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Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte Final

JFCP Parte Final

11 de agosto de 2015

Conclusión.

…Nuestro presidente [probablemente se refiere a Guadalupe Ordóñez, el minero que dirigía el trabajo colectivo] ordenó que a cada uno de los tres nos tocaría una semana desempeñar el trabajo de cocineros; faltaba que a él le tocara, [luego, se las debía arreglar con los víveres que había comprado].

Juan, mayor de 68 años de edad, después de 1884

Hay casos en que una historia se explica mejor si se cuenta a partir del final. Tal es el caso del siguiente relato que Juan escribió:

“Este episodio, bien se ve que es bastante simple, que no tiene ningún chiste; pero la primera vez que lo referí, fue porque en efecto me pasó. … Hoy lo escribo por haberme encarado escribir aún lo mas insípido é insignificante que me haya pasado”.

Durante ese tiempo Juan ejercía su profesión de azoguero en la hacienda de arrastras[1] nombrada Nombre de Dios, cual pertenecía a Montúfar, Ayala y socios.

Imagen Google

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La hacienda distaba legua y media (6.3 Km) de su hogar en Zacualpan. Un lunes en que regresaba a su trabajo después que cayó un diluvio, encontró que el río de Chontalpa se había ensanchado, corrían aguas turbias y arrastraban cuanto hallaban a su paso, inclusive palos y basura que había en las ampliadas márgenes.

Juan consideró el cruce con precaución. La situación le pareció grave. Si la corriente era voluminosa y rápida —pensó— lo podía arrastrar en el intento de cruzarlo. Bien sabía que no era el mismo muchacho que nadaba, hacía maromas y clavados en la gran poza llamada El Salto. Sabía nadar, pero decidió sentarse al pie de un sabino[2] a esperar que alguien pasara a caballo para que lo llevara hacia la otra orilla. También pensó que si tal samaritano venía a pie, entonces lo ayudaría tomándolo del brazo. El apoyo de dos personas resistiría la fuerza de la corriente y así serían capaces de alcanzar la otra orilla.

El siguiente párrafo que escribe es un deleite porque me ubica dentro de su mente cuando su imaginación corre al decir:

Cuando ya me haya pasado, le preguntaré “¿Cuánto le debo?” Y al mismo tiempo meteré mano a mi bolsa, y tal vez me dirá: “No es nada, don Juanito” —porque con este diminutivo me nombran casi todos los que me conocen—. Se los agradezco. Y si no me dice esto que espero, le diré: “Hombre o amigo, no tengo nada en la bolsa”. (Porque en efecto, estaba yo a raja). “Pero en la primera vez que nos veamos le pagaré a usted bajo palabra de honor”.

Cuando “Juanito” dice “estaba yo a raja” nos da a entender que aún seguía en bancarrota. No contaba con caballo, y aunque la distancia a su trabajo era relativamente corta, prefería recorrerla a pie una vez a la semana. Se presentaba el lunes para regresar el sábado.

Vio pasar la corriente por un buen tiempo, y comprendió que tendría que hacer algo, pues se estaba haciendo tarde y no aparecía nadie que lo ayudara cruzar el río.

La fuerza de la corriente generaba torbellinos, saltos y brincos. Juan se dijo:

“Si me tumba el agua y salgo antes que me lleve hasta donde este río se junta con el otro que se reúne con éste a las treinta o cuarenta varas, ya me salvé; pero si antes no salgo, ya no cuento el cuento”

“¡No hay remedio! ¡arriesgar el todo por el todo!”

Juan se consiguió un bordón, hecho de una rama del sabino. Para probar su resistencia intentó quebrarlo en la horqueta de otro palo. El improvisado bastón resistió. Era sólido y fuerte:

“Con éste cuento”.

Juan envolvió su ropa y pertenencias en su sarape, junto con su pistolón de chispa —pues tenía cuentas no liquidadas con un enemigo—, aseguró el bulto con su cinturón, formando un corto mecapal que se ajustó en la cabeza; lo aseguró con la falda de la camisa y desnudo, con sólo la camisa encima, se dispuso a cruzar.

Antes de internarse en la corriente, con mucha devoción se persignó, rezó un credo, hizo un acto de contrición y pidió perdón a su Dios por todos sus pecados.

Tembloroso y pálido dio el primer paso. A cada paso que avanzaba que daba sobre el cauce fangoso bandeaba con el palo, en busca de alguna inesperada profundidad. No encontró irregularidades peligrosas y llegó a la otra orilla sin que el agua le cubriera arriba de la media espinilla. El área del río que cruzó era ancha pero no profunda.

Después de tanto anhelar que alguien lo ayudara a cruzar el río, ahora deseaba que nadie viniera y lo viera en tan triste figura, pues seguramente se reirían de las condiciones en que se encontraba.

Esa noche en la hacienda contó a todos los presentes —inclusive a Feliz Díaz, la señora de la casa, su aventura de aquella mañana. La mujer le dijo:

—Juan de mi alma: Y cuando estabas al pie del sabino, ¿que pensabas?

—Qué había de pensar —le respondí—, que quién sabe si aquel era el último de mis días. Y lo que mas me apuraba era que he sido muy poco bueno. “En toda mi vida nada bueno has sido; ya que hubieras sido siquiera un poco”.

Algunos le hicieron preguntas; otros describían cómo lo imaginaban al pasar el río, lo compadecían o se reían de él.

Escribir sobre la vida de Juan siempre ha sido cosa seria, no sólo porque es mi re tatarabuelo, sino porque lo considero como un libro abierto dentro de un antiguo México. Pero debo admitir que esta historia me hace reír cuando lo imagino en actitud de espera, con ansiedad y preocupación, y después, cruzar desnudo, apoyado en su bastón, con su bulto a espaldas sólo para enterarse que lo pudo cruzar sin ningún problema. No me río, de él, sino con él.

Al siguiente día don Gertrudis Ayala, su esposa, dos de sus hijas y don Ignacio Ayala, su hermano, llegaron a la hacienda. Mandó por Juan. Y don Gertrudis le pidió que repitiera la historia:

—He mandado llamar a usted para que nos refiera todo lo que le pasó a usted ayer cuando venía, en el río de Chontalpa.

Juan vaciló por un instante, inhibido por la presencia de las hijas de Gertrudis. Eran tan bellas que le parecieron “un pedazo de cielo estrellado, y que oyeran todo lo que me había pasado, no dejaba de ser para mí muy penoso”.

—Señor, para hablar sinvergüenzadamente necesito de tomarme una copita de mezcal, porque ella me quitará el temor y la vergüenza.

Sin un momento que perder, le dieron su copita y Juan empezó a contarles su historia, la que manifestaron agradarles, riéndose en ciertos puntos más que otros.

Retrospectivamente Juan escribió:

“Este episodio, bien se ve que es bastante simple, que no tiene ningún chiste; pero la primera vez que lo referí, fue porque en efecto me pasó. Y para hacer ver por qué motivo había llegado tarde. La segunda por que así me lo pidió uno de mis patrones. Lo festejaron tanto; sería mas bien por simpatía hacia mí y alguna especialidad o entusiasmo al expresarme. Hoy lo escribo por haberme encarado escribir aún lo mas insípido é insignificante que me haya pasado”.

Edad de Juan y año no conocidos

Juan escribió su última aventura sin especificar el año, pero sí nos dice que vivía en Temascaltepec. Esa estancia pudo ser alrededor de 1868 cuando su hijo Gonzalo nació en esa localidad. Los demás hijos de sus dos matrimonios nacieron en Zacualpan.

Ciertas noches don Juan Castañeda se reunía con varios amigos, entre quienes estaban el vicario Néstor Fernández; el médico don Juan Macedo; el preceptor don Francisco Ayón y otros más. Charlaban, cantaban, tocaban y jugaban conquián[3].

Después de una de estas reuniones, Juan se dirigía a su casa, cerca de la Hacienda Doña Rosa, y a las diez de la noche, al pasar por la plaza, una voz de hombre desde la oscuridad dijo:

—¿Quién vive? —Juan respondió:

—El mismo.

Desde la oscuridad se repitió la pregunta y Juan confirmó su respuesta:

—El mismo.

El hombre se fue sobre Juan con violencia, pero él se dispuso a enfrentarlo con una piedra en una mano y su navaja en la otra.

El hombre se detuvo.

—¿Quién es usted? —y le respondí con energía:

—Me llamo Juan Castañeda, ¿por qué lo quiere saber?

—¡Oh!, usted es don Juanito.

—Sí, señor Legorreta —yo respondí—, el mismo.

—…porque creí que alguien se quería divertir conmigo. Usted dispense.

Don Legorreta era el juez conciliador, quien le pregunto qué andaba haciendo y de dónde venia. Juan le contestó reconociendo su autoridad. Con la situación controlada, don Legorreta se explicó un poco más.

—Pues me va usted a dar auxilio —me dijo.

—Sí señor, con mucho gusto. Pero si es a aprehender a algún criminal solos los dos; [a] usted no le conviene levantar la mano por ser Juez, yo estoy desarmado. Con tal motivo el negocio está de parte del que tengamos que aprehender.

—No: esos ya irán lejos, sin embargo; aguárdeme usted aquí, voy a traer a dos celadores y a que despierten al Secretario. Y sé que van [mancha en el manuscrito] de prisa.

Mientras esperaba en la plaza, Juan vio a un hombre bajo la luz en una esquina. Se acercó poco a poco y vio que era don Miguel Díaz, hombre trigueño, no muy alto y barrigón. Juan le preguntó qué le pasaba.

—¿Qué no ve usted que estoy herido en la cara?

—Sí señor. Solo eso sé por lo que lo veo, no se más.

—Pues señor —me dijo—, me han asaltado en mi casa y me han herido.

—Pero señor, ¿cómo ha estado eso? —le pregunté.

—Pues señor —me respondió—, estando yo sentado como a las diez de la mañana, en el mostrador de la tienda de don Víctor Segura, llegó un individuo, y dice a dicho don Víctor: “¡Señor! deme usted razón a quien veré yo para que defienda a un hermano mío, que traen por ahí en el camino; preso por unas heridas que dio, y él también viene herido”. Y dice don Miguel:

—Como es notorio que yo me ocupo de defender criminales y siempre en negocios de Juzgado, respondió don Víctor: “Al Señor que esta presente, él podrá encargarse de ese negocio”. Y me dijo don Miguel:

—La verdad, don Juan, no tenía yo mucha gana de encargarme del fatal negocio, porque vi a aquel hombre con huaraches, en calzón blanco, su camisa rota, una manguita azul, vieja, y un sombrero lo mismo; pero dije para mí: “Éste parece ser muy pobre; pero su hermano puede que tenga con qué pagarme”.

El hombre con huaraches y calzón blanco le respondió a don Miguel;

—Pues bien, señor —dijo el otro—. Mi hermano debe llegar hoy, y yo quisiera que hablara con usted antes que entre a la cárcel. ¿A dónde vive usted para ir a avisarle cuando llegue? —Venga conmigo. Le enseñare mi casa —dijo don Miguel.

Don Miguel llevó al de la manga azul a su casa, donde el hombre descansó para después pedirle a don Miguel que le guardara una pequeña bolsa que contenía de doce a quince pesos.

Don Miguel llevó el bulto hacia una pieza adjunta donde tenía un ropero. Además de ropa, en ese armario también tenía un tompiate con ochenta pesos pertenecientes al Ayuntamiento debido a que también era el tesorero. Junto a esa pequeña canasta puso el encargo de su nuevo cliente.

Aparentemente después de descansar, el hombre se fue y durante el resto del día el hombre ni el herido, su hermano, le hicieron visita a don Miguel. Al caer la noche, movido por el hambre, don Miguel siendo soltero, le dijo a su ayuda de casa que si lo buscaban, los hiciera entrar y que regresaría pronto. Se fue a cenar.

Momentos después, el de manga azul llegó acompañado de otro individuo y preguntó por don miguel. El sirviente dio el recado y les pidió que pasaran y por favor esperaran, pues don Miguel no debería de tardar. En efecto, guiado por la luz de un farolito, don Miguel regresó. Después de las formalidades, el de manga azul le dijo:

—Mi hermano viene muy malo, por lo que no pudo llegar hoy; pero mañana sí; estará acá temprano. Qué, ¿nos podrá usted dar licencia para que pasemos acá esta noche? porque nosotros acá no conocemos a nadie, no tenemos en donde ir a dormir.

—Sí, con mucho gusto, pasen ustedes.

Pasó el de la manga azul, y el otro se quedó en la puerta. Con disimulo pidió al sirviente de don Miguel que les hiciera unas tortillas, que no habían comido. Cuando don Miguel estaba a solas en el interior de la casa con manga azul; éste sacó un hermoso puñal, y con el extremo de la cacha dio un fuerte golpe en la cara a don Miguel, que cayó al suelo. Y le dijo:

—Si das voces te mato.

A ese mismo tiempo llegó el compañero con otro puñal. A don Miguel le mandaron tenderse boca abajo. El primer ladrón ordenó al segundo que le pusiese el puñal en la espalda y que si hacia voces lo pasara contra el suelo, mientras se dirigía al ropero que estaba en la pieza contigua. Abrió con la llave que exigió a don Miguel, sacó la red que le había dado a guardar en la mañana, el tompiate con los ochenta pesos, y toda la ropa que allí guardaba.

—Ya nos vamos, pero en el zaguán nos vamos a estar el tiempo que queramos, y si quieres salir allí, te matamos —le dijeron.

Pasó un corto rato, salió don Miguel, preguntó al sirviente indígena, quien estaba con su familia, si no había observado lo que le había pasado. El sirviente nada había oído; tampoco su mujer, que les hacía tortillas. Don Miguel lo mandó a que con precaución se asomara al zaguán y viera quien estaba. Al saber que no había alguien, se dirigió Miguel a la autoridad a dar cuenta de lo que le había acontecido.

El juez tomó algunas providencias a fin de averiguar quiénes fueron los ladrones; pero todo lo que hizo fue en vano. Nunca se consiguió saber algo de manga azul, su cómplice o del herido hermano.

Juan dice que el principio de este pasaje histórico se lo refirió el señor Díaz; y todo lo demás se lo declaró al Juez, y que el fue testigo de causa.

Al finalizar su historia Juan recomienda lo siguiente;

De este ingenio raro puede sacar ventaja quien se tome la molestia de leer lo que he escrito, pues puede tal vez servirle de experiencia en cabeza ajena, y no aguardar que lo experimente en la propia.

FIN

Juan Francisco Castañeda Popoca

Juan a los 80 años, después de haber escrito sus memorias (hacia 1896)

En el Mineral del Monte, el 9 noviembre 1895, el doctor Gonzalo Castañeda Escobar registró civilmente a una niña que había nacido el 30 de octubre: hija legitima de su matrimonio con María Teresa Olea Gómez Daza. Le puso María Teresa Catalina, Durante esta presentación fueron testigos Amador y Manuel Castañeda Jaimes, sus sobrinos.

Copia digital mejorada máximo, registro civil María Teresa Castañeda Olea 9 noviembre 1895 cortesía https://familysearch.org

Para esta fecha, el matrimonio de Gonzalo y María Teresa probablemente ya había pedido a Juan y a Gabina, padres de Gonzalo, que les hicieran el honor de ser padrinos en el bautizo de su hija María Teresa Catalina.

Pocos días antes de convertirse en octogenario, Juan Castañeda, su esposa Gabina Escobar, tal vez con la ayuda de uno o los tres hijos; Bernardino, Maximiliana y Gonzalo —si fue por ellos— viajaron durante el invierno de Zacualpan a Real del Monte, Hidalgo. No hay duda de que pasaron por Pachuca, mi tierra natal, donde seguramente descansaron y dieron unos pasos antes de llegar al Real del Monte.

La ceremonia religiosa ocurrió en la parroquia de Real del Monte en 10 de enero 1896, y fue el presbítero Mariano Cruz y García quien solemnemente bautizó a María Teresa Catalina e hizo constar que Juan Castañeda y Gabina Escobar fueron sus padrinos.

Copia digital bautizo María Teresa Castañeda Olea, 10 enero 1895, cortesía https://familysearch.org

Copia digital bautizo María Teresa Castañeda Olea, 10 enero 1896, cortesía https://familysearch.org

Los días 10 de enero el doctor Gonzalo Castañeda celebraba con entusiasmo su propio cumpleaños, aunque según la partida civil nació el 9 de enero y fue registrado el 11 del mismo mes. Tal vez fue bautizado el 10, pero no existe el acta correspondiente. Debido a la peculiaridad de esta fecha, ese 10 de enero de 1896, día del bautizo de su hija, seguramente hubo un doble festejo.

Sé que a mis ancestros les gustaba la fotografía, luego me pregunto; ¿Habrá algunas fotos de este evento familiar y si las hay, donde estarán?

No sabemos cuanto tiempo permanecieron Juan y Gabina en el Real del Monte, pero pienso que no fue por mucho tiempo, porque en el libro de defunciones del Registros Civil de Zacualpan consta que a las 05:30 horas del 5 de octubre 1898, Juan Castañeda falleció de bronquitis a la edad 82 años, dejando viuda a Gabina Escobar. Juan nació el 20 de enero 1816

Registro civil defunción e inhumación de Juan Castañeda, 5 octubre 1898, cortesía http://familysearch.org

Registro civil defunción e inhumación de Juan Castañeda, 5 octubre 1898, cortesía http://familysearch.org

Por todo lo que Juan fue e hizo en su vida, seguramente llegó al corazón de muchos de sus familiares y contemporáneos, porque en el acta de defunción el Presidente Municipal, Inocente González, escribe;

…cuya inhumación se verificará en el campo mortuorio de este mineral en un lugar especial.

Al revisar numerosas actas de inhumación muy pocas dicen “en un lugar especial”.

Juan 30 años después de su muerte (1928)

Ignoramos los detalles y trámites que debió hacer el doctor Gonzalo Castañeda Escobar, último hijo sobreviviente de Juan Castañeda y Gabina Escobar, pero consiguió reunir los restos de sus padres y hermanos para inhumarlos en el interior de la iglesia La Inmaculada Concepción en Zacualpan.

Alrededor de 2011 mis primos Abraham Cárdenas Castañeda, Rafael y Miguel Rodríguez Castañeda hicieron un viaje a Zacualpan, donde conocieron la lápida que se encuentra sobre el pasillo central de la iglesia, ligeramente cargada hacia la derecha, más o menos a medio camino de la entrada hacia el altar. Cuando Rafael me envió una foto de esta lápida dijo que esta evidencia los dejó boquiabiertos.

Aquí foto de la lapida.

Foto lápida restos de juan Castañeda cortesía Rafael Rodríguez

Foto lápida restos de juan Castañeda cortesía Rafael Rodríguez, 21 octubre 2011

Restos de

Juan Castañeda

Gavina Escobar

y de sus hijos

Bernardino y Maximiliana

1928

Subsecuentemente hemos hecho varios viajes a Zacualpan. Cada vez que voy, presento mis respetos a mis ancestros, y Juan Francisco Castañeda Popoca es uno de los principales. Fue quien nos dejó el más amplio y detallado testimonio sobre su vida, su familia y su tiempo en un tesoro familiar de tinta sobre papel.

Han pasado ciento noventa y nueve años desde que Juan nació y alrededor de ciento veinte desde que finalizó su manuscrito.

Ha sido para mí un honor saber de él y tener la oportunidad de escribir sobre su vida. Doy gracias a todos los que ayudaron a enriquecer y ampliar su testimonio con otros datos, quienes son muy numerosos para mencionarlos individualmente.

Seattle, WA, a 22 de agosto de 2015

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1] Método antiguo por el cual se extraía el metal precioso.

[2] También conocido como ahuehuete.

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Conquián

Don Juan Francisco Castañeda Popoca, (1816-1898) Parte VI

Continuación.

Más de medio siglo después, el 28 de enero de 1941, el doctor Gonzalo Castañeda explicó en una carta dirigida al doctor Rodolfo González Hurtado algunos detalles acerca de su niñez:

A los ocho años era yo todavía un salvajito, no conocía las letras porque no había aún pisado la Escuela; mi tierra era un pueblo apenas semi-civilizado. Cuando mi padre me llevó con el maistro, por primera vez, sentí vergüenza y tristeza al ver que unos niños menores que yo, pronunciaban palabras que no entendía, decían decámetro, hectómetro, miriámetro; esto me estimuló para apurarme y alcanzarlos. Después de un tiempo ocupé los primeros lugares.

De jovencito era yo acólito y cantor en el coro de la iglesia; les gusté para sacerdote a unos Padres misioneros que fueron por allá; yo encantado porque me iban a traer al Seminario de México; pero sobrevino un hecho que cambió mi destino y salvó a las gentes de un curita malo.

En los exámenes de ese fin de año escolar, obtuve como premio una beca o pensión para ir a estudiar al Instituto Científico Literario de Toluca; pero esa designación no tuvo efecto porque las Autoridades del Municipio prefirieron a otro escolar, hijo de un influyente del pueblo; mi familia era pobre y no figuraba. Sentido y molesto mi padre por esa alcaldada, me expatrió y me llevó a Cuernavaca con unos tíos, con la idea de que estudiara allí para maestro de Escuela. Tal vez notó en mi cara que eso me parecía poco, porque agregó: sí, hijo, pero de una Escuela grande.

He aquí las deducciones esenciales:

1. Gonzalo ingresó a la escuela en 1876, cuando Juan, su padre, tenía 60 años.

2. Por precaria que haya sido la enseñanza elemental en Zacualpan, podemos suponer que los niños estudiaban hasta el 4º grado. Luego, terminó en 1880, cuando Gonzalo se consideraba un jovencito —doce años— y su padre tenía 64 años.

3. “…mi familia era pobre y no figuraba”. —escribe Gonzalo.

Ante la injusticia que cometieron contra los méritos escolares de su hijo, en quien cifraba grandes esperanzas, Juan, en un contrariado arresto de dignidad lo expatrió a Cuernavaca con unos tíos, para que siguiera estudiando.

4. La vida de Juan comenzaba a declinar.

Para apreciar el grado de envejecimiento de las personas lo usual es que, en primer término, nos remitamos al dato objetivo de la edad cronológica: 70, 75, 80… En segundo término, aunque no tan conscientemente, observamos el aspecto físico y la actividad que despliegan. Y como telón de fondo, aunque no pensemos en ello, tomamos en cuenta la esperanza de vida de la época y la sociedad a la que pertenecen.

Pablo Picasso (1881- 1973), por ejemplo, a los 90 años continuaba la obra creativa que realizó durante más de 75 años: dibujaba y pintaba. “Se necesita mucho tiempo para aprender a ser joven” —dijo. Entre nuestros ancestros, Carmen Castañeda Olea (1914-2012), después de los 90 años aún practicaba yoga, viajaba sola en medios de transporte público y —toda proporción guardada— se concentraba frente al lienzo con paleta y pinceles; sensibilidad artística, aguda visión y un dominio notable de las técnicas del óleo y la acuarela.

En cambio, nuestro personaje, abuelo de Carmen, JFCP (1816-1898), se consideró y se comportó como viejo después de los 60 años. No declinaron su lucidez ni sus capacidades intelectuales, como lo prueban las memorias que escribió hacia los últimos años de su vida, pero es probable que lo hayan afectado grandemente el abandono del oficio de azoguero, que practicó desde que fue joven, y el hecho de verse obligado a vivir únicamente del pequeño comercio, que desde hacía tiempo practicaba como actividad suplementaria.

Es preciso tomar en cuenta, además, la esperanza de vida del país durante el Porfiriato, que apenas llegaba a los 30 años, así como el contexto cultural de Zacualpan en el siglo xix, donde la convención social consideraba viejos a quienes rondaban los 50.

Juan a los 58 años de edad, año de 1874

Un ejemplo cercano a Juan, de quienes morían antes de los 30 años, fue el caso de Eulalio Castañeda Morales (1850-1874), su sobrino, que para Juan fue una experiencia dolorosa. A la una de la tarde del 9 septiembre de 1874 tuvo que presentarse ante el Registro Civil de Zacualpan para dar cuenta de que lo habían matado.

Entre los sobrinos y nietos que Juan tenía entonces contaba Eulalio, hijo legitimo de su hermano, Felipe Neri Castañeda Popoca, y de Dolores Morales Mojica, quien había fallecido en mayo del mismo año de 1874.

Eulalio vivía en Gama, comunidad perteneciente al municipio de Zacualpan. Era panadero y estaba casado con Genoveva Nava, una muchacha a quien dejó viuda y con un hijo pequeño a los veintidós años de edad.

El acta de defunción de Eulalio informa que murió de un balazo al corazón. Su cuerpo fue sepultado en el campo mortuorio de Zacualpan.[1]

Acta defunción, homicicio  Eulalio Castañeda Morales 9 sep 1874

Acta defunción, homicidio Eulalio Castañeda Morales 9 sep 1874 https://familysearch.org

Juan a los 64 años de edad, año de 1880

El propio Juan nos deja saber que a esta edad ya no ejercía su oficio de azoguero con regularidad. En el siguiente episodio, sus palabras denotan, más que los efectos de la edad, la percepción que tenía de sí mismo como hombre de fuerza física e iniciativa menguadas.

Durante este tiempo su esposa Gabina, contaba con cuarenta y seis años y como buena comerciante, siempre buscaba cómo generar dinero para la subsistencia cotidiana de la pareja. Vendía carbón, zacate, jabón, etc. Probablemente lo hacía junto con Juan, en el puesto que él ponía en la plaza.

Aparte de este esfuerzo constante, un panadero le fiaba pan que ella vendía en las ferias de los pueblos cercanos. Ese negocio le rendía dos reales de ganancia por cada peso de pan. Con anterioridad a esta fecha, era su hijo Bernardino quien viajaba a las ferias con ella, donde habitualmente le iba muy bien. En 1880 Bernardino tenía veintiún años de edad y estaba empleado, de manera que no contaba con él para que la acompañara.

Se acercaba el último domingo de ese año y Gabina le recordó a Juan la proximidad de la feria de Tonatico[2] Gabina quería asistir. Eso dio motivo al siguiente diálogo:

—Ya llega la feria de Tonatico. Y dime si he de ir, para comenzar a arreglar tal ida.

—Pero hoy —le respondí— no hay quien te acompañe, porque Bernardino está empleado, y yo, sabes que soy muy inútil para desempeñar esa clase de empresas.

—Solamente quiero —me dijo— que me acompañes, que yo me entenderé con todo.

—Pues bien, te acompañaré —le dije—, y has cuenta que tú me mandaras como si fuera tu mozo, ó me llevaras de mozo, y haré cuanto me mandes y que yo sea capaz de hacer.

—Lo primero que tengo que hacer es —me respondió—, ver al panadero, si me ha de fiar la cantidad de pan que me entrega cada año, que arreglado eso, todo lo demás ya es fácil arreglarlo.

—¿A dónde vamos a pasar?, eso es lo que me tiene con cuidado.

—Pues no lo tengas, que tengo una familia conocida muy cariñosa ella, lo mismo que su hija y su marido.

Gabina y Juan salieron de Zacualpan aproximadamente el último domingo de febrero hacia Tonatico.[3]

Al llegar a Tonatico Gabina hizo contacto con el Regidor que asignaba los puestos en la feria, quien le concedió el que ella quiso.

Con anterioridad, Juan nos ha referido ya la práctica que tenía en montar puestos comerciales en plazas públicas. En eso se ocupaban cuando llegó otro regidor del Ayuntamiento y les advirtió que ese sitio se lo había apartado a un morcillero. Gabina se quejó con el Regidor. Ambos munícipes se disgustaron entre sí y discutieron en el afán de imponer su autoridad.

Al percibir que se imponía la autoridad del segundo munícipe, Juan medió en la discusión con espíritu conciliador y sugirió que les asignaran otro sitio para colocar su puesto. Gabina no quería convenir, hasta que “por fin le dieron un lugar que no tenía las varas” —es decir, que no estaba apartado—, donde finalmente se instalaron.

En este año la feria estuvo mal, con poca concurrencia. De los cincuenta pesos de pan que llevaban solamente vendieron dieciocho. Considerando los dos reales de ganancia por cada peso de venta, Juan y Gabina se hallaban en situación difícil.

No sabemos hasta dónde Gabina tomó al pie de la letra el ofrecimiento de Juan, de comportarse como si [él] fuera su mozo. En todo caso, era su esposo y en consecuencia lo respetaba como tal, por su edad y experiencia —además. Gabina preguntó:

—¿Ahora qué hacemos? —Y yo le respondí con su misma pregunta, añadiendo en seguida.

—Yo soy tu mozo, tú dispón y yo obedeceré. —Y dijo:

—Si nos vamos para Zacualpan, me debe dar mucha vergüenza volverme con mi pan.

El dueño de la casa donde se hospedaban se compadeció de ellos y para ayudarlos les propuso invitar a sus amigos a jugar tecomatillo[4] con apuestas de pan. El plan era que vendieran más.

Llegó la noche, y conforme ganaban o perdían en el juego, los invitados compraron “cuanto pan querían o podían”. La regla del dueño de la casa fue simple: quien perdía tenía que comprar más pan. No valía que lo revendieran entre ellos.

Juan y Gabina no sólo vendieron tres pesos más; también se divirtieron viendo cómo las piezas de pan cambiaban de mano a mano sin que ese trafique les causara asco.

Como todavía les quedaron veintinueve pesos de pan por vender, al día siguiente su anfitrión en Tonatico les sugirió que fueran a Las Salinas, lugar cercano, donde podrían cambiar el pan por sal.

Sin otra alternativa, Juan cargó el caballo con una porción del pan remanente y se dirigieron a Salinas, lugar cercano, donde hicieron el trueque por sal y tal vez otros comestibles.

Esa noche Gabina le dijo:

—Hoy me han dicho que en Tetecala se hace una grande fiesta que puede llamarse feria. Si quieres, como nos habíamos de ir para Zacualpan, a ver si en las rancherías cambiábamos por maíz, frijol, etcétera. Vámonos para Tetecala. Quizás allá, caro o barato, lo acabaremos.

Caro o barato, había vender el resto del pan. Decidieron salir para Tetecala, lo cual significaba andar una distancia un poco mayor de la que caminaron entre Zacualpan y Tonatico.

Al narrar el resto de esta aventura comercial, Juan nos dice que ya no es capaz de montar caballo a cuestas. Gabina buscó un arriero, quien calculó que para transportar el pan y los demás los bultos que llevaban —sal, maíz y frijol que cambiaron en Las Salinas, más su menaje personal— se necesitaban cuatro jacales y dos caballos.

Cargaron a las bestias, y para hacer la travesía, Juan y Gabina se alternaban el único caballo con cual contaban. Iban tan despacio que el arriero se adelantó “y ni modo de decirle espéranos ”.

Cuando finalmente llegaron, el arriero los esperaba en la orilla de Tetecala. Ya había conseguido posada para ellos, pero los recibió con la mala noticia de que uno de los caballos se cayó en el río Santa Teresa; a un jacal le entró agua y parte del pan se había mojado.

—Ya puede ser, pero ha de ser poco —le dijo Gabina.

Con esa, la última respuesta de Gabina, Juan suspende el relato de esta aventura. Lo deja inconcluso; no aporta más detalles, pero refiere un viaje muy interesante del cual quisiera saber más.

Por ejemplo: Si para llevarlos de Tonatico a Tetecala el arriero calculó que necesitaba cuatro jacales para transportar el resto del pan más la carga adicional, ¿con cuántos bultos o jacales llenos de pan, inclusive una maleta de enseres personales, salieron originalmente Juan y Gabina de Zacualpan? ¿A cuántas piezas de pan equivalía cada peso? ¿De Zacualpan habrán emprendido el viaje con más de dos caballos, o solamente uno con la carga y ellos dos a pie? Juan solamente menciona un caballo.

Desde el punto de vista económico pienso que esta aventura les resultó costosa pues seguramente tuvieron que pagar más de una noche de hospedaje, por mucho que solamente se hubieran alimentado del pan que llevaban. ¿Cuánto les habrá costado contratar al arriero con dos caballos, y comprar o canjear —tal vez con pan— cuatro jacales? ¿Lograron vender todo el pan, y cómo lo pagaron al panadero que se los fio?

Este viaje se extendió inesperadamente por lo menos una semana, y en aquella época, las tahonas no usaban sustancias conservadoras. ¿Cuánto tiempo habrá durado el pan sin endurecerse ni echarse a perder?

Me hubiera gustado recibir más información sobre esta interesante historia. Sólo me resuena el eco de la respuesta que Gabina dio al arriero sobre el pan que se mojó:

—Ya puede ser, pero ha de ser poco.

Gabina, conductora de esta aventura, siempre optimista como Juan, por encima de toda adversidad.

Juan a los 68 años de edad en 1884

En sus memorias, uno de los pocos episodios que Juan fechó —en 1884— fue tal vez una de las últimas oportunidades que tuvo para ejercer su oficio de azoguero. Se trata de una narración particularmente interesante porque allí despliega con naturalidad la terminología usual de la minería de entonces.

Al presentarla aquí, alternamos la narración de Juan con la glosa respectiva, para facilitar la comprensión de lo que cuenta.

Una época en el Mineral de Tlatlaya año 84

Hubo un nombrado Juan de Dios, que andando por aquel lugar tuvo noticia de una mina nombrada la Trinidad, y que tenía buenos metales; pero que tenía agua; y que era tan poca que podía desaguarse con botas en cinco o seis días. Dispuso entre él y otros desaguarla. (Tendría de profundidad cosa de doce metros).

Juan se enteró de que un buscador de metales preciosos, conocido como Juan de Dios, recibió noticias de una mina nombrada La Trinidad en las cercanías de Tlatlaya. Supo también que la mina contaba con una proporción considerable de metal explotable, pero por otra parte estaba anegada de agua, aunque aquella profundidad de doce metros podía desaguarse con botas[5] en cinco o seis días. Juan de Dios emprendió esa tarea con un grupo de jornaleros.

En efecto, ya desaguada encontró en el plan un clavo de metal que tenía una vara en círculo, pues era redondo. Dispuso desmotarlo bien, y después dar un cohete del puro metal, del que logró que cayera una piedra de seis arrobas[6] de peso, con dicha piedra marchó a México, a buscar avío.

Una vez desaguada la mina, Juan de Dios halló un clavo de metal —es decir, un trozo de gran pureza— de forma cilíndrica, que medía cerca de 84 cm. Después de desmotarlo hizo detonar una carga de dinamita con la cual logró que se desprendiera una piedra de alrededor de [80] kilos, muestra suficiente para llevarla a México con el propósito de conseguir financiamiento para explotarla.

Allá encontró a don Guadalupe Antolín, y este señor le habló a don Matías Elías del negocio que Juan de Dios llevaba, y entre Antolín y Elías hablaron a un español nombrado don Lucas de la Tijera, haciendo mención de dicha piedra, y diciéndole que todo el plan de la mina era de aquella clase de metal, y que tenía de ley quince marcos de plata por carga, pues Juan de Dios ya lo tenía ensayado.

En México Juan de Dios habló con Guadalupe Antolín quien a su vez, le planteó a Matías Elías la posibilidad de explotar esa mina. Juntos, Antolín y Elías le propusieron el negocio Lucas de la Tijera, un inversionista español, a quien le hablaron de la muestra y le dijeron que de esa mina era posible obtener un rendimiento de quince marcos[7] de plata por carga, según la prueba de ensayo que Juan de Dios había realizado.

Don Lucas mandó se ensayara en la casa del Apartado[8] y positivamente era de dicha ley. Luego se arreglaron en el avío, no sé bajo qué condiciones.

Para verificar la calidad del metal que la piedra contenía, don Lucas de la Tijera ordenó un nuevo ensayo en la casa del Apartado. Cuando comprobó que contenía le ley que le habían indicado decidió invertir y entregó recursos.

 

Antolín se vino para Zacualpan y me dijo todo lo que había pasado en este negocio, y que él estaba dispuesto a que debía recibir la posesión, por la Diputación de Sultepec, con una carta particular a don Higinio Goroztieta (diputado) y obra poder, para que a nombre de los interesados recibiera la posesión.

Guadalupe Antolín regresó a Zacualpan y expuso a Juan todos los detalles del negocio (evidentemente, tras invitarlo a tomar parte de este proyecto). Le dijo, además, que estaba dispuesto a recibir posesión de tal mina mediante la diputación de Sultepec, con una carta particular dirigida al diputado don Higinio Goroztieta.

Marché a Sultepec a pie, así lo requerían mis circunstancias; entregué mis cartas; y veinte pesos. Habíamos dispuesto salir para Tlatlaya al día siguiente; pero en la tarde que esto dispusimos, supimos de cosa cierta que Tijera debía llegar a aquel Mineral, el mismo siguiente día por lo que dispusimos no verificar la marcha como lo habíamos dispuesto; y como de tal venida del señor Tijera, ni Antolín ni nadie sabía nada, dispuse poner un correo a Antolín a Zacualpan.

Con un lacónico eufemismo, Juan refiere su estrechez económica por ese tiempo: carecía de dinero siquiera para alquilar una bestia de carga. No obstante, se fue a pie hasta Sultepec, como escala intermedia entre Zacualpan y Tlatlaya. Al día siguiente, cuando se disponían salir para Tlatlaya Juan se enteró de que estaba por llegar don Lucas de la Tijera. Juan detuvo la salida del grupo y envió un mensaje a Guadalupe Antolín, que estaba en Zacualpan.

Al siguiente día, a pocas hora de haber llegado Antolín a Sultepec, llegó don Lucas, y se dispuso que al otro día debíamos salir para Tlatlaya, como lo verificamos. Entre tanto me dijo don Higinio:

—Usted, por fin, ¿va a qué?

Esto fue ya casi para salir. Le respondí:

—Si señor, yo llegaré al pueblo después de ustedes; pero he de llegar.

—¡Qué bárbaro es usted!

—Voy a conseguir un caballo, y si usted no puede pagar el flete o no quiere, yo lo pagaré.

No se consiguió el caballo; pero consiguió un macho, y ahí nos tienen todos a caballo.

El Diputado se previno, para caminar, de un huacal de pan, café, azúcar, carne cecina, vino, etcétera, para él, su sirviente y dos mozos. Don Lucas solo llevaba una botella de vino, y Antolín y yo nada. Pero como Tijera, cuando bebía su vino hacía gestos, hacía que quería voltear el estómago, y nos decía:

—Ah, qué medicina tan endemoniada —por no convidarnos, (porque no ha de haber habido en el mundo un hombre tan miserable como él).

En el principio se lo creíamos; pero en una oportunidad que hubo, probé de su botella, y dije a los compañeros:

—Qué medicina ni talega: esto es vino y muy bueno que está.

Tenté las cantinas y les dije:

—Aquí lleva más.

—Pues ahora —dijo don Higinio—, comerá… No le hemos de convidar de nada supuesto que él es tan mezquino.

A Antolín y a mí sí nos daban a todas horas; pero para comer en el camino eran los veinte pesos que les entregué con las cartas.

Don Lucas observaría que no se le quiso dar nada de comer; pero aguantó ese día que llegamos a Amatepec. El siguiente a Tlatlaya, de paso para la Mina, que distaba una legua de dicho Pueblo, llevaba ya de Sultepec un minero de nombre Guadalupe Ordóñez, y éste, un hijo Remigio, y otros individuos, con objeto de trabajar. Probó el minero su gente: barreteros, dos paradas de día y dos de noche, desaguadores etcétera.

A la hora que fue de almorzar; le dice don Lucas al minero:

—¿Qué aguarda usted que no manda a estos a trabajar?

—Señor, tengo costumbre de dejarles para almorzar y que reposen una hora.

—Qué hora ni que… Más de dos llevan ya, y si me vuelve usted a responder con tanta altanería, lo agarro del braguero y lo aviento a esta barranca.

El pobre viejo se espantó y ya no habló una palabra. Yo dije en mi interior: “Qué malo le veo el ojo muerto a la vieja”, en fin: Dios dirá.

Luego que se arreglaron los trabajos, recibió Antolín la posesión de la mina; y el Diputado con los que lo acompañaban se dirigió a Tlatlaya, para que al otro día salieran para Sultepec.

Antolín dijo a Tijera:

—Le traigo a usted un azoguero que ha servido a don Roque Díaz, y azoguero ha sido toda su vida. Ese es su oficio.

—¿Y qué prueba es esa? —respondió—. También un burro toda su vida cargó castañas de vino, y jamás supo a qué sabía, pues nunca lo probó.

—Esa es una chirigota de usted —dijo Antolín— y estamos tratando en cosa seria.

—Vamos. ¿Cuánto ha de ganar?

—Cinco pesos semanarios.

—Por ahora es mucho dinero ése —respondió Tijera.

—Pues se volverá conmigo; pero con él se sabrían las leyes de los metales y se sabría la piedra que debe tirarse. —Esto respondió Antolín.

—Pues que se quede —dijo el otro.

Se bajaron los dos [don Lucas de la Tijera y el Diputado] ese día al Pueblo de Santa Ana, pues allí le pareció vivir mejor que en Tlatlaya. Al otro día subieron a la mina, y [Guadalupe Ordóñez] el minero procuró que saliera algún metal; y me dijo Antolín, delante de Tijera:

—Escójame usted unas piedritas de las mas vistosas, que quiero llevar a Zacualpan. —Y responde Tijera, encolerizado.

—¡No hay piedritas! Estaba yo fresco con gastar mi dinero para que usted se lleve el metal.

Antolín dijo:

—Era por solo curiosidad, no por llevar.

—Pues no, señor.

—Pues arreglados.

Al despedirnos Antolín y yo, le dije.

—Qué mal olor observan mis narices en la mina La Trinidad. Yo no aguanto acá mucho.

—Téngale usted paciencia a este cachupín, como yo se la he tenido. Que trabaje la mina, que gaste su dinero, si hay algo en ella después veremos. También a mí me tiene como una ascua, y si hay algo en ella, a usted lo he de tener presente.

Todos los días subía [de la Tijera] a visitar la mina, y antes de llegar comenzaba con un sermón. Un día, como a cincuenta varas antes de llegar, dijo muy recio:

—Esta oreja apuesto contra medio real a que todos ustedes se han echado a dormir, y el metal se lo han robado, porque desde aquí veo que ese no es todo el que debe haber salido en la noche.

El minero [Guadalupe Ordóñez] se disculpó como pudo. Yo tenía ya de amigo a uno de los que trajo Ordóñez y se ocupaba de pepenar; a quien supliqué que cuando llegara el amo y preguntara por mí, le dijera que no oía yo los golpes de los barreteros y que había dicho, que me iba con ellos porque si no, no hacían nada.

Como en efecto, [de la Tijera] preguntó por mí, el minero dijo no sabía dónde estaba; pero Moratilla cumplió con mi encargo y quedé por las nubes, es decir, muy alto. Pero yo me fui con los barreteros por evitarme de preguntas y respuestas.

Así, lo seguí haciendo; pero llegó la vez que cuando quise evadir el cuerpo ya no fue tiempo, pues don Lucas llegó más temprano que de costumbre. Entonces le recibí el caballo, le saludé con mucha atención, deseándole muy buena Salud; diciéndole que aunque salía poco metal que era muy bueno, que la mina era cata, que le faltaba rango y que entonces se encontraría bastante metal; que ¿cómo en una veta, nomás aquel clavo había de haber?: y me dice él:

Con ese ardid seguí evitando encuentros con don Lucas, pero en una ocasión me quedé sin oportunidad de hacerlo: don Lucas llegó más temprano que de costumbre. Entonces le recibí el caballo, le saludé con mucha atención, deseándole muy buena salud. Le informé que aunque salía poco metal, era muy bueno, que la mina era de prueba, de muestra, para reconocer la proporción de plata que probablemente se extraería, que faltaba profundizarla y explorar; que entonces se encontraría bastante metal. No era posible que únicamente se hubiera hallado aquel trozo cilíndrico de plata de gran pureza. Y me dice él:

—Aunque es poco el que ha salido esta semana, estoy contento, porque mire usted: con cuatro paradas habrán salido carga y media de quince marcos. Son veintidós y medio, y a ocho pesos nomás, son 187 pesos. La raya importará los 87. Desde la semana entrante, voy a dar orden al minero, que pueble ocho paradas, por consiguiente saldrá doble cantidad de metal y doble será la utilidad.

—Aunque es poco el metal que ha salido esta semana, estoy contento, porque mire usted: con cuatro puntos de extracción habrán salido carga y media de quince marcos. Son veintidós y medio [marcos], y a ocho pesos nomás, son 187 pesos. Calculo que el monto de lo que habrá que pagar a los trabajadores importará los 87 pesos a la semana, así que desde la semana entrante ordenaré al minero que coloque gente en ocho puntos de extracción, por consiguiente saldrá doble cantidad de metal y doble será la utilidad.

“Todo eso sucederá (dije en mi interior) como yo lloro por ella”.

“Todo eso sucederá —me dije, incrédulo— como las lágrimas que derramaré por esa utilidad”.

Ahora me ocuparé [de contar] cómo me fue con el minero, su hijo Remigio y Moratilla, el pepenador y amigo mío: Comenzaré con que el viejo [don Lucas de la Tijera] era déspota, decidor y muy amigo de contradecir.

Un domingo me quedé solo en la mina. Les encargué me llevaran de Tlatlaya cecina, queso, chiles, etcétera, pues tortillas había quedado una ranchera de tres o cuatro casas que por allí había, a llevármelas a todas horas de comer. Pero cuando llegaron mis compañeros, me dijo el viejo:

—No le traemos aparte nada; comeremos juntos todo él, pero con [lo] que usted encargó lo gastamos.

—Qué menos puede usted hacer de gasto —yo dije—. Amen. Pero mi[s] encargos no pasaban de cinco reales. Nuestro presidente ordenó que a cada uno de los tres nos tocaba una semana de cocineros: el quedaba ===.

—No podía usted haber gastado menos —dije—. Amén. El costo de lo que yo había encargado no pasaba de cinco reales. Nuestro presidente [probablemente se refiere a Guadalupe Ordóñez, el minero que dirigía el trabajo colectivo] ordenó que a cada uno de los tres nos tocaría una semana desempeñar el trabajo de cocineros; faltaba que a él le tocara, [luego, se las debía arreglar con los víveres que había comprado].

Continuara…

Ricardo Castañeda Guzmán y Rafael Rodríguez Castañeda,

Con la colaboración de Miguel Fernando Rodríguez Castañeda


[1]. Fuente: https://familysearch.org

[2]. Pueblo del estado de México entre Zacualpan e Ixtapan de la Sal, a 153 Km de la Ciudad de México. ‘Tonatiuhco’ en Náhuatl significa lugar del sol.

https://en.wikipedia.org/wiki/Tonatico Se puede escoger la lectura en español.

[3]. Juan escribió literalmente “y en un día de la semana antes del primer domingo de enero, salimos con dirección a Tonatico…”, pero más adelante informa que “Muy raros fueron los que vinieron … del Valle de Toluca porque creyeron que la feria sería al siguiente domingo, porque el sábado 28 de febrero cayó en ese domingo, que creían era la feria”. Probablemente se equivocó al citar la primera fecha. No es creíble que un viaje tan corto a un pueblo cercano, y portando mercancía perecedera, hayan durado dos meses.

[4]. Juego que consiste en sacudir un trasto con tres medios reales y al hacerlos caer sobre la mesa, ver si el lado visible de las monedas son dos águilas y un resplandor, o viceversa.

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Medio_real_de_Guanajuato_de_1856_(anverso_y_reverso).JPG

[5]. Barril de 516 litros

[6]. 11.5 Kg @ arroba española.

[7]. 230 g marco de Castilla. Durante esa época el marco era diferente en otros países europeos.

[8]. La antigua Casa del Apartado, antecesora de la Casa de Moneda, funcionó desde el Siglo XVII. Se construyó para realizar el “apartado”, un proceso industrial mediante el cual se separaba el oro que venía asociado a la plata extraída de las minas novohispanas.

Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte V

Continuación.

“…que ni a Manuel ni a su padre Juan fueran molestados, que habían prestado servicios de consideración a la causa que defendían ellos…”

Juan a la edad de 54 años, 1870

1859 fue significativo en la vida de Juan Castañeda. Fue el año en que nació el primer hijo de su segundo matrimonio y en que vivió la aventura que lo llevó a participar, así fuera indirectamente, en la Guerra de Reforma después que Marcelo Popoca, su tío, erróneamente le informara que su hijo Manuel había fallecido en Temascaltepec.

Para saber más sobre Marcelo Popoca busqué datos extra sobre él en las actas eclesiásticas y los registros civiles de Zacualpan, pero sin éxito. En ambas entidades hay libros de registros faltantes.

La familia Popoca Sáez fue muy extensa. Tuvo varios hijos, de los cuales la mayoría falleció a temprana edad. Entre los que sobrevivieron estuvo Marcelo. José Manuel Popoca y María Ignacia Josefa Sáez fueron abuelos maternos de Juan Castañeda, quien tuvo una relación cercana con su tío Marcelo.

Deduzco que Marcelo era mayor que Juan, a quien seguramente Marcelo contaba cuentos e historias si Juan estaba en casa de sus abuelos o cuando Marcelo visitaba a su hermana María Antonia Josefa Popoca, madre de Juan. Supongo también que entre ellos hubo un trato frecuente a lo largo de su vida. Cuando ambos fueron adultos, coincidían en la plaza de Zacualpan. Sabemos que instalaban sus puestos uno al lado del otro.

En muchos casos, cuando niños, escuchamos historias que nos impresionan y en lugar de “entrar por un oído y salir por el otro”, se atoran en nuestra memoria para siempre. Considero que esto ocurrió con uno de los relatos que Marcelo contó a Juan, quien al final de su manuscrito, escribe tres párrafos con el sabor de los recuerdos de un tío a quien conoció durante su vida y admiró entre las buenas y las malas.

Lo que Juan describe se refiere a la participación de su tío Marcelo en un episodio de la lucha de Pedro Ascencio Alquisiras (1778-1821), guerrillero de sangre indígena pura[1]. Aunque lo más probable es que mezcle dos momentos diferentes de la larga lucha por la Independencia. Uno, donde intervino Filisola, ocurrido hacia 1812, y el segundo, donde el protagonista fue Ascencio, hacia 1820.

La narración de Juan comienza con una frase que probablemente dijo el comandante Vicente Filisola[2] a Marcelo Popoca. Las palabras anteriores que debieron explicarnos esto no existen porque el pliego original del manuscrito subsiste roto. Se perdió la parte superior de la hoja que contiene esta historia, de tal forma que faltan las dos primeras líneas del texto:

—Quedarás agregado a mi fuerza.

A los dos ó tres días se supo en Coatepec que en la Goleta, había sido derrotada la fuerza del Gobierno nombrada regimiento de Santo Domingo; y con tal noticia el comandante Filisola emprendió su marcha para el sur con su tropa, y con ella, mi tío Marcelo de clarín; que llegaron a un punto al pie de la Goleta en donde encontraron una numerosa y horrorosa osamenta de cadáveres humanos, como de caballo de los primeros.

Había muchos [cadáveres] enteros porque las aves carnívoras no daban basto a comerlos; pues supieron por algunos de los que escaparon que de los quinientos que eran, solo trece habían salido de los que iban en lo último, a retaguardia; y por algunos de estos supieron que don Pedro Ascencio los fue llamando, hasta llevarlos a una cuesta o barranco para subir al plan o cima de la Goleta.

Y habiendo la fuerza del Gobierno tomado el camino, que era un callejón cerrado, y barranca por encima y por abajo, Ascencio con treinta indios comenzó a rodarles piedras. Como el camino estaba cerrado, comenzaban a matar desde los primeros hasta los últimos. Que en esa acción se hizo don Pedro de muchas armas, y qué a él le mataron dos hombres, que esto se supo porque encontraron dos sepulturas en donde estaban las piedras que echaron a rodar: y que ellos no corrieron la suerte que los de Santo Domingo porque a los insurgentes les llamaron la atención por otra entrada que entonces la Goleta tenía, pues entonces solo por las entradas se subía a ese punto, y que estando ya encima las dos fuerzas del Gobierno no vieron ya a nadie, pues dizque ese cerro tiene encima grandes planes montuosos y muchas barrancas.

La amplia ayuda que hemos recibido de la familia Castañeda, así como de amigos y conocidos, para recopilar información genealógica la hemos integrado mi primo Rafael Rodríguez Castañeda y yo, quienes hemos buscado, además, la mayor información histórica posible para poner en contexto el devenir de nuestra rama familiar Castañeda.

Hace dos años Rafael me envió la copia digitalizada de un testamento escrito en mayo de 1870. El testamento, dictado por Marcelo Popoca, consideró entre sus legatarios a Juan Castañeda, y es precisamente en la etapa de que se ocupa este capítulo cuando resulta propio y oportuno mencionarlo. Aunque Juan no habla de esto en su manuscrito, nos ilustra sobre la trama familiar en que ambos se desenvolvieron.

Quise saber más sobre este documento y pregunté a Rafael los detalles pertinentes. Como en muchos casos, más que responder, Rafael hizo una presentación completa y transcribió el testamento que ahora conserva. Presento el texto resultante, que hace referencia a Juan Castañeda:

Marcelo Popoca Sáez no sabía escribir. No obstante, cuando sintió próxima su muerte, dispuso la repartición de su patrimonio en un pliego testamentario elaborado con elegancia y esmero profesionales por don Hipólito Patiño, quien firmó al calce de este documento “por sí y por el testador”. Otras seis personas también lo firmaron como testigos.

¿Cómo y en manos de quién fue posible que se conservara durante tanto tiempo? No lo sabemos, pero podemos suponerlo: la primera persona en tenerlo fue Sotera Popoca Soria, única hija superviviente de Marcelo, la albacea, quien recibió la mayor parte de la herencia.

De Sotera Popoca, el pliego pasó como mero recuerdo a manos de su hija, Margarita Porcayo Popoca (1859-193#), nieta de Marcelo. Fue Margarita quien lo llevó consigo entre su menaje de Zacualpan, Edo. De México a Pachuca, Hidalgo y durante varias mudanzas, hasta que lo depositó con otros documentos en un ropero, en la casa que adquirió para ella su hijo Austreberto, y que fue su última morada. Cuando murió, sus pertenencias las conservó Rosario Castañeda Porcayo, Rosita (1891-1975), su hija.

Tocó a Miguel Rodríguez Castañeda revisar el legado documental de su tía Rosita. Entre cartas, fotografías y otros recuerdos, en un sobre común encontró el testamento que dictó su retatarabuelo más de cien años atrás. Con enorme generosidad, Miguel entregó el testamento a Rafael, su hermano.

Descripción del documento.  La subsistencia de este documento, 145 años después de la fecha en que fue escrito, es un portento. Se trata de un frágil pliego de 44 por 32.5 cm de un papel parecido al que hoy llamamos de China, doblado por la mitad, de manera que resultaran cuatro caras, de las cuales el redactor o amanuense utilizó tres. El texto fue manuscrito a tinta. Las páginas 1 y 2 ocupan el anverso y reverso de la primera mitad, y la página 3 una cara del otro medio pliego.

Notas sobre esta transcripción.  El siguiente texto respeta puntualmente la grafía del manuscrito original: carencia de puntuación, acentos en desuso sobre palabras monosílabas, así como faltas ortográficas.

Los números fuera del margen no aparecen en el original; indican el contenido de cada una de las tres caras escritas en el pliego.

RRC

Gracias al envío del Testamento de Marcelo Popoca Sáez digitalizado por Rafael Rodríguez Castañeda, lo adjunto forma PDF  y Words.

Testamento Marcelo Popoca Sáez PDF

Testamento Marcelo Popoca Sáez Words

Testamento

1. En el nombre de Dios todopoderoso, uno en esencia y trino en personas. Yo Marcelo Popoca natural y vecino de este Mineral hijo legítimo de Don José Manuel Popoca y de María Ignacia Josefa Saez difuntos, naturales de Coatepec Harinas, hallandome enfermo en cama de la enfermedad que Dios nuestro Señor se ha servido enviarme, pero en mi entero juicio y cabal memoria; creyendo, como firmemente creo, todos los misterios de nuestra santa fé católica, en cuya fé y creencia quiero y protesto vivir y morir, y esperando en que la Divina misericordia me perdonará mis culpas y pecados por la intersesión de María Santísima Nuestra Señora, á cuyo patrocinio me acojo, para que con el Santo Angel de mi guarda, santo de mi nombre y demas santos de mi devoción me amparen y favorescan en el trance de mi muerte; hago, otorgo y ordeno este mi testamento en la forma siguiente:

Primeramente encomiendo mi alma a Dios, que la crió de la nada y mi cuerpo á la tierra de que fue formado.

Que su entierro se verifique sin pompa alguna.

Que fue casado de primeras nupcias con María Soria natural de este Mineral y ya difunta, que ningún capital poseían ambos al tiempo de su enlace.

Que en nuestro matrimonio tubimos nueve hijos en el orden siguiente: Rafael, María, Víctor, Francisca, Cresencio, Epigmenia, Secundina, Zeferina, Juan ya difuntos y Sotera

Que Don Sabino Hernandez de Pilcalla me es deudor de siete pesos y medio

2. saldo de la cera labrada que le dí quedando ya pagado de dos pesos que yo le debía á dicho Sr. de una poca de azúcar y las demas personas que constan en la adjunta lista y que forman un total de treinta y seis pesos veinticinco cent: advirtiendo que de los doce pesos que adeuda Hilario Hernandez se deben dar seis en el orden siguiente: tres a Pedro Reynoso y tres a Juan Castañeda. Que sus intereces consisten en la casa de su habitacion que posee sin gravamen alguno, en un caballo colorado ensillado y enfrenado, de cuyos objetos deja las constancias necesarias a su albacea.

Que de todo lo que forman mis intereses ya dichos declaro por mi única heredera á mi hija Sotera Popoca.

Que nombro por testamentaria, albacea y ejecutora de mi testamento á mi referida hija Sotera e insólidum le doy la de mi poder cumplido, cuanto en derecho se requiere para que pueda entrar y entre en todos mis bienes y los venda y remate en pública almoneda ó fuera de ella segun le paresca conveniente, para que cumpla mis disposiciones dentro del término legal ó el mas tiempo que necesite, pues al efecto se los prorrogo y le doy facultad para que pueda sustituir sus oficios y subrogar otros en su lugar que lo lleven á debida ejecución, a los cuales doy por nombrados, y les concedo la misma facultad y potestad que á la espresada.

Y por el presente, revoco y anulo cualquiera protestamento o testamentos, codicilo o codicilos que

3. yo haya hecho y otorgado, para que no valgan ni tengan efecto alguno en juicio ó fuera de él, ahora ni en tiempo alguno que paresca y sea mostrado, aunque tenga clausulas derogatorias, y palabras particulares de que haya que hacer especial mension, de las que al presente no me acuerdo y doy por espresadas literalmente; y quiero y mando que el presente se cumpla y ejecute como mi última y deliberada voluntad, en la forma y modo que mejor lugar haya en derecho. Así lo otorgo firmando por mí por no saberlo hacer uno de los testigos presentes.

Zacualpan, Mayo 6 de 1870

Por sí y por el testador

Hipólito Patiño Mariano Chimalpopoca

José D Uribe Antonino Sotelo

Miguel Ocampo Jesús Ocampo

Melesio Ocampo

Juan a los 57 años de edad

Aparte de sus maneras de ser, las cuales todas fueron positivas, Juan fue una persona de alta inteligencia. Esta capacidad se demuestra párrafo por párrafo a través de su manuscrito en como deshebra la vida positivamente, siempre sin sentirse víctima.

Saber que uno mantiene un alto nivel de inteligencia causa orgullo personal. Este sentimiento es evidente cuando Juan nos relata los siguientes episodios que ocurrieron durante la época que su hijo Gonzalo empieza sus estudios.

Antes de hablar de Gonzalo, Juan nos narra cómo él mismo fue ganador de un premio de doce pesos que le brindaron sus conocimientos de aritmética, seguramente cuando era niño o adolescente.

Los signos de añadir y substraer fueron introducidos por el alemán Johann Widman en el siglo XV. Según Juan, aun no se los habían enseñado para el siglo XIX cuando un comisionado del Honorable Ayuntamiento de Zacualpan puso Juan a sumar, restar, multiplicar y partir (dividir). El resultante de esta prueba o concurso fue el premio de doce pesos.

Juan no menciona el año en que incrementó sus posesiones con tal cantidad, pero si suponemos que fue durante su adolescencia, entonces el hecho debió ocurrir alrededor de 1830. En sí misma, la cantidad de doce pesos habrá sido una buena suma.

En otro caso, cuando Juan era niño, tuvo un compañero de escuela llamado Francisco Ramírez con quien seguramente lo mismo jugaba que se peleaba.

Aunque Juan ganaba las peleas, no le gustaban tales enfrentamientos porque su padre lo castigaba por ser pendenciero, sin que importara si había ganado o perdido un pleito.

Un viernes en que convivían en buenos términos, decidieron irse de pinta (absentismo escolar) para no tener que dar cuenta por oraciones y la doctrina de Ripalda[3]. Nunca sabían los artículos de la fe, “las bienaventuranzas ni la doctrina”; el maestro los amolaba y le tenían miedo.

Para no ser detectados, se metieron a un bosque donde se encontraron con una grande culebra. Pensando que era castigo del Dios por haberse servido una libertad no autorizada, volvieron inmediatamente a la escuela. Al regresar, el maestro ya enojado porque nadie sabia la lección y ellos tampoco, los azotó como a bestias de carga.

Al final de ese relato, Juan afirma algo que permanece vigente hasta este día con mucha verdad.

Casi en todas las escuelas me pasaba lo mismo porque no sabían los maestros enseñar ni los discípulos aprender”.

“[Gonzalo] era muy travieso y llorón”. Tal es la primera aseveración de Juan sobre su hijo Gonzalo, quien llegaría a ser un gran médico en la historia de México.

Corría 1873. Gonzalo tenía cinco años. Era, por tanto, muy chico para la escuela, pero con tal de que no los molestara en casa, Juan decidió mandarlo al colegio con Bernardino, su hermano mayor, quien para este tiempo tenía catorce años de edad.

Juan y Gabina solamente tuvieron dos o tres días de descanso, porque el preceptor Miguel Ocampo lo regresó con un recado: con sus travesuras, Gonzalo le quitaba el tiempo y debido a su tierna edad no se le podía dar castigo corporal.

Pasó el tiempo y llegó el momento en que fue enviado a la escuela. Gabina avisó a Juan que Gonzalo no quería ir.

Con lágrimas en los ojos de Gonzalo, Juan lo tomó de un brazo:

—¡Marche para la escuela!

Juan lo llevaba, Gonzalo se escapaba y Juan lo regresaba. Después de ofrecerle un tlaco y otros estímulos, Gonzalo perdió el miedo y atendió a sus clases.

El mundo de la educación se abrió y Gonzalo corrió con ella tan aceleradamente que su maestro lo nombró su caballo de batalla porque le ayudaba a enseñar. Era también el niño a quien comisionaba para tomar la palabra en nombre de los alumnos para saludar a las autoridades políticas y educativas que visitaban la escuela.

Una vez en un discurso que pronunció Gonzalo, dijo al gobernador: “Ojala, señor, que usted tuviera a bien darme un lugar en el Instituto Literario”. Pero como en muchos casos, palabras caen en oídos que nunca oyen.

El gobernador habrá tenido audiencia selectiva, pero Gonzalo no consideró ese detalle de manera que siguió adelante, calificando bien en sus exámenes, los cuales le generaban carpetas con moños y monedas de plata.

Un día Juan y Gabina recibieron la sorpresa de una visita del alcalde, don Jesús Lechuga, y de un regidor. Juan se preguntó, a qué se debía tal visita.

En representación del Ayuntamiento, los visitantes expresaron con agrado la razón de su visita. Iban a felicitarlos por el adelanto de Gonzalo en la escuela, así como la expectativa de quienes lo examinaron de que en el futuro siguiera aplicándose con el mismo entusiasmo.

Juan se sobrepuso a la emoción que le anudó la garganta y les dio las gracias por el honor que les hacían a Gabina y a él.

“Dios quisiera que mi joven siguiera con el empeño que hasta entonces tenía —reflexionó Juan—, y que acaso llegaría el día que fuera útil no solo a sus padres, si no a su patria, y por fin, a la sociedad”. La realidad es que sus fervientes deseos se realizaron: Gonzalo llegó a ser una eminencia en la Medicina, satisfizo a sus padres, honró a su patria y benefició a la sociedad.

Don Mariano Sotelo no sólo era preceptor de la escuela municipal; también promovía la participación de los alumnos en actividades teatrales. Representaban comedias y sainetes, y Gonzalo era el actor preferido para los papeles principales. De estas pequeñas obras de teatro escolares, Juan menciona dos.

En una de sus actuaciones, asignaron a Gonzalo el papel de un amante que gritaba con enfado el nombre de su novia, y ella el de él. Juan abandonó la representación porque consideró inmoral el sainete, impropio para un niño de nueve años de edad. Este episodio debió ocurrir en 1877.

En otra ocasión en que Gonzalo debía actuar, todo su vestuario estaba listo, menos los zapatos, porque el zapatero no cumplió.

La víspera de la representación, en medio de su angustia y su llanto, Gonzalo pidió a Juan que fuera a casa de su compadre don Zenón porque sabía que Lolita, la hija de Zenón, tenía dos pares de zapatos, uno de los cuales le venían bien.

En casa del compadre Juan sólo encontró a Lolita, se entendió con ella y el asunto quedó arreglado.

Quienes presenciaron aquel número aplaudieron la actuación de Gonzalo, particularmente su habilidad para bailar, de tal manera que cuando Gabina, Bernardino y Gonzalo iban a un baile, los asistentes le pedían a Gonzalo que bailara el jarabe, pues lo hacia muy bien, especialmente con Lolita Suárez.

Sin cesar, Gonzalo buscaba la forma de continuar sus estudios. A pesar de las estrecheces de la familia, esa inquietud se la planteaba a su padre, a quien le revelaba sus deseos mediante interrogatorios cuya intención Juan entendía claramente. Las siguientes preguntas, según mis cálculos, procedían por lo menos de un muchacho de catorce años de edad. Juan tenía entonces sesenta y seis. El año era 1882.

—¿Cuánto es lo que se paga en un colegio porque entre uno a estudiar?, ¿qué pasos se dan para entrar en un colegio? ¿Cuánto se pagará en un navío por ir a Francia o a España o a otra parte que vaya uno en un navío?

Juan respondió:

—En los colegios que paga el Gobierno no se paga nada y se enseña; pero estos necesitan de tener proporción para poder sus padres subsistir en México, y si sus padres viven fuera, necesitan tener para mantenerlos y vestirlos.

Juan agregó, considerando su pobreza:

—Que casi nunca es el que remiten el de más aplicación e inteligencia tiene, sino el hijo del Alcalde, del más rico o del de más influencia, aunque éste, por quien dan su voto, sea un burro. [Así proceden], menospreciando al pobre aunque, sea más adelantado e inteligente que los demás.

Juan ignoraba el costo de un pasaje a España, Francia e Inglaterra, pero explicó a su hijo que la situación económica del pasajero dictaba su comodidad durante el viaje y que el pobre comía los desperdicios que el rico dejaba.

Las ambiciones de Gonzalo por avanzar escolarmente eran grandes y a Juan lo mortificaban. Carecía de los medios. Lo único que si podía hacer, era pedirle a su Dios.

Con grandes esfuerzos y con la ayuda de familiares, Gonzalo llegó a Cuernavaca para avanzar en sus estudios en plena adolescencia. Hubo un momento en que allí se reunieron Juan y dos de sus hijos, Bernardino y Gonzalo. Ese momento quedó capturado en la siguiente fotografía, que conocemos gracias a la gentileza de Claudia Infante Castañeda, nieta del Dr. Gonzalo Castañeda.

De izq. a der., Bernardino Castañeda Escobar, Juan Francisco Castañeda Popoca y Gonzalo Castañeda Escobar. Foto gracias a la generosidad de Claudia Infante Castañeda, nieta del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Más de medio siglo después, el 28 de enero de 1941, el doctor Gonzalo Castañeda explicó en una carta dirigida al Sr. Rodolfo González Hurtado algunos detalles acerca de su niñez.

Continuara…

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1]. http://guerrero.gob.mx/articulos/alquisiras-pedro-ascencio/

[2]. Vicente Filisola. (Riveli, Nápoles, 1785-México, 1850) Militar mexicano de origen napolitano. Luchó en el ejército realista contra los insurgentes. Es probable que el episodio que narra Juan Castañeda haya ocurrido hacia septiembre de 1812 en las inmediaciones de Sultepec, Amatepec, Tejupilco, Temascaltepec e Ixtapan de la Sal. V. Gaceta del gobierno de México, Volumen 4. Ed. Imp. de Arizpe. Original de la Universidad Complutense de Madrid digitalizado en enero de 2009. (Gaceta del Gobierno de México del sábado 31 de octubre de 1812. Tomo iii. Núm. 309. pp 1143 y ss.)

https://books.google.com.mx/books?id=7W4OOxaCV5gC&pg=PA1147&lpg=PA1147&dq=comandante+filisola&source=bl&ots=SL8prHlK5P&sig=8ERuKnS-Mt1yiIW35wr5y7ympIw&hl=es&sa=X&ei=6kZuVdO8L8-OyATKoYKQCQ&ved=0CCgQ6AEwAg#v=onepage&q=comandante%20filisola&f=false

[3]. Jerónimo Martínez de Ripalda (Teruel, 1536 – Toledo, 1618) Jesuita español, autor de un famoso Catecismo (1618). Provista con las novedades del Concilio de Trento, la obra de Ripalda pasó a Hispanoamérica. Se tradujo a las lenguas indígenas. Del de Ripalda se hicieron traducciones cuando menos en náhuatl, otomí, tarasco, zapoteco y maya. (Fuente: Wikipedia).

Don Juan Francisco Castañeda Popoca, (1816-1898) Parte IV

Continúa.

Juan Castañeda quedó viudo a los 39 años…

Nota del autor:

Durante la elaboración de esta serie de artículos, una y otra vez me he referido al manuscrito de Juan Castañeda, fuente esencial para documentar su vida y escribir este ensayo biográfico. Debo aclarar que por un escrúpulo personal, salvo la cita de frases indispensables, me he abstenido de copiar literalmente el texto del manuscrito. Tanto mi investigación histórica como mi afán de difundir la biografía de don Juan están ajenas al propósito de ganar notoriedad o compensación monetaria. Mi interés fundamental ha sido conocer más sobre su vida. Para ello he buscado el contexto histórico y he intentado llenar las lagunas informativas entre los episodios que el propio manuscrito narra con fechas, nombres y acontecimientos que no solo aclaran, sino también ayudan a entender la fascinante vida de este ancestro mío, también ancestro común de cientos de descendientes. Conservo la íntima satisfacción de realizar este rescate. De no hacerlo, supongo que permanecería en las catacumbas de la oscuridad por muchos años adelante.

RCG

Una reliquia de Juan sin fecha precisa, ca. 1850-1855

En septiembre de 2011, en la ciudad de Pachuca, Hidalgo, México, los Castañeda celebramos una reunión a la que ha asistido el mayor número de familiares en la historia.

Durante este evento, Gonzalo Juan Infante Castañeda, bisnieto de don Juan Francisco presentó una reliquia de familia. El pequeño tesoro es un daguerrotipo de Juan Castañeda que se ha preservado durante más de siglo y medio en una cajita que mide aproximadamente 12 por 18 cm.

Daguerrotipo 1845-1850 probablemente en Toluca, México

Daguerrotipo de Juan Francisco Castañeda Popoca.  Foto cortesía Gonzalo Juan Infante Castañeda.

El daguerrotipo, invento precursor de la fotografía, se dio a conocer en París en enero de 1839 y rápidamente se divulgó por el mundo. En febrero de 1840 un periódico mexicano anunciaba la rifa de un ejemplar del aparato que diseñó el inventor francés Louis Jacques Daguerre.

El ejemplar que contiene la imagen del joven Juan es una placa de cobre recubierta de plata pulida. La imagen nítida y detallada, es pieza única e irrepetible. Fuera de su estuche o caja de protección es frágil. Si se tocara, se dañaría irreversiblemente. Se debe conservar bajo temperatura y humedad regulada, como los negativos de película.

Los daguerrotipos se utilizaron hasta 1860. Fueron sustituidos por placas negativas de colodión húmedo y positivos en papel de albúmina. Los superó la fotografía, invento de 1880. Se conjetura que Juan Castañeda se hizo retratar en México, Toluca o Cuernavaca entre 1850 y 1855 poco antes o después del fallecimiento de su esposa María De Jesús. Este daguerrotipo pasó a manos de su hijo Gonzalo, nacido de su segundo matrimonio, y sucesivamente, a su nieta Carmen y a Gonzalo Juan Infante Castañeda, su bisnieto.

Juan es el único familiar de quien conocemos un daguerrotipo. El siguiente enlace ilustra el proceso para obtener una sola imagen y cómo los sujetos debían permanecer inmóviles mientras la imagen era capturada. Así se obtenía una sola imagen.

http://photohistory-sussex.co.uk/dagprocess.htm

En sus memorias, Juan no mencionó la experiencia de sentarse y mantenerse quieto entre quince y treinta minutos mientras se capturaba su imagen. No obstante, esta reliquia concuerda con otras aseveraciones que sí escribió, y que lo revelan como un hombre inquieto y alerta, interesado en las novedades que surgían en la ciencia y el progreso tecnológico del siglo xix.

El avance de la fotografía no fue ajeno a muchos de nuestros ancestros, a quienes les gustaba fotografiarse. Gracias a esta afición tenemos imágenes de otros ancestros.

¿Cuántos pesos mexicanos le habrá costado a Juan obtener ese retrato entonces? En 1842 un daguerrotipo costaba entre $ 2.50 y $ 4.00 dólares, según el lugar de los Estados Unidos donde uno estuviera. Ese rango de precios equivalía a $ 82.00 y a $ 200.00 dólares de hoy.

Juan a los cuarenta años

Después de haber permanecido viudo catorce meses, nuestro autobiógrafo contrajo matrimonio casi un mes antes de cumplir los cuarenta y un años, el 26 de diciembre 1856. Su segundo matrimonio fue con María Gabina De Jesús Escobar Mojica.

En el acta de matrimonio, el Cura Juan Francisco Domínguez subscribe que después de haber practicado todas las diligencias, estar satisfecho según las testaciones y no haber algún impedimento, casó y veló a Juan Castañeda y María De Jesús Gabina Escobar.

Gabina, doncella de veintidós años de edad, originaria de la Gavia Chica, era hija legítima de Manuel Escobar, difunto, y de Margarita De Jesús Mojica, originaria también de la Gavia Chica.

Hasta la fecha no hemos encontrado el acta de nacimiento de Gabina.

Los padrinos fueron don Ignacio Ocampo González —cura escribe Gonsales—y su esposa, doña María De La Luz Figueroa, ciudadanos de Tetipac.

El acta matrimonial de los contrayentes no dice mucho más que los nombres de los testigos, quienes fueron Guadalupe Zamino de veintiséis años y Alvino Salinas de veintinueve.

27 diciembre 1856 Acta matrimonial Juan Francisco Castañeda Popoca con María Gabina De Jesús Escobar Mojica. Cortesía https://familysearch.org

 

Se sabía que Gabina sobrevivió a Juan, pero no por cuantos años. Mi búsqueda por varios registros fructificó con el hallazgo de su acta de defunción. Gracias a las fichas digitalizadas por familysearch.org entre los registros civiles de Zacualpan asentados entre los años 1900-1903 llegué a saber que Gabina permaneció viuda hasta el 2 de octubre 1902, cuando falleció de litiasis renal y complicación uremia.

Juan y Gabina tuvieron tres hijos; dos barones y una mujer. Sus nombres, fechas e información general son:

Feliz Bernardino. Bautizado por el cura Agustín Gómez en la Parroquia de la Purísima Concepción de Zacualpan el martes 20 de mayo 1859 a los tres días de nacido. Hijo legítimo de Juan Castañeda y María Gabina De Jesús Escobar. Los padrinos fueron don Guadalupe Sámano y doña María Figueroa, vecinos de la Hacienda Nájera.

Como su padre, Bernardino fue azoguero. También fue comerciante de materiales de minería, actividades que lo llevaron al Estado de Hidalgo. Estuvo en el Real Del Monte, en Omitlán y en el Mineral de El Chico. Tuvo numerosa descendencia. Su acta de fallecimiento aún no se encuentra.

Julián Gonzalo de Jesús: Fue registrado civilmente en Temascaltepec, Edo. de México por el juez Bernardino Rodríguez, el viernes 10 de Enero 1868 a un día de haber nacido. Hijo legítimo de Juan Castañeda y Gabina Escobar. Los testigos fueron los ciudadanos Julio De Noria y Juan Escobar. Su nombre eclesiástico nos dice que seguramente fue bautizado, pero existe la posibilidad de que su acta de bautizo se haya convertido en cenizas durante los incendios de parroquias que fueron causados por tropas zapatistas durante la Revolución.

La historia nos dice que un día Gonzalo le pidió a su padre Juan que le contara sobre su vida. Juan le contestó “Voy a hacer algo mejor: te la voy a escribir”. Así fue como nació el manuscrito de Juan Castañeda.

En el primer párrafo, de la página 23 del prólogo al libro Manuscrito de don Juan Castañeda/Diccionario Castañeda 2013, Claudia Infante Castañeda —poseedora de este manuscrito— y su madre, Carmen Castañeda Olea, escriben:

“El manuscrito y la cadena de circunstancias que permite retenerlo hoy en nuestras manos transmiten la emoción con que mi abuelo pidió a su padre que le hablara de su infancia y su pueblo, así como la energía de don Juan Castañeda al escribirlo y el celo extremo que mi abuelo y mi madre pusieron en cuidarlo. Naturalmente el significado personal que tenga para cada uno de los que pertenecemos a la familia Castañeda constituye un capitulo adicional en nuestras vidas que cada uno guardará en su corazón”.

Gonzalo casó sucesivamente con las hermanas Teresa, Carmen y María Luisa Olea. Los tres hijos que tuvo con su primera esposa fallecieron a temprana edad. En cambio, Carmen Castañeda Olea, hija de su segunda esposa, fue la más longeva (1914—2012). Tuvo otros descendientes fuera sus matrimonios.

Después de una ilustre carrera como médico cirujano y maestro de Medicina en la UNAM, memorable hasta este día en la Republica Mexicana y en el mundo, el doctor Gonzalo Castañeda Escobar falleció en la Ciudad de México el 14 de enero 1947, cinco días después de cumplir setenta y nueve años.

Dionisia Pilar Maximiliana: Es bautizada por el presbítero José Ma. Arellano en la Parroquia de Zacualpan el sábado 12 de Octubre 1872, a los cuatro días de nacida. Hija legítima de Juan Castañeda y Gabina Escobar. Los padrinos fueron Antonio Sotelo y Nemesia López.

Dionisia, la menor de sus hijas, nació cuando Juan tenía cincuenta y seis años de edad. Fue profesora de instrucción primaria. Permaneció soltera hasta el día de su muerte en Zacualpan a la edad de treinta y cinco años, el 2 de septiembre 1907. Falleció de neumonía. Como a otros de sus hijos, Juan no la menciona en su manuscrito.

Algo que tal vez nunca llegaré a saber es si Dionisia Pilar Maximiliana y Gabina, su madre, vivieron juntas hasta que Gabina falleció. Otra hipótesis es que Maximiliana viviera a solas o con su sobrino Víctor F. Castañeda quién asentó su fallecimiento en el Registros Civil.

Familia Castañeda Escobar: Sentados iz.a der. Juan Francisco Castañeda Popoca y esposa María Gabina De Jesús Escobar Mojica. De pie iz. a der. Feliz Bernardino, Dionisia Pilar Maximiliana y Julián Gonzalo De Jesús (Dr. Gonzalo Castañeda Escobar). Todos Castañeda Escobar. Foto cortesía Elena Laura Castañeda Islas.  Imagen capturada probablemente entre 1890 y 1898.

Juan a la edad de 43 años

Juan escribió:

“El año 1859 vivía yo en Zacualpan con mi familia, y mi hijo Manuel en Temascaltepec, con su esposa y un niño como de un año. Yo comerciaba acá con mercería que iba a traer a México”.

Cuando Juan dice; con mi familia, se refiere a su nueva esposa Gabina y a los hijos menores de su primer matrimonio. Bernardino, el primer hijo de Juan y Gabina, nació en mayo de ese año. Mi hijo Manuel es José Manuel Ascensión (n. 1838) segundo hijo que tuvo con María de Jesús, su primera esposa. Y, un niño como de un año, nos dice que Manuel y su esposa Josefa Jaimes ya tenían un hijo —registro aún no encontrado— antes que Félix Andrés, quien nació el 29 de noviembre 1960. Félix Andrés habrá fallecido porque los únicos hijos de ese matrimonio que llegaron a la adultez fueron Manuel junior, n. 1867, Justiniano, n.1869, Amador, n. 1871 y Víctor, n. 1973.

En ese corto párrafo Juan dice también que era comerciante aparte de ser azoguero, porque un domingo cuando se disponía a establecer su puesto en la Plaza para vender su mercancía, Marcelo Popoca, su tío, le dijo que no la tendiera porque los pronunciados[1] de la revolución de Ayutla habían entrado a Temascaltepec.

Esta información afectó mucho a Juan porque Manuel Castañeda[2] estaba empleado como administrador de rentas en esa localidad.

Su tío Marcelo le preguntó que si tenía el valor para recibir malas noticias. Más muerto que vivo, Juan le pregunto:

—¿Y qué?, ¿Manuel ha muerto?

—Sí —respondió Marcelo, y agregó:

—Porque Amador Chimalpopoca pasó por Coatepec, y traía una carta de él para ti, un fresadero, y en Malinaltenango le quitó la carta Lagunas, el Jefe de los reaccionarios, y que a él con trabajos lo dejó pasar.

—A este correo yo no lo he visto.

—Pero eso que te digo se lo dijo a Juan Pablo, y éste me lo dijo a mí, y me dijo, que de Manuel se lo había dicho de palabra en Coatepec.

Juan se quedó como un loco y le dijo:

—Ya me voy a Temascaltepec, usted levante la varilla o déjela tirada.

Antes de dirigirse a su casa en Santiago, Juan fue a la iglesia para pedirle a Dios que todo fuera una mentira.

Al proceder con el resto de su historia, Juan hace referencia a la Revolución de Ayutla, reformada en Acapulco, pero este evento ocurrió en 1854. Si Juan nos llama la atención al año de 1859, pienso que los revueltos políticos, guerras y conflictos de los cuales el escribe pertenecen a la Guerra de Tres Años, o Guerra de Reforma que ocurrió entre 1858-1861.

http://www.si-educa.net/basico/ficha624.html

Ensilló su yegua y tomó el camino, pero una de sus hijas, María Josefa —María Josefa Bonifacia, n. 1840 quien contrajo matrimonio con Pragedis Díaz en abril 1860— lo siguió a pie, llorando.

Juan hizo todo lo posible porque ella se regresara a casa, pero fue más fuerte la determinación de la muchacha por saber de Manuel, su hermano.

—No lo dejo ir solo por mas que usted me diga o me haga.

Ya estando un poco lejos, Juan cambió de actitud, se desmontó y abrazando a su hija, juntos empezaron a llorar. Fue un momento tan emotivo que Juan jura que hasta su yegua, al voltear su cabeza hacia ellos, se compadecía también de lo que sufrían.

Manteniendo una conversación al trote de la yegua se preguntaron:

—¿Qué no te da el corazón que esto sea una falsedad?

—Mi corazón está muy triste—me respondió—; yo me conformaría, me consolaría, con que a mi hermanito (de cariño, no de edad) lo hubieran hecho prisionero, o nomás lo encontráramos herido.

Al sentir que yo también camino con ellos, llegaron a los llanos de Jaltepec donde se encontraron con gente que habían ido al tianguis de Almoloya. Juan pregunto si se podría pasar hasta Temascaltepec porque ahí tenía a un hijo con su familia, y le habían dicho que hubo guerra, y que los federales habían tomado a Temascaltepec.

Un individuo le dijo que sí hubo guerra y que había dejado heridos, pero de la toma de Temascaltepec, nada sabía.

Al seguir su viaje y llegar a Texcaltitlán otra persona más informada le dijo:

—De los pronunciados murieron siete. Heridos traen varios; y de Temascaltepec, murieron tres.

—Pues qué, ¿salieron los de allí o los otros entraron?

—Ni los de allí —me respondió— salieron ni los otros entraron, pero las balas de los de afuera, entraron por las claraboyas, y murió don Esteban Ríos, don Felipe Berrueta y el Sargento Salinas.

—¿Y no sabe usted de otro?

—No, me lo hubiera dicho un amigo que está al tanto de lo que pasó.

Con esta noticia, los corazones de Juan y su hija se alumbraron con mucha esperanza. Manuel vivía. Al llegar a Almoloya menos desesperados, decidieron comer algo pues iban en ayunas.

Ninguno de los dos tenía hambre, pero ambos aceptaron comer porque les preocupaba que el otro se alimentara.

Las horas marcharon con ellos hasta llegar a Texcaltitlán, al atardecer, donde Juan propuso que pasaran la noche. Ella le respondió:

—No padre, aunque ande yo de espaldas en la bajada en la noche y aunque llueva no nos hemos de quedar en Texcaltitlán.

—En ese caso, vamos pasando por el pueblo, ahí tengo amigos. Conseguiré un farol de vidrio, compraré velas, cerillos, ocote y tejamanil; no hay luna y en oscuras no hemos de andar exponiéndonos a una caída.

—Eso sí haremos —respondió Josefa.

Pasaron al pueblo y al entrar a la tienda de un conocido Juan pidió por un farol. Su amigo comerciante le dijo que no creía que los hubiera en el pueblo. Ni siquiera él tenía uno.

—Pues deme tanto, de cerillos (ya comercializados), velas, ocote. Y ¿me proporcionará tejamanil? Si es viejo, mejor.

Cuando Juan atendía sus pedidos, Josefa le exclamó:

—¡Padre!, Ahí pasa don Simón Díaz.

Don Simón Díaz, paisano y buen amigo de Juan, entró a la tienda donde Juan y su hija se encontraban. Después de un cordial saludo, Juan preguntó sobre su hijo Manuel. Don Simón le respondió:

—No caminen con la noche. Manuel esta sin novedad.

Entusiasmada, Josefa le preguntó a don Simón:

—¿Cómo lo sabe?

—Porque lo he visto bueno y sano, aunque no le hablé.

—¿Pues qué vestido tiene?

—Una gorra alemana, usada, un pantalón rayado, en pechos de camisa, y ésta es de indiana color de rosa.

—Esto es cierto, padre —me dijo mi hija—; pues ahora con mas razón nos pasamos, porque con esta noticia tenemos gusto y fuerzas para andar. —Y les dijo don Simón:

—La verdad, Manuel aquí está en el pueblo. Se ha venido con nosotros, es soldado.

Probablemente fue Josefa quien exclamó: —¡Bendito sea Dios y alabado!, porque al transcurrir esta conversación, Juan estaba en estado de incredibilidad preguntándose, diciéndose y contestándose; “¿Qué lo que me pasa es un sueño? ¿Qué me habré vuelto loco? ¿No estaré en mis sentidos cabales?” No. Lo que me pasó en Zacualpan en esta mañana, lo que me dijeron fue falso; lo que me dice don Simón es cierto. Me dice que aquí está”.

Josefa expresó deseos de hablar o por lo menos ver a Manuel. Al pasar un oficial cerca de ellos, don Simón le preguntó que si conocía a Manuel Castañeda y en cuál cuartel se encontraba. El oficial apuntó hacia una pieza alta que estaba frente de ellos.

Josefa, entusiasmada, inmediatamente quiso verlo, pero don Simón le dijo:

—No niña, no conviene que tú vayas al cuartel.

Sin hacer caso de lo que don Simón advertía, Josefa agarró a su padre del brazo y con violencia y propósito se dirigieron al cuartel, donde preguntaron:

—¿Está por ahí Manuel Castañeda

—Aquí estoy, ¿quién me busca?

—¡Yo y mi padre, hermanito!, —le respondió Josefa

Sólo nos queda imaginar este reencuentro porque Juan no lo describe; simplemente alude al ánimo sereno y relajado de Manuel, cuyo primer comentario fue qué tan buen rifle tenía y cómo lo limpiaba. Al igual mencionó que tenía hambre y quería comer. Como genios de una lámpara mágica su padre y hermana le consiguieron la cena.

Durante la comida, Manuel explicó como llegó a ser del partido que estaba contra las fuerzas del Gobierno de Santa Anna. Los pronunciados llegaron a Temascaltepec, armaron a los vecinos, entre ellos estaba Manuel.

A diferencia de Manuel, entusiasmado por sus ideas revolucionarias, Juan tenía otras. La primera y más inmediata era extraerlo de las fuerzas militares para que no se sumara a la estadística de los muertos.

Lo primero que hizo fue ir a Temascaltepec por Josefa Jaimes, esposa de Manuel y a dejar a su hija Josefa con el padrino de su esposa Gabina.

Es preciso que haga una digresión para referirme al matrimonio del hijo mayor de Juan.

Josefa Jaimes, esposa de Manuel, era descendiente de irlandeses. Originalmente suponía que Manuel y Josefa contrajeron matrimonio en el año de 1860, pero ahora sé que Manuel, mi tatarabuelo nació en 1838, trabajaba como administrador de rentas en Temascaltepec en 1859 y ya tenía un hijo como de un año. Luego, deduzco que en realidad; Manuel y Josefa contrajeron matrimonio entre 1856 y 1857, cuando Manuel tendría dieciocho o diecinueve años. Hasta mayo de 2015 no he encontrado acta de nacimiento de Josefa Jaimes.

Si Manuel trabajaba y vivía con su familia en Temascaltepec, existe la posibilidad de que haya contraído matrimonio en esa localidad, donde los registros eclesiásticos se perdieron en la quema que los zapatistas hicieron durante la Revolución. Este hecho explica mi dificultad para encontrar su acta de matrimonio.

También ignoro el lugar y fecha de defunción de Manuel; sólo sé que Josefa permaneció viuda hasta que falleció en Zacualpan el 8 de abril 1903. El registro correspondiente dice que tenía cincuenta y tres, dato del que desconfío porque las actas fundadas en declaraciones de terceras personas en esos tiempos contenían errores de diferentes tipos, especialmente cronológicos. Si mi tatarabuela nació hacia 1840 y falleció a la edad de sesenta y cuatro, calculo que tendría dieciséis a diecisiete años cuando se casó con Manuel, edad propia para que una doncella contrajera matrimonio durante esa época.

Licenciado Amador Castañeda Jaimes 1902.  Foto cortesía Elena Laura Castañeda Islas

Licenciado Amador Castañeda Jaimes, nieto de Juan Castañeda,  1902. Foto cortesía Elena Laura Castañeda Islas

Dedicatoria Licenciado Amador Castañeda Jaimes, nieto de Juan Castañeda a su madre Josefa Jaimes septiembre 1902. Foto Cortesía Elena Laura Castañeda Islas.

Un dato interesante es que Manuel Castañeda, mi tatarabuelo paterno, fue medio hermano —aunque treinta años mayor— del doctor Gonzalo Castañeda Escobar. Este parentesco explica por qué el Doctor Gonzalo Castañeda Escobar fue tío del licenciado Amador Castañeda Jaimes, gobernador interino del Estado de Hidalgo en 1912, aunque ambos tenían casi la misma edad. Amador Castañeda fue hijo de Manuel Castañeda y Josefa Jaimes.

En 1902 el licenciado Amador Castañeda le envió una foto a su madre Josefa fechada ese mismo año, y los registros después de 1903 reconocen a Josefa ya difunta.

En sus memorias, Juan no mencionó que hubiera llevado consigo a Josefa, su nuera, pero sí que regresó por Texcaltitlán. Esta vez viajó con Josefa y con Romana, otra de las hijas de su primer matrimonio[3] quien entonces tenía trece años de edad.

Verifica la edad de Romana el siguiente episodio que Juan cuenta:

Cuando volví a Texcaltitlán con Josefa y mi hija Romana, ya la tropa se había ido a Sultepec, en la mañana de ese día. Luego nos pasamos en seguimiento de ella. En el punto nombrado la Boca del Viento se había quedado atrás Romana, y como gritaba una chachalaca tan fuertemente, y mi hija no las había oído gritar ni las conocía, ni sabía que existían tales aves, se espantó, y me grito:

—¡Padre!

Me volví a encontrarla y le pregunte qué sucedía, y me respondió:

—¿Qué no oye usted?

—No te espantes, en una chachalaca. ¿Tú qué pensabas que era?

—Yo pensé que era el diablo.

Nos reímos algo por la respuesta.

Al llegar a Sultepec Juan pidió a unas señoras alojamiento para sus hijas. No le negaron el favor, y con ese alivio, procedió en busca del general Santiago Tapia para suplicarle que le volviera su hijo Manuel pues en Texcaltitlán ya les habían ofrecido entregarlo a don Simón y a él, una vez que hubiera quien lo reemplazara.

No lo encontró donde se alojaba, pero al volver con sus hijas, María Josefa le preguntó:

—¿Usted no encontró al general?, yo hasta ya le hablé.

—¿Y lo paraste en la calle? Qué mal has hecho.

Josefa respondió que el general no era un déspota y que le dijo que les iba entregar a Manuel porque lo que prometía, lo cumplía.

Al siguiente día Juan buscó nuevamente al general. Le permitieron entrar a una pieza donde descansaba acostado. En esa situación, informal y relajada, Juan sentado y el General, acostado, hablaron sobre varios asuntos.

Pienso que el general interrogó a Juan con preguntas estratégicas sobre cómo la gente de ciertos pueblos visitaba a otros, para discernir la relación entre quienes eran liberales y quienes eran reaccionarios. Juan respondió al General todo lo que le preguntaba y ni siquiera tuvo que preguntar acerca de la liberación de su hijo Manuel.

Una vez más Juan regresó al siguiente día determinado a preguntarle sobre el asunto de su hijo y el siguiente intercambio ocurre entre Juan y el general Tapia:

Le dije que Manuel no era posible fuese soldado, que tenía madre y que la apreciaba como todo buen hijo. Era casado y no hacia mucho tiempo: y que si se había presentado a las filas de los liberales, era por el mucho entusiasmo que tenía en favor de la causa que defendían, y que prueba de ella era que [a] los reaccionarios les había tirado en la cara el fusil que le habían confiado. Tampoco había hecho caso perder su destino que tenía en la Administración de rentas de Temascaltepec, teniendo familia; por dos hombres.

Sobre esta presentación el general Tapia me pregunto y respondió:

—¿Por qué?

—Porque en los contrarios hay uno menor, y en los de usted uno más.

—Ojalá, señor, y así fueran siquiera cincuenta —positivamente fue su respuesta—. Pues mire usted, ya le oí a usted; ahora óigame usted. Déjemelo usted, lo veo contento, escribe bien, ha simpatizado con mis ayudantes, y Vesco lo ocupa en escribir. No le paga lo que debiera pagarle, porque los pronunciados estamos pobres. Cuando tenemos consideración a Manuel se le pasan dos y medio reales, mientras a mis soldados los conformo con uno y medio reales. Vesco (un ayudante) lo considera bien, duermen en una pieza, le ha regalado una grande zalea; tiene libertad para pasear, cuando no haya que escribir, y mis soldados todos quedan encuartelados. Déjemelo usted, puede hacer carrera, y pronto la causa que defendemos estoy seguro ha de triunfar. Ahora, si antes llega la muerte, ésta llega al soldado y al que no lo es.

Juan nos dice que durante las conversaciones que tuvo con el general Tapia, él le daba entender que tenía negocio en Taxco, pero Juan se hacia el desentendido. hasta que llegó el momento en que Juan le preguntó directamente:

—Señor General, dos veces me ha preguntado usted sobre si habrá un conducto para Taxco, eso me hace entender tener usted un negocio allí. Entrégueme a mi hijo y mande lo que guste, iré a Taxco. Positivamente tengo un negocio.

—Si usted tiene disposición de ir, venga usted a verme a las doce para entregarle una carta.

Juan regresó más tarde y el general Tapia le entregó una carta y le preguntó cuando regresaría con una respuesta. Juan le dijo:

—Dentro de ocho días.

—Pues bien, vuelva usted y le entregaré a Manuel.

Con adrenalina corriendo por sus venas Juan se puso de pie y con un saludo militar le dijo a Tapia:

—Señor general: Soy muy hombre y cuente con mi palabra, tengo honor y poseo la delicadeza. Solo que muera yo no volveré.

—Pues entonces tome este peso, los liberales estamos pobres, por eso no le doy más. Tenga cuidado.

La carta del general Tapia era para el general Peña.

Por lo que Juan narra en sus memorias se deduce la confianza que le inspiró al general Tapia, quien le regresó a su hijo Manuel antes de que cumpliera la promesa de entregar la carta. Juan dice “Llegamos a Zacualpan muy contentos y con razón: venía Manuel con nosotros”.

Al volver a Zacualpan Juan supo que la carta que Manuel le había enviado y que embargaron en Malinaltenango llegó cuando apenas habían andado tres leguas. Allí Manuel le contaba que había fallecido su hijo, el primer nieto de Juan. También supo que a su tío Marcelo lo reprendió su esposa por haberse precipitado en darle la infundada noticia de que Manuel había muerto.

Juan recibió visitas, a quienes les narró las aventuras y riesgos que él, su hija y sus familiares vivieron en el proceso de des enlistar a Manuel de la lucha armada. Allí lo enteraron de que Vitelo, un caudillo con fama de asesino, controlaba Taxco. Contra el consejo de varios familiares de que no viajara a Taxco a entregar la carta de la que era portador, Juan respondió que cumpliría con su promesa topara lo que topara.

Gabina le preguntó:

—¿Cuál es tu plan?

—Mañana saldremos de Tetipac para Taxco con mi canasta de mercería con el propósito de ir a pedirle al general Peña por un documento que me permita pasar con mi mercancía sin ser molestado a Iguala y otros pueblos.

Esto ocurrió probablemente en el segundo semestre de 1859. Para este entonces ya había nacido Feliz Bernardino, primogénito de Juan y Gabina.

Juan, con su canasta de mercería, llevando a su esposa Gabina montada en una yegua, quien cargaba a una criatura (Bernardino), salió de Zacualpan con el propósito de cumplir su promesa.

Al llegar a Tetipac notaron que Bernardino tenía calentura, motivo por la cual Gabina se quedó con sus familiares. Juan procedió a solas.

En su camino debió responder muchas preguntas, tales como: ¿De que partido es usted?, ¿A que viene y cual es su propósito? Siguiendo al pie de la letra el plan que había concebido, Juan fue consistente en sus respuestas: buscaba al señor general para pedirle un salvoconducto.

Finalmente llegó a la casa del general Peña, lo saludó, puso su canasta en el suelo y empezó a ofrecer su mercancía.

En medio de su actividad comercial, Juan deslizó la carta del general Tapia entre las páginas de un calendario del Negrito Poeta y se la ofreció al general Peña, quien entendió el ardid y se guardó la carta. Ante la presencia de terceros, el General le compró “algunas frioleras” y en lenguaje clandestino dijo a Juan que regresara a las dos de la tarde porque seguramente las señoras quisieran comprarle tijeras o agujas de las que ofrecía en venta.

Juan se presentó puntualmente a la cita. El general Peña lo recibió a solas y le entregó una carta de respuesta para el general Tapia. Aparte de unos detalles para asegurar su regreso, el negocio entre Juan y el general Peña había concluido.

Juan se reunió con su esposa en Tetipac. Bernardino había mejorado y al día siguiente regresaron a Zacualpan, de donde Juan partió camino a Sultepec.

En Sultepec, desde los altos de una casa, el general Tapia lo reconoció y lo llamó con aplausos.

—Mucho cuidado ha tenido por el tiempo que ha dilatado usted para volver.

—¿No dije a usted que solo que yo muriera no volvería?

—Si; pero mi cuidado ha sido no porque desconfiaba que no volvería, si no porque pensaba que no le hubiera sucedido alguna desgracia. Conque no la tuvo usted; viene usted con bien.

—Sí señor —le respondí—, no la tuve.

—Siéntese usted —me dijo, y comenzó a darle lectura a su carta, y cuando concluyo, me dio las gracias, y me encargó que cuando lo volviera a ver, en cualquier lugar, y aunque estuviera con personas de cualquiera clase que fueran, que le hablara, que no tuviera ninguna vergüenza de hablarle; que él apreciaba a las personas por su carácter [y] honradez, aunque sean pobres y no por que las acompañe la fortuna. Que desde la primera visita que tuve con él, le había yo simpatizado; y que cuando llegara la vez que nos volviéramos a ver, que era probable no me conociera; pero con que le dijera mi nombre y que era el padre de Manuel Castañeda, con eso bastaba, pues a Manuel, como lo había acompañado, lo conocía perfectamente.

Sacó de la bolsa dos pesos y me los dio, diciéndome.

—Esto es nomás para mostrarle mi gratitud, no es lo que vale el servicio que ha prestado a la justa causa que defendemos. Ese servicio vale mucho más; pero andamos muy pobres.

—Ahora, señor General, suplico a usted que haga otro nuevo favor, y es que mande usted un documento en que se sirva usted ordenar que a mi hijo Manuel no sea molestado por algún jefe de los liberales, creyendo que ha sido desertado, pues puede suceder que haya quien por tal, lo denunciare.

—Sí, con mucho gusto —me respondió, y mandó escribir un documento dictado por él, en que a los de su mando ordenaba, y a los que no estaban bajo sus órdenes suplicando que ni a Manuel ni a su padre Juan fueran molestados, que habían prestado servicios de consideración a la causa que defendían ellos.

Continuará…

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1] Aquellos que pronunciaron en favor del Plan de Ayutla

[2] Manuel Castañeda fue mi tatarabuelo.

[3]. La partida matrimonial del Dr. Reynaldo Escobar Castañeda con Guillermina Aldasoro dice que sus padres fueron Juan Escobar y Romana Castañeda. El Dr. Reynaldo Escobar Castañeda fue sobrino del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar porque Romana fue media hermana de Gonzalo veintidós años mayor.  Por otra parte, una persona llamada Juan Escobar fue testigo en el Registro Civil de nacimiento del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar.

Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte II

Continuación.

“El infrascrito cura hace notar que el oficio de Juan es escribiente…”[1]

Cuando don Juan se sentó a escribir sus memorias, a avanzada edad, seguramente su agudeza visual había menguado, y debido a la artritis, sus manos acusaban limitaciones de movimiento, pues igual que su padre, trabajó con minerales y metales por muchos años.

Considerando estas limitantes y a sabiendas de que es imposible micro detallar cada fecha, lugar y persona, observo que involuntariamente en sus recuerdos, don Juan omitió la cronología así como muchos detalles. Aun así, dejó valiosísima información para que un descendiente interesado contara con una plataforma desde donde lanzar investigaciones para saber más sobre sus ancestros.

Juan entre los 18 y 20 años

Lo que relata mi re tatarabuelo sobre su vida en ciertas ocasiones, no es muy diferente que a la mía: Recién casado, acompañaba a mi esposa a la lavandería. Ella juntaba la ropa, el jabón y el blanqueador, y yo los metía en la cajuela del carro. Íbamos a la lavandería con suficientes pesetas para no quedar cortos al usar las máquinas de lavar y secar. Eran los años de 1970-72, y todavía no había llegado la cigüeña. Mientras la ropa se lavaba y secaba, yo me entretenía con un libro o iba a comprar algo para que comiéramos, mientras ella atendía el proceso de la lava y seca.

Juan menciona que una vez él y su esposa Jesús fueron a lavar al río que corre al lado del barrio de Santiago. Aunque no menciona la temporada, por la manera en que explica los detalles, pienso que fue poco después de que contrajeron matrimonio, y antes de que empezaran a procrear.

La Poza ahora conocida como La Tambora, vista rio arriba y principio de El Salto por caer diez a doce metros. Foto cortesía Rafael Rodríguez Castañeda

Nos dice que llegaron al rio donde existe una poza[2] como a diez o doce metros de un salto de agua, llamado precisamente El Salto.

Conforme ella empezó a lavar, él se desnudó y saltó a la poza. Se sambutía, nadaba, maromeaba y seguramente se echaba sus buenos clavados. Naturalmente, después de tanto jugar y casi desfalleciendo, con poca fuerza le pidió a [María de] Jesús[3] una sábana para recostarse. Todo muy bien para un joven lleno de vitalidad y energía, ajeno a las preocupaciones domésticas, pero no para un jovencita de dieciséis a dieciocho años, quien creía en los espantos.

María de Jesús descendía de una familia humilde y supersticiosa, con temores a lo sobrenatural. Creía en duendes, fantasmas y cualquier otro mal o forma de espanto que pudiera salir del sobaco del demonio.

Cuando vio a su joven marido exhausto y jadeante se afligió mucho, temiendo lo peor: pensaba que el duende que vivía en la poza había salido azotar a su esposo.

Al verla tan afligida por él y casi en lágrimas, Juan se dejó ayudar para tenderse a la sombra. La preocupación de María de Jesús era tal que no acabó de lavar la ropa. Después de un buen descanso volvieron a casa, donde ella preparó una comida que debido a su agotamiento, Juan dejó de lado hasta que se recuperó.

Aun hoy hay vecinos del barrio de Santiago que afirman haber visto u oído al duende que sale de esa poza y otras más que existen en ese río, no obstante, Juan siempre descreyó de lo súper natural y de las brujerías que atemorizaban a sus familiares y vecinos durante esos tiempos.

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2012/10/26/los-duendes-de-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

Juan a los veinte años de edad

A partir de lo que don Juan escribió sobre su primera familia, infiero que solamente tuvo tres hijos con María De Jesús. Pero —¡sorpresa!—: llegué a enterarme que tuvieron ocho en total. La iglesia de La Inmaculada Concepción fue incendiada por los liberales en 1859, pero en los registros que sobrevivieron al fuego encontré en https://familysearch.org/ las actas de bautizo pertenecientes a cada uno de ellos. ¡Qué fortuna!

Antes de revelar la información sobre los ocho primeros hijos, es importante aclarar que María De Jesús es reconocida por la iglesia en las actas de matrimonio con Juan, como hija de “padres no conocidos”. Este detalle es muy importante porque los apellidos paternos y maternos definen el linaje.

En el caso de María De Jesús, fue laborioso descifrar que fue madre de los ocho hijos que tuvo con Juan. Puedo asegurar que fueron ocho los hijos legítimos de Juan y María de Jesús fundado en las siguientes consideraciones:

1. Estamos hablando de hace dos siglos, y, aunque fueron muchos los párrocos que asentaron actas en la iglesia de La Inmaculada Concepción, sus múltiples obligaciones los afectaban por igual, lo que con frecuencia les impedía escribir las actas completas al instante del bautizo. Así se explica que cometieran numerosos errores en las entradas por imprecisiones de la memoria.

2. Supongo con firmeza que María De Jesus nunca estuvo presente durante el bautizo de sus hijos, y que si estuvo no se preocupó en que las partidas la identificaran propiamente. Todos sus hijos fueron bautizados no más de dos días después de haber nacido y es probable que con tan poco tiempo después del parto no haya estado en condiciones de asistir a la iglesia. También existe el caso de que Juan o la misma partera envolvieran al infante, comprometieran a los padrinos o que en la iglesia pidieran el bautizo a cualquiera de los párrocos presentes. En esos tiempos de tan alta mortandad infantil era imperativo administrar el sacramento del bautizo lo antes posible.

3. Unas actas registran a María con el apellido Ríos; otras la apellidan Ronces, y en varios casos consignan su nombre sin apellido. A diferencia de Ronces, Ríos no es un apellido común en el barrio de Santiago. Por esa asociación, pienso que los párrocos de la iglesia preferían utilizar Ronces, sobre todo si conocían a las familias del barrio. Lo que consta de manera regular es que los padres de ambos eran de la cuadrilla de Santiago, y durante la temporada en que procrearon hijos no hay otros contemporáneos con los mismos nombres de Juan Castañeda y María De Jesús Ronces dentro de la cuadrilla de Santiago. Surgen homónimos después del año 1860. Para ese entonces María ya había fallecido.

4. Juan Y María contrajeron matrimonio en 1834 y después de que el primogénito nació en 1836, los demás hijos nacieron en 1838, 1840, 1842, 1846, 1849, 1852 y 1855. Hubo por lo menos dos años entre cada hijo.

5. En su manuscrito Juan nos deja saber que tuvo por compadre a una persona llamada José Antonio Romero. Dos actas de bautizo nos dicen que fue padrino de sendos hijos.

6. Una de las hijas es nombrada Sixta. Este detalle es muy importante porque ella fue la sexta hija que nació en 1849.

Estas observaciones y otras más que mencionaré al anotar el nombre de cada hijo serán más que suficiente para substanciar que estos ocho hijos son en realidad de Juan y María. Los hijos son:

José Pablo Maximino: Es bautizado por el infrascrito cura José Julián Villegas en la Parroquia de Santa María Zacualpan el miércoles, 8 de junio 1836, a un día de nacido, hijo legitimo de Juan Castañeda y María De Jesús (apellido paterno no incluido). Los padrinos fueron Urbano Reynoso y Antonia Loria.

José Manuel Ascensión: Es bautizado por el fray Anastasio Delgado en la Parroquia de Santa María Zacualpan el viernes, 24 mayo 1838 a dos días de nacido, hijo legitimo de Juan Castañeda y María De Jesús Ronces. El padrino fue Don Ignacio Díaz.

José Manuel se casó con Josefa Jaimes circa 1858, de ascendencia irlandesa y originaria de Temascaltepec. Hay registros bautismales que indican el nacimiento del primer hijo de la pareja en 1860, a quien nombró Félix Andrés. Félix falleció durante la infancia. Después nacieron Manuel (hijo) 1866, Justiniano 1869, Amador 1871 y Víctor 1873. Por linaje paterno, Manuel (padre) es mi tatarabuelo.

Conforme mis investigaciones y corazonadas, soy del pensamiento de que mucha información sobre Manuel y Josefa debería de estar en los registros de la iglesia de Temascaltepec, pero se me informó recientemente que los registros eclesiásticos fueron quemados por tropas zapatistas durante la Revolución.

En su manuscrito, Juan demuestra el cariño de un padre por su hijo, cuando lo extrae de las fuerzas liberales gracias a sus gestiones ante el general Tapia durante las batallas de Ayutla.

María Josefa Bonifacia: Es bautizada por el cura Luis G. Suárez en la Parroquia de Santa María, Zacualpan el jueves, 5 de junio 1840 a un día de nacida, hija legitima de Juan Castañeda y María de Jesús Ríos, vecinos de Santiago. Los padrinos fueron Mariano Popoca y Guadalupe Gómez.

María Josefa acompañó a su padre Juan en la localización y rescate de su hijo Manuel. Aunque era menor que Manuel, por cariño se refería a él como su “hermanito”. María Josefa contrajo matrimonio con Pragedis Díaz el 8 de abril 1860.

Juan menciona al cura Luis G. Suarez en varias ocasiones durante sus memorias.

José Antonio De Jesús Esteban: Es bautizado por el cura Luis G. Suárez en la parroquia de Santa María, Zacualpan, el viernes 2 de septiembre 1842 a dos días de nacido, hijo legitimo de Juan Castañeda y Jesús Ronces, vecinos de Santiago. Los padrinos fueron Don José Antonio Romero y Doña Rita Gai___ (apellido ilegible).

En su manuscrito Juan detalla que tuvo un compadre a quien llamaba don José Antonio Romero. Con esta acta de bautizo y otra posterior se confirma que don José apadrinó a dos de sus hijos.

José Antonio falleció en 30 de junio 1844, y el acta de defunción de la Parroquia de Santa María de Zacualpan, suscrita por el licenciado Rafael Zavala, nos dice que se mandó dar sepultura a este niño al campo mortuorio, hijo legítimo de Juan Castañeda y Jesús Ronces.

Antonia Ramona: Es bautizada por el Licenciado Rafael Zavala en la Parroquia del Mineral de Zacualpan el sábado 28 de febrero 1846, hija legítima de Juan Castañeda y Jesús Ronces. Ambos de la cuadrilla de Santiago. El padrino fue Felipe Suárez.

El caso de Ramona es muy interesante porque en un par de ocasiones Juan menciona tener una hija llamada Romana. La edad de esta hija coincide con la edad de Antonia Ramona. Estoy seguro que Romana y Ramona son la misma persona e hija de Juan y María. Siendo humanos, los párrocos de la iglesia cometían errores y supongo que a la hora de asentar los nombres, anotó Ramona y no Romana.

Otro dato interesante es que dentro de la familia, ni los familiares más cercanos tienen datos para explicar cómo es que el Dr. Reynaldo Escobar Castañeda era sobrino del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar. Romana y el Dr. Gonzalo fueron medios hermanos por parte de padre, hijos, respectivamente, de dos matrimonios de Juan Castañeda. Entre uno y otro hay una diferencia de veintidós años. Romana nació en 1846 y Gonzalo en 1868. Ambos Doctores nacieron en Temascaltepec, Edo. De México. Hace poco, encontré la información matrimonial de Reynaldo Escobar Castañeda. El acta dice que sus padres fueron Juan Escobar y Romana Castañeda. Interesado en saber más sobre Romana y la relación familiar entre estos dos doctores, no abandonaré mis búsquedas.

María Sista: Es bautizada por el Licenciado Rafael Zavala el jueves 29 de marzo 1849 a dos días de nacida, hija legitima de Juan Castañeda y María Ronces. Los padrinos fueron Felipe Suárez y María López Cárdenas.

La coincidencia de que ésta, la sexta hija, fuera llamada Sixta, refuerza la idea de que María, de padres no conocidos, así se apellide Ríos y Ronces, es la misma.

María Antonia Quirina Trinidad: Es bautizada por el infrascrito cura Luis Huerta en la Parroquia del Mineral de Zacualpan, el viernes 4 de junio 1852 a dos días de nacida, hija legitima de don Juan Castañeda y Doña Jesús Ronces. Los padrinos fueron don José Antonio Romero y Doña María Montoya.

Niño sin nombre: En el curato del Mineral de Zacualpan y en 23 de agosto 1855, el cura Agustín Gómez mandó dar sepultura a un niño mal nacido que fue bautizado en caso de necesidad. Hijo legitimo de don Juan Castañeda y doña Jesús Ríos, vecinos de Santiago.

Nota de fallecimiento: En esta partida consta que mi re tatarabuela, María De Jesús Ríos, fallece de Hidropesía el mismo día que su hijo sin nombre. El cura Agustín Gómez mandó darle sepultura en el campo santo de la Parroquia del Mineral de Zacualpan. ¿Los habrán enterrado juntos?

Ignoro la cantidad de hijos que vivían cuando Juan Castañeda quedó viudo a los 39 años, pero si considero que solamente dos habían fallecido hacia el año de 1855, entonces las edades de los restantes deberían de ser entre los tres y diecinueve años de edad.

Con la muerte de madre e hijo concluye la progenie que Juan Castañeda tuvo con su primera esposa cuando él tenía veinte años de edad.

Juan a los 21 años de edad

Después de haber sido abuelo por primera vez, Alejandro Marcos De Castañeda De Gama, padre de Juan, y quinto abuelo mío por línea paterna, falleció de dolores de cascado [4] el 27 de octubre 1837, dejando viuda a María Antonia Josefa Popoca Sáez.  https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/09/16/los-padrones-de-la-inmaculada-concepcion-1834-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

Juan a los 22 años de edad y dos espantos en 1838

Me acuerdo del día en que mi padre me dijo: “No tengas miedo de los muertos, tenlo de los vivos”. La posibilidad existe que ese pensamiento, junto con mis propias experiencias, fundó mi propia base de creer solamente en lo físico y no lo metafísico.

A la media noche de un día, Juan se había separado de un baile que hubo en el barrio de la Veracruz [5] , y como yo lo hubiera hecho, estoy seguro que él habrá consumido unas que otras copitas de tequila o vasos de pulque [6] . En camino a su casa, pasó por una huerta donde vio a lo que él se refiere como un perro “prieto y lanudo” de quien no hizo caso. Al no ponerle atención a este busca huesos, el pensó que si otra persona lo hubiera visto, seguramente hubieran pensado que el diablo los había visitado.

En ese momento oyó el sonido de cadenas. Mientras el trataba de discernir el origen, el ruido del metal se repetía, lo que aumentaba el suspenso y lo obligaba a voltear por todos lados.¿De veras existe el diablo —se preguntó—, o será un preso que se fugó de la cárcel?, al cual, si lo ayudo, entonces seré culpable de su escape.

A solas en la oscuridad, con un perro y un fugitivo cercanos y el diablo en mente, Juan empezó a temblar. Decidido a afrontar lo que fuera, cogió una piedra y con valor se la lanzó al perro que se escondía. El ruido de las cadenas se alejó conforme el perro corría.

Los nervios se le calmaron al comprender que el perro de don Juan Gallegos andaba suelto con todo y cadena, pero el susto fue inolvidable.

Durante otra noche de 1838, hacia la una de la mañana Juan caminaba bajo un cielo nublado y sin luna hacia la Hacienda San José, donde trabajaba como azoguero a las órdenes de Roque Díaz.

Al pasar por El Socavón del agua, sitio a la entrada de Zacualpan, vio un bulto blanquisco, del tamaño de un hombre, algo retrasado de su camino. Juan se agachó y entrecerró los ojos en un esfuerzo por identificar esa anomalía. Se convenció de que era un hombre que blandía una espada o bordón.

Foto cazahuate latente cortesía imágenes Google.

Al estar cerca decidió saludarlo, pero el ente no le respondió. Juan pensó que tal vez el acto de mala educación era de un Don Juan, atento a sus negocios amorosos. También era posible que fuera un abigeo, y como él tenía caballos y vacas, lo mejor era identificarlo y caer sobre el individuo, si alguno de sus animales le faltaba.

Consciente de que estaba armado de un machete, en el afán de identificarlo caminó hacia él y con calor le pregunto: —Amigo; ¿tiene usted lumbre para fumarnos un cigarro? —El desconocido se quedó callado, Juan pensó que se estaba burlando de él. Ofendido, lo acometió con el machete, frente a frente, pero lo que tomó por un hombre era en realidad un tronco seco de cazahuate, blanco por un lado, y lo que creyó una espada era un varejón desprendido que el mecía el viento.  http://es.wikipedia.org/wiki/Ipomoea_arborescens

En nuestro cómodo presente, no consideramos el futuro y olvidamos el pasado. Nos cuesta trabajo imaginar el entorno y el ambiente en que ocurrieron episodios como éste. ¿Cómo nos comportaríamos en la soledad de lo oscuro, a la una de la mañana, a pie y en camino hacia el trabajo donde cada silueta vegetal tiende a tomar forma de espectro?

Otro espanto en 1843 a los 27 años de edad

Después de asistir a la boda de su hermano Felipe Neri, quien se casó con María Dolores Morales Nájera en Taxco de Alarcón, Guerrero, Juan y su esposa María De Jesús regresaban a caballo hacia Zacualpan.

Acta matrimonial Felipe Castañeda con Dolores Morales, Taxco, Guerrero, México, 27 febrero 1843. Juan Castañeda fue padrino.  Cortesía http://familysearch.org/

El caballo que montaba la tumbó, y María de Jesús decidió seguir el viaje a pie. Sin ser los únicos que hacían ese viaje, se rezagaron del resto. Les oscureció en el camino y como a las nueve de la noche, al pasar cerca de la Hacienda de San Juan, María voltea y le dice a Juan:

──Juan, oigo pasos detrás de mí.

── No es nada ──le respondió Juan.

──Los oigo perfectamente, ¿Qué, no los oyes?

──No, ¡no oigo nada!

──No has de oír, porque vienen detrás de mí. Tengo mucho miedo.

Juan le sugirió que se adelantara. Al caminar delante de él, ella dijo que entonces los pasos venían detrás de él. Juan le respondió que había quedado temerosa y espantada tras caer del caballo, pero María no se tranquilizaba y empezó a llorar.

──Vamos rezando mientras caminamos y verás que los pasos no vendrán más detrás de ti —le dijo Juan.

Al cruzar por el barrio de Memetla, María le dijo:

──Juan, los pasos que venían detrás de mí y después en frente, cuando te pasé, eran los golpes que daban las suelas descocidas de tus zapatos, que daban un segundo golpe cada vez que dabas un paso.

¡Qué momento tan angustioso para los dos!

Una vez superada la tensión se empezaron a reír con mucha gana. En medio de las carcajadas, Juan reconoció que empezaba a creer en los duendes, y que la vio tan afligida que hasta se puso a rezar, sin estar en la iglesia.

Ricardo Castañeda

Edición Rafael Rodríguez Castañeda

Continuará…


[1]. https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-13735-51011-92?cc=1837908&wc=MGLC-PTL:166998101,166998102,169037001

[2]. Ahora conocida como la tambora.

[3]. En sus memorias, Juan la llama simplemente ‘Jesús’.

[4] Significa enfermedad profesional asociada con el polvo respirado por los mineros.

[5] El barrio de la Veracruz es parte del municipio de Zacualpan como lo es el barrio de Santiago.

[6] Una bebida alcohólica original a México, poco gruesa y dulce hecha del jugo del agave o maguey. El pulque era una bebida sagrada que era ofrecida por los Aztecas a sus dioses.

Higiene Minera, Dr. Gonzalo Castañeda Escobar (1868-1947)

A Carmen Castañeda Olea en el centenario de su nacimiento 22 abril 1914 – 8 noviembre 2012.

Presentación

La tecnología progresa como si estuviera bajo la influencia de una inyección de esteroides. No nos da respiro para absorber completamente su última invención. La velocidad de los cambios es mayor que nuestra capacidad para asimilarlos.

En mi experiencia personal nada substituirá la sensación de tomar un libro, sopesarlo, sentir la textura de sus hojas y tener la satisfacción de leer desde la primera hasta la última página.

A través de los siglos el libro ha sido una de los soportes más prácticos y eficientes para expresar y transferir información —textos, dibujos o fotografías— sin tener que articularla y expresarla en persona. Pero ahora, dentro del mundo virtual, los avances tecnológicos metamorfosean a este viejo amigo en soportes más asequibles que en inglés conocemos como ebook[1] y su primo, el blog[2].

Mis primos Claudia Infante Castañeda, Rafael Rodríguez Castañeda y yo deseamos compartir con los lectores de este blog un documento que Claudia editó en una revista académica en 1990[3] y Rafael y yo conocimos en forma de e-book digitalizado por Google. Me refiero a un memorial sobre la higiene en los trabajos mineros subterráneos elaborado en 1896, cuyo autor fue el doctor Gonzalo Castañeda Escobar [4]. Ahora presentamos nueva información y profundizamos el análisis.

 

El encuentro

Soy originario de Pachuca, Hidalgo, ciudad mexicana de larga tradición minera cuyo subsuelo cruzan numerosos túneles que se extienden por largas distancias. Por esta razón no solamente soy referido como pachuqueño, sino también como tuzo. Por tanto, me identifico con la metáfora del tuzo[5], mamífero roedor que cava en la oscuridad en busca de raíces. He tenido que excavar en los archivos para encontrar información sobre nuestros ancestros Castañeda.

El 30 de diciembre de 2013 recibí el comentario de una investigadora de la UNAM sobre la biografía publicada aquí en marzo de 2013, quien preguntaba si existía una versión más amplia del trabajo del Dr. Castañeda cuyo título original fue Higiene Minera Subterránea.

La pregunta me reveló una carencia en mis archivos. De inmediato consulté a mis primos Claudia Infante Castañeda y Rafael Rodríguez Castañeda. Claudia es doctora en Ciencias de la Salud y nieta del Dr. Gonzalo Castañeda; Rafael ha reunido amplia información sobre la familia Castañeda. Simultáneamente encontré en Internet Memorias: Transacciones, Volumen 2, un e-book de Google que es posible revisar en línea gratuitamente.

Página cortesia Claudia Infante Castañeda

El siguiente documento aparece en la página 753 de este e-book:

Higiene que debe observarse

En los

TRABAJOS MINEROS SUBTERRANEOS

Por el

Dr. Gonzalo Castañeda

Para facilitar la lectura del facsímil publicado en 1898 con una tipografía difícilmente legible, el documento original fue transcrito a un archivo PDF y a un archivo en Words para su acceso.

Dr. Gonzalo, Higiene minera Congreso médico pan-americano 1898

Dr. Gonzalo, Higiene minera Congreso médico pan-americano Words 1898

 

El autor

Gonzalo Castañeda nació en Temascaltepec, México, Mex. Fue hijo de Juan Francisco Castañeda Popoca y de María Gabina de Jesús Escobar Mojica. Lo llamaron Julián Gonzalo de Jesús. El registro civil ocurrió a las diez de la mañana el once de enero de 1868. Nació a las nueve de la mañana del día nueve del mismo mes.

Sorprende que su nombre estuviera tan detallado tanto en el registro civil cuanto en el eclesiástico. Por lo general los registros civiles de esos tiempos eran escuetos. Solían anotar un solo nombre de pila. A nuestro autor pudieron llamarlo Julián o Gonzalo a secas. La manera en que lo nombraron es un indicio de que sus padres solamente repitieron su nombre cristiano al registrarlo civilmente.

La primera fotografía que conocemos de Gonzalo data del 11 de enero de 1884, cuando se retrató con su padre y Bernardino, su hermano mayor, en los estudios de Luis Veraza, en la Ciudad de México.

De izquierda a derecha, Feliz Bernardino Castañeda Escobar, 25 años, Juan Francisco Castañeda Popoca, el padre y Gonzalo, a la edad de 16 años.

Suponemos que Gonzalo Castañeda se refiere al año de 1894 cuando dice en su autobiografía:

 “Ya recibido me fui a mi tierra, después me salió un empleo en Guerrero, y aún me sorprende hoy, cómo a pesar de mi ignorancia e inexperiencia pasaba por buen médico. Después, un señor poderoso: D. José Landero y Cos que me había conocido de estudiante, me llamó de Pachuca para nombrarme médico-cirujano de las minas de Real del Monte, con un buen sueldo; allí me hice riquito y ya con dinero se me ocurrió y decidí irme a Europa”.

Antes de trasladarse a Hidalgo debió contraer matrimonio con Basílides Antonia Teresa de Jesús Olea Gómez-Daza porque el recién recibido Dr. Gonzalo Castañeda y su esposa Teresa vieron nacer en Real del Monte a su primera hija el 30 de octubre 1895, a quien bautizaron en la Parroquia de la Asunción, de Pachuca, Hidalgo, el diez de enero 1896 como María Teresa Catalina.

Acta de bautizo María Teresa Catalina Castañeda Olea, 10 enero 1896

Juan Castañeda y Gabina Escobar, padres de Gonzalo, no solo asistieron al bautizo; fueron padrinos de su nieta a la edad de 80 y 62 años, respectivamente. Los abuelos y padrinos hicieron el viaje desde Zacualpan, Edo. de México a Real del Monte, Hidalgo, México. Tanto los datos civiles como los eclesiásticos sugieren que este bautizo fue un acontecimiento familiar.

Todo esto ocurrió a principios de 1896. En noviembre del mismo año Gonzalo presentó el trabajo que ganó reconocimiento internacional.

 

Relevancia del texto

El siguiente documento fue escrito y presentado en noviembre de 1896, en el segundo Congreso Médico Panamericano, ocurrido en México. Lo divulgamos en atención a su gran valor histórico visto desde varios enfoques, todos ellos de gran trascendencia. Hasta donde sabemos es el primer testimonio sobre las condiciones de salud laboral de los mineros en México. Y leerlo hoy nos hace reflexionar. A pesar de los fuertes cambios tecnológicos, científicos y en seguridad social, a casi 120 años de que Gonzalo Castañeda concluyera esta exposición con un proyecto de reformas para proteger la salud de los mineros, sabemos que en el país aún no se cumplen cabalmente muchas de sus propuestas.

Gonzalo Castañeda fue un médico que se autodefinió como clínico y no como científico ni salubrista. Sin embargo, su agudeza analítica y el rigor de su estudio sobre la situación de los mineros cumple los requisitos del análisis científico de un problema de salud pública: observa y vincula meticulosamente los factores asociados a cada enfermedad, daño y lesión de un grupo poblacional, los tres mil barreteros que observó durante dos años. Además demuestra de manera técnicamente sobresaliente cómo los mecanismos “del proceso social del trabajo” minero los llevaba al “perpetuo desequilibrio orgánico y fisiológico” hasta llegar a la muerte. Las defunciones registradas en Real del Monte durante el tiempo en que estuvo allí son indicativas de la gravedad del caso.

El mayor mérito sociológico de este trabajo tal vez no sea identificar los factores sociales que afectaban la salud de los mineros sino describir cómo las precarias condiciones en que habitaban, trabajaban y se alimentaban, determinaban una pésima calidad de vida y la exponían al riesgo de múltiples enfermedades, a la discapacidad y con demasiada frecuencia, debido a accidentes, a la muerte temprana.

El trabajo supera la visión médico-biologicista que por un lado ve como causas a los agentes etiológicos inmediatos de enfermedades y accidentes, y por otro, en forma aislada, ve los factores sociales que los rodean. A la hora de preparar su estudio, Castañeda explica el engranaje de las condiciones que determinan el proceso salud-desgaste-enfermedad-muerte: “…multiplíquese este diario déficit fisiológico por diez o veinte años y sorprenderá la espantosa quiebra que a la postre sufre el organismo”.

Al apreciar la forma en que Gonzalo Castañeda analiza cómo interactúan los “factores de riesgo” con las condiciones sociales de los mineros, comprendemos su posición como médico social y políticamente comprometido. Éste es precisamente el tercer aspecto relevante: como estudio de salud minera, este memorial es único, pionero, pero lo excepcional es que el mismo autor, médico al servicio de los obreros cuyas condiciones de trabajo describe, también presente las reformas indispensables para resolver tal problemática.

Ignoramos cómo llegó al Congreso con este trabajo; no obstante, él reconocía la importancia del médico en la política. En la ponencia clama por que se escuche a los mineros a través de su voz. A pesar del dominio de sus herramientas médicas y después de plasmar en el documento el dolor con que día a día observó y atendió enfermos y accidentados, no es difícil imaginar la palpitación de sus humildes orígenes mineros en el pódium de un Congreso Internacional al levantar su voz para denunciar la situación de vida, trabajo y salud del gremio y exhortar a la acción para modificarla: “Si estos preceptos… los tomara alguna vez el legislador y con su mano reformadora los llevara al fondo de las minas, no sería yo el que viviera reconocido y grato, sino el imponente gremio de barreteros de la República”.

El documento que aquí reproducimos muestra también el riguroso análisis médico, clínico y sociológico que realiza el Dr. Gonzalo Castañeda a partir de una concepción de ciencia aplicada. Son notables su visión sobre el papel que correspondía desempeñar a la salud pública en la salud laboral y el bienestar de la población en general, y su posición política sobre las obligaciones del Estado al respecto. Estas características de su trabajo se resumen en la lúcida síntesis del párrafo que antecedió a su propuesta de reformas, donde vincula estupendamente los resultados de su estudio con las recomendaciones consecuentes:

“Nunca el médico cumple mejor su elevada misión que cuando el mal que descubre y el remedio que aconseja abarcan a extenso grupo de sus semejantes. En este caso particular de que me ocupo, no será seguramente a las Compañías mineras a las que pueden proponerse modificaciones … tampoco quizá al gremio barretero, cuya ignorancia no alcanza a comprenderlas… sino aconsejar las reformas que se juzguen benéficas a los Gobiernos, que son la entidad a quien está encomendado el papel de velar por la salud pública y de interesarse por el bienestar general, y para concluir, señores, nuestros estudios más formales y completos no vengan a resolver el problema en cuestión: [en] «la higiene que debe observarse en los trabajos mineros subterráneos» propongo en el sentido que antes dije, el siguiente proyecto …”

“La medicina es una ciencia social y la política no es más que la medicina en una escala más amplia” decía en la segunda mitad del siglo XIX Rudolf Virshow (1821-1902), eminente patólogo alemán. Sorprende la coincidencia de posiciones entre el Alemán y el Mexicano. Y en ello radica un cuarto aspecto relevante de este documento histórico, originado en un pueblo minero mexicano a finales del siglo XIX, muy distante del capital científico europeo.

Existe un evidente paralelismo de pensamiento tanto en el análisis cuanto en la posición política entre Gonzalo Castañeda y el movimiento higienista, y el de la medicina social iniciado a mitad del siglo XIX en Europa. Los académicos fácilmente pueden pensar que observaciones similares con sistematización y rigor científico llegan a conclusiones parecidas. Efectivamente, así son la lógica y la ciencia. Eso es relevante pero no excepcional en la historia; lo que destaca es la coincidencia de la construcción del problema de salud, bajo la perspectiva de la medicina social y la posición política análoga en dos ámbitos completamente diferentes en términos sociales y de recursos científicos. ¿Por qué?

El documento se titula “Higiene que debe observarse en los trabajos mineros subterráneos”. Aunque el título sugiere un enfoque higienista de la salud pública para describir las riesgosas condiciones a que estaban expuestos los mineros, que en teoría se podían modificar, pero cuya “ignorancia no alcanzaba a comprenderlas”, en el fondo, el trabajo documenta una denuncia orientada a cambiar la política pública sobre tales condiciones de trabajo.

Por otra parte muestra cómo transformar el concepto de la higiene orientada a modificar conductas o hábitos individuales asociados a riesgos a la salud para adoptar un enfoque colectivo cuyo propósito es cambiar los determinantes sociales y económicos de esas condiciones de salud. En tal cambio interviene el compromiso de los médicos para sustentar clínicamente la causalidad social de los procesos de salud–enfermedad laboral.

Conviene aclarar que la higiene pública es un concepto surgido en Francia en el siglo XIX (Foucault, 1977) que abarca lo que posteriormente siguió denominándose «medicina social», e inicialmente se refería a la forma como se “controlaban” los elementos del medio material que afectan a la salud. Según Foucault[6], la higiene pública constituye una “variación refinada de la cuarentena derivada de las epidemias que debió afrontar la gran medicina urbana del siglo XVIII en Francia” (Op. Cit. p 14). Por ‘salubridad’ se entiende sólo el estado de las cosas y del medio sin intervención alguna. En la forma de concebir los determinantes de la salud y los mecanismos para modificarlos cuenta no sólo la ciencia, sino también la posición política.

Ahí está la importancia de los elementos arriba mencionados, el doble enfoque de este documento: científico y político. Por un lado, el análisis científico de Gonzalo Castañeda articula los determinantes sociales, con la etiología del desgaste y proceso de enfermedad-muerte del minero en cuanto a la práctica de su oficio “que abrevia su vida o se suicida con su propia ignorancia … sin una voz inteligente y salvadora que los detenga[7], bajan a los tiros a matarse materialmente o a abreviar los días de su vida porvenir; registrándose sin cesar desgracias accidentales de unos, notoria agravación de otros, muerte rápida en muchos”.

Por otro, muestra el resultado, es decir, la forma en que están construidas las condiciones de vida-trabajo-desgaste-sobrevivencia-muerte de los mineros “…después de una velada de pesada labor, al siguiente día que debieran dedicar al reposo o a resarcir el sueño, por causas de orden vario, sólo duermen un promedio de cuatro horas y según ellos mismos lo enseñan, con un sueño interrumpido y no reparador”.  

Como conclusión ineludible, propuso cambios en tales condiciones de trabajo, algo más ambicioso que el control de agentes etiológicos (posición de la medicina biologicista). Más aun, los cambios que propuso apuntaban a mejorar las condiciones de trabajo y de vida en la comunidad de mineros: un enfoque desde la perspectiva de la medicina social mexicana. Es decir, no sólo fue pionero en la salud pública sino que fijó la posición crítica de la medicina social, a finales del siglo XIX en nuestro país.

Es indispensable referir un quinto aspecto valioso de este documento en el contexto mexicano. El proyecto de reformas que Gonzalo Castañeda propone fue insólito durante el porfiriato (1876-1911), régimen en que no hubo la menor previsión legal que protegiera a los trabajadores.

En su multifacética labor médica, como clínico, maestro y autor de diversos libros así como de líder gremial, durante toda su vida a Gonzalo Castañeda lo caracterizó una forma de concebir y ejercer la medicina: la protección a los pobres en el sentido en que Virchow concebía a la medicina social. Una de las responsabilidades de los trabajadores de la salud era fungir como médicos de pobres. Después que se desempeñó como médico de la compañía minera de Real del Monte, Gonzalo Castañeda viajó a Europa para especializarse como cirujano y obstetra. Su fuerte fue siempre la clínica. De regreso en México fue director del Hospital de Jesús durante 30 años, mismos que trabajó sin salario. Renunció a esa retribución porque se trataba de un hospital para pobres. También jugó un papel fundamental en el liderazgo de la Academia Nacional de Medicina y para conformar y fundar la Academia de Cirugía; fue maestro de muchas generaciones en la Escuela de Medicina (Universidad Nacional) y en el Colegio Médico Militar.

Antes de reproducir este documento, conviene ver hasta dónde han mejorado las condiciones de vida y de trabajo de los mineros en nuestro país en 120 años.

Como lo refiere la cita de su autobiografía que presentamos arriba, el doctor Gonzalo Castañeda llegó al estado de Hidalgo en 1894 contratado para atender a los mineros. Lo invitó a desempeñar este puesto don José Landero y Cos, a la sazón, gerente de la Compañía Real del Monte y Pachuca. Conviene advertir que fue su primer empleo formal, después derecibirse, en julio de 1893. Al joven médico de 26 años le resultó familiar el medio donde trabajaría porque Zacualpan, donde vivió su infancia hasta el día en que salió para continuar sus estudios medios y superiores, era también un pueblo minero. Su propio abuelo paterno entregó su vida a la minería. Según su acta de defunción “falleció de dolores de cascado”[8]. Su padre trabajó en la minería como azoguero cuando el beneficio de patio era el procedimiento común para extraer la plata[9], Sabemos que de niño, Gonzalo, curioso y agudo, pedía permiso en la escuela para llevar a su padre el desayuno o el almuerzo. Desde entonces conoció la vida cotidiana de los mineros, dentro y fuera de las minas. Cuando llegó a Real del Monte su misión era ser médico clínico: atender a los mineros enfermos o lesionados. Pronto se dio cuenta de que era un proceso sin fin porque los determinantes sociales que producían los daños a la salud permanecían intactos.

Penetrante y fino observador, ese desafío lo llevó a aplicar la medicina como instrumento para descifrar esa trama. Caso por caso, paciente tras paciente, documentó la problemática de ese grupo laboral y concluyó que era producto de las condiciones infrahumanas de sobrevivencia, de las patologías y patrones de morbilidad derivados de sistemas de trabajodesconsiderados, que también causaban alta mortalidad temprana. Más de un siglo después, esa labor analítica sigue siendo técnica y socialmente compleja para los científicos actuales.

Hacia el fin del siglo XIX en el país no existía legislación laboral que reconociera derechos a los trabajadores; mucho menos que los protegiera con medidas de higiene y de seguridad. Toda la vida económicamente activa de nosotros, lectores en el siglo XXI, ha transcurrido bajo la vigencia de la Ley Federal del Trabajo. Por tanto, nos cuesta trabajo ponderar esta noción, pero en el contexto que tocó vivir a Gonzalo Castañeda su memorial sobre la situación de los obreros en los establecimientos industriales cobra mayor relevancia: eran condiciones de esclavitud, aunque no se llamara así.

Visto únicamente desde el punto de vista informativo, este documento sería un reportaje extraordinario sobre la vida cotidiana de los mineros en México. Sabemos que fue más que eso porque propuso preceptos que con las mismas palabras o con otras, más tarde aparecieron en las leyes.

Dentro de la obligada brevedad de un texto que leería ante un congreso, la ponencia de Gonzalo Castañeda refirió los siguientes rasgos de los barreteros —rango elemental dentro del gremio minero—: las edades a las que comienzan a trabajar —8 a 12 años— y a la que aún continúan —60 años—, su nula escolaridad, las bárbaras jornadas —hasta 36 horas ininterrumpidas— día y noche sin que su cuerpo tuviera ni la luz del día como referencia biológica; sin alivio físico más allá de la tolerancia al agotamiento, al hambre, al daño y a las lesiones; la falta de oxígeno y la incomunicación; las cargas que transportan sobre la espalda; el calor subterráneo, la deshidratación, la insoportable sed y la forma común de calmarla: pulque y agua contaminada.

…hasta hoy la Higiene no ha penetrado suficientemente al interior de las minas a observar las condiciones en que trabaja esa aglomeración de hombres, que pasan la vida entregados a las rudas labores subterráneas…

Su descripción penetra la profundidad a que descienden y desde la que tienen que subir tras haber trabajado; el tiempo del ascenso; el polvo y los gases tóxicos que respiran; el olor, difícilmente soportable de las minas; la combustión de petróleo para calentar comida e iluminar los socavones; los consecuentes óxidos de carbono; la cercanía del trabajo a sus defecaciones, así como el volumen acumulado de materia excrementicia; oscuridad, goteras y humedad; el trabajo en el fango; las enfermedades respiratorias y dermatológicas a que se exponen; falta de normas de seguridad para efectuar las detonaciones; ausencia de cascos protectores, golpes en la cabeza; precarias escaleras y puentes de paso. En suma, la vida en peligro cada minuto y finalmente, el cómputo de lo que entonces se registraba sin pruebas clínicas: lesiones por accidente y muertes.

Gonzalo Castañeda no se limitó a describir el infierno que había en la profundidad de las minas: tanto el análisis como el enfoque de su estudio contribuyeron a que empresarios, legisladores, autoridades médicas y laborales entendieran que el trabajo de los mineros —una actividad no conceptualizada claramente como tal— era un problema de salud pública que demandaba, obligatoriamente, una política pública.

Como trabajo científico identificó con precisión los factores de riesgo cotidianos que conducían a los mineros a la muerte. Las causas eran evitables y prevenibles. Ese fue elnúcleo de su denuncia médica.Identificó los aspectos donde había que intervenir para proteger la salud y vida de los mineros, principalmente aquellos que concernían a la legislación laboral. Como ponencia política, es excepcional para su época: concluye recomendando 24 propuestas concretas. Ese fue el núcleo de su denuncia política y laboral.

En su ponencia, Gonzalo Castañeda revela el compromiso social que el médico clínico y el sanitarista deben poseer, y que pocas veces encontramos en la actualidad. El médico clínico dedica su poco tiempo a identificar síndromes, pasando por alto o asumiendo como obvios, inevitables o fuera de su competencia factores de índole social. Cree que no conciernen a los médicos. Es así como se orienta a diagnosticar y prescribir medicamentos. Con tales límites justifica y acota sus responsabilidades profesionales —ya rebasadas por la realidad.

Actualmente el “profesionalismo” se entiende como sinónimo de “competencia clínica individual” y el compromiso social —como si lo social fuera sinónimo de ‘público’— se delega a los epidemiólogos, a los investigadores cuyo profesionalismo se orienta al cumplimiento de la metodología científica para analizar las poblaciones. A su vez, es frecuente que los investigadores reduzcan sus análisis a indicadores que técnicamente denominan factores de riesgo, aún cuando a menudo se refieran a ellos como “determinantes sociales de la salud”.

Estos conjuntos de indicadores pasan a ser denominados “estilos de vida” sin comprender las causas últimas estructurales que los determinan. Castañeda hace una nítida descripción etnográfica del contexto en que los mineros vivían, del desgaste humano cotidiano y la patología que los lleva inevitablemente a una muerte precoz. Además, sistematiza la incidencia de las patologías, de sus interrelaciones, describe sus causas inmediatas (“factores de riesgo”), su cadena causal y sus determinantes. Los análisis que expone atraviesan —o más bien, rasgan— los órdenes, de la escala micro social y microbiológica hasta la escala macro social y política.

Desde una perspectiva histórica este trabajo es un clásico de la salud pública. A Gonzalo Castañeda también se le atribuye el mérito de haber identificado al organismo causante de la anemia entre los mineros, el parásito Anquilostoma duodenalis (1904). Sin embargo esto no fue así. Ahora sabemos que los egipcios ya lo reconocían en un papiro desde 1600 aC. En 1843 Angelo Dubini describió y denominó al organismo y a finales del siglo XIX Arthur Loss describió su ciclo de vida: larva que penetra por la piel, usualmente a través de los pies, que pisan heces fecales de personas que padecen la enfermedad. Que Castañeda haya identificado independientemente este organismo es posible, y si ocurrió así fue después de haber escrito el documento que aquí presentamos, donde refiere que los barreteros se quejaban constantemente de la llamada anemia minera y describe con especial detalle el gravísimo problema sanitario de los excrementos en las minas: “…noto en sus trabajos tantas deficiencias desde el punto de vista higiénico, que adivino fácilmente las peores condiciones en que vivirán los operarios de otros centros mineros del país”.

Desde el siglo XIX la minería había alcanzado progresos técnicos espectaculares. Existían equipos de perforación, ademe, iluminación y ventilación de tiros y túneles totalmente mecanizados que se movían a base de vapor. Muchas operaciones riesgosas se ejecutaban a control remoto. Ahora existen técnicas y equipos aún más eficaces y seguros, así como normas de seguridad personal que los mineros de hace 120 años jamás hubieran imaginado.

El problema de entonces no era la tecnología ni la seguridad mineras, sino la aplicación de tales estándares del progreso en las minas del país. Ciertamente, las inversiones para instalar ese tipo de maquinaria y los sistemas de protección de los mineros constituyen un obstáculo. Pero la resistencia de los empresarios mineros a modificar sus prácticas de extracción mineral sin dejar de implicar la explotación humana, es todavía mayor. Antes faltaban conocimientos, tecnología y normatividad. Ahora los hay, pero se les pasa por alto. Al menos en México, prácticamente no existe mejora material gratuita en las minas; la gran mayoría surgieron como conquista laboral, lo cual implicó largas luchas sindicales y tensiones entre los intereses de los mineros y sus patrones. Otras mejoras han surgido de los escándalos cuando los medios documentan accidentes en las minas y surge la presión pública, las más de las veces paliativa y temporal.

Antes de dar paso a la lectura del memorial del doctor Gonzalo Castañeda conviene citar unos cuantos ejemplos de lo ocurrido en las minas de México a partir de 1896, el año de este estudio, para contar con una mínima perspectiva histórica.

1906: Las minas de cobre de Cananea empleaban a seis mil mineros mexicanos y alrededor de seiscientos norteamericanos. A los mexicanos les pagaban la mitad de lo que ganaban los extranjeros. En protesta, el 31 de mayo los mineros del tercer turno pararon labores. La respuesta de la empresa y de las autoridades gubernamentales fueron la represión, el asesinato de líderes y el cerco de hambre a la población. Por algo esa huelga cuenta entre los antecedentes de la Revolución de 1910. En un caso de estos, en búsqueda de justicia y mejoramiento para el minero, Abraham Castañeda Hidalgo, un ancestro nuestro, perdió su vida después de haber sido golpeado y dejado a su propio destino en los cerros del Real del Monte.

No obstante, interesa destacar un paso adelante de los mineros: su toma de conciencia y la articulación de sus motivos, como lo revela la carta que José Ma. Carrasco, vecino de Cananea, dirigió al gobernador Rafael Izábal, el 4 de junio de 1906, al cuarto de huelga:

“Respetando su alto lugar que guarda me concreto a decirle a usted en nombre del pueblo lo que sigue. Sr., acordaos de la desnudes, del ambre y de otras necesidades que sufre toda la gente umilde de pocas proporciones y de poco ynteligencia, hay días que solamente dos veces comen porque tienen numerosa familia o algún enfermo. 3 pesos es un miserable sueldo para comprar leña a 16 pesos y una casa pocilga de una pieza a 15 pesos, doctor a 3 pesos, agua a 5 pesos, un mal calsado a 6 pesos… y otras tantas cosas que sería imposible enumerar. Ah, pero tenemos que humillarnos los mexicanos porque si levantamos la voz nos la calla nuestro gobierno con sus ballonetas sostenidas por su mismo pueblo. Ved, alzad la vista y bereos la desnudes en todo el pueblo. Procurad contentar al pueblo de alguna manera y no tratarlo mal porque el pueblo tiene ambre y más tarde más y si no se proporciona algo tendrá que arrojarse contra las despensas y almacenes de este lugar resueltos a morir. Que bien cierto de que no ará Ud. aprecio de esto, pero tendrá más tarde que lamentarlo”.

1920. 10 de marzo. Al darse cuenta que la mina El Bordo se había incendiado, J. F. Berry, John B. Silbert y Alan Ross, clausuraron la boca de los tiros de El Bordo y La Luz con planchas de madera, acero y concreto para sofocar el fuego. Les importó más su inversión que la vida de alrededor de 80 mineros que quedaron sepultados.

El Bordo, al norte de Pachuca, formaba parte de la Compañía Santa Gertrudis. Para clausurar los túneles, los señores empresarios contaron con la anuencia de Ernesto Castillo, gobernador interino; de Ignacio Segovia, alcalde de Pachuca, y del Juez de Distrito.

Foto Mina Santa Gertrudes, Pachuca, Hidalgo, México por el fotógrafo José Bustamante Valdés

Las minas El Bordo y La Luz estaban interconectadas con las de Santa Úrsula y Santa Ana, pero la Compañía Real del Monte y Pachuca también ordenó tapar esos túneles. La presión social hizo posible que una brigada de salvamento destapara Santa Ana. Hallaron a tres mineros, muertos por asfixia.

Los tiros permanecieron sellados seis días. Al reabrirlos hallaron más de 68 cadáveres en distintos niveles. Quienes consiguieron llegar hasta los accesos taponados dejaron signos de desesperación: uñas y dedos clavados sobre las tapas de madera. Lo demás era, según un testigo, “barbacoa humana”. Diez días después descubrieron siete sobrevivientes en un túnel cercano a Sacramento.

1934. Fundación del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM). El sindicato minero se afilió a la naciente Confederación de Trabajadores de México (CTM).

1935. 17 de noviembre. Los mineros al servicio de The Cananea Consolidated Copper Company S.A., entonces agrupados en el Gran Sindicato Mártires de 1906, se adhirieron a la organización nacional y formaron la sección 65 del Sindicato Industrial de Trabajadores Mineros Metalúrgicos y Similares de la Republica Mexicana, hoy sindicato nacional.

1965. En la mina Purísima de Real del Monte, el 8 de mayo a las 2 de la tarde con 10 minutos una jaula —llamada ‘calesa’— con 30 mineros a bordo se precipitó del nivel 400 al 550. Era sábado. Los trabajadores del nivel 400 que habían laborado el primer turno se acomodaron en los dos pisos dela jaula que habría de llevarlos a la superficie. En vez de subir, de repente comenzaron a descender a gran velocidad. La caída dio en el fondo del tiro. 27 mineros murieron ahogados, tres sobrevivieron. A pesar de las piernas fracturadas, lograron asirse al travesaño de la calesa. Los rescataron horas después.

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Foto Hacienda de Beneficio, “Purisima Grande”, Pachuca, Hidalgo, México por el fotógrafo José Bustamane Valdés

El desastre se debió a una distracción del calesero. Descuidó el ascenso y en cuestión de segundos, la velocidad descendente fue incontrolable. Los perros, ganchos dispuestos en los costados de la jaula que en la emergencia debieron abrirse y aprisionar las guías de madera por donde se desliza la jaula, tampoco se activaron.

1969. El 31 de marzo de 1969 en el poblado de Barroterán, municipio de Múzquiz, Coahuila, se produjeron dos explosiones. El pueblo escuchó las fuertes detonaciones debidas a la acumulación de gas metano en las minas dos y tres de Guadalupe. Decenas de trabajadores que se encontraban laborando en el segundo turno quedaron atrapados. 153 murieron.

Las explosiones de Barroterán cuentan entre las mayores tragedias mineras en la historia, no sólo de la región carbonífera de Coahuila, sino del mundo.

2006: El 19 de febrero, en un pocito de Pasta de Conchos, una de las 600 minas de la región carbonífera coahuilense, 63 mineros murieron sepultados tras una explosión. Nuevamente la causa fueron las precarias condiciones de seguridad: la detonante fue una chispa surgida de los arreglos eléctricos improvisados y/o de equipos de soldadura impropios para un ambiente gasificado y lleno de polvo de carbón, tan explosivo como la pólvora. En cuestión de horas, la empresa hizo desaparecer bitácoras, planos, estudios geológicos y mediciones de gas que hubieran puesto en evidencia la criminal irresponsabilidad del Grupo México.

En 120 años la higiene en las minas ha cambiado radicalmente; también las condiciones de seguridad subterránea. Hay normas que rigen la minería. El problema es que hay minas donde no se aplican o que aparentemente se aplican.

He aquí gracias a Rafael Rodríguez Castañeda, la ponencia transcrita con la ortografía vigente y en una tipografía fácilmente legible.

Higiene Minera por el Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Bibliografía

Infante-Castañeda Claudia. Clásicos en Salud Pública. Presentación. Higiene que debe observarse en los Trabajos Mineros Subterráneos. Gonzalo Castañeda. Salud Pública de México 1990; 32 (3): 364-365.

Más fotos por el fotógrafo J. Bustamante Valdés pueden ser vistas visitando https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2013/10/21/fotos-antano-pachuca-hidalgo-mex/

 

Claudia Infante Castañeda

Rafael Rodríguez Castañeda

Ricardo Castañeda Guzmán

 

 

[1]. ‘e-book’ sintetiza dos palabras: electronic y book (libro electrónico).

[2]. Blog es el compuesto de dos palabras también en el idioma inglés, web y log (bitácora digital).

[3]. Salud Pública de México. Jul-Ago de 1990. Vol. 32, Núm. 3. Pp. 366-372

http://bvs.insp.mx/rsp/articulos/articulo.php?id=001749.

[4]. Este documento se complementa con el artículo biográfico que publicó este blog el 19 de marzo 2013, y que es posible encontrar en el siguiente enlace:

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2011/05/09/dr-gonzalo-castaneda-ecobar-1869-1947/

Aunque este trabajo esté antecedido por otras notas introductorias, en esta publicación lo relacionamos con la vida personal y profesional de su autor.

[5]. El nombre original del roedor es ‘tuza’, pero el léxico deportivo lo ha generalizado como sustantivo masculino.

[6]. Foucault, Michel. Historia de la medicalización. Educación Médica y Salud 1977; 11 (1).

[7]. La actitud de los mineros y de la población que el doctor Castañeda conoció en Real del Monte a fines del siglo XIX contrasta con la que existió dos siglos atrás, según el siguiente antecedente histórico: “En el verano de 1766 los mineros de Real del Monte… desarrollaron una importante huelga industrial sin sindicato ni ideología política que los sostuviera. Fue la primera huelga en la historia laboral mexicana y la primera huelga en América del Norte. La palabra ‘huelga’ fue reconocida oficialmente en los diccionarios del español hasta 1884 y los trabajadores de Real del Monte nunca la utilizaron. Sus esfuerzos representaron luchas que implicaban su trabajo, su modo de vida y sus decepciones… Fue posible que se inconformaran así gracias al consejo y las medidas que tomó gente amistosa y con reconocimiento social en el pueblo”. Doris M. Ladd. The making of a Strike. Mexican Silver Workers’ Struggles in Real Del Monte 1766-1775. University of Nebraska Press. 1988.

[8]. ‘Cascado’ era la denominación coloquial para quienes padecían silicosis.

[9]. Los metales preciosos se obtenían mediante la mezcla del mineral pulverizado con agua, sal, mercurio y otros compuestos. El azoguero determinaba la proporción de sustancias en la mezcla, según las propiedades de una muestra del mineral por beneficiar.

 

 

 

CARMEN CASTAÑEDA OLEA (1914-2012)

Entre la familia y los libros

Homenaje a Carmen Castañeda Olea (1914–2012)

el 22 de abril de 2013,

a noventa y nueve años de su nacimiento.

En el trance de la segunda viudez, su padre comprendió que la vida le duplicaba responsabilidades: debía guiarla y protegerla, conducir su desarrollo, acompañarla y procurar su compañía. Carmen no sólo era su única hija; era la única que había sobrevivido a la primera infancia. Con su primera esposa tuvo varios hijos, pero todos murieron a temprana edad. La propia Teresa Olea Gómez Daza murió también y años después, en 1912, el doctor Gonzalo Castañeda Escobar se casó con Carmen Olea Gómez Daza, viuda como él, quien primero había sido su cuñada.

Carmen Castañeda Olea con padres Dr. Gonzalo Castañeda Escobar y Carmen Olea Gómez Daza

Carmen Castañeda Olea con padres Dr. Gonzalo Castañeda Escobar y Carmen Olea Gómez Daza.

“En mi niñez fui muy consentida y mimada por él, pues en su anterior matrimonio tuvo varios hijos, pero todos murieron, y al crecer yo me cuidaron mucho, pues siempre temían que muriera al igual que mis hermanitos, pero Dios quiso que viviera y fui su gran alegría”.

A la muerte de su madre, Carmen tenía trece años y estudiaba en el Colegio Francés. Introvertida y reservada como era, trató de atenuar esa soledad y ese duelo frente a un caballete, paleta de colores y pinceles en mano. Su padre no permanecía tranquilo si se quedaba sola. Cuando no era posible dejarla en familia, entre sus primos, la llevaba consigo a sus clases, conferencias y reuniones. Así fortalecieron un vínculo donde el amor filial fue correspondido con una devoción más allá del natural cariño al padre y la admiración al médico eminente.

Carmen Olea había muerto durante el invierno de 1928. El verano siguiente el doctor Castañeda organizó un viaje al pueblo de su infancia. Fue la primera vez que Carmen visitó Zacualpan, Edo. de México, México en un viaje cuya última etapa fue a caballo. Una aventura que recordaría toda la vida. “Fuimos a llevar [un] cargamento de dulces y juguetes para repartirlos entre los niños del pueblo y pueblitos aledaños. Fue una gran alegría para todo el pueblo. Mandó hacer castillos de luces, ensayar danzas de los indios, música, baile, en fin: el pueblo pasó unos días de alegría…”

La medida en que el doctor Castañeda, aún viudo, consiguió hacer de su casa un hogar, la da el testimonio de las primas paternas de Carmen, huérfanas de padre y madre, quienes eran invitadas a acompañarla los meses de diciembre en estancias que culminaban con la celebración de la Navidad, fiesta de encanto donde las primas visitantes miraban a Carmen como si fuera Clara, el personaje del Cascanueces. El año comenzaba con una gran fiesta el 10 de enero, día de san Gonzalo. Preparaban comida para varios días, durante los cuales la familia Castañeda asistía a celebrar a su integrante más ilustre.

Pero aquella gran casa de la colonia San Rafael no sólo era hospitalaria y cálida durante la temporada decembrina. En opinión de Carmen, constantemente “…era hotel, banco, hospital y refugio para familiares y amigos”.

“Después de un tiempo de la muerte de mi madre, [mi padre] contrajo matrimonio con María Luisa Olea, viuda de Gómez Daza. Yo lo recibí con beneplácito. Fue para mí una segunda madre, pienso yo que mi madre no hubiera hecho más por mí de lo que ella hizo…”  Carmen llamó a la tercera de las hermanas Olea y tercera esposa de su padre como tía Lila. Luis Gómez-Daza Olea, hijo de tía Lila, más que un hermano para Carmen, fue un ser fundamental durante toda su vida.

Con el temperamento discreto que la caracterizaba, Carmen participaba primero y después ella misma organizaba reuniones y fiestas con familiares y amistades de su edad, donde no le faltaron pretendientes, aunque hasta ahora no haya ningún vestigio de estos. Conforme creció, Carmen se convirtió para su padre en soporte emocional e interlocutora permanente. “hablábamos el mismo idioma” ––decía. Sabía cómo apoyarlo en cada momento, hasta en el papel de secretaria. “Se le acercaba sin molestar ––apunta Lilia Weber ––, para sacarle la punta a los lápices con los que Don Gonzalo escribió varios libros e innumerables conferencias…”

Además, lo observaba atentamente: “Siempre recuerdo a mi padre en su biblioteca, escribiendo. Escribía a lápiz con una letra inglesa redondilla muy bonita. No le gustó nunca dictar, todo era manuscrito. A veces le decía: papá, ven a cenar al comedor con nosotros, y me respondía: «Está la caldera caliente. No me interrumpas» y seguía escribiendo”.

Años después, cuando el gobierno de la ciudad decidió modificar la traza de la colonia San Rafael, biblioteca y hogar tuvieron que abandonar la casa que existió en la calle de Miguel Schultz y mudarse a la colonia Roma. Esa casa desapareció bajo la picota.

Carmen no sentía la necesidad de ir a la escuela, entre otras razones, porque la escuela iba a su casa. Las visitas de los amigos de su padre eran frecuentes. De esta manera ella conversaba con personajes como Alfonso Pruneda, Aquilino Villanueva, Conrado Zukerman, Darío Fernández, Fernando Ocaranza, Gustavo Baz, Ignacio Chávez, José Álvarez Amézquita, Manuel Gea González, Nemesio García Naranjo y Teófilo Olea (uno de los Siete Sabios, tío y padrino suyo), quienes con frecuencia le daban, acaso sin proponérselo, cátedras de diversos temas, a partir de la especialidad de cada quien.

Carmen Castañeda Olea alrededor de 27 años de edad.

Carmen Castañeda Olea alrededor de 27 años de edad.

Este mundo singular donde el padre era la figura estelar y el ambiente de academia era pan de todos los días concluyó el 14 de enero de 1947. A la edad de 79 años murió el doctor Castañeda. La casa se convirtió en el ámbito vacío donde solo hay objetos que evocan la presencia reciente de quien no volverá. Pero de toda la casa, Carmen, en particular, se prendó de la biblioteca. Se convirtió en celosa, amorosa guardiana de los manuscritos de su padre y del manuscrito de don Juan Francisco Castañeda Popoca, su abuelo.  Esta gavilla de hojas acompañó al joven estudiante de Medicina que había sido su padre durante el periplo de sus estudios por Londres, París, Berlín y Viena, y volvió con él, después de haber habitado en cuartos de hotel, buhardillas, casas de estudiante y camarotes.

Carmen y tía Lila mitigaron el vacío inllenable del doctor con una estancia en Nueva York. Meses después emprendieron un recorrido por Europa. En varios países fue atendida por las amistades del doctor Castañeda y de ella misma. En Francia se sintió como pez en el agua. Llevaba en su bagage la cultura gala y el dominio perfecto del francés. La Ciudad Luz la sedujo. No fue difícil que pensara en radicar allí por algún tiempo. Acordó tomar un trabajo, no sin antes completar el itinerario que habían trazado ella y su tía, cuya última escala fue Alonsótegui, cuna de don Bonifacio Olea, abuelo materno de Carmen y padre de tía Lila. Ese encuentro familiar debió ser particularmente grato para Carmen. Cuando sus familiares vascos la instaron a recorrer al menos las ciudades señeras de España, decidió prolongar su estancia antes de volver a París.

“Todo encuentro casual es una cita”, dice Borges. Carmen Castañeda Olea y Martiniano Infante Martínez se conocieron en Sevilla cuando ella aún luchaba por salir de la depresión de la orfandad. Él recién había salido de la cárcel, donde fue preso político.  Era riojano, republicano y ex combatiente de la Guerra Civil. España vivía los años feroces del franquismo y la libertad de Martiniano estaba sujeta a restricciones: tenía prohibido salir del país. Pero el amor lo puede todo: de acuerdo con el plan que la pareja trazó, el primer paso consistió en que Martiniano se fugara. Se mezcló entre un grupo de esquiadores que participarían en un concurso con el fin de utilizar la ruta de los Pirineos y Andorra. Luego cruzó al lado francés solo y a pie, hasta que encontró medios para llegar a París. El segundo paso fue la boda en París, precisamente el 22 de abril de 1948, 34º cumpleaños de Carmen. El tercero fue el viaje a México ––luna de miel en el Queen Mary de por medio–– para comenzar su nueva vida.

La vida nueva fructificó con el nacimiento de María del Carmen, Gonzalo Juan y Claudia Begoña, y el matrimonio de la pareja Infante Castañeda duró veinte años. En 1968 una súbita embolia cerebral segó la vida de Martiniano.

i. a d. Hijos Claudia, Maricarmen y Gonzalo Infante Castañeda

i. a d. Hijos Claudia, Maricarmen y Gonzalo Infante Castañeda

Carmen tuvo que replantear su vida: sus hijos transitaban la adolescencia y ella no estaba dispuesta a dejarse consumir por el desaliento ni la cotidianidad doméstica. Tampoco discernía con claridad la ruta que debía seguir. Como había ocurrido cuando murió su padre, viajó a Europa para estar consigo misma y reflexionar. Durante el trayecto, el destino le deparó a una voluntaria como compañera de cuarto, quien le habló del altruismo hospitalario; algo cercano a los ámbitos familiares a su padre. Volvió convencida de que había algo por hacer en ese campo.

Alrededor de dos años fue voluntaria en el Hospital de Incurables de Tepexpan y en el Hospital de la Mujer, pero durante su desempeño como voluntaria comprendió que sus penas eran mínimas si se comparaba con los enfermos abandonados y las mujeres al siguiente día del parto, quienes esperaban, sentadas en las escaleras del pórtico con sus mal cobijados bebés en brazos, algún género de ayuda. Múltiples días volvió a su casa con sentimientos contradictorios: conmovida por la brutal realidad de los hospitales y plena de sentirse útil en la entrega a una noble causa.

Esa experiencia la indujo a descubrir su fortaleza interna. Le dio, además, confianza, rumbo y sentido. Despertó su vocación hacia la cultura y su inquietud intelectual. En 1971 se inscribió en la Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía. Una decisión obediente, disciplinada y discreta  para volver a los libros.

Carmen Castañeda Olea frente biblioteca de su padre Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Carmen Castañeda Olea frente biblioteca de su padre Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

¿Cuántas personas comienzan a estudiar una carrera a los 57 años, la ejercen y se convierten en una autoridad profesional? En 1976 Carmen Castañeda conoció al doctor Francisco Fernández del Castillo, quien le encargó clasificar la biblioteca histórica de la ex Escuela de Medicina, ubicada en el Antiguo Palacio de la Inquisición, frente a la Plaza de Santo Domingo. De esta manera llegó a encabezar la Biblioteca Nicolás León donde permaneció más de 25 años, entre 1977 y 2003. Durante ese tiempo no sólo clasificó libros y se ocupó de tres mudanzas de la biblioteca por diferentes ámbitos del viejo edificio virreinal:  amó esos libros. Cuidó ese acervo universitario con el mismo celo que los libros de su padre.

Carmen Castañeda Olea Navidad 2009

Carmen Castañeda Olea Navidad 2009

Continuará

Investigación

histórica e icónica:           Claudia Infante Castañeda

Texto:                                  Claudia Infante Castañeda y Rafael Rodríguez Castañeda

Revisión y Montaje:         Ricardo Castañeda Guzmán

Zacualpan, Edo. De México, México

México

Crónica de un viaje

Zacualpan, Edo. De México, Mex.

                                                                               Ricardo Castañeda Guzmán

                                                                                                     Febrero de 2013

Hotel Posada Real

¡Cómo me gustaría nuevamente visitar el pueblo de Zacualpan!  Estuve en esa municipalidad en 2011 y 2012.  Cada vez que voy, quedo con los deseos de regresar, pero radico en el extranjero y por ahora solamente puedo desear.

Durante la última visita en septiembre 2012, mi primo Rafael y yo nos hospedamos en el Hotel Posada Real.  Este lugar de alojamiento está situado en la calle de Melchor Ocampo.

El propietario de la posada es José Abraham Jacobo Flores. Tanto José Abraham como el personal nos recibieron  con mucha atención.  Don José nos presentó a Miguel Ángel, quien fue nuestro guía.  Miguel nos llevó a los sitios que estábamos interesados  en visitar. Eran sitios donde recorrimos los pasos de nuestros ancestros.

Adjunto tres fotos de Zacualpan que contrastan los años en que fueron tomadas.  La primera data posiblemente del decenio 1920-30.  A la izquierda, en la parte inferior, podemos ver lo que ahora es el Hotel Posada Real.  En la segunda foto vemos el hotel hacia los años 1940-50.  Estas primeras dos fotos fueron un obsequio de don José Abraham Jacobo.  La tercera foto la tomé durante nuestra visita, en septiembre 2012.

Antiguo Zacualpan 1 (19..)

Antiguo Zacualpan 2 (19..)

   Antiguo Zacualpan 4 (2012)

Sé que en el porfiriato, en el edificio donde está el hotel estuvo una tienda de raya. Durante nuestra estancia, don José Abraham Jacobo Flores nos contó que este lugar fue un legado de su padre, quien a su vez lo heredó de su abuelo. Por coincidencia, con anterioridad fue propiedad del célebre médico Dr. Gonzalo Castañeda Escobar, quien fue tío de mi bisabuelo.

Cuando dimos vuelta a la manzana para estacionar el carro en la entrada posterior del hotel, me encontré con otra pequeña sorpresa:  El callejón limítrofe del predio se llama Gonzalo Castañeda. ¿Cómo llegó a ser nombrado así? Seguramente hay una historia, pero obviamente ha de ser porque el doctor Gonzalo fue un gran personaje y porque este callejón delimitaba lo que fue su propiedad.

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El doctor Gonzalo Castañeda viajó para estudiar lo más avanzado de la ciencia médica en su tiempo. Desde entonces añoró Zacualpan y a su regreso, buscó la ocasión de poseer un predio en el pueblo de sus padres, donde vivió su infancia. Después trabajó por varios lugares, y cuando finalmente se estableció en la Ciudad de México, probablemente comprendió que sus clases en la Universidad y sus tareas en el Hospital de Jesús le impedirían volver a radicar en Zacualpan. Tal vez ésta habrá sido una de las razones por las cuales vendió la casona, que fue adquirida por el abuelo de don José Abraham Jacobo Flores alrededor de 1936.

A las horas de la comida, don José, mi primo y yo tuvimos amenas pláticas sobre Zacualpan. Nuestras conversaciones traspasaron sobre unos deliciosos platillos que salieron  de la “La Cocina de Rosita”.  La siguiente foto muestra de una de las comidas que preparó Rosita, excelente cocinera. El plato exhibe unas sabrosas tortas de atún.  Junto con las tortillas de maíz azul, que don José sostiene, supe que no es preciso ir a un lugar extravagante para disfrutar de una buena comida

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Vista Panorámica

Ignoraba qué es lo que califica a un sitio cómo “Pueblo Mágico”. Por mi parte, Zacualpan, Edo. De México, cuenta con mi voto.  Puedo decir que aparte de su amistosa y agradable gente, su espléndida vista panorámica, su cómoda temperatura y sus numerosas capillas, Zacualpan tiene mucha historia.  Dentro de toda esa historia, existe un pedacito que le pertenece a mi linaje paterno, que por ahora alcanza hasta el siglo XVIII.

Aquí podemos ver La iglesia de La Inmaculada Concepción, respaldada por una vista panorámica que es típica de estos alrededores. Cualquiera que fuera el lugar que visitara, estaba seguro de que dispondría de una maravillosa vista. En la parte superior e izquierda podemos ver, a gran distancia los famosos y legendarios volcanes,  El Popocatépetl e Iztaccíhuatl.  El “Popo” es el piquito agudo y a su lado esta “La Mujer Dormida”.

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La foto fue tomada desde las alturas donde está situada la capilla del barrio de San José, donde cuenta la leyenda que velaron los restos de Cuauhtémoc, camino del sitio donde los aztecas lo inhumaron. Después de hablar con los vecinos del lugar, llegamos a saber que esta capilla fue la primera que se construyó en el Real de Minas de Zacualpan, hacia 1529.

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El Rincón de Castañeda

El libro de defunciones de la iglesia de la Inmaculada Concepción que cubre la primera mitad del siglo XIX  menciona que existía un sitio al cual los padres se referían como, “El Rincón de Castañeda”.  Aparentemente, en este sitio había una capilla y un cementerio.  Por ejemplo, una de las entradas del libro dice:

En el Cementerio de la Capilla del Rincón de Castañeda a tres de Junio se le dio

Sepultura Ecca. Al cadáver de Ma. Gertrudes Hernández…  3 Junio 1844.

Después de buscar en muchos lugares información sobre este sitio, llegué a Zacualpan con las esperanzas de que alguien supiera algo, pero nadie me dio información.  Lo que sí llegué a saber es que, pasando un lugar llamado “Barrio de Santiago”,  existe un sitio donde viven varias personas con el apellido Castañeda.

Dentro de los descendientes con este apellido vive un señor conocido como “Chucho” Castañeda, y como si fuera un día de buena fortuna, lo encontramos en casa con una de sus hijas.

Al principio, lo único que teníamos en común era el apellido Castañeda.  Conforme nuestra conversación tomó forma, la información que nos dio y la posterior búsqueda que hice sobre él en los censos de México 1930, he llegado a la conclusión que este “Chucho” es un pariente mío y un primo hermano de mi primo Rafael.  Su nombre es Juan Jesús Castañeda Ronces y nació en 1924.  Otro dato interesante que Chucho nos dijo fue, que el Dr. Gonzalo Castañeda Escobar era tío de su papá.

En la siguiente foto me encuentro con Chucho y Rafaela, una de sus hijas, afuera de su casa.  Durante esta visita, se me quedaron grabados los tronidos que hacia un guajolote mientras esponjaba el plumaje. Quería nuestra atención mientras conversábamos

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Al fin de nuestra visita le pregunté a Chucho y su hija que si sabían algo de un sitio que antiguamente era conocido como el Rincón de Castañeda.  Me dijeron que no, pero que el sitio donde radican es referido como “La Barranca de Castañeda”.  Después de cruzar toda la información que tengo, deduzco que muchos Castañeda han vivido aquí a lo largo muchos años, y llego a la conclusión de que La Barranca de Castañeda y el Rincón de Castañeda son el mismo sitio.

 

Barrio de Santiago

En el Barrio de Santiago, mi primo y yo visitamos la escuela secundaria Roque Díaz con el fin de entregar un ejemplar de la reedición que hicimos del Manuscrito de don Juan Castañeda para la biblioteca de la escuela. Pusimos el libro en manos del director, profesor Edmundo Martínez Rayón.

En su manuscrito, don Juan Francisco Castañeda cuenta muchos episodios de su vida en Zacualpan durante el siglo XIX y cómo los vivió junto con su familia.  Fue interesante entregar un ejemplar de este manuscrito, en la edición de 2012, a la escuela secundaria “Roque Díaz”, después de que don Juan nos dice que él trabajó de azoguero con Roque Díaz en 1838 en la Hacienda San José.

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En la foto, el director, Edmundo Martínez Rayón, de chamarra negra, sostiene el libro. Aparecen también la subdirectora, profesora Mercedes Mónica Flores Góngora, y otra profesora, de blusa anaranjada, de quien me da pena no recordar su nombre. Mostraron gratitud al recibir el manuscrito que escribió Juan Francisco Castañeda Popoca, mi re tatarabuelo. Mi primo Rafael está de chaleco gris/verde.

El Antiguo Panteón de Zacualpan

Fuimos al panteón con la esperanza de encontrar las tumbas de algunos de nuestros antepasados.  La mayoría de las fosas corresponden a personas que fallecieron en el siglo XX. Aunque todos mis ancestros son importantes, no encontré a los que más buscaba, mis tatarabuelos Manuel Castañeda Ríos y Josefa Jaimes.  Manuel fue el primer hijo de Juan Francisco Castañeda Popoca, quien escribió el manuscrito.

Dispongo de algunos datos familiares, pero no he dado con los registros eclesiásticos y civiles sobre ellos, me faltan sus actas de nacimiento y de matrimonio. Tengo  entendido que ambos nacieron y se casaron en Zacualpan. Manuel, en 1841 y Josefa, en 1843, y que contrajeron matrimonio en 1859. Tuvieron cinco hijos, de los cuales sobrevivieron cuatro. Félix Andrés fue quien falleció durante su infancia; Manuel, Justiniano, Amador, y Víctor llegaron a la edad adulta.

En Zacualpan hay dos cementerios, el nuevo y el viejo.  El siguiente video incluye fotos y video tomados en el panteón antiguo. Hubiera sido gratificante encontrar a mis tatas Manuel y Josefa durante esa búsqueda, pero lo único que puedo hacer ahora es seguir buscándolos en  archivos.  Aunque no encontré la fosa de mi tatarabuela Josefa Jaimes de Castañeda, le rindo homenaje reconociéndola en el título.

Distancia

Ha sido un placer haber llegado a Zacualpan en dos ocasiones.  No solo llegué a conocer parte de su gente, pero también a otros parientes que caminan sus calles al mismo tiempo que escribo estas palabras.   La distancia es mí peor obstáculo para poder regresar tan frecuentemente como yo lo desearía.

Aunque no ahí, entonces en otro lugar, o de otra manera seguiré tratando de calmar la sed que tengo, por saber más sobre mis Ancestros Castañeda.

7 de Febrero, 2013

La añoranza de Zacualpan del Dr. Castañeda (1869-1947)

Cómo mencioné, he viajado a Zacualpan, Edo. De México, con mi primo Rafael Rodríguez Castañeda en 2011 y 2012.  Entre las respuestas positivas que he recibido sobre este blog, tengo el placer de incluir unas apostillas que acabo de recibir de él, que ilustran un aspecto poco conocido del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar: su nexo emocional con Zacualpan.

Nos proponemos indagar también el cariño entrañable que siempre ligó a Zacualpan con otros personajes que emigraron, como el licenciado José Amador Castañeda Jaimes (1871-1934), gobernador interino del Estado de Hidalgo en 1912, y el general brigadier Austreberto Castañeda Porcayo (1888-1943).

Asentaré fotos o videos en los lugares más apropiados, sean dentro o alrededor de los temas correspondientes.

Apostillas a la crónica del viaje a Zacualpan de Ricardo Castañeda

Hasta donde sabemos, el doctor Gonzalo Castañeda poseyó dos bienes raíces en Zacualpan: el predio rural situado en la cañada de la antigua cuadrilla de Santiago, que probablemente quedó intestado en beneficio suyo tras la muerte de sus padres y de Maximiliana y Bernardino, sus hermanos, y el predio urbano ubicado en la calle de Melchor Ocampo al que se refiere Ricardo Castañeda Guzmán en su Crónica de un viaje, que ahora ocupa el hotel Posada Real.

Hay diferencias entre el predio urbano y el terreno del actual barrio de Santiago. El predio cuyo frente se alinea a la acera poniente de Melchor Ocampo dista una cuadra de la plaza principal; al terreno del barrio de Santiago se llega después de caminar un tramo no muy largo a partir de la zona “urbana” de Zacualpan. El primero tiene una extensión medible en metros cuadrados; para el segundo, cuya delimitación es imprecisa, la unidad de medida más apropiada es la hectárea. Hay también algunas coincidencias: ambos sitios están en declive y ofrecen una vista maravillosa. Desde el primero, una parte de Zacualpan; desde el segundo, el verdor de la cañada.

Como Zacualpan ocupa la parte superior de un cerro, prácticamente es preciso bajar para dirigirse a cualquier barrio. Algunos están casi al mismo nivel de la cabecera municipal, lo cual supone subir nuevamente. Tal es el caso del barrio de San José y del panteón municipal, pero el barrio de Santiago está en una hondonada, en la cuna entre dos cerros cubiertos de vegetación.

DSCN9418 Santiago-cañada

El doctor Gonzalo Castañeda, dejó Zacualpan hacia 1881, a la edad de doce años, cuando salió hacia Cuernavaca para continuar los estudios que lo habrían de convertir en médico ilustre y prestigiado maestro de la Escuela Nacional de Medicina y luego de la Universidad Nacional. Salvo breves visitas durante sus vacaciones, no volvió a radicar en el pueblo de su infancia, aunque lo añoró toda la vida. Cuando se convirtió en dueño de la finca que habitaron sus abuelos, y años después, sus padres, la dejó a cargo de una familia de apellido Gama, que primero la usufructuó y a la postre tuvo en propiedad, gracias a una decisión del doctor Castañeda.

El terreno donde crecieron los Castañeda Escobar queda al lado del camino ––ahora de terracería–– que conduce hasta la capilla del barrio de Santiago, antes de cruzar el fondo de la cañada, que correspondió sucesivamente al río con pozas y cascada, escenario de la aventura con un duende que don Juan Castañeda Popoca narra en su manuscrito. Por muchos años, ese mismo río fue degradado en drenaje del pueblo, pero según nos contó Miguel Ángel Espíndola, está por ser rescatado y rehabilitado como río cuando estrenen una planta de tratamiento de aguas negras que está en construcción.

Capilla Barrio de Santiago

Según los recuerdos de doña Catalina Vera Peralta, viuda de Nava, originaria del barrio de Santiago y desde niña, vecina de la finca que fue de los Castañeda Escobar, ellos vivieron en una casa chiquita, hecha de adobe y teja, conocida como “la casa blanca”. Era un solo cuarto al lado de un guayabo que carecía de puerta, pero eso sí, estaba encalado de blanco. Tampoco tenía ventana, y el vano de la entrada se orientaba hacia abajo, donde había sembradíos. Manzanos y muchos duraznos; alfalfa y lechuga. Por algo se le quedó el nombre de La Huerta.

Doña Catalina nació en 1931 y llegó a vivir al terreno colindante por el lado de arriba en 1948, cuando casó con Jesús Nava. El año anterior había muerto el doctor Castañeda, a quien no conoció, pero supo de él y de sus esporádicas visitas al lugar. El terreno de doña Catalina lo compró su esposo con el producto de la venta de una vaca, y fueron capaces de edificar gracias a la ayuda del señor Vera Porcayo, padre de ella. Hicieron una casa semejante a la de los Castañeda, con adobe y teja, pero con ventana y portal. A la casa de doña Catalina la afectan ahora el deterioro y los años. Consta básicamente de un cuarto con refuerzos de ladrillo en los vanos de la puerta y la ventana. Según desciende la pendiente del cerro, doña Catalina vive arriba de La Huerta. Hacia abajo no hay signos que distingan el predio de la agreste vegetación de la cañada. Salvo la imaginación de los Castañeda descendientes, quienes observamos, tampoco hay indicios de la casita de adobe y teja que allí existió.

Ignoramos cuándo y cómo el doctor Castañeda adquirió el predio urbano donde ahora está el hotel Posada Real. Don José Abraham Jacobo Flores, el dueño del hotel, posee el documento notarial que prueba la operación de compraventa. Allí constan los nombres de su abuelo como comprador y de Gonzalo Castañeda Escobar como vendedor.

La hija y los nietos del doctor Castañeda recibieron con escepticismo tanto la noticia de esta antigua posesión como de la compraventa notariada. Cuando se enteraron que existía evidencia documental, les surgieron interrogantes: “Esa casa debió ser de mi abuelo pero por alguna razón nunca la mencionó” ––dice Claudia Infante Castañeda.

La oquedad en la historia que hay detrás deja lugar a las conjeturas: acaso el doctor Castañeda reservó la noticia de esa posesión como una sorpresa para el momento en que hubiera terminado de habilitarla, según un sueño, una ilusión del tamaño de su nostalgia. O tal vez la acumulación de los años y el cansancio de su agenda, repleta de consultas e intervenciones quirúrgicas, de clases y prácticas médicas, lo indujeron a cancelar el proyecto de volver a Zacualpan.

No sabemos.

Es demasiado lo que todavía debemos indagar.

RRC

Febrero de 2013

Últimamente, agrego una foto más aclarada del antiguo panteón de Zacualpan, Edo. de México, Mex.

Panteon antiguo I

Gracias

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