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Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte V

Continuación.

“…que ni a Manuel ni a su padre Juan fueran molestados, que habían prestado servicios de consideración a la causa que defendían ellos…”

Juan a la edad de 54 años, 1870

1859 fue significativo en la vida de Juan Castañeda. Fue el año en que nació el primer hijo de su segundo matrimonio y en que vivió la aventura que lo llevó a participar, así fuera indirectamente, en la Guerra de Reforma después que Marcelo Popoca, su tío, erróneamente le informara que su hijo Manuel había fallecido en Temascaltepec.

Para saber más sobre Marcelo Popoca busqué datos extra sobre él en las actas eclesiásticas y los registros civiles de Zacualpan, pero sin éxito. En ambas entidades hay libros de registros faltantes.

La familia Popoca Sáez fue muy extensa. Tuvo varios hijos, de los cuales la mayoría falleció a temprana edad. Entre los que sobrevivieron estuvo Marcelo. José Manuel Popoca y María Ignacia Josefa Sáez fueron abuelos maternos de Juan Castañeda, quien tuvo una relación cercana con su tío Marcelo.

Deduzco que Marcelo era mayor que Juan, a quien seguramente Marcelo contaba cuentos e historias si Juan estaba en casa de sus abuelos o cuando Marcelo visitaba a su hermana María Antonia Josefa Popoca, madre de Juan. Supongo también que entre ellos hubo un trato frecuente a lo largo de su vida. Cuando ambos fueron adultos, coincidían en la plaza de Zacualpan. Sabemos que instalaban sus puestos uno al lado del otro.

En muchos casos, cuando niños, escuchamos historias que nos impresionan y en lugar de “entrar por un oído y salir por el otro”, se atoran en nuestra memoria para siempre. Considero que esto ocurrió con uno de los relatos que Marcelo contó a Juan, quien al final de su manuscrito, escribe tres párrafos con el sabor de los recuerdos de un tío a quien conoció durante su vida y admiró entre las buenas y las malas.

Lo que Juan describe se refiere a la participación de su tío Marcelo en un episodio de la lucha de Pedro Ascencio Alquisiras (1778-1821), guerrillero de sangre indígena pura[1]. Aunque lo más probable es que mezcle dos momentos diferentes de la larga lucha por la Independencia. Uno, donde intervino Filisola, ocurrido hacia 1812, y el segundo, donde el protagonista fue Ascencio, hacia 1820.

La narración de Juan comienza con una frase que probablemente dijo el comandante Vicente Filisola[2] a Marcelo Popoca. Las palabras anteriores que debieron explicarnos esto no existen porque el pliego original del manuscrito subsiste roto. Se perdió la parte superior de la hoja que contiene esta historia, de tal forma que faltan las dos primeras líneas del texto:

—Quedarás agregado a mi fuerza.

A los dos ó tres días se supo en Coatepec que en la Goleta, había sido derrotada la fuerza del Gobierno nombrada regimiento de Santo Domingo; y con tal noticia el comandante Filisola emprendió su marcha para el sur con su tropa, y con ella, mi tío Marcelo de clarín; que llegaron a un punto al pie de la Goleta en donde encontraron una numerosa y horrorosa osamenta de cadáveres humanos, como de caballo de los primeros.

Había muchos [cadáveres] enteros porque las aves carnívoras no daban basto a comerlos; pues supieron por algunos de los que escaparon que de los quinientos que eran, solo trece habían salido de los que iban en lo último, a retaguardia; y por algunos de estos supieron que don Pedro Ascencio los fue llamando, hasta llevarlos a una cuesta o barranco para subir al plan o cima de la Goleta.

Y habiendo la fuerza del Gobierno tomado el camino, que era un callejón cerrado, y barranca por encima y por abajo, Ascencio con treinta indios comenzó a rodarles piedras. Como el camino estaba cerrado, comenzaban a matar desde los primeros hasta los últimos. Que en esa acción se hizo don Pedro de muchas armas, y qué a él le mataron dos hombres, que esto se supo porque encontraron dos sepulturas en donde estaban las piedras que echaron a rodar: y que ellos no corrieron la suerte que los de Santo Domingo porque a los insurgentes les llamaron la atención por otra entrada que entonces la Goleta tenía, pues entonces solo por las entradas se subía a ese punto, y que estando ya encima las dos fuerzas del Gobierno no vieron ya a nadie, pues dizque ese cerro tiene encima grandes planes montuosos y muchas barrancas.

La amplia ayuda que hemos recibido de la familia Castañeda, así como de amigos y conocidos, para recopilar información genealógica la hemos integrado mi primo Rafael Rodríguez Castañeda y yo, quienes hemos buscado, además, la mayor información histórica posible para poner en contexto el devenir de nuestra rama familiar Castañeda.

Hace dos años Rafael me envió la copia digitalizada de un testamento escrito en mayo de 1870. El testamento, dictado por Marcelo Popoca, consideró entre sus legatarios a Juan Castañeda, y es precisamente en la etapa de que se ocupa este capítulo cuando resulta propio y oportuno mencionarlo. Aunque Juan no habla de esto en su manuscrito, nos ilustra sobre la trama familiar en que ambos se desenvolvieron.

Quise saber más sobre este documento y pregunté a Rafael los detalles pertinentes. Como en muchos casos, más que responder, Rafael hizo una presentación completa y transcribió el testamento que ahora conserva. Presento el texto resultante, que hace referencia a Juan Castañeda:

Marcelo Popoca Sáez no sabía escribir. No obstante, cuando sintió próxima su muerte, dispuso la repartición de su patrimonio en un pliego testamentario elaborado con elegancia y esmero profesionales por don Hipólito Patiño, quien firmó al calce de este documento “por sí y por el testador”. Otras seis personas también lo firmaron como testigos.

¿Cómo y en manos de quién fue posible que se conservara durante tanto tiempo? No lo sabemos, pero podemos suponerlo: la primera persona en tenerlo fue Sotera Popoca Soria, única hija superviviente de Marcelo, la albacea, quien recibió la mayor parte de la herencia.

De Sotera Popoca, el pliego pasó como mero recuerdo a manos de su hija, Margarita Porcayo Popoca (1859-193#), nieta de Marcelo. Fue Margarita quien lo llevó consigo entre su menaje de Zacualpan, Edo. De México a Pachuca, Hidalgo y durante varias mudanzas, hasta que lo depositó con otros documentos en un ropero, en la casa que adquirió para ella su hijo Austreberto, y que fue su última morada. Cuando murió, sus pertenencias las conservó Rosario Castañeda Porcayo, Rosita (1891-1975), su hija.

Tocó a Miguel Rodríguez Castañeda revisar el legado documental de su tía Rosita. Entre cartas, fotografías y otros recuerdos, en un sobre común encontró el testamento que dictó su retatarabuelo más de cien años atrás. Con enorme generosidad, Miguel entregó el testamento a Rafael, su hermano.

Descripción del documento.  La subsistencia de este documento, 145 años después de la fecha en que fue escrito, es un portento. Se trata de un frágil pliego de 44 por 32.5 cm de un papel parecido al que hoy llamamos de China, doblado por la mitad, de manera que resultaran cuatro caras, de las cuales el redactor o amanuense utilizó tres. El texto fue manuscrito a tinta. Las páginas 1 y 2 ocupan el anverso y reverso de la primera mitad, y la página 3 una cara del otro medio pliego.

Notas sobre esta transcripción.  El siguiente texto respeta puntualmente la grafía del manuscrito original: carencia de puntuación, acentos en desuso sobre palabras monosílabas, así como faltas ortográficas.

Los números fuera del margen no aparecen en el original; indican el contenido de cada una de las tres caras escritas en el pliego.

RRC

Gracias al envío del Testamento de Marcelo Popoca Sáez digitalizado por Rafael Rodríguez Castañeda, lo adjunto forma PDF  y Words.

Testamento Marcelo Popoca Sáez PDF

Testamento Marcelo Popoca Sáez Words

Testamento

1. En el nombre de Dios todopoderoso, uno en esencia y trino en personas. Yo Marcelo Popoca natural y vecino de este Mineral hijo legítimo de Don José Manuel Popoca y de María Ignacia Josefa Saez difuntos, naturales de Coatepec Harinas, hallandome enfermo en cama de la enfermedad que Dios nuestro Señor se ha servido enviarme, pero en mi entero juicio y cabal memoria; creyendo, como firmemente creo, todos los misterios de nuestra santa fé católica, en cuya fé y creencia quiero y protesto vivir y morir, y esperando en que la Divina misericordia me perdonará mis culpas y pecados por la intersesión de María Santísima Nuestra Señora, á cuyo patrocinio me acojo, para que con el Santo Angel de mi guarda, santo de mi nombre y demas santos de mi devoción me amparen y favorescan en el trance de mi muerte; hago, otorgo y ordeno este mi testamento en la forma siguiente:

Primeramente encomiendo mi alma a Dios, que la crió de la nada y mi cuerpo á la tierra de que fue formado.

Que su entierro se verifique sin pompa alguna.

Que fue casado de primeras nupcias con María Soria natural de este Mineral y ya difunta, que ningún capital poseían ambos al tiempo de su enlace.

Que en nuestro matrimonio tubimos nueve hijos en el orden siguiente: Rafael, María, Víctor, Francisca, Cresencio, Epigmenia, Secundina, Zeferina, Juan ya difuntos y Sotera

Que Don Sabino Hernandez de Pilcalla me es deudor de siete pesos y medio

2. saldo de la cera labrada que le dí quedando ya pagado de dos pesos que yo le debía á dicho Sr. de una poca de azúcar y las demas personas que constan en la adjunta lista y que forman un total de treinta y seis pesos veinticinco cent: advirtiendo que de los doce pesos que adeuda Hilario Hernandez se deben dar seis en el orden siguiente: tres a Pedro Reynoso y tres a Juan Castañeda. Que sus intereces consisten en la casa de su habitacion que posee sin gravamen alguno, en un caballo colorado ensillado y enfrenado, de cuyos objetos deja las constancias necesarias a su albacea.

Que de todo lo que forman mis intereses ya dichos declaro por mi única heredera á mi hija Sotera Popoca.

Que nombro por testamentaria, albacea y ejecutora de mi testamento á mi referida hija Sotera e insólidum le doy la de mi poder cumplido, cuanto en derecho se requiere para que pueda entrar y entre en todos mis bienes y los venda y remate en pública almoneda ó fuera de ella segun le paresca conveniente, para que cumpla mis disposiciones dentro del término legal ó el mas tiempo que necesite, pues al efecto se los prorrogo y le doy facultad para que pueda sustituir sus oficios y subrogar otros en su lugar que lo lleven á debida ejecución, a los cuales doy por nombrados, y les concedo la misma facultad y potestad que á la espresada.

Y por el presente, revoco y anulo cualquiera protestamento o testamentos, codicilo o codicilos que

3. yo haya hecho y otorgado, para que no valgan ni tengan efecto alguno en juicio ó fuera de él, ahora ni en tiempo alguno que paresca y sea mostrado, aunque tenga clausulas derogatorias, y palabras particulares de que haya que hacer especial mension, de las que al presente no me acuerdo y doy por espresadas literalmente; y quiero y mando que el presente se cumpla y ejecute como mi última y deliberada voluntad, en la forma y modo que mejor lugar haya en derecho. Así lo otorgo firmando por mí por no saberlo hacer uno de los testigos presentes.

Zacualpan, Mayo 6 de 1870

Por sí y por el testador

Hipólito Patiño Mariano Chimalpopoca

José D Uribe Antonino Sotelo

Miguel Ocampo Jesús Ocampo

Melesio Ocampo

Juan a los 57 años de edad

Aparte de sus maneras de ser, las cuales todas fueron positivas, Juan fue una persona de alta inteligencia. Esta capacidad se demuestra párrafo por párrafo a través de su manuscrito en como deshebra la vida positivamente, siempre sin sentirse víctima.

Saber que uno mantiene un alto nivel de inteligencia causa orgullo personal. Este sentimiento es evidente cuando Juan nos relata los siguientes episodios que ocurrieron durante la época que su hijo Gonzalo empieza sus estudios.

Antes de hablar de Gonzalo, Juan nos narra cómo él mismo fue ganador de un premio de doce pesos que le brindaron sus conocimientos de aritmética, seguramente cuando era niño o adolescente.

Los signos de añadir y substraer fueron introducidos por el alemán Johann Widman en el siglo XV. Según Juan, aun no se los habían enseñado para el siglo XIX cuando un comisionado del Honorable Ayuntamiento de Zacualpan puso Juan a sumar, restar, multiplicar y partir (dividir). El resultante de esta prueba o concurso fue el premio de doce pesos.

Juan no menciona el año en que incrementó sus posesiones con tal cantidad, pero si suponemos que fue durante su adolescencia, entonces el hecho debió ocurrir alrededor de 1830. En sí misma, la cantidad de doce pesos habrá sido una buena suma.

En otro caso, cuando Juan era niño, tuvo un compañero de escuela llamado Francisco Ramírez con quien seguramente lo mismo jugaba que se peleaba.

Aunque Juan ganaba las peleas, no le gustaban tales enfrentamientos porque su padre lo castigaba por ser pendenciero, sin que importara si había ganado o perdido un pleito.

Un viernes en que convivían en buenos términos, decidieron irse de pinta (absentismo escolar) para no tener que dar cuenta por oraciones y la doctrina de Ripalda[3]. Nunca sabían los artículos de la fe, “las bienaventuranzas ni la doctrina”; el maestro los amolaba y le tenían miedo.

Para no ser detectados, se metieron a un bosque donde se encontraron con una grande culebra. Pensando que era castigo del Dios por haberse servido una libertad no autorizada, volvieron inmediatamente a la escuela. Al regresar, el maestro ya enojado porque nadie sabia la lección y ellos tampoco, los azotó como a bestias de carga.

Al final de ese relato, Juan afirma algo que permanece vigente hasta este día con mucha verdad.

Casi en todas las escuelas me pasaba lo mismo porque no sabían los maestros enseñar ni los discípulos aprender”.

“[Gonzalo] era muy travieso y llorón”. Tal es la primera aseveración de Juan sobre su hijo Gonzalo, quien llegaría a ser un gran médico en la historia de México.

Corría 1873. Gonzalo tenía cinco años. Era, por tanto, muy chico para la escuela, pero con tal de que no los molestara en casa, Juan decidió mandarlo al colegio con Bernardino, su hermano mayor, quien para este tiempo tenía catorce años de edad.

Juan y Gabina solamente tuvieron dos o tres días de descanso, porque el preceptor Miguel Ocampo lo regresó con un recado: con sus travesuras, Gonzalo le quitaba el tiempo y debido a su tierna edad no se le podía dar castigo corporal.

Pasó el tiempo y llegó el momento en que fue enviado a la escuela. Gabina avisó a Juan que Gonzalo no quería ir.

Con lágrimas en los ojos de Gonzalo, Juan lo tomó de un brazo:

—¡Marche para la escuela!

Juan lo llevaba, Gonzalo se escapaba y Juan lo regresaba. Después de ofrecerle un tlaco y otros estímulos, Gonzalo perdió el miedo y atendió a sus clases.

El mundo de la educación se abrió y Gonzalo corrió con ella tan aceleradamente que su maestro lo nombró su caballo de batalla porque le ayudaba a enseñar. Era también el niño a quien comisionaba para tomar la palabra en nombre de los alumnos para saludar a las autoridades políticas y educativas que visitaban la escuela.

Una vez en un discurso que pronunció Gonzalo, dijo al gobernador: “Ojala, señor, que usted tuviera a bien darme un lugar en el Instituto Literario”. Pero como en muchos casos, palabras caen en oídos que nunca oyen.

El gobernador habrá tenido audiencia selectiva, pero Gonzalo no consideró ese detalle de manera que siguió adelante, calificando bien en sus exámenes, los cuales le generaban carpetas con moños y monedas de plata.

Un día Juan y Gabina recibieron la sorpresa de una visita del alcalde, don Jesús Lechuga, y de un regidor. Juan se preguntó, a qué se debía tal visita.

En representación del Ayuntamiento, los visitantes expresaron con agrado la razón de su visita. Iban a felicitarlos por el adelanto de Gonzalo en la escuela, así como la expectativa de quienes lo examinaron de que en el futuro siguiera aplicándose con el mismo entusiasmo.

Juan se sobrepuso a la emoción que le anudó la garganta y les dio las gracias por el honor que les hacían a Gabina y a él.

“Dios quisiera que mi joven siguiera con el empeño que hasta entonces tenía —reflexionó Juan—, y que acaso llegaría el día que fuera útil no solo a sus padres, si no a su patria, y por fin, a la sociedad”. La realidad es que sus fervientes deseos se realizaron: Gonzalo llegó a ser una eminencia en la Medicina, satisfizo a sus padres, honró a su patria y benefició a la sociedad.

Don Mariano Sotelo no sólo era preceptor de la escuela municipal; también promovía la participación de los alumnos en actividades teatrales. Representaban comedias y sainetes, y Gonzalo era el actor preferido para los papeles principales. De estas pequeñas obras de teatro escolares, Juan menciona dos.

En una de sus actuaciones, asignaron a Gonzalo el papel de un amante que gritaba con enfado el nombre de su novia, y ella el de él. Juan abandonó la representación porque consideró inmoral el sainete, impropio para un niño de nueve años de edad. Este episodio debió ocurrir en 1877.

En otra ocasión en que Gonzalo debía actuar, todo su vestuario estaba listo, menos los zapatos, porque el zapatero no cumplió.

La víspera de la representación, en medio de su angustia y su llanto, Gonzalo pidió a Juan que fuera a casa de su compadre don Zenón porque sabía que Lolita, la hija de Zenón, tenía dos pares de zapatos, uno de los cuales le venían bien.

En casa del compadre Juan sólo encontró a Lolita, se entendió con ella y el asunto quedó arreglado.

Quienes presenciaron aquel número aplaudieron la actuación de Gonzalo, particularmente su habilidad para bailar, de tal manera que cuando Gabina, Bernardino y Gonzalo iban a un baile, los asistentes le pedían a Gonzalo que bailara el jarabe, pues lo hacia muy bien, especialmente con Lolita Suárez.

Sin cesar, Gonzalo buscaba la forma de continuar sus estudios. A pesar de las estrecheces de la familia, esa inquietud se la planteaba a su padre, a quien le revelaba sus deseos mediante interrogatorios cuya intención Juan entendía claramente. Las siguientes preguntas, según mis cálculos, procedían por lo menos de un muchacho de catorce años de edad. Juan tenía entonces sesenta y seis. El año era 1882.

—¿Cuánto es lo que se paga en un colegio porque entre uno a estudiar?, ¿qué pasos se dan para entrar en un colegio? ¿Cuánto se pagará en un navío por ir a Francia o a España o a otra parte que vaya uno en un navío?

Juan respondió:

—En los colegios que paga el Gobierno no se paga nada y se enseña; pero estos necesitan de tener proporción para poder sus padres subsistir en México, y si sus padres viven fuera, necesitan tener para mantenerlos y vestirlos.

Juan agregó, considerando su pobreza:

—Que casi nunca es el que remiten el de más aplicación e inteligencia tiene, sino el hijo del Alcalde, del más rico o del de más influencia, aunque éste, por quien dan su voto, sea un burro. [Así proceden], menospreciando al pobre aunque, sea más adelantado e inteligente que los demás.

Juan ignoraba el costo de un pasaje a España, Francia e Inglaterra, pero explicó a su hijo que la situación económica del pasajero dictaba su comodidad durante el viaje y que el pobre comía los desperdicios que el rico dejaba.

Las ambiciones de Gonzalo por avanzar escolarmente eran grandes y a Juan lo mortificaban. Carecía de los medios. Lo único que si podía hacer, era pedirle a su Dios.

Con grandes esfuerzos y con la ayuda de familiares, Gonzalo llegó a Cuernavaca para avanzar en sus estudios en plena adolescencia. Hubo un momento en que allí se reunieron Juan y dos de sus hijos, Bernardino y Gonzalo. Ese momento quedó capturado en la siguiente fotografía, que conocemos gracias a la gentileza de Claudia Infante Castañeda, nieta del Dr. Gonzalo Castañeda.

De izq. a der., Bernardino Castañeda Escobar, Juan Francisco Castañeda Popoca y Gonzalo Castañeda Escobar. Foto gracias a la generosidad de Claudia Infante Castañeda, nieta del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Más de medio siglo después, el 28 de enero de 1941, el doctor Gonzalo Castañeda explicó en una carta dirigida al Sr. Rodolfo González Hurtado algunos detalles acerca de su niñez.

Continuara…

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición Rafael Rodríguez Castañeda


[1]. http://guerrero.gob.mx/articulos/alquisiras-pedro-ascencio/

[2]. Vicente Filisola. (Riveli, Nápoles, 1785-México, 1850) Militar mexicano de origen napolitano. Luchó en el ejército realista contra los insurgentes. Es probable que el episodio que narra Juan Castañeda haya ocurrido hacia septiembre de 1812 en las inmediaciones de Sultepec, Amatepec, Tejupilco, Temascaltepec e Ixtapan de la Sal. V. Gaceta del gobierno de México, Volumen 4. Ed. Imp. de Arizpe. Original de la Universidad Complutense de Madrid digitalizado en enero de 2009. (Gaceta del Gobierno de México del sábado 31 de octubre de 1812. Tomo iii. Núm. 309. pp 1143 y ss.)

https://books.google.com.mx/books?id=7W4OOxaCV5gC&pg=PA1147&lpg=PA1147&dq=comandante+filisola&source=bl&ots=SL8prHlK5P&sig=8ERuKnS-Mt1yiIW35wr5y7ympIw&hl=es&sa=X&ei=6kZuVdO8L8-OyATKoYKQCQ&ved=0CCgQ6AEwAg#v=onepage&q=comandante%20filisola&f=false

[3]. Jerónimo Martínez de Ripalda (Teruel, 1536 – Toledo, 1618) Jesuita español, autor de un famoso Catecismo (1618). Provista con las novedades del Concilio de Trento, la obra de Ripalda pasó a Hispanoamérica. Se tradujo a las lenguas indígenas. Del de Ripalda se hicieron traducciones cuando menos en náhuatl, otomí, tarasco, zapoteco y maya. (Fuente: Wikipedia).

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