdo. Las expondré con brevedad y sin presumir, escogiendo las que tengo más clavadas y que, aunque no tienen importancia para un extraño, en mí han sido decisivas.

Cuando yo nací, mi madre me encomendó al Patriarca Señor San José, después, ella le rezaba a este Santo, pidiéndole bienes y favores, para mí; suplícale que te haga bueno y te ilumine, me decía. Su fe y sus oraciones me impresionaron tanto, que a su influjo, creo yo, me hice cristiano.

A los ocho años era yo todavía un salvajito, no conocía las letras porque no había aún pisado la Escuela; mi tierra era un pueblo apenas semi-civilizado. Cuando mi padre me llevó con el maistro, por primera vez, sentí vergüenza y tristeza al ver que unos niños menores que yo, pronunciaban palabras que no entendía, decían decámetro, hectómetro, miriámetro; esto me estimuló para apurarme y alcanzarlos. Después de un tiempo ocupé los primeros lugares.

De jovencito era yo acólito y cantor en el coro de la iglesia; les gusté para sacerdote, a unos Padres misioneros que fueron por allá; yo encantado porque me iban a traer al Seminario de México; pero sobrevino un hecho que cambió mi destino y salvó a las gentes de un curita malo.

En los exámenes de ese fin de año escolar, obtuve como premio una beca o pensión para ir a estudiar al Instituto Científico Literario de Toluca; pero esa designación no tuvo efecto porque las Autoridades del Municipio prefirieron a otro escolar, hijo de un influyente del pueblo; mi familia era pobre y no figuraba. Sentido y molesto mi padre por esa alcaldada, me expatrió y me llevó a Cuernavaca con unos tíos, con la idea de que estudiara allí para maestro de Escuela. Tal vez notó en mi cara que eso me parecía poco, porque agregó: sí, hijo, pero de una Escuela grande.

En un Colegio de esa ciudad conocí y traté a muchos niños principales que de ese Plantel salían para continuar sus estudios en la Escuela de San Ildefonso, la Preparatoria. Al volver de vacaciones me platicaban de cosas nuevas; me animé a hacer lo mismo. Sabedor mi padre de mis deseos, me dijo: pero Gonzalo, yo no tengo dinero para eso; —no importa, papá; yo veré cómo la paso, mientras me consigo una beca.

La suerte me deparó un protector que me dio un rincón en su casa; apúrese muchachito, me dijo; y si sale bien, yo le conseguiré una beca del Gobierno. Ese año lo doblé, cursé el primero y segundo, obteniendo tres Perfectamente Bien en cada materia. El certificado que acredita ese hecho lo tengo en un cuadrito que está a la vista en mi Consultorio. Cuando mi tutor vio esta hazaña, dicen que dijo: esto es serio. Con mis calificaciones en la mano fue a ver al Ministro Baranda y obtuvo para mí la pensión con la que continué la carrera. Mi vida escolar la dominó el temor de perderla.

En la Preparatoria sostuve mi puesto, fui además líder y un poco inquieto y agitador; allí conocí y trabé amistad con compañeros que después figuraron y fueron próceres, como: Balbino Dávalos, Manuel Calero, Jesús Urueta, Lorenzo Elizaga, José Covarrubias y otros; fui amiguito y me distinguieron Profesores como el Dr. Urbina, José María Vigil, Emilio G. Baz, Damián Flores, Justo Sierra, y un consentido del Director Castañeda y Nájera. En un periódico que fundamos algunos entusiastas, yo fui al mismo tiempo secretario, redactor, repartidor, cobrador.

Como estudiante de Medicina sufrí mucho por el temor de una baja calificación que me hiciera perder la beca, mi único sostén; en cada examen me atormentaba la idea de que fuera el último día de mi vida estudiantil; pero caminé con fortuna y la buena suerte no me abandonó. La Anatomía Topográfica era un puente difícil de pasar porque el Profesor D. Francisco de P. Chacón era un ogro, un gran reprobador; le tenía yo un miedo cerval; momentos antes de mi examen con él, hojeé por distracción el Tilleaux y me detuve en la lámina de los tendones, nervios y arterias de la palma; a la hora de la prueba me tocó palma de la mano; estaba de Dios que fuera médico. Yo le temía mucho a los exámenes de Clínica porque había visto reprobar a buenos alumnos; en uno de esos Cursos me examinó D. Ramón Macías, que era muy pesado para preguntar; a ver, muchachito, hágame el diagnóstico diferencial entre las fiebres palustres y las fiebres urinosas; para bienquistarme con él y librarme de la embestida de su toro, le respondí: ¡Ay, señor, eso sólo Dios!; se sonrió y conquisté su benevolencia. A don Manuel Carmona y Valle que era inaccesible tuve que hacerle mucho la barba; Don Francisco Hurtado me dio un revolcón, pero me perdonó; con D. Luis E. Ruiz me lucí en Higiene. En el Anfiteatro le di muy fuerte a las operaciones en el cadáver en compañía con Julián Villarreal; en general, fui muy puntual y aplicado, todo para no ir a perder la pensión, pues la ley relativa era exigente. Me salvé hasta llegar al Puerto.

Ya recibido me fui a mi tierra, después me salió un empleo en Guerrero, y aún me sorprende hoy, cómo a pesar de mi ignorancia e inexperiencia pasaba por buen médico. Después, un señor poderoso: D. José Landero y Cos que me había conocido de estudiante, me llamó de Pachuca para nombrarme médico-cirujano de las minas de Real del Monte, con un buen sueldo; allí me hice riquito y ya con dinero se me ocurrió y decidí irme a Europa.

Era mi sueño, mi ilusión. Permanecí allá cerca de tres años; me inscribí en las Universidades, y como me consideraba atrasado me apliqué con exceso. Tomé la costumbre de escribir la relación de las operaciones que había presenciado en el día, recogí como dos mil. En Londres conocí a Hutchinson; en el Hospital de San Bartolomé conocí las salas donde trabajaron Harvey, Bright y Parcival Pott; en París escuché a Dieulafoy en el Hotel Dieu; a Pozzi en el Broca; a Tuffier en el Beaujon; en Berlín seguí a Augusto Beer y a Oishaussen; en Viena estuve cerca de Schauta y Wertheim.

En las vacaciones me vivía en los Museos; conocí a Eduardo vii, rey de Inglaterra; a Guillermo ii, Emperador de Alemania; al de Austria-Hungría Francisco José; a Alfonso xiii, rey de España y besé el anillo del Pescador en la mano del Pontífice Pío x. En Londres le pedí permiso a Lord Lister, para conocerlo; contemplé en Westminster las tumbas de Newton y Shakespeare, y en la catedral de San Pablo, los sarcófagos de Nelson y Wellington. En Postdam puse mis pies en el mismo sitio donde los posó Napoleón Bonaparte para mirar la tumba de Federico el Grande; en Viena, en la iglesia de los Capuchinos, vi el ataúd broncíneo que guarda el cuerpo embalsamado de Maximiliano, Emperador de México; en Roma, visité la casa que habitó San Ignacio de Loyola; en Florencia conocí las moradas del Dante y de Miguel Ángel; en Nápoles visité la celda de Santo Tomás de Aquino; en el Escorial me senté en el lugar que ocupaba el rey Felipe ii para oír misa; en París, en la Sainte Chapell, vi el sitial donde oraba San Luis, rey de Francia, etc.

Cuando volví a México, comencé de nuevo; al llegar no tenía casa, ni dinero, ni trabajo; pronto entré a la Academia y al Profesorado, pronto también fui nombrado Director, Cirujano y Ginecólogo, del Hospital de Jesús; al cumplir allí 25 años, el Patronato le puso mi nombre a la Sala de Ginecología, yo correspondí a esa distinción renunciando a mi sueldo mensual, que desde entonces dono al Establecimiento; en treinta años, como jefe allí del servicio quirúrgico he practicado miles de operaciones, la mayoría del vientre. En mi ejercicio tuve una época de intensa actividad, daba cuatro cátedras, llenaba el Sanatorio de Jesús y trabajaba en tres Hospitales. He escrito cinco libros, he presentado como treinta trabajos médicos en Sociedades y Congresos.; tratando asuntos de Clínica, que es mi arma.

En esta relación o anecdotario de las cosas mías, sólo he estampado lo que me favorece, omito naturalmente lo que me deprima o desdore, así son las autobiografías. Como el asunto es interminable, aquí concluyo. Pero antes de terminar, como soy un hombre del siglo pasado, tengo recuerdos e impresiones de cosas desconocidas para los jóvenes médicos; no quiero que algunas se queden en mi lápiz. Como cosa extra-médica me permito referir algo de interés puramente subjetivo y que llevo grabado en mí memoria. Por curiosidad, casualidad o intención, me fue dable conocer a muchos personajes históricos ya desaparecidos. Conocí a los ministros de Juárez: D. José María Iglesias, General Ignacio Mejía, General Miguel Blanco y a D. Blas Balcárcel, inmaculados del Paso del Norte; a los soldados vencedores de Querétaro D. Mariano Escobedo, Ramón Corona, Gerónimo Treviño y Sóstenes Rocha; de los héroes del 5 de Mayo conocí a D. Miguel Negrete, a D. Felipe Berriozábal y a Porfirio Díaz; y de los del 2 de abril, a los Generales Ignacio Alatorre y Carlos Pacheco. Del mundo de las Letras conocí a Altamirano, Riva Palacio, Guillermo Prieto, Gutiérrez Nájera y otros; en una procesión cívica vi cuando era yo preparatoriano al Dr. Rafael Lucio.

Y como final, voy a contar algo inédito por si a alguno le interesa, se lo oí últimamente en una conversación al Lic. Nemesio García Naranjo. Dirigiéndose éste una vez al General Naranjo, su pariente e ilustre soldado republicano, luchador contra el Imperio, refiriéndose a él y aludiendo a otros sus compañeros de armas le dijo: ”¿Cómo es que ustedes que son unas fieras y unos hombres valientes e indomables se han dejado domesticar por el General Díaz?” —”La explicación es muy clara, le respondió: Mira, al Gral. Manuel González que es más soldado que Porfirio, más hombre y con más tamaños que él, le gustan mucho las mujeres, frente a unas faldas ya no es nada; el terrible General Sóstenes Rocha, ese invicto maestro de estrategia y la táctica es muy afecto a las copas, el cognac lo amasa y lo ablanda; a Gerónimo, se refería al Gral. Treviño, lo domina el dinero, los negocios lo cambian; a mí Naranjo, me domina el juego, frente a una sota ya nada me importa. Ahora bien: Porfirio no enamora, no juega, no bebe, ni tiene amor al dinero. Esa es la explicación”.

Editorial

 

El ilustre Maestro don gonzalo castañeda acaba de cumplir sus 25 años de Profesor Titular en nuestra Facultad de Medicina y Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Tal acontecimiento fue celebrado por la H. academia mexicana de cirugía en su Sesión solemne de Clausura efectuada la noche del viernes 29 de noviembre próximo pasado, en la que se rindió al sabio Maestro un fervoroso homenaje que tuvo tas proporciones de una apoteosis.

La academia mexicana de cirugía, en pleno, el señor Rector de la Universidad Nacional Autónoma, representantes de la Academia Nacional de Medicina, de la Sociedad de Cirujanos del Hospital Juárez, del Sindicato de Médicos Cirujanos del D. F., de la Sociedad de Esposas de Cirujanos Académicos, así como de otras sociedades científicas y numerosos médicos y discípulos del Maestro Castañeda, congregados en el Salón de Actos de la Facultad de Medicina, honraron a nuestro sabio, en un cálido y cordial homenaje de admiración, de gratitud y de cariño, conquistados por él en sus 25 años de noble, generosa y fecunda labor docente. Sencilla, pero pletórica de emoción, fue la ceremonia, y el viejo y querido Maestro recogió con lágrimas en los ojos las frases de ternura y los abrazos de sus viejos condiscípulos, de sus hijos espirituales —sus discípulos— y de sus amigos presentes. Cuando su voz se alzó para agradecer el homenaje, varias veces hubo de interrumpir su discurso, lleno de dulces recuerdos y de anécdotas de su vida, porque la emoción le ahogaba.

Noble y justo tributo el que el Maestro Castañeda recibió aquella noche, y honra para aquellos que se lo otorgaron, porque como decía Martí: “Honrar, honra”; pero, lo más noble y lo más justo estriba en que tal homenaje haya sido hecho en vida y gozado por él, rompiendo la absurda costumbre de esperar a que un hombre ilustre muera para glorificarlo, para ir a decir sobre su tumba la oración laudatoria cuando ya sus oídos no pueden escuchar la frase que arranca el cariño, ni sus ojos mirar las lágrimas que nacen de la gratitud.

“cirugía y cirujanos” dedica este número en honor del consagrado y sabio Maestro don gonzalo castañeda.

 

 

Posdata *

Salvo una mención a su madre y dos a su padre en los párrafos iniciales de su apunte autobiográfico y la emotiva referencia que hizo de ellos al final del discurso que pronunció el 24 de noviembre de l940 en el homenaje que la Academia Mexicana de Cirugía dedicó a sus bodas de plata como profesor de la Facultad de Medicina, el doctor Gonzalo Castañeda tendió un velo de discreción sobre su vida personal, no obstante el orgullo y la gratitud que por él sentían familiares y coetáneos; sentimientos análogos a los que abrigan sus descendientes.

Cuando yo nací, mi madre me encomendó al Patriarca Señor San José…

Gonzalo Castañeda Escobar nació en Temascaltepec,  Estado de México, el 9 de enero de 1868. Fue el segundo hijo de Juan Castañeda y de Gabina Escobar. A diferencia de Bernardino, su hermano mayor, quien dedicó su vida a sucesivas aventuras en la minería, Gonzalo empeñó un esfuerzo total en estudiar.

Cuando mi padre me llevó con el maistro, por primera vez…

Gonzalo Castañeda ingresó a la escuela elemental en 1877 y se graduó como médico en 1893, a la edad de 25 años. Para romper el cerco de la pobreza dedicó 16 años al estudio intensivo, acuciado por el temor de perder las becas.

Él mismo nos cuenta que inició su ejercicio de la Medicina en Temascaltepec, aunque no precisa por cuanto tiempo. Siguió un breve empleo en Guerrero, donde “…a pesar de mi ignorancia e inexperiencia pasaba por buen médico”. Ignoramos si esta afirmación surgió de la autocrítica o de la modestia; lo cierto es que contrasta con la relevancia del cargo de médico-cirujano que le confió la Compañía Real del Monte y Pachuca, donde llegó en las postrimerías del siglo xix.

La minería estaba en auge. Las empresas se concentraban en extraer plata y poco les importaban las condiciones de trabajo de los mineros. El joven doctor Castañeda, quien también atendía a los trabajadores de la mina de San Rafael, se preocupó no solo por curar sino por investigar el origen de las enfermedades. Fue el primer médico en México en escribir sobre la higiene minera subterránea. Descubrió el anquilostoma duodenal como causa de la anemia de los mineros.

Durante su estadía en Hidalgo, el doctor Castañeda se unió con Luisa Osorio, con quien procreó un hijo. Ángel Castañeda Osorio nació en Pachuca, en 1904.

En 1908, gracias a sus ahorros se costeó un viaje a Europa. Sabemos que estuvo en Londres, París, Berlín y Viena donde “se aplicó con exceso” al perfeccionamiento de su profesión y desarrolló el hábito de escribir la relación de las operaciones que presenciaba en el día. Si registró cerca dos mil en poco menos de tres años —quizás menos de mil días—, eso significa que en los días que dedicó a la observación quirúrgica asistía tal vez a cuatro intervenciones diarias, considerando que también dedicó tiempo a hacer turismo cultural por Alemania, Austria, España, Inglaterra e Italia.

Cuando volví a México, comencé de nuevo; al llegar no tenía casa, ni dinero, ni trabajo…

¿En qué mes de 1910 volvió de Europa el doctor Castañeda? A la distancia de casi un siglo, México y 1910 nos evocan el estallido revolucionario que convulsionó al país durante un decenio; idea que eclipsa cualquier otra. No obstante, en una fecha cercana al 20 de noviembre de aquel año, es preciso imaginar al médico de 41 años en busca de empleo, exhibiendo los diplomas de sus recientes estudios.

La Revolución puso en crisis a la economía, alteró las costumbres y canceló el desempeño de muchas actividades, mas por otra parte, aumentó la demanda de otras, entre ellas, la atención médica para un gran número de heridos, resultante de los enfrentamientos y batallas, frecuentes en muchos lugares de la República y constantes en el centro del país. Gonzalo Castañeda fue nombrado director y primer cirujano del Hospital de Jesús.

Durante el decenio 1910-1920 el doctor Castañeda contrajo tres matrimonios dentro de una misma familia. Casó con Teresa Olea, quien murió al poco tiempo. Al enviudar, casó con Carmen Olea, hermana de Teresa, con quien en 1914 tuvo una hija, Carmen Castañeda Olea.

María Luisa Olea se convirtió en la tercera esposa del doctor Castañeda mediante la conjunción de dos circunstancias fortuitas: la muerte del señor Gómez Daza, su esposo, y la de su hermana Carmen. De esta forma fue ella quien se hizo cargo de la crianza de Carmen, su sobrina.

Cinco años después de ingresar de lleno al ejercicio de la medicina en el Hospital de Jesús, el doctor Castañeda comenzó a dar clases en la Facultad de Medicina. Inicialmente fue profesor de Clínica Quirúrgica, pero su docencia se amplió con otras materias, como Terapéutica Quirúrgica.

El 15 de marzo de 1917 se inauguraron los cursos de la Escuela Constitucionalista Médico Militar, donde el doctor Castañeda impartió Clínica Quirúrgica del Abdomen. Ocupó también los cargos de jefe del Centro Quirúrgico y subdirector. Con el tiempo fue, además, cirujano-jefe del Hospital de Jesús, cirujano externo del Hospital General y del Hospital Militar; teniente coronel del Cuerpo de Sanidad Militar y jefe del Servicio de Ginecología del Hospital Español.

Por otra parte, el trabajo en el Hospital de Jesús, donde permaneció durante más de 30 años, propició el conocimiento entre el doctor Castañeda y Rosa Castaño, una enfermera con quien también tuvo descendencia. De esta unión nacieron tres hijos: Rosa, Raquel y Gonzalo Castañeda Castaño, quien fue contador público.[2]

A la muerte de su hermano Bernardino, ocurrida hacia 1920, el doctor Castañeda asumió el papel de padre y protector de sus sobrinos huérfanos. Por temporadas sus sobrinas vivieron bajo el cobijo de la familia Castañeda Olea, donde les dispensaron amor y cuidados semejantes a los que disfrutaba Carmen, la niña.

He practicado miles de operaciones, la mayoría del vientre.

Para completar la síntesis de su biografía profesional, conviene agregar que la sapiencia y habilidad quirúrgica del doctor Castañeda lo llevaron a posiciones de eminencia que hicieron trascender su fama y autoridad más allá de las fronteras del país. Presidió la Asociación Mexicana de Obstetricia y Ginecología a partir de su fundación; fue miembro fundador y primer presidente de la Academia Mexicana de Cirugía; presidió la Academia Nacional de Medicina; fue miembro honorario de la Sociedad de Traumatología, presidente de la Sociedad Médica Mexicana y del Capítulo del Colegio Internacional de Cirujanos.

Presentó numerosos trabajos en academias y sociedades médicas y publicó regularmente artículos en revistas profesionales. Escribió varios libros de texto que fueron clásicos en la Facultad de Medicina, como Clínica Quirúrgica, Clínica General y Clínica Interpretativa. Su obra póstuma fue el Ideario clínico en aforismos y frases breves.[3] También publicó un libro de gran interés práctico en la medicina: El arte de ejercer, recientemente reeditado.

Recibió condecoraciones de la Cruz Roja del Japón, la Cruz del Mérito Militar, medalla del Mérito Civil de la Asistencia, medalla de la Facultad de Medicina, venera de Profesor-decano, medalla que le otorgaron los alumnos de la Facultad de Medicina y venera de miembro honorario del Colegio Internacional de Cirujanos. Como lo revela su discurso del 24 de noviembre ante la Academia Mexicana de Cirugía, fue un maestro querido que formó varias generaciones de médicos.

Fue declarado Hijo predilecto del Mineral de Zacualpan, Estado de México, donde vivió su niñez, y la ciudad de Pachuca, donde ejerció la medicina e inició investigaciones que lo llevaron a descubrir la uncinariasis en los mineros, lo honró con un reconocimiento análogo.

Murió a los 78 años de edad, el 14 de enero de 1947 en la Ciudad de México.

23 de agosto de 2007

Addendum [4]

Cómo comenzó mi hijo Gonzalo sus estudios

Era muy travieso y muy llorón. Porque no molestara a su mamá y a mí con sus travesuras y llanto a cada momento, dispuse se lo llevara mi hijo Bernardino con él a la escuela, no con el objeto de leer pues todavía era muy pequeño para eso.

Pero a los dos o tres días me mandó decir don Miguel Ocampo (el Preceptor) con Bernardino, que ya no se lo mandara yo, que era muy travieso, y muy chiquito para la escuela; que nomás iba a quitarles el tiempo a los demás, y que por su tierna edad no se lo podía reprender.

Con este recado que recibí ya no volvió. Pasó algún tiempo, y cuando vi que ya debía ponerlo en la escuela, comencé a decir a su mamá que lo mandara a ella, y cada vez que esto reclamaba yo, la respuesta de la mamá era:

—No quiere ir, ¿qué crees?, ¿que no se lo mando?

Conque una vez le dije:

—¡Marche para la escuela! —(Entonces era maestro un don Mariano Sotelo).

Y comenzó a llorar. Lo tomé de un bracito y colgando de él por la calle, y delante la gente lo llevé al maestro. Se lo recomendé. Pero a poco rato ya se había huido, y viéndolo yo, lo volví a traer como la primera vez.

Después, dándole tlaco y ofreciéndole cuanto podía, comenzó a ir y le perdió el miedo [a la escuela].

Luego le tuvo afición a las letras y comenzó a tener empeño en adelantar, y como en efecto lo tenía; el maestro lo consideró mucho. Y decía que él, Gonzalo, era su caballo de batalla, porque le ayudaba a enseñar en la escuela; lo nombraba de comisión en cabeza de otros discípulos, como por ejemplo, a felicitar en nombre de su maestro y demás condiscípulos, al señor Jefe político, al señor Gobernador, etcétera.

Recuerdo y recordaré, que en una visita de felicitación que hizo a este último, en un discurso que pronunció Gonzalo (escrito), entre otras cosas dijo al señor Gobernador:

“Ojalá, Señor, que usted tuviera a bien darme un lugar en el Instituto Literario”. Y tal déspota Gobernador no se dignó responder en su favor siquiera con dar una esperanza, para cumplir con el deber de moralidad y educación; cosa que recibieron muy mal algunas de las personas entendidas de Zacualpan.

En los exámenes que hubo en la escuela, [Gonzalo] siempre tuvo sus calificaciones buenas, y se le daban carpetas o papeles con moños y algunos décimos o quintos de moneda de plata.

Y en una de esas veces, cuando yo menos pensaba, vi en la puerta de mi casa al señor don Jesús Lechuga. alcalde municipal en ese tiempo, y a un Regidor, saludándome muy gustosos, y les dije que pasaran —como era natural decirles. Pasaron.

Entre tanto estaba yo sorprendido y queriendo adivinar qué negocio los llevaría conmigo, pero casi en el mismo momento, me dijo el primero:

—Hemos pasado a felicitar a usted por el adelanto que tiene su niño Gonzalo en la Escuela. Ha sido examinado por el Comisionado nombrado por el Ayuntamiento, y tanto el Ayuntamiento como todas las personas que al examen concurrieron hemos quedado muy satisfechos de sus operaciones y respuestas, por lo que repetimos: felicitamos a usted y deseamos que [Gonzalo] siga con la aplicación y entusiasmo que manifiesta para que algún [día] llegara a ser el báculo en que me apoyara en mi vejez.

Yo, conmovido, con un nudo en la garganta, sin poder pronunciar una palabra en ese momento; hice un esfuerzo, y les dije:

—Yo les doy a ustedes, lo mismo que al H. Ayuntamiento, las mas expresivas gracias por el honor que tanto a mi hijo como a mí se nos hacía.

Y que al recibir aquella felicitación, no podía menos que llenarme de satisfacción como era natural que la tuviera un padre cuando viera honrar hasta tal grado a un hijo suyo, agregando que Dios quisiera que mi joven siguiera con el empeño que hasta entonces tenía, y que acaso llegaría el día que fuera útil no solo a sus padres, sino a su patria, y por fin, a la sociedad.

Se despidieron de mí dichos señores, y yo y mi esposa quedamos llenos de placer.

Don Mariano Sotelo, que era en esa época —como ya dije— Preceptor en la Escuela municipal, emprendía comedias y sainetes, representados por sus alumnos, y a Gonzalo lo prefería siempre con el principal papel, y en una comedia que hizo en no recuerdo qué festividad, quise verla.

Pero luego que vi que Gonzalo salió gritando con enfado: “¡Claudia, Claudia!”, incomodándose no sé por qué, y vi que Claudia era su novia y que Gonzalo, lo mismo que ella, tendrían nueve años de edad, no me pareció que delante de mí, aunque en comedia, tuviera una novia. Y dije para mí: “Esta comedia para niños parece inmoral; pero su maestro lo ha dispuesto. Quizás seré yo muy preocupado”, sin embargo ya no quise continuar mirando la representación y me separé.

En otra comedia en que tuvo que hacer su papel, que ya su vestido y demás, estaba arreglado, el zapatero no cumplió con hacer los zapatos [para Gonzalo] que le mandé hacer, y que a las siete de la noche dijo no los había hecho. Yo no sabía determinar.

El caso era comprometido y muy mortificado, y más viendo a Gonzalo llorar. Éste me dijo:

—Lolita, la [hija] del compadre de usted, don Zenón, debe tener dos pares de zapatos, no menos. Vaya usted a suplicarle le preste unos para que salga yo a la comedia, que esos zapatos me vienen bien.

El cielo vi abierto con ese acuerdo pues estaba yo seguro que el negocio quedaba arreglado.

Luego me dirigí a suplicar a mí compadre me prestara dichos zapatos; pero no encontrándolo en su casa, a la niña Lolita le dije el asunto que llevaba, quien me respondió:

—Si señor, con mucho gusto, voy a traérselos a usted.

—Pero primero —le respondí—, es necesario que yo le hable a él.

—No Señor, me dijo, no es necesario. —Yo le respondo.

—¿Pues qué no son usted y él amigos y compadres?

Y luego se fue a traerlos, con los que me volví a mi casa muy contento. En la casa me recibieron también con mucho gusto, porque el caso era para estar todos mortificados, pues Gonzalo no quería salir con los [zapatos] que usaba, porque aunque no estaban rotos, eran viejos.

En esta comedia, recuerdo se dio al publico y éste le palmoteaba y más cuando bailó jarabe, que lo requería la comedia o sai[ne]te.

Cuando solía Bernardino, mi hijo, llevar a su mamá a algún baile, llevaba por supuesto ella y a Gonzalo, y como algunos de los concurrentes lo habían visto bailar en la comedia, hacían que Gonzalo bailara un jarabe. Con quien salía las mas veces era con la niña Lolita Suárez, y decían que no lo hacían mal los dos.

*

Estando en una época yo sin destino, me ocupaba, como por no estar de ocioso en ir a encargar un alfalfar que tenía, o a levantar alguna parte de la cerca. Y Gonzalo, que estaba en la Escuela, pedía licencia para llevarme el almuerzo o desayuno, y la comida. Y mientras [yo] almorzaba, y en la comida, toda la conversación, suscitada por él era preguntarme:

—¿Cuánto es lo que se paga en un colegio porque entre uno a estudiar?, ¿qué pasos se dan para entrar en un colegio? ¿Cuánto se pagará en un navío por ir a Francia o a España o a otra parte que vaya uno en un navío?

A las primeras preguntas yo respondía:

—En los colegios que paga el Gobierno no se paga nada y se enseña; pero estos necesitan de tener proporción para poder sus padres subsistir en México, y si sus padres viven fuera, necesitan tener para mantenerlos y vestirlos.

También necesitan vencer algunas dificultades, para conseguir la entrada al Colegio, porque sin embargo que el Gobierno paga, se necesitan no sé qué requisitos más.

Lo que estudian primero es lo mismo que les enseñan en la Escuela de primeras letras: Gramática Castellana, Aritmética, etcétera; de suerte es que si un joven va al Colegio, y no sabe eso, eso es lo que le enseñan: los pasos que se dan en las municipalidades o distritos, conque cuando se tiene que mandar un joven al Instituto, se trabaja por que sea remitido.

Que casi nunca es el que remiten el de más aplicación e inteligencia tiene, sino el hijo del Alcalde, del mas rico o del de mas influencia, aunque éste, por quien dan su voto, sea un burro. [Así proceden], menospreciando al pobre aunque, sea más adelantado e inteligente que los demás.

Lo que se paga por la embarcación a España, Francia e Inglaterra, no sé; lo que sé es que hay camarotes en que van los acomodados; otros camarotes en los que van los pobres; y como van otros más pobres, no pagan nada. Estos van de lastre, es decir, cuando el navío no tiene el peso suficiente que se necesita, estos se mantienen sirviéndoles a los ricos o a los conductores del navío. Compran muy barato a los cocineros la comida que sobra a los acomodados. Estos, que son los más pobres, no tienen cuartito. Duermen y viven encima del navío.

Yo muy bien comprendía que Gonzalo deseaba entrar a un colegio y también deseaba embarcarse. Y por fin, sus pensamientos eran grandes; pero no me atrevía a preguntarle si tales cosas quería, porque bastante era ya su conversación de casi siempre que me llevaba de comer:

Todo esto, que yo conocía en él, me mortificaba, me dolía el corazón; y me decía yo mismo: “Mi hijo tiene altos pensamientos; pero yo soy pobre, no tengo ningún valimiento; no tengo influencia ninguna, en México no conozco a nadie: no tengo más a quien pedir que es a Dios”.

 


[1]. Cinco de los seis artículos que integraron este número de la revista, más el editorial, fueron dedicados a rendir homenaje al doctor Gonzalo Castañeda. Ese editorial de Cirugía y Cirujanos aparece al final de esta nota biográfica.

*  Esta nota integra información que aportaron Carmen Castañeda Vda. de Infante, Gonzalo Castañeda Castaño, hijos del doctor Gonzalo Castañeda, así como numerosos sobrinos, nietos y sobrinos-nietos. La fecha de nacimiento de Julián Gonzalo de Jesús consta en la respectiva acta del Registro Civil de Temascaltepec. La información curricular procede de la nota biográfica que editó El Arte Gráfico, imprenta de Jesús Castañeda Zagal, sobrino del doctor Castañeda, en homenaje a su memoria, en 1947.  R.R.C.

[2]. El c.p. Gonzalo Castañeda Castaño murió el 27 de mayo de 2007.

[3]. Editorial Cicerón, 1946

[4]. Extracto del Manuscrito de don Juan Castañeda.  Ed. Imprenta Castañeda, Pachuca, Hgo.  Segunda edición. 2012. pp. 60–67.

 

 

 

 

 

 

 

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