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Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 9.900 veces en 2014. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 4 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

La conocí para nunca olvidarla

Fue el 25 de septiembre de 2011 cuando por primera vez la saludé. Ese día no solo tuve el privilegio de conocer a una persona sino a una pariente que llegó a incrustarse en mi corazón durante los siguientes tres años. Puedo marcar la fecha porque nuestra familia, una de las ramas Castañeda, se reunió en Pachuca, Hidalgo, México. Laura hizo el viaje desde la ciudad de México, junto con su media hermana Elza[1] y otros familiares, para estar presente en este primer evento familiar.

Conforme el festejo se desarrollaba, muchos hacíamos rondas de mesa a mesa para presentarnos e identificarnos entre sí de manera apropiada. Una vez situados conforme nuestro linaje, Laura y yo nos situamos en una de las mesas que agrupó a la descendencia del licenciado Amador Castañeda Jaimes, mi bisabuelo. Laura y yo empezamos a conversar y definir nuestro propio nicho personal dentro de este núcleo.

Con la extensa familia agrupada por descendencia y elección personal, ella y yo platicamos e intercambiamos datos personales como si los dos hubiéramos llegado de diferentes planetas, pues hasta entonces nos conocimos. Dentro de la conversación, llegamos a entender que ella era prima hermana de mi padre Alberto Castañeda Bárcenas.

El momento más vívido dentro de nuestra plática ocurrió cuando le enseñé un cuaderno verde de tres anillos que yo había preparado para tener a la mano información sobre la familia en caso de que alguien me preguntara algo. Laura demostró interés, no por lo que escribí sino por los datos que el cuaderno contenía, y algo me impulsó a obsequiárselo. Lo aceptó después de vencer su resistencia inicial. Durante el resto del festejo la observé en varias ocasiones. Guardaba el cuaderno muy cerca de sí, a veces entre los brazos, como si fuese su hijo. Este comportamiento me reveló que adoraba el concepto de su familia.

Felipa Laura (“Chiquis”) Luna (Moon) Castañeda [2]

Según su propia versión y la del resto de la familia, Laura nació el 26 de mayo 1942 en Pachuca, Hidalgo. Hija de Aurelio Luna Hernández y Laura Soledad Castañeda Islas. Aún no he hallado el registro civil de su nacimiento ni su acta de bautizo, pero encontré el acta de defunción de su madre, la cual ayuda a verificar su fecha de nacimiento. La llamaron Felipa, como su bisabuela materna, y Laura, como su madre.

Laura Soledad Castañeda Islas, 1918-1942

Laura Soledad Castañeda Islas, 1918-1942, madre de Laura Elena y Elsa.

Trágicamente a la edad de veinticuatro años, Laura Soledad Castañeda Islas de Luna falleció el 26 de mayo de 1942 a las 22:45 horas en el hospital civil debido a una hemorragia puerperal. El acta refiere a Laura Soledad de Luna como casada e hija del licenciado Amador Castañeda Jaimes y Francisca Islas Montaño, viuda de Castañeda[3].

Conforme Laura Soledad sangró hacia la muerte y el padre caminó hacia su libertad, las medias hermanas huérfanas quedan separadas, a cargo de dos tías. Elena Laura se hizo cargo de Laura, y Esperanza María se ocupó de Elza. Ambas tías eran hermanas de Laura Soledad.

Elena Laura se separa de su esposo y se ve en necesidad de trabajar para sostener a sus propios hijos. Hay indicios de que Laura haya quedado a cargo de varios parientes, inclusive su padre. Finalmente Laura se cría con Francisca Montaño, su abuela, junto con Elza Rico Castañeda, su media hermana, y Roberto y Magda, sus primos hermanos, hijos de Elena Laura. Laura llegó a casa de Francisca cuando Elza, tres años mayor, ya estaba al cuidado de Francisca. No habrán permanecido mucho tiempo bajo el techo de su abuela porque falleció en 1950.

Con este tercer duro golpe que la vida le asestó antes que cumpliera ocho años, vinieron una serie de mudanzas de casa a casa. Si primero fue cuando su madre falleció y el segundo cuando el padre se liberó de la responsabilidad de criarla, el tercero ocurrió cuando su abuela falleció de cáncer.

Laura Luna y abuela Francisca Montaño Vda. de Castañeda

Laura Luna y abuela Francisca Islas Montaño Vda. de Castañeda

 

Laura Luna circa 4 años de edad.

Laura Luna circa 4 años de edad.

Progreso de nuestra relación

Como todo en la vida que tiene la costumbre de llegar a un final, así también término nuestra asamblea. Después de numerosos despidos y al cerrar las puertas, el salón quedo vacío y silencioso, pero dentro de unos de nosotros, aún resonaba el eco de querer saber más sobre la familia.

Conforme las búsquedas progresaron, Laura empezó a participar y aplicarse a esta tarea con mucho interés y energía. Desde el principio observé que; aparte de su teléfono celular, Laura no poseía aparatos tecnológicos, como computadoras, impresoras, Internet, wi-fi, y menos saber cómo operarlos.

Aún así, la luchadora y buscadora que ella era, le ayudo a encontrar maneras de cómo enviarme datos, fotos e historias de la familia. Aunque algunos envíos eran muy básicos, digamos, en forma de un dibujo o algo escrito en papel, estos fueron traspasados por familiares, amistades, vecinos y compañeros de trabajo, los cuales la querían mucho y hacían todo lo posible por ayudarla.

Aparte de otros miembros de la familia que también han contribuido y lo siguen haciendo, la colaboración de Laura fue esencial para saber más sobre la vida del Licenciado Amador Castañeda Jaimes, ex-gobernador interino del estado de Hidalgo en 1912, y su familia.

Nuestra propia relación la realizamos mediante llamadas telefónicas de larga distancia. Cuando dejábamos a un lado los temas de la investigación familiar, hablábamos de salud, gustos, trabajo, países, etc., etc. Todo dentro de una plática normal.

Siempre lista para ayudar

Por diseño natural ella siempre estaba lista para ayudar a su prójimo. El 29 de junio de 2012, mientras yo conducía unas tareas en casa, recibí el siguiente email por parte ella. Este email, el cual aún lo tengo en mis bancos de correos electrónicos dice lo siguiente:

“Hola Richard:

Espero estes bien.

Me gustararía saber si me puedes marcar a cualquiera de mis números, me URGE COMUNICARME contigo.

GRacias.

P.D. Te encuentras en México o en E.U.A. ?”

Con signos de interrogación en mi mente le marqué solo para saber que unos infames le demandaban una cantidad monetaria a cambio de mi libertad. Según entendió, le dijeron que me tenían secuestrado. En consecuencia, Laura comenzó frenéticamente a tratar de acumular el dinero y la manera de resolver la situación para satisfacer la demanda. Con buena suerte el resto de la familia le ayudó a comprender la falsedad de la noticia, que era un intento de extorsión de unos gusanos. Menciono este detalle para ilustrar la dedicación y lo preparada que ella estaba para hacer algo por los miembros de su familia.

Las tristes noticias

Fue el 22 de diciembre de 2014 cuando recibí una inesperada llamada telefónica de mi prima Laura Elena Fernández Mendoza en la cual ella tenía dificultades en expresarme unas noticias. Inmediatamente supe que algo estaba mal, pero nunca pensé que se refiriera a Laura “Moon”.

Ya compuesta, Laura Elena me pudo decir que Laura había fallecido, después de sufrir un desmayo, uno de los múltiples que siempre plagaron su vida debido a la baja presión.

Al expresar mutuamente nuestros sentimientos decidimos que sería digno reconocerla. Es por ello que le dedico este blog, junto con otros testimonios de quienes la quisimos, y la cronología de eventos en su vida.

Laura Luna, asamblea Castañeda 2012

Laura Luna, asamblea Castañeda 2012

Ricardo Castañeda Guzmán

 

Laura Luna Castañeda 1942-2014

Laura, luna cercana, luna distante

A Elizabeth y Guillermina, próximas a Laura,
cuyo corazón amaban y comprendían.

Le gustaba que la llamaran «Laura Moon». Así afirmaba su condición satelital respecto de su familia y del mundo. Como la luna, siempre se mantuvo cerca, aunque algo le impidiera integrarse plenamente. Como luna que muestra a la Tierra el mismo rostro, Laura enseñó su cara alegre y ocultó su tristeza original. El destino la marcó el día que comenzaron al mismo tiempo su vida y su orfandad: la madre murió tras el alumbramiento; el padre se desentendió de ella.

Desde que fue bebé rodó adonde le daban cobijo. De casa de una tía a la casa de otra iban Laura y su maletita. Durante su segunda niñez la crió su abuela Francisca, donde diluyó su condición de huérfana en compañía de Elza Rico Castañeda, su hermana materna, y de Roberto y Magda, sus primos. Pachita cuidó a sus cuatro nietos hasta que se le acabó la vida. Los primos emigraron a la Capital con Elena su madre, quien también llevó consigo a Elza. A Laura la dejaron en Pachuca.

Quedó al cuidado de sus tíos abuelos. Tayde, una de las hermanas de Pachita, enviudó poco después porque a Ignacio Arteaga, barretero jubilado, finalmente lo mató la silicosis, y Tayde se mudó con Laura a un departamento de la colonia Clavería, en la Ciudad de México, donde vivió con su hermana María.

Tayde tenía derecho a la añoranza, así que de vez en cuando viajaba a Real del Monte. Allí estuvo la casa en que tantos años vivió con Nacho. En uno de esos viajes cayó de una escalera y no sobrevivió. El departamento de la colonia Clavería lo heredó Elza, quien se hizo cargo de su hermana. Laura era ya una quinceañera.

Gracias a sus estudios secretariales Laura siguió el camino laboral de su hermana y sus tías. Elza, además, fue su compañera de empleo. Cuando Elza casó, Laura permaneció a su lado, de tal forma que conforme fueron naciendo, convivió con Arturo Eugenio, Elizabeth, Guillermina y Eréndira. Sus sobrinos fueron como sus hijos. Fueron además sus cómplices y compañeros de juegos.

1959 Laura Luna Certificado

1959 Laura Luna Certificado

“Mi mamá y mi tía Laura eran diferentes —dice Elizabeth—. Mi mamá, muy seria, muy tranquila. Vivimos juntas. Cuando salíamos a pasear mi tía Laura se volvía una de nosotros. Los domingos, por ejemplo, íbamos a Chapultepec. Mi mamá siempre se quedaba sentada, cuidándonos, y mi tía corría, brincaba, saltaba; se reía, jugaba al balón como niña. Siempre como muy contenta, muy entusiasta”.

“Como muy contenta”, como luna que esconde otro lado. Ajena desde el nacimiento al hogar que la recibía, Laura aprendió a granjearse el cariño de sus huéspedes. Esa circunstancia se repitió tantas veces que sometió su autoestima a la costumbre de servir, de darse a los demás a cambio de ser aceptada.

Conforme se hizo adulta, Laura pensó emanciparse, tener una casa y una familia estable, mas en el plano profundo no sólo buscaba un esposo; requería, además, una figura paterna. Al casarse con Sergio Ruiz, veinte años mayor que ella, tuvo casa propia y al año siguiente, descendencia: nació Aurelio Héctor, pero el matrimonio no prosperó, acabó la fugaz independencia y Laura volvió con Héctor a la casa de Elsa y sus sobrinos.

Laura atendía con igual cuidado materno a Héctor que a Guillermina y a Eréndira —Arturo y Elizabeth, los mayores, vivieron seis años con su padre—, los mimaba, les compraba juguetes, chucherías y baratijas de moda. Quizás los quisiera igual, pero era evidente que prefería a su sobrina menor.

“Mi hermana Ere era su adoración y no le importaba hacerlo patente —dice Guillermina—. A mí no me llevaba de paseo; a Ere sí. Decía cualquier cosa, lo que fuera, pero era muy contundente que Ere era su consentida. Todos los días le llevaba Chiccos —unos chocolates que ya no existen—, y a mi hermana Ere le encantaban”.

Es preciso destacar esta predilección para comprender el dolor que le causó la muerte de Eréndira cuando apenas tenía nueve años. De hecho fueron dos madres quienes perdieron a la misma hija: Elza y Laura.

Después de esa tragedia, Laura siguió deseando una familia y una casa, y en el segundo intento, un recóndito afán compensatorio la indujo a contraer nupcias con alguien que equivaliera a una figura filial. Jesús Rodríguez, veinte años menor, mostró tal disposición y generosidad al casarse con ella que dio su apellido a Aurelio Héctor. Laura tuvo por segunda vez casa aparte. Al año siguiente nació Jorge Armando, su segundo hijo.

Laura reanudó su vida laboral, pero se le hacía difícil el cuidado de Jorge Armando, y para aligerar su carga doméstica, confió el cuidado de Héctor a la familia de Jorge, su primo, hijo de su tío Fermín Jorge Castañeda.

La relación con Jesús era conflictiva. Constantemente se peleaban. Laura volvió entonces a la casa de Elza. “Mi mamá y mi tía compartían la maternidad para con nosotros —recuerda Guillermina—. Mi mamá era responsable, seria, y mi tía, consentidora, simpática con nosotros, como más niña. Nos consentía mucho, nos compraba cosas que nos gustaban. Sabía muy bien qué querían los niños. Podía gastar su sueldo en una noche o en dos días. Compraba, por ejemplo, unos dijes coleccionables que estaban de moda en ese momento. Cada semana salía uno diferente, entonces iba comprando la manzanita, el angelito o la estrella e íbamos rellenando unas gargantillas con esos dijes. Algo que recuerdo con mucho gusto fue que nos compró unas sombrillas transparentes en forma de hongo que eran distintas de las sombrillas normales, para la lluvia.

De repente, también podía ser impredecible. “Todos los 15 de septiembre llegaba con su bolsa de cohetes, y mi mamá se enojaba porque decía que eran peligrosos. —No le digan a su mamá pero les traje cohetes. Ese era el tipo de cosas que nos acercaba mucho a ella, su vitalidad, su capacidad de adaptarse.

Así transcurrió aproximadamente un decenio.

Laura, secretaria: Ganaba bien, pero siempre andaba con problemas económicos. Gastaba toda la quincena en dos días y al tercero, pedía prestado a Elza para los pasajes. —¡Cómo que para los pasajes! ¿Otra vez, Laura?, si cobraste hace tres días… No era previsora, pero no se le cerraba el mundo y se arreglaba muy bien. Le gustaba vestir bien y admiraba que la gente estuviera bien vestida. Le buscaba por mil lados y era feliz si se compraba unos zapatos o una playera en diez pesos. Se compraba pelucas.

Luna familiar: Según la recuerda Guillermina, Laura siempre luchó por tener un lugar estable dónde vivir y por pertenecer a una familia. Quería recibir afecto, pero no sabía cómo. No se sentía merecedora de él y le costaba trabajo que la gente le mostrara consideraciones. No las recibía tan fácilmente, se sentía incómoda.

“Para ella era fácil atender, pero no recibir atenciones tales como «A ver, yo te sirvo la comida». Le daba mucho gusto regalar. Si recibía un regalo, lo aceptaba, pero no atenciones. Era como si dijera «yo estoy para ayudar y ver las necesidades de otros, pero las mías no importan». Lo dijo varias veces: « Si yo me siento mal, con no poner atención se me quita».

“Pero de una manera velada había un reclamo —no muy claro, tampoco—, una clara mención de que eso era algo muy ansiado por ella, difícil de atender”. Por otra parte, no era fácil compartir con ella la vida cotidiana. En ocasiones Laura era complicada, dominante e intrusiva.

En medio de su ambivalencia hacia la familia, Laura y Jesús se reconciliaron. Probaron vivir juntos otra vez, pero nuevamente surgió el sino amargo y trágico de Laura para someterlos a una dura prueba: Jorge Armando, quien desde su nacimiento había padecido asma, a los catorce años sufrió una crisis que ameritó hospitalización. El asunto no parecía grave y llegó a internarse por su propio pie, pero una medicación errónea le produjo la muerte.

El golpe fue devastador para Laura y para el matrimonio. Jesús se fue de la ciudad. Laura nuevamente fue acogida en casa de Elza y sus sobrinos.

“Ya no quiero querer a nadie más, porque la gente a la que quiero se muere” —dijo, como si un poder siniestro condenara a sus seres cercanos, comenzando por Laura Soledad, de quien ni siquiera tuvo oportunidad de ser amamantada.

Pensaba y sentía en términos visuales. Si le dolía mucho la pérdida de alguien, Laura olvidaba el rostro, a pesar de haberlo idolatrado. “Ya no me acuerdo de la cara de Eréndira, de Jorge Armando, ni tampoco de Jorge el Griego” —jefe de su último trabajo asalariado—. Bloquear imágenes significaba disminuir, así fuera parcialmente, el dolor que sentía cuando se acordaba de los seres queridos y perdidos para siempre.

Para conservar la memoria icónica, empezó a recuperar fotos y a fotografiar la gente que quería. En su celular conservaba una imagen de Jorge Armando.

Vivía aún el duelo de Jorge Armando cuando debió afrontar nuevos cambios en su vida: cuarenta días después de la muerte de su hijo menor se casó Héctor. Laura pretendió vivir cerca de la pareja recién formada, mas el aspecto dominante de su carácter produjo el efecto contrario.

Laura Luna e hijo Aurelio Héctor, 2014

Laura Luna e hijo Aurelio Héctor, 2014

Optó entonces por vivir sola y alquiló un departamento, experiencia que la sometió a otro aprendizaje que también resultó conflictivo: el trato con caseros y vecinos. En un tiempo relativamente corto debió cambiar de residencia. Desde entonces se mudó alrededor de diez veces. Sus departamentos tenían cada vez menos servicios o eran más chicos y eso le disgustaba.

Cada mudanza le costaba trabajo. Detestaba los cambios, pero sus problemas económicos y personales finalmente la obligaban. El trabajo físico y emocional de dejar una casa le pesaba en proporción inversa al entusiasmo que sentía por habilitar y decorar la siguiente. En ese sentido era muy optimista.

Vivió de manera independiente a pesar de que sufría en soledad. Evitar estar sola. En los fines de semana salía de casa. Si no visitaba a Elsa y a sus sobrinas en Cuernavaca, iba a Ciudad Satélite con su tía Elena y sus primas, o donde tuviera parientes. Aun a sabiendas de no estar en familia, se adaptaba y bromeaba.

En la última etapa de su vida se mantuvo a sí misma, pero había indicios de que no lo podría hacer por mucho tiempo. Supo que padecía glaucoma y sintió cómo avanzaba la enfermedad. Dejó de salir de noche. En su departamento caminaba a la luz de una lamparita, o apoyada de las paredes. Su fuerza disminuía y Laura lo sabía. Olvidaba el nombre de los objetos de uso común. Aumentaron sus temores. Sabía que resistiría las enfermedades, pero no las pérdidas. Consideró que no toleraría una pérdida más, la separación definitiva o la muerte de alguno de sus familiares cercanos.

Educada en atención de otros y no de ser atendida, no quiso depender de nadie. La conciencia de que no podría trabajar y mantenerse a sí misma la indujo a no llegar a ese punto y a finales de 2014 su corazón se encargó de precipitar el final.

Rafael Rodríguez Castañeda

Laura, la Chiquis, Moon

Ericka, Laura Elena y Magda

Fuiste una mujer con virtudes y defectos como todo ser humano. Fuiste una mujer sufrida desde tu nacimiento, pero también fuiste valerosa porque siempre te enfrentaste a las adversidades de la vida y seguiste siempre adelante.

Un ser humano que supo conservar sus amistades a través de los años. Por eso tu funeral fue tan concurrido de todos nosotros, que te queremos y que quisimos despedirte.

Fuiste una mujer tenaz, luchona, muy trabajadora, industriosa y servicial.

Tu mejor virtud fue ser dadivosa, ya que diste de ti para con todos a quienes podías ayudar. Ayudabas incondicionalmente.

Siempre estarás en nuestro corazón y ya te extrañamos.

¡Nos vemos en la resurrección!

Buscaba el bienestar de los demás

Elizabeth Barrera Rico

Laura, la mujer que no tuvo infancia —le decíamos. O tal vez la disfrutó tanto que nunca la dejó del todo. Disfrutaba como una niña las cosas simples de la vida. Gozaba jugar, ver películas de comedia; sobre todo reír. Reía junto con todos y cuando todos terminábamos de reír, ella seguía riendo y con sus carcajadas contagiaba a los demás, que volvían a reír junto con ella.

Era incansable. Una persona siempre dispuesta a echar la mano. Buscaba en todo momento procurar el bienestar de los demás a su alrededor aun a costa del bienestar propio.

Mi mamá postiza, presente en todas las etapas de mi vida. Y no solo conmigo: después, con mis hijas y mis nietas. Sé del amor que me tenía y demostraba en cada acción.

Tía Laura, gracias. Te quiero mucho.

Siempre mi compañera en las alegrías y en las penas

Elza Rico Castañeda

Laura, mi hermana menor, pero siempre mi compañera. Primero de juegos, de travesuras, de aventuras, y luego mi compañera inseparable de vida. A mi lado en las alegrías, en las celebraciones, igual que en las penas y las desgracias. Atenta a mis necesidades, deseos y sueños. Cómplice completa de mi vida.

Tu presencia inundaba mi vida de tranquilidad, seguridad y confianza. No sé cómo hubiera sido mi vida sin ti. Sé que contigo, mi vida a tu lado fue más divertida, sencilla y feliz. Agradezco tu presencia, apoyo y compañía. Laura, gracias por todo.

 

Laura Luna Cronología

1942, 26 Mayo Nace en Pachuca, y horas después muere Laura Soledad Castañeda, su madre, de hemorragia puerperal.

1942—1950 Tras la muerte de Laura Soledad, las medias hermanas huérfanas quedan separadas, a cargo de dos tías. Elena se hizo cargo de Laura, y Esperanza se ocupó de Elza.

1944—1950 Elena se separa de su esposo y se ve en necesidad de trabajar para sostener a sus hijos. Hay indicios de que Laura haya quedado a cargo de varios parientes, inclusive su padre. Finalmente Laura se cría con Francisca Montaño, su abuela, junto con Elza Rico Castañeda, su media hermana, más Roberto y Magda, sus primos. Elsa había estado a cargo de la abuela, probablemente, desde que Laura Soledad casó con Aurelio Luna.

1949 Dos accidentes pusieron en peligro la vida de los cuatro niños. El primero fue la explosión de un tanque de gas, ocasionada por el choque de un camión repartidor de cilindros contra uno de los pilares de la casa. El segundo fue la inundación del 24 de junio, a causa del desbordamiento del río de las Avenidas sobre las calles aledañas. Hidalgo, la calle de la casa abolengo, colindaba con el río.

1950 23 Ago. Muere Francisca Montaño. Elza, Roberto y Magda van a vivir a México, con Elena, Esperanza y Oscar Castañeda Islas. A Laura la recogen Ignacio Arteaga y Tayde Montaño, hermana de Francisca. A la muerte de Ignacio, minero jubilado, Tayde se muda con su hermana María a México, a la calle de Cairo, colonia Clavería, y lleva consigo a Laura.

1956—57 Elza y Laura van a vivir con su tía Elena y sus primos. Elza, tres años mayor, es en cierta medida responsable de cuidar a su hermana.

1959, 30 Nov. Concluye la primaria en la Escuela Casa Amiga de la Obrera.

1961, tal vez Casamiento de Elza Rico con Eugenio Barrera.

1961, 5 Dic. Nacimiento de Arturo Eugenio Barrera Rico.

1962, 7 Nov. Nacimiento de Elizabeth Barrera Rico.

1964, 25 Jun. Nacimiento de Guillermina Barrera Rico.

1967 28 Ene. Nacimiento de Eréndira Barrera Rico.

1968, tal vez Casamiento con Sergio Ruiz, veinte años mayor que Laura.

1969, 18 Abr. Nacimiento de Aurelio Héctor, hijo de Laura y de Sergio Ruiz. Separación de Sergio. Laura y Aurelio Héctor se van a vivir con Elsa, en Cairo, col. Clavería.

1968 ó 1969 Arturo y Elizabeth van a vivir con su padre.

1974 ó 1975 Arturo y Elizabeth regresan a casa de Elsa, su madre. Convivencia y trato frecuente de Laura con sus cuatro sobrinos.

Elsa y Laura trabajan en la misma empresa, llamada Secretarias Temporales. Salen de casa y regresan juntas. Permanecen allí muchos años, hasta el cierre la empresa.

1976, 31 Mar. Muerte de Eréndira Barrera Rico, su sobrina consentida.

1977 o 1978 Casamiento con Jesús Rodríguez, veinte años menor que Laura.

1979, 8 Oct. Nacimiento de Jorge Armando, hijo de Laura y de Jesús Rodríguez.

1980, aprox. Mientras trabaja, deja a Héctor al cuidado de Jorge Castañeda, su primo.

1993, 14 Oct. Muerte de Jorge Armando. Separación de Laura y Jesús, quien se va a vivir a Xalapa.

1993, 24 Nov. Casamiento de Aurelio Héctor con Olivia Fonseca. Distanciamiento entre Laura y Héctor.

1994 Laura ingresa a trabajar a una firma de contadores públicos y comienza a vivir sola, aunque en trato frecuente con Elsa, sus sobrinas y otros familiares. Cada dos semanas pasa tres días con Elsa y con Guillermina. Cocinaba para que ellas tuvieran alimentos toda la semana y este trabajo constituía una de sus fuentes de ingreso.

2004 aprox. Laura vive sola en departamentos alquilados. Sufre alrededor de diez mudanzas, cada vez a lugares con menos servicios o más chicos. Los motivos de mudanza son sus dificultades económicas y problemas de trato con vecinos y caseros.

2011 Progresivo deterioro de sus salud y sus capacidades. Un glaucoma le impone limitaciones. Deja de salir de noche por dificultades visuales. En su departamento se desplaza con una lámpara o apoyándose en las paredes.

2014, 22 Dic. Muerte de Laura Luna.


[1] Laura Soledad Castañeda Islas fue madre de Laura con Aurelio Luna y de Elza con Mario Rico

[2]. Aparte de su nombre, ‘Chiquis’ y ‘Moon’ eran los términos con los cuales se refería a sí misma. En inglés ‘moon’ significa luna.

[3]. Amador Castañeda Jaimes falleció el 1o de julio 1934

La metáfora del árbol

Uno de los recursos más afortunados con que contamos para ilustrar y entender pensamientos complejos, como la realidad que representa un conjunto familiar que interrelaciona personas de diferentes generaciones (padres, hermanos, tíos, primos, abuelos, hijos, sobrinos, nietos y ramificaciones ascendentes y descendentes aun más complicadas) consiste en comparar la genealogía con el árbol.

De esa manera, la complejidad de la realidad familiar se expresa por medio de un concepto diferente pero fácil de comprender. Hablar de ramas familiares para representar los nexos entre quienes son parientes consanguíneos guarda un relación de semejanza que todo el mundo entiende.

Sin embargo, subsiste siempre la interrogante de lo que no conocemos, que se relaciona con el enigma filosófico: ¿de dónde venimos? Y se pierde en el pasado: nuestros ancestros.

Nuestro recurso provisional consiste en apoyarnos en respuestas relativas: un abuelo o una abuela pueden ser considerados como tronco familiar de sus hijos y sus nietos. Ah, pero cuando llegan los bisnietos, ya no se llaman abuelos, sino bis-abuelos. Ah, pero cuando hablamos de los abuelos que tuvieron los propios abuelos, debemos precisar que se trata de los tatarabuelos o terceros abuelos. Ah, pero entonces el abuelo deja de ser visto como tronco familiar y pasa a considerarse como un ramal mayor que a su vez, proviene de un tronco más grueso y antiguo. En esa línea de pensamiento debemos resignarnos: el tronco familiar, sea por la línea materna o por la paterna, nunca lo descubriremos cabalmente.

Esto último lo digo por mí: sé que nunca llegaré a saber todos los nombres de mis ancestros, que posiblemente estén registrados desde que la pluma marcó el papel la primera vez, pero gracias a la ciencia del YADN, he podido informarme sobre my origen geográfico. https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2013/07/08/y-adn-castaneda-sin-raices-no-hay-ramas/

Igualmente, a través de los resultados de mi Prueba Autosomal ADN[1] me he enterado sobre mi etnicidad, compuesta de origen europeo en 51%, del Nuevo Mundo (indígena) en 34%, asiático del este en 13% y africano en 2%.

 

Tronco familiar

Por ahora, José Nicolás De Castañeda es el tronco común de la rama familiar de los Castañeda a que pertenecemos; el más lejano de quien tenemos noticia. José Nicolás De Castañeda es mi sexto abuelo paterno. Y mi sexta abuela, esposa de este ancestro, es María Antonia De Gama. Ambos, registrados por la iglesia Católica como originarios de la cuadrilla de Santiago del municipio de Zacualpan, Edo. de México.

 

Primera noticia de Nicolás

El 1º de febrero de 2011, cuando comenzamos la investigación genealógica de nuestra familia, mis primos Abraham Cárdenas Castañeda, Jesús Castañeda Téllez Girón y Rafael Rodríguez Castañeda, se reunieron en Pachuca para hacer algunas indagaciones que enriquecieran nuestro precario acervo de datos genealógicos, pero sobre todo, de datos que ampliaran nuestras pistas para futuras investigaciones. Felizmente Jesús poseía la copia de un árbol genealógico que según supimos después, había dibujado Lucrecia Castañeda Castañeda, (n.____, m. ca. 1986), pariente nuestra. Hija de Manuel Castañeda Jaimes y Juana Castañeda Bustos. De aquel conjunto inicial de datos que Jesús había recopilado con la ayuda de Horacio Castañeda, el árbol genalógico, dibujado como árbol botánico, resultó ser el documento más valioso.

Lo conocí inmediatamente después. Rafael me envió adjunto a un mensaje electrónico la ilustración de este árbol, el cual tristemente no registra la fecha en que fue elaborado.

En su correo, Rafael me hizo una llamada de atención: “he aquí algo que seguramente resultará interesante para ti —escribió—: Fuera del árbol, en el ángulo superior izquierdo del pliego aparece un recuadro con la siguiente anotación:

 

Ascendencia:

Nicolás Castañeda

Marcos Castañeda

Juan Castañeda

Manuel Castañeda

Manuel Castañeda Jaimes.

Se trata de los nombres de la línea paterna de la cual descendemos muchos de nosotros. Desde luego, es una rama de los Castañeda a la que pertenezco porque este árbol es representativo de la descendencia de Manuel Castañeda Jaimes (1866-1962), quien fue hermano de José Amador Castañeda Jaimes, mi bisabuelo: https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2013/06/08/licenciado-amador-castaneda-1871-1934-ex-gobernador-interino-de-hidalgo-mexico-1912-3/

Para identificarlo mejor, uso títulos seriales y digo que Manuel es mi “tío bisabuelo”.

Árbol genealógico Manuel Castañeda Jaimes y Juana Castañeda Bustos

Árbol genealógico Manuel Castañeda Jaimes y Juana Castañeda Bustos

Los nombres que están mencionados en ese nicho me han ayudado en dos formas; digamos de ida y vuelta. De ida porque, aparte de Manuel Castañeda Jaimes, los primeros nombres de cada uno de los progenitores son mencionados en orden descendiente hacia el pasado; de vuelta, porque con estos nombres he sido capaz de compulsar y respaldar los hallazgos dentro de todos los registros, civiles y eclesiásticos, que hasta el presente he encontrado.

 

Los Castañeda en Zacualpan

Hasta donde ahora sé, la rama Castañeda de la cual desciendo surge del pueblo de Zacualpan, Edo. de México. Esta rama se remonta por lo menos hasta el año de 1770, año en que Nicolás De Castañeda y su esposa Antonia de Gama empiezan a bautizar a sus hijos legítimos.

La fuente del apellido Castañeda se me empieza a secar cuando busco mayor información dentro de los registros eclesiásticos más allá de los años 1760-1770. Esto me dice que existe la posibilidad de que Nicolás y Antonia hayan llegado de otro sitio para radicar en Zacualpan. Me apasiona pensar que si llegare a descubrir que Nicolás, mi sexto abuelo, vino de otro sitio, cambiará la hipótesis sobre mis propias raíces, de tal manera no estarían en Zacualpan, como hemos creído por varias generaciones.

Aún no he encontrado el acta de bautizo de José Nicolás ni de María Antonia. Tampoco he encontrado su acta de matrimonio ni algún otro indicio de que se hayan casado. Estos datos serían muy importantes porque así conocería los nombres de sus padres, su edad y su origen.

Ninguno de los registros que he encontrado referentes a Nicolás me da noticia sobre su edad. Todos indican que él y María Antonia, su esposa, son vecinos de la cuadrilla de Santiago. Solamente hay un caso —el acta matrimonial de su última hija—, donde el sacerdote registró su primer nombre. Es decir, lo identificó con doble nombre: José Nicolás.

 

Hijos y nietos

Después de haber descrito las froteras y limitaciones de mis hallazgos hasta la fecha, me referiré a lo que he descubierto:

Nicolás y Antonia tuvieron por lo menos siete hijos. Del segundo al sexto fueron varones: la primogénita y la última fueron mujeres. De los registros que he reunido, unas son partidas bautismales; otras, matrimoniales y una más, de defunción.

 

Reconocimiento

Quiero asentar un testimonio de admiración y gratitud a dos instituciones religiosas: a la Iglesia Católica, por haber sostenido a través de los siglos varias formas de registrar a sus fieles, y la iglesia The Church of Jesus Christ Latter-Day Saints quien, mediante algún acuerdo con la iglesia católica, desde hace más de cuarenta años se dedicó a microfilmar página por página, las partidas de nacimiento, matrimonio y defunción asentadas desde el siglo xvi hasta nuestros días. La gran mayoría de ese enorme acervo lo ha digitalizado y puesto en línea para hacerlo accesible al público dentro de sus portales en la Internet. https://familysearch.org/

Vale notar que la iglesia La Inmaculada Concepción en Zacualpan es la misma que ha sido conocida con diferentes nombres a través de los siglos.

 

Descendientes de José Nicolás y de María Antonia

Enseguida presento la lista de los siete hijos por orden de nacimiento, así como los datos asentados respecto de cada uno de ellos.

1. Antonia Phelipa: Bautizada en La Inmaculada Concepción, Zacualpan, estado de México, el 28 de mayo de 1770. Hija legítima de Nicolás De Castañeda y María Antonia De Gama. Fueron sus padrinos Juan Pedro Ramírez y Lorenza Gómez. Todos de la cuadrilla de Santiago.

Antonia falleció el 23 de junio de 1770, casi un mes después de haber nacido.

2. Alexo Antonio: Bautizado en La Inmaculada Concepción, Zacualpan, estado de México, el 3 de julio de 1771. Hijo legítimo de Nicolás De Castañeda y María Antonia De Gama, de la cuadrilla de Santiago. Fueron sus padrinos Francisco Martínez y Juana Januária Martínez del Cortijo.

Alexo y Juana María Ortiz —cuyas actas de matrimonio y defunción no he encontrado— tuvieron y bautizaron a; 1. José Vicente de la Trinidad, el 13 de marzo de 1796; 2. Eugenio Rafael Octaviano, el 21 de marzo de 1798; 3. Gregoria Miguela, el 8 de mayo de de 1800. Alexo y Juana fueron padrinos en dos ocasiones.

3. Joseph María Anzo: Bautizado en La Inmaculada Concepción, Zacualpan, estado de México, el 20 de septiembre de 1773. Hijo legítimo de Nicolás De Castañeda y María Antonia De Gama. Fueron sus padrinos Francisco Martínez y Juana Januária Martínez del Cortijo.

Ignoro si contrajo matrimonio, si tuvo descendencia y cuándo falleció.

4. Juan Manuel: Bautizado en La Inmaculada Concepción, Zacualpan, estado de México, el 20 de febrero de 1776. Hijo legítimo de Nicolás De Castañeda y María Antonia De Gama de la cuadrilla de Santiago. Fueron sus padrinos Alexandro de Torres y María Flores, del pueblo de Coatepec.

Juan Manuel y María Luisa Rodríguez formalizaron su compromiso de contraer matrimonio el 22 de junio de 1800. María Luisa era entonces una doncella de 15 años. En 6 agosto de 1803 bautizaron a una hija legítima con el nombre de María Nieves Luisa De Jesús. El padrino fue don Julián Patiño del Real de minas, Zacualpan.

Juan Manuel falleció el 28 de marzo de 1805.

5. Manuel Pasqual: Bautizado en la iglesia Santa María Zacualpan de Minas, estado de México, el 29 de diciembre de 1777, a los cinco días de haber nacido. Hijo legítimo de Nicolás De Castañeda y María Antonia De Gama de la cuadrilla de Santiago. Fueron sus padrinos Gregorio De Escobar y su hermana, María Josepha De Escobar, vecinos del pueblo de Quatepec (Coatepec Harinas o Coatepec Chalco). Licenciado parroquial: Manuel Ruíz de la Mota.

Ignoro si contrajo matrimonio, si tuvo descendencia y cuándo falleció.

6. Alejandro Marcos: Bautizado en la iglesia parroquial del Real y Cabecera de Santa María Zacualpan de Minas, el 28 de abril de 1781, a los cinco días de haber nacido. Hijo legítimo de Nicolás De Castañeda y María Antonia, de la cuadrilla de Santiago. Fueron sus padrinos Manuel C. de Nava y su mujer, Januária Martínez del Cortijo. Licenciado parroquial: Manuel Ruíz de la Mota.

Importante destacar que en el acta de bautizo de Alejandro, el licenciado parroquial asienta el apellido paterno de Nicolás, pero no el de María Antonia.

He notado que en esa época los sacerdotes párrocos tenían muchos deberes y responsabilidades. Encuentro comprensible, por tanto, que se les escapara anotar algunos detalles que, en cambio, registraban en otras actas. Lo bueno es que en ocasiones existen otros registros que ayudan a triangular la información. En este caso, me permiten concluir que el apellido paterno de María es De Gama.

Alejandro contrajo matrimonio el 22 de febrero de 1808 con María Antonia Josefa Popoca Sáez, doncella de dieciocho años, hija legítima de José Manuel Popoca e Ygnacia Josefa Sáez. Los padrinos fueron José María Ramírez y María Tomaza de Labra.

Alejandro Marcos  y  María Antonia tuvieron cuatro hijos, cuyos registros baptismales conocemos; 1. María Guadalupe, el 10 diciembre de 1808; 2. María Tomasa Eutimia, el 24 diciembre de 1810; 3. Juan Francisco, el 20 enero de 1816, y 4. Felipe Neri, el 25 mayo de 1820.

Alejandro Marcos De Castañeda De Gama falleció de dolores de cascado el 27 de octubre de 1837. Su acta de defunción en; https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2014/09/16/los-padrones-de-la-inmaculada-concepcion-1834-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

7. María Siriaca de las Nieves: Bautizada en la Iglesia Parroquial del Real y Minas de Zacualpan, estado de México, el 9 de agosto de 1784. Hija legítima de Nicolás de Castañeda y María Antonia de Gama, de la cuadrilla de Santiago. Fueron sus padrinos don Alejo Peralta y doña Manuela de Gama, vecinos del Real.

María Siriaca contrajo matrimonio con José Julián Reynoso el 7 de noviembre de 1804. Sus padrinos fueron don José Antonio Navarrete y María Pascuala Ronces. En este registro, el párroco agregó ‘José’ como primer nombre de Nicolás De Castañeda.

María y José Julián tuvieron por lo menos tres hijos, quienes fueron bautizados: 1. José Luis de la Trinidad, el 25 agosto de 1805; 2. José Urbano Trinidad, el 25 mayo de 1807; Juana Cesárea Agustina, el 9 agosto de 1809.

 

Fallecimiento de José Nicolás De Castañeda

José Nicolás De Castañeda falleció el 19 de abril 1786. Dejó viuda a María Antonia De Gama. Al fallecer, las edades de los hijos eran; Alexo Antonio, 16; José María, 13; Juan Manuel, 10; Manuel Pascual, 9; Alejandro Marcos (mi quinto abuelo), 5 y María Siriaca, 2.

¿En que año habrá nacido Nicolás? Para satisfacer mi deseo de saber, así sea con una hipótesis, calculo que si Nicolás y Antonia empezaron a tener familia en 1770, entonces puedo decir que; Nicolás nació hacia 1750 o más antes. Eso supone atribuirle por lo menos diecinueve a veinte años de edad. Antonia pudo haber nacido hacia 1752-54, lo que supone calcularle por lo menos dieciséis o dieciocho años de edad y la aptitud para tener seis hijos más, considerando que la última nació en 1784.

Al situar la vida de Nicolás en cierta perspectiva, si nació en 1750, fue tres años mayor que Miguel Hidalgo y Costilla, quien nació en 1753, y falleció tres años antes que empezara la Revolución Francesa, en 1789. Durante su vida, ocurrió la primera huelga en Norte América, de los mineros del Real del Monte al Conde de Regla en 1766, así como la firma de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, en 1776.

La única manera de rendir homenaje a la memoria de este ancestro Castañeda que por ahora está a mi alcance, ha consistido en presentar este cúmulo de datos y mostrar a los lectores de este blog la imagen facsimilar de su acta de defunción.

 

Acta defunción José Nicolás De Castañeda 19 abril 1786

 

 

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición: Rafael Rodríguez Castañeda

 

 

 

 

 


[1]. Mediante recursos estadísticos, esta prueba proporciona porcentajes de origen étnico y conecta con descendientes de cualquiera de las líneas ancestrales dentro de las seis últimas generaciones, aproximadamente.

Cumplir una promesa

En varias ocasiones he pospuesto trabajos, proyectos o tareas que deseo realizar, especialmente cuando el clima o la temporada no son favorables para llevarlos a efecto en el momento que desearía hacerlo.

Como lo comenté en 2012 en el blog Los Duendes de Zacualpan[1], Edo. De México, México, aquel septiembre fue imposible observar el sitio conocido como El Salto desde río abajo, donde quise apreciar la caída de agua y las rocas que salpica porque la vegetación era espesa e impenetrable debido a la temporada de lluvias. Durante esa visita septembrina el guía me dijo que el mejor tiempo para verla por abajo eran los primeros meses del año, cuando la mata no es tan espesa y las lluvias son menos frecuentes.

Segundo viaje

En mayo de 2014 durante un viaje a Pachuca, Hidalgo, para atender una reunión familiar, y sin premeditar nuestro itinerario, mis primos Jesús, Rafael y yo decidimos ir a Zacualpan. Para Rafael y para mí significaba volver, pero para Jesús (Chucho) era una nueva aventura.

A sabiendas de que estaríamos en Zacualpan durante el primer semestre, presentí que las probabilidades de ver El Salto río abajo serían favorables.

La cascada de El Salto que genera el cauce del río en el barrio de Santiago[2] mide como 15 metros y llena una poza casi redonda cuyo agitado diámetro se extiende de 12 a 15 metros. Los vecinos del lugar se refieren a esta poza como La Tambora. Este lugar es muy significativo para nosotros, los descendientes de Juan Castañeda (1816-1898) porque nos dejó detallada información en su manuscrito. En su juventud se bañaba en esta poza mientras María de Jesús Ríos, su esposa, lavaba ropa.

La Visita

Como en previas visitas, Rafael y yo alquilamos cuartos en el hotel Posada Real, que está en la esquina de Melchor Ocampo, la calle principal, y el callejón Gonzalo Castañeda[3]. Mientras Jesús prefirió alojarse en el Hotel Minero, que se encuentra enfrente.

Antiguo Zacualpan 4 (2012)

Hotel Posada Real

2014-05-08 08.10.24

Hotel Minero

El Hotel Minero fue nuestro centro de operaciones y el lugar donde nos alimentamos. La maestra Felícitas Vera Flores, dueña de este establecimiento, y sus ayudantes atendieron con esmero nuestra búsqueda gastronómica y tomaron nota del horario que elegimos para desayunar y comer. De los diferentes platillos y jugos que diariamente nos servían, lo que más me impresionó fueron las salsas, muestras suficientes para justificar la variedad de la cocina Mexicana. No me acuerdo de las recetas, pero sí de que las prepararon con frutas, chiles y vegetales regionales y con su exquisita sazón.

Desde el segundo piso del hotel Minero se aprecia una vista maravillosa de la cañada de Zacualpan y del horizonte montañoso hacia el este. La maestra Felícitas Vera Flores, dueña del hotel, y su ayudante, la señorita Berenice, nos dejaron fotografiarlas y al mismo tiempo, la lente captó una de las vistas que se pueden observar desde este piso. Ese día no estaba despejado, pero el panorama visible fue impresionante y da una idea del soberbio horizonte en un día sin nubes.

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La maestra  y propietaria del Hotel Minero Felícitas Vera Flores, con Berenice a su derecha.

Nuevo guía

Después de buscar sin éxito a nuestros previos guías, encontramos al hermano de uno de ellos: Jorge Gama.

Llenos de energía procedimos hacia un sitio cerca del barrio de Santiago donde fue posible estacionar el carro. Jorge, Chucho, y yo empezamos el viaje. Fue sensato que Rafael, quien se recupera de una fractura, no se aventurara por un camino pedregoso y con pendientes.

El Salto rio abajo

El video que presento no muestra una vegetación exuberante. Conforme continuábamos, nos encontramos con un pequeño acueducto que conduce el agua que irriga tierras más bajas. El color del cemento y las recién cortadas matas indican que este canal fue recientemente construido.

Al progresar escuchamos a las chicharras[4]. Para quien no esté acostumbrado, estos insectos emiten un chirrido que puede resultar cacofónico, pero durante ese breve tiempo para mí fue una sinfonía campestre.

El estruendo del agua nos hizo saber que estábamos cerca de nuestro objetivo. La planta purificadora, de cuya construcción nos dieron noticia hace dos años, aún no está activada y sobre estas aguas negras corrían dos pedazos de basura, pero como en muchas partes de este mundo…, donde pisa el hombre, se encuentra basura.

La manguera negra que se ve al cruzar el rio poco después del minuto 03:45 del video lleva agua potable hacia algunos hogares.

Después de penetrar a un área rocosa del monte para llegar al salto, Jorge, nuestro guía nos recomendó que no siguiéramos porque el margen de seguridad disminuía. Comprendí muy bien, pues no íbamos equipados ni preparados para escalar el terreno que estaba enfrente de nosotros. Además, la piedra que pisábamos era muy resbalosa cuando el agua la mojaba.

 

En la siguiente foto aparecen Chucho a la izquierda y nuestro guía Jorge a la derecha con un respaldo montañoso.

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Jesús (Chucho) Castañeda y Jorge Gama

No llegamos a la cascada de El Salto junto con su grande poza, como hubiéramos deseado, pero me reconcilió la idea de haber visto por arriba un par de años antes la precipitación del caudal.

Nueva amistad

Antes de hacer este viaje a Zacualpan tuve la oportunidad de platicar por teléfono con el profesor José Flores Rodríguez sobre aspectos históricos de Zacualpan. Fue su nieta o sobrina Mercedes quien nos puso en contacto con él cuando conoció la edición del Diccionario Castañeda publicada en 2012, donde se encuentra mucha información sobre la vida cotidiana en Zacualpan durante el siglo XIX.

El profesor José Flores Rodríguez fue presidente municipal de Zacualpan de 1970 a 1972. Ocupó este puesto y por coincidencia fue un término antes que un ancestro nuestro, Bernardino Castañeda, quien fue presidente de 1973 a 1975.

Bernardino Castañeda Gómez

Bernardino Castañeda Gómez

Cuando Rafael, Jesús y yo lo visitamos, corrimos con la suerte de encontrarlo en su oficina. José “Pepe” Flores Rodríguez —como prefiere que lo llamemos—, es una fuente de información histórica sobre Zacualpan y toda esa región del sur del estado de México. Mucha fue la información que nos dio, pero no sería justo que la pusiera en este blog porque será él quien publique este acervo histórico en un futuro cercano.

Pero…, sí me autorizo publicar una “probadita “del contenido de su futuro libro y estoy muy agradecido.

“Zacualpan no fue un gran centro productor de plata, comparable con Guanajuato, Pachuca, Real de Monte, Taxco o Zacatecas, pero fue cuna y laboratorio de la tecnología minera. A Zacualpan llegaron a probar los nuevos métodos de extracción y procesamiento inventados en los países de Europa. Un ejemplo: el uso de la pólvora en la minería constituyó un parte aguas en la explotación. Antes del uso de la pólvora, las excavaciones se detenían cuando encontraban el manto freático. El agua impedía que cavaran a mayor profundidad antes que utilizaran la pólvora y sistemas de desagüe. Con el Varón de Humboldt llegó a México —y entiendo que a Zacualpan— la primera bomba de émbolos para extraer el agua de los socavones…”

En la siguiente foto Pepe, Rafael y yo nos encontramos en su micro plaza.  Pepe está en el centro, Rafael a su izquierda y yo a su derecha.

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Pepe centro, Rafael a su izquierda y yo, Ricardo a su derecha.

Durante nuestra visita nos enseñó el panorama de la municipalidad que contempla desde la azotea de su casa. Para mí, lo más impresionante fue la vista hacia el panteón municipal[5]. En el siguiente video dentro los segundos treinta y treinta y siete se puede identificar el panteón en la cima del cerro central.

 

Entre 1830 y 1860, cuando los difuntos eran enterrados, los padres de la iglesia se referían a este panteón como el Rincón de Castañeda. Pepe me explicó que al norte, dentro del barrio de Santiago, está la barranca de Castañeda[6]. El panteón fue considerado como un rincón de esta barranca, de ahí el nombre del “Rincón de Castañeda”.

Conforme hacíamos las rondas por su casa Pepe nos enseñó las lámparas de carburo que ha coleccionado a través del tiempo.

 

Con la misma amabilidad, la maestra Isabel Noriega, esposa de Pepe, nos enseñó su colección de plantas y flores procedentes de los alrededores de la región.

Fallecimiento de un familiar

Durante esta visita nos enteramos que nuestro pariente Jesús “Chucho” Castañeda Ronces, a quien visitamos en 2012, había fallecido a la edad de 90 años, debido a una larga resbalada de un cerro muy inclinado.

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Jesús (Chucho) Castañeda Rónces

Descansa en paz, Chucho

Descubrir nuevos parientes

Durante nuestra visita a Zacualpan nos enteramos de otros parientes, con quienes no habíamos tenido el gusto de platicar durante nuestra anterior visita, en 2012. Estos familiares nuestros son cinco hermanas; Elvira, Rebeca, Victoria, Martha y Carlota Castañeda González.

Conocimos a Víctor Gustavo Garcés Castañeda, hijo de Victoria Castañeda González. Gustavo se ha convertido en un entusiasta colaborador del interminable proyecto de actualización del Diccionario Castañeda. Esta vez nos ha aportado datos sobre su núcleo familiar y dos fotos donde podemos ver a sus abuelos Delfino Castañeda Gómez y Paulina González Gómez.

De iz. a der. Paulina González Gómez y Delfino Castañeda Gómez

 

Delfino Castañeda Gómez 1917-1996

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Martha y Carlota están al frente de una tienda de abarrotes en la calle central de Zacualpan llamada Tlaxpampa[7].

Fotos Panorámicas

Agradezco a Mercedes Mónica Flores Góngora, Subdirectora de la Secundaria Roque Díaz, por enviarme fotos pertenecientes a Zacualpan y autorizarme de publicarlas en este blog.

La primera es del Nevado de Toluca, la segunda es del Popocatépetl humeante en abril de 2013 y la tercera y cuarta están en orden cronológico conforme las tomó.

El nevado de Toluca

El nevado de Toluca

Popocatépetl humeando 15 abril 2013

Zacualpan amanecer 16 ago 2013 hrs. vista Popocatépetl

Zacualpan 21 oct '13, 0724 hrs

Zacualpan amaneciendo 0734 hrs., 21 octubre 2013

 

“Mis ancestros habrán encontrado plata,

Lo que yo encontré son vistas panorámicas”

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición: Rafael Rodríguez Castañeda

 


[1]. https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2012/10/26/los-duendes-de-zacualpan-edo-de-mexico-mexico/

[2]. Barrio dentro del municipio de Zacualpan

[3]. https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2011/05/09/dr-gonzalo-castaneda-ecobar-1869-1947/

[4]. http://es.wikipedia.org/wiki/Cicadidae

[5] https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2013/07/15/como-difunto-insepulto-un-cementerio-en-zacualpan-edo-de-mexico-mex/

[6] Por varios siglos varias familias Castañeda han existido en esta area.

[7] Según parece, es el nombre original que derivó en ‘Zacualpan’.

Premisa personal

Las siguientes reflexiones parten de un reconocimiento: ante la existencia de información ancestral hay reacciones diversas. Unos la ven con indiferencia, a otros nos despierta una profunda curiosidad.

La Curiosidad

En el curso del tiempo ocurren múltiples eventos en el universo. Dentro de estos eventos cuentan nuestra propia vida, las de nuestros ancestros y nuestros descendientes.

Todo acontecimiento humano está sujeto a dos coordenadas: tiempo y lugar. Es decir, cada evento personal ocurre en un momento cronológico y en un sitio geográfico. Mi propia existencia, por ejemplo, está determinada, en principio, por mi nacimiento en 1948 y en la ciudad de Pachuca, Hidalgo, México.

Si estuviera ante una maquina de tiempo, con los suficientes registros eclesiásticos y civiles en mano, me transportaría a Zacualpan en 1781, año y sitio donde comenzó la vida de unos de mis ancestros, quien vivió por lo menos hasta el año de 1837.

Enseguida presento el registro bautismal de Alejandro Marcos De Castañeda De Gama, mi quinto abuelo [  http://wp.me/p1ta3l-8o ] , quien nació el 23 de abril 1781 y recibió las aguas bautismales cinco días después en la Iglesia Parroquial del Real y Cabecera de Santa María, Zacualpan de Minas. Este registro ignora el apellido de su madre, pero otros documentos disponibles informan que su apellido era De Gama [1]:  Sus padrinos fueron Manuel De Nava y Januaria Martínez, su “mujer” —referencia del sacerdote—; ambos, vecinos de El Cortijo, otro pueblo dentro del municipio de Zacualpan.

 

Gracias a los hábitos seculares de la Iglesia Católica y a la monumental tarea de rescate y difusión de la iglesia The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints (LDS), actualmente disponemos de gran cantidad de registros antiguos, principalmente partidas de bautizo, matrimonio y fallecimiento. Por otra parte, los padrones del Registro Civil, que se instituyó conforme el poder civil se diferenció del poder del clero, incluyen actas de nacimiento, matrimonio y defunción, así como los censos generales de población. Desde mediados del siglo XX, la iglesia LDS también se dedicó a adquirir este enorme acervo de información civil por los cinco continentes mediante el recurso de la microfilmación, y a partir de la revolución tecnológica de la computación y del Internet, los digitalizó y puso a disposición del público vía su sitio de Internet. A través de este puente virtual cualquier persona está en posibilidad de investigar cualesquiera de los registros disponibles en el monumental acervo de FamilySearch, de LDS con solo visitar su sitio de Internet, https://familysearch.org Una vez aprendiendo cómo navegar este sitio, todo visitante o investigador puede encontrar información sobre sus propios ancestros o sobre la gente de su interés. No es necesario profesar una religión en particular para usar este servicio. Es gratis.

Me vuelvo a referir al caso de mi quinto abuelo: El nombre correcto del templo en que Alejandro fue registrado ha sido motivo de debate entre la gente de la localidad a través del tiempo. Actualmente lo conozco como la Iglesia de La Inmaculada Concepción, Zacualpan, Estado de México, México.

Durante siglos el origen racial fue un asunto importante para la sociedad novohispana. Algunos curas de la iglesia católica calificaban a los párvulos a partir del color de la piel, ojos, pelo y del estatus socioeconómico y político de los padres, especialmente del padre. Al asentar el bautismo de Alejandro Marcos De Castañeda, el sacerdote lo calificó como español [   http://wp.me/p1ta3l-ha   ], originario de Santiago porque sus padres, Nicolás De Castañeda [2]: y María Antonia (De Gama) radicaban en la cuadrilla de Santiago, un barrio rural del municipio de Zacualpan. Encuentro muy interesante que en el caso de los hermanos de Alejandro Marcos, los curas que los bautizaron no especificaran la raza en las respectivas actas bautismales.

Montado en mi hipotética máquina de tiempo me dirigí al 22 de febrero de 1808. Este día Alejandro Marcos contrajo matrimonio con Antonia Josefa Popoca, doncella de dieciocho años de edad, hija legitima de José Manuel Popoca e Ygnacia Josefa Sáez.

Cuando Alejandro casó con Ma. Antonia, Nicolás De Castañeda, su padre, ya había fallecido y el apellido de su madre fue anotado erróneamente. Escribieron “De Labra”. Su apellido debió ser De Gama. No aparece el nombre de la iglesia, pero por la mención de Real de Minas y Zacualpan deduzco que fue la iglesia Parroquial de Zacualpan. El registro menciona que Alejandro tiene veinticinco años de edad, pero según su acta de bautizo, debió tener veintisiete años. Ignoro la razón por la cual este escrito le restó dos años. A María Antonia, su esposa, también le quitaron dos años.[3]:

22 febrero 1808, Matrimonio Alejandro Marcos De Castañeda con Antonia Josefa Popoca. https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-13735-47334-27?cc=1837908&wc=MGLC-PTL:166998101,166998102,169037001

Pg. 2 matrimonio Alejandro De Castañeda De Gama con Antonia Josefa Popoca. https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-13735-47780-31?cc=1837908&wc=MGLC-PTL:166998101,166998102,169037001

 

Después de revisar innumerables registros y considerar varios detalles sé que en esa época muchos de los habitantes no sabían leer, escribir y/o hacer uso de la matemática básica. Hay indicios de que muchos desconocían el año en que nacieron.

Una de las primeras ayudas educativas para el indígena de las Américas en esta región de México vino de la Iglesia https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-13747-22171-98?cc=1837908&wc=MGLV-2NL:166998101,166998102,167039101  -ver imagenes 424 y 425- y no del Reino.

Los Padrones

Existe un documento referente a Zacualpan fechado en 1834 llamado “Los padrones”. Consta de cuarenta y nueve páginas en total. Dos notas introductorias repiten el título y el año de 1834, y cuarenta y siete más muestran los nombres de los habitantes agrupados por familia dentro de cada barrio, cuadrilla o ranchería. Conforme se revisan las páginas es posible ver la cantidad de familias u hogares dentro de cada comunidad, el nombre de quien encabeza la familia, edad y si es casado o soltero. Después los nombres y edades de los demás integrantes. En muchos casos aparecen el nombre y la edad del cónyuge y los hijos. En la última página —número cuarenta y siete— está el índice de las agrupaciones municipales que este padrón cubre.

La familia número 36 de la página 17 es de los Castañeda, cuyos integrantes son Marcos Castañeda, de 54 años, Antonia -abreviada- Popoca de 46, Juan Castañeda 17 y Felipe Trinidad 14 años.

 

Sé que este Marcos Castañeda es mi quinto abuelo porque fue bautizado en 1781. Aparentemente permaneció en la Cuadrilla de Santiago, se casó con una Antonia Popoca y tuvieron a cuatro hijos.

Gracias a los registros bautismales sé que Alejandro y Antonia tuvieron por lo menos cuatro hijos: María Guadalupe en 1808, María Tomasa en 1810, Juan Francisco en 1816 y Felipe Neri en 1820. En 1834 Ma. Guadalupe ya había fallecido, Ma. Tomasa tendría 24 años y si no murió, muy bien pudo haber contraído matrimonio. Juan Francisco y Felipe, todavía adolecentes, habitaban en casa, pero pocos años después Juan empezaría a tener su propia familia, en la cual ocurre una serie de eventos de los cuales proviene mi propia existencia y descendencia.

Hasta hoy hemos identificado por lo menos a cuatrocientos integrantes de nuestra familia Castañeda provenientes de un solo tronco familiar, diseminados por todo el mundo. El tronco lo funda Alejandro Marcos Castañeda De Gama, quien nació en 1781.

¿Cuántos lectores de este blog —me pregunto— revisarán los padrones que hago accesibles en Words y PDF y buscarán después a sus propios ancestros?, ¿cuanta gente que puebla nuestro globo podrá decir que sus orígenes están en Zacualpan, Edo. De México, México en el año de 1834?

Padrones Parroquia de Santa María, 1834 Zacualpan PDF

Padrones Parroquia de Santa María, 1834, Zacualpan Words

Los registros bautismales informan que Alejandro Marcos y Ma. Antonia Popoca tuvieron por lo menos cuatro hijos.

Otro dato muy valioso que aparece en la misma página está en la familia número 26, correspondiente a un Julián Reynoso, de 50 años, una Ma. Castañeda de 48 años y una Juana Reynoso de 22 años. Al cotejar fechas de nacimiento con las de los matrimonios, y estos nombres con sus edades, puedo deducir que esta Ma. Castañeda en realidad es hermana de Marcos, quien nació en agosto de 1784 y cuyos padres son Nicolás de Castañeda y María Antonia De Gama. La nombraron María Siriaca De Las Nieves. Esta María Siriaca contrajo matrimonio con Julián Reynoso en 1804 y en 1809 tuvieron por lo menos a una hija, llamada Juana Agustina.

Tres años después

Alejandro falleció el 27 de octubre 1837 “de dolores de cascado” —minero con silicosis—. Dejó viuda a mi quinta abuela, y huérfanos a Juan y Felipe, quienes todavía eran hijos de familia. Tendrían veinte y 17, respectivamente.

La pérdida de registros

En 1859, a consecuencia de las pugnas entre el clero y los liberales mexicanos, la iglesia de la Inmaculada Concepción fue incendiada. Después de imaginar la cantidad de documentos que se perdieron en ese incendio, pondero el valor de los registros que subsistieron, donde por fortuna, hay datos sobre nuestros ancestros.

¿Cuánto ignoraríamos si esas actas se hubieran convertido en cenizas? Pensar en esas vicisitudes y a pesar de ellas, en la existencia de información a nuestro alcance, tal vez modifique la actitud de algunos familiares y reconsidere la posibilidad de saber sobre ellos.

 

Ricardo Castañeda Guzmán

Rafael Rodríguez Castañeda edición texto

 

*Nota: WordPress no facilitó el uso de notas de pie –foot notes– para este artículo.

[1]: De Gama pudo haber sido Da Gama, un apellido de origen portugués. Durante la invasión y conquista de México, el reino de España solo reconocía apellidos españoles, y muchos extranjeros ajustaron sus apellidos para tomar parte en el saqueo de recursos naturales, principalmente los minerales que existían en México.

[2]: Nicolás De Castañeda y Ma. Antonia De Gama tuvieron por lo menos seis otros hijos más aparte de Alejandro. Espero tener contabilidad sobre ellos no más tardar hacia el fin de 2014.

[3]: Usando la matemática notando su edad que se encuentra en los padrones.

 

 

Cien años

Existen momentos en los cuales uno desearía vivir por una eternidad y en otros, no existir un segundo más.

Aunque cien años no sean una eternidad, a mí me parecen un largo término para una vida, considerando que a mis 66 años les falta todavía sumar otra mitad para acercarme al centenario.

Para que alguien marque su edad con el primer número de tres dígitos es condición indispensable que se cumplan satisfactoriamente muchas variables. Las esenciales son salud, familia, finanzas, estado mental, elección espiritual, nutrición, cuidado médico y no sumarse a la estadística de la mala suerte; no estar en un sitio donde ocurran desgracias ni vivir en medio de conflictos humanos graves, como los que desembocan en guerras.

Realizar una existencia

En 2010, durante una visita a Pachuca, Hidalgo, mi primo hermano Jesús me hizo saber que aún vivía una de los trece hijos que tuvieron mis bisabuelos Amador y Francisca. Se refirió a ella como “la tía Elena”, quien tenía entonces 96 años y vivía por Ciudad Satélite en Naucalpan, estado de México. En respuesta a mi interés por conocerla me ofreció indagar si sería posible visitarla, y después de un par de llamadas telefónicas, concertó la visita.

Mi tía abuela, como puedo referirme a la hermana de mi difunto abuelo, se llama Elena Laura Castañeda Islas y nació en Pachuca, Hidalgo, el 18 de agosto 1914 a las dos de la tarde. Fue hija legítima del licenciado Amador Castañeda Jaimes y de María Sabas Francisca Islas Montaño.

En la siguiente foto, tomada en 1931, aparece Elena con sus padres, Lic. Amador Castañeda 1 y Francisca “Pachita” Islas, más siete de sus hermanos.

 

De izquierda a derecha Laura, Elena, Esperanza, Oscar, “Pachita”, Amador, Jorge (camisa blanca), Carlos, Raúl y Enrique.

***

1935 Ene 20 Elena original (1) - Copy

Elena el 20 enero 1935

Llegamos a su casa y después de intercambiar las formalidades del primer saludo, nos sentamos alrededor de la mesa. En la consecuente plática comprendí el valor de su presencia. Tía Elena representa un nexo familiar con el pasado; con mis ancestros.

Tía Elena fue la novena de una familia de trece hijos. A la edad de veintidós, dos años después de la muerte de mi bisabuelo, ocurrida en 1934, contrajo matrimonio con Jesús Mendoza Roldán. En los años siguientes nacieron Roberto, David y Magda, sus hijos. David murió a temprana edad.

Jesús y Elena 20 julio 1937

Un día tía Elena supo que su marido era mujeriego, pero la gota que derramó la copa fue la noticia de que se había vuelto a casar sin haberse divorciado de ella. Tras la separación, encargó a sus dos hijos con mi bisabuela para ganar con qué sostenerlos y entró a trabajar como secretaria a la agencia estatal de Recursos Hidráulicos en Pachuca.

Al poco tiempo se mudó a la Ciudad de México para trabajar en el despacho de Raúl Remigio, su hermano, quien era abogado. Luego ingresó a Teléfonos de México. El empleo estable le dio oportunidad de rehacer su familia, casó con Alfonso Pliego. La pareja alquiló una casa en la calle de Villalongín de la colonia Cuauhtémoc, a pocas cuadras de su trabajo, y ella llevó consigo a sus hijos. El matrimonio con Alfonso tuvo altibajos. En uno de los momentos críticos se divorciaron… para volver a casarse tiempo después. Vivieron en pareja alrededor de cinco años.

En la cotidiana lucha por satisfacer las exigencias familiares y ajustarse al horario de su trabajo transcurrió casi un tercio de la vida de Elena Castañeda Islas. Fueron treinta años, tiempo en que sus hijos se volvieron adultos, la Ciudad de México se transformó en metrópolis y la empresa creció en el esfuerzo por cubrir la incesante demanda de servicio telefónico en la Capital y en el país. Después de cumplir una vida laboral ininterrumpida obtuvo su jubilación.

Elena Castañeda Islas con Roberto y Magda, sus hijos, 11 mayo de 2014.

Los ahorros de su retiro los invirtió en la compra de una casa por el rumbo de Ciudad Satélite; y la energía de trabajadora recién pensionada la dedicó en buena medida a colaborar en la organización de las actividades sociales y recreativas en el recién abierto Parque Naucalli, donde además se inscribió en los cursos de inglés. Tía Elena participó tan activamente que en plena tercera edad la eligieron por simpatía como reina en los festejos anuales de los clubes para adultos mayores del Naucalli.

En la misma casa, cercana al Naucalli, vive actualmente con Magda, Elena y Ericka, hija, nieta y bisnieta, respectivamente. Roberto 2, su hijo, la visita con frecuencia. Este 18 de agosto 2014 significa un cumpleaños singular: mi tía Elena se convierte en centenaria. Este acontecimiento nos induce a comprender el valor de la longevidad de una vida plena, mientras disfrutamos de su presencia.

Elena Laura Castañeda Islas celebra su centésimo cumpleaños rodeada de sus dos hijos, seis nietos, diez bisnietos e innumerables familiares consanguíneos y políticos.

De izquierda a derecha; bisnieta Ericka, centenaria Elena, nieta Elena e hija Magda en mayo 2014

El centenario la sorprende también convaleciente de una fractura en la cadera que sufrió el año pasado a consecuencia de un resbalón, y que gracias a los cuidados y el cariño de su familia inmediata, así como a la atención de su doctora, supera poco a poco.

Longevidad

Dentro de nuestra familia existieron varios nonagenarios que no cumplieron los cien años, pero el reconocimiento a la larga vida de mi tía Elena me da la oportunidad de mencionar a otros longevos como Alva Castañeda Lara, quien ahora disfruta de sus 102 años de edad; a Antonio, Margarita (Margo) y Petra, quienes están en buena marcha para llegar a esta meta cronológica.

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Alva Castañeda Lara, n. 20 abril 1912. Actualmente tiene 102 años. Alva y Elena son primas hermanas, hijas, respectivamente, de los hermanos Justiniano y Amador Castañeda Jaimes.

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Dr. Antonio Castañeda García n. 17 enero 1921, 93 años

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Magos Sept 2011

Margarita (Mago) Castañeda Rivera, n. 14 abril 1921, 93 años. Cortando el pastel de la asamblea Castañeda 2011.

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Petra Castañeda Gómez, n. 1923. Actualmente tiene 91 años.

 Petra Castañeda Gómez  3

 

Ricardo Castañeda
Edición: Rafael Rodríguez

Cartelera de tres cines

Treinta años en Pachuca (1945-1975)

De mi primera matiné sabatina salí levitando. Como en mis sueños recurrentes, a los once años casi volaba al correr en una exultación que potenciaron varios elementos: el permiso para que asistiera solo a la función; la fascinación de Tres lanceros de Bengala; el contraste entre la oscuridad de la sala y el cielo azul (habitualmente abandonábamos el cine cuando ya era de noche); el alegre cruce de la plaza Independencia a la una de la tarde y sobre todo, la persistencia del deslumbramiento cinematográfico. Así se produjo tal regocijo de libertad.

Era costumbre que algún plantel en apuros recaudara fondos mediante matinés cinematográficas. Un par de mujeres, a quienes mentalmente identificaba como “las señoritas Iracheta” visitaba la escuela para exhortarnos, aula por aula, a asistir a la función, que usualmente ocurría en el Reforma o en el Pineda, las salas de mayor cupo. Me quedó la imagen de la más sonriente de ellas. Tras sus gruesos anteojos nos miraba al hablar maravillas de tres películas de aventuras. Repartía programas impresos en tiras de colores y vendía boletos. Cuarenta centavos en luneta; veinticinco en anfiteatro y veinte o quince —no recuerdo— en galería. Mi tía Rosita, que era maestra, seguramente comprendía que aquella publicidad me despertaba un entusiasmo estéril. Si acaso llevaba dinero para el recreo, mis recursos no pasaban de cinco centavos y solo de vez en cuando circulaban por mis bolsillos opacas monedas de a diez, acuñadas con níquel, o las que valían el doble. La teotihuacana pirámide del sol troquelada en cobre. Seguramente fue mi tía quien compró el boleto para esa matiné.

Antes que mi asistencia al cine se volviera una práctica más o menos frecuente, el alucinante vuelo entre realidad y ensueño al término de la función, lo repitieron Chaplin, el Gordo y el Flaco, Palillo Vargas Heredia y una película heroica que concluía con la marcha de Pompa y circunstancia.

Cuatro años después comenzó otra etapa: constantemente la cartelera me producía la tentación de desafiar a la autoridad religiosa. A casa llegaba una revista católica cuya sección más atractiva era el índice expurgatorio de películas. De las sucesivas ediciones surgían graves advertencias debido a títulos escandalosos, sobre todo si incluían adjetivos reprobantes o palabras tales como ‘deseo’, ‘vicio’, ‘mujer’ y sus sinónimos. Eso me parecía razonable, pero que vetaran también los nuevos episodios de héroes insospechables me indujo a cuestionar el criterio censor. Una tarde, por fin, corrí el riesgo: El bruto, de Buñuel, me sirvió para soltar amarras de los remordimientos y pagar el enganche de mi liberación.

ElBruto53.jpg

Tras la irrupción del rock en 1954 llegó un torrente de películas cuyos protagonistas eran jóvenes de nuestra edad. El Reforma exhibía las extranjeras, en inglés y con subtítulos; el Alameda proyectaba cinematografía nacional. Filmaciones hechas a la carrera con actores y grupos juveniles cuya calidad o talento era lo de menos. Había exceso de copetes y chamarras de cuero; presumían modas imitables, desinhibidos pasos de baile, navajas de muelle más automóviles descapotados y motos, que estaban fuera del alcance de la gran mayoría. De cualquier manera, el alud de desplantes de rebeldía contra las convenciones que vimos en las pantallas del Alameda —antes llamado ‘Pineda’—, el Iracheta y el Reforma, poco a poco influyó nuestro comportamiento.

No todo se centraba en la función como espectáculo: el atractivo dejó de radicar sólo en las películas y los domingos por la tarde importaba también el acto presencial en alguna de esas tres salas cinematográficas, sub-universos de una ciudad como Pachuca, donde los estudiantes constituíamos, si no un estrato, al menos una categoría temporal. Nos clasificaban los escasos años y el desparpajo antes, durante y después de la función. Al ingresar a la sala, corríamos por los pasillos al abordaje de las butacas centrales o cerca de donde estuvieran sentados los cuates; nos distinguíamos por echar relajo, burlarnos de las escenas lacrimógenas de argumentos pretendidamente sentimentales y declarar ruidosamente nuestro amor por actrices que casi siempre desempeñaban papeles estelares. Resultábamos detestables para las personas mayores y las familias que asistían a la misma función.

En el caso individual de cada estudiante, tal comportamiento se transformó en seriedad casi solemne si invitaba a su novia o le interesaba encontrar entre las múltiples jovencitas a una en particular. Era frecuente que el estudiante en cuestión llegara al cine de saco y corbata. A diferencia de las ciudades donde muchachos y muchachas coquetean a la ronda del jardín central, los vientos vespertinos de Pachuca estropean el disfrute de cualquier paseo e imponen al cortejo juvenil escenarios a resguardo del frío. Por aquellos años, tales escenarios fueron las salas cinematográficas. Para cualquier interesado, los minutos de espera antes de la función y los intermedios servían para buscar con la mirada, y tras el contacto visual, para enviar sonrientes saludos y al final, con buena suerte, abandonar el asiento entre los cuates para acercarse y saludarla.

Este ejercicio —digamos— sentimental, no desplazaba del todo el interés por la película. Como ante cualesquiera de las artes, la mayoría se quedaba en la superficie, es decir, en la historia fílmica. Esta percepción evolucionaba poco a poco cuando comenzaba a identificar a actrices y actores por su nombre, a apreciar la música, distinguir el estilo de la dirección y finalmente, razonar sobre lo que hoy se llama el paradigma del argumento.

Cine Reforma.  Matamoros y Plaza Independencia, Ca. 1950

 

Si hablo de cultura cinematográfica, de una actitud consciente y crítica ante las películas que los cines de Pachuca exhibieron en mis años de estudiante, debo reconocer que durante mucho tiempo fui un espectador unilineal y atento a medias, hasta que oí a mis compañeros de butaca pronunciar con familiaridad y soltura el nombre de los actores secundarios, en los que de otro modo nunca me hubiera fijado. En High society, por ejemplo —filme donde solamente tuve ojos para Grace Kelly y oídos para Satchmo—, aprendí a identificar a un par de actores y cantantes cuyos nombres eran Bing Crosby y Frank Sinatra. 1-3High-Society-Poster

Según el tiempo que podía dedicar a la cinematografía, la cartelera de tres cines me ofreció opciones suficientes para asistir, en el curso de un año, exactamente a cien funciones.

Este es el momento y el lugar para hacer una digresión y rendir homenaje a los Trejo Anaya, mis amigos y vecinos, cuyo padre desempeñó por entonces el cargo de síndico del Municipio. Como tal, recibió un pase de cortesía para dos personas a los cines de Pachuca. Estoy seguro que fui el mayor usufructuario de ese pase.

Era usual que los domingos Raúl y yo presenciáramos dos funciones. En el Reforma, a las cuatro de la tarde, dos películas, y a las ocho, en el Iracheta, veíamos al menos la de estreno. Durante la semana hábil, las horas libres del horario escolar vespertino daban ocasión de que me escapara al cine. Cualquier sala distaba, si mucho, cuatro cuadras, inclusive la plaza del Reloj, que cruzaba oblicuamente en menos de treinta segundos.

Cine Iracheta.  Esquina de Guerrero y Doria. Ca. 1942.  Foto: F. Rivemar

 

Un año de cien funciones no significa que haya visto ciento cincuenta películas. Era capaz de volver el segundo y el tercer día a la misma función cuando alguna película me gustaba particularmente. Un analista dijo que ir al cine con tanta frecuencia obedece al deseo subconsciente de evadir la realidad. Nunca lo creí. En mi caso fue tal vez la ávida expectación adolescente por la desnudez femenina y la insinuación de tramas carnales —por entonces no estaba permitido más—; la búsqueda de novedades o un genuino interés por el séptimo arte, cuyos argumentos condensaban datos y noticias que no encontraba en otra parte.

Pasó el tiempo y dejé de ser cinéfilo asiduo. El discurso cinematográfico de hoy es otro. Engolosinado por la tecnología, ha dejado de lado la gramática de aquellos realizadores, que no precisaban de efectos especiales para revelar la índole humana, sus sueños y obsesiones. El cinematógrafo de entonces me ofreció incesantes novedades. Hoy, salvo excepciones, muestra con alarde tecnológico aburridas variaciones sobre los mismos temas.

Tampoco existe ya ninguno de aquellos cines. Al multiplicarse la producción fílmica, aquellos cines resultaban claramente insuficientes. Con tan diversa y abundante oferta industrial en sus manos, los empresarios trocaron la concepción de la gran sala, a la usanza de los teatros y las casas de ópera, por cuchitriles infames. Durante algunos años fue común que convirtieran elegantes paraninfos en seis u ocho cajoncitos de exhibición, cada cual con una pequeña pantalla y un ambiente asfixiante. Hoy, en lugar de una cómoda butaca, mi asiento es —lo digo con una especie de vergüenza— la nostalgia.

2007 Plafon Cine Iracheta

2007 Plafón Cine Iracheta.  Foto por Rafael Rodríguez Castañeda

Todo recuerdo apela a los sentidos que lo registraron. La vista y el oído en el caso de filmes memorables; la visita al lugar, si se trata de evocar el sitio preciso donde estuvo el escenario de tantas emociones juveniles. En Pachuca, para mí esos lugares se reducen a aire, comercio y ruinas: es posible que me ubique en un punto de la plaza Independencia y diga: “Aquí estuvo el Reforma”. Si me ubicare entre ciertos anaqueles que expenden ropa y aparatos, diría: “Esto fue el Pineda, convertido en cenizas y luego, en cine Alameda y Variedades”. Sólo en el caso del Iracheta existen vestigios para imaginar su discreto decoro estético. En la modesta nave, hoy convertida en estacionamiento, queda el plafón escarapelado y sucio, así como la herrumbrosa estructura de lo que fue techo del foro —si se puede llamar ‘foro’ al sitio donde colgaba la pantalla.

A la congoja frente a tales ruinas le queda el consuelo de saber que no es la única antigua sala cinematográfica del planeta cuyo cascarón sirve hoy como paradero de automobiles a quienes van al centro historico de una ciudad.  Lo mismo ocurrió, por ejemplo, con el teatro Michigan de Detroit, según el testimonio que nos da la escalofriante foto de Stan Douglas.

Michigan Theatre de Detroit. 1999. Foto de Stan Douglas.

Lo demás son fantasmas, imágenes borrosas, disolvencia.

 

Rafael Rodríguez Castañeda

Edición: Ricardo Castañeda Guzmán

 

MÁS SOBRE LOS CINES DE PACHUCA:

Cine Iracheta
http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2626921.htm
Cine Reforma
http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2269070.htm
Cine Alameda
http://www.cronistadehidalgo.com.mx/index.php/articulos/77-los-cines-de-mi-pachuca

 

Video

¿Qué tiene que ver el siguiente video con Ancestros Castañeda?

Directamente, nada; indirectamente, mucho, porque corresponde a mis deseos de que sirva como puente entre los artículos que hasta ahora he publicado y los futuros: estoy preparando diversos artículos resultantes de mis recientes investigaciones, tanto las documentales como la de campo. Entre las primeras, recopilo datos sobre los hijos de Nicolás de Castañeda, quienes vivieron hacia los fines del siglo XVIII. Entre las segundas, obtuve nueva información sobre el Rincón de Castañeda en Zacualpan, tres pesos que Juan Castañeda heredó, más otros datos resultantes del reciente viaje a Zacualpan, Edo. De México, durante la primera quincena de mayo de 2014.

De regreso en casa

En abril ya había cumplido con las tareas que me imponen sus lluvias cuando salí rumbo a México. Regresé a casa trece días después a encontrarme con lo que la primavera me ofrece gratuitamente cada año.

Durante este pequeño lapso de dos semanas, los arbustos que rodean el lugar donde vivo se prenden con flores que brillan como árbol de Navidad cuando se encienden sus focos.

En ciertos árboles, arbustos y plantas de los cuales muestro algunos, brotan flores que son deleite y alimento para el colibrí y la mariposa. En el video que presento se pueden ver ambas maravillas, en intercambio simbiótico con lo que la naturaleza les ofrece.

Del colibrí[1] siempre me ha fascinado su diminuto tamaño y poderoso vuelo, lleno de acrobacias. El video nos enseña al macho de color cafecito, la hembra con su espalda verde y pecho gris y a un polluelo posado en una rama.

El Colibrí es conocido en las Américas por varios nombres, tres de ellos me llaman la atención. Estos siendo uititsilin en Nahuatl, biulú en Zapoteca y tzintzunzin en Purepecha.

“Los mayas[2] más viejos y sabios, cuentan que los Dioses crearon todas las cosas en la Tierra y al hacerlo, cada animal, cada árbol y cada piedra le encargaron un trabajo. Pero cuando ya habían terminado, notaron que no había nadie encargado de llevar sus deseos y pensamientos de un lugar a otro.

Como ya no tenían barro ni maíz para hacer otro animal, tomaron una piedra de jade y con ella tallaron una flecha muy pequeña. Cuando estuvo lista, soplaron sobre ella y la pequeña flecha salió volando. Ya no era más una simple flecha, ahora tenía vida, los dioses habían creado al x ts’unu’um (colibrí)”.

De la mariposa[3], uno puede decir que su fragilidad y delicadeza, junto con sus variantes colores y tamaños, la convierten en una criatura ante la cual lo único que uno puede hacer es admirarla.

Para quien conoce de flores, el film de la mariposa que está embebiendo néctar fue tomado en septiembre del año anterior. Aun así, a este tipo de mariposa la reconocí este mayo 2014, sin cámara en mano, por solo unos minutos, un día en que la temperatura había subido.

 

 

 

  “La profundidad del pensamiento esta dentro de la contemplación”.

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición: Rafael Rodríguez Castañeda

 

 

 

[1]http://es.wikipedia.org/wiki/Selasphorus_rufus

[2] http://comoeneltianguis.com.mx/2012/07/14/la-leyenda-maya-del-colibri/

[3]http://en.wikipedia.org/wiki/Papilio_rutulus

A Carmen Castañeda Olea en el centenario de su nacimiento 22 abril 1914 – 8 noviembre 2012.

Presentación

La tecnología progresa como si estuviera bajo la influencia de una inyección de esteroides. No nos da respiro para absorber completamente su última invención. La velocidad de los cambios es mayor que nuestra capacidad para asimilarlos.

En mi experiencia personal nada substituirá la sensación de tomar un libro, sopesarlo, sentir la textura de sus hojas y tener la satisfacción de leer desde la primera hasta la última página.

A través de los siglos el libro ha sido una de los soportes más prácticos y eficientes para expresar y transferir información —textos, dibujos o fotografías— sin tener que articularla y expresarla en persona. Pero ahora, dentro del mundo virtual, los avances tecnológicos metamorfosean a este viejo amigo en soportes más asequibles que en inglés conocemos como ebook[1] y su primo, el blog[2].

Mis primos Claudia Infante Castañeda, Rafael Rodríguez Castañeda y yo deseamos compartir con los lectores de este blog un documento que Claudia editó en una revista académica en 1990[3] y Rafael y yo conocimos en forma de e-book digitalizado por Google. Me refiero a un memorial sobre la higiene en los trabajos mineros subterráneos elaborado en 1896, cuyo autor fue el doctor Gonzalo Castañeda Escobar [4]. Ahora presentamos nueva información y profundizamos el análisis.

 

El encuentro

Soy originario de Pachuca, Hidalgo, ciudad mexicana de larga tradición minera cuyo subsuelo cruzan numerosos túneles que se extienden por largas distancias. Por esta razón no solamente soy referido como pachuqueño, sino también como tuzo. Por tanto, me identifico con la metáfora del tuzo[5], mamífero roedor que cava en la oscuridad en busca de raíces. He tenido que excavar en los archivos para encontrar información sobre nuestros ancestros Castañeda.

El 30 de diciembre de 2013 recibí el comentario de una investigadora de la UNAM sobre la biografía publicada aquí en marzo de 2013, quien preguntaba si existía una versión más amplia del trabajo del Dr. Castañeda cuyo título original fue Higiene Minera Subterránea.

La pregunta me reveló una carencia en mis archivos. De inmediato consulté a mis primos Claudia Infante Castañeda y Rafael Rodríguez Castañeda. Claudia es doctora en Ciencias de la Salud y nieta del Dr. Gonzalo Castañeda; Rafael ha reunido amplia información sobre la familia Castañeda. Simultáneamente encontré en Internet Memorias: Transacciones, Volumen 2, un e-book de Google que es posible revisar en línea gratuitamente.

Página cortesia Claudia Infante Castañeda

El siguiente documento aparece en la página 753 de este e-book:

Higiene que debe observarse

En los

TRABAJOS MINEROS SUBTERRANEOS

Por el

Dr. Gonzalo Castañeda

Para facilitar la lectura del facsímil publicado en 1898 con una tipografía difícilmente legible, el documento original fue transcrito a un archivo PDF y a un archivo en Words para su acceso.

Dr. Gonzalo, Higiene minera Congreso médico pan-americano 1898

Dr. Gonzalo, Higiene minera Congreso médico pan-americano Words 1898

 

El autor

Gonzalo Castañeda nació en Temascaltepec, México, Mex. Fue hijo de Juan Francisco Castañeda Popoca y de María Gabina de Jesús Escobar Mojica. Lo llamaron Julián Gonzalo de Jesús. El registro civil ocurrió a las diez de la mañana el once de enero de 1868. Nació a las nueve de la mañana del día nueve del mismo mes.

Sorprende que su nombre estuviera tan detallado tanto en el registro civil cuanto en el eclesiástico. Por lo general los registros civiles de esos tiempos eran escuetos. Solían anotar un solo nombre de pila. A nuestro autor pudieron llamarlo Julián o Gonzalo a secas. La manera en que lo nombraron es un indicio de que sus padres solamente repitieron su nombre cristiano al registrarlo civilmente.

La primera fotografía que conocemos de Gonzalo data del 11 de enero de 1884, cuando se retrató con su padre y Bernardino, su hermano mayor, en los estudios de Luis Veraza, en la Ciudad de México.

De izquierda a derecha, Feliz Bernardino Castañeda Escobar, 25 años, Juan Francisco Castañeda Popoca, el padre y Gonzalo, a la edad de 16 años.

Suponemos que Gonzalo Castañeda se refiere al año de 1894 cuando dice en su autobiografía:

 “Ya recibido me fui a mi tierra, después me salió un empleo en Guerrero, y aún me sorprende hoy, cómo a pesar de mi ignorancia e inexperiencia pasaba por buen médico. Después, un señor poderoso: D. José Landero y Cos que me había conocido de estudiante, me llamó de Pachuca para nombrarme médico-cirujano de las minas de Real del Monte, con un buen sueldo; allí me hice riquito y ya con dinero se me ocurrió y decidí irme a Europa”.

Antes de trasladarse a Hidalgo debió contraer matrimonio con Basílides Antonia Teresa de Jesús Olea Gómez-Daza porque el recién recibido Dr. Gonzalo Castañeda y su esposa Teresa vieron nacer en Real del Monte a su primera hija el 30 de octubre 1895, a quien bautizaron en la Parroquia de la Asunción, de Pachuca, Hidalgo, el diez de enero 1896 como María Teresa Catalina.

Acta de bautizo María Teresa Catalina Castañeda Olea, 10 enero 1896

Juan Castañeda y Gabina Escobar, padres de Gonzalo, no solo asistieron al bautizo; fueron padrinos de su nieta a la edad de 80 y 62 años, respectivamente. Los abuelos y padrinos hicieron el viaje desde Zacualpan, Edo. de México a Real del Monte, Hidalgo, México. Tanto los datos civiles como los eclesiásticos sugieren que este bautizo fue un acontecimiento familiar.

Todo esto ocurrió a principios de 1896. En noviembre del mismo año Gonzalo presentó el trabajo que ganó reconocimiento internacional.

 

Relevancia del texto

El siguiente documento fue escrito y presentado en noviembre de 1896, en el segundo Congreso Médico Panamericano, ocurrido en México. Lo divulgamos en atención a su gran valor histórico visto desde varios enfoques, todos ellos de gran trascendencia. Hasta donde sabemos es el primer testimonio sobre las condiciones de salud laboral de los mineros en México. Y leerlo hoy nos hace reflexionar. A pesar de los fuertes cambios tecnológicos, científicos y en seguridad social, a casi 120 años de que Gonzalo Castañeda concluyera esta exposición con un proyecto de reformas para proteger la salud de los mineros, sabemos que en el país aún no se cumplen cabalmente muchas de sus propuestas.

Gonzalo Castañeda fue un médico que se autodefinió como clínico y no como científico ni salubrista. Sin embargo, su agudeza analítica y el rigor de su estudio sobre la situación de los mineros cumple los requisitos del análisis científico de un problema de salud pública: observa y vincula meticulosamente los factores asociados a cada enfermedad, daño y lesión de un grupo poblacional, los tres mil barreteros que observó durante dos años. Además demuestra de manera técnicamente sobresaliente cómo los mecanismos “del proceso social del trabajo” minero los llevaba al “perpetuo desequilibrio orgánico y fisiológico” hasta llegar a la muerte. Las defunciones registradas en Real del Monte durante el tiempo en que estuvo allí son indicativas de la gravedad del caso.

El mayor mérito sociológico de este trabajo tal vez no sea identificar los factores sociales que afectaban la salud de los mineros sino describir cómo las precarias condiciones en que habitaban, trabajaban y se alimentaban, determinaban una pésima calidad de vida y la exponían al riesgo de múltiples enfermedades, a la discapacidad y con demasiada frecuencia, debido a accidentes, a la muerte temprana.

El trabajo supera la visión médico-biologicista que por un lado ve como causas a los agentes etiológicos inmediatos de enfermedades y accidentes, y por otro, en forma aislada, ve los factores sociales que los rodean. A la hora de preparar su estudio, Castañeda explica el engranaje de las condiciones que determinan el proceso salud-desgaste-enfermedad-muerte: “…multiplíquese este diario déficit fisiológico por diez o veinte años y sorprenderá la espantosa quiebra que a la postre sufre el organismo”.

Al apreciar la forma en que Gonzalo Castañeda analiza cómo interactúan los “factores de riesgo” con las condiciones sociales de los mineros, comprendemos su posición como médico social y políticamente comprometido. Éste es precisamente el tercer aspecto relevante: como estudio de salud minera, este memorial es único, pionero, pero lo excepcional es que el mismo autor, médico al servicio de los obreros cuyas condiciones de trabajo describe, también presente las reformas indispensables para resolver tal problemática.

Ignoramos cómo llegó al Congreso con este trabajo; no obstante, él reconocía la importancia del médico en la política. En la ponencia clama por que se escuche a los mineros a través de su voz. A pesar del dominio de sus herramientas médicas y después de plasmar en el documento el dolor con que día a día observó y atendió enfermos y accidentados, no es difícil imaginar la palpitación de sus humildes orígenes mineros en el pódium de un Congreso Internacional al levantar su voz para denunciar la situación de vida, trabajo y salud del gremio y exhortar a la acción para modificarla: “Si estos preceptos… los tomara alguna vez el legislador y con su mano reformadora los llevara al fondo de las minas, no sería yo el que viviera reconocido y grato, sino el imponente gremio de barreteros de la República”.

El documento que aquí reproducimos muestra también el riguroso análisis médico, clínico y sociológico que realiza el Dr. Gonzalo Castañeda a partir de una concepción de ciencia aplicada. Son notables su visión sobre el papel que correspondía desempeñar a la salud pública en la salud laboral y el bienestar de la población en general, y su posición política sobre las obligaciones del Estado al respecto. Estas características de su trabajo se resumen en la lúcida síntesis del párrafo que antecedió a su propuesta de reformas, donde vincula estupendamente los resultados de su estudio con las recomendaciones consecuentes:

“Nunca el médico cumple mejor su elevada misión que cuando el mal que descubre y el remedio que aconseja abarcan a extenso grupo de sus semejantes. En este caso particular de que me ocupo, no será seguramente a las Compañías mineras a las que pueden proponerse modificaciones … tampoco quizá al gremio barretero, cuya ignorancia no alcanza a comprenderlas… sino aconsejar las reformas que se juzguen benéficas a los Gobiernos, que son la entidad a quien está encomendado el papel de velar por la salud pública y de interesarse por el bienestar general, y para concluir, señores, nuestros estudios más formales y completos no vengan a resolver el problema en cuestión: [en] «la higiene que debe observarse en los trabajos mineros subterráneos» propongo en el sentido que antes dije, el siguiente proyecto …”

“La medicina es una ciencia social y la política no es más que la medicina en una escala más amplia” decía en la segunda mitad del siglo XIX Rudolf Virshow (1821-1902), eminente patólogo alemán. Sorprende la coincidencia de posiciones entre el Alemán y el Mexicano. Y en ello radica un cuarto aspecto relevante de este documento histórico, originado en un pueblo minero mexicano a finales del siglo XIX, muy distante del capital científico europeo.

Existe un evidente paralelismo de pensamiento tanto en el análisis cuanto en la posición política entre Gonzalo Castañeda y el movimiento higienista, y el de la medicina social iniciado a mitad del siglo XIX en Europa. Los académicos fácilmente pueden pensar que observaciones similares con sistematización y rigor científico llegan a conclusiones parecidas. Efectivamente, así son la lógica y la ciencia. Eso es relevante pero no excepcional en la historia; lo que destaca es la coincidencia de la construcción del problema de salud, bajo la perspectiva de la medicina social y la posición política análoga en dos ámbitos completamente diferentes en términos sociales y de recursos científicos. ¿Por qué?

El documento se titula “Higiene que debe observarse en los trabajos mineros subterráneos”. Aunque el título sugiere un enfoque higienista de la salud pública para describir las riesgosas condiciones a que estaban expuestos los mineros, que en teoría se podían modificar, pero cuya “ignorancia no alcanzaba a comprenderlas”, en el fondo, el trabajo documenta una denuncia orientada a cambiar la política pública sobre tales condiciones de trabajo.

Por otra parte muestra cómo transformar el concepto de la higiene orientada a modificar conductas o hábitos individuales asociados a riesgos a la salud para adoptar un enfoque colectivo cuyo propósito es cambiar los determinantes sociales y económicos de esas condiciones de salud. En tal cambio interviene el compromiso de los médicos para sustentar clínicamente la causalidad social de los procesos de salud–enfermedad laboral.

Conviene aclarar que la higiene pública es un concepto surgido en Francia en el siglo XIX (Foucault, 1977) que abarca lo que posteriormente siguió denominándose «medicina social», e inicialmente se refería a la forma como se “controlaban” los elementos del medio material que afectan a la salud. Según Foucault[6], la higiene pública constituye una “variación refinada de la cuarentena derivada de las epidemias que debió afrontar la gran medicina urbana del siglo XVIII en Francia” (Op. Cit. p 14). Por ‘salubridad’ se entiende sólo el estado de las cosas y del medio sin intervención alguna. En la forma de concebir los determinantes de la salud y los mecanismos para modificarlos cuenta no sólo la ciencia, sino también la posición política.

Ahí está la importancia de los elementos arriba mencionados, el doble enfoque de este documento: científico y político. Por un lado, el análisis científico de Gonzalo Castañeda articula los determinantes sociales, con la etiología del desgaste y proceso de enfermedad-muerte del minero en cuanto a la práctica de su oficio “que abrevia su vida o se suicida con su propia ignorancia … sin una voz inteligente y salvadora que los detenga[7], bajan a los tiros a matarse materialmente o a abreviar los días de su vida porvenir; registrándose sin cesar desgracias accidentales de unos, notoria agravación de otros, muerte rápida en muchos”.

Por otro, muestra el resultado, es decir, la forma en que están construidas las condiciones de vida-trabajo-desgaste-sobrevivencia-muerte de los mineros “…después de una velada de pesada labor, al siguiente día que debieran dedicar al reposo o a resarcir el sueño, por causas de orden vario, sólo duermen un promedio de cuatro horas y según ellos mismos lo enseñan, con un sueño interrumpido y no reparador”.  

Como conclusión ineludible, propuso cambios en tales condiciones de trabajo, algo más ambicioso que el control de agentes etiológicos (posición de la medicina biologicista). Más aun, los cambios que propuso apuntaban a mejorar las condiciones de trabajo y de vida en la comunidad de mineros: un enfoque desde la perspectiva de la medicina social mexicana. Es decir, no sólo fue pionero en la salud pública sino que fijó la posición crítica de la medicina social, a finales del siglo XIX en nuestro país.

Es indispensable referir un quinto aspecto valioso de este documento en el contexto mexicano. El proyecto de reformas que Gonzalo Castañeda propone fue insólito durante el porfiriato (1876-1911), régimen en que no hubo la menor previsión legal que protegiera a los trabajadores.

En su multifacética labor médica, como clínico, maestro y autor de diversos libros así como de líder gremial, durante toda su vida a Gonzalo Castañeda lo caracterizó una forma de concebir y ejercer la medicina: la protección a los pobres en el sentido en que Virchow concebía a la medicina social. Una de las responsabilidades de los trabajadores de la salud era fungir como médicos de pobres. Después que se desempeñó como médico de la compañía minera de Real del Monte, Gonzalo Castañeda viajó a Europa para especializarse como cirujano y obstetra. Su fuerte fue siempre la clínica. De regreso en México fue director del Hospital de Jesús durante 30 años, mismos que trabajó sin salario. Renunció a esa retribución porque se trataba de un hospital para pobres. También jugó un papel fundamental en el liderazgo de la Academia Nacional de Medicina y para conformar y fundar la Academia de Cirugía; fue maestro de muchas generaciones en la Escuela de Medicina (Universidad Nacional) y en el Colegio Médico Militar.

Antes de reproducir este documento, conviene ver hasta dónde han mejorado las condiciones de vida y de trabajo de los mineros en nuestro país en 120 años.

Como lo refiere la cita de su autobiografía que presentamos arriba, el doctor Gonzalo Castañeda llegó al estado de Hidalgo en 1894 contratado para atender a los mineros. Lo invitó a desempeñar este puesto don José Landero y Cos, a la sazón, gerente de la Compañía Real del Monte y Pachuca. Conviene advertir que fue su primer empleo formal, después derecibirse, en julio de 1893. Al joven médico de 26 años le resultó familiar el medio donde trabajaría porque Zacualpan, donde vivió su infancia hasta el día en que salió para continuar sus estudios medios y superiores, era también un pueblo minero. Su propio abuelo paterno entregó su vida a la minería. Según su acta de defunción “falleció de dolores de cascado”[8]. Su padre trabajó en la minería como azoguero cuando el beneficio de patio era el procedimiento común para extraer la plata[9], Sabemos que de niño, Gonzalo, curioso y agudo, pedía permiso en la escuela para llevar a su padre el desayuno o el almuerzo. Desde entonces conoció la vida cotidiana de los mineros, dentro y fuera de las minas. Cuando llegó a Real del Monte su misión era ser médico clínico: atender a los mineros enfermos o lesionados. Pronto se dio cuenta de que era un proceso sin fin porque los determinantes sociales que producían los daños a la salud permanecían intactos.

Penetrante y fino observador, ese desafío lo llevó a aplicar la medicina como instrumento para descifrar esa trama. Caso por caso, paciente tras paciente, documentó la problemática de ese grupo laboral y concluyó que era producto de las condiciones infrahumanas de sobrevivencia, de las patologías y patrones de morbilidad derivados de sistemas de trabajodesconsiderados, que también causaban alta mortalidad temprana. Más de un siglo después, esa labor analítica sigue siendo técnica y socialmente compleja para los científicos actuales.

Hacia el fin del siglo XIX en el país no existía legislación laboral que reconociera derechos a los trabajadores; mucho menos que los protegiera con medidas de higiene y de seguridad. Toda la vida económicamente activa de nosotros, lectores en el siglo XXI, ha transcurrido bajo la vigencia de la Ley Federal del Trabajo. Por tanto, nos cuesta trabajo ponderar esta noción, pero en el contexto que tocó vivir a Gonzalo Castañeda su memorial sobre la situación de los obreros en los establecimientos industriales cobra mayor relevancia: eran condiciones de esclavitud, aunque no se llamara así.

Visto únicamente desde el punto de vista informativo, este documento sería un reportaje extraordinario sobre la vida cotidiana de los mineros en México. Sabemos que fue más que eso porque propuso preceptos que con las mismas palabras o con otras, más tarde aparecieron en las leyes.

Dentro de la obligada brevedad de un texto que leería ante un congreso, la ponencia de Gonzalo Castañeda refirió los siguientes rasgos de los barreteros —rango elemental dentro del gremio minero—: las edades a las que comienzan a trabajar —8 a 12 años— y a la que aún continúan —60 años—, su nula escolaridad, las bárbaras jornadas —hasta 36 horas ininterrumpidas— día y noche sin que su cuerpo tuviera ni la luz del día como referencia biológica; sin alivio físico más allá de la tolerancia al agotamiento, al hambre, al daño y a las lesiones; la falta de oxígeno y la incomunicación; las cargas que transportan sobre la espalda; el calor subterráneo, la deshidratación, la insoportable sed y la forma común de calmarla: pulque y agua contaminada.

…hasta hoy la Higiene no ha penetrado suficientemente al interior de las minas a observar las condiciones en que trabaja esa aglomeración de hombres, que pasan la vida entregados a las rudas labores subterráneas…

Su descripción penetra la profundidad a que descienden y desde la que tienen que subir tras haber trabajado; el tiempo del ascenso; el polvo y los gases tóxicos que respiran; el olor, difícilmente soportable de las minas; la combustión de petróleo para calentar comida e iluminar los socavones; los consecuentes óxidos de carbono; la cercanía del trabajo a sus defecaciones, así como el volumen acumulado de materia excrementicia; oscuridad, goteras y humedad; el trabajo en el fango; las enfermedades respiratorias y dermatológicas a que se exponen; falta de normas de seguridad para efectuar las detonaciones; ausencia de cascos protectores, golpes en la cabeza; precarias escaleras y puentes de paso. En suma, la vida en peligro cada minuto y finalmente, el cómputo de lo que entonces se registraba sin pruebas clínicas: lesiones por accidente y muertes.

Gonzalo Castañeda no se limitó a describir el infierno que había en la profundidad de las minas: tanto el análisis como el enfoque de su estudio contribuyeron a que empresarios, legisladores, autoridades médicas y laborales entendieran que el trabajo de los mineros —una actividad no conceptualizada claramente como tal— era un problema de salud pública que demandaba, obligatoriamente, una política pública.

Como trabajo científico identificó con precisión los factores de riesgo cotidianos que conducían a los mineros a la muerte. Las causas eran evitables y prevenibles. Ese fue elnúcleo de su denuncia médica.Identificó los aspectos donde había que intervenir para proteger la salud y vida de los mineros, principalmente aquellos que concernían a la legislación laboral. Como ponencia política, es excepcional para su época: concluye recomendando 24 propuestas concretas. Ese fue el núcleo de su denuncia política y laboral.

En su ponencia, Gonzalo Castañeda revela el compromiso social que el médico clínico y el sanitarista deben poseer, y que pocas veces encontramos en la actualidad. El médico clínico dedica su poco tiempo a identificar síndromes, pasando por alto o asumiendo como obvios, inevitables o fuera de su competencia factores de índole social. Cree que no conciernen a los médicos. Es así como se orienta a diagnosticar y prescribir medicamentos. Con tales límites justifica y acota sus responsabilidades profesionales —ya rebasadas por la realidad.

Actualmente el “profesionalismo” se entiende como sinónimo de “competencia clínica individual” y el compromiso social —como si lo social fuera sinónimo de ‘público’— se delega a los epidemiólogos, a los investigadores cuyo profesionalismo se orienta al cumplimiento de la metodología científica para analizar las poblaciones. A su vez, es frecuente que los investigadores reduzcan sus análisis a indicadores que técnicamente denominan factores de riesgo, aún cuando a menudo se refieran a ellos como “determinantes sociales de la salud”.

Estos conjuntos de indicadores pasan a ser denominados “estilos de vida” sin comprender las causas últimas estructurales que los determinan. Castañeda hace una nítida descripción etnográfica del contexto en que los mineros vivían, del desgaste humano cotidiano y la patología que los lleva inevitablemente a una muerte precoz. Además, sistematiza la incidencia de las patologías, de sus interrelaciones, describe sus causas inmediatas (“factores de riesgo”), su cadena causal y sus determinantes. Los análisis que expone atraviesan —o más bien, rasgan— los órdenes, de la escala micro social y microbiológica hasta la escala macro social y política.

Desde una perspectiva histórica este trabajo es un clásico de la salud pública. A Gonzalo Castañeda también se le atribuye el mérito de haber identificado al organismo causante de la anemia entre los mineros, el parásito Anquilostoma duodenalis (1904). Sin embargo esto no fue así. Ahora sabemos que los egipcios ya lo reconocían en un papiro desde 1600 aC. En 1843 Angelo Dubini describió y denominó al organismo y a finales del siglo XIX Arthur Loss describió su ciclo de vida: larva que penetra por la piel, usualmente a través de los pies, que pisan heces fecales de personas que padecen la enfermedad. Que Castañeda haya identificado independientemente este organismo es posible, y si ocurrió así fue después de haber escrito el documento que aquí presentamos, donde refiere que los barreteros se quejaban constantemente de la llamada anemia minera y describe con especial detalle el gravísimo problema sanitario de los excrementos en las minas: “…noto en sus trabajos tantas deficiencias desde el punto de vista higiénico, que adivino fácilmente las peores condiciones en que vivirán los operarios de otros centros mineros del país”.

Desde el siglo XIX la minería había alcanzado progresos técnicos espectaculares. Existían equipos de perforación, ademe, iluminación y ventilación de tiros y túneles totalmente mecanizados que se movían a base de vapor. Muchas operaciones riesgosas se ejecutaban a control remoto. Ahora existen técnicas y equipos aún más eficaces y seguros, así como normas de seguridad personal que los mineros de hace 120 años jamás hubieran imaginado.

El problema de entonces no era la tecnología ni la seguridad mineras, sino la aplicación de tales estándares del progreso en las minas del país. Ciertamente, las inversiones para instalar ese tipo de maquinaria y los sistemas de protección de los mineros constituyen un obstáculo. Pero la resistencia de los empresarios mineros a modificar sus prácticas de extracción mineral sin dejar de implicar la explotación humana, es todavía mayor. Antes faltaban conocimientos, tecnología y normatividad. Ahora los hay, pero se les pasa por alto. Al menos en México, prácticamente no existe mejora material gratuita en las minas; la gran mayoría surgieron como conquista laboral, lo cual implicó largas luchas sindicales y tensiones entre los intereses de los mineros y sus patrones. Otras mejoras han surgido de los escándalos cuando los medios documentan accidentes en las minas y surge la presión pública, las más de las veces paliativa y temporal.

Antes de dar paso a la lectura del memorial del doctor Gonzalo Castañeda conviene citar unos cuantos ejemplos de lo ocurrido en las minas de México a partir de 1896, el año de este estudio, para contar con una mínima perspectiva histórica.

1906: Las minas de cobre de Cananea empleaban a seis mil mineros mexicanos y alrededor de seiscientos norteamericanos. A los mexicanos les pagaban la mitad de lo que ganaban los extranjeros. En protesta, el 31 de mayo los mineros del tercer turno pararon labores. La respuesta de la empresa y de las autoridades gubernamentales fueron la represión, el asesinato de líderes y el cerco de hambre a la población. Por algo esa huelga cuenta entre los antecedentes de la Revolución de 1910. En un caso de estos, en búsqueda de justicia y mejoramiento para el minero, Abraham Castañeda Hidalgo, un ancestro nuestro, perdió su vida después de haber sido golpeado y dejado a su propio destino en los cerros del Real del Monte.

No obstante, interesa destacar un paso adelante de los mineros: su toma de conciencia y la articulación de sus motivos, como lo revela la carta que José Ma. Carrasco, vecino de Cananea, dirigió al gobernador Rafael Izábal, el 4 de junio de 1906, al cuarto de huelga:

“Respetando su alto lugar que guarda me concreto a decirle a usted en nombre del pueblo lo que sigue. Sr., acordaos de la desnudes, del ambre y de otras necesidades que sufre toda la gente umilde de pocas proporciones y de poco ynteligencia, hay días que solamente dos veces comen porque tienen numerosa familia o algún enfermo. 3 pesos es un miserable sueldo para comprar leña a 16 pesos y una casa pocilga de una pieza a 15 pesos, doctor a 3 pesos, agua a 5 pesos, un mal calsado a 6 pesos… y otras tantas cosas que sería imposible enumerar. Ah, pero tenemos que humillarnos los mexicanos porque si levantamos la voz nos la calla nuestro gobierno con sus ballonetas sostenidas por su mismo pueblo. Ved, alzad la vista y bereos la desnudes en todo el pueblo. Procurad contentar al pueblo de alguna manera y no tratarlo mal porque el pueblo tiene ambre y más tarde más y si no se proporciona algo tendrá que arrojarse contra las despensas y almacenes de este lugar resueltos a morir. Que bien cierto de que no ará Ud. aprecio de esto, pero tendrá más tarde que lamentarlo”.

1920. 10 de marzo. Al darse cuenta que la mina El Bordo se había incendiado, J. F. Berry, John B. Silbert y Alan Ross, clausuraron la boca de los tiros de El Bordo y La Luz con planchas de madera, acero y concreto para sofocar el fuego. Les importó más su inversión que la vida de alrededor de 80 mineros que quedaron sepultados.

El Bordo, al norte de Pachuca, formaba parte de la Compañía Santa Gertrudis. Para clausurar los túneles, los señores empresarios contaron con la anuencia de Ernesto Castillo, gobernador interino; de Ignacio Segovia, alcalde de Pachuca, y del Juez de Distrito.

Foto Mina Santa Gertrudes, Pachuca, Hidalgo, México por el fotógrafo José Bustamante Valdés

Las minas El Bordo y La Luz estaban interconectadas con las de Santa Úrsula y Santa Ana, pero la Compañía Real del Monte y Pachuca también ordenó tapar esos túneles. La presión social hizo posible que una brigada de salvamento destapara Santa Ana. Hallaron a tres mineros, muertos por asfixia.

Los tiros permanecieron sellados seis días. Al reabrirlos hallaron más de 68 cadáveres en distintos niveles. Quienes consiguieron llegar hasta los accesos taponados dejaron signos de desesperación: uñas y dedos clavados sobre las tapas de madera. Lo demás era, según un testigo, “barbacoa humana”. Diez días después descubrieron siete sobrevivientes en un túnel cercano a Sacramento.

1934. Fundación del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM). El sindicato minero se afilió a la naciente Confederación de Trabajadores de México (CTM).

1935. 17 de noviembre. Los mineros al servicio de The Cananea Consolidated Copper Company S.A., entonces agrupados en el Gran Sindicato Mártires de 1906, se adhirieron a la organización nacional y formaron la sección 65 del Sindicato Industrial de Trabajadores Mineros Metalúrgicos y Similares de la Republica Mexicana, hoy sindicato nacional.

1965. En la mina Purísima de Real del Monte, el 8 de mayo a las 2 de la tarde con 10 minutos una jaula —llamada ‘calesa’— con 30 mineros a bordo se precipitó del nivel 400 al 550. Era sábado. Los trabajadores del nivel 400 que habían laborado el primer turno se acomodaron en los dos pisos dela jaula que habría de llevarlos a la superficie. En vez de subir, de repente comenzaron a descender a gran velocidad. La caída dio en el fondo del tiro. 27 mineros murieron ahogados, tres sobrevivieron. A pesar de las piernas fracturadas, lograron asirse al travesaño de la calesa. Los rescataron horas después.

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Foto Hacienda de Beneficio, “Purisima Grande”, Pachuca, Hidalgo, México por el fotógrafo José Bustamane Valdés

El desastre se debió a una distracción del calesero. Descuidó el ascenso y en cuestión de segundos, la velocidad descendente fue incontrolable. Los perros, ganchos dispuestos en los costados de la jaula que en la emergencia debieron abrirse y aprisionar las guías de madera por donde se desliza la jaula, tampoco se activaron.

1969. El 31 de marzo de 1969 en el poblado de Barroterán, municipio de Múzquiz, Coahuila, se produjeron dos explosiones. El pueblo escuchó las fuertes detonaciones debidas a la acumulación de gas metano en las minas dos y tres de Guadalupe. Decenas de trabajadores que se encontraban laborando en el segundo turno quedaron atrapados. 153 murieron.

Las explosiones de Barroterán cuentan entre las mayores tragedias mineras en la historia, no sólo de la región carbonífera de Coahuila, sino del mundo.

2006: El 19 de febrero, en un pocito de Pasta de Conchos, una de las 600 minas de la región carbonífera coahuilense, 63 mineros murieron sepultados tras una explosión. Nuevamente la causa fueron las precarias condiciones de seguridad: la detonante fue una chispa surgida de los arreglos eléctricos improvisados y/o de equipos de soldadura impropios para un ambiente gasificado y lleno de polvo de carbón, tan explosivo como la pólvora. En cuestión de horas, la empresa hizo desaparecer bitácoras, planos, estudios geológicos y mediciones de gas que hubieran puesto en evidencia la criminal irresponsabilidad del Grupo México.

En 120 años la higiene en las minas ha cambiado radicalmente; también las condiciones de seguridad subterránea. Hay normas que rigen la minería. El problema es que hay minas donde no se aplican o que aparentemente se aplican.

He aquí gracias a Rafael Rodríguez Castañeda, la ponencia transcrita con la ortografía vigente y en una tipografía fácilmente legible.

Higiene Minera por el Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Bibliografía

Infante-Castañeda Claudia. Clásicos en Salud Pública. Presentación. Higiene que debe observarse en los Trabajos Mineros Subterráneos. Gonzalo Castañeda. Salud Pública de México 1990; 32 (3): 364-365.

Más fotos por el fotógrafo J. Bustamante Valdés pueden ser vistas visitando https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2013/10/21/fotos-antano-pachuca-hidalgo-mex/

 

Claudia Infante Castañeda

Rafael Rodríguez Castañeda

Ricardo Castañeda Guzmán

 

 

[1]. ‘e-book’ sintetiza dos palabras: electronic y book (libro electrónico).

[2]. Blog es el compuesto de dos palabras también en el idioma inglés, web y log (bitácora digital).

[3]. Salud Pública de México. Jul-Ago de 1990. Vol. 32, Núm. 3. Pp. 366-372

http://bvs.insp.mx/rsp/articulos/articulo.php?id=001749.

[4]. Este documento se complementa con el artículo biográfico que publicó este blog el 19 de marzo 2013, y que es posible encontrar en el siguiente enlace:

https://ancestroscastaneda.wordpress.com/2011/05/09/dr-gonzalo-castaneda-ecobar-1869-1947/

Aunque este trabajo esté antecedido por otras notas introductorias, en esta publicación lo relacionamos con la vida personal y profesional de su autor.

[5]. El nombre original del roedor es ‘tuza’, pero el léxico deportivo lo ha generalizado como sustantivo masculino.

[6]. Foucault, Michel. Historia de la medicalización. Educación Médica y Salud 1977; 11 (1).

[7]. La actitud de los mineros y de la población que el doctor Castañeda conoció en Real del Monte a fines del siglo XIX contrasta con la que existió dos siglos atrás, según el siguiente antecedente histórico: “En el verano de 1766 los mineros de Real del Monte… desarrollaron una importante huelga industrial sin sindicato ni ideología política que los sostuviera. Fue la primera huelga en la historia laboral mexicana y la primera huelga en América del Norte. La palabra ‘huelga’ fue reconocida oficialmente en los diccionarios del español hasta 1884 y los trabajadores de Real del Monte nunca la utilizaron. Sus esfuerzos representaron luchas que implicaban su trabajo, su modo de vida y sus decepciones… Fue posible que se inconformaran así gracias al consejo y las medidas que tomó gente amistosa y con reconocimiento social en el pueblo”. Doris M. Ladd. The making of a Strike. Mexican Silver Workers’ Struggles in Real Del Monte 1766-1775. University of Nebraska Press. 1988.

[8]. ‘Cascado’ era la denominación coloquial para quienes padecían silicosis.

[9]. Los metales preciosos se obtenían mediante la mezcla del mineral pulverizado con agua, sal, mercurio y otros compuestos. El azoguero determinaba la proporción de sustancias en la mezcla, según las propiedades de una muestra del mineral por beneficiar.

 

 

 

Jesús Castañeda Escobar (Zagal)

Partida en desventaja

 

A varios ancestros de la familia Castañeda les tocó vencer condiciones adversas durante su infancia, pero tal vez a nadie como a Jesús, quien dejó atrás abandono, orfandad, desolación familiar, cambio de identidad, escasa escolaridad y maltrato para fugarse a otro lugar; adquirir un oficio, independizarse, fundar un negocio, y luego, un matrimonio de más de cincuenta años y una familia de cuatro hijos.  Estos son méritos considerables.

Su nombre original fue Francisco Blas, y su apellido materno, Zagal. Varios años después lo llamaron Jesús Castañeda Escobar.

Jesús —o Francisco Blas— Castañeda Zagal fue el quinto de los ocho hijos que tuvieron Bernardino Castañeda Escobar y Guadalupe Zagal Caballero. Esta afirmación es, al mismo tiempo, cierta e inexacta. Jesús no conoció a Alfredo, el primogénito de la pareja, quien murió dos años antes que él naciera, ni a Erminio y Marcos, los gemelos que siguieron.   Marcos murió a temprana edad y Erminio salió rumbo a Orizaba, cuando Guadalupe Jaso de Castañeda, la esposa legal de Bernardino, lo adoptó, y al adoptarlo, le cambió el nombre. De manera que en la práctica, Jesús fue el segundo hijo. Nació el 7 de agosto de 1907 en Tezicapán, municipio de Zacualpan, estado de México. Antes que él nació Esperanza; después, llegaron Bertha, Francisca y Soledad.

Jesús tenía aproximadamente ocho años cuando su madre los abandonó y al poco tiempo murió su padre. Nunca perdonó el abandono materno. Pero además, los sufrimientos de su infancia guillotinaron de su garganta la voz a todo intento de contar esa etapa de su vida. Hasta donde sabemos, nunca habló de su niñez a nadie.

“Y ahora, ¿qué hacemos con estos niños?”. Un concilio de adultos, sus familiares cercanos, tomó decisiones drásticas. La primera fue suprimirles el apellido de quien no merecía que lo llevaran. En cambio, les pusieron el apellido materno de su padre. La segunda fue enviar a los cinco huérfanos a Orizaba, con Guadalupe Jaso, quien probablemente ofreció hacerse cargo de ellos. Llegaron a alterar la vida de doña Guadalupe, de Lupita, su hija, joven profesora de veintisiete años, y de Erminio, el hijo adoptivo, a quien ella rebautizó como Leopoldo en memoria del segundo hijo que tuvo con Bernardino y que perdió veintisiete años atrás. Así se llamó aquel niño durante sus dos meses de vida[1].

Los cambios de nombre fueron comunes entre la mayoría de los hermanos Castañeda Zagal. De los gemelos, a uno lo registraron como ‘Erminio’, y al año siguiente lo bautizaron como Juan Aurelio, de modo que ‘Leopoldo’ fue el cuarto nombre que recibió —y el definitivo. A Marcos le ocurrió algo similar: lo bautizaron como Ricardo Adulfo.

Ignoramos en qué momento Francisco Blas pasó a llamarse ‘Jesús’, su nombre conocido el resto de su vida. Para la hermana que le siguió, el primer nombre fue Susana. La misma semana del registro civil la llevaron a bautizar como Susana Bertha Margarita. De esos tres nombres, se le quedó ‘Bertha’. Finalmente, a la hija menor la registraron como Ninfa y la bautizaron como María Ninfa Soledad Juana. Cuatro nombres, de los cuales prefirió —o eligieron— Soledad. Únicamente Esperanza y Francisca tuvieron un nombre consistente.

Después del concilio familiar, Esperanza, Jesús, Bertha, Francisca y Soledad partieron de Tezicapán rumbo a Orizaba bajo la custodia de alguna tía cuyo nombre ignoramos. El viaje a Zacualpan, y de Zacualpan, a Toluca, fue un camino largo a lomo de bestia; experiencia a la cual los niños no estaban acostumbrados. Durante el trayecto lloraban con frecuencia. Una forma de acallar su llora consistió en asustarlos con los rostros desfigurados y lenguas de fuera de los colgados en las ramas de los árboles que encontraron en diversos tramos del camino. Esto ocurrió hacia 1916, cuando las facciones revolucionarias luchaban con encono y se daban muerte entre sí.

No existen registros del recibimiento que tuvieron en Orizaba. Sabemos que Guadalupe, hija mayor de Bernardino Castañeda y por ende, media hermana de los huérfanos, era tan —o más— enérgica que su madre. Era doce años mayor que Esperanza. A Jesús le llevaba catorce años. Leopoldo era solamente cuatro años mayor que él, pero la diferencia no radicaba tanto en la edad como en la actitud: Leopoldo se empeñaba en restregar en cara de los recién llegados su condición de hijo de familia y su engreimiento. Acaso no sabía que Esperanza, Jesús, Bertha, Francisca y Soledad eran sus hermanos porque a él lo apellidaron Castañeda Jaso, igual que a Lupita.

Suponemos que doña Guadalupe y Lupita se dieron cuenta desde un principio que el carácter y la edad de Esperanza, la mayor —rondaba los doce años—, resultaban demasiado problemáticos para intentar someterla, porque pronto hubo un arreglo para que fuera a vivir a Pachuca con sus medios hermanos. Es probable que Austreberto o Rosario solicitaran que así fuera. El asunto es que fue la primera que radicó en Pachuca, donde cursó estudios que años después culminaron con la carrera de profesora.

Sabemos que la suerte de Jesús y de Bertha fue distinta a la de su hermana mayor y a las menores, quienes se avinieron a su nueva circunstancia sin mostrar signos de rebeldía; además, al poco tiempo las internaron en un colegio de monjas. En cambio, Jesús y Bertha plantearon a su madrastra y a su media hermana una relación conflictiva. En consecuencia, los trataron con el rigor disciplinario en boga por aquellos años. Los castigos que recibieron fueron atroces, entre ellos, la combinación del físico con el psicológico: a cualesquiera de ellos le ordenaban ir a la tienda a comprar las varas de membrillo que después les romperían sobre las piernas.

Sobre la vida emocional de estos hermanos podemos suponer la angustia durante el castigo; el dolor y la depresión; sus rencores y sus sueños, sus añoranzas en medio de la tristeza. Tal vez se preguntaban por qué eran huérfanos o bien, cuál era la suerte de Esperanza, la hermana mayor que fue a dar a Pachuca. Bajo esas condiciones — aproximadamente cinco años— cruzaron por su tercera infancia e ingresaron a la adolescencia.

 

Conjeturas sobre una fuga

 

La rebeldía de Bertha fue castigada con una crueldad que le dejó huellas perennes en la piel. Jesús no soportó más y a los catorce años huyó. Su propósito fue dirigirse a Pachuca. Suponemos que se subió a un tren y que entre las horas de espera en las estaciones y las lentas travesías, llegó a su destino dos o tres días después. No sabemos si llevaba dinero para comprar comida; lo seguro es que cargaba con el sentimiento de culpa por la insubordinación y la huida. Ignoraba cuál sería la reacción de sus medios hermanos, sus tíos y demás parientes establecidos en Pachuca ante la escandalosa noticia de que había escapado.

Al llegar a Pachuca, su primer impulso le recomendó no buscar de inmediato a sus parientes, sino reconocer el terreno. El azar llevó a Jesús al panteón civil, donde consiguió trabajo y vivienda como simple mozo, de manera que empezó a convivir entre sepultureros y aguadores. No sabemos cuánto tiempo llevaba trabajando allí el día en que su destino dio un giro inesperado.

Era administrador del panteón civil don Luis Rodríguez Raz Guzmán, cabeza de una de las familias zacualpenses que emigraron a Pachuca en los decenios anteriores. Don Luis, más su esposa, tres hijos y el padre viudo vivían en la casa construida para el Administrador, a la entrada del propio cementerio. Enriqueta Berdeja Porcayo, su esposa, era media hermana del general Austreberto Castañeda, de manera que allí llegaba de visita el militar revolucionario cuando iba a Pachuca. Don Luis era su compadre.

El azar quiso también que allí el General encontrara a su medio hermano. Un mediodía Jesús se apareció en el patio donde don Luis agasajaba a su cuñado y compadre. Austreberto y Jesús se reconocieron. Jesús echó a correr.

––Traigan a ese muchacho ––ordenó el militar. Mozos y sepultureros salieron a perseguirlo. Don Luis quedó azorado y Austreberto explicó:––Compadre: ese muchacho es mi hermano.

Jesús llegó a rastras o casi, muerto de miedo. No sabía qué iban a hacer con él. Se sentía culpable sin serlo. El encuentro entre los hermanos fue estrujante. Don Luis comprendió todo sin mayores palabras y con la solemne autoridad que solía ejercer sobre su familia mandó llamar a Rafael, Enriqueta y Miguel, sus tres hijos.

––Chucho, óiganlo bien, es su hermano. A partir de ahora lo tratarán así, como hermano.

 

El oficio de impresor

 

Austreberto Castañeda, integrante de la facción obregonista del ejército y uno de los ocho medios hermanos que Jesús tuvo por la rama paterna, redimió a Jesús de la orfandad. Austreberto era diecinueve años mayor. Vivía la plenitud de su madurez y de su carrera; de manera relevante destacaban su jerarquía militar y don de mando. Esos factores influyeron para que el General se convirtiera a partir de entonces en una figura paterna para Jesús.

De esta manera Austreberto guió sus pasos y le abrió puertas a su siguiente empleo. Del panteón civil pasó como aprendiz a los Talleres Gráficos del Estado, donde su habilidad lo llevó a dominar en poco tiempo todas las funciones de la imprenta: desde la lava de rodillos y platinas de las prensas hasta la impresión, cuando ésta se realizaba manualmente, metiendo con la diestra el papel en blanco mientras la siniestra sacaba el pliego anterior. Ante las cajas tipográficas pasó de la distribución de caracteres móviles a la composición de textos para un nuevo impreso. Aprendió también el arte de la encuadernación, ahora casi extinto. Finalmente, allí cultivó amistades con jóvenes del gremio que perdurarían toda su vida.

Tras sus años de aprendizaje, Jesús decidió ser impresor. Hacia 1930 alcanzó el rango de oficial en los talleres gráficos, cuando ya había madurado la idea de independizarse. Nuevamente recurrió a su hermano y Austreberto lo ayudó a comprar una prensa, así como lo esencial para que montara su propio taller.

Empezó su trayectoria de impresor independiente en un local próximo a la cuchilla que forman las calles de Las Cajas y Agustín del Río, a espaldas de los ventanales que permitían ver y escuchar las prensas de los talleres gráficos estatales y cerca de donde Austreberto alquiló una casa para doña Margarita, su madre, antes de que le comprara casa en el callejón de Río de la Loza. La imprenta quedaba también a pocos pasos de la calle de Carpio, donde por entonces vivía el General con Ana María Rivera, su esposa, y sus primeros ocho hijos. La imprenta ocupó el mismo inmueble en que estaba la tienda del señor Barranco. La zona era conocida como El caballito.

 

APC (1) Ana Austreberto y  Jesus

Ana María Rivera, Austreberto y Jesús Castañeda circa 1930. Los niños probablemente sean Blanca y Gonzalo Castañeda Rivera.

Jesús tuvo una juventud enamoradiza. Entre las muchachas más significativas para su corazón estuvieron Gertrudis, de quien no sabemos nada más que su nombre, y Piedad, una veinteañera, tercera hija de una familia de siete que vivía dos callejones cerro arriba, en Rafael Lavista. Con Piedad Carrasco formalizó el noviazgo; pidió su mano y planeó el matrimonio.

A Austreberto le compró la parte sur del predio de Río de la Loza, donde sólo quedaban sus hermanas tras la muerte de doña Margarita, y trabajó con entusiasmo para construir su casa. Jesús encargó el proyecto a un ingeniero, quien propuso una edificación vertical de dos o tres plantas, para superar la irregular pendiente del cerro, pero durante los fines de semana él mismo cogía pico y pala para cavar cimientos y conformar terraplenes. Le entusiasmó la idea de sacar la cabeza en medio de aquella hondonada del callejón y tener un gran ventanal en la planta alta para ver enfrente la panorámica del cerro de San Cristóbal y la ciudad al sur.

Inexplicablemente Piedad cambió de parecer, fue impía con Jesús y rompió el compromiso matrimonial. Tan abrupta decisión lo lastimó profundamente. Pero como reza el refrán, un clavo saca a otro clavo: Jesús sufría ese nuevo abandono cuando a Pachuca llegó Bertha —quien para entonces era ya bailarina de teatros de revista— a visitar a sus hermanos, con una encantadora compañera de tablados. Los atractivos de esta mujer deslumbraron a Jesús, ella correspondió sus requiebros y él dejó todo, inclusive la imprenta, para irse con la amiga de Bertha en un viaje de despecho que se prolongó hasta que agotó sus ahorros para la fallida boda con Piedad.

Mientras tanto la imprenta entró en crisis. Los empleados no tenían idea de cómo suplir la ausencia del patrón y administrarla; por el contrario, se quejaron con todo mundo de que no recibían su salario. Corrían los primeros años del decenio de 1930; tiempos en que la crom[1] —organización obrera que antecedió a la ctm[2] atendía y respaldaba cualquier reclamo de los trabajadores, y los empleados de Jesús plantearon una demanda laboral. El caso merecía la requisa y remate de la imprenta para indemnizarlos. Como la ausencia de Jesús se prolongaba, Austreberto intervino y habló con los trabajadores:

Jesús Castañeda (izq.) y Onofre Azpeitia, impresor amigo suyo, ante la fachada del taller, recién establecido en la calle de Allende.

 

–– Yo no soy dueño de la imprenta.  Mi hermano es el que ordena––les dijo, y desactivóel conflicto laboral con los arreglos indispensables.  Cuando Jesús estuvo de vuelta, afrontó la situación y tomó nuevamente las riendas del taller, Austreberto completó su intervención, dáandole una buena reprimenda.

Fundación de El Arte Gráfico

 

Jesús se recuperó de aquella crisis emocional y en corto tiempo consolidó su pequeña empresa. Hacia 1933 pensó en la conveniencia de ubicarse en un lugar céntrico y alquiló un local sobre la acera poniente del primer tramo de Allende, calle cercana al mercado Benito Juárez por el norte y a la plaza Independencia por el sur. Allí quedó instalada la imprenta que subsiste hasta nuestros días. En 1989, tras la muerte de su padre, Jesús Alejandro. y Rolando, los hijos mayor y menor de Jesús Castañeda, se independizaron entre sí y ahora, sobre la misma calle existen dos imprentas frontales. La de Rolando se quedó con el local; la de Jesús Alejandro, con el nombre.

Jesús rompió la convención en boga —al menos en Pachuca— de bautizar con su apellido la imprenta que fundó.

 

Fundación de la familia

 

Tras un discreto y firme noviazgo, María Camerina Téllez Girón, una muchacha pachuqueña, y Jesús Castañeda Escobar se presentaron en la parroquia de la Asunción acompañados de los padres de ella y los testigos de ambos, para formalizar su intención de casarse. Esto ocurrió el 2 de agosto de 1935, a tiempo para que corrieran los trámites eclesiásticos de rigor. Cuando el párroco indagó por el consentimiento de paterno, don Abundio Téllez Girón y doña María Espinosa Herrera asintieron. Jesús declaró ser originario de Tezicapán, hijo de Bernardino Castañeda y de Margarita Porcayo, ambos difuntos. Una declaración creíble. Todo mundo sabía que era hermano del general brigadier Austreberto Castañeda Porcayo y que su domicilio era Río de la Loza 10, domicilio donde también vivían Rosario Castañeda Porcayo y Esperanza y Francisca, sus hermanas, más Leonor Berdeja, hija soltera de doña Margarita.

Jesus y Esperanza circa 1931

Por parte de la novia atestiguaron su identidad, religión y celibato los abogados Luis Pérez Reguera y Horacio Ramírez Reyes. Como testigos, acompañaron al novio Armando Madariaga, tipógrafo, quien declaró conocerlo desde que fueron compañeros de taller, y Rafael Rodríguez Berdeja, uno de sus tres hermanos por decreto cordial, quien declaró que conocía a Jesús “hacía cerca de veinte años, con motivo de haber vivido juntos desde Tezicapán”. Otra mentira creíble.

La boda se efectuó mediante las ceremonias civil y religiosa el 21 de agosto de 1935, día en que la novia cumplía 25 años. En el Registro Civil, Jesús declaró sus antecedentes en los mismos términos que lo hizo 19 días antes en la iglesia. La novedad más significativa fue el hecho de que sumara como testigos a Porfirio del Castillo, a Francisca Islas Vda. de Castañeda, su tía, a su primo Carlos Toribio Castañeda Islas; así como al doctor Gonzalo Castañeda Escobar, hermano de su padre y a su esposa, María Luisa Olea de Castañeda.

Austreberto, quien había acompañado a su hermano a pedir la mano de María Camerina, no estuvo presente en la boda. Se lo impidió una misión militar distante de Pachuca. Compensaron esta ausencia sus hermanas Soledad y Bertha quienes viajaron desde Orizaba y México, respectivamente. A Soledad la acompañaron Antonio Arana, su esposo, y su pequeña hija, María Teresa. Presumiblemente en esa ocasión Bertha llegó sola. Francisca, también presente, radicaba en Pachuca desde hacía cuatro años. Esperanza no sólo asistió: esa mañana vio salir a su hermano en traje de novio de la casa donde convivieron varios años.

Con motivo de la boda de Jesús, los hermanos Castañeda Zagal se reunieron en Pachuca nuevamente, alrededor de veinte años después. Sobre la escalera, en el plano intermedio, Bertha, Jesús y Esperanza; al frente, Soledad y Francisca. Al fondo, en el corredor de la casa de Río de la Loza 108, tras las flores de una maceta se aprecia a Camerina, a la sazón novia de Jesús, quien sostiene en brazos a María Teresa Arana, la primogénita de Soledad y de Antonio Arana —de corbata y saco blanco—, quien espera que fotografíen a los cinco hermanos.

Jesús y María Camerina fundaron una familia de cuatro hijos: Jesús Alejandro, Sergio, Hilda y Rolando, quienes nacieron entre 1936 y 1942. Durante casi veinte años la familia vivió en la casa que Jesús edificó en Río de la Loza, y en 1953 se mudó a las plantas superiores construidas en el mismo predio donde fundó El Arte Gráfico.

Desde un principio, El Arte Gráfico reflejó no sólo las inquietudes estéticas del impresor, sino también del grupo de amigos que la frecuentaba. Entre ellos, los poetas Bibiano Gómez Quezada, Genaro Guzmán Mayer y Rogelio Meraz Rivera; los periodistas David López y López y Ernesto R. Ahumada; Adrián Guerrero, editor de El Observador; Rafael Rodríguez Berdeja, impresor y periodista; Medardo Anaya Armas, pintor; Tomás Fonseca y el profesor Salvador Salgado.

Todos compartían un ambiente festivo y bohemio donde también hacían efervescencia inquietudes sociales y políticas. No es extraño, por tanto, que tres años después de fundar El Arte Gráfico surgiera el proyecto de hacer un periódico. Al respecto, en agosto de 2005 Anselmo Estrada Alburquerque, periodista pachuqueño, publicó un artículo que describe el nacimiento de Renovación: [1]

 

En 1936 nació en Pachuca un nuevo periódico con maquinaria más moderna que el vespertino El Observador. [Con] el empuje de combatientes revolucionarios y la técnica tipográfica de un entusiasta impresor: Jesús Castañeda Escobar, el coronel Porfirio del Castillo, el diputado constituyente de 1917, Rafael Vega Sánchez y Luis Ramírez Cruz crearon el periódico Renovación que, en sus inicios, fue dirigido por el último de los citados, autor del lema romántico digno de la época: “Acallad a la prensa y habréis amordazado al heraldo de la conciencia pública”.

Renovación

Los voceadores de Renovación

 

El lunes 6 de julio de 1936 apareció la primera edición de Renovación que, de semanario, se convirtió en pocos años en bisemanario y trisemanario, con seis v ocho páginas, secciones de información general, sobre todo política, así como de artículos editoriales y trabajos de poesía. La nota roja[2], que en ese tiempo no era tan prolífera como ahora, ocupaba en casos excepcionales la primea plana.

 

Hace 20 años, en entrevista, don Jesús Castañeda reveló que e! nombre de Renovación fue escogido porque en la década de 1930 no podían expresar libremente las ideas. Meses antes del nacimiento de Renovación había cerrado el periódico El Yunque, que dirigían Rafael Vega Sánchez y el coronel Porfirio del Castillo, un tanto porque resultaba incosteable y otro por las presiones políticas que ejercían funcionarios del gobierno del Estado y algunos caciques.

 

Por esa razón, los colaboradores de Renovación se afanaron por mejorar el periodismo informativo…

 

Los principales redactores en la etapa inicial fueron los integrantes de ese grupo. La función de gerente la alternaron varios de ellos y Jesús Castañeda fungió la mayor parte del tiempo como director y editor.

Renovación se formaba a mano. Tres o cuatro empleados levantaban —es decir, componían con tipos móviles de 8 y 10 puntos— los textos de noticias y columnas. Durante muchos años, el formador fue Vicente Ruiz Guijarro, El Loro. Federico Pérez fue uno de los cajistas. Multitud de originales informativos, literarios y de opinión salieron de la única máquina mecanográfica de que dispuso la redacción de El Arte Gráfico durante mucho tiempo: un regalo de Francisca, hermana de Jesús, quien la adquirió con el primer pago de sus salarios acumulados como secretaria de los Servicios Coordinados de Salubridad.

Al principio, los pliegos del periódico fueron producto de las prensas que soportaban el ramal donde cabían dos planas. Conforme la imprenta progresó, Jesús adquirió una prensa horizontal donde era posible imprimir cuatro planas a la vez.

Hacia 1940 Jesús compró el predio que le había alquilado a la señora Ángela Jiménez Cornejo Vda. de Mejía. Sólo durante un año pasó el taller a un local en la acera de enfrente, donde trabajó mientras edificó la planta baja, destinada a la imprenta, con sólidos cimientos y columnas, previstos para edificar después la casa familiar Castañeda Téllez Girón.

 

Madurez y estabilidad

 

Asombra la consistencia con la cual Jesús Castañeda fue alcanzando las metas que se propuso, sobre todo, si se toman en cuenta sus desventajosas circunstancias iniciales. Uno a uno, dio pasos que consolidaron el rumbo de su vida, su economía, su familia y su personalidad misma. Fue impresor porque se lo propuso. Pudo conformarse con eso, pero pronto cambió su condición de empleado para emprender su negocio. Su matrimonio fue para toda la vida, lo mismo que sus afectos y amistades.

La pobreza de sus primeros años fue material, no moral; luego, tuvo bases para ser esencialmente un constructor. La carencia de afecto durante su infancia no canceló su capacidad de dar y recibir amor. La falta de escolaridad no derivó en limitaciones; supo aprovechar las oportunidades que tuvo. El abandono y el maltrato no amargaron su carácter; mostró siempre un talante festivo y sonriente, pleno de ingenio y sentido de humor para convivir con familiares y amigos. La dureza disciplinaria no lo curtió; si bien fue un padre y un patrón estricto, a la postre revelaba su empatía y su disposición a comprender.

Un día apareció por Pachuca una mujer que tuvo noticias de que allí vivían Esperanza, Jesús y Francisca, y fue a buscarlos. Se llamaba Guadalupe Zagal. Ignoramos los pormenores; sólo sabemos que Jesús fue el primero en negarse a verla. Lo mismo hicieron sus hermanas. Este rechazo fue congruente con una renuncia previa en lo profundo de su corazón y con su silencio absoluto sobre todos los episodios de su infancia.

En el curso de su vida, Jesús Castañeda se sobrepuso a otros tragos amargos. La inundación que sufrió la ciudad de Pachuca el 24 de junio de 1949 fue uno de ellos. Ese día, la familia Castañeda Téllez Girón andaba de paseo por Puebla para celebrar el onomástico de Jesús, fiesta movible que coincidió con el día de San Juan.

Hacia las cinco de la tarde comenzó el aguacero. Durante varias semanas Pachuca había sufrido una acusada sequía, de manera que parecía una bendición la lluvia que derivó en tromba. En los cerros del norte se generó un caudal cuyo cauce debió ser el río de las Avenidas, convertido entonces en un ducto acanalado que cruzaba la ciudad de norte a sur. Nadie se dio cuenta que el cauce estaba obstruido con la lenta acumulación de basura y desperdicios arrojados desde el mercado Benito Juárez, punto donde se desbordaron las aguas. La corriente borrascosa se encauzó por las calles aledañas, Hidalgo y Allende, principalmente.

A cincuenta metros de la zona oriente del mercado, los empleados de El Arte Gráfico vieron cómo el nivel del agua comenzó a subir; bajaron la cortina metálica y ascendieron por la rampa que utilizaban los albañiles. Desde la planta alta observaron cómo la calle de Allende se convirtió en río que arrastró personas y puestos aledaños al mercado.

Los Castañeda Téllez Girón estaban en pleno festejo cuando Jesús recibió la noticia. Regresó de inmediato. La imprenta sufrió serios daños. Quedaron averiados los motores de las máquinas impresoras que estaban a ras del piso. De esta forma, el acontecimiento que en Renovación debió ser la gran noticia, fue la causa que anuló las condiciones materiales para publicar el periódico.

El hueco informativo que Renovación dejó, lo ocupó al día siguiente El sol de Hidalgo, cuyo primer número, impreso en México, apareció al día siguiente con textos e imágenes sobre el desastre.                                                                                                                              

Renovación luchó por mantener su sitio en la preferencia de los lectores, pero la competencia fue avasalladora. Con ánimo de modernizar la imprenta y continuar en competencia, Jesús adquirió un linotipo; recurso que dotó al periódico de mayor inmediatez entre los hechos y la publicación de las noticias. Para ello, Gabriel Castelán, el linotipista, ponía todo su empeño, pero con el tiempo Renovación fue decayendo. Después de haber sido diario, volvió a ser bisemanario, luego semanario y publicación irregular. Los propios colaboradores decían que terminó siendo un periódico religioso porque salía cuando Dios quería. La edición postrera apareció en 1970.

 

Los frutos otoñales

 

El paso del tiempo consolidó a El Arte Gráfico como imprenta para todo orden de publicaciones. Por otra parte, fue la escuela donde aprendieron el oficio los hijos y varios sobrinos de don Jesús.

Entre las decenas de miles de impresos que ha producido es posible destacar un tema recurrente: la difusión sobre la vida y obra de los ancestros Castañeda. Como ejemplos significativos conviene mencionar el folleto in memoriam sobre el licenciado Amador Castañeda Jaimes en su tercer aniversario luctuoso; el obituario sobre el general Austreberto Castañeda; la síntesis biográfica del doctor Gonzalo Castañeda Escobar y en los tres años recientes —2011-2013—, las ediciones progresivas del libro que contiene el manuscrito de don Juan Castañeda Popoca y el Diccionario Castañeda, la primera de las cuales constó de 200 entradas y la más reciente, de 430.

Otro aspecto de la consolidación de su vida consistió en poner en orden su patrimonio. En el caso del predio donde fundó su imprenta y su casa, con todo y haberlo adquirido desde el decenio de los cuarenta, don Jesús formalizó la escritura correspondiente más de cuarenta años después, el 9 de enero de 1985.

Acaso lo hizo porque conforme avanzaban los años sintió minada su salud. Lentamente disminuyeron las manifestaciones de su gusto por la vida, fiestas, comidas y tragos con amigos; bromas, risas y coches. Su primer automóvil lo adquirió en los cuarentas, y una de sus satisfacciones era renovarlo, no tanto porque hubiera caído en el consumismo de poseer últimos modelos, sino porque hubo años en que le gustó un modelo en particular.

Tuvo la satisfacción de ver a sus cuatro hijos casados, así como de convivir con sus nietos y de celebrar sus bodas de oro más tres años adicionales. Sus últimos meses de vida estuvieron afectados por un carcinoma que se le extendió sobre las vías respiratorias.

Jesús Castañeda Escobar [Zagal] murió en Pachuca, el 7 de abril de 1989.

 

Este trazo biográfico se nutre de la historia oral que nos han legado Esperanza Castañeda Zagal (1905-1993) Enriqueta Rodríguez Berdeja (1909-1991), Miguel Rodríguez Berdeja (1912-1990), Francisca Castañeda Zagal (1912-1998), Jesús Alejandro Castañeda Téllez Girón y de manera relevante, Margarita Castañeda Rivera.

Rafael Rodríguez Castañeda

Montaje en ancestroscastañeda: Ricardo Castañeda Guzmán


[1].  Anselmo Estrada Alburquerque 7 de agosto de 2005, Milenio Hidalgo, p. 12.

[2]. Periodismo especializado en dar cuenta de accidentes fatales, delitos y asuntos policiales.


[1]. Siglas de la Confederación Regional Obrero Mexicana.

[2]. Siglas de la Confederación de Trabajadores de México, surgida en 1936.


[1]. Leopoldo Castañeda Jaso (n. Ago. – m. 28 Oct. 1888).

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