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Cien años

Existen momentos en los cuales uno desearía vivir por una eternidad y en otros, no existir un segundo más.

Aunque cien años no sean una eternidad, a mí me parecen un largo término para una vida, considerando que a mis 66 años les falta todavía sumar otra mitad para acercarme al centenario.

Para que alguien marque su edad con el primer número de tres dígitos es condición indispensable que se cumplan satisfactoriamente muchas variables. Las esenciales son salud, familia, finanzas, estado mental, elección espiritual, nutrición, cuidado médico y no sumarse a la estadística de la mala suerte; no estar en un sitio donde ocurran desgracias ni vivir en medio de conflictos humanos graves, como los que desembocan en guerras.

Realizar una existencia

En 2010, durante una visita a Pachuca, Hidalgo, mi primo hermano Jesús me hizo saber que aún vivía una de los trece hijos que tuvieron mis bisabuelos Amador y Francisca. Se refirió a ella como “la tía Elena”, quien tenía entonces 96 años y vivía por Ciudad Satélite en Naucalpan, estado de México. En respuesta a mi interés por conocerla me ofreció indagar si sería posible visitarla, y después de un par de llamadas telefónicas, concertó la visita.

Mi tía abuela, como puedo referirme a la hermana de mi difunto abuelo, se llama Elena Laura Castañeda Islas y nació en Pachuca, Hidalgo, el 18 de agosto 1914 a las dos de la tarde. Fue hija legítima del licenciado Amador Castañeda Jaimes y de María Sabas Francisca Islas Montaño.

En la siguiente foto, tomada en 1931, aparece Elena con sus padres, Lic. Amador Castañeda 1 y Francisca “Pachita” Islas, más siete de sus hermanos.

 

De izquierda a derecha Laura, Elena, Esperanza, Oscar, “Pachita”, Amador, Jorge (camisa blanca), Carlos, Raúl y Enrique.

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1935 Ene 20 Elena original (1) - Copy

Elena el 20 enero 1935

Llegamos a su casa y después de intercambiar las formalidades del primer saludo, nos sentamos alrededor de la mesa. En la consecuente plática comprendí el valor de su presencia. Tía Elena representa un nexo familiar con el pasado; con mis ancestros.

Tía Elena fue la novena de una familia de trece hijos. A la edad de veintidós, dos años después de la muerte de mi bisabuelo, ocurrida en 1934, contrajo matrimonio con Jesús Mendoza Roldán. En los años siguientes nacieron Roberto, David y Magda, sus hijos. David murió a temprana edad.

Jesús y Elena 20 julio 1937

Un día tía Elena supo que su marido era mujeriego, pero la gota que derramó la copa fue la noticia de que se había vuelto a casar sin haberse divorciado de ella. Tras la separación, encargó a sus dos hijos con mi bisabuela para ganar con qué sostenerlos y entró a trabajar como secretaria a la agencia estatal de Recursos Hidráulicos en Pachuca.

Al poco tiempo se mudó a la Ciudad de México para trabajar en el despacho de Raúl Remigio, su hermano, quien era abogado. Luego ingresó a Teléfonos de México. El empleo estable le dio oportunidad de rehacer su familia, casó con Alfonso Pliego. La pareja alquiló una casa en la calle de Villalongín de la colonia Cuauhtémoc, a pocas cuadras de su trabajo, y ella llevó consigo a sus hijos. El matrimonio con Alfonso tuvo altibajos. En uno de los momentos críticos se divorciaron… para volver a casarse tiempo después. Vivieron en pareja alrededor de cinco años.

En la cotidiana lucha por satisfacer las exigencias familiares y ajustarse al horario de su trabajo transcurrió casi un tercio de la vida de Elena Castañeda Islas. Fueron treinta años, tiempo en que sus hijos se volvieron adultos, la Ciudad de México se transformó en metrópolis y la empresa creció en el esfuerzo por cubrir la incesante demanda de servicio telefónico en la Capital y en el país. Después de cumplir una vida laboral ininterrumpida obtuvo su jubilación.

Elena Castañeda Islas con Roberto y Magda, sus hijos, 11 mayo de 2014.

Los ahorros de su retiro los invirtió en la compra de una casa por el rumbo de Ciudad Satélite; y la energía de trabajadora recién pensionada la dedicó en buena medida a colaborar en la organización de las actividades sociales y recreativas en el recién abierto Parque Naucalli, donde además se inscribió en los cursos de inglés. Tía Elena participó tan activamente que en plena tercera edad la eligieron por simpatía como reina en los festejos anuales de los clubes para adultos mayores del Naucalli.

En la misma casa, cercana al Naucalli, vive actualmente con Magda, Elena y Ericka, hija, nieta y bisnieta, respectivamente. Roberto 2, su hijo, la visita con frecuencia. Este 18 de agosto 2014 significa un cumpleaños singular: mi tía Elena se convierte en centenaria. Este acontecimiento nos induce a comprender el valor de la longevidad de una vida plena, mientras disfrutamos de su presencia.

Elena Laura Castañeda Islas celebra su centésimo cumpleaños rodeada de sus dos hijos, seis nietos, diez bisnietos e innumerables familiares consanguíneos y políticos.

De izquierda a derecha; bisnieta Ericka, centenaria Elena, nieta Elena e hija Magda en mayo 2014

El centenario la sorprende también convaleciente de una fractura en la cadera que sufrió el año pasado a consecuencia de un resbalón, y que gracias a los cuidados y el cariño de su familia inmediata, así como a la atención de su doctora, supera poco a poco.

Longevidad

Dentro de nuestra familia existieron varios nonagenarios que no cumplieron los cien años, pero el reconocimiento a la larga vida de mi tía Elena me da la oportunidad de mencionar a otros longevos como Alva Castañeda Lara, quien ahora disfruta de sus 102 años de edad; a Antonio, Margarita (Margo) y Petra, quienes están en buena marcha para llegar a esta meta cronológica.

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Alva Castañeda Lara, n. 20 abril 1912. Actualmente tiene 102 años. Alva y Elena son primas hermanas, hijas, respectivamente, de los hermanos Justiniano y Amador Castañeda Jaimes.

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Dr. Antonio Castañeda García n. 17 enero 1921, 93 años

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Magos Sept 2011

Margarita (Mago) Castañeda Rivera, n. 14 abril 1921, 93 años. Cortando el pastel de la asamblea Castañeda 2011.

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Petra Castañeda Gómez, n. 1923. Actualmente tiene 91 años.

 Petra Castañeda Gómez  3

 

Ricardo Castañeda
Edición: Rafael Rodríguez

Cartelera de tres cines

Treinta años en Pachuca (1945-1975)

De mi primera matiné sabatina salí levitando. Como en mis sueños recurrentes, a los once años casi volaba al correr en una exultación que potenciaron varios elementos: el permiso para que asistiera solo a la función; la fascinación de Tres lanceros de Bengala; el contraste entre la oscuridad de la sala y el cielo azul (habitualmente abandonábamos el cine cuando ya era de noche); el alegre cruce de la plaza Independencia a la una de la tarde y sobre todo, la persistencia del deslumbramiento cinematográfico. Así se produjo tal regocijo de libertad.

Era costumbre que algún plantel en apuros recaudara fondos mediante matinés cinematográficas. Un par de mujeres, a quienes mentalmente identificaba como “las señoritas Iracheta” visitaba la escuela para exhortarnos, aula por aula, a asistir a la función, que usualmente ocurría en el Reforma o en el Pineda, las salas de mayor cupo. Me quedó la imagen de la más sonriente de ellas. Tras sus gruesos anteojos nos miraba al hablar maravillas de tres películas de aventuras. Repartía programas impresos en tiras de colores y vendía boletos. Cuarenta centavos en luneta; veinticinco en anfiteatro y veinte o quince —no recuerdo— en galería. Mi tía Rosita, que era maestra, seguramente comprendía que aquella publicidad me despertaba un entusiasmo estéril. Si acaso llevaba dinero para el recreo, mis recursos no pasaban de cinco centavos y solo de vez en cuando circulaban por mis bolsillos opacas monedas de a diez, acuñadas con níquel, o las que valían el doble. La teotihuacana pirámide del sol troquelada en cobre. Seguramente fue mi tía quien compró el boleto para esa matiné.

Antes que mi asistencia al cine se volviera una práctica más o menos frecuente, el alucinante vuelo entre realidad y ensueño al término de la función, lo repitieron Chaplin, el Gordo y el Flaco, Palillo Vargas Heredia y una película heroica que concluía con la marcha de Pompa y circunstancia.

Cuatro años después comenzó otra etapa: constantemente la cartelera me producía la tentación de desafiar a la autoridad religiosa. A casa llegaba una revista católica cuya sección más atractiva era el índice expurgatorio de películas. De las sucesivas ediciones surgían graves advertencias debido a títulos escandalosos, sobre todo si incluían adjetivos reprobantes o palabras tales como ‘deseo’, ‘vicio’, ‘mujer’ y sus sinónimos. Eso me parecía razonable, pero que vetaran también los nuevos episodios de héroes insospechables me indujo a cuestionar el criterio censor. Una tarde, por fin, corrí el riesgo: El bruto, de Buñuel, me sirvió para soltar amarras de los remordimientos y pagar el enganche de mi liberación.

ElBruto53.jpg

Tras la irrupción del rock en 1954 llegó un torrente de películas cuyos protagonistas eran jóvenes de nuestra edad. El Reforma exhibía las extranjeras, en inglés y con subtítulos; el Alameda proyectaba cinematografía nacional. Filmaciones hechas a la carrera con actores y grupos juveniles cuya calidad o talento era lo de menos. Había exceso de copetes y chamarras de cuero; presumían modas imitables, desinhibidos pasos de baile, navajas de muelle más automóviles descapotados y motos, que estaban fuera del alcance de la gran mayoría. De cualquier manera, el alud de desplantes de rebeldía contra las convenciones que vimos en las pantallas del Alameda —antes llamado ‘Pineda’—, el Iracheta y el Reforma, poco a poco influyó nuestro comportamiento.

No todo se centraba en la función como espectáculo: el atractivo dejó de radicar sólo en las películas y los domingos por la tarde importaba también el acto presencial en alguna de esas tres salas cinematográficas, sub-universos de una ciudad como Pachuca, donde los estudiantes constituíamos, si no un estrato, al menos una categoría temporal. Nos clasificaban los escasos años y el desparpajo antes, durante y después de la función. Al ingresar a la sala, corríamos por los pasillos al abordaje de las butacas centrales o cerca de donde estuvieran sentados los cuates; nos distinguíamos por echar relajo, burlarnos de las escenas lacrimógenas de argumentos pretendidamente sentimentales y declarar ruidosamente nuestro amor por actrices que casi siempre desempeñaban papeles estelares. Resultábamos detestables para las personas mayores y las familias que asistían a la misma función.

En el caso individual de cada estudiante, tal comportamiento se transformó en seriedad casi solemne si invitaba a su novia o le interesaba encontrar entre las múltiples jovencitas a una en particular. Era frecuente que el estudiante en cuestión llegara al cine de saco y corbata. A diferencia de las ciudades donde muchachos y muchachas coquetean a la ronda del jardín central, los vientos vespertinos de Pachuca estropean el disfrute de cualquier paseo e imponen al cortejo juvenil escenarios a resguardo del frío. Por aquellos años, tales escenarios fueron las salas cinematográficas. Para cualquier interesado, los minutos de espera antes de la función y los intermedios servían para buscar con la mirada, y tras el contacto visual, para enviar sonrientes saludos y al final, con buena suerte, abandonar el asiento entre los cuates para acercarse y saludarla.

Este ejercicio —digamos— sentimental, no desplazaba del todo el interés por la película. Como ante cualesquiera de las artes, la mayoría se quedaba en la superficie, es decir, en la historia fílmica. Esta percepción evolucionaba poco a poco cuando comenzaba a identificar a actrices y actores por su nombre, a apreciar la música, distinguir el estilo de la dirección y finalmente, razonar sobre lo que hoy se llama el paradigma del argumento.

Cine Reforma.  Matamoros y Plaza Independencia, Ca. 1950

 

Si hablo de cultura cinematográfica, de una actitud consciente y crítica ante las películas que los cines de Pachuca exhibieron en mis años de estudiante, debo reconocer que durante mucho tiempo fui un espectador unilineal y atento a medias, hasta que oí a mis compañeros de butaca pronunciar con familiaridad y soltura el nombre de los actores secundarios, en los que de otro modo nunca me hubiera fijado. En High society, por ejemplo —filme donde solamente tuve ojos para Grace Kelly y oídos para Satchmo—, aprendí a identificar a un par de actores y cantantes cuyos nombres eran Bing Crosby y Frank Sinatra. 1-3High-Society-Poster

Según el tiempo que podía dedicar a la cinematografía, la cartelera de tres cines me ofreció opciones suficientes para asistir, en el curso de un año, exactamente a cien funciones.

Este es el momento y el lugar para hacer una digresión y rendir homenaje a los Trejo Anaya, mis amigos y vecinos, cuyo padre desempeñó por entonces el cargo de síndico del Municipio. Como tal, recibió un pase de cortesía para dos personas a los cines de Pachuca. Estoy seguro que fui el mayor usufructuario de ese pase.

Era usual que los domingos Raúl y yo presenciáramos dos funciones. En el Reforma, a las cuatro de la tarde, dos películas, y a las ocho, en el Iracheta, veíamos al menos la de estreno. Durante la semana hábil, las horas libres del horario escolar vespertino daban ocasión de que me escapara al cine. Cualquier sala distaba, si mucho, cuatro cuadras, inclusive la plaza del Reloj, que cruzaba oblicuamente en menos de treinta segundos.

Cine Iracheta.  Esquina de Guerrero y Doria. Ca. 1942.  Foto: F. Rivemar

 

Un año de cien funciones no significa que haya visto ciento cincuenta películas. Era capaz de volver el segundo y el tercer día a la misma función cuando alguna película me gustaba particularmente. Un analista dijo que ir al cine con tanta frecuencia obedece al deseo subconsciente de evadir la realidad. Nunca lo creí. En mi caso fue tal vez la ávida expectación adolescente por la desnudez femenina y la insinuación de tramas carnales —por entonces no estaba permitido más—; la búsqueda de novedades o un genuino interés por el séptimo arte, cuyos argumentos condensaban datos y noticias que no encontraba en otra parte.

Pasó el tiempo y dejé de ser cinéfilo asiduo. El discurso cinematográfico de hoy es otro. Engolosinado por la tecnología, ha dejado de lado la gramática de aquellos realizadores, que no precisaban de efectos especiales para revelar la índole humana, sus sueños y obsesiones. El cinematógrafo de entonces me ofreció incesantes novedades. Hoy, salvo excepciones, muestra con alarde tecnológico aburridas variaciones sobre los mismos temas.

Tampoco existe ya ninguno de aquellos cines. Al multiplicarse la producción fílmica, aquellos cines resultaban claramente insuficientes. Con tan diversa y abundante oferta industrial en sus manos, los empresarios trocaron la concepción de la gran sala, a la usanza de los teatros y las casas de ópera, por cuchitriles infames. Durante algunos años fue común que convirtieran elegantes paraninfos en seis u ocho cajoncitos de exhibición, cada cual con una pequeña pantalla y un ambiente asfixiante. Hoy, en lugar de una cómoda butaca, mi asiento es —lo digo con una especie de vergüenza— la nostalgia.

2007 Plafon Cine Iracheta

2007 Plafón Cine Iracheta.  Foto por Rafael Rodríguez Castañeda

Todo recuerdo apela a los sentidos que lo registraron. La vista y el oído en el caso de filmes memorables; la visita al lugar, si se trata de evocar el sitio preciso donde estuvo el escenario de tantas emociones juveniles. En Pachuca, para mí esos lugares se reducen a aire, comercio y ruinas: es posible que me ubique en un punto de la plaza Independencia y diga: “Aquí estuvo el Reforma”. Si me ubicare entre ciertos anaqueles que expenden ropa y aparatos, diría: “Esto fue el Pineda, convertido en cenizas y luego, en cine Alameda y Variedades”. Sólo en el caso del Iracheta existen vestigios para imaginar su discreto decoro estético. En la modesta nave, hoy convertida en estacionamiento, queda el plafón escarapelado y sucio, así como la herrumbrosa estructura de lo que fue techo del foro —si se puede llamar ‘foro’ al sitio donde colgaba la pantalla.

A la congoja frente a tales ruinas le queda el consuelo de saber que no es la única antigua sala cinematográfica del planeta cuyo cascarón sirve hoy como paradero de automobiles a quienes van al centro historico de una ciudad.  Lo mismo ocurrió, por ejemplo, con el teatro Michigan de Detroit, según el testimonio que nos da la escalofriante foto de Stan Douglas.

Michigan Theatre de Detroit. 1999. Foto de Stan Douglas.

Lo demás son fantasmas, imágenes borrosas, disolvencia.

 

Rafael Rodríguez Castañeda

Edición: Ricardo Castañeda Guzmán

 

MÁS SOBRE LOS CINES DE PACHUCA:

Cine Iracheta

http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2626921.htm

Cine Reforma

http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2269070.htm

Cine Alameda

http://www.cronistadehidalgo.com.mx/index.php/articulos/77-los-cines-de-mi-pachuca

 

Video

¿Qué tiene que ver el siguiente video con Ancestros Castañeda?

Directamente, nada; indirectamente, mucho, porque corresponde a mis deseos de que sirva como puente entre los artículos que hasta ahora he publicado y los futuros: estoy preparando diversos artículos resultantes de mis recientes investigaciones, tanto las documentales como la de campo. Entre las primeras, recopilo datos sobre los hijos de Nicolás de Castañeda, quienes vivieron hacia los fines del siglo XVIII. Entre las segundas, obtuve nueva información sobre el Rincón de Castañeda en Zacualpan, tres pesos que Juan Castañeda heredó, más otros datos resultantes del reciente viaje a Zacualpan, Edo. De México, durante la primera quincena de mayo de 2014.

De regreso en casa

En abril ya había cumplido con las tareas que me imponen sus lluvias cuando salí rumbo a México. Regresé a casa trece días después a encontrarme con lo que la primavera me ofrece gratuitamente cada año.

Durante este pequeño lapso de dos semanas, los arbustos que rodean el lugar donde vivo se prenden con flores que brillan como árbol de Navidad cuando se encienden sus focos.

En ciertos árboles, arbustos y plantas de los cuales muestro algunos, brotan flores que son deleite y alimento para el colibrí y la mariposa. En el video que presento se pueden ver ambas maravillas, en intercambio simbiótico con lo que la naturaleza les ofrece.

Del colibrí[1] siempre me ha fascinado su diminuto tamaño y poderoso vuelo, lleno de acrobacias. El video nos enseña al macho de color cafecito, la hembra con su espalda verde y pecho gris y a un polluelo posado en una rama.

El Colibrí es conocido en las Américas por varios nombres, tres de ellos me llaman la atención. Estos siendo uititsilin en Nahuatl, biulú en Zapoteca y tzintzunzin en Purepecha.

“Los mayas[2] más viejos y sabios, cuentan que los Dioses crearon todas las cosas en la Tierra y al hacerlo, cada animal, cada árbol y cada piedra le encargaron un trabajo. Pero cuando ya habían terminado, notaron que no había nadie encargado de llevar sus deseos y pensamientos de un lugar a otro.

Como ya no tenían barro ni maíz para hacer otro animal, tomaron una piedra de jade y con ella tallaron una flecha muy pequeña. Cuando estuvo lista, soplaron sobre ella y la pequeña flecha salió volando. Ya no era más una simple flecha, ahora tenía vida, los dioses habían creado al x ts’unu’um (colibrí)”.

De la mariposa[3], uno puede decir que su fragilidad y delicadeza, junto con sus variantes colores y tamaños, la convierten en una criatura ante la cual lo único que uno puede hacer es admirarla.

Para quien conoce de flores, el film de la mariposa que está embebiendo néctar fue tomado en septiembre del año anterior. Aun así, a este tipo de mariposa la reconocí este mayo 2014, sin cámara en mano, por solo unos minutos, un día en que la temperatura había subido.

 

 

 

  “La profundidad del pensamiento esta dentro de la contemplación”.

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición: Rafael Rodríguez Castañeda

 

 

 

[1]http://es.wikipedia.org/wiki/Selasphorus_rufus

[2] http://comoeneltianguis.com.mx/2012/07/14/la-leyenda-maya-del-colibri/

[3]http://en.wikipedia.org/wiki/Papilio_rutulus

A Carmen Castañeda Olea en el centenario de su nacimiento 22 abril 1914 – 8 noviembre 2012.

Presentación

La tecnología progresa como si estuviera bajo la influencia de una inyección de esteroides. No nos da respiro para absorber completamente su última invención. La velocidad de los cambios es mayor que nuestra capacidad para asimilarlos.

En mi experiencia personal nada substituirá la sensación de tomar un libro, sopesarlo, sentir la textura de sus hojas y tener la satisfacción de leer desde la primera hasta la última página.

A través de los siglos el libro ha sido una de los soportes más prácticos y eficientes para expresar y transferir información —textos, dibujos o fotografías— sin tener que articularla y expresarla en persona. Pero ahora, dentro del mundo virtual, los avances tecnológicos metamorfosean a este viejo amigo en soportes más asequibles que en inglés conocemos como ebook[1] y su primo, el blog[2].

Mis primos Claudia Infante Castañeda, Rafael Rodríguez Castañeda y yo deseamos compartir con los lectores de este blog un documento que Claudia editó en una revista académica en 1990[3] y Rafael y yo conocimos en forma de e-book digitalizado por Google. Me refiero a un memorial sobre la higiene en los trabajos mineros subterráneos elaborado en 1896, cuyo autor fue el doctor Gonzalo Castañeda Escobar [4]. Ahora presentamos nueva información y profundizamos el análisis.

 

El encuentro

Soy originario de Pachuca, Hidalgo, ciudad mexicana de larga tradición minera cuyo subsuelo cruzan numerosos túneles que se extienden por largas distancias. Por esta razón no solamente soy referido como pachuqueño, sino también como tuzo. Por tanto, me identifico con la metáfora del tuzo[5], mamífero roedor que cava en la oscuridad en busca de raíces. He tenido que excavar en los archivos para encontrar información sobre nuestros ancestros Castañeda.

El 30 de diciembre de 2013 recibí el comentario de una investigadora de la UNAM sobre la biografía publicada aquí en marzo de 2013, quien preguntaba si existía una versión más amplia del trabajo del Dr. Castañeda cuyo título original fue Higiene Minera Subterránea.

La pregunta me reveló una carencia en mis archivos. De inmediato consulté a mis primos Claudia Infante Castañeda y Rafael Rodríguez Castañeda. Claudia es doctora en Ciencias de la Salud y nieta del Dr. Gonzalo Castañeda; Rafael ha reunido amplia información sobre la familia Castañeda. Simultáneamente encontré en Internet Memorias: Transacciones, Volumen 2, un e-book de Google que es posible revisar en línea gratuitamente.

Página cortesia Claudia Infante Castañeda

El siguiente documento aparece en la página 753 de este e-book:

Higiene que debe observarse

En los

TRABAJOS MINEROS SUBTERRANEOS

Por el

Dr. Gonzalo Castañeda

Para facilitar la lectura del facsímil publicado en 1898 con una tipografía difícilmente legible, el documento original fue transcrito a un archivo PDF y a un archivo en Words para su acceso.

Dr. Gonzalo, Higiene minera Congreso médico pan-americano 1898

Dr. Gonzalo, Higiene minera Congreso médico pan-americano Words 1898

 

El autor

Gonzalo Castañeda nació en Temascaltepec, México, Mex. Fue hijo de Juan Francisco Castañeda Popoca y de María Gabina de Jesús Escobar Mojica. Lo llamaron Julián Gonzalo de Jesús. El registro civil ocurrió a las diez de la mañana el once de enero de 1868. Nació a las nueve de la mañana del día nueve del mismo mes.

Sorprende que su nombre estuviera tan detallado tanto en el registro civil cuanto en el eclesiástico. Por lo general los registros civiles de esos tiempos eran escuetos. Solían anotar un solo nombre de pila. A nuestro autor pudieron llamarlo Julián o Gonzalo a secas. La manera en que lo nombraron es un indicio de que sus padres solamente repitieron su nombre cristiano al registrarlo civilmente.

La primera fotografía que conocemos de Gonzalo data del 11 de enero de 1884, cuando se retrató con su padre y Bernardino, su hermano mayor, en los estudios de Luis Veraza, en la Ciudad de México.

De izquierda a derecha, Feliz Bernardino Castañeda Escobar, 25 años, Juan Francisco Castañeda Popoca, el padre y Gonzalo, a la edad de 16 años.

Suponemos que Gonzalo Castañeda se refiere al año de 1894 cuando dice en su autobiografía:

 “Ya recibido me fui a mi tierra, después me salió un empleo en Guerrero, y aún me sorprende hoy, cómo a pesar de mi ignorancia e inexperiencia pasaba por buen médico. Después, un señor poderoso: D. José Landero y Cos que me había conocido de estudiante, me llamó de Pachuca para nombrarme médico-cirujano de las minas de Real del Monte, con un buen sueldo; allí me hice riquito y ya con dinero se me ocurrió y decidí irme a Europa”.

Antes de trasladarse a Hidalgo debió contraer matrimonio con Basílides Antonia Teresa de Jesús Olea Gómez-Daza porque el recién recibido Dr. Gonzalo Castañeda y su esposa Teresa vieron nacer en Real del Monte a su primera hija el 30 de octubre 1895, a quien bautizaron en la Parroquia de la Asunción, de Pachuca, Hidalgo, el diez de enero 1896 como María Teresa Catalina.

Acta de bautizo María Teresa Catalina Castañeda Olea, 10 enero 1896

Juan Castañeda y Gabina Escobar, padres de Gonzalo, no solo asistieron al bautizo; fueron padrinos de su nieta a la edad de 80 y 62 años, respectivamente. Los abuelos y padrinos hicieron el viaje desde Zacualpan, Edo. de México a Real del Monte, Hidalgo, México. Tanto los datos civiles como los eclesiásticos sugieren que este bautizo fue un acontecimiento familiar.

Todo esto ocurrió a principios de 1896. En noviembre del mismo año Gonzalo presentó el trabajo que ganó reconocimiento internacional.

 

Relevancia del texto

El siguiente documento fue escrito y presentado en noviembre de 1896, en el segundo Congreso Médico Panamericano, ocurrido en México. Lo divulgamos en atención a su gran valor histórico visto desde varios enfoques, todos ellos de gran trascendencia. Hasta donde sabemos es el primer testimonio sobre las condiciones de salud laboral de los mineros en México. Y leerlo hoy nos hace reflexionar. A pesar de los fuertes cambios tecnológicos, científicos y en seguridad social, a casi 120 años de que Gonzalo Castañeda concluyera esta exposición con un proyecto de reformas para proteger la salud de los mineros, sabemos que en el país aún no se cumplen cabalmente muchas de sus propuestas.

Gonzalo Castañeda fue un médico que se autodefinió como clínico y no como científico ni salubrista. Sin embargo, su agudeza analítica y el rigor de su estudio sobre la situación de los mineros cumple los requisitos del análisis científico de un problema de salud pública: observa y vincula meticulosamente los factores asociados a cada enfermedad, daño y lesión de un grupo poblacional, los tres mil barreteros que observó durante dos años. Además demuestra de manera técnicamente sobresaliente cómo los mecanismos “del proceso social del trabajo” minero los llevaba al “perpetuo desequilibrio orgánico y fisiológico” hasta llegar a la muerte. Las defunciones registradas en Real del Monte durante el tiempo en que estuvo allí son indicativas de la gravedad del caso.

El mayor mérito sociológico de este trabajo tal vez no sea identificar los factores sociales que afectaban la salud de los mineros sino describir cómo las precarias condiciones en que habitaban, trabajaban y se alimentaban, determinaban una pésima calidad de vida y la exponían al riesgo de múltiples enfermedades, a la discapacidad y con demasiada frecuencia, debido a accidentes, a la muerte temprana.

El trabajo supera la visión médico-biologicista que por un lado ve como causas a los agentes etiológicos inmediatos de enfermedades y accidentes, y por otro, en forma aislada, ve los factores sociales que los rodean. A la hora de preparar su estudio, Castañeda explica el engranaje de las condiciones que determinan el proceso salud-desgaste-enfermedad-muerte: “…multiplíquese este diario déficit fisiológico por diez o veinte años y sorprenderá la espantosa quiebra que a la postre sufre el organismo”.

Al apreciar la forma en que Gonzalo Castañeda analiza cómo interactúan los “factores de riesgo” con las condiciones sociales de los mineros, comprendemos su posición como médico social y políticamente comprometido. Éste es precisamente el tercer aspecto relevante: como estudio de salud minera, este memorial es único, pionero, pero lo excepcional es que el mismo autor, médico al servicio de los obreros cuyas condiciones de trabajo describe, también presente las reformas indispensables para resolver tal problemática.

Ignoramos cómo llegó al Congreso con este trabajo; no obstante, él reconocía la importancia del médico en la política. En la ponencia clama por que se escuche a los mineros a través de su voz. A pesar del dominio de sus herramientas médicas y después de plasmar en el documento el dolor con que día a día observó y atendió enfermos y accidentados, no es difícil imaginar la palpitación de sus humildes orígenes mineros en el pódium de un Congreso Internacional al levantar su voz para denunciar la situación de vida, trabajo y salud del gremio y exhortar a la acción para modificarla: “Si estos preceptos… los tomara alguna vez el legislador y con su mano reformadora los llevara al fondo de las minas, no sería yo el que viviera reconocido y grato, sino el imponente gremio de barreteros de la República”.

El documento que aquí reproducimos muestra también el riguroso análisis médico, clínico y sociológico que realiza el Dr. Gonzalo Castañeda a partir de una concepción de ciencia aplicada. Son notables su visión sobre el papel que correspondía desempeñar a la salud pública en la salud laboral y el bienestar de la población en general, y su posición política sobre las obligaciones del Estado al respecto. Estas características de su trabajo se resumen en la lúcida síntesis del párrafo que antecedió a su propuesta de reformas, donde vincula estupendamente los resultados de su estudio con las recomendaciones consecuentes:

“Nunca el médico cumple mejor su elevada misión que cuando el mal que descubre y el remedio que aconseja abarcan a extenso grupo de sus semejantes. En este caso particular de que me ocupo, no será seguramente a las Compañías mineras a las que pueden proponerse modificaciones … tampoco quizá al gremio barretero, cuya ignorancia no alcanza a comprenderlas… sino aconsejar las reformas que se juzguen benéficas a los Gobiernos, que son la entidad a quien está encomendado el papel de velar por la salud pública y de interesarse por el bienestar general, y para concluir, señores, nuestros estudios más formales y completos no vengan a resolver el problema en cuestión: [en] «la higiene que debe observarse en los trabajos mineros subterráneos» propongo en el sentido que antes dije, el siguiente proyecto …”

“La medicina es una ciencia social y la política no es más que la medicina en una escala más amplia” decía en la segunda mitad del siglo XIX Rudolf Virshow (1821-1902), eminente patólogo alemán. Sorprende la coincidencia de posiciones entre el Alemán y el Mexicano. Y en ello radica un cuarto aspecto relevante de este documento histórico, originado en un pueblo minero mexicano a finales del siglo XIX, muy distante del capital científico europeo.

Existe un evidente paralelismo de pensamiento tanto en el análisis cuanto en la posición política entre Gonzalo Castañeda y el movimiento higienista, y el de la medicina social iniciado a mitad del siglo XIX en Europa. Los académicos fácilmente pueden pensar que observaciones similares con sistematización y rigor científico llegan a conclusiones parecidas. Efectivamente, así son la lógica y la ciencia. Eso es relevante pero no excepcional en la historia; lo que destaca es la coincidencia de la construcción del problema de salud, bajo la perspectiva de la medicina social y la posición política análoga en dos ámbitos completamente diferentes en términos sociales y de recursos científicos. ¿Por qué?

El documento se titula “Higiene que debe observarse en los trabajos mineros subterráneos”. Aunque el título sugiere un enfoque higienista de la salud pública para describir las riesgosas condiciones a que estaban expuestos los mineros, que en teoría se podían modificar, pero cuya “ignorancia no alcanzaba a comprenderlas”, en el fondo, el trabajo documenta una denuncia orientada a cambiar la política pública sobre tales condiciones de trabajo.

Por otra parte muestra cómo transformar el concepto de la higiene orientada a modificar conductas o hábitos individuales asociados a riesgos a la salud para adoptar un enfoque colectivo cuyo propósito es cambiar los determinantes sociales y económicos de esas condiciones de salud. En tal cambio interviene el compromiso de los médicos para sustentar clínicamente la causalidad social de los procesos de salud–enfermedad laboral.

Conviene aclarar que la higiene pública es un concepto surgido en Francia en el siglo XIX (Foucault, 1977) que abarca lo que posteriormente siguió denominándose «medicina social», e inicialmente se refería a la forma como se “controlaban” los elementos del medio material que afectan a la salud. Según Foucault[6], la higiene pública constituye una “variación refinada de la cuarentena derivada de las epidemias que debió afrontar la gran medicina urbana del siglo XVIII en Francia” (Op. Cit. p 14). Por ‘salubridad’ se entiende sólo el estado de las cosas y del medio sin intervención alguna. En la forma de concebir los determinantes de la salud y los mecanismos para modificarlos cuenta no sólo la ciencia, sino también la posición política.

Ahí está la importancia de los elementos arriba mencionados, el doble enfoque de este documento: científico y político. Por un lado, el análisis científico de Gonzalo Castañeda articula los determinantes sociales, con la etiología del desgaste y proceso de enfermedad-muerte del minero en cuanto a la práctica de su oficio “que abrevia su vida o se suicida con su propia ignorancia … sin una voz inteligente y salvadora que los detenga[7], bajan a los tiros a matarse materialmente o a abreviar los días de su vida porvenir; registrándose sin cesar desgracias accidentales de unos, notoria agravación de otros, muerte rápida en muchos”.

Por otro, muestra el resultado, es decir, la forma en que están construidas las condiciones de vida-trabajo-desgaste-sobrevivencia-muerte de los mineros “…después de una velada de pesada labor, al siguiente día que debieran dedicar al reposo o a resarcir el sueño, por causas de orden vario, sólo duermen un promedio de cuatro horas y según ellos mismos lo enseñan, con un sueño interrumpido y no reparador”.  

Como conclusión ineludible, propuso cambios en tales condiciones de trabajo, algo más ambicioso que el control de agentes etiológicos (posición de la medicina biologicista). Más aun, los cambios que propuso apuntaban a mejorar las condiciones de trabajo y de vida en la comunidad de mineros: un enfoque desde la perspectiva de la medicina social mexicana. Es decir, no sólo fue pionero en la salud pública sino que fijó la posición crítica de la medicina social, a finales del siglo XIX en nuestro país.

Es indispensable referir un quinto aspecto valioso de este documento en el contexto mexicano. El proyecto de reformas que Gonzalo Castañeda propone fue insólito durante el porfiriato (1876-1911), régimen en que no hubo la menor previsión legal que protegiera a los trabajadores.

En su multifacética labor médica, como clínico, maestro y autor de diversos libros así como de líder gremial, durante toda su vida a Gonzalo Castañeda lo caracterizó una forma de concebir y ejercer la medicina: la protección a los pobres en el sentido en que Virchow concebía a la medicina social. Una de las responsabilidades de los trabajadores de la salud era fungir como médicos de pobres. Después que se desempeñó como médico de la compañía minera de Real del Monte, Gonzalo Castañeda viajó a Europa para especializarse como cirujano y obstetra. Su fuerte fue siempre la clínica. De regreso en México fue director del Hospital de Jesús durante 30 años, mismos que trabajó sin salario. Renunció a esa retribución porque se trataba de un hospital para pobres. También jugó un papel fundamental en el liderazgo de la Academia Nacional de Medicina y para conformar y fundar la Academia de Cirugía; fue maestro de muchas generaciones en la Escuela de Medicina (Universidad Nacional) y en el Colegio Médico Militar.

Antes de reproducir este documento, conviene ver hasta dónde han mejorado las condiciones de vida y de trabajo de los mineros en nuestro país en 120 años.

Como lo refiere la cita de su autobiografía que presentamos arriba, el doctor Gonzalo Castañeda llegó al estado de Hidalgo en 1894 contratado para atender a los mineros. Lo invitó a desempeñar este puesto don José Landero y Cos, a la sazón, gerente de la Compañía Real del Monte y Pachuca. Conviene advertir que fue su primer empleo formal, después derecibirse, en julio de 1893. Al joven médico de 26 años le resultó familiar el medio donde trabajaría porque Zacualpan, donde vivió su infancia hasta el día en que salió para continuar sus estudios medios y superiores, era también un pueblo minero. Su propio abuelo paterno entregó su vida a la minería. Según su acta de defunción “falleció de dolores de cascado”[8]. Su padre trabajó en la minería como azoguero cuando el beneficio de patio era el procedimiento común para extraer la plata[9], Sabemos que de niño, Gonzalo, curioso y agudo, pedía permiso en la escuela para llevar a su padre el desayuno o el almuerzo. Desde entonces conoció la vida cotidiana de los mineros, dentro y fuera de las minas. Cuando llegó a Real del Monte su misión era ser médico clínico: atender a los mineros enfermos o lesionados. Pronto se dio cuenta de que era un proceso sin fin porque los determinantes sociales que producían los daños a la salud permanecían intactos.

Penetrante y fino observador, ese desafío lo llevó a aplicar la medicina como instrumento para descifrar esa trama. Caso por caso, paciente tras paciente, documentó la problemática de ese grupo laboral y concluyó que era producto de las condiciones infrahumanas de sobrevivencia, de las patologías y patrones de morbilidad derivados de sistemas de trabajodesconsiderados, que también causaban alta mortalidad temprana. Más de un siglo después, esa labor analítica sigue siendo técnica y socialmente compleja para los científicos actuales.

Hacia el fin del siglo XIX en el país no existía legislación laboral que reconociera derechos a los trabajadores; mucho menos que los protegiera con medidas de higiene y de seguridad. Toda la vida económicamente activa de nosotros, lectores en el siglo XXI, ha transcurrido bajo la vigencia de la Ley Federal del Trabajo. Por tanto, nos cuesta trabajo ponderar esta noción, pero en el contexto que tocó vivir a Gonzalo Castañeda su memorial sobre la situación de los obreros en los establecimientos industriales cobra mayor relevancia: eran condiciones de esclavitud, aunque no se llamara así.

Visto únicamente desde el punto de vista informativo, este documento sería un reportaje extraordinario sobre la vida cotidiana de los mineros en México. Sabemos que fue más que eso porque propuso preceptos que con las mismas palabras o con otras, más tarde aparecieron en las leyes.

Dentro de la obligada brevedad de un texto que leería ante un congreso, la ponencia de Gonzalo Castañeda refirió los siguientes rasgos de los barreteros —rango elemental dentro del gremio minero—: las edades a las que comienzan a trabajar —8 a 12 años— y a la que aún continúan —60 años—, su nula escolaridad, las bárbaras jornadas —hasta 36 horas ininterrumpidas— día y noche sin que su cuerpo tuviera ni la luz del día como referencia biológica; sin alivio físico más allá de la tolerancia al agotamiento, al hambre, al daño y a las lesiones; la falta de oxígeno y la incomunicación; las cargas que transportan sobre la espalda; el calor subterráneo, la deshidratación, la insoportable sed y la forma común de calmarla: pulque y agua contaminada.

…hasta hoy la Higiene no ha penetrado suficientemente al interior de las minas a observar las condiciones en que trabaja esa aglomeración de hombres, que pasan la vida entregados a las rudas labores subterráneas…

Su descripción penetra la profundidad a que descienden y desde la que tienen que subir tras haber trabajado; el tiempo del ascenso; el polvo y los gases tóxicos que respiran; el olor, difícilmente soportable de las minas; la combustión de petróleo para calentar comida e iluminar los socavones; los consecuentes óxidos de carbono; la cercanía del trabajo a sus defecaciones, así como el volumen acumulado de materia excrementicia; oscuridad, goteras y humedad; el trabajo en el fango; las enfermedades respiratorias y dermatológicas a que se exponen; falta de normas de seguridad para efectuar las detonaciones; ausencia de cascos protectores, golpes en la cabeza; precarias escaleras y puentes de paso. En suma, la vida en peligro cada minuto y finalmente, el cómputo de lo que entonces se registraba sin pruebas clínicas: lesiones por accidente y muertes.

Gonzalo Castañeda no se limitó a describir el infierno que había en la profundidad de las minas: tanto el análisis como el enfoque de su estudio contribuyeron a que empresarios, legisladores, autoridades médicas y laborales entendieran que el trabajo de los mineros —una actividad no conceptualizada claramente como tal— era un problema de salud pública que demandaba, obligatoriamente, una política pública.

Como trabajo científico identificó con precisión los factores de riesgo cotidianos que conducían a los mineros a la muerte. Las causas eran evitables y prevenibles. Ese fue elnúcleo de su denuncia médica.Identificó los aspectos donde había que intervenir para proteger la salud y vida de los mineros, principalmente aquellos que concernían a la legislación laboral. Como ponencia política, es excepcional para su época: concluye recomendando 24 propuestas concretas. Ese fue el núcleo de su denuncia política y laboral.

En su ponencia, Gonzalo Castañeda revela el compromiso social que el médico clínico y el sanitarista deben poseer, y que pocas veces encontramos en la actualidad. El médico clínico dedica su poco tiempo a identificar síndromes, pasando por alto o asumiendo como obvios, inevitables o fuera de su competencia factores de índole social. Cree que no conciernen a los médicos. Es así como se orienta a diagnosticar y prescribir medicamentos. Con tales límites justifica y acota sus responsabilidades profesionales —ya rebasadas por la realidad.

Actualmente el “profesionalismo” se entiende como sinónimo de “competencia clínica individual” y el compromiso social —como si lo social fuera sinónimo de ‘público’— se delega a los epidemiólogos, a los investigadores cuyo profesionalismo se orienta al cumplimiento de la metodología científica para analizar las poblaciones. A su vez, es frecuente que los investigadores reduzcan sus análisis a indicadores que técnicamente denominan factores de riesgo, aún cuando a menudo se refieran a ellos como “determinantes sociales de la salud”.

Estos conjuntos de indicadores pasan a ser denominados “estilos de vida” sin comprender las causas últimas estructurales que los determinan. Castañeda hace una nítida descripción etnográfica del contexto en que los mineros vivían, del desgaste humano cotidiano y la patología que los lleva inevitablemente a una muerte precoz. Además, sistematiza la incidencia de las patologías, de sus interrelaciones, describe sus causas inmediatas (“factores de riesgo”), su cadena causal y sus determinantes. Los análisis que expone atraviesan —o más bien, rasgan— los órdenes, de la escala micro social y microbiológica hasta la escala macro social y política.

Desde una perspectiva histórica este trabajo es un clásico de la salud pública. A Gonzalo Castañeda también se le atribuye el mérito de haber identificado al organismo causante de la anemia entre los mineros, el parásito Anquilostoma duodenalis (1904). Sin embargo esto no fue así. Ahora sabemos que los egipcios ya lo reconocían en un papiro desde 1600 aC. En 1843 Angelo Dubini describió y denominó al organismo y a finales del siglo XIX Arthur Loss describió su ciclo de vida: larva que penetra por la piel, usualmente a través de los pies, que pisan heces fecales de personas que padecen la enfermedad. Que Castañeda haya identificado independientemente este organismo es posible, y si ocurrió así fue después de haber escrito el documento que aquí presentamos, donde refiere que los barreteros se quejaban constantemente de la llamada anemia minera y describe con especial detalle el gravísimo problema sanitario de los excrementos en las minas: “…noto en sus trabajos tantas deficiencias desde el punto de vista higiénico, que adivino fácilmente las peores condiciones en que vivirán los operarios de otros centros mineros del país”.

Desde el siglo XIX la minería había alcanzado progresos técnicos espectaculares. Existían equipos de perforación, ademe, iluminación y ventilación de tiros y túneles totalmente mecanizados que se movían a base de vapor. Muchas operaciones riesgosas se ejecutaban a control remoto. Ahora existen técnicas y equipos aún más eficaces y seguros, así como normas de seguridad personal que los mineros de hace 120 años jamás hubieran imaginado.

El problema de entonces no era la tecnología ni la seguridad mineras, sino la aplicación de tales estándares del progreso en las minas del país. Ciertamente, las inversiones para instalar ese tipo de maquinaria y los sistemas de protección de los mineros constituyen un obstáculo. Pero la resistencia de los empresarios mineros a modificar sus prácticas de extracción mineral sin dejar de implicar la explotación humana, es todavía mayor. Antes faltaban conocimientos, tecnología y normatividad. Ahora los hay, pero se les pasa por alto. Al menos en México, prácticamente no existe mejora material gratuita en las minas; la gran mayoría surgieron como conquista laboral, lo cual implicó largas luchas sindicales y tensiones entre los intereses de los mineros y sus patrones. Otras mejoras han surgido de los escándalos cuando los medios documentan accidentes en las minas y surge la presión pública, las más de las veces paliativa y temporal.

Antes de dar paso a la lectura del memorial del doctor Gonzalo Castañeda conviene citar unos cuantos ejemplos de lo ocurrido en las minas de México a partir de 1896, el año de este estudio, para contar con una mínima perspectiva histórica.

1906: Las minas de cobre de Cananea empleaban a seis mil mineros mexicanos y alrededor de seiscientos norteamericanos. A los mexicanos les pagaban la mitad de lo que ganaban los extranjeros. En protesta, el 31 de mayo los mineros del tercer turno pararon labores. La respuesta de la empresa y de las autoridades gubernamentales fueron la represión, el asesinato de líderes y el cerco de hambre a la población. Por algo esa huelga cuenta entre los antecedentes de la Revolución de 1910. En un caso de estos, en búsqueda de justicia y mejoramiento para el minero, Abraham Castañeda Hidalgo, un ancestro nuestro, perdió su vida después de haber sido golpeado y dejado a su propio destino en los cerros del Real del Monte.

No obstante, interesa destacar un paso adelante de los mineros: su toma de conciencia y la articulación de sus motivos, como lo revela la carta que José Ma. Carrasco, vecino de Cananea, dirigió al gobernador Rafael Izábal, el 4 de junio de 1906, al cuarto de huelga:

“Respetando su alto lugar que guarda me concreto a decirle a usted en nombre del pueblo lo que sigue. Sr., acordaos de la desnudes, del ambre y de otras necesidades que sufre toda la gente umilde de pocas proporciones y de poco ynteligencia, hay días que solamente dos veces comen porque tienen numerosa familia o algún enfermo. 3 pesos es un miserable sueldo para comprar leña a 16 pesos y una casa pocilga de una pieza a 15 pesos, doctor a 3 pesos, agua a 5 pesos, un mal calsado a 6 pesos… y otras tantas cosas que sería imposible enumerar. Ah, pero tenemos que humillarnos los mexicanos porque si levantamos la voz nos la calla nuestro gobierno con sus ballonetas sostenidas por su mismo pueblo. Ved, alzad la vista y bereos la desnudes en todo el pueblo. Procurad contentar al pueblo de alguna manera y no tratarlo mal porque el pueblo tiene ambre y más tarde más y si no se proporciona algo tendrá que arrojarse contra las despensas y almacenes de este lugar resueltos a morir. Que bien cierto de que no ará Ud. aprecio de esto, pero tendrá más tarde que lamentarlo”.

1920. 10 de marzo. Al darse cuenta que la mina El Bordo se había incendiado, J. F. Berry, John B. Silbert y Alan Ross, clausuraron la boca de los tiros de El Bordo y La Luz con planchas de madera, acero y concreto para sofocar el fuego. Les importó más su inversión que la vida de alrededor de 80 mineros que quedaron sepultados.

El Bordo, al norte de Pachuca, formaba parte de la Compañía Santa Gertrudis. Para clausurar los túneles, los señores empresarios contaron con la anuencia de Ernesto Castillo, gobernador interino; de Ignacio Segovia, alcalde de Pachuca, y del Juez de Distrito.

Foto Mina Santa Gertrudes, Pachuca, Hidalgo, México por el fotógrafo José Bustamante Valdés

Las minas El Bordo y La Luz estaban interconectadas con las de Santa Úrsula y Santa Ana, pero la Compañía Real del Monte y Pachuca también ordenó tapar esos túneles. La presión social hizo posible que una brigada de salvamento destapara Santa Ana. Hallaron a tres mineros, muertos por asfixia.

Los tiros permanecieron sellados seis días. Al reabrirlos hallaron más de 68 cadáveres en distintos niveles. Quienes consiguieron llegar hasta los accesos taponados dejaron signos de desesperación: uñas y dedos clavados sobre las tapas de madera. Lo demás era, según un testigo, “barbacoa humana”. Diez días después descubrieron siete sobrevivientes en un túnel cercano a Sacramento.

1934. Fundación del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM). El sindicato minero se afilió a la naciente Confederación de Trabajadores de México (CTM).

1935. 17 de noviembre. Los mineros al servicio de The Cananea Consolidated Copper Company S.A., entonces agrupados en el Gran Sindicato Mártires de 1906, se adhirieron a la organización nacional y formaron la sección 65 del Sindicato Industrial de Trabajadores Mineros Metalúrgicos y Similares de la Republica Mexicana, hoy sindicato nacional.

1965. En la mina Purísima de Real del Monte, el 8 de mayo a las 2 de la tarde con 10 minutos una jaula —llamada ‘calesa’— con 30 mineros a bordo se precipitó del nivel 400 al 550. Era sábado. Los trabajadores del nivel 400 que habían laborado el primer turno se acomodaron en los dos pisos dela jaula que habría de llevarlos a la superficie. En vez de subir, de repente comenzaron a descender a gran velocidad. La caída dio en el fondo del tiro. 27 mineros murieron ahogados, tres sobrevivieron. A pesar de las piernas fracturadas, lograron asirse al travesaño de la calesa. Los rescataron horas después.

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Foto Hacienda de Beneficio, “Purisima Grande”, Pachuca, Hidalgo, México por el fotógrafo José Bustamane Valdés

El desastre se debió a una distracción del calesero. Descuidó el ascenso y en cuestión de segundos, la velocidad descendente fue incontrolable. Los perros, ganchos dispuestos en los costados de la jaula que en la emergencia debieron abrirse y aprisionar las guías de madera por donde se desliza la jaula, tampoco se activaron.

1969. El 31 de marzo de 1969 en el poblado de Barroterán, municipio de Múzquiz, Coahuila, se produjeron dos explosiones. El pueblo escuchó las fuertes detonaciones debidas a la acumulación de gas metano en las minas dos y tres de Guadalupe. Decenas de trabajadores que se encontraban laborando en el segundo turno quedaron atrapados. 153 murieron.

Las explosiones de Barroterán cuentan entre las mayores tragedias mineras en la historia, no sólo de la región carbonífera de Coahuila, sino del mundo.

2006: El 19 de febrero, en un pocito de Pasta de Conchos, una de las 600 minas de la región carbonífera coahuilense, 63 mineros murieron sepultados tras una explosión. Nuevamente la causa fueron las precarias condiciones de seguridad: la detonante fue una chispa surgida de los arreglos eléctricos improvisados y/o de equipos de soldadura impropios para un ambiente gasificado y lleno de polvo de carbón, tan explosivo como la pólvora. En cuestión de horas, la empresa hizo desaparecer bitácoras, planos, estudios geológicos y mediciones de gas que hubieran puesto en evidencia la criminal irresponsabilidad del Grupo México.

En 120 años la higiene en las minas ha cambiado radicalmente; también las condiciones de seguridad subterránea. Hay normas que rigen la minería. El problema es que hay minas donde no se aplican o que aparentemente se aplican.

He aquí gracias a Rafael Rodríguez Castañeda, la ponencia transcrita con la ortografía vigente y en una tipografía fácilmente legible.

Higiene Minera por el Dr. Gonzalo Castañeda Escobar

Bibliografía

Infante-Castañeda Claudia. Clásicos en Salud Pública. Presentación. Higiene que debe observarse en los Trabajos Mineros Subterráneos. Gonzalo Castañeda. Salud Pública de México 1990; 32 (3): 364-365.

Más fotos por el fotógrafo J. Bustamante Valdés pueden ser vistas visitando http://ancestroscastaneda.wordpress.com/2013/10/21/fotos-antano-pachuca-hidalgo-mex/

 

Claudia Infante Castañeda

Rafael Rodríguez Castañeda

Ricardo Castañeda Guzmán

 

 

[1]. ‘e-book’ sintetiza dos palabras: electronic y book (libro electrónico).

[2]. Blog es el compuesto de dos palabras también en el idioma inglés, web y log (bitácora digital).

[3]. Salud Pública de México. Jul-Ago de 1990. Vol. 32, Núm. 3. Pp. 366-372

http://bvs.insp.mx/rsp/articulos/articulo.php?id=001749.

[4]. Este documento se complementa con el artículo biográfico que publicó este blog el 19 de marzo 2013, y que es posible encontrar en el siguiente enlace:

http://ancestroscastaneda.wordpress.com/2011/05/09/dr-gonzalo-castaneda-ecobar-1869-1947/

Aunque este trabajo esté antecedido por otras notas introductorias, en esta publicación lo relacionamos con la vida personal y profesional de su autor.

[5]. El nombre original del roedor es ‘tuza’, pero el léxico deportivo lo ha generalizado como sustantivo masculino.

[6]. Foucault, Michel. Historia de la medicalización. Educación Médica y Salud 1977; 11 (1).

[7]. La actitud de los mineros y de la población que el doctor Castañeda conoció en Real del Monte a fines del siglo XIX contrasta con la que existió dos siglos atrás, según el siguiente antecedente histórico: “En el verano de 1766 los mineros de Real del Monte… desarrollaron una importante huelga industrial sin sindicato ni ideología política que los sostuviera. Fue la primera huelga en la historia laboral mexicana y la primera huelga en América del Norte. La palabra ‘huelga’ fue reconocida oficialmente en los diccionarios del español hasta 1884 y los trabajadores de Real del Monte nunca la utilizaron. Sus esfuerzos representaron luchas que implicaban su trabajo, su modo de vida y sus decepciones… Fue posible que se inconformaran así gracias al consejo y las medidas que tomó gente amistosa y con reconocimiento social en el pueblo”. Doris M. Ladd. The making of a Strike. Mexican Silver Workers’ Struggles in Real Del Monte 1766-1775. University of Nebraska Press. 1988.

[8]. ‘Cascado’ era la denominación coloquial para quienes padecían silicosis.

[9]. Los metales preciosos se obtenían mediante la mezcla del mineral pulverizado con agua, sal, mercurio y otros compuestos. El azoguero determinaba la proporción de sustancias en la mezcla, según las propiedades de una muestra del mineral por beneficiar.

 

 

 

Jesús Castañeda Escobar (Zagal)

Partida en desventaja

 

A varios ancestros de la familia Castañeda les tocó vencer condiciones adversas durante su infancia. Dejar atrás abandono, orfandad, desolación familiar, cambio de identidad, escasa escolaridad y maltrato para fugarse a otro lugar, adquirir un oficio, independizarse, fundar un negocio, y luego, un matrimonio de más de cincuenta años y una familia de cuatro hijos son méritos considerables. Tal fue, en síntesis, la vida de Jesús Castañeda Escobar, cuya identidad fue ese nombre durante la mayor parte de su vida. Mas afirmar que Jesús Castañeda Escobar logró todo eso es, al mismo tiempo, inexacto. Su nombre original fue Francisco Blas, y su apellido materno, Zagal.

Afirmar que Jesús —o Francisco Blas— Castañeda Zagal fue el cuarto de los siete hijos que tuvieron Bernardino Castañeda Escobar y Guadalupe Zagal Caballero es cierto. Fue el de en medio. Mas afirmar que fue el cuarto de siete hijos es inexacto. Para él no existieron los gemelos, primogénitos de la pareja. Marcos murió a temprana edad y Erminio salió rumbo a Orizaba, adoptado por Guadalupe Jaso de Castañeda, la esposa legal de Bernardino. De manera que en la práctica, Jesús fue el segundo hijo. Nació el 7 de agosto de 1907 en Tezicapán, municipio de Zacualpan, estado de México. Antes que él nació Esperanza; después, llegaron Bertha, Francisca y Soledad.

Jesús tenía aproximadamente ocho años cuando su madre los abandonó y al poco tiempo murió su padre. Nunca perdonó el abandono materno. Pero además, los sufrimientos de su infancia guillotinaron de su garganta la voz a todo intento de contar esa etapa de su vida. Hasta donde sabemos, nunca habló de su niñez a nadie.

“Y ahora, ¿qué hacemos con estos niños?”. Un concilio de adultos, sus familiares cercanos, tomó decisiones drásticas. La primera fue suprimirles el apellido de quien no merecía que lo llevaran. En cambio, les pusieron el apellido materno de su padre. La segunda fue enviar a los cinco huérfanos a Orizaba, con Guadalupe Jaso, quien probablemente ofreció hacerse cargo de ellos. Llegaron a alterar la vida de doña Guadalupe, de Lupita, su hija, joven profesora de veintidós años, y de Erminio, el hijo adoptivo, a quien ella rebautizó como Leopoldo en memoria del segundo hijo que tuvo con Bernardino y que perdió veintisiete años atrás. Así se llamó ese niño durante sus dos meses de vida[1].

Los cambios de nombre fueron comunes entre la mayoría de los hermanos Castañeda Zagal. De los gemelos, a uno lo registraron como ‘Erminio’, y al año siguiente lo bautizaron como Juan Aurelio, de modo que ‘Leopoldo’ fue el cuarto nombre que recibió —y el definitivo. A Marcos le ocurrió algo similar: lo bautizaron como Ricardo Adulfo.

Ignoramos en qué momento Francisco Blas pasó a llamarse ‘Jesús’, su nombre conocido el resto de su vida. Para la hermana que le siguió, el primer nombre fue Susana. La misma semana del registro civil la llevaron a bautizar como Susana Bertha Margarita. De esos tres nombres, se le quedó ‘Bertha’. Finalmente, a la hija menor la registraron como Ninfa y la bautizaron como María Ninfa Soledad Juana. Cuatro nombres, de los cuales prefirió —o eligieron— Soledad. Únicamente Esperanza y Francisca tuvieron un nombre consistente.

Después del concilio familiar, Esperanza, Jesús, Bertha, Francisca y Soledad partieron de Tezicapán rumbo a Orizaba bajo la custodia de alguna tía cuyo nombre ignoramos. El viaje a Zacualpan, y de Zacualpan, a Toluca, fue un camino largo a lomo de bestia; experiencia a la cual los niños no estaban acostumbrados. Durante el trayecto lloraban con frecuencia. Una forma de acallar su llora consistió en asustarlos con los rostros desfigurados y lenguas de fuera de los colgados en las ramas de los árboles que encontraron en diversos tramos del camino. Esto ocurrió hacia 1916, cuando las facciones revolucionarias luchaban con encono y se daban muerte entre sí.

No existen registros del recibimiento que tuvieron en Orizaba. Sabemos que Guadalupe, hija mayor de Bernardino Castañeda y por ende, media hermana de los huérfanos, era tan —o más— enérgica que su madre. Era doce años mayor que Esperanza. A Jesús le llevaba catorce años. Leopoldo era solamente cuatro años mayor que él, pero la diferencia no radicaba tanto en la edad como en la actitud: Leopoldo se empeñaba en restregar en cara de los recién llegados su condición de hijo de familia y su engreimiento. Acaso no sabía que Esperanza, Jesús, Bertha, Francisca y Soledad eran sus hermanos porque a él lo apellidaron Castañeda Jaso, igual que a Lupita.

Suponemos que doña Guadalupe y Lupita se dieron cuenta desde un principio que el carácter y la edad de Esperanza, la mayor —rondaba los doce años—, resultaban demasiado problemáticos para intentar someterla, porque pronto hubo un arreglo para que fuera a vivir a Pachuca con sus medios hermanos. Es probable que Austreberto o Rosario solicitaran que así fuera. El asunto es que fue la primera que radicó en Pachuca, donde cursó estudios que años después culminaron con la carrera de profesora.

Sabemos que la suerte de Jesús y de Bertha fue distinta a la de su hermana mayor y a las menores, quienes se avinieron a su nueva circunstancia sin mostrar signos de rebeldía; además, al poco tiempo las internaron en un colegio de monjas. En cambio, Jesús y Bertha plantearon a su madrastra y a su media hermana una relación conflictiva. En consecuencia, los trataron con el rigor disciplinario en boga por aquellos años. Los castigos que recibieron fueron atroces, entre ellos, la combinación del físico con el psicológico: a cualesquiera de ellos le ordenaban ir a la tienda a comprar las varas de membrillo que después les romperían sobre las piernas.

Sobre la vida emocional de estos hermanos podemos suponer la angustia durante el castigo; el dolor y la depresión; sus rencores y sus sueños, sus añoranzas en medio de la tristeza. Tal vez se preguntaban por qué eran huérfanos o bien, cuál era la suerte de Esperanza, la hermana mayor que fue a dar a Pachuca. Bajo esas condiciones — aproximadamente cinco años— cruzaron por su tercera infancia e ingresaron a la adolescencia.

 

Conjeturas sobre una fuga

 

La rebeldía de Bertha fue castigada con una crueldad que le dejó huellas perennes en la piel. Jesús no soportó más y a los catorce años huyó. Su propósito fue dirigirse a Pachuca. Suponemos que se subió a un tren y que entre las horas de espera en las estaciones y las lentas travesías, llegó a su destino dos o tres días después. No sabemos si llevaba dinero para comprar comida; lo seguro es que cargaba con el sentimiento de culpa por la insubordinación y la huida. Ignoraba cuál sería la reacción de sus medios hermanos, sus tíos y demás parientes establecidos en Pachuca ante la escandalosa noticia de que había escapado.

Al llegar a Pachuca, su primer impulso le recomendó no buscar de inmediato a sus parientes, sino reconocer el terreno. El azar llevó a Jesús al panteón civil, donde consiguió trabajo y vivienda como simple mozo, de manera que empezó a convivir entre sepultureros y aguadores. No sabemos cuánto tiempo llevaba trabajando allí el día en que su destino dio un giro inesperado.

Era administrador del panteón civil don Luis Rodríguez Raz Guzmán, cabeza de una de las familias zacualpenses que emigraron a Pachuca en los decenios anteriores. Don Luis, más su esposa, tres hijos y el padre viudo vivían en la casa construida para el Administrador, a la entrada del propio cementerio. Enriqueta Berdeja Porcayo, su esposa, era media hermana del general Austreberto Castañeda, de manera que allí llegaba de visita el militar revolucionario cuando iba a Pachuca. Don Luis era su compadre.

El azar quiso también que allí el General encontrara a su medio hermano. Un mediodía Jesús se apareció en el patio donde don Luis agasajaba a su cuñado y compadre. Austreberto y Jesús se reconocieron. Jesús echó a correr.

––Traigan a ese muchacho ––ordenó el militar. Mozos y sepultureros salieron a perseguirlo. Don Luis quedó azorado y Austreberto explicó:––Compadre: ese muchacho es mi hermano.

Jesús llegó a rastras o casi, muerto de miedo. No sabía qué iban a hacer con él. Se sentía culpable sin serlo. El encuentro entre los hermanos fue estrujante. Don Luis comprendió todo sin mayores palabras y con la solemne autoridad que solía ejercer sobre su familia mandó llamar a Rafael, Enriqueta y Miguel, sus tres hijos.

––Chucho, óiganlo bien, es su hermano. A partir de ahora lo tratarán así, como hermano.

 

El oficio de impresor

 

Austreberto Castañeda, integrante de la facción obregonista del ejército y uno de los ocho medios hermanos que Jesús tuvo por la rama paterna, redimió a Jesús de la orfandad. Austreberto era diecinueve años mayor. Vivía la plenitud de su madurez y de su carrera; de manera relevante destacaban su jerarquía militar y don de mando. Esos factores influyeron para que el General se convirtiera a partir de entonces en una figura paterna para Jesús.

De esta manera Austreberto guió sus pasos y le abrió puertas a su siguiente empleo. Del panteón civil pasó como aprendiz a los Talleres Gráficos del Estado, donde su habilidad lo llevó a dominar en poco tiempo todas las funciones de la imprenta: desde la lava de rodillos y platinas de las prensas hasta la impresión, cuando ésta se realizaba manualmente, metiendo con la diestra el papel en blanco mientras la siniestra sacaba el pliego anterior. Ante las cajas tipográficas pasó de la distribución de caracteres móviles a la composición de textos para un nuevo impreso. Aprendió también el arte de la encuadernación, ahora casi extinto. Finalmente, allí cultivó amistades con jóvenes del gremio que perdurarían toda su vida.

Tras sus años de aprendizaje, Jesús decidió ser impresor. Hacia 1930 alcanzó el rango de oficial en los talleres gráficos, cuando ya había madurado la idea de independizarse. Nuevamente recurrió a su hermano y Austreberto lo ayudó a comprar una prensa, así como lo esencial para que montara su propio taller.

Empezó su trayectoria de impresor independiente en un local próximo a la cuchilla que forman las calles de Las Cajas y Agustín del Río, a espaldas de los ventanales que permitían ver y escuchar las prensas de los talleres gráficos estatales y cerca de donde Austreberto alquiló una casa para doña Margarita, su madre, antes de que le comprara casa en el callejón de Río de la Loza. La imprenta quedaba también a pocos pasos de la calle de Carpio, donde por entonces vivía el General con Ana María Rivera, su esposa, y sus primeros ocho hijos. La imprenta ocupó el mismo inmueble en que estaba la tienda del señor Barranco. La zona era conocida como El caballito.

 

APC (1) Ana Austreberto y  Jesus

Ana María Rivera, Austreberto y Jesús Castañeda circa 1930. Los niños probablemente sean Blanca y Gonzalo Castañeda Rivera.

Jesús tuvo una juventud enamoradiza. Entre las muchachas más significativas para su corazón estuvieron Gertrudis, de quien no sabemos nada más que su nombre, y Piedad, una veinteañera, tercera hija de una familia de siete que vivía dos callejones cerro arriba, en Rafael Lavista. Con Piedad Carrasco formalizó el noviazgo; pidió su mano y planeó el matrimonio.

A Austreberto le compró la parte sur del predio de Río de la Loza, donde sólo quedaban sus hermanas tras la muerte de doña Margarita, y trabajó con entusiasmo para construir su casa. Jesús encargó el proyecto a un ingeniero, quien propuso una edificación vertical de dos o tres plantas, para superar la irregular pendiente del cerro, pero durante los fines de semana él mismo cogía pico y pala para cavar cimientos y conformar terraplenes. Le entusiasmó la idea de sacar la cabeza en medio de aquella hondonada del callejón y tener un gran ventanal en la planta alta para ver enfrente la panorámica del cerro de San Cristóbal y la ciudad al sur.

Inexplicablemente Piedad cambió de parecer, fue impía con Jesús y rompió el compromiso matrimonial. Tan abrupta decisión lo lastimó profundamente. Pero como reza el refrán, un clavo saca a otro clavo: Jesús sufría ese nuevo abandono cuando a Pachuca llegó Bertha —quien para entonces era ya bailarina de teatros de revista— a visitar a sus hermanos, con una encantadora compañera de tablados. Los atractivos de esta mujer deslumbraron a Jesús, ella correspondió sus requiebros y él dejó todo, inclusive la imprenta, para irse con la amiga de Bertha en un viaje de despecho que se prolongó hasta que agotó sus ahorros para la fallida boda con Piedad.

Mientras tanto la imprenta entró en crisis. Los empleados no tenían idea de cómo suplir la ausencia del patrón y administrarla; por el contrario, se quejaron con todo mundo de que no recibían su salario. Corrían los primeros años del decenio de 1930; tiempos en que la crom[1] —organización obrera que antecedió a la ctm[2] atendía y respaldaba cualquier reclamo de los trabajadores, y los empleados de Jesús plantearon una demanda laboral. El caso merecía la requisa y remate de la imprenta para indemnizarlos. Como la ausencia de Jesús se prolongaba, Austreberto intervino y habló con los trabajadores:

Jesús Castañeda (izq.) y Onofre Azpeitia, impresor amigo suyo, ante la fachada del taller, recién establecido en la calle de Allende.

 

–– Yo no soy dueño de la imprenta.  Mi hermano es el que ordena––les dijo, y desactivóel conflicto laboral con los arreglos indispensables.  Cuando Jesús estuvo de vuelta, afrontó la situación y tomó nuevamente las riendas del taller, Austreberto completó su intervención, dáandole una buena reprimenda.

Fundación de El Arte Gráfico

 

Jesús se recuperó de aquella crisis emocional y en corto tiempo consolidó su pequeña empresa. Hacia 1933 pensó en la conveniencia de ubicarse en un lugar céntrico y alquiló un local sobre la acera poniente del primer tramo de Allende, calle cercana al mercado Benito Juárez por el norte y a la plaza Independencia por el sur. Allí quedó instalada la imprenta que subsiste hasta nuestros días. En 1989, tras la muerte de su padre, Jesús Alejandro. y Rolando, los hijos mayor y menor de Jesús Castañeda, se independizaron entre sí y ahora, sobre la misma calle existen dos imprentas frontales. La de Rolando se quedó con el local; la de Jesús Alejandro, con el nombre.

Jesús rompió la convención en boga —al menos en Pachuca— de bautizar con su apellido la imprenta que fundó.

 

Fundación de la familia

 

Tras un discreto y firme noviazgo, María Camerina Téllez Girón, una muchacha pachuqueña, y Jesús Castañeda Escobar se presentaron en la parroquia de la Asunción acompañados de los padres de ella y los testigos de ambos, para formalizar su intención de casarse. Esto ocurrió el 2 de agosto de 1935, a tiempo para que corrieran los trámites eclesiásticos de rigor. Cuando el párroco indagó por el consentimiento de paterno, don Abundio Téllez Girón y doña María Espinosa Herrera asintieron. Jesús declaró ser originario de Tezicapán, hijo de Bernardino Castañeda y de Margarita Porcayo, ambos difuntos. Una declaración creíble. Todo mundo sabía que era hermano del general brigadier Austreberto Castañeda Porcayo y que su domicilio era Río de la Loza 10, domicilio donde también vivían Rosario Castañeda Porcayo y Esperanza y Francisca, sus hermanas, más Leonor Berdeja, hija soltera de doña Margarita.

Jesus y Esperanza circa 1931

Por parte de la novia atestiguaron su identidad, religión y celibato los abogados Luis Pérez Reguera y Horacio Ramírez Reyes. Como testigos, acompañaron al novio Armando Madariaga, tipógrafo, quien declaró conocerlo desde que fueron compañeros de taller, y Rafael Rodríguez Berdeja, uno de sus tres hermanos por decreto cordial, quien declaró que conocía a Jesús “hacía cerca de veinte años, con motivo de haber vivido juntos desde Tezicapán”. Otra mentira creíble.

La boda se efectuó mediante las ceremonias civil y religiosa el 21 de agosto de 1935, día en que la novia cumplía 25 años. En el Registro Civil, Jesús declaró sus antecedentes en los mismos términos que lo hizo 19 días antes en la iglesia. La novedad más significativa fue el hecho de que sumara como testigos a Porfirio del Castillo, a Francisca Islas Vda. de Castañeda, su tía, a su primo Carlos Toribio Castañeda Islas; así como al doctor Gonzalo Castañeda Escobar, hermano de su padre y a su esposa, María Luisa Olea de Castañeda.

Austreberto, quien había acompañado a su hermano a pedir la mano de María Camerina, no estuvo presente en la boda. Se lo impidió una misión militar distante de Pachuca. Compensaron esta ausencia sus hermanas Soledad y Bertha quienes viajaron desde Orizaba y México, respectivamente. A Soledad la acompañaron Antonio Arana, su esposo, y su pequeña hija, María Teresa. Presumiblemente en esa ocasión Bertha llegó sola. Francisca, también presente, radicaba en Pachuca desde hacía cuatro años. Esperanza no sólo asistió: esa mañana vio salir a su hermano en traje de novio de la casa donde convivieron varios años.

Con motivo de la boda de Jesús, los hermanos Castañeda Zagal se reunieron en Pachuca nuevamente, alrededor de veinte años después. Sobre la escalera, en el plano intermedio, Bertha, Jesús y Esperanza; al frente, Soledad y Francisca. Al fondo, en el corredor de la casa de Río de la Loza 108, tras las flores de una maceta se aprecia a Camerina, a la sazón novia de Jesús, quien sostiene en brazos a María Teresa Arana, la primogénita de Soledad y de Antonio Arana —de corbata y saco blanco—, quien espera que fotografíen a los cinco hermanos.

Jesús y María Camerina fundaron una familia de cuatro hijos: Jesús Alejandro, Sergio, Hilda y Rolando, quienes nacieron entre 1936 y 1942. Durante casi veinte años la familia vivió en la casa que Jesús edificó en Río de la Loza, y en 1953 se mudó a las plantas superiores construidas en el mismo predio donde fundó El Arte Gráfico.

Desde un principio, El Arte Gráfico reflejó no sólo las inquietudes estéticas del impresor, sino también del grupo de amigos que la frecuentaba. Entre ellos, los poetas Bibiano Gómez Quezada, Genaro Guzmán Mayer y Rogelio Meraz Rivera; los periodistas David López y López y Ernesto R. Ahumada; Adrián Guerrero, editor de El Observador; Rafael Rodríguez Berdeja, impresor y periodista; Medardo Anaya Armas, pintor; Tomás Fonseca y el profesor Salvador Salgado.

Todos compartían un ambiente festivo y bohemio donde también hacían efervescencia inquietudes sociales y políticas. No es extraño, por tanto, que tres años después de fundar El Arte Gráfico surgiera el proyecto de hacer un periódico. Al respecto, en agosto de 2005 Anselmo Estrada Alburquerque, periodista pachuqueño, publicó un artículo que describe el nacimiento de Renovación: [1]

 

En 1936 nació en Pachuca un nuevo periódico con maquinaria más moderna que el vespertino El Observador. [Con] el empuje de combatientes revolucionarios y la técnica tipográfica de un entusiasta impresor: Jesús Castañeda Escobar, el coronel Porfirio del Castillo, el diputado constituyente de 1917, Rafael Vega Sánchez y Luis Ramírez Cruz crearon el periódico Renovación que, en sus inicios, fue dirigido por el último de los citados, autor del lema romántico digno de la época: “Acallad a la prensa y habréis amordazado al heraldo de la conciencia pública”.

Renovación

Los voceadores de Renovación

 

El lunes 6 de julio de 1936 apareció la primera edición de Renovación que, de semanario, se convirtió en pocos años en bisemanario y trisemanario, con seis v ocho páginas, secciones de información general, sobre todo política, así como de artículos editoriales y trabajos de poesía. La nota roja[2], que en ese tiempo no era tan prolífera como ahora, ocupaba en casos excepcionales la primea plana.

 

Hace 20 años, en entrevista, don Jesús Castañeda reveló que e! nombre de Renovación fue escogido porque en la década de 1930 no podían expresar libremente las ideas. Meses antes del nacimiento de Renovación había cerrado el periódico El Yunque, que dirigían Rafael Vega Sánchez y el coronel Porfirio del Castillo, un tanto porque resultaba incosteable y otro por las presiones políticas que ejercían funcionarios del gobierno del Estado y algunos caciques.

 

Por esa razón, los colaboradores de Renovación se afanaron por mejorar el periodismo informativo…

 

Los principales redactores en la etapa inicial fueron los integrantes de ese grupo. La función de gerente la alternaron varios de ellos y Jesús Castañeda fungió la mayor parte del tiempo como director y editor.

Renovación se formaba a mano. Tres o cuatro empleados levantaban —es decir, componían con tipos móviles de 8 y 10 puntos— los textos de noticias y columnas. Durante muchos años, el formador fue Vicente Ruiz Guijarro, El Loro. Federico Pérez fue uno de los cajistas. Multitud de originales informativos, literarios y de opinión salieron de la única máquina mecanográfica de que dispuso la redacción de El Arte Gráfico durante mucho tiempo: un regalo de Francisca, hermana de Jesús, quien la adquirió con el primer pago de sus salarios acumulados como secretaria de los Servicios Coordinados de Salubridad.

Al principio, los pliegos del periódico fueron producto de las prensas que soportaban el ramal donde cabían dos planas. Conforme la imprenta progresó, Jesús adquirió una prensa horizontal donde era posible imprimir cuatro planas a la vez.

Hacia 1940 Jesús compró el predio que le había alquilado a la señora Ángela Jiménez Cornejo Vda. de Mejía. Sólo durante un año pasó el taller a un local en la acera de enfrente, donde trabajó mientras edificó la planta baja, destinada a la imprenta, con sólidos cimientos y columnas, previstos para edificar después la casa familiar Castañeda Téllez Girón.

 

Madurez y estabilidad

 

Asombra la consistencia con la cual Jesús Castañeda fue alcanzando las metas que se propuso, sobre todo, si se toman en cuenta sus desventajosas circunstancias iniciales. Uno a uno, dio pasos que consolidaron el rumbo de su vida, su economía, su familia y su personalidad misma. Fue impresor porque se lo propuso. Pudo conformarse con eso, pero pronto cambió su condición de empleado para emprender su negocio. Su matrimonio fue para toda la vida, lo mismo que sus afectos y amistades.

La pobreza de sus primeros años fue material, no moral; luego, tuvo bases para ser esencialmente un constructor. La carencia de afecto durante su infancia no canceló su capacidad de dar y recibir amor. La falta de escolaridad no derivó en limitaciones; supo aprovechar las oportunidades que tuvo. El abandono y el maltrato no amargaron su carácter; mostró siempre un talante festivo y sonriente, pleno de ingenio y sentido de humor para convivir con familiares y amigos. La dureza disciplinaria no lo curtió; si bien fue un padre y un patrón estricto, a la postre revelaba su empatía y su disposición a comprender.

Un día apareció por Pachuca una mujer que tuvo noticias de que allí vivían Esperanza, Jesús y Francisca, y fue a buscarlos. Se llamaba Guadalupe Zagal. Ignoramos los pormenores; sólo sabemos que Jesús fue el primero en negarse a verla. Lo mismo hicieron sus hermanas. Este rechazo fue congruente con una renuncia previa en lo profundo de su corazón y con su silencio absoluto sobre todos los episodios de su infancia.

En el curso de su vida, Jesús Castañeda se sobrepuso a otros tragos amargos. La inundación que sufrió la ciudad de Pachuca el 24 de junio de 1949 fue uno de ellos. Ese día, la familia Castañeda Téllez Girón andaba de paseo por Puebla para celebrar el onomástico de Jesús, fiesta movible que coincidió con el día de San Juan.

Hacia las cinco de la tarde comenzó el aguacero. Durante varias semanas Pachuca había sufrido una acusada sequía, de manera que parecía una bendición la lluvia que derivó en tromba. En los cerros del norte se generó un caudal cuyo cauce debió ser el río de las Avenidas, convertido entonces en un ducto acanalado que cruzaba la ciudad de norte a sur. Nadie se dio cuenta que el cauce estaba obstruido con la lenta acumulación de basura y desperdicios arrojados desde el mercado Benito Juárez, punto donde se desbordaron las aguas. La corriente borrascosa se encauzó por las calles aledañas, Hidalgo y Allende, principalmente.

A cincuenta metros de la zona oriente del mercado, los empleados de El Arte Gráfico vieron cómo el nivel del agua comenzó a subir; bajaron la cortina metálica y ascendieron por la rampa que utilizaban los albañiles. Desde la planta alta observaron cómo la calle de Allende se convirtió en río que arrastró personas y puestos aledaños al mercado.

Los Castañeda Téllez Girón estaban en pleno festejo cuando Jesús recibió la noticia. Regresó de inmediato. La imprenta sufrió serios daños. Quedaron averiados los motores de las máquinas impresoras que estaban a ras del piso. De esta forma, el acontecimiento que en Renovación debió ser la gran noticia, fue la causa que anuló las condiciones materiales para publicar el periódico.

El hueco informativo que Renovación dejó, lo ocupó al día siguiente El sol de Hidalgo, cuyo primer número, impreso en México, apareció al día siguiente con textos e imágenes sobre el desastre.                                                                                                                              

Renovación luchó por mantener su sitio en la preferencia de los lectores, pero la competencia fue avasalladora. Con ánimo de modernizar la imprenta y continuar en competencia, Jesús adquirió un linotipo; recurso que dotó al periódico de mayor inmediatez entre los hechos y la publicación de las noticias. Para ello, Gabriel Castelán, el linotipista, ponía todo su empeño, pero con el tiempo Renovación fue decayendo. Después de haber sido diario, volvió a ser bisemanario, luego semanario y publicación irregular. Los propios colaboradores decían que terminó siendo un periódico religioso porque salía cuando Dios quería. La edición postrera apareció en 1970.

 

Los frutos otoñales

 

El paso del tiempo consolidó a El Arte Gráfico como imprenta para todo orden de publicaciones. Por otra parte, fue la escuela donde aprendieron el oficio los hijos y varios sobrinos de don Jesús.

Entre las decenas de miles de impresos que ha producido es posible destacar un tema recurrente: la difusión sobre la vida y obra de los ancestros Castañeda. Como ejemplos significativos conviene mencionar el folleto in memoriam sobre el licenciado Amador Castañeda Jaimes en su tercer aniversario luctuoso; el obituario sobre el general Austreberto Castañeda; la síntesis biográfica del doctor Gonzalo Castañeda Escobar y en los tres años recientes —2011-2013—, las ediciones progresivas del libro que contiene el manuscrito de don Juan Castañeda Popoca y el Diccionario Castañeda, la primera de las cuales constó de 200 entradas y la más reciente, de 430.

Otro aspecto de la consolidación de su vida consistió en poner en orden su patrimonio. En el caso del predio donde fundó su imprenta y su casa, con todo y haberlo adquirido desde el decenio de los cuarenta, don Jesús formalizó la escritura correspondiente más de cuarenta años después, el 9 de enero de 1985.

Acaso lo hizo porque conforme avanzaban los años sintió minada su salud. Lentamente disminuyeron las manifestaciones de su gusto por la vida, fiestas, comidas y tragos con amigos; bromas, risas y coches. Su primer automóvil lo adquirió en los cuarentas, y una de sus satisfacciones era renovarlo, no tanto porque hubiera caído en el consumismo de poseer últimos modelos, sino porque hubo años en que le gustó un modelo en particular.

Tuvo la satisfacción de ver a sus cuatro hijos casados, así como de convivir con sus nietos y de celebrar sus bodas de oro más tres años adicionales. Sus últimos meses de vida estuvieron afectados por un carcinoma que se le extendió sobre las vías respiratorias.

Jesús Castañeda Escobar [Zagal] murió en Pachuca, el 7 de abril de 1989.

 

Este trazo biográfico se nutre de la historia oral que nos han legado Esperanza Castañeda Zagal (1905-1993) Enriqueta Rodríguez Berdeja (1909-1991), Miguel Rodríguez Berdeja (1912-1990), Francisca Castañeda Zagal (1912-1998), Jesús Alejandro Castañeda Téllez Girón y de manera relevante, Margarita Castañeda Rivera.

Rafael Rodríguez Castañeda

Montaje en ancestroscastañeda: Ricardo Castañeda Guzmán


[1].  Anselmo Estrada Alburquerque 7 de agosto de 2005, Milenio Hidalgo, p. 12.

[2]. Periodismo especializado en dar cuenta de accidentes fatales, delitos y asuntos policiales.


[1]. Siglas de la Confederación Regional Obrero Mexicana.

[2]. Siglas de la Confederación de Trabajadores de México, surgida en 1936.


[1]. Leopoldo Castañeda Jaso (n. Ago. – m. 28 Oct. 1888).

El 21 de octubre de 2013 publiqué en este blog un espléndido grupo de fotografías de la antigua Pachuca, Hidalgo. La mayoría de estas imágenes fueron capturadas por el famoso fotógrafo pachuqueño José Bustamante Valdés alrededor de 1910.

El link de ese artículo es http://ancestroscastaneda.wordpress.com/2013/10/21/fotos-antano-pachuca-hidalgo-mex/  Ahí explico la forma en que conseguí estas valiosas imágenes.

Cuando uno se embarca en una investigación o empieza hacer preguntas, en muchos casos surge la oportunidad de conocer y conversar con especialistas de varias profesiones cuyo conocimiento y buena voluntad hacen la búsqueda aun más interesante y enriquecen los resultados. Esa feliz experiencia me ocurrió con el abogado pachuqueño Raúl Arroyo. Presidente de la Comisión estatal de los Derechos Humanos del Estado de Hidalgo. 

Soy de la opinión de que solamente una persona que mantiene en gran estima a la gente de su pueblo merece ocupar un puesto que contiene las palabras “Derechos Humanos”.

Por razones de distancia geográfica todavía no lo conozco personalmente. No obstante, gracias a la amistad que lleva con mis familiares y a la correspondencia vía Internet he tenido el placer de tratarlo.  Mientras llega el día en que tengamos oportunidad de estrecharnos las manos, hemos dialogado sobre un interés común: la historia del estado de Hidalgo, en particular, la de Pachuca, y los personajes que le han dado lustre a través de los siglos.

Hace unos días, Raúl Arroyo me hizo llegar una lista que identifica a los personajes que aparecen en una de las fotografías que publiqué, y que ocuparon un sitio en la Legislatura del estado de Hidalgo con el gobernador  Pedro L. Rodríguez.  La foto a la cual me refiero es la siguiente.

 

Pachuca, Hidalgo. Primera Legislatura del gobierno del Sr. Pedro L. Rodríguez

 

De pie, de izquierda a derecha:

 

1.  Dip. Jesús Rodríguez

2.  Dip. Luis Hernández

3.  Dip. Lic. Enrique Barredo

4.  Dip. Lic. Miguel Lara

5.  Dip. Bernabé Bravo

6.  Dip. Lamberto Revilla

7.  Dip. Fortunato Andrade

8.  Dip. Ing. Eduardo Fernández

9.  Sr. Ramón Rosales, oficial mayor del Congreso.

 

Sentados,  de izquierda a derecha:

 

10. Dip. Ing. Carlos F. de Landero

11. Lic. Francisco Hernández, secretario general de gobierno

12. Sr. Pedro L. Rodríguez, gobernador del estado

13. Dip. Lic. Ignacio Durán

14. Dip. Lic. Carlos Sánchez Mejorada.

 

El licenciado Raúl Arroyo mantiene su propio sitio de red www.raularroyo.com el cual he visitado varias veces.  Cuando navegué por allí, encontré artículos que me llamarón la atención.  Uno titulado; El General Frijolito y otro,  Luis F. Rodríguez Raz Guzmán, administrador del cementerio.  El cementerio al cual se refiere este artículo no es otro que el panteón municipal de Pachuca, Hidalgo, cuya fachada fue motivo de otra de las fotografías de Bustamante, tomadas en 1910.

Por ahora no agregaré detalles de esas historias, solo daré un dato que indirectamente se asocia a Luis F. Rodríguez Raz Guzmán: Miguel, el menor de los hijos de don Luis se casó con Francisca Castañeda Zagal, un ancestro Castañeda.

Ricardo Castañeda Guzmán

Editor: Rafael Rodríguez Castañeda

 

Los números de 2013

Recuento de 2013

El blog y mi gratitud

¿Qué significa bloguear?  Para mí significa la posibilidad de escribir sobre temas y experiencias de mi interés y compartirlos con quienes espero y deseo que encuentren información interesante. Significa también el deseo de difundir conocimientos sobre mi familia y establecer contacto con personas o familiares que pudieran ampliarlos y extenderlos.

Con ese propósito pedí a mi nieta que me ayudara a  establecer un sitio en Internet, y gracias a su ayuda instauré el sitio titulado ancestroscastaneda en WordPress.com

Han pasado un poco más de tres años desde la implantación del sitio y a través de ese tiempo aprecio que la información de cada artículo en el blog solo pudo ser puesta ahí con la ayuda de muchas personas. Son demasiadas para intentar nombrarlas en una página.  Esa ayuda asume formas específicas. Soy capaz de identificar el tiempo que cada colaborador tomó fuera de sus ocupaciones para añadir información, datos específicos, cuentos y fotos vía teléfono, correo e Internet. Más que nada, reconozco la disposición de distraerse de sus propios compromisos para atender mis peticiones de datos. A ancestroscastaneda lo conocen como mi blog, pero la realidad es que yo solo he transferido esa ayuda a una pantalla blanca con letras negras.

Debo destacar los casos en que dos de mis primos fueron los autores. Por ejemplo, el artículo Como difunto insepulto, Un Cementerio en Zacualpan, Edo. De México, Mex. lo escribió Rafael Rodríguez Castañeda y otro, titulado Carmen Castañeda Olea (1914-2012) es obra de Claudia Infante Castañeda y Rafael Rodríguez Castañeda.

Cada fin de año WordPress.com me envía estadísticas que presentan de manera sencilla el tráfico que a través del año se mantuvo en ancestroscastaneda y he tomado la opción que WordPress me da para compartirlo en blog mediante este nuevo artículo.  Espero que 2014 sea otro fructífero año con las nuevas historias que serán publicadas.

Para información del lector, la tercera edición del Manuscrito de mi re tatarabuelo Juan Francisco Castañeda Popoca, junto con el Diccionario Castañeda y los resultados de mi YADN está siendo publicada.  A quienes interese este libro pueden adquirirlo con solo hacer contacto con la Imprenta Castañeda, Allende 107, Centro Histórico, Pachuca, Hgo., México.  (771) 715 53 34 y 50, o i_castaneda@prodigy.net.mx

Entre otros episodios de su vida, Juan Castañeda, mi re tatarabuelo, cuenta cómo rescató a Manuel, su primer hijo y mi tatarabuelo de las fuerzas liberales alrededor de 1860. No obstante el carácter —digamos— personal de estos episodios, en mi opinión, con sus narraciones, don Juan abre una ventana hacia el pasado rural de un pueblo mexicano y nos pinta imágenes sobre la vida cotidiana en México durante el siglo xix.

Vivimos en una época en la cual la tecnología nos facilita el contacto con otros, por remoto que sea el sitio donde se encuentren. Basta que tengan acceso a Internet y sepan usar sus herramientas.

Detallar las vidas de mis antepasados ha sido como bajar una cubeta a un pozo cronológico

Cuando uno busca el agua indispensable para la vida, no importa lo oscuro o profundo que sea el pozo. Así imagino el descenso al pasado, sobre todo si la cubeta sube llena de información con datos sobre la biografía de mis antepasados. Sus vidas me ayuden a entender mí propia vida.

Gracias a todos por ser y tomar parte en ancestroscastaneda.wordpress.com

Ricardo Castañeda Guzmán

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 6.200 veces en 2013. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 5 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Ricardo Castañeda Guzmán

21 octubre, 2013

En muchos casos, cuando se busca se encuentra.

Durante los últimos dos o tres años he llegado a reconocer que a partir de la invención de la fotografía y los consecuentes años, a muchos de mis ancestros les gustaba ir a estudios con el propósito de retratarse.  Uno de los estudios fotográficos de  Pachuca que frecuentaban era el de José Bustamante Valdés.  La cámara captaba su imagen en sus mejores vestiduras y  sin hacer sonrisas.  Después mandaban hacer copias, y dedicándolas con cariño se las enviaban u obsequiaban a sus amistades, seres queridos o familiares.

La foto o retrato era montada dentro de  un cuadro de cartón que tenía la siguiente información impresa en bajorrelieve; Fotografía Artística  J. Bustamante Valdés, 4a de Matamoros Número 1, Pachuca.  Algunas de las veintisiete fotos y retratos que serán presentadas más adelante exhibirán este detalle.  Conforme pasó el tiempo, José Bustamante Valdés tuvo descendencia porque se añadieron dos palabras en los marcos: … e hijo.

En el proceso de  saber más sobre este fotógrafo Pachuqueño, me enteré que por descendencia tuvo  una nieta llamada Josefina Bustamante Paz cuya situación o paradero desconozco.  Aparte de desear el privilegio de conversar con ella,  me gustaría saber si nos pudiera decir algo sobre la vida y trabajo de su abuelo José Bustamante Valdés.  Hay pocas publicaciones con pedacitos de historia sobre este gigante de la fotografía Mexicana, pero en mi opinión, están ligeramente escritas y al mismo tiempo no se encuentran muy disponibles al público.  Sí algún lector nos pudiera dirigir hacia una biografía llena de buena y substantiva información sobre él, pido que comparta esta información dejando un comentario.

Es posible que José Bustamante también tuvo un estudio en Puebla porque en mi posesión tengo un retrato de mi tío tatarabuelo, el Dr. Gonzalo Castañeda Escobar la cual tiene una dedicatoria a su esposa Teresa.  En la parte trasera está impreso un logo que dice: Fotografía Americana, Bustamante, Calle de La Independencia Núm. 2, Puebla.

Las veintisiete fotos a las cuales me refiero están dentro de la Nettie Lee Benson Latin American Collection, Universidad de Texas en Austin, U.S.A.  En esta biblioteca se encuentra la colección titulada Photographs of  Pachuca, Hidalgo, México y la marcan circa 1910.  Las fotos son de 8 X 10, en blanco y negro y montadas.  Estas fotos fueron tomadas por varios fotógrafos, pero en gran parte se le da crédito a José Bustamante Valdés (fotografía artística).  Los varios fotógrafos pudieron haber sido sus empleados.  A través del tiempo estas fotos llegaron a ser del dominio público y así es como las adquirí, sin ningún costo.  Siendo éste el hecho, ahora las comparto con quien llegue a visitar este blog.

Las imágenes son de edificios de gobierno, monumentos, haciendas de beneficio, minas y vistas panorámicas.  La resolución en estas fotos es excelente debido a que están en formato TIFF, dándonos la oportunidad de magnificación para poder leer  rótulos en las paredes de ciertos edificios y acercarnos más hacia los rostros de los personajes y ver ciertas cosas en más detalle.  Siendo muy pesado el formato TIFF, WordPress solo me dejo montarlas en JPEG, pero aún así, con su sistema de HD (Alta Definición) la resolución es excelente.

La información que se puede adquirir sobre estas fotos es limitada.  Solo conseguí las fotos.  Lo único más que llegué a saber sobre este archivo, es que la lista fue compilada el 26 de agosto, 1980 y la información básica reescrita en octubre de 1995.

Para mí estas fotos son muy representativas de un Pachuca que yo conocí hace más de sesenta años y me trasladan a una ciudad de la cual durante mi niñez solo conocía diez cuadras.  Cuando soplaban los vientos de esta ciudad conocida como La Bella Airosa, tenía que cubrirme la boca para no respirar  el polvo, pues existían más terrenos que edificios.

Ahora el cemento no solo corre hacia Tizayuca, sino también  hacia los cerros dando la impresión que los está ahogando.  En esos cerros buscaba chilitos de cacto, camaleones y lagartijas.  Hablando de “animalitos”, tengo recuerdos de cuando se venían las numerosas lluvias y yo encontraba cantidades de “ranitas” dentro de los charcos en los terrenos donde ahora se encuentra el Palacio de Gobierno.  En esos campos de tierra y piedra también jugaba el Club de Fútbol Pachuca.

Cuando las lluvias se volvían aguaceros y todavía corrían las aguas por las calles de Guerrero, las banquetas estaban muy altas, desde estas alturas dejaba flotar mis barcos hechos de papel, pues mi padre ocupaba un portal en el Mercado de Barreteros donde vendía telas, rebozos, ropa y zapato minero[1].

Dejando los recuerdos a un lado, las fotos están tituladas:

1       Pachuca. Vista al noroeste.

2       Pachuca. Vista de norte a sur.

3       Pachuca. Vista: sur-suroeste.

4       Pachuca. Vista al oeste.

5       Pachuca. Vista al norte y parte del este.

6       Palacio de Gobierno, Pachuca.

7       Diez miembros de la Primera Legislatura del Estado de Hidalgo.

8       Primera Legislatura del Gobierno del Sr. Rodríguez, Pachuca.

9       Palacio de Justicia: entrada.

10    Monumento a Hidalgo, Pachuca. “Al benemérito Miguel Hidalgo, que proclamó que proclamó la independencia de México el 16 de setiembre de 1810.”

11    Banco “Hidalgo.” Pachuca.

12    Teatro Bartolomé de Medina, Pachuca. Fachada.

13    Torre Del Centenario.

14    Parque “Porfirio Díaz.” Entrada.

15    Instituto Literario, Pachuca. [Fondo: “Observatorio Meteorológico”]

16    Portada del Panteón Municipal, Pachuca.

17    Hacienda de Beneficio “La Blanca.”

18    Hacienda de Beneficio “Guadalupe.”

19    Hacienda de Beneficio “Purísima Grande.”

20    Hacienda de Beneficio “San Francisco.” Pachuca.

21    Hacienda de Beneficio “Sta. Gertrudis.” Pachuca.

22    Mina “Barrón.” Pachuca.

23    Mina “S. Juan La Blanca.” [Con la fecha, 28 abril 1910.]

24    Mina “La Dificultad.” Real de Monte. Hidalgo.

25    Mina “El Pabellón.” Pachuca.

26    Mina “Sta. Gertrudis.” Pachuca.

27    Mina “El Xotol.” Pachuca.

  ↑Favor hacer clik

 Usando el mouse  la foto  se puede aislar magnificar y desplazar.

Pachuca. Vista al Noroeste

En esta foto podemos ver hacia centro, cargado hacia la derecha el Instituto Científico Literario y Autónomo con su torre de Climatología, parte del cerro de San Cristóbal y La Torre del Centenario (Reloj de Pachuca), ambos también hacia el lado derecho.

Pachuca. Vista de Norte a Sur

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Pachuca. Vista Sur, Sureste

El domo del Convento de San Francisco y parte del valle de Tizayuca son muy visibles en esta foto.

Pachuca. Vista al Oeste

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Pachuca. Vista al Norte y parte del Este

Mejor vista hacia el cerro de San Cristóbal.

Pachuca. Palacio de Gobierno

Desfile ante el Antiguo Palacio de Goberno, Pachuca, Hidalgo

Primera Legislatura del Estado de Hidalgo

Gracias al Licenciado en Derecho Raúl Arroyo, Presidente de la Comisión de Derechos Humanos, podemos saber que esta foto es de 1869 donde se pueden ver los diputados federales por el Estado de México que integraban la legislatura que erigió el estado de Hidalgo. Entre ellos están los que después serían sus dos primeros gobernadores, Antonio Tagle y Justino Fernández, y el principal precursor, don Manuel Fernando Soto.

Pachuca. Primera Legislatura del gobierno del Señor Rodríguez.

Nuevamente dando gracias al Licenciado en Derecho, Raúl Arroyo, encontramos a los diputados integrantes de la legislatura local antes de la Revolución, con el gobernador Pedro L. Rodríguez.  Sentados están, de izquierda a derecha el diputado Ingeniero Carlos F. de Landero y Castaños, director también de la Compañía de Real del Monte y Pachuca; Licenciado Francisco Hernández, secretario federal de gobierno; el gobernador; y en el extremo el Diputado Licenciado Carlos Sánchez Mejorada Sr.  De pie, en el extremo derecho, don Ramón Rosales, oficial mayor del Congreso.  Los demás en la fila son Diputados.

Pachuca. Palacio de Justicia

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Pachuca.  Monumento a Hidalgo

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Pachuca. Banco de Hidalgo.

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Pachuca. Teatro Bartolomé de Medina

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Pachuca. Torre del Centenario (Reloj de Pachuca).

El reloj de Pachuca, es mi favorito monumento de Pachuca.  Este acompañante que ha sido símbolo del centro de Pachuca por muchos años está siendo puesto a un lado de la misma conforme ella crece.  Pero como si tuviera alma yo la siento mucho en mi corazón, pues yo jugaba en sus pisos de mármol durante mi infancia.

Pachuca. Parque Porfirio Díaz

El Licenciado en Derecho Raúl Arroyo también nos dice que el parque se construyo en las huertas del convento de San Francisco a mediados del siglo XIX, luego se le puso el nombre del presidente, pero al triunfo de la Revolución se le cambio por el de Hidalgo, el nombre que conserva hasta hoy.

Pachuca. Instituto Literario

Este instituto ahora es nombrado La Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, UAEH.

Pachuca. Portada del Panteón Municipal

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Pachuca. Hacienda de Beneficio La Blanca.

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Pachuca. Hacienda de Beneficio “Guadalupe”

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Pachuca. Hacienda de Beneficio “Purisima Grande”

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Pachuca. Hacienda de Beneficio “San Francisco”

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Pachuca. Hacienda de Beneficio “Santa Gertrudis”

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Pachuca. Mina “Barrón”

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Pachuca. Mina “San Juan La Blanca”

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Real del Monte. Mina “La Dificultad”

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Pachuca. Mina “El Pabellón”

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Pachuca. “Mina Santa Gertrudis”

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Pachuca. Mina “El Xotol”

Espero que estas fotos hayan sido de agrado para el lector tanto como son para mí.

Doy gracias a la Biblioteca Nettie Lee Benson, Universidad de Texas en Austin, USA por esta colección, el Licenciado en Derecho Raúl Arroyo por su valiosa información y a mi primo Rafael Rodríguez por aclarar unos detalles.

Ricardo Castañeda


[1] Zapato nombrado con el minero en mente

Una de las varias hondonadas que se encuentran en Zacualpan, Edo. De México, Mex.

Hondonada

Desde cualquier lugar de Zacualpan, es posible disfrutar de una vista panorámica portentosa. Los fundadores del pueblo eligieron la estratégica cima de un cerro dominante. La gran hondonada que la naturaleza zanjó al oriente magnifica todavía más la sensación humana de poseer con la mirada un vasto territorio bajo un celaje limpio, o con nubes impecables. Una infinita gama de verdes reviste aquí y allá el azul de las montañas.

Hacia el oriente, al fondo del irregular oleaje de la orografía, antes de los tiempos de la contaminación la gente podía mirar todos los días la cumbre nevada del Popocatépetl. Hacia el poniente la mirada se topa con un cerro demasiado cercano, donde se asienta el barrio de la Vera Cruz, una de las más antiguas cuadrillas del pueblo. Este contraste destaca las distancias. Hacia el sur, la vista se detiene en un prominente cerro y se pierde en la lejanía de la Sierra Madre Occidental.

Oleaje de la orografia

Oleaje de la orografía

Al norte, entre el amplio horizonte y la suave pendiente que se volvió calle principal, perfilada por techos donde predomina el rojo de las tejas, a escasa distancia hay una loma suave que los zacualpenses convirtieron en campo mortuorio.

Esta loma se reparte en dos cementerios contiguos, el cercano, visible desde Zacualpan, y el que está más al norte, en el declive opuesto de la loma. Los separan alrededor de 300 metros.  Para ir de uno al otro basta caminar un  poco.

A reserva de documentar la conjetura, es posible que el cementerio original lo hayan construido entre el siglo vxiii y el xix los emprendedores de la minería a gran escala. Es probable también que se haya tratado de un cementerio de acceso selectivo. Sabemos que en ese campo mortuorio había secciones que distinguían hasta cuatro clases y que en la cuarta clase, por ejemplo, fue enterrado un jornalero que “no testó por pobre”. Por otra parte, había muertos que eran sepultados “en un lugar especial”.

El asunto es que el campo mortuorio de la sección norte de la loma, cuyo ligero declive hacia el horizonte la volvía invisible desde Zacualpan, comenzó a caer en desuso. Por razones que desconocemos, los zacualpenses prefirieron inhumar a los muertos de este lado, en la pendiente sur, de manera que las tumbas ––o más bien, los monumentos erigidos sobre ellas–– se ven desde Zacualpan.

Cementerio desde Zacualpan

Cementerio desde Zacualpan

Fue tan grande la preferencia por este cementerio cercano que las tumbas se han densificado en la breve superficie de la loma, a tal grado que no hay siquiera una calle recta, y los estrechos pasillos se vuelven laberínticos, interrumpidos a los pocos pasos por la caprichosa disposición de sepulcros y capillas. No obstante, allí nadie se pierde: un laberinto es obligatoriamente horizontal y carente de perspectiva, y por angostos que sean algunos pasadizos; por saturados que estén los sepulcros en cada recoveco, la pendiente ofrece siempre la vista del pueblo a partir del eje de la calle principal. Y la perspectiva es recíproca: como si los zacualpenses quisieran ver desde su casa el paradero de sus muertos, gran parte del pueblo contempla su panteón.

Zacualpan desde Cementerio

Zacualpan desde Cementerio

Del cementerio original se habían olvidado. No es casualidad que ante la escasez de lugar para más fosas, contradictoriamente hablen ahora del panteón nuevo y caminen un poco más para reutilizarlo.

El panteón nuevo ––el antiguo, en realidad–– es una de las maravillas de Zacualpan. La crecida hierba indica que recibe escasos visitantes. Las tumbas son, comparativamente, pocas. Hay soledad y silencio. Se oyen tan sólo los insectos y el susurro del viento a través del follaje. El tiempo y la intemperie borraron las inscripciones labradas sobre sus lápidas centenarias para dejar constancia de la erosión. No es posible saber quién estuvo sepultado bajo cada montículo. Fueron muertos cuyos deudos también dejaron de existir y a quienes nadie conserva en la memoria. Algunas lápidas fueron removidas y quedaron allí, desubicadas. ¿Quiénes se tomaron el trabajo de desplazarlas?, ¿qué buscaban? ¿Encontraron restos óseos o simplemente polvo?

Arbol y muro

Arbol y muro, panteón nuevo

Entre los sepulcros centenarios se distinguen, escasos, los recientes. Difieren el color y el material. La fecha visible sobre la lápida de algunos data apenas de hace un cuarto de siglo.

En medio del llamado panteón nuevo y al lado de una docena de enormes árboles cuyas copas son tan altas que se ven desde Zacualpan existe un involuntario monumento al tiempo: es un elevado muro de piedra, vestigio principal de lo que tal vez haya sido una capilla. La antigua pared rectangular se yergue ocho metros a partir del suelo. Hacia el sur, al canto de la piedra lo cubre una pilastra de tabiques rojos ensamblada a soga y tizón.

Muro,  restos capilla panteón nuevo

Muro, restos capilla panteón nuevo

El centro de este oscuro paredón lo ilumina un vano donde acaso hubo un vitral con arco de medio punto. Tanto las dovelas como los bordes de este hueco, libre paso del viento, son también de ladrillos rojos. Hoy la esbelta ventana vertical es el arco del triunfo a la desconocida historia del Zacualpan de otros siglos. Hasta ahora, el muro se sobrepone a la intemperie, que no ha conseguido desmoronar el borde superior; recto labio donde han crecido yerbas y parejos cactus.

El panorama desde este cementerio es el mismo que ofrece la vista de Zacualpan, tal vez a menor altura, pero depurado de elementos distractivos para apreciar el horizonte azul y verde. El panteón nuevo es una de las más bellas obras del olvido. Gran número de zacualpenses desconoce su existencia.

Muro

Muro de antigua capilla con vista de ventana vertical

Este artículo es un elogio, pero también una profanación: temo que despierte la curiosidad de un número mayor de visitantes al antiguo cementerio. ¿Sabe acaso el municipio que debe protegerlo? Cuando en el “viejo” cementerio, de suyo saturado,  ya no quepan más tumbas, lo más sabio será construir un novísimo campo mortuorio en otro cerro y preservar este lugar entre los atractivos con magia de un pueblo obligado a cuidar su patrimonio.

Autor: Rafael Rodríguez Castañeda

Revisión y Montaje: Ricardo Castañeda Guzmán

14 de Julio de 2013 y 18 de febrero 2014

Sin raíces no hay ramas

El manuscrito de don Juan Francisco Castañeda Popoca es un tesoro familiar por una simple razón: nos ha ayudado a documentar casi cuatrocientas entradas que ahora encontramos en el diccionario Castañeda. Sin la lectura de este manuscrito no se hubieran comunicado algunos familiares, y el consenso entre quienes ahora dialogan entre sí es que de otra manera no hubieran restablecido tan fácilmente los nexos familiares perdidos.

Después de haber buscado en numerosos lugares y en Internet; tras conversar personal y telefónicamente con varios familiares y amigos cercanos a la familia o a Zacualpan, Edo. De México, pueblo originario de nuestra genealogía; de haber oído cuentos y visto fotos, revisado cartas, notas y dedicatorias en el reverso de las fotografías y testamentos, viajado y visitado sitios y parientes al igual que revisado registros civiles y eclesiásticos, he llegado a la convicción de que el manuscrito de don Juan es para nuestra familia Castañeda como un mástil que sostiene sus velas para navegar hacia lugares antes no conocidos.

Pero sería erróneo pensar que solamente tendríamos que recurrir al manuscrito como fuente de referencia y búsqueda de más datos sobre nuestros ancestros.  Hasta ahora hemos solidificado el acervo informativo con los registros civiles y eclesiásticos, pero los sitios donde estos se encuentran nos aportan cada vez menos información, sea porque hemos extraído la más obvia o porque la remanente es más difícil de encontrar. ¿Cómo llegaremos, entonces, a saber más?  La respuesta más próxima a mi alcance es recurrir a lo que la ciencia es capaz de aportanos.

Un individuo puede saber más sobre su descendencia o su relación con determinada familia de tres maneras.  Estas son investigar su Y DNA, mtDNA y AutosomalDNA[1].

Y DNA o Y ADN representa al cromosoma Y, elemento presente solamente en los hombres. Este cromosoma, ausente en las mujeres, es transmitido como un bastón de padre a hijo, y sucesivamente, de este hijo a su hijo. Las siglas dna o adn, según se utilicen en inglés o en español, significan Deoxyribonucleic acid o ácido desoxirribonucleico, el cual contiene instrucciones genéticas para el desarrollo de todos los organismos. Es el factor responsable de su transmisión hereditaria.

MtDNA es la información genética que los hombres y las mujeres reciben de la madre. Demuestra el origen ancestral de la línea materna del individuo.  (La madre, madre de su madre, etc.), y lo conecta con sus primos genéticos.

El AutosomalDNA o Autosoma ADN lo heredan ambos progenitores, padre y madre, los cuatro abuelos, los ocho bisabuelos, etc. Se investiga con el fin de analizar el porcentaje de etnicidad de la persona y de establecer su contacto genético con los descendientes de esa línea hasta cinco o seis generaciones.

Cronológicamente el ancestro más distante dentro de esta familia Castañeda del cual tenemos noticia es Nicolás De Castañeda. Nicolás casó con María Antonia de Labra y juntos tuvieron por lo menos a un hijo, al cual bautizaron como Alejandro Marcos de Castañeda de Labra, quien nació en Zacualpan Edo. de México, en 1781.  Esto lo sabemos gracias a su acta de bautismo, asentada en la iglesia de Santa María Zacualpan de Minas.

Si suponemos que Nicolás tenía veinte años de edad cuando Alejandro Marcos nació, estaríamos hablando de 1761 como probable año de su nacimiento.  Por varias razones, el personaje y la época donde la búsqueda se enfría son, respectivamente Nicolás y los años cercanos a 1761. No hemos encontrado más.

Mis interrogantes personales respecto de mi ascendencia siempre han sido las siguientes: Aunque llevo por herencia el obvio apellido paterno español, históricamente explicable a partir del dominio y colonización europea del continente americano desde el siglo xvi, ¿mi línea paterna es europea o indígena?

Para contestar esta pregunta me sometí a la prueba de Y DNA. Después de ordenarla, obtuve el paquete de pruebas. Las instrucciones comenzaban por tomar un par de cepillitos y raspar adentro de mis cachetes durante un minuto cada vez; insertar el cepillito con la materia raspada dentro de dos pequeños frascos, sellarlos, firmar los formularios y enviarlos al laboratorio por correo.

A principios de junio recibí los resultados.  Tenía la opción de mantenerlos en privado o hacerlos públicos.  Decidí que fueran públicos con el propósito de que me sirvan para fines comparativos. Quiero saber de otros lo que yo mismo quiero que sepan de mí.

Los resultados de mi Y DNA dicen que soy R1b1a2, clave compuesta que el mapa identifica en parte por R1b. Mi Haplogroup[2] es R-M269 (lo que defina poblaciones genéticas).  El Haplogroup R-M 269 tiene sus orígenes en el suroeste de Asia, identificado en el mapa mediante la R, y conforme ciertos grupos migraron hacia Europa, el grupo R1b1a2 llegó a regiones que hoy conocemos como Francia, España, Portugal, Inglaterra, Irlanda y Gales hace alrededor de 25,000 años. Este grupo es muy común en el oeste de Europa con frecuencias de 90% en España, Irlanda y Gales.

 

 

File7

 

Sabiendo que mi Y DNA proviene de esta parte de Europa (probablemente España, considerando el apellido) deduzco que nuestro Nicolás es descendiente por línea paterna  de abuelos europeos. Por lo que se refiere al tronco paterno esta información nos permite afirmar que nuestra familia es de origen europeo, y por lo que se refiere al apellido, con gran certeza viene de alguna región de España.

Conforme pase el tiempo y más personas de la familia sometan a examen sus Y DNA, mtDNA y/o AutosomalDNA será posible hacer más descubrimientos genealógicos.

Igualmente, conforme pase el tiempo y más varones no conocidos sometan su Y DNA, será posible que lleguemos a profundizar colectivamente nuestro conocimiento sobre nuestra línea paterna más allá de Nicolás.

El siguiente documento es mi certificado Y DNA, el cual contiene mis alleles (miembros de un par de genes que ocupan un sitio específico en un cromosoma).  Estos números son necesarios para determinar el ancestro común dentro de uno o varios parientes varones.

Y DNA Ricardo Castañeda

Sobre esta herramienta científica aún tengo mucho que aprender, pero hasta ahora, durante mi aprendizaje ha sido un placer compartir la información de que dispongo sobre la línea paterna, perteneciente a nuestros ancestros Castañeda.  Igualmente la he compartido con Gary Félix quien mantiene un sitio en Internet titulado; Geonology of Mexico.

http://garyfelix.tripod.com/~GaryFelix/index63.htm#CastanedaRGary

Dentro de este sitio y desplazando el cursor hacia abajo se pueden encontrar mis datos, que en realidad son representativos del tronco de esta familia Castañeda, al igual que otros datos que Gary Félix nos permite saber. Ilustran parcialmente cómo llegamos a ser el México que ahora conocemos.

Para concluir, me formulo dos preguntas: En el futuro cercano o dentro de unos siglos, ¿serán tan valiosos los resultados de este Y DNA como el manuscrito de don Juan Francisco Castañeda Popoca? ¿Llegaremos a encontrar más familiares de los cuales no tenemos noticia, como los que encontramos a través del blog ancestroscastaneda.wordpress.com?

Con toda sinceridad espero que sí. Por ahora, la curiosidad por saber más sobre nuestras raíces es insaciable.

 

Ricardo Castañeda Guzmán

Edición;  Rafael Rodríguez Castañeda


[1]. A la hora de ordenarlo, cada uno de estos exámenes tiene un costo individual y diferenciado.

 

[2]. Población que desciende de un ancestro común.

 

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