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CARMEN CASTAÑEDA OLEA (1914-2012)

Entre la familia y los libros

Homenaje a Carmen Castañeda Olea (1914–2012)

el 22 de abril de 2013,

a noventa y nueve años de su nacimiento.

En el trance de la segunda viudez, su padre comprendió que la vida le duplicaba responsabilidades: debía guiarla y protegerla, conducir su desarrollo, acompañarla y procurar su compañía. Carmen no sólo era su única hija; era la única que había sobrevivido a la primera infancia. Con su primera esposa tuvo varios hijos, pero todos murieron a temprana edad. La propia Teresa Olea Gómez Daza murió también y años después, en 1912, el doctor Gonzalo Castañeda Escobar se casó con Carmen Olea Gómez Daza, viuda como él, quien primero había sido su cuñada.

Carmen Castañeda Olea con padres Dr. Gonzalo Castañeda Escobar y Carmen Olea Gómez Daza

Carmen Castañeda Olea con padres Dr. Gonzalo Castañeda Escobar y Carmen Olea Gómez Daza.

“En mi niñez fui muy consentida y mimada por él, pues en su anterior matrimonio tuvo varios hijos, pero todos murieron, y al crecer yo me cuidaron mucho, pues siempre temían que muriera al igual que mis hermanitos, pero Dios quiso que viviera y fui su gran alegría”.

A la muerte de su madre, Carmen tenía trece años y estudiaba en el Colegio Francés. Introvertida y reservada como era, trató de atenuar esa soledad y ese duelo frente a un caballete, paleta de colores y pinceles en mano. Su padre no permanecía tranquilo si se quedaba sola. Cuando no era posible dejarla en familia, entre sus primos, la llevaba consigo a sus clases, conferencias y reuniones. Así fortalecieron un vínculo donde el amor filial fue correspondido con una devoción más allá del natural cariño al padre y la admiración al médico eminente.

Carmen Olea había muerto durante el invierno de 1928. El verano siguiente el doctor Castañeda organizó un viaje al pueblo de su infancia. Fue la primera vez que Carmen visitó Zacualpan, Edo. de México, México en un viaje cuya última etapa fue a caballo. Una aventura que recordaría toda la vida. “Fuimos a llevar [un] cargamento de dulces y juguetes para repartirlos entre los niños del pueblo y pueblitos aledaños. Fue una gran alegría para todo el pueblo. Mandó hacer castillos de luces, ensayar danzas de los indios, música, baile, en fin: el pueblo pasó unos días de alegría…”

La medida en que el doctor Castañeda, aún viudo, consiguió hacer de su casa un hogar, la da el testimonio de las primas paternas de Carmen, huérfanas de padre y madre, quienes eran invitadas a acompañarla los meses de diciembre en estancias que culminaban con la celebración de la Navidad, fiesta de encanto donde las primas visitantes miraban a Carmen como si fuera Clara, el personaje del Cascanueces. El año comenzaba con una gran fiesta el 10 de enero, día de san Gonzalo. Preparaban comida para varios días, durante los cuales la familia Castañeda asistía a celebrar a su integrante más ilustre.

Pero aquella gran casa de la colonia San Rafael no sólo era hospitalaria y cálida durante la temporada decembrina. En opinión de Carmen, constantemente “…era hotel, banco, hospital y refugio para familiares y amigos”.

“Después de un tiempo de la muerte de mi madre, [mi padre] contrajo matrimonio con María Luisa Olea, viuda de Gómez Daza. Yo lo recibí con beneplácito. Fue para mí una segunda madre, pienso yo que mi madre no hubiera hecho más por mí de lo que ella hizo…”  Carmen llamó a la tercera de las hermanas Olea y tercera esposa de su padre como tía Lila. Luis Gómez-Daza Olea, hijo de tía Lila, más que un hermano para Carmen, fue un ser fundamental durante toda su vida.

Con el temperamento discreto que la caracterizaba, Carmen participaba primero y después ella misma organizaba reuniones y fiestas con familiares y amistades de su edad, donde no le faltaron pretendientes, aunque hasta ahora no haya ningún vestigio de estos. Conforme creció, Carmen se convirtió para su padre en soporte emocional e interlocutora permanente. “hablábamos el mismo idioma” ––decía. Sabía cómo apoyarlo en cada momento, hasta en el papel de secretaria. “Se le acercaba sin molestar ––apunta Lilia Weber ––, para sacarle la punta a los lápices con los que Don Gonzalo escribió varios libros e innumerables conferencias…”

Además, lo observaba atentamente: “Siempre recuerdo a mi padre en su biblioteca, escribiendo. Escribía a lápiz con una letra inglesa redondilla muy bonita. No le gustó nunca dictar, todo era manuscrito. A veces le decía: papá, ven a cenar al comedor con nosotros, y me respondía: «Está la caldera caliente. No me interrumpas» y seguía escribiendo”.

Años después, cuando el gobierno de la ciudad decidió modificar la traza de la colonia San Rafael, biblioteca y hogar tuvieron que abandonar la casa que existió en la calle de Miguel Schultz y mudarse a la colonia Roma. Esa casa desapareció bajo la picota.

Carmen no sentía la necesidad de ir a la escuela, entre otras razones, porque la escuela iba a su casa. Las visitas de los amigos de su padre eran frecuentes. De esta manera ella conversaba con personajes como Alfonso Pruneda, Aquilino Villanueva, Conrado Zukerman, Darío Fernández, Fernando Ocaranza, Gustavo Baz, Ignacio Chávez, José Álvarez Amézquita, Manuel Gea González, Nemesio García Naranjo y Teófilo Olea (uno de los Siete Sabios, tío y padrino suyo), quienes con frecuencia le daban, acaso sin proponérselo, cátedras de diversos temas, a partir de la especialidad de cada quien.

Carmen Castañeda Olea alrededor de 27 años de edad.

Carmen Castañeda Olea alrededor de 27 años de edad.

Este mundo singular donde el padre era la figura estelar y el ambiente de academia era pan de todos los días concluyó el 14 de enero de 1947. A la edad de 79 años murió el doctor Castañeda. La casa se convirtió en el ámbito vacío donde solo hay objetos que evocan la presencia reciente de quien no volverá. Pero de toda la casa, Carmen, en particular, se prendó de la biblioteca. Se convirtió en celosa, amorosa guardiana de los manuscritos de su padre y del manuscrito de don Juan Francisco Castañeda Popoca, su abuelo.  Esta gavilla de hojas acompañó al joven estudiante de Medicina que había sido su padre durante el periplo de sus estudios por Londres, París, Berlín y Viena, y volvió con él, después de haber habitado en cuartos de hotel, buhardillas, casas de estudiante y camarotes.

Carmen y tía Lila mitigaron el vacío inllenable del doctor con una estancia en Nueva York. Meses después emprendieron un recorrido por Europa. En varios países fue atendida por las amistades del doctor Castañeda y de ella misma. En Francia se sintió como pez en el agua. Llevaba en su bagage la cultura gala y el dominio perfecto del francés. La Ciudad Luz la sedujo. No fue difícil que pensara en radicar allí por algún tiempo. Acordó tomar un trabajo, no sin antes completar el itinerario que habían trazado ella y su tía, cuya última escala fue Alonsótegui, cuna de don Bonifacio Olea, abuelo materno de Carmen y padre de tía Lila. Ese encuentro familiar debió ser particularmente grato para Carmen. Cuando sus familiares vascos la instaron a recorrer al menos las ciudades señeras de España, decidió prolongar su estancia antes de volver a París.

“Todo encuentro casual es una cita”, dice Borges. Carmen Castañeda Olea y Martiniano Infante Martínez se conocieron en Sevilla cuando ella aún luchaba por salir de la depresión de la orfandad. Él recién había salido de la cárcel, donde fue preso político.  Era riojano, republicano y ex combatiente de la Guerra Civil. España vivía los años feroces del franquismo y la libertad de Martiniano estaba sujeta a restricciones: tenía prohibido salir del país. Pero el amor lo puede todo: de acuerdo con el plan que la pareja trazó, el primer paso consistió en que Martiniano se fugara. Se mezcló entre un grupo de esquiadores que participarían en un concurso con el fin de utilizar la ruta de los Pirineos y Andorra. Luego cruzó al lado francés solo y a pie, hasta que encontró medios para llegar a París. El segundo paso fue la boda en París, precisamente el 22 de abril de 1948, 34º cumpleaños de Carmen. El tercero fue el viaje a México ––luna de miel en el Queen Mary de por medio–– para comenzar su nueva vida.

La vida nueva fructificó con el nacimiento de María del Carmen, Gonzalo Juan y Claudia Begoña, y el matrimonio de la pareja Infante Castañeda duró veinte años. En 1968 una súbita embolia cerebral segó la vida de Martiniano.

i. a d. Hijos Claudia, Maricarmen y Gonzalo Infante Castañeda

i. a d. Hijos Claudia, Maricarmen y Gonzalo Infante Castañeda

Carmen tuvo que replantear su vida: sus hijos transitaban la adolescencia y ella no estaba dispuesta a dejarse consumir por el desaliento ni la cotidianidad doméstica. Tampoco discernía con claridad la ruta que debía seguir. Como había ocurrido cuando murió su padre, viajó a Europa para estar consigo misma y reflexionar. Durante el trayecto, el destino le deparó a una voluntaria como compañera de cuarto, quien le habló del altruismo hospitalario; algo cercano a los ámbitos familiares a su padre. Volvió convencida de que había algo por hacer en ese campo.

Alrededor de dos años fue voluntaria en el Hospital de Incurables de Tepexpan y en el Hospital de la Mujer, pero durante su desempeño como voluntaria comprendió que sus penas eran mínimas si se comparaba con los enfermos abandonados y las mujeres al siguiente día del parto, quienes esperaban, sentadas en las escaleras del pórtico con sus mal cobijados bebés en brazos, algún género de ayuda. Múltiples días volvió a su casa con sentimientos contradictorios: conmovida por la brutal realidad de los hospitales y plena de sentirse útil en la entrega a una noble causa.

Esa experiencia la indujo a descubrir su fortaleza interna. Le dio, además, confianza, rumbo y sentido. Despertó su vocación hacia la cultura y su inquietud intelectual. En 1971 se inscribió en la Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía. Una decisión obediente, disciplinada y discreta  para volver a los libros.

Carmen Castañeda Olea frente biblioteca de su padre Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Carmen Castañeda Olea frente biblioteca de su padre Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

¿Cuántas personas comienzan a estudiar una carrera a los 57 años, la ejercen y se convierten en una autoridad profesional? En 1976 Carmen Castañeda conoció al doctor Francisco Fernández del Castillo, quien le encargó clasificar la biblioteca histórica de la ex Escuela de Medicina, ubicada en el Antiguo Palacio de la Inquisición, frente a la Plaza de Santo Domingo. De esta manera llegó a encabezar la Biblioteca Nicolás León donde permaneció más de 25 años, entre 1977 y 2003. Durante ese tiempo no sólo clasificó libros y se ocupó de tres mudanzas de la biblioteca por diferentes ámbitos del viejo edificio virreinal:  amó esos libros. Cuidó ese acervo universitario con el mismo celo que los libros de su padre.

Carmen Castañeda Olea Navidad 2009

Carmen Castañeda Olea Navidad 2009

Continuará

Investigación

histórica e icónica:           Claudia Infante Castañeda

Texto:                                  Claudia Infante Castañeda y Rafael Rodríguez Castañeda

Revisión y Montaje:         Ricardo Castañeda Guzmán

Zacualpan, Edo. De México, México

México

Crónica de un viaje

Zacualpan, Edo. De México, Mex.

                                                                               Ricardo Castañeda Guzmán

                                                                                                     Febrero de 2013

Hotel Posada Real

¡Cómo me gustaría nuevamente visitar el pueblo de Zacualpan!  Estuve en esa municipalidad en 2011 y 2012.  Cada vez que voy, quedo con los deseos de regresar, pero radico en el extranjero y por ahora solamente puedo desear.

Durante la última visita en septiembre 2012, mi primo Rafael y yo nos hospedamos en el Hotel Posada Real.  Este lugar de alojamiento está situado en la calle de Melchor Ocampo.

El propietario de la posada es José Abraham Jacobo Flores. Tanto José Abraham como el personal nos recibieron  con mucha atención.  Don José nos presentó a Miguel Ángel, quien fue nuestro guía.  Miguel nos llevó a los sitios que estábamos interesados  en visitar. Eran sitios donde recorrimos los pasos de nuestros ancestros.

Adjunto tres fotos de Zacualpan que contrastan los años en que fueron tomadas.  La primera data posiblemente del decenio 1920-30.  A la izquierda, en la parte inferior, podemos ver lo que ahora es el Hotel Posada Real.  En la segunda foto vemos el hotel hacia los años 1940-50.  Estas primeras dos fotos fueron un obsequio de don José Abraham Jacobo.  La tercera foto la tomé durante nuestra visita, en septiembre 2012.

Antiguo Zacualpan 1 (19..)

Antiguo Zacualpan 2 (19..)

   Antiguo Zacualpan 4 (2012)

Sé que en el porfiriato, en el edificio donde está el hotel estuvo una tienda de raya. Durante nuestra estancia, don José Abraham Jacobo Flores nos contó que este lugar fue un legado de su padre, quien a su vez lo heredó de su abuelo. Por coincidencia, con anterioridad fue propiedad del célebre médico Dr. Gonzalo Castañeda Escobar, quien fue tío de mi bisabuelo.

Cuando dimos vuelta a la manzana para estacionar el carro en la entrada posterior del hotel, me encontré con otra pequeña sorpresa:  El callejón limítrofe del predio se llama Gonzalo Castañeda. ¿Cómo llegó a ser nombrado así? Seguramente hay una historia, pero obviamente ha de ser porque el doctor Gonzalo fue un gran personaje y porque este callejón delimitaba lo que fue su propiedad.

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El doctor Gonzalo Castañeda viajó para estudiar lo más avanzado de la ciencia médica en su tiempo. Desde entonces añoró Zacualpan y a su regreso, buscó la ocasión de poseer un predio en el pueblo de sus padres, donde vivió su infancia. Después trabajó por varios lugares, y cuando finalmente se estableció en la Ciudad de México, probablemente comprendió que sus clases en la Universidad y sus tareas en el Hospital de Jesús le impedirían volver a radicar en Zacualpan. Tal vez ésta habrá sido una de las razones por las cuales vendió la casona, que fue adquirida por el abuelo de don José Abraham Jacobo Flores alrededor de 1936.

A las horas de la comida, don José, mi primo y yo tuvimos amenas pláticas sobre Zacualpan. Nuestras conversaciones traspasaron sobre unos deliciosos platillos que salieron  de la “La Cocina de Rosita”.  La siguiente foto muestra de una de las comidas que preparó Rosita, excelente cocinera. El plato exhibe unas sabrosas tortas de atún.  Junto con las tortillas de maíz azul, que don José sostiene, supe que no es preciso ir a un lugar extravagante para disfrutar de una buena comida

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Vista Panorámica

Ignoraba qué es lo que califica a un sitio cómo “Pueblo Mágico”. Por mi parte, Zacualpan, Edo. De México, cuenta con mi voto.  Puedo decir que aparte de su amistosa y agradable gente, su espléndida vista panorámica, su cómoda temperatura y sus numerosas capillas, Zacualpan tiene mucha historia.  Dentro de toda esa historia, existe un pedacito que le pertenece a mi linaje paterno, que por ahora alcanza hasta el siglo XVIII.

Aquí podemos ver La iglesia de La Inmaculada Concepción, respaldada por una vista panorámica que es típica de estos alrededores. Cualquiera que fuera el lugar que visitara, estaba seguro de que dispondría de una maravillosa vista. En la parte superior e izquierda podemos ver, a gran distancia los famosos y legendarios volcanes,  El Popocatépetl e Iztaccíhuatl.  El “Popo” es el piquito agudo y a su lado esta “La Mujer Dormida”.

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La foto fue tomada desde las alturas donde está situada la capilla del barrio de San José, donde cuenta la leyenda que velaron los restos de Cuauhtémoc, camino del sitio donde los aztecas lo inhumaron. Después de hablar con los vecinos del lugar, llegamos a saber que esta capilla fue la primera que se construyó en el Real de Minas de Zacualpan, hacia 1529.

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El Rincón de Castañeda

El libro de defunciones de la iglesia de la Inmaculada Concepción que cubre la primera mitad del siglo XIX  menciona que existía un sitio al cual los padres se referían como, “El Rincón de Castañeda”.  Aparentemente, en este sitio había una capilla y un cementerio.  Por ejemplo, una de las entradas del libro dice:

En el Cementerio de la Capilla del Rincón de Castañeda a tres de Junio se le dio

Sepultura Ecca. Al cadáver de Ma. Gertrudes Hernández…  3 Junio 1844.

Después de buscar en muchos lugares información sobre este sitio, llegué a Zacualpan con las esperanzas de que alguien supiera algo, pero nadie me dio información.  Lo que sí llegué a saber es que, pasando un lugar llamado “Barrio de Santiago”,  existe un sitio donde viven varias personas con el apellido Castañeda.

Dentro de los descendientes con este apellido vive un señor conocido como “Chucho” Castañeda, y como si fuera un día de buena fortuna, lo encontramos en casa con una de sus hijas.

Al principio, lo único que teníamos en común era el apellido Castañeda.  Conforme nuestra conversación tomó forma, la información que nos dio y la posterior búsqueda que hice sobre él en los censos de México 1930, he llegado a la conclusión que este “Chucho” es un pariente mío y un primo hermano de mi primo Rafael.  Su nombre es Juan Jesús Castañeda Ronces y nació en 1924.  Otro dato interesante que Chucho nos dijo fue, que el Dr. Gonzalo Castañeda Escobar era tío de su papá.

En la siguiente foto me encuentro con Chucho y Rafaela, una de sus hijas, afuera de su casa.  Durante esta visita, se me quedaron grabados los tronidos que hacia un guajolote mientras esponjaba el plumaje. Quería nuestra atención mientras conversábamos

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Al fin de nuestra visita le pregunté a Chucho y su hija que si sabían algo de un sitio que antiguamente era conocido como el Rincón de Castañeda.  Me dijeron que no, pero que el sitio donde radican es referido como “La Barranca de Castañeda”.  Después de cruzar toda la información que tengo, deduzco que muchos Castañeda han vivido aquí a lo largo muchos años, y llego a la conclusión de que La Barranca de Castañeda y el Rincón de Castañeda son el mismo sitio.

 

Barrio de Santiago

En el Barrio de Santiago, mi primo y yo visitamos la escuela secundaria Roque Díaz con el fin de entregar un ejemplar de la reedición que hicimos del Manuscrito de don Juan Castañeda para la biblioteca de la escuela. Pusimos el libro en manos del director, profesor Edmundo Martínez Rayón.

En su manuscrito, don Juan Francisco Castañeda cuenta muchos episodios de su vida en Zacualpan durante el siglo XIX y cómo los vivió junto con su familia.  Fue interesante entregar un ejemplar de este manuscrito, en la edición de 2012, a la escuela secundaria “Roque Díaz”, después de que don Juan nos dice que él trabajó de azoguero con Roque Díaz en 1838 en la Hacienda San José.

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En la foto, el director, Edmundo Martínez Rayón, de chamarra negra, sostiene el libro. Aparecen también la subdirectora, profesora Mercedes Mónica Flores Góngora, y otra profesora, de blusa anaranjada, de quien me da pena no recordar su nombre. Mostraron gratitud al recibir el manuscrito que escribió Juan Francisco Castañeda Popoca, mi re tatarabuelo. Mi primo Rafael está de chaleco gris/verde.

El Antiguo Panteón de Zacualpan

Fuimos al panteón con la esperanza de encontrar las tumbas de algunos de nuestros antepasados.  La mayoría de las fosas corresponden a personas que fallecieron en el siglo XX. Aunque todos mis ancestros son importantes, no encontré a los que más buscaba, mis tatarabuelos Manuel Castañeda Ríos y Josefa Jaimes.  Manuel fue el primer hijo de Juan Francisco Castañeda Popoca, quien escribió el manuscrito.

Dispongo de algunos datos familiares, pero no he dado con los registros eclesiásticos y civiles sobre ellos, me faltan sus actas de nacimiento y de matrimonio. Tengo  entendido que ambos nacieron y se casaron en Zacualpan. Manuel, en 1841 y Josefa, en 1843, y que contrajeron matrimonio en 1859. Tuvieron cinco hijos, de los cuales sobrevivieron cuatro. Félix Andrés fue quien falleció durante su infancia; Manuel, Justiniano, Amador, y Víctor llegaron a la edad adulta.

En Zacualpan hay dos cementerios, el nuevo y el viejo.  El siguiente video incluye fotos y video tomados en el panteón antiguo. Hubiera sido gratificante encontrar a mis tatas Manuel y Josefa durante esa búsqueda, pero lo único que puedo hacer ahora es seguir buscándolos en  archivos.  Aunque no encontré la fosa de mi tatarabuela Josefa Jaimes de Castañeda, le rindo homenaje reconociéndola en el título.

Distancia

Ha sido un placer haber llegado a Zacualpan en dos ocasiones.  No solo llegué a conocer parte de su gente, pero también a otros parientes que caminan sus calles al mismo tiempo que escribo estas palabras.   La distancia es mí peor obstáculo para poder regresar tan frecuentemente como yo lo desearía.

Aunque no ahí, entonces en otro lugar, o de otra manera seguiré tratando de calmar la sed que tengo, por saber más sobre mis Ancestros Castañeda.

7 de Febrero, 2013

La añoranza de Zacualpan del Dr. Castañeda (1869-1947)

Cómo mencioné, he viajado a Zacualpan, Edo. De México, con mi primo Rafael Rodríguez Castañeda en 2011 y 2012.  Entre las respuestas positivas que he recibido sobre este blog, tengo el placer de incluir unas apostillas que acabo de recibir de él, que ilustran un aspecto poco conocido del Dr. Gonzalo Castañeda Escobar: su nexo emocional con Zacualpan.

Nos proponemos indagar también el cariño entrañable que siempre ligó a Zacualpan con otros personajes que emigraron, como el licenciado José Amador Castañeda Jaimes (1871-1934), gobernador interino del Estado de Hidalgo en 1912, y el general brigadier Austreberto Castañeda Porcayo (1888-1943).

Asentaré fotos o videos en los lugares más apropiados, sean dentro o alrededor de los temas correspondientes.

Apostillas a la crónica del viaje a Zacualpan de Ricardo Castañeda

Hasta donde sabemos, el doctor Gonzalo Castañeda poseyó dos bienes raíces en Zacualpan: el predio rural situado en la cañada de la antigua cuadrilla de Santiago, que probablemente quedó intestado en beneficio suyo tras la muerte de sus padres y de Maximiliana y Bernardino, sus hermanos, y el predio urbano ubicado en la calle de Melchor Ocampo al que se refiere Ricardo Castañeda Guzmán en su Crónica de un viaje, que ahora ocupa el hotel Posada Real.

Hay diferencias entre el predio urbano y el terreno del actual barrio de Santiago. El predio cuyo frente se alinea a la acera poniente de Melchor Ocampo dista una cuadra de la plaza principal; al terreno del barrio de Santiago se llega después de caminar un tramo no muy largo a partir de la zona “urbana” de Zacualpan. El primero tiene una extensión medible en metros cuadrados; para el segundo, cuya delimitación es imprecisa, la unidad de medida más apropiada es la hectárea. Hay también algunas coincidencias: ambos sitios están en declive y ofrecen una vista maravillosa. Desde el primero, una parte de Zacualpan; desde el segundo, el verdor de la cañada.

Como Zacualpan ocupa la parte superior de un cerro, prácticamente es preciso bajar para dirigirse a cualquier barrio. Algunos están casi al mismo nivel de la cabecera municipal, lo cual supone subir nuevamente. Tal es el caso del barrio de San José y del panteón municipal, pero el barrio de Santiago está en una hondonada, en la cuna entre dos cerros cubiertos de vegetación.

DSCN9418 Santiago-cañada

El doctor Gonzalo Castañeda, dejó Zacualpan hacia 1881, a la edad de doce años, cuando salió hacia Cuernavaca para continuar los estudios que lo habrían de convertir en médico ilustre y prestigiado maestro de la Escuela Nacional de Medicina y luego de la Universidad Nacional. Salvo breves visitas durante sus vacaciones, no volvió a radicar en el pueblo de su infancia, aunque lo añoró toda la vida. Cuando se convirtió en dueño de la finca que habitaron sus abuelos, y años después, sus padres, la dejó a cargo de una familia de apellido Gama, que primero la usufructuó y a la postre tuvo en propiedad, gracias a una decisión del doctor Castañeda.

El terreno donde crecieron los Castañeda Escobar queda al lado del camino ––ahora de terracería–– que conduce hasta la capilla del barrio de Santiago, antes de cruzar el fondo de la cañada, que correspondió sucesivamente al río con pozas y cascada, escenario de la aventura con un duende que don Juan Castañeda Popoca narra en su manuscrito. Por muchos años, ese mismo río fue degradado en drenaje del pueblo, pero según nos contó Miguel Ángel Espíndola, está por ser rescatado y rehabilitado como río cuando estrenen una planta de tratamiento de aguas negras que está en construcción.

Capilla Barrio de Santiago

Según los recuerdos de doña Catalina Vera Peralta, viuda de Nava, originaria del barrio de Santiago y desde niña, vecina de la finca que fue de los Castañeda Escobar, ellos vivieron en una casa chiquita, hecha de adobe y teja, conocida como “la casa blanca”. Era un solo cuarto al lado de un guayabo que carecía de puerta, pero eso sí, estaba encalado de blanco. Tampoco tenía ventana, y el vano de la entrada se orientaba hacia abajo, donde había sembradíos. Manzanos y muchos duraznos; alfalfa y lechuga. Por algo se le quedó el nombre de La Huerta.

Doña Catalina nació en 1931 y llegó a vivir al terreno colindante por el lado de arriba en 1948, cuando casó con Jesús Nava. El año anterior había muerto el doctor Castañeda, a quien no conoció, pero supo de él y de sus esporádicas visitas al lugar. El terreno de doña Catalina lo compró su esposo con el producto de la venta de una vaca, y fueron capaces de edificar gracias a la ayuda del señor Vera Porcayo, padre de ella. Hicieron una casa semejante a la de los Castañeda, con adobe y teja, pero con ventana y portal. A la casa de doña Catalina la afectan ahora el deterioro y los años. Consta básicamente de un cuarto con refuerzos de ladrillo en los vanos de la puerta y la ventana. Según desciende la pendiente del cerro, doña Catalina vive arriba de La Huerta. Hacia abajo no hay signos que distingan el predio de la agreste vegetación de la cañada. Salvo la imaginación de los Castañeda descendientes, quienes observamos, tampoco hay indicios de la casita de adobe y teja que allí existió.

Ignoramos cuándo y cómo el doctor Castañeda adquirió el predio urbano donde ahora está el hotel Posada Real. Don José Abraham Jacobo Flores, el dueño del hotel, posee el documento notarial que prueba la operación de compraventa. Allí constan los nombres de su abuelo como comprador y de Gonzalo Castañeda Escobar como vendedor.

La hija y los nietos del doctor Castañeda recibieron con escepticismo tanto la noticia de esta antigua posesión como de la compraventa notariada. Cuando se enteraron que existía evidencia documental, les surgieron interrogantes: “Esa casa debió ser de mi abuelo pero por alguna razón nunca la mencionó” ––dice Claudia Infante Castañeda.

La oquedad en la historia que hay detrás deja lugar a las conjeturas: acaso el doctor Castañeda reservó la noticia de esa posesión como una sorpresa para el momento en que hubiera terminado de habilitarla, según un sueño, una ilusión del tamaño de su nostalgia. O tal vez la acumulación de los años y el cansancio de su agenda, repleta de consultas e intervenciones quirúrgicas, de clases y prácticas médicas, lo indujeron a cancelar el proyecto de volver a Zacualpan.

No sabemos.

Es demasiado lo que todavía debemos indagar.

RRC

Febrero de 2013

Últimamente, agrego una foto más aclarada del antiguo panteón de Zacualpan, Edo. de México, Mex.

Panteon antiguo I

Gracias

Haciendas y minas de Zacualpan, Edo.de México, México

Haciendas y minas de Zacualpan, Edo. de México

Ricardo Castañeda Guzmán

Todo tiene su historia, y para contarla, se necesita saber personajes, lugares, y fechas.

Actas y registros nos dicen que Alejandro Marcos de Castañeda de Labra nació el 23 de abril 1781, y fue bautizado 5 días después en la iglesia parroquial del Real, y cabecera de  Nuestra Santa María Zacualpan de minas[1], Edo. De México, México.  Sus padres fueron Nicolás de Castañeda y María Antonia de Labra, vecinos de la cuadrilla de Santiago[2].

En veinte de febrero 1808, en la misma parroquia, Alejandro contrajo matrimonio con María Antonia Josefa Popoca, doncella de dieciocho años de edad.  En el acta de matrimonio ambos fueron registrados como originarios y vecinos de la cuadrilla de Santiago.

Alejandro y Josefa tuvieron cuatro hijos; María Guadalupe n. 1808, María Tomaza Eutimia de la Trinidad n. 1810, Juan Francisco[3] n. 1816 y Juan Felipe Neri n. 1820.  Después de varias generaciones, Alejandro Marcos y María Antonia llegan a ser mis quintos abuelos.

Los padrones de La Parroquia de Santa María, Zacualpan Edo. De México, nos enseñan que en 1834 Alejandro Marcos y María Antonia vivían como familia, con sus dos hijos, Juan y Felipe en la cuadrilla de Santiago.  Las hijas no están incluidas en estos registros, probablemente porque eran mayores de edad y ya habían contraído matrimonio.  Pienso que vivían en Taxco, porque en sus memorias Juan expresó su deseo de visitarlas durante un viaje que iba a hacer por esos rumbos.

Alejandro Marcos trabajó las minas de Zacualpan como azoguero, y su acta de defunción nos dice que falleció de dolores de cascado el 27 de octubre 1837.  Estar cascado, en la jerga de los mineros, significaba haber enfermado de silicosis, como consecuencia de tanto respirar el polvo de las minas.

Con el propósito de mantener vivo el esfuerzo que Juan Francisco hizo para escribir un manuscrito, que incluye algunos detalles sobre las haciendas y minas de Zacualpan, ahora mezclo con ellos, nuestras propias experiencias durante un viaje a este municipio.

En la siguiente foto podemos ver a don Juan Francisco Castañeda Popoca.  Sentada a su izquierda está María Gabina de Jesús Escobar Mojica, su segunda esposa.  De pie están sus tres hijos, Bernardino, Maximiliana, y Gonzalo, de traje negro.

Juan falleció de bronquitis el 5 de octubre 1898.  Su acta de inhumación de los registros civiles nos dice que fue enterrado en un lugar especial del mortuorio del mineral  de Zacualpan.  Los restos de Juan, su esposa Gabina, y dos de sus tres hijos, Bernardino y Maximiliana ahora descansan dentro de la iglesia de La Inmaculada Concepción del mismo municipio.   El traslado ocurrió en 1928 tras la petición del hijo menor Gonzalo.


[1]Ahora La Parroquia de La Inmaculada Concepción

[2] También conocido como El Barrio de Santiago

[3] Blog 26 oct. 2012 Los Duendes de Zacualpan

Hacienda Santa Efigenia

Juan Francisco nos cuenta que en 1826 Alejandro Marcos, su padre, trabajaba como azoguero en la Hacienda Santa Efigenia donde un alemán llamado Gustavo Epstein era el administrador.

Un día Alejandro Marcos recibió de unos niños que estaban cortando flores una “mazorquita”.  Juan llama a ese fruto “La Belladona”,  y la describe como algo parecido a la mazorca de maíz, de dos pulgadas o más, colorada, del color de un colorín.

Alejandro Marcos sospechó que esta planta fuera venenosa, y seguramente, cuando don Gustavo Epstein la vio, le dijo que en su tierra usaban esta planta para producir un veneno que podía ser administrado a los enemigos.

Interesado en saber más sobre esta planta, me referí a      http://es.wikipedia.org/wiki/Atropa_belladonna  La Belladonna (Atropa Belladonna) es un arbusto de Europa, el norte de África, y el oeste de Asia, también se puede encontrar en partes de Norteamérica.

Después de ver cómo describen La Belladona científicamente, pienso que definitivamente se ve como una “mazorquita”, especialmente antes de que la flor se abra.  Por coincidencia, la palabra colorín  también se usa cuando se termina de contar un cuento.  Usando la palabra, yo diría;

“Colorín colorado,

Éste cuento se ha acabado,

-En este caso-,

…para quien el veneno,

 Le ha sido administrado”.

Hacienda San José

 

Mi casa está rodeada por árboles y vegetación, y de noche sé lo que es estar afuera, en medio  de este ambiente sin iluminación.

En 1838 Juan trabajaba de azoguero en la Hacienda San José con don Roque Díaz.   Una noche sin luna y el cielo con algunas nubes iba hacia su casa. A un lado del camino vio un bulto, algo blanco del tamaño de un hombre.

Con el propósito de identificar al individuo y entender la situación, lo saludo.  El “individuo”  no le respondió.

Pensando que éste individuo probablemente era un ladrón y que posiblemente podría robar alguno de sus animales, se volvió a confrontarlo más directamente.

A un poco de distancia, pidiéndole lumbre para que se fumaran un cigarro, el individuo siguió sin responderle.

Juan se acercó machete en mano. Vio que el bulto era un tronco de cacahuate seco con una rama colgante que el viento movía. Justamente Juan se refiere a este incidente como otro espanto en su vida.

Hacienda Santiago

 

Brincando casi doscientos años hacia el presente, mi primo Rafael y yo hicimos un viaje a Zacualpan, edo. De México.  Con la ayuda de nuestro guía Miguel Ángel, tuvimos el placer de conocer a Eduardo Gama y su hijo Rafael.  Eduardo es propietario donde se encuentran las ruinas de la antigua Hacienda de Santiago.

En este sitio todavía podemos encontrar pruebas y huellas históricas, que revelan cómo era la vida minera dentro de estas haciendas que existían hace varios siglos.

La naturaleza tiene la costumbre de reclamar lo que el hombre abandona, y conforme hacíamos nuestro recorrido, era evidente como la vegetación imponía su capricho dentro de cada hueco.  Encontré gratificante, ver el orgullo con que padre e hijo preservan los restos de estos edificios.  A brazo partido y con machete mantienen a raya el crecimiento de la vegetación.  Sé lo que significa esta tarea con el esfuerzo sostenido que me exige el área verde que rodea mi propia casa.

Estoy muy agradecido a ellos por no solamente habernos permitido estar en su propiedad, pero también por su disposición para compartir todo lo que saben.  Aunque se trate de un botón de muestra, es parte de la grande historia de México.

Con la ayuda del siguiente video, podemos ver los restos de la Hacienda de Santiago y uno de sus molinos llamado San Pedro, muy erecto, firme, y lleno de historia que solamente los años le pueden conceder.  Con el propósito de aclarar unos detalles un audio le prosigue.

Hacienda Gama de La Paz

Solamente estuvimos en Gama de La Paz por unos minutos, pero fue suficiente tiempo para grabar un corto video de los restos de esta hacienda, el cual ahora lo compartimos.

Una pequeña posibilidad existe que mi sexta abuela, esposa de mi sexto abuelo Nicolás de Castañeda era originaria de Gama.  Su nombre era María Antonia de Labra, madre de mi quinto abuelo Marcos del cual escribo al principio de este blog.  En uno de los registros, el padre de la santa iglesia se refiere a ella como María Antonia de Gama.  En esos tiempos los padres acostumbraban mencionar el origen de la persona en lugar del apellido.  Para estar seguro tendré que buscar dentro de más registros.

Mina del Alacrán

 

El viaje de Zacualpan hacia la mina del Alacrán hubiera sido ideal hacerlo en Jeep.  El camino era de terracería, angosto, con varias curvas, en ciertos momentos muy pronunciadas frente a los precipicios.  La topografía consistía de muchos cerros y árboles típicos de esa región.  La temperatura estaba como yo digo, “de camiseta”.   El aire tan pura como son las gotas de agua lluvia, pero las cuales uno no puede acarrear hasta el fin de su vida.  Hermoso lugar en su propio derecho.

Dentro de la propiedad donde se encuentra esta mina, nos encontramos con Margarito Pérez Rodríguez.  No estoy seguro si oficialmente es el velador de los restos de esta mina, pero ahora que vive en este sitio, mantiene un interés personal en cuidarla.

Mientras yo andaba tomando videos, mi primo Rafael Rodríguez grabó una conversación con Margarito, la cual ahora compartimos en este blog.

En esta corta presentación sobre unas haciendas y minas de Zacualpan Estado de México, México he presentado pedacitos que podrían ser de interés para el lector.  Mis deseos son haberlo logrado.  Por  parte mía y de mi primo Rafael Rodríguez Castañeda, doy gracias.

Ricardo Castañeda Guzmán

Dr. Gonzalo Castañeda Escobar 1869-1947

2a   Edición y revisión, 19 marzo 2013,

Ricardo Castañeda Guzmán

 

El doctor Gonzalo Castañeda Escobar es el integrante de la familia que alcanzó mayor fama profesional en el siglo XX. Fue reconocido como médico y como académico de la Medicina lo mismo en la Universidad que en las instituciones donde ejerció su profesión.

En el ámbito familiar, lo que puedo agregar sobre él es fruto de mi investigación genealógica.  Tengo la íntima satisfacción de haber sido el descendiente que primero dio con su acta de nacimiento; documento que pone fin a una larga disputa entre Temascaltepec y Zacualpan. Ambos pueblos se atribuían el orgullo de ser el lugar de nacimiento del doctor Castañeda.

Ahora tenemos pruebas fehacientes de que nació en Temascaltepec, y por solo hacer clic en el link, pueden ver este registro civil.  https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1942-21766-37567-47?cc=1916244&wc=12874672

El mérito de haber sido el pueblo donde se crió y al que volvió de visita toda vez que pudo fue Zacualpan, cuna de sus padres.  Gracias a la generosidad de Claudia Infante Castañeda, nieta de Gonzalo podemos ver las siguientes fotos que fueron tomadas cuando el visito Zacualpan en 1928.  Las fotos son de tamaño chico y con poca resolución, pero es lo que tenemos.  Traté de mejorarlas lo más posible.  De ahí, se empiezan a distorsionar.

Zacualpan, Edo de México 1928-1Gonzalo Castañeda fue hermano menor por la línea paterna de Manuel Castañeda, mi tatarabuelo.

Zacualpan, Edo de México 1928-2

Nuestro ancestro común es Juan Francisco Castañeda Popoca, su padre. El doctor Castañeda fue, por tanto, tío del licenciado Amador Castañeda Jaimes, mi bisabuelo. La madre de Gonzalo fue María de Jesús Gabina Escobar.

Mi afán por descubrir la genealogía familiar me deparó la suerte de conocer y dialogar con algunos de sus descendientes, principalmente con Carmen Castañeda Olea    hf102b   (1914–2012) su hija, y Claudia Infante Castañeda, la menor de sus nietas.

La autobiografía del doctor Gonzalo Castañeda que aquí presento es un documento poco divulgado.Apareció en una revista médica en los años ‘40 del siglo anterior. La complementan el editorial de la misma publicación, escrito por un colega suyo; una posdata con datos familiares, que escribió Rafael, uno de sus sobrinos-nietos, y un episodio de las memorias de su padre, que él mismo subtituló:  Cómo comenzó mi hijo Gonzalo sus estudios.

Zacualpan, Edo de México 1928-3

Confío en que estos documentos arrojen más luz sobre la vida de este Ancestro Castañeda.

 

Zacualpan, Edo de México 1928-4

 

 

 

 

 

 

Nota Autobiográfica del Dr. Gonzalo Castañeda

Publicada bajo el título de Datos biográficos del Maestro Castañeda en la revista Cirugía y Cirujanos, Órgano oficial de la Academia Mexicana de Cirugía, Año 9, número 1, el 31 de enero de 1941.[1]

                                                                                                                                                                                                                                      México, D. F., enero 28 de 1941

Sr. Dr. Rodolfo González Hurtado

Presente.

 

Estimado Rodolfo:

 

Para complacer su amable deseo de conocer algunos hechos o acontecimientos de mi vida íntima o privada que hubieran, quizá, trascendido en mi actuación pública o externa, en forma de charla o de conversación sencilla y natural, paso a escribir las siguientes notas, a medida que acudan a mí recuerdo. Las expondré con brevedad y sin presumir, escogiendo las que tengo más clavadas y que, aunque no tienen importancia para un extraño, en mí han sido decisivas.

Cuando yo nací, mi madre me encomendó al Patriarca Señor San José, después, ella le rezaba a este Santo, pidiéndole bienes y favores, para mí; suplícale que te haga bueno y te ilumine, me decía. Su fe y sus oraciones me impresionaron tanto, que a su influjo, creo yo, me hice cristiano.

A los ocho años era yo todavía un salvajito, no conocía las letras porque no había aún pisado la Escuela; mi tierra era un pueblo apenas semi-civilizado. Cuando mi padre me llevó con el maistro, por primera vez, sentí vergüenza y tristeza al ver que unos niños menores que yo, pronunciaban palabras que no entendía, decían decámetro, hectómetro, miriámetro; esto me estimuló para apurarme y alcanzarlos. Después de un tiempo ocupé los primeros lugares.

De jovencito era yo acólito y cantor en el coro de la iglesia; les gusté para sacerdote, a unos Padres misioneros que fueron por allá; yo encantado porque me iban a traer al Seminario de México; pero sobrevino un hecho que cambió mi destino y salvó a las gentes de un curita malo.

En los exámenes de ese fin de año escolar, obtuve como premio una beca o pensión para ir a estudiar al Instituto Científico Literario de Toluca; pero esa designación no tuvo efecto porque las Autoridades del Municipio prefirieron a otro escolar, hijo de un influyente del pueblo; mi familia era pobre y no figuraba. Sentido y molesto mi padre por esa alcaldada, me expatrió y me llevó a Cuernavaca con unos tíos, con la idea de que estudiara allí para maestro de Escuela. Tal vez notó en mi cara que eso me parecía poco, porque agregó: sí, hijo, pero de una Escuela grande.

En un Colegio de esa ciudad conocí y traté a muchos niños principales que de ese Plantel salían para continuar sus estudios en la Escuela de San Ildefonso, la Preparatoria. Al volver de vacaciones me platicaban de cosas nuevas; me animé a hacer lo mismo. Sabedor mi padre de mis deseos, me dijo: pero Gonzalo, yo no tengo dinero para eso; —no importa, papá; yo veré cómo la paso, mientras me consigo una beca.

La suerte me deparó un protector que me dio un rincón en su casa; apúrese muchachito, me dijo; y si sale bien, yo le conseguiré una beca del Gobierno. Ese año lo doblé, cursé el primero y segundo, obteniendo tres Perfectamente Bien en cada materia. El certificado que acredita ese hecho lo tengo en un cuadrito que está a la vista en mi Consultorio. Cuando mi tutor vio esta hazaña, dicen que dijo: esto es serio. Con mis calificaciones en la mano fue a ver al Ministro Baranda y obtuvo para mí la pensión con la que continué la carrera. Mi vida escolar la dominó el temor de perderla.

En la Preparatoria sostuve mi puesto, fui además líder y un poco inquieto y agitador; allí conocí y trabé amistad con compañeros que después figuraron y fueron próceres, como: Balbino Dávalos, Manuel Calero, Jesús Urueta, Lorenzo Elizaga, José Covarrubias y otros; fui amiguito y me distinguieron Profesores como el Dr. Urbina, José María Vigil, Emilio G. Baz, Damián Flores, Justo Sierra, y un consentido del Director Castañeda y Nájera. En un periódico que fundamos algunos entusiastas, yo fui al mismo tiempo secretario, redactor, repartidor, cobrador.

Como estudiante de Medicina sufrí mucho por el temor de una baja calificación que me hiciera perder la beca, mi único sostén; en cada examen me atormentaba la idea de que fuera el último día de mi vida estudiantil; pero caminé con fortuna y la buena suerte no me abandonó. La Anatomía Topográfica era un puente difícil de pasar porque el Profesor D. Francisco de P. Chacón era un ogro, un gran reprobador; le tenía yo un miedo cerval; momentos antes de mi examen con él, hojeé por distracción el Tilleaux y me detuve en la lámina de los tendones, nervios y arterias de la palma; a la hora de la prueba me tocó palma de la mano; estaba de Dios que fuera médico. Yo le temía mucho a los exámenes de Clínica porque había visto reprobar a buenos alumnos; en uno de esos Cursos me examinó D. Ramón Macías, que era muy pesado para preguntar; a ver, muchachito, hágame el diagnóstico diferencial entre las fiebres palustres y las fiebres urinosas; para bienquistarme con él y librarme de la embestida de su toro, le respondí: ¡Ay, señor, eso sólo Dios!; se sonrió y conquisté su benevolencia. A don Manuel Carmona y Valle que era inaccesible tuve que hacerle mucho la barba; Don Francisco Hurtado me dio un revolcón, pero me perdonó; con D. Luis E. Ruiz me lucí en Higiene. En el Anfiteatro le di muy fuerte a las operaciones en el cadáver en compañía con Julián Villarreal; en general, fui muy puntual y aplicado, todo para no ir a perder la pensión, pues la ley relativa era exigente. Me salvé hasta llegar al Puerto.

Ya recibido me fui a mi tierra, después me salió un empleo en Guerrero, y aún me sorprende hoy, cómo a pesar de mi ignorancia e inexperiencia pasaba por buen médico. Después, un señor poderoso: D. José Landero y Cos que me había conocido de estudiante, me llamó de Pachuca para nombrarme médico-cirujano de las minas de Real del Monte, con un buen sueldo; allí me hice riquito y ya con dinero se me ocurrió y decidí irme a Europa.

Era mi sueño, mi ilusión. Permanecí allá cerca de tres años; me inscribí en las Universidades, y como me consideraba atrasado me apliqué con exceso. Tomé la costumbre de escribir la relación de las operaciones que había presenciado en el día, recogí como dos mil. En Londres conocí a Hutchinson; en el Hospital de San Bartolomé conocí las salas donde trabajaron Harvey, Bright y Parcival Pott; en París escuché a Dieulafoy en el Hotel Dieu; a Pozzi en el Broca; a Tuffier en el Beaujon; en Berlín seguí a Augusto Beer y a Oishaussen; en Viena estuve cerca de Schauta y Wertheim.

En las vacaciones me vivía en los Museos; conocí a Eduardo vii, rey de Inglaterra; a Guillermo ii, Emperador de Alemania; al de Austria-Hungría Francisco José; a Alfonso xiii, rey de España y besé el anillo del Pescador en la mano del Pontífice Pío x. En Londres le pedí permiso a Lord Lister, para conocerlo; contemplé en Westminster las tumbas de Newton y Shakespeare, y en la catedral de San Pablo, los sarcófagos de Nelson y Wellington. En Postdam puse mis pies en el mismo sitio donde los posó Napoleón Bonaparte para mirar la tumba de Federico el Grande; en Viena, en la iglesia de los Capuchinos, vi el ataúd broncíneo que guarda el cuerpo embalsamado de Maximiliano, Emperador de México; en Roma, visité la casa que habitó San Ignacio de Loyola; en Florencia conocí las moradas del Dante y de Miguel Ángel; en Nápoles visité la celda de Santo Tomás de Aquino; en el Escorial me senté en el lugar que ocupaba el rey Felipe ii para oír misa; en París, en la Sainte Chapell, vi el sitial donde oraba San Luis, rey de Francia, etc.

Cuando volví a México, comencé de nuevo; al llegar no tenía casa, ni dinero, ni trabajo; pronto entré a la Academia y al Profesorado, pronto también fui nombrado Director, Cirujano y Ginecólogo, del Hospital de Jesús; al cumplir allí 25 años, el Patronato le puso mi nombre a la Sala de Ginecología, yo correspondí a esa distinción renunciando a mi sueldo mensual, que desde entonces dono al Establecimiento; en treinta años, como jefe allí del servicio quirúrgico he practicado miles de operaciones, la mayoría del vientre. En mi ejercicio tuve una época de intensa actividad, daba cuatro cátedras, llenaba el Sanatorio de Jesús y trabajaba en tres Hospitales. He escrito cinco libros, he presentado como treinta trabajos médicos en Sociedades y Congresos.; tratando asuntos de Clínica, que es mi arma.

En esta relación o anecdotario de las cosas mías, sólo he estampado lo que me favorece, omito naturalmente lo que me deprima o desdore, así son las autobiografías. Como el asunto es interminable, aquí concluyo. Pero antes de terminar, como soy un hombre del siglo pasado, tengo recuerdos e impresiones de cosas desconocidas para los jóvenes médicos; no quiero que algunas se queden en mi lápiz. Como cosa extra-médica me permito referir algo de interés puramente subjetivo y que llevo grabado en mí memoria. Por curiosidad, casualidad o intención, me fue dable conocer a muchos personajes históricos ya desaparecidos. Conocí a los ministros de Juárez: D. José María Iglesias, General Ignacio Mejía, General Miguel Blanco y a D. Blas Balcárcel, inmaculados del Paso del Norte; a los soldados vencedores de Querétaro D. Mariano Escobedo, Ramón Corona, Gerónimo Treviño y Sóstenes Rocha; de los héroes del 5 de Mayo conocí a D. Miguel Negrete, a D. Felipe Berriozábal y a Porfirio Díaz; y de los del 2 de abril, a los Generales Ignacio Alatorre y Carlos Pacheco. Del mundo de las Letras conocí a Altamirano, Riva Palacio, Guillermo Prieto, Gutiérrez Nájera y otros; en una procesión cívica vi cuando era yo preparatoriano al Dr. Rafael Lucio.

Y como final, voy a contar algo inédito por si a alguno le interesa, se lo oí últimamente en una conversación al Lic. Nemesio García Naranjo. Dirigiéndose éste una vez al General Naranjo, su pariente e ilustre soldado republicano, luchador contra el Imperio, refiriéndose a él y aludiendo a otros sus compañeros de armas le dijo: ”¿Cómo es que ustedes que son unas fieras y unos hombres valientes e indomables se han dejado domesticar por el General Díaz?” —”La explicación es muy clara, le respondió: Mira, al Gral. Manuel González que es más soldado que Porfirio, más hombre y con más tamaños que él, le gustan mucho las mujeres, frente a unas faldas ya no es nada; el terrible General Sóstenes Rocha, ese invicto maestro de estrategia y la táctica es muy afecto a las copas, el cognac lo amasa y lo ablanda; a Gerónimo, se refería al Gral. Treviño, lo domina el dinero, los negocios lo cambian; a mí Naranjo, me domina el juego, frente a una sota ya nada me importa. Ahora bien: Porfirio no enamora, no juega, no bebe, ni tiene amor al dinero. Esa es la explicación”.

Editorial

 

El ilustre Maestro don gonzalo castañeda acaba de cumplir sus 25 años de Profesor Titular en nuestra Facultad de Medicina y Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Tal acontecimiento fue celebrado por la H. academia mexicana de cirugía en su Sesión solemne de Clausura efectuada la noche del viernes 29 de noviembre próximo pasado, en la que se rindió al sabio Maestro un fervoroso homenaje que tuvo tas proporciones de una apoteosis.

La academia mexicana de cirugía, en pleno, el señor Rector de la Universidad Nacional Autónoma, representantes de la Academia Nacional de Medicina, de la Sociedad de Cirujanos del Hospital Juárez, del Sindicato de Médicos Cirujanos del D. F., de la Sociedad de Esposas de Cirujanos Académicos, así como de otras sociedades científicas y numerosos médicos y discípulos del Maestro Castañeda, congregados en el Salón de Actos de la Facultad de Medicina, honraron a nuestro sabio, en un cálido y cordial homenaje de admiración, de gratitud y de cariño, conquistados por él en sus 25 años de noble, generosa y fecunda labor docente. Sencilla, pero pletórica de emoción, fue la ceremonia, y el viejo y querido Maestro recogió con lágrimas en los ojos las frases de ternura y los abrazos de sus viejos condiscípulos, de sus hijos espirituales —sus discípulos— y de sus amigos presentes. Cuando su voz se alzó para agradecer el homenaje, varias veces hubo de interrumpir su discurso, lleno de dulces recuerdos y de anécdotas de su vida, porque la emoción le ahogaba.

Noble y justo tributo el que el Maestro Castañeda recibió aquella noche, y honra para aquellos que se lo otorgaron, porque como decía Martí: “Honrar, honra”; pero, lo más noble y lo más justo estriba en que tal homenaje haya sido hecho en vida y gozado por él, rompiendo la absurda costumbre de esperar a que un hombre ilustre muera para glorificarlo, para ir a decir sobre su tumba la oración laudatoria cuando ya sus oídos no pueden escuchar la frase que arranca el cariño, ni sus ojos mirar las lágrimas que nacen de la gratitud.

“cirugía y cirujanos” dedica este número en honor del consagrado y sabio Maestro don gonzalo castañeda.

 

 

Posdata *

Salvo una mención a su madre y dos a su padre en los párrafos iniciales de su apunte autobiográfico y la emotiva referencia que hizo de ellos al final del discurso que pronunció el 24 de noviembre de l940 en el homenaje que la Academia Mexicana de Cirugía dedicó a sus bodas de plata como profesor de la Facultad de Medicina, el doctor Gonzalo Castañeda tendió un velo de discreción sobre su vida personal, no obstante el orgullo y la gratitud que por él sentían familiares y coetáneos; sentimientos análogos a los que abrigan sus descendientes.

Cuando yo nací, mi madre me encomendó al Patriarca Señor San José…

Gonzalo Castañeda Escobar nació en Temascaltepec,  Estado de México, el 9 de enero de 1868. Fue el segundo hijo de Juan Castañeda y de Gabina Escobar. A diferencia de Bernardino, su hermano mayor, quien dedicó su vida a sucesivas aventuras en la minería, Gonzalo empeñó un esfuerzo total en estudiar.

Cuando mi padre me llevó con el maistro, por primera vez…

Gonzalo Castañeda ingresó a la escuela elemental en 1877 y se graduó como médico en 1893, a la edad de 25 años. Para romper el cerco de la pobreza dedicó 16 años al estudio intensivo, acuciado por el temor de perder las becas.

Él mismo nos cuenta que inició su ejercicio de la Medicina en Temascaltepec, aunque no precisa por cuanto tiempo. Siguió un breve empleo en Guerrero, donde “…a pesar de mi ignorancia e inexperiencia pasaba por buen médico”. Ignoramos si esta afirmación surgió de la autocrítica o de la modestia; lo cierto es que contrasta con la relevancia del cargo de médico-cirujano que le confió la Compañía Real del Monte y Pachuca, donde llegó en las postrimerías del siglo xix.

La minería estaba en auge. Las empresas se concentraban en extraer plata y poco les importaban las condiciones de trabajo de los mineros. El joven doctor Castañeda, quien también atendía a los trabajadores de la mina de San Rafael, se preocupó no solo por curar sino por investigar el origen de las enfermedades. Fue el primer médico en México en escribir sobre la higiene minera subterránea. Descubrió el anquilostoma duodenal como causa de la anemia de los mineros.

Durante su estadía en Hidalgo, el doctor Castañeda se unió con Luisa Osorio, con quien procreó un hijo. Ángel Castañeda Osorio nació en Pachuca, en 1904.

En 1908, gracias a sus ahorros se costeó un viaje a Europa. Sabemos que estuvo en Londres, París, Berlín y Viena donde “se aplicó con exceso” al perfeccionamiento de su profesión y desarrolló el hábito de escribir la relación de las operaciones que presenciaba en el día. Si registró cerca dos mil en poco menos de tres años —quizás menos de mil días—, eso significa que en los días que dedicó a la observación quirúrgica asistía tal vez a cuatro intervenciones diarias, considerando que también dedicó tiempo a hacer turismo cultural por Alemania, Austria, España, Inglaterra e Italia.

Cuando volví a México, comencé de nuevo; al llegar no tenía casa, ni dinero, ni trabajo…

¿En qué mes de 1910 volvió de Europa el doctor Castañeda? A la distancia de casi un siglo, México y 1910 nos evocan el estallido revolucionario que convulsionó al país durante un decenio; idea que eclipsa cualquier otra. No obstante, en una fecha cercana al 20 de noviembre de aquel año, es preciso imaginar al médico de 41 años en busca de empleo, exhibiendo los diplomas de sus recientes estudios.

La Revolución puso en crisis a la economía, alteró las costumbres y canceló el desempeño de muchas actividades, mas por otra parte, aumentó la demanda de otras, entre ellas, la atención médica para un gran número de heridos, resultante de los enfrentamientos y batallas, frecuentes en muchos lugares de la República y constantes en el centro del país. Gonzalo Castañeda fue nombrado director y primer cirujano del Hospital de Jesús.

Durante el decenio 1910-1920 el doctor Castañeda contrajo tres matrimonios dentro de una misma familia. Casó con Teresa Olea, quien murió al poco tiempo. Al enviudar, casó con Carmen Olea, hermana de Teresa, con quien en 1914 tuvo una hija, Carmen Castañeda Olea.

María Luisa Olea se convirtió en la tercera esposa del doctor Castañeda mediante la conjunción de dos circunstancias fortuitas: la muerte del señor Gómez Daza, su esposo, y la de su hermana Carmen. De esta forma fue ella quien se hizo cargo de la crianza de Carmen, su sobrina.

Cinco años después de ingresar de lleno al ejercicio de la medicina en el Hospital de Jesús, el doctor Castañeda comenzó a dar clases en la Facultad de Medicina. Inicialmente fue profesor de Clínica Quirúrgica, pero su docencia se amplió con otras materias, como Terapéutica Quirúrgica.

El 15 de marzo de 1917 se inauguraron los cursos de la Escuela Constitucionalista Médico Militar, donde el doctor Castañeda impartió Clínica Quirúrgica del Abdomen. Ocupó también los cargos de jefe del Centro Quirúrgico y subdirector. Con el tiempo fue, además, cirujano-jefe del Hospital de Jesús, cirujano externo del Hospital General y del Hospital Militar; teniente coronel del Cuerpo de Sanidad Militar y jefe del Servicio de Ginecología del Hospital Español.

Por otra parte, el trabajo en el Hospital de Jesús, donde permaneció durante más de 30 años, propició el conocimiento entre el doctor Castañeda y Rosa Castaño, una enfermera con quien también tuvo descendencia. De esta unión nacieron tres hijos: Rosa, Raquel y Gonzalo Castañeda Castaño, quien fue contador público.[2]

A la muerte de su hermano Bernardino, ocurrida hacia 1920, el doctor Castañeda asumió el papel de padre y protector de sus sobrinos huérfanos. Por temporadas sus sobrinas vivieron bajo el cobijo de la familia Castañeda Olea, donde les dispensaron amor y cuidados semejantes a los que disfrutaba Carmen, la niña.

He practicado miles de operaciones, la mayoría del vientre.

Para completar la síntesis de su biografía profesional, conviene agregar que la sapiencia y habilidad quirúrgica del doctor Castañeda lo llevaron a posiciones de eminencia que hicieron trascender su fama y autoridad más allá de las fronteras del país. Presidió la Asociación Mexicana de Obstetricia y Ginecología a partir de su fundación; fue miembro fundador y primer presidente de la Academia Mexicana de Cirugía; presidió la Academia Nacional de Medicina; fue miembro honorario de la Sociedad de Traumatología, presidente de la Sociedad Médica Mexicana y del Capítulo del Colegio Internacional de Cirujanos.

Presentó numerosos trabajos en academias y sociedades médicas y publicó regularmente artículos en revistas profesionales. Escribió varios libros de texto que fueron clásicos en la Facultad de Medicina, como Clínica Quirúrgica, Clínica General y Clínica Interpretativa. Su obra póstuma fue el Ideario clínico en aforismos y frases breves.[3] También publicó un libro de gran interés práctico en la medicina: El arte de ejercer, recientemente reeditado.

Recibió condecoraciones de la Cruz Roja del Japón, la Cruz del Mérito Militar, medalla del Mérito Civil de la Asistencia, medalla de la Facultad de Medicina, venera de Profesor-decano, medalla que le otorgaron los alumnos de la Facultad de Medicina y venera de miembro honorario del Colegio Internacional de Cirujanos. Como lo revela su discurso del 24 de noviembre ante la Academia Mexicana de Cirugía, fue un maestro querido que formó varias generaciones de médicos.

Fue declarado Hijo predilecto del Mineral de Zacualpan, Estado de México, donde vivió su niñez, y la ciudad de Pachuca, donde ejerció la medicina e inició investigaciones que lo llevaron a descubrir la uncinariasis en los mineros, lo honró con un reconocimiento análogo.

Murió a los 78 años de edad, el 14 de enero de 1947 en la Ciudad de México.

23 de agosto de 2007

Addendum [4]

Cómo comenzó mi hijo Gonzalo sus estudios

Era muy travieso y muy llorón. Porque no molestara a su mamá y a mí con sus travesuras y llanto a cada momento, dispuse se lo llevara mi hijo Bernardino con él a la escuela, no con el objeto de leer pues todavía era muy pequeño para eso.

Pero a los dos o tres días me mandó decir don Miguel Ocampo (el Preceptor) con Bernardino, que ya no se lo mandara yo, que era muy travieso, y muy chiquito para la escuela; que nomás iba a quitarles el tiempo a los demás, y que por su tierna edad no se lo podía reprender.

Con este recado que recibí ya no volvió. Pasó algún tiempo, y cuando vi que ya debía ponerlo en la escuela, comencé a decir a su mamá que lo mandara a ella, y cada vez que esto reclamaba yo, la respuesta de la mamá era:

—No quiere ir, ¿qué crees?, ¿que no se lo mando?

Conque una vez le dije:

—¡Marche para la escuela! —(Entonces era maestro un don Mariano Sotelo).

Y comenzó a llorar. Lo tomé de un bracito y colgando de él por la calle, y delante la gente lo llevé al maestro. Se lo recomendé. Pero a poco rato ya se había huido, y viéndolo yo, lo volví a traer como la primera vez.

Después, dándole tlaco y ofreciéndole cuanto podía, comenzó a ir y le perdió el miedo [a la escuela].

Luego le tuvo afición a las letras y comenzó a tener empeño en adelantar, y como en efecto lo tenía; el maestro lo consideró mucho. Y decía que él, Gonzalo, era su caballo de batalla, porque le ayudaba a enseñar en la escuela; lo nombraba de comisión en cabeza de otros discípulos, como por ejemplo, a felicitar en nombre de su maestro y demás condiscípulos, al señor Jefe político, al señor Gobernador, etcétera.

Recuerdo y recordaré, que en una visita de felicitación que hizo a este último, en un discurso que pronunció Gonzalo (escrito), entre otras cosas dijo al señor Gobernador:

“Ojalá, Señor, que usted tuviera a bien darme un lugar en el Instituto Literario”. Y tal déspota Gobernador no se dignó responder en su favor siquiera con dar una esperanza, para cumplir con el deber de moralidad y educación; cosa que recibieron muy mal algunas de las personas entendidas de Zacualpan.

En los exámenes que hubo en la escuela, [Gonzalo] siempre tuvo sus calificaciones buenas, y se le daban carpetas o papeles con moños y algunos décimos o quintos de moneda de plata.

Y en una de esas veces, cuando yo menos pensaba, vi en la puerta de mi casa al señor don Jesús Lechuga. alcalde municipal en ese tiempo, y a un Regidor, saludándome muy gustosos, y les dije que pasaran —como era natural decirles. Pasaron.

Entre tanto estaba yo sorprendido y queriendo adivinar qué negocio los llevaría conmigo, pero casi en el mismo momento, me dijo el primero:

—Hemos pasado a felicitar a usted por el adelanto que tiene su niño Gonzalo en la Escuela. Ha sido examinado por el Comisionado nombrado por el Ayuntamiento, y tanto el Ayuntamiento como todas las personas que al examen concurrieron hemos quedado muy satisfechos de sus operaciones y respuestas, por lo que repetimos: felicitamos a usted y deseamos que [Gonzalo] siga con la aplicación y entusiasmo que manifiesta para que algún [día] llegara a ser el báculo en que me apoyara en mi vejez.

Yo, conmovido, con un nudo en la garganta, sin poder pronunciar una palabra en ese momento; hice un esfuerzo, y les dije:

—Yo les doy a ustedes, lo mismo que al H. Ayuntamiento, las mas expresivas gracias por el honor que tanto a mi hijo como a mí se nos hacía.

Y que al recibir aquella felicitación, no podía menos que llenarme de satisfacción como era natural que la tuviera un padre cuando viera honrar hasta tal grado a un hijo suyo, agregando que Dios quisiera que mi joven siguiera con el empeño que hasta entonces tenía, y que acaso llegaría el día que fuera útil no solo a sus padres, sino a su patria, y por fin, a la sociedad.

Se despidieron de mí dichos señores, y yo y mi esposa quedamos llenos de placer.

Don Mariano Sotelo, que era en esa época —como ya dije— Preceptor en la Escuela municipal, emprendía comedias y sainetes, representados por sus alumnos, y a Gonzalo lo prefería siempre con el principal papel, y en una comedia que hizo en no recuerdo qué festividad, quise verla.

Pero luego que vi que Gonzalo salió gritando con enfado: “¡Claudia, Claudia!”, incomodándose no sé por qué, y vi que Claudia era su novia y que Gonzalo, lo mismo que ella, tendrían nueve años de edad, no me pareció que delante de mí, aunque en comedia, tuviera una novia. Y dije para mí: “Esta comedia para niños parece inmoral; pero su maestro lo ha dispuesto. Quizás seré yo muy preocupado”, sin embargo ya no quise continuar mirando la representación y me separé.

En otra comedia en que tuvo que hacer su papel, que ya su vestido y demás, estaba arreglado, el zapatero no cumplió con hacer los zapatos [para Gonzalo] que le mandé hacer, y que a las siete de la noche dijo no los había hecho. Yo no sabía determinar.

El caso era comprometido y muy mortificado, y más viendo a Gonzalo llorar. Éste me dijo:

—Lolita, la [hija] del compadre de usted, don Zenón, debe tener dos pares de zapatos, no menos. Vaya usted a suplicarle le preste unos para que salga yo a la comedia, que esos zapatos me vienen bien.

El cielo vi abierto con ese acuerdo pues estaba yo seguro que el negocio quedaba arreglado.

Luego me dirigí a suplicar a mí compadre me prestara dichos zapatos; pero no encontrándolo en su casa, a la niña Lolita le dije el asunto que llevaba, quien me respondió:

—Si señor, con mucho gusto, voy a traérselos a usted.

—Pero primero —le respondí—, es necesario que yo le hable a él.

—No Señor, me dijo, no es necesario. —Yo le respondo.

—¿Pues qué no son usted y él amigos y compadres?

Y luego se fue a traerlos, con los que me volví a mi casa muy contento. En la casa me recibieron también con mucho gusto, porque el caso era para estar todos mortificados, pues Gonzalo no quería salir con los [zapatos] que usaba, porque aunque no estaban rotos, eran viejos.

En esta comedia, recuerdo se dio al publico y éste le palmoteaba y más cuando bailó jarabe, que lo requería la comedia o sai[ne]te.

Cuando solía Bernardino, mi hijo, llevar a su mamá a algún baile, llevaba por supuesto ella y a Gonzalo, y como algunos de los concurrentes lo habían visto bailar en la comedia, hacían que Gonzalo bailara un jarabe. Con quien salía las mas veces era con la niña Lolita Suárez, y decían que no lo hacían mal los dos.

*

Estando en una época yo sin destino, me ocupaba, como por no estar de ocioso en ir a encargar un alfalfar que tenía, o a levantar alguna parte de la cerca. Y Gonzalo, que estaba en la Escuela, pedía licencia para llevarme el almuerzo o desayuno, y la comida. Y mientras [yo] almorzaba, y en la comida, toda la conversación, suscitada por él era preguntarme:

—¿Cuánto es lo que se paga en un colegio porque entre uno a estudiar?, ¿qué pasos se dan para entrar en un colegio? ¿Cuánto se pagará en un navío por ir a Francia o a España o a otra parte que vaya uno en un navío?

A las primeras preguntas yo respondía:

—En los colegios que paga el Gobierno no se paga nada y se enseña; pero estos necesitan de tener proporción para poder sus padres subsistir en México, y si sus padres viven fuera, necesitan tener para mantenerlos y vestirlos.

También necesitan vencer algunas dificultades, para conseguir la entrada al Colegio, porque sin embargo que el Gobierno paga, se necesitan no sé qué requisitos más.

Lo que estudian primero es lo mismo que les enseñan en la Escuela de primeras letras: Gramática Castellana, Aritmética, etcétera; de suerte es que si un joven va al Colegio, y no sabe eso, eso es lo que le enseñan: los pasos que se dan en las municipalidades o distritos, conque cuando se tiene que mandar un joven al Instituto, se trabaja por que sea remitido.

Que casi nunca es el que remiten el de más aplicación e inteligencia tiene, sino el hijo del Alcalde, del mas rico o del de mas influencia, aunque éste, por quien dan su voto, sea un burro. [Así proceden], menospreciando al pobre aunque, sea más adelantado e inteligente que los demás.

Lo que se paga por la embarcación a España, Francia e Inglaterra, no sé; lo que sé es que hay camarotes en que van los acomodados; otros camarotes en los que van los pobres; y como van otros más pobres, no pagan nada. Estos van de lastre, es decir, cuando el navío no tiene el peso suficiente que se necesita, estos se mantienen sirviéndoles a los ricos o a los conductores del navío. Compran muy barato a los cocineros la comida que sobra a los acomodados. Estos, que son los más pobres, no tienen cuartito. Duermen y viven encima del navío.

Yo muy bien comprendía que Gonzalo deseaba entrar a un colegio y también deseaba embarcarse. Y por fin, sus pensamientos eran grandes; pero no me atrevía a preguntarle si tales cosas quería, porque bastante era ya su conversación de casi siempre que me llevaba de comer:

Todo esto, que yo conocía en él, me mortificaba, me dolía el corazón; y me decía yo mismo: “Mi hijo tiene altos pensamientos; pero yo soy pobre, no tengo ningún valimiento; no tengo influencia ninguna, en México no conozco a nadie: no tengo más a quien pedir que es a Dios”.

 


[1]. Cinco de los seis artículos que integraron este número de la revista, más el editorial, fueron dedicados a rendir homenaje al doctor Gonzalo Castañeda. Ese editorial de Cirugía y Cirujanos aparece al final de esta nota biográfica.

*  Esta nota integra información que aportaron Carmen Castañeda Vda. de Infante, Gonzalo Castañeda Castaño, hijos del doctor Gonzalo Castañeda, así como numerosos sobrinos, nietos y sobrinos-nietos. La fecha de nacimiento de Julián Gonzalo de Jesús consta en la respectiva acta del Registro Civil de Temascaltepec. La información curricular procede de la nota biográfica que editó El Arte Gráfico, imprenta de Jesús Castañeda Zagal, sobrino del doctor Castañeda, en homenaje a su memoria, en 1947.  R.R.C.

[2]. El c.p. Gonzalo Castañeda Castaño murió el 27 de mayo de 2007.

[3]. Editorial Cicerón, 1946

[4]. Extracto del Manuscrito de don Juan Castañeda.  Ed. Imprenta Castañeda, Pachuca, Hgo.  Segunda edición. 2012. pp. 60–67.

 

 

 

 

 

 

 

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