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Don Juan Francisco Castañeda Popoca (1816-1898), Parte III

 

Continuación.

“Hasta se puso a rezar sin estar en la iglesia…”

Al leer el relato de la vida de Juan sería muy difícil negar el humor que destila en algunos pasajes. Refiere, por ejemplo, el siguiente episodio que tituló Otro Chasco, y que considero como una breve obra de teatro.

Antes de seguir adelante debo decir que durante esas épocas no era raro que criaturas, muertas o vivas, aparecieran en el portón de la iglesia o en casas particulares. Este tipo de abandono está anotado en varios registros de bautizo y fallecimiento de la iglesia católica.

Recuerdo un acta donde el cura menciona a una enferma cuyo esposo, un minero de otro pueblo, la dejó abandonada. Se fue a trabajar a minas distantes y posiblemente no podía o no quería cuidarla. Decidió encargársela a la iglesia sin mayores explicaciones.

Juan a los 27-29 años de edad

Una noche oscura, Juan, su madre y una molendera dormían en paz. De repente, su madre lo despertó angustiada:

—¡Juan, Juan!, ¡despierta y levántate porque han venido a tirarnos una criatura! Anda, que por su llanto debe ser recién nacida y temo que uno de los perros o puercos se la coman, o por lo menos que la maten.

Juan se levantó sin vestirse, descalzo y cubierto con sólo una cobija, él para acompañar a su madre. Se dirigieron con cautela a la parte trasera de la casa. Silenciosamente, a punta de pie espantaron a los puercos y perros con el propósito de sorprender a los irresponsables que abandonaban una criatura, si todavía estuvieran ahí.

En esos tiempos no existían estos palitos cubiertos de fosforo rojo en un extremo, que Carl Lundstrom inventó en Suecia hasta el año de 1855, de manera que solamente se iluminaban con el tenue resplandor de la luna. Buscaron el envoltorio que esperaban ver entre los animales sueltos, por arriba, abajo y entre las matas con la esperanza de encontrar el origen del llanto.

Nada encontraron, a pesar de la búsqueda minuciosa, y con cierto alivio pensaron que tal vez los que fueron a tirar la criatura sintieron remordimiento y se arrepintieron.

Decididos a completar una noche de sueños volvieron a acostarse, pero a los pocos minutos su madre despertó nuevamente a Juan. Más allá de toda duda seguía oyendo llorar a una criatura y definitivamente debían de encontrarla.

Su madre le ordenó que buscara en el mismo sitio mientras ella hacía luz, probablemente encendiendo un palo de ocote en el rescoldo del brasero.

Juan se ubicó en el sitio y aplicó todos sus sentidos, toda su atención para localizar el origen del lastimoso llanto, pero no puso el dedo en el sitio.

Llegó su madre con un hachón. La luz y el viento movían las sombras de sus rostros. Se embarcaron una nueva búsqueda que seguramente se prolongó una buena cantidad de tiempo. Nada encontraron. Cansados y decepcionados regresaron a casa. Después de renovar sus respiros, sentados su madre le dijo:

— ¿Sabes Juan?…, ahora sé que el lamento del nene que yo oía, en realidad era el maldito ronquido de la molendera, que hasta parecía que se ahogaba.

—El favor de Dios ha de estar con nosotros —contestó Juan—, porque fuimos con toda intención de hacer una obra de caridad.

A la mañana siguiente, y a la luz del día, contaron el episodio a cuanta gente encontraron y en lugar de pasar momentos de angustia y suspenso, lo festejaron y se rieron.

En una reflexión retrospectiva, Juan escribió que estaba consciente del ronquido de la molendera, pero no pensó que el ruido de su gaznate le sonara a su madre como el llanto de una criatura.

Este chasco me remontó al año de 1984, cuando vivíamos en California. Al llegar a mi hogar casi a medianoche, los faros de mi camioneta iluminaron a mi esposa, quien buscaba algo afuera con la ayuda de una lámpara.

—¿Qué estás haciendo?, ¿que buscas? —le pregunté al estacionarme.

Buscaba a nuestros puercos porque los vecinos me dijeron andaban sueltos.

Su frustración y la manera en que la expresó significaba que los había buscado por un buen tiempo sin resultados.

¿Cómo habrá sido posible que se escaparan —me pregunté—, si los tenía bien acorralados?

Antes de sumarme a la búsqueda, decidí investigar cómo habían escapado de su jaula. Cuando llegué frente al redil, los “fugados” brincaron, resoplando y bufando, expectantes de que les diera más comida.

Mi esposa llegó y comprendió lo inútil de su esfuerzo. Había buscado frenéticamente los cerdos de algún otro vecino, porque hasta ese día sabíamos que no existían puercos fantasmas.

Igual que mi ancestro y su madre, mi esposa y yo nos reímos. Todavía hoy, mi esposa cuenta la historia de aquella noche en que anduvo buscando puercos con una lámpara.

Juan a los 29 años de edad

Mi quinta abuela y madre de Juan, María Antonia Josefa Popoca Sáez, viuda de Castañeda, falleció el 10 de junio 1845. El padre Rafael Zavala consignó en la partida de defunción que murió de pulmonía, a la edad de cuarenta y ocho años, y ordenó su sepultura en el campo mortuorio. Siete años antes había muerto Alejandro Marcos Castañeda De Gama, su esposo, de manera que Juan, sin padres, comenzó a gobernarse por sí mismo a los 29 años.

1845 10 jun reg. ecl. def. Ma Antonia Josefa Popoca Sáez

10 jun 1845 registro eclesiástico defunción María Antonia Josefa Popoca Sáez  https://familyserch.org/

 

Juan a los 34 años de edad

En el año de 1850 hubo una fiesta en una Hacienda llamada San Juan, donde dos mujeres se pelearon por un hombre. Una de ellas era hija de la comadre, a quien Juan tenía presente por un episodio ocurrido con anterioridad, sobre una peña en El Salto, un lugar específico del río que corría al final de la cañada donde se encuentra la cuadrilla de Santiago. La otra otra mujer que intervino en aquel pleito era vecina de Juan.

El episodio inolvidable ocurrió un día en que Juan y su amigo Mariano Ramírez andaban de cacería y caminaban sobre unos peñascos peligrosos, de treinta a cuarenta metros de altura. Desde ese sitio se veía El Salto, donde observaron a una mujer que se bañaba en el río.

Las siguientes fotos instantáneas fueron duplicadas de un video de 2014, y enseñan el tipo de terreno y peñascos los cuales están alrededor del sitio que Juan menciona en su manuscrito.  El video puede ser visto en https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/10/16/el-salto-zacualpan-edo-de-mexico-mexico-mayo-de-2014/

Snapshot 1 (4-13-2015 2-50 PM)

Foto una ladera de El Salto, que corre por el Río del Barrio de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

 

Snapshot 2 (4-13-2015 2-56 PM)

Foto dos ladera de El Salto, que corre por el Río del Barrio de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

 

Snapshot 4 (4-13-2015 3-02 PM)

Foto tres  ladera de El Salto, que corre por el río del Barrio de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

 

Desconocemos cuánto tiempo les tomó descender de los peñascos y acercarse a El Salto, pero cuando volvieron a verla, a menor distancia, la mujer vestía ya unas enaguas blancas, limpias, y un rebozo negro. Juan y su amigo la observaban de cerca mientras se cepillaba el cabello, que le cubría el rostro.

La imposibilidad de identificarla les causó reacciones diferentes. La de Juan fue de atracción. Supuso que se trataba de una voluptuosa y encantadora mujer, como la que se veía bailar en Chalma. Pero su camarada pensó que no era mujer, sino una representación del diablo, llegada para complementar el conjunto de muertos que espantaban durante el día.

Para no quedar mal con su masculinidad, Juan se propuso identificarla y pidió a su amigo que se escondiera y observara, mientras él se aproximaba no tanto para sorprenderla sino para entablar conversación.

Juan se aproximó con discreción mientras ella, de rodillas, se escobeteaba el cabello.

“¿Qué diablos contendrá? —pensó Juan—. Solamente sabré si le pregunto. Pero… ¿si es el diablo? Entonces me echa de la barranca, me lleva a su casa y Mariano dará cuenta de lo que pasó”.

La mujer cambió de sitio, pero seguía con la cara cubierta al peinarse. Animado por Cupido, Juan la saludó:

—Buenos días, chula. ¿Cómo le va a usted?

Ella lo ignoró.

—Doñita, ¿Por qué no quiere responderme los buenos días?

Ella siguió ignorándolo sin quebrar su silencio, pero Juan persistió siendo más agresivo.

—Preciosa, ¿qué no quiere darme un beso?

Esta pregunta la hizo prácticamente a espaldas de ella, porque la acompañó con palmaditas sobre el hombro de la mujer.

Fastidiada, se descubrió la cara y le dijo con mucho enojo:

—¡Compadre!, ¿Por qué es tan curioso que a fuerza quiere conocerme? Vaya, vea usted quién soy.

—Vaya qué, eso se queda para mí.

—Ande, vea, que soy mujer, pero no para usted que tiene rotos los calzones de tanto que quiere conocerme.

Juan comprendió que su avance de enamorador le había fallado, entonces cambió de tema:

—Comadrita, usted dispense, porque al verla, mi amigo y yo creíamos que nos espantaba el diablo.

Al escuchar esa frase ella también cambio de talante. No era el diablo, pero al menos tuvo la impresión de ser de unos de sus subalternos.

—¡Ja, ja, ja! ¡Ah, qué mi compadrito!, si ando por aquí es que ando buscando un remedio para curar un enfermo.

La encantadora mujer era curandera y partera. Había bautizado a una criatura que nació ahogada, de la cual las malas lenguas dijeron que era hija de Juan, y por ese detalle se compadreaban.

Al despedirse Juan le preguntó:

—¿Por qué se le ocurrió escobetearse sobre las peñas?

—Para sorprenderlos, pero parece que ustedes fueron los que me jugaron.

Al partir caminos, Juan se fue pensando “aquí se debe de encontrar la belladona, la cual causa efectos, porque muchos dicen que mi comadre y su hija son brujas, hechiceras y envenenadoras, y al mismo saben cómo, cuándo y con qué aliviar a sus escogidos”.

Pues bien, durante la medianoche, unos días después de la fiesta que hubo en la Hacienda de San Juan, una vecina llegó a despertar a Juan y su esposa pidiéndoles que la acompañaran porque su vecina se estaba muriendo a consecuencia de un hechizo.

Juan firmemente decidió no ir, considerando que la vecina los estaba “haciendo guajes”, es decir, que pretendía embaucarlos. La mujer se retiró.

Después de tres horas volvió a tocarles a la puerta. Esta vez los conminó a que se vistieran y fueran a ver cómo su vecina agonizaba. Les rogó caridad, porque la afligida moribunda arrojaba violentamente por la boca manojitos de cabello junto con otras porquerías.

Juan se rió y dijo a la suplicante:

—Tía, esa enferma les está haciendo huero.

Al decirlo, Juan se arrepintió tal vez, el caso fue que modificó su postura y agregó que irían a verla por la mañana, pero la mujer le replicó que, entre otras cosas, él era bueno para leer y escribir, pero no para tener caridad y creencia en lo que ellas presenciaban, pues ni si quiera quería ir para desengañarse.

Juan insistió en que irían por la mañana.

La mujer se marchó rezongando.

Entonces María De Jesús, su esposa, le pidió licencia —como en esos tiempos se acostumbraba— para visitar a la vecina, quien era una buena persona.

—Pues anda, mira la prestidigitación —le respondió Juan.

A los pocos minutos, María de Jesús volvió muy espantada. La vecina moribunda vomitaba manojitos de hoja de maíz amarradas con cabello y quería ver al Cura. Juan le respondió:

—Mira mujer, voy a ir, pero si descifro el engaño, a patadas la saco de la cama.

—No vas a hacer nada, verás que todo es verdad.

Juan se vistió y se dirigió a la casa de la hechizada:

— ¿Qué tiene usted?, ¿de qué se está muriendo? Según me dicen, del estómago.

— ¡Ay Juanito!, me dan las horribles ganas de vomitar y siento que me voy a ahogar. Vomito muchas cosas raras.

Haciéndose cargo de la situación, Juan pidió a las preocupadas acompañantes que le llevaran una luz y un jarro de agua.

Cuando le alumbró la cara, retrocedió con espanto, porque vio una cara cadavérica. Como si le hubieran extraído la vida, estaba pálida, tenía la nariz afilada con los ojos tristes y la vista quebrada. Sus ojeras estaban hundidas y azuladas. Abrumado por la gravedad, quiso investigar un poco más.

—¡Toma!, toma agua y enjuágate la boca bien.

La mujer obedeció.

—Abra la boca y alce la lengua.

Juan no vio nada. Al mismo tiempo una de las mujeres presentes le dijo que cuando vomitaba, la porquería no venía de la boca, sino del estomago, en turnos y sin dilatarse.

De repente, la vecina dijo con angustia:

— ¡Me muero! ¡Guá – guá y guáá!, aquí me acabo, guááá. Ayúdame, Dios mío.

Mientras holgaba, la que explicó que la basca venía del estomago, de repente metió su mano en la garganta para sacarle lo que provocaba aquella náusea. Para estar seguro de que no fuera un chanchullo, Juan le pidió ver su mano antes de explorar la boca de la moribunda y verificó que nada tenía.

Juan atestiguó que la mujer extrajo un manojito de cabellos, del que quedaron hebras en la garganta de la moribunda, lo que con seguridad le provocaría el siguiente acceso de náusea.

Juan pensó: “¡Horror, gravedad, no lo puedo creer! ¿Me habrán hipnotizado estas mujeres? ¿Serán ilusiones?” y salió de la habitación para recuperar sus sentidos. Desde afuera oyó nuevos gritos y quejidos:

— ¡Qué venga Juan a verla!, ¡le regresa el vómito!

Al ver la siguiente arcada se convenció de que arrojaba algo que tenía en el estómago. La enferma clamaba por el Cura para confesarse y Juan, el único hombre presente, decidió ir a buscarlo porque la mujer estaba por perder el alma.

Pero había un problema: el Cura Suárez y él no se llevaban bien debido a que “las malas lenguas” habían esparcido falsedades que los distanciaron. Aún así, la gravedad de la situación indujo a Juan a ir por el Cura.

Juan llegó a la iglesia y saludó al cura. Me respondió —escribe Juan— no con sangre fría, sino algo caliente: — ¿Qué se le ofrece? —pregunto el Cura.

— Vengo a decirle que mi vecina se está muriendo y quiere confesarse.

— Pues no voy, no tengo lugar.

— Pues en eso usted sabe si va o no —le respondió— Sólo he querido que lo sepa usted.

— Suponga usted que fuera —dijo—. Usted ha de ir por la calle corriendo y con su capote por delante de mí. Yo a caballo, usted a pie.

—Yo no he de ir corriendo ni con mi capote ni sin él —contestó Juan—. Yo sólo he querido ponerlo en conocimiento de lo que pasa.

—Entonces, ¿Cómo sé dónde está la casa? Yo no sé adivinar.

—Si usted quiere ir —contestó Juan—, puede pasar a mi casa, que ésa bien la sabe usted, pues allá pasó la fiesta de carnes tolendas. La enferma está allí, viviendo muy cerca; mi mujer le enseñará la casa o [lo] llevará a usted a ella.

—Pues ya dije a usted: no tengo lugar.

—Pues punto concluido —respondió Juan—: Adiós.

Juan cruzaba la plaza cuando oyó aplausos para llamar la atención. Volteó con disimulo. Era el Cura, quien cambió de actitud. Le dijo que visitaría a la enferma.

Llegó el Cura a casa de la moribunda, la confesó y preguntó gentilmente;

—De, ¿qué se está muriendo? Nadie pudo responderle. Para satisfacer su pregunta lo único que una mujer hizo fue enseñarle lo que había regurgitado y con horror, disgustado y con asco el exclamo:

—¡No, no, no quiero ver eso! Creo que ella no va a llegar más de las ocho de esta noche.

Al separarse les pidió que por favor no creyeran en esas cosas.

Juan reflexionó: “Creer es tener sin ver, pero ver no es apropiado para creer en lo que estábamos viendo”.

El Cura se había retirado cuando la mujer que previamente ayudó a sacar manojos de la garganta de la hechizada les dijo:

— Si quieren puedo hacer un remedio que es bueno para que eche todo para afuera.

Nadie se sorprendió porque se decía que ella estaba al tanto de los bienes y males de la belladona y estuvieron de acuerdo que era preciso hacer algo lo más pronto posible. Aunque la alquimista no pidió patas de rana, jugo de hongos podridos o polvo de alas de murciélago, requirió albácar, contrahierba, aceite para cocinar, leche, polvo de hueso y numerosos ingredientes de cocina, que mezcló.

Después, sin recurrir a algún encanto y ni invocar a Satanás, dispensó él elixir a la desesperada vecina. Momentos después, arrojó todo por la boca hasta que le quedó vacío el estomago y la dejó desmayada. La médica sin diploma pidió que dejaran dormir a la enferma. Conforme los días pasaron, la vecina lentamente se recuperó.

La hechicera aparentemente estaba al tanto de las virtudes de la belladona, porque un día que Juan tenía una mazorquita de esa temible planta, el propio hijo de esa mujer le dijo que no jugara con ella porque contenía propiedades medicinales que con exceso resultan venenosas.

Cuando fue por el cura mientras la emergencia se desarrollaba, Juan se detuvo a ver a su compadre José Antonio Romero para contarle cada detalle, desde el fandango de la Hacienda San Juan. Conforme José escuchaba, de vez en cuando se reía, entonces Juan le dijo:

— No se ría, compadre, porque todo lo que le digo es cierto. Nada gano si nadie me lo cree o no cree porque ni gano ni pierdo, y aquí he concluido.

— Compadre, muy extraño que esas mujeres lo hayan hecho creer. Yo he visto a un brujo hacer a un individuo vomitar dinero, lumbre, listones y muchas otras cosas, lo que pasa es que a usted lo hicieron p…

— A mí no me hicieron p…, los que vomitaron dinero y otras cosas no estaban vivos, ya estaban muertos. Compadre, quedamos cada uno con su razón.

— No hemos concluido, ¿Por qué con tanta energía?, ¿Tiene usted negocio aquí?

— No, el que tenía ya concluyó.

— Pues bien, váyase para su casa, y si su vecina todavía sigue enferma mándeme un muchacho que yo le pagaré y estaré ahí inmediatamente.

Cuando Juan regresó al lado de la enferma, aún se encontraba postrada. Mandó entonces un recado para que su compadre viniera a atestiguar el caso por sí mismo. Pero éste contestó diciéndole que lo lamentaba, pero que tenía mucho trabajo.

Durante esa temporada había frecuentes reuniones de amigos. Después del episodio del hechizo tocó a José, el compadre de Juan, recibirlos en su casa. Entre los asistentes estaban el alcalde, un regidor, el secretario, el administrador, unos azogueros y otras personas. Se divertían tocando la guitarra, cantando y jugando la baraja, conquián o chilitos, es decir, albures.

Lo que le ocurrió a Juan era un acontecimiento reciente, de manera que José sacó a colación el tema de las brujerías y hechicerías y pidió a Juan que abriera la conversación. Todos los presentes estuvieron de acuerdo. Juan narró los hechos con el estilo que conocemos mediante sus memorias.

Uno de los concurrentes, don Abundio Galán, ex secretario del Juzgado de Letras del pueblo de Teloloapan, no perdió un minuto para decir:

—Y cómo las hay, sí señores: hay hechicerías y los indios las practican en regularidad. ¿Verdad don Angelito?

Don Angelito, que era tan instruido como don Abundio, respondió:

—Las leyes imponían penas muy severas a los hechiceros por los horrores que causaban, pero eso era en tiempos muy remotos, y es antiguo.

—No señor; hoy en el presente hay hechiceros. Yo por saber de Teloloapan, hay muchas quejas. Pero muchas, sí señor, muchas quejas.

—Se presentó un indígena en el juzgado de mi hermano Francisco Galán, quien fue a demandar a un Fulano porque era brujo y hechicero, el cual hechizó a su hija, la que se estaba muriendo. También le dijo que había visto al Alcalde pero no le quiso creer por miedo que a él también lo embrujaría. Por eso estoy aquí con usted. Mi hermano le dijo:

—Pero hombre, ¿Qué cosas son las que llamas hechicerías?

—Hechicerías es cuando los hechiceros les dan hierba a los que quieren hechizar. Vomitan regurgitando cabellos, muñequitos de trapo y otras cosas, llegando a un punto que empiezan a morirse.

— ¿Puedes dar prueba a esto?

—Cómo no señor, todos los que estábamos ahí, veíamos las porquerías. Y todos sabemos que es hechicero. A mi hijo le dijo que se iba a acordar de él debido a que mi hijo lo superó en una pelea.

El Juez don Angelito dijo “¡Basta!” Y sin tomar providencia, remitió al individuo con el alcalde. Pero por la tarde don Angelito pasó a ver al alcalde para consultarlo sobre el asunto. El alcalde le dijo que muy bien se sabía que la madre y abuela del referido hechicero también lo eran.

Para concluir, don Abundio dijo:

—De esos casos se ofrecieron varios. Yo los he visto, pues estuve escribiendo con mi hermano, muchos años; y como he dicho, que como he visto algunas quejas ante la autoridad; no dudo que hay personas envenenadores a los que les llaman con el nombre de hechiceros, y creo también que el secreto ha venido traduciéndose [1] desde antes de la Conquista por los españoles, porque quienes lo saben son los indios.

Juan a los 39 años de edad

María de Jesús, hija de padres no conocidos,[2] originaria de la cuadrilla de Santiago, esposa de Juan durante veintiún años, madre de ocho hijos y re tatarabuela mía, falleció el 22 de agosto 1855. El Cura Agustín Gómez mandó dar sepultura a su cadáver al campo mortuorio del Mineral de Zacualpan. Juan Castañeda quedó viudo a los 39 años.

1855 23 ago reg. ec. def.  Ma de Jesús Ríos de Castañeda

23 agosto 1855 registo eclesiástico defunción María De Jesús de padres no conocidos.  Unas veces apedillada Ríos y otras veces Ronces   https://familysearch.org/

 

Continuará

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición: Rafael Rodríguez Castañeda


[1]. Transmitiéndose, probablemente.

[2]. Unas veces apellidada Ríos y otras veces Ronces

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